26. Al filo de la muerte

- ¡Lori! -gritó Lincoln, y se precipitó para tratar de ayudarla. El segundo disparo falló apenas por un par de centímetros, y se vino a incrustar entre los restos de la pared de una casa contigua.

Lincoln volteó, y alcanzó a distinguir al atacante entre los escombros de las casas del lado contrario del camino.

- ¡Maldito! -gritó y disparó. Su bala se incrustó en el cuello del atacante.

Percibió un ruido detrás de él, y alcanzó a divisar a un francotirador asomándose por otra casa. No tuvo problemas para abatirlo también.

Mirando hacia todos lados, Lincoln extremaba precauciones para acercarse y ayudar a Lori. La muchacha gemía de dolor, pero ya se esforzaba por incorporarse. Ni siquiera el malestar podía mitigar su instinto de vigilancia.

- ¡Enemigo a las seis en punto! -gritó.

Lincoln giró sobre sus talones, divisó al atacante y lo abatió. Habían hecho ese ejercicio de entrenamiento muchísimas veces.

Miró hacia todos lados tratando de encontrar algún otro invasor. Pero Lori, que ya había conseguido sentarse, le dijo en un susurro.

- Ya no te preocupes, amor. Ese era el último. No tenemos nada que temer... ¡Ayy! Por ahora.

El dolor la hacía jadear. Lincoln se arrodilló junto a ella.

- ¿Cómo lo sabes?

- La polea del cabestrante... Estos camiones no... La tenían. ¡Auch!

Lori intentaba mirarse las heridas. Sentía como un fuego ardiente en la parte posterior de su brazo izquierdo y en su espalda.

Lincoln la revisó. La herida sangraba mucho y tenía un aspecto feo; pero para gran fortuna, era un profundo surco que, por muy poco no, había atravesado las arterias perforantes ni los nervios principales del brazo. El hueso también estaba intacto, pero el sangrado era abundante porque el disparo cercenó dos arterias colaterales de buen calibre.

Era imprescindible detener el sangrado. Con mucho trabajo, Lori se quitó la blusa y se la entregó a Lincoln antes de que él pudiera protestar.

- Presiona muy fuerte sobre las heridas con esto, amor... ¡Ayyy!

La chica apretaba los dientes para soportar el dolor. Lincoln estaba tan asustado que obedeció sin oponerse. La chica se había quedado completamente desnuda de la cintura para arriba, cosa que a ninguno de los dos les importaba en aquel momento.

A pesar de lo que Lori había dicho, Lincoln permanecía vigilante. Listo para tomar el arma y contraatacar, si era necesario. Incluso le insistió a Lori para que se movieran y buscaran refugio, pero ella negó con la cabeza.

- No, Linky. Ya no hay más, te lo aseguro... Ni siquiera esos animales viajarán en el techo. Su única opción era el cabestrante que estos camiones no tienen...

- Está bien, amor. Te creo -interrumpió Lincoln, en un intento por que la muchacha no se esforzara-. Vamos a detener el sangrado, ¿sí?

Les llevó más de quince minutos, y la blusa quedó empapada de sangre. Según sus cálculos, Lori estimaba haber perdido un medio litro, quizá un quince por ciento del total del volumen de sangre de su cuerpo. Además, su brazo izquierdo quedaría casi inutilizado durante mucho tiempo.

La situación era muy seria, pero prefirió no decir nada a Lincoln. Venían días demasiado duros para los dos. No valía la pena preocuparlo por algo que no podían remediar.

- Tendrás que traer las cosas, mi vida. Todo, incluyendo nuestras mochilas y nuestro arsenal. Trae solamente tu fusil de asalto. Yo no podré manejar el mío.

- Pero, ¿No descansarás hoy, por lo menos? -dijo Lincoln, alarmado-. Tú herida... ¡La sangre que perdiste!

- Lincoln -objetó ella, tratando de que su voz sonara firme-. No tenemos idea de cuándo podrían llegar más de estos malditos. No resistiremos otro ataque. Tenemos que irnos de inmediato y poner toda la distancia que podamos antes de que acabe el día, si queremos tener aunque sea la menor oportunidad de llegar al Monte Spruce. Nos guste o no, es hora de partir, amor.

Lincoln se mordió los labios. Todo su ser se negaba a secundar a Lori en aquella idea descabellada; pero tenía que aceptar que ella tenía razón. Por lo que sabían, estaban contra reloj; y era indispensable que se alejaran por lo menos un par de kilómetros del pueblo.

Asintió, y apenas en ese momento percibió con claridad el estado de Lori. La muchacha temblaba de frío. Lincoln se quitó de inmediato su abrigo y la cubrió con él. Lori se sintió reconfortada de inmediato. No era tanto que el abrigo le quitara el frío, sino el aroma de su amado que lo impregnaba todo.

La joven sonrió tímidamente y sus ojos se nublaron. Ella misma se sorprendió por la intensidad de sus emociones. ¡Lincoln representaba tanto para ella! Había sido su protegido, su compañero, su amante... Y ahora, también el padre de su hijo.

Extendió su brazo sano y lo tomó del cuello para besarlo. El chico disfruto el beso, pero se asustó un poco al sentir que los labios de su amada estaban fríos.

- Perdóname, mi amor. Hubiera querido ayudarte, pero...

LIncoln le puso un dedo sobre los labios, y volvió a besarla.

- Ni lo digas, amor. Sé que tú harías lo mismo por mí. Prometo no tardar, ¿vale? Aunque tenga que hacer varios viajes.

- Tráeme primero mi ropa, gasas y el antiséptico, ¿sí? Y algo de paracetamol para el dolor.

- ¿Paracetamol? ¿No sería mejor algún opioide?

Lori negó enérgicamente.

- Los opioides dañarían a nuestro bebé, mi vida. Nuestro niño tiene que ser sano para que los tres podamos sobrevivir, ¿me explico?

Lincoln asintió. Dejó dos pistolas cargadas a un lado de Lori y se fue corriendo.


Al final, necesitó tres viajes y algo más de una hora para reunir todo lo necesario. La curación de Lori fue difícil. El antiséptico la hizo gritar de dolor, y tuvo que morder un pañuelo de tela para no lastimarse los dientes.

LIncoln hizo el mejor trabajo que pudo. Se sentía muy mal por hacer que su amada sintiera tanto dolor, aunque sabía que era por su bien. No había nadie más que pudiera ayudarla, así que tuvo que resistir escucharla gritar y gemir.

Bajo la dirección de Lori, Lincoln colocó un vendaje para limitar la movilidad del codo, y tuvo que dejar libre una de las mangas de su abrigo: no podía ponérselo sin dañar la herida o afectar el tosco vendaje.

Una vez que el analgésico hizo su efecto y hubo bebido agua, Lori se sintió mejor. La pérdida de sangre la había debilitado; pero lo ocultó lo mejor que pudo, y le insistió a Lincoln en que debían irse cuanto antes. Ni siquiera quiso comer algo. Apenas una barra de chocolate con leche para tener un poco de energía, y recorrer un par de kilómetros antes de sentarse a comer en forma.

Lincoln, además de todas sus cosas, echó en una bolsa siete sobres de comida preparada lista para comer, y pastillas de fumarato ferroso. Era una adición importante a su considerable carga, pero no permitió que Lori le discutiera al respecto. Ella tenía que comer, reponer fuerzas, y algo de la sangre que había perdido.

Antes de abandonar el refugio, Lincoln se permitió echar una última mirada al sitio en el que había pasado varios de los meses más intensos y felices de su vida. El lugar en el que su vida cambió para siempre. El sitio en el que pudo liberar su dolor; en el que se hizo hombre, esposo y padre. Y en donde pudo fortalecerse para esa última jornada desesperada.

Cerró la trampilla con el poderoso candado, y colocó granadas en los puntos precisos. Quitó el seguro a todas ellas y salió corriendo de la casa. La explosión debilitó las paredes, y gran parte de la estructura se derrumbó, enterrando bajo varias toneladas de escombro aquel querido rincón en un mundo muerto.

Lori no dijo nada. Tan solo asintió, y abrazó a su amado. Lincoln lloraba, y pronto ella también lo hacía.

Habían recibido un regalo generoso, pero no estaban dispuesto a dejarlo en manos de alimañas como aquellas. Aquellos individuos no merecían sobrevivir; y estaban seguros de que los dueños originales del refugio hubieran estado de acuerdo con su proceder.


Los días que siguieron fueron espantosos para los dos.

Aunque se esforzaba por ocultarlo, Lori estaba debilitada por la pérdida de sangre y su embarazo. Las heridas le dolían; el analgésico dejó de hacer efecto, y la carga que llevaba se sentía más pesada con cada paso. Lincoln, que ahora tenía que llevar una parte de la carga que le correspondía a Lori, no estaba mucho mejor. Quizá soportaba un poco más que ella, pero iba pendiente de cada paso que daba y de cada obstáculo del camino. Buscaba evitar el máximo posible de incomodidades a su amada, y por ello se cansaba más.

Tras la primera comida, se dieron cuenta de que en aquel estado no podían recorrer más de un kilómetro por vez sin tomar un descanso prolongado. Al final de ese día no se habían alejado más de doce kilómetros, pero el camino había estado muy quieto y silencioso. De cualquier manera, había restos de densos pinares a ambos lados del camino, y no tuvieron dificultad en encontrar un sitio para descansar guarecidos de cualquier mirada enemiga.

Por fortuna, a pesar del dolor, Lori pudo dormir muy bien aquella noche. Lincoln no pudo quitarle el apósito de la herida, pero la bañó de desinfectante y la vendó con cuidado. Estaban un poco preocupados porque no fue posible despegar la gasa de la herida; y Lori temía que aquello se convirtiera en un foco de infección. Lincoln sugirió que utilizaran un antibiótico para evitar cualquier problema, pero Lori se negó rotundamente.

- Recuerda que estuve revisando los medicamentos que se pueden utilizar durante el embarazo, amor. Ya no tenemos amoxicilina. La claritromicina no parece ser muy útil en estos casos. No podemos utilizar la gentamicina, y no me atrevo a utilizar la ofloxacina, y mucho menos la neofloxacina. Mejor ponme desinfectante, y procuremos tener cuidado.

Así lo hicieron, y Lori logró descansar. Lincoln lo pudo hacer hasta que el cansancio lo venció. Su preocupación por Lori y su bebé lo tuvo un gran rato despierto, y se inquietaba con cualquier ruido o cambio de posición de la muchacha.

Aquel día, Lori se sintió mucho mejor, y tuvo una disputa con Lincoln sobre el reparto de la carga. Insistía en que podía mover su brazo y ya estaba en condiciones de cargar un poco más, pero Lincoln no quiso saber nada al respecto. Al final tuvo que ceder un poco, porque Lori se enojó mucho. Como empezaron a caminar temprano, lograron recorrer más de veinticinco kilómetros. La mole del Monte Spruce se veía mucho más cercana. Ya era perfectamente claro que no se trataba de una sola montaña diferenciada, y ya no estaban lejos de las estribaciones orientales de la montaña más alta de la cordillera de los Apalaches.

Cuando terminaron aquella jornada, Lori comenzó a decaer. Ella misma sentía que se había extralimitado, pero hizo todo lo que pudo por ocultárselo a Lincoln. Se esforzó por seguir caminando a pesar de sentirse cansada y, debido a eso, su condición empeoró todavía más.

Lincoln se sintió muy triste y molesto cuando se dio cuenta de que la herida había vuelto a sangrar, y no estaba muy limpia.

- Lori... ¿Te diste cuenta de que vienes sangrando?

- Sí... -reconoció la muchacha-. Desde hace un rato.

Lincoln sintió que su cara se ponía roja.

- ¡¿Y por qué no me dijiste nada?! ¡Debimos detenernos para atenderte!

La muchacha bajó la cabeza. Se sentía muy mortificada.

- Perdóname, mi vida -dijo, y sus ojos comenzaron nublarse-. Es que... pensé que podíamos ganar tiempo si yo me esforzaba más.

- ¡Y yo fui tan estúpido que me lo creí! -exclamó Lincoln, mucho más molesto consigo mismo que con ella.

- Perdón, Linky... Yo... -susurró la muchacha, y su voz se quebró.

En cuanto la escuchó llorar, Lincoln se sentó junto a ella y la abrazó con cuidado. Colocó su mejilla contra la suya y le acarició suavemente el cabello dorado. Apenas amainó su llanto, comenzó a darle besitos en la frente.

- Amor, yo te entiendo -dijo Lincoln, con suavidad-. Tienes tanto miedo como yo. Quieres sentirte segura. Quiere que estemos en un lugar seguro para tener a nuestro bebé y acabar de curarte, ¿no es verdad?

La muchacha asintió solamente, y se aferró al cuerpo de su amado.

- Mira... Yo no sé tanto como tú de estas cosas. Pero entiendo que así como estás, no podemos ir tan rápido. Perdiste sangre, amor. Estás herida, estás embarazada y llevamos cosas muy pesadas. Además, ¡todavía falta la subida, lo peor de este maldito camino! Tenemos suerte de que casi no lloviera, ni ayer ni hoy. Pero presiento que mañana las cosas van a cambiar. Hoy hizo más frío, ¿no lo sentiste?

- Sí.

- Debemos ir más despacio. No podemos regresar, amor. Tenemos que comer lo que necesitemos y esperar lo mejor. No me gusta todo lo que eso implica, pero... Debemos que tener valor. ¿Sabes que yo tengo tanto miedo como tú?

Lori se volvió para mirarlo. En realidad, no lo parecía; pero logró sentir el leve temblor que sacudía el cuerpo del muchacho.

Era cierto: él también tenía miedo. Ni siquiera en ese momento se atrevieron a decirlo; pero ambos sabían que, triunfaran o no, habían llegado al final de su camino. Si no había nada para ellos en el Monte Spruce, estaban irremisiblemente condenados.

- Creo que ahora lo entiendo, mi vida -musitó la muchacha.

Lincoln sonrió lo mejor que pudo. Besó la frente y luego los labios de Lori. Los hermosos labios de la muchacha estaban un poco resecos, pero al menos ya no se sentían fríos.

El beso se prolongó, y se llenó de sentimientos. Sus bocas se acariciaron lentamente, con mucha suavidad y ternura. A momentos, el contacto se hacía más intenso y desesperado. Para alguien que los observara, parecía ser el preludio a un intercambio amoroso mucho más apasionado; pero no era eso lo que ocurría. En realidad, estaban hablando un lenguaje diferente; uno que les ayudaba a expresar todo lo que no podían decir con palabras. En aquel beso se transmitían su amor, su miedo; su preocupación y la necesidad inmensa que habían llegado a sentir el uno por el otro.

Los dos sabían muy bien que sus vidas por separado ya no tenían sentido. Después de tantas vivencias, confesiones y sentimientos; después de su hijo, su relación ya iba mucho más allá de la pasión, o incluso del amor: ahora se necesitaban tanto como la comida o el aire que respiraban. Lograrían sobrevivir juntos, o no lo lograrían.

Cuando se separaron, continuaron abrazados en silencio un rato más. Tan solo se acariciaban y se daban de vez en cuando un suave beso en la frente, las mejillas o los labios. Al final, ambos sonreían. Se prometieron tener mucho más cuidado, y ser completamente sinceros sobre la manera en que se sentían.

Lincoln revisó con cuidado la herida de Lori. No le gustó su aspecto. Las gasas se habían pegoteado todavía más. El abrigo tenía manchas de sangre, y el olor que manaba no correspondía al de la cicatrización de un tejido sano. Al final, Lori accedió a tomar una dosis de claritromicina, aunque estaba segura de que las bacterias que empezaban a infectar su herida no eran anaerobias.

Lo cierto es que, a pesar de todo, ambos se sintieron mucho más tranquilos a partir de ese momento. Lincoln tomó dos reemplazos de comida, y Lori una de las generosas raciones de comida preparada. Después de conseguir agua, recoger todo y dejar mochilas y armas a su alcance; Lori se abrazó a la espalda de Lincoln y los dos durmieron sin sueños durante toda la noche.


Lorí despertó sintiéndose mejor. La herida ya no tenía el mismo olor que la noche anterior, y de alguna manera se sentía más animada.

Tras su conversación de la noche, decidieron que debían tomarse las cosas con calma. Sabían que contaban con comida para un mes y medio, si moderaban sus raciones. Moderándolas mucho menos, tendrían comida para quince días de viaje y quince de búsqueda. Si se trataba de sobrevivir, el estado de salud de Lori no permitía episodios de malnutrición.

Tal vez era un riesgo demasiado grande. Un paso más hacia la tumba que los esperaba desde que salieron de Royal Woods, pero no tenían alternativas. Había llegado el momento de arriesgarlo todo. No había posibilidad de regresar. Racionar la comida ya no serviría de nada. La única esperanza que los sostenía eran los sueños que tuvieron, y las esperanzas del viejo militar que les enseñó a sobrevivir.

Diez kilómetros por día, esa era su nueva meta. Mucho descanso y suficiente comida. El agua no era problema: la había en abundancia, aunque fuera de la lluvia. Lincoln tuvo razón, porque esa tarde tuvieron que caminar y guarecerse bajo una pertinaz llovizna de primavera.

Por desgracia, aquello no contribuyó a mejorar la salud de Lori. Al final del día se sintió cansada, y su estado de ánimo no mejoró durante el día siguiente. Lincoln no lo había notado porque la herida parecía mejorar, y los tramos de menos de un kilómetro les permitían suficiente descanso. Pasaban mucho de su tiempo imaginando cómo podrían descubrir refugios, bunkers o bases secretas en la montaña. A veces, simplemente se abrazaban mientras se escondían de la lluvia bajo sus impermeables.

Al final del quinto día, las molestias de Lori se hicieron más intensas; y durante el sexto día ya se sentía muy mal. Casi habían recorrido la mitad del camino, y ahora se enfrentaban a una pendiente constante de casi diez grados. El camino subía y subía, sin que pudieran verle fin. Para Lincoln era muy duro; pero para Lori se convirtió en un auténtico tormento, sobre todo cuando comenzaron a dolerle las articulaciones y la cabeza.

Pensó que se sentiría mejor tomando antipiréticos, pero no obtuvo el efecto deseado. El séptimo día estalló la crisis. Lori se sentía de verdad mareada y afiebrada. No solo le dolían las articulaciones, sino también los ojos y los músculos. Lincoln ya sabía de sus malestares, pero como su amada era tan fuerte, creyó de verdad que su molestia era pasajera.

Después de la última comida, cuando les faltaban unos cinco kilómetros para cumplir su cuota diaria, Lori ya no pudo resistir. Cayó de rodillas y ya no pudo levantarse. Alarmado, Lincoln acudió a su lado. La sujetó del brazo y tocó su rostro. Su mano retrocedió ante el contacto de la piel.

- Lori, mi amor... ¡Estás ardiendo!

- Mi vida... -dijo Lori, entre jadeos-. Ya no puedo, amor. Me siento muy mal...

- Pero... ¿Cómo? -preguntó Lincoln, mientras la ayudaba a acomodarse en el suelo-. La herida ya no se ve mal. ¡Ya no sangra!

- La infección... Debe haber viajado. El antibiótico no...

Lincoln dejó las cosas en el suelo y casi cargó a Lori de vuelta al sitio en donde comieron. Era un claro bastante alejado del camino y más o menos oculto. Hubiera preferido que encontraran un sitio para alejarse más, pero Lori ya no estaba en condiciones de seguir.

La apoyó contra un tronco de árbol y fue por las cosas tan rápido como pudo. Preparó las mantas y la hizo acostarse.

- Linky... Ya no puedo. Me siento mal...

Lincoln asintió.

- Creo que ahora sí debemos de darte el antibiótico fuerte, mi vida. Y el metamizol...

- ¡No! -gritó Lori, con toda la fuerza que pudo reunir-. No, mi vida. No podemos arriesgar a nuestro bebé. Solo... dame otra dosis de claritromicina. Y bájame la fiebre con trapos húmedos.

LIncoln no estaba muy de acuerdo. La claritromicina ya había fallado, y no sabía si el agua estaba suficientemente fría. Pero hizo lo que Lori le indicó.


La tarde transcurrió lentamente entre dolor y angustia. La fiebre de Lori no disminuía, y ella se sentía cada vez más débil y adolorida. Lincoln pretendió que comiera y bebiera algo, pero la chica no fue capaz de contener la comida. Tras una violenta arcada, devolvió todo lo que Lincoln le había dado, incluyendo parte de lo que comió al mediodía.

- Amor... Me siento tan mal -susurró la muchacha-. Ya no puedo… De verdad que no.

Lincoln se mordió los labios. No pudo evitar que surgieran sus lágrimas.

- Te pondrás mejor, mi vida. Yo te voy a cuidar -dijo, mientras le cambiaba una compresa caliente y casi seca.

Lori intentó sonreír. Miraba a Lincoln como entre sueños: borroso y distante; y parecía alejarse cada vez más. En un momento de lucidez, comprendió que no era él el que se estaba alejando: era ella. Estaba ocurriendo otra vez. Recordó a su hermana Luan, cuando la salvó hacía... ¿Cuánto? ¿Diez siglos? Y también recordó lo que le había pasado por intentar salvarla.

Comenzó a llorar. Lincoln le enjugó las lágrimas, pensando que era por el dolor. Pero Lori lloraba porque recordaba a su hermana, la última que estuvo junto a ella en lo que debió ser su lecho de muerte.

Luan... Aquél hermoso ángel castaño que cedió su vida para salvar la suya.

Ahora era Lincoln quien la cuidaba. Un hermoso angelito de cabello blanco que había sobrevivido tantas veces a la muerte…

Se sintió mortificada. Un angelito más que se estaba arriesgando para salvarla ¿Era justo que se sacrificara por ella? ¿Sería justo que la salvara, exponiéndose al contagio y a la enfermedad?

La tristeza y el dolor la invadieron. Claro que no lo era. ¡No podía pasar por ello una segunda vez! Era el momento de hacer justicia. Era ella quien tenía que alejarse, y darle a Lincoln una última posibilidad de sobrevivir.

- Linky... Linky... -musitó.

- ¿Qué pasa, mi vida?

El muchachito le tomó la mano mientras le ponía una nueva compresa fría.

- Te amo, mi amor... Te adoro. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida... ¿Sabes? Ahora comprendo muy bien a Carol. ¿Quieres que le diga algo de tu parte?

Lincoln abrió los ojos, horrorizado. El tono y las palabras de Lori eran elocuentes. Se estaba dando por vencida.

No pudo evitar un sollozo. ¡Pensar que todo iba a terminar así!

- Lori... -dijo angustiado.

- Ya no puedo, amor. De verdad...

- Lori -dijo Lincoln, recurriendo a las últimas reservas de voluntad que le quedaban-. ¡No puede ser que te estés despidiendo! No vas a dejarme solo, ¿o sí? ¿Y qué hay de nuestro bebé? ¿Ni siquiera vas a darle una oportunidad?

A pesar de su malestar, Lori se sorprendió al escuchar esas palabras. ¡Su bebé! ¿Cómo había podido olvidarlo?

Todo su rostro se contrajo en un rictus de dolor. Se llevó una mano a la cara y prorrumpió en sollozos.

- Dios... ¡Mi bebé! ¡Nuestro bebé!

- Sí, mi amor. ¡Nuestro bebé! -dijo Lincoln, tomando una de sus manos para besarla-. ¡No podemos rendirnos, mi vida! Piensa en él. ¡O en ella!

- Sí... ¡Sí amor, tienes razón! Nuestro chiquito... ¿Sabes? Estoy segura de que será un niño. Y se llamará Lincoln... Como tú.

Lincoln sonrió, y se enjugó las lágrimas del rostro. Sintió que sus esperanzas se renovaban cuando vio que la muchacha se llevaba una mano a su vientre para acariciarlo suavemente.

- Linky... ¡No me quiero rendir! Pero me siento tan mal...

- Todo pasará, mi amor. Saldremos de esta también, ¡ya lo verás! Además... estaré encantado de ver cómo te equivocas. Yo estoy seguro de que será niña.

A pesar de su malestar, Lori emitió una risita.

- ¿De verdad? ¿Y cómo le pondremos, si es una niña?

- ¡Lori, por supuesto! Me encanta tu nombre, amor -dijo Lincoln, besando su mejilla ardiente.

- Sí, a mí también... Pero, tenía otro nombre en mente. ¿Me dejarías ponérselo?

- Mmm... Puede ser. ¿Cómo te gustaría que se llamara?

- Lucy.

Lincoln la miró extrañado.

- Lucy... Es un nombre precioso. Pero, ¿por qué Lucy?

Lori suspiró. Su rostro se descompuso y emitió un sollozo.

- Porque ese iba a ser el nombre de mi hermanito... Si hubiera sido mujer.

Lincoln la abrazó, la besó, y le secó las lágrimas del rostro.

- Está bien, mi vida. Le pondremos como tú quieras. Solamente tienes que mejorar, y todo estará bien, ¿sí?

Lori asintió. De pronto se sentía muy cansada, y bostezó. Le costaba trabajo mantener los ojos abiertos.

- Te prometo que luchare, corazón. Pero... ¿Puedo dormir? Me siento tan cansada...

Lincoln le acarició las mejillas y volvió a cambiarle la compresa húmeda.

- Por supuesto, mi vida. Duerme lo que necesites. Yo estaré contigo para cuidarte.

Lori cerró los ojos y comenzó a respirar acompasadamente. La noche cayó, y los sumergió en la oscuridad total.


Un momento crítico para nuestros héroes. ¿Logrará sobrevivir Lori? :-(

Reviews del capítulo anterior.

viruz pirata. Así es. En la vida real, las peleas callejeras siempre entrañan riesgos. Y por eso, en este capítulo tienen que pagar el error de no haber reparado en todos los detalles. Si ese error tendrá consecuencias definitivas, lo sabremos muy pronto.

Y bueno, también ya sabes lo que ocurrió con quien jaló el gatillo. Saludos, amigo.

El solitario. Je, je… Creo que depende mucho de la mujer y de uno. A mí no me fue tan mal, lo reconozco. Ni mi mujer ni mis crías fueron particularmente latosos en los embarazos :-)

Ya ves que sí. Aún no se ha dicho lo último sobre el estado de salud de Lori. Tendremos que esperar al siguiente capítulo

t10507. Ahora lo sabes, amigo. Había una plaza más en cada camión, y no pudieron darse cuenta a tiempo. Como has visto hoy, tendremos que esperar un poco para saber si Lori logrará salvarse, o no.

Aquí ya hace calorcito. ¡Saludos desde el Golfo de México!

eltioRob95. Por desgracia, todavía no sabemos si Lori conservará al bebé. O tan siquiera la vida :-(

La verdad, preferiría tener menos historias. Soy bastante disperso, por desgracia. No logro terminar algo y ya me metí con otra cosa. Esta historia supuestamente era un proyecto de vacaciones, y mira.

Sin embargo, ya estamos relativamente cerca del final. Nos estamos viendo, amigo. Ya sea aquí, o en la W.

Andres Pacco Celadita. Efectivamente, tengo en mente un final muy distinto De todos modos, te agradezco mucho el consejo.

Muchos saludos, y gracias por tu review :-)

Sergex. Crucemos los dedos y esperemos que no. La herida fue grave, pero ya ves que la pérdida de sangre no es lo que la está poniendo en riesgo. Son enemigos mucho más antiguos: las bacterias remanentes en el mundo.

Gracias como siempre por tu apoyo, amigo.