Capítulo 26

El adiós

Esa tarde había decidido que valía la pena despegar mi cuerpo de la cama, no como todos los días anteriores en los que permanecía acostada esperando que vuelva a ser la hora de dormir. Ese día era especial, era el funeral de Lean. No sabía cuántos días habían transcurrido desde que Max me había dejado con el corazón desgarrado fuera de mi pecho, ya no los contaba. Pero amablemente la manada y las familias Quileutes habían pospuesto este acontecimiento a la espera de que Max retornara de su exasperada búsqueda de venganza. Pero él no había regresado.

Primero volvieron Rosalie y Alice, desalentadas y cansadas de perseguir infructuosamente a Caroline por todo el mundo. Luego regresaron Jasper y Emmet, furiosos y decepcionados al caer en la cuenta de que esa persecución era una causa perdida, ella siempre se mantenía en movimiento, ocultándose en las sombras, siempre desconcertándolos, metiendo imágenes en su cabeza. Sin contar además que tenía a Jason, que era literalmente invisible. Ya nos habíamos resignado, lo único que habíamos resuelto como familia era tomar ciertas precauciones, en vista de que no íbamos a deshacernos de ella. Mi madre debería mantener escudos mentales en todos nosotros protegiéndonos de cualquier ataque que podría avecinarse; también deberíamos estar alertas, dejando de lado la postura confiada que habíamos adquirido al ver que pasaban tantos años y la paz en nuestra vida se mantenía, eso ya no era así; no me dejaban sola tampoco, ni siquiera cuando estaba en mi cuarto simulando que dormía, siempre había alguien manteniéndome la guardia; sin contar el botón de pánico que me habían dado mis tíos, que al presionarlo enviaba un alerta con mi ubicación a toda mi familia. Aunque realmente nadie creía que Caroline volvería a intentar meterse conmigo, ya había perdido el elemento sorpresa. Sería un suicidio que probara secuestrarme nuevamente, no al menos prontamente.

A pesar de todas estas medidas previsionales que mi familia había tomado, Max no se había resignado a volver a Forks. Sabía que él aún estaba enmarañado en esa inútil búsqueda porque esos días los había dedicado a llamar Candy con insistencia preguntándole por él. También lo telefoneaba a él, pero no contestaba mis llamados y no devolvía mis mensajes de texto. Asimismo, estaba bastante segura de que nunca escuchaba ninguna de las súplicas que dejaba en su buzón de voz, pero tampoco las borraba, así que llegó el momento en que llené su contestador por completo y no pude atosigarlo más por este medio. Ese fue el instante en el que estrellé mi celular nuevo contra la pared de mi habitación con demasiada fuerza, haciendo que el artefacto se parta en mil pedazos y se resquebraje la pintura del muro. No recordaba con certeza cuándo había pasado eso, pero no tenía móvil desde ese arrebato de animadversión y mis padres prohibieron que me regalaran otro. Así que no tenía novedades de mi novio desde ese momento, si es que aún podía llamarlo novio después de su desidia.

El agujero que la ausencia de Max había dejado en mi pecho cada vez era más grande, a diferencia de lo que todos siempre decían que el tiempo borraba todas las heridas. En mi caso el paso del tiempo hacía que mi corazón cada vez desaparezca más, dejando un vacío que nada ni nadie que no sea Max podría llenarlo.

Así que cuando Candy telefoneó a mi casa anunciando que por fin le darían sepultura a Lean, una débil luz brilló dentro de mí al pensar que seguramente Max volvería para ese gran acaecimiento. Se lo debía a Lean que había muerto para que yo viviera, se lo debía a Ephraim que era su mejor amigo, se lo debía a todos los miembros de la manada que lo habían acompañado y apoyado desde su estadía en Forks, me lo debía a mí que había quedado desolada y completamente destrozada por dentro con la muerte de Lean y con su descarado abandono.

Por lo tanto, esa tarde me levanté de la cama y me saqué la camisa a cuadros que le había hurtado, solo para reemplazarla por la primera ropa oscura que encontré, unos jeans y una blusa negros. Acomodé mi indomable cabello en una coleta alta y tomé mi abrigo antes de bajar a la sala, donde se encontraban mis padres esperándome elegantes del mismo color que vestía yo.

— ¿Irán al funeral? —les pregunté con desconfianza.

—Por supuesto—afirmó mi madre acercándose para besarme la frente. —Es lo mínimo que podemos hacer por el muchacho que salvó la vida de nuestra pequeña.

— ¿Están permitidos los vampiros en la reserva? —los miré escéptica.

—Sí, lo estamos—me sonrió mi padre hablando con voz relajada. —Hablamos cordialmente con el líder de la manada dando nuestro pésame.

—Harry—mencioné, recordando al lobo mayor y a su encantadora mujer, Prism. — ¿No nos odian por lo que ocurrió? —pregunté intercambiando roles. Si mi hermana hubiera muerto salvando a alguien, odiaría a esa persona con cada partícula de mi cuerpo.

—No, hija—susurró Bella. —No es tu culpa que Lean haya muerto.

—Todos se esmeran en repetir lo mismo—le dije con angustia, dirigiéndome hacia la puerta de salida en un intento de apurar nuestro camino hacia a la reserva y finalizar esta conversación. —Pero yo no lo veo así.

—Nadie te culpa por lo que ocurrió—me dijo mi padre con convicción siguiéndome, con Bella a su lado hasta el garaje. —Ni siquiera culpan a Max.

La mención de su nombre provocó una oleada de dolor lacerante que me removió entera, sentía que habían pasado siglos desde que alguien lo formulaba a viva voz. Sacudí la cabeza hacia los costados, desesperada por escapar de ese dolor. Mi madre pareció notarlo porque fulminó con la mirada a su marido antes de subir al auto, para luego dirigirse a mí con tono cordial.

—Tu padre y yo solo queremos que estés en paz contigo misma, nadie guarda ningún rencor hacia ti.

Le creí, por supuesto que lo hice, ella siempre era totalmente honesta conmigo y era la que más parecía comprenderme en ese momento. Me dejaba con mi soledad cuando debía hacerlo, me daba una palabra de aliento cuando era preciso y guardaba silencio cuando yo lo necesitaba, tal como lo hizo durante el viaje a la reserva. Ellos mantuvieron una conversación vampírica en todo el recorrido, mientras yo me perdía en el borroso paisaje. Recordé con consternación que había hecho ese mismo circuito unos meses atrás con Max, para que me presentara a sus amigos y me enseñara a nadar en la profundidad del mar ¿O habían pasado solo semanas desde ese día? Era difícil calcular el paso del tiempo cuando no mueves tu cuerpo de la cama.

Llegamos a la casa de los padres de Lean demasiado rápido, donde le rendirían tributo. Por suerte a mi padre le gustaba conducir a elevada velocidad, lo que había convertido ese viaje que prometía ser torturante de recuerdos en algo casi ameno.

La ansiedad comenzó a picar en las palmas de mis manos que sudaban frio, ya habíamos llegado, cada vez faltaba menos para que lo vea. Solo quedaban minutos, tal vez segundos. Sentí a mi maltrecho corazón bombear sangre más deprisa de lo habitual.

Pum, pum, pum, pum, sentía el martillar de su arduo trabajo en mi carótida.

¿Cómo sería el momento del reencuentro? Por supuesto seguiría igual de hermosamente perfecto, la imagen de sus facciones de adonis invadió mi mente ¿Ya estaría allí dando a su apoyo a la manada? ¿Llegaría más tarde de su viaje? ¿Habría tenido algún imprevisto? ¿Había telefoneado a Ephraim diciendo a qué hora se aparecería? ¿Estaría allí su familia? ¿Iría Candy? Tampoco había la había visto a ella en todo este tiempo ¿Aun estaría contenta de mi relación con su hermano? ¿Aún tenía una relación con Max? Definitivamente me quedaría hasta lo último esperando su llegada para averiguarlo, como una niña pequeña espera ilusionada sentada en el pórtico de su casa que su padre vuelva de trabajar.

TOC, TOC.

Los golpes secos de los nudillos de mi padre contra la puerta de madera me devolvieron a la cruda realidad. Mis padres me habían dirigido, sin que siquiera lo note, a la entrada de lo que en algún momento había sido el hogar de Lean, el lugar donde se sentía a salvo, su refugio.

Harry respondió al llamado abriendo la puerta de sopetón, como si supiera quién estaba esperando detrás de ella. Su rostro reflejaba la misma expresión que el mío: tristeza, desolación, pérdida, desesperanza, definitivamente un vacío imposible de llenar. Había visto su misma expresión en mis facciones hoy día, cuando miré el reflejo que me devolvió el espejo al organizar mi desbaratado cabello en una coleta. Esos mismos ojos sin vida, la misma tez apagada, los mismos labios desapacibles y tiesos en línea recta, como si no hubiera nada para expresar.

Lo abracé para sentir como si me estuviera abrazando a mí misma, reconfortándome. Intenté balbucear que lo sentía entre los gemidos de mi llanto apagado, que lo sentía en lo más profundo de mi ser, en mi alma, en mis huesos, pero me silenció meciéndome como si estuviera haciendo dormir a un bebé.

—Lo sé—murmuró solo esas dos palabras en mi oído con una voz tan insondable que me relajó, mientas me dejaba envolver completamente entre sus gigantescos brazos. Su calidez logró calmarme lo suficiente para afrontar al resto de la manada.

Todos fueron afectuosos cuando me abrazaron, confirmando que mi madre tenía razón, nadie me detestaba. Dejé a mis padres a un lado cuando se dirigieron a saludar a la familia de Lean, un paso que yo no estaba dispuesta para afrontar todavía. El coraje adquirido no era suficiente para plantar la cara ante ellos.

Observé toda la habitación desde las sombras de un rincón, buscándolo, pero no estaba y su familia tampoco. Esperé pacientemente mirando hacia la puerta insistentemente, como si fuera a aparecer ahí con el mero hecho de desearlo. Pero no aparecía.

— ¿Te gustaría dar un paseo? —me preguntó la voz ronca de Susy. Su rostro siempre inocente, relucía de angustia, como los de todos los que se encontraban en la sala.

—Sí, claro—acepté sin poder disimular las ganas reflejadas en mi voz, estar allí detenida esperando perpetuamente no sería para nada productivo.

—Lamento mucho lo que ocurrió—comenzó a decirme Susy, mientras nos dirigíamos hacia el jardín por la puerta trasera, esquivando las miradas acongojadas de los presentes. Yo solo pude mirarla en un intento de controlar las lágrimas que amenazaban con salir por mis ojos nuevamente. —No solo a Lean, sino a ti también—agregó. —Sé que tú lo sientes tanto como nosotros—continuó ella al notar que yo no tenía nada que contestar. —Cuando Lean se transformó subsistió unos segundos nada más antes de morir, pero todos vimos tus facciones de angustia, terror y desolación en su mente—sacudió su cabeza fuertemente, como si quisiera borrar ese pensamiento de su cabeza cuanto antes. — Estábamos todos buscándolo desde que desapareció, sin ningún éxito, hasta que se convirtió—confesó tomando su cara de chiquilla con sus manos de adulta. —Y cuando lo encontramos…—se quebró, dejando paso al llanto.

No podía verla con sus manos tapando enérgicamente su cara, pero podía escuchar cómo se ahogaba con sus propias lágrimas.

— ¿Ustedes fueron al aserrad…? —comencé a preguntar sin poder terminar, dado que ella asintió vigorosamente con la cabeza. —No los vi allí.

—No—negó, secando con irritación las lágrimas de su rostro que rápidamente eran reemplazadas por otras. —Llegamos junto con tu familia y tú estabas inconsciente, pero él…—no pudo terminar de decirlo, así que yo lo concluí en mi mente "estaba muerto".

—Lo siento Susy—le dije rodeándole a medias su monumental cuerpo con mis delgados brazos. —Él salvo mi vida y siempre les estaré agradecida por eso.

—Solo deseo que ella muera—dijo remplazando sus lágrimas con furia contenida, refiriéndose a Caroline.

—Ya la encontrarán—le mentí para reconfortarla.

—Max ya no tiene forma de llegar a ella, es demasiado ágil, nunca se detiene…

— ¿Has hablado con él? —le pregunté con brusquedad innecesaria cortando su esclarecimiento. No pude evitar sentirme resentida al confirmar que a ella sí le contestaba el teléfono, por supuesto.

—Ha vuelto hace tres días—me dijo secando las ultimas lagrimas que caían de sus mejillas. —Se acercó por la mañana a ayudar con el funeral diciendo que no podría venir por la tarde y nos dijo…

Dejé de escucharla por completo, él había regresado a Forks.

Ha vuelto hace tres días.

Esas palabras retumbaron en mi cabeza como un eco interminable. Él había vuelto hacía tres días atrás, cuando aún el agujero de mi pecho no estaba totalmente vacío, cuando aún mi cuerpo no había quedado deshidratado de tanto llorar, cuando aún mi corazón latía. Había vuelto y no había venido a verme, a ver si estaba viva, a ver si aún respiraba después de su partida.

Renesmee tenía razón, él no iba a volver. Jamás.

¿Haría como si nada hubiera ocurrido? ¿Creía que podía desaparecer de mi vida? ¿Se iría de Forks para siempre? ¿Huiría de mí como había huido de Caroline? ¿Me amenazaría para que no lo busque?

Ha vuelto hace tres días.

Definitivamente no recordaba en qué situación me encontraba hace tres días atrás, pero concluyentemente estaba viva, ahora estaba completamente reseca por dentro.

— ¿Jasmett? —una voz lejana me llamaba, pero yo no podía responderle, las palabras no salían de mi boca. — ¡Sra. Cullen! —escuché un grito de terror que sonaba distante.

Ha vuelto hace tres días.

Algo estaba ocurriendo a mi alrededor, pero ya no importaba. Ya nada me interesaba, deseaba que todo esté llamas y yo quedar atrapadas en ellas. Al menos el fuego purificaba y ya me encontraba atrapada en el más terrible infierno de todos modos.

—¿Qué ocurrió? —alguien preguntaba, su voz era demasiado conocida para mí y taladraba preocupada.

—No lo sé, estábamos hablando y de repente se desplomó.

— ¿De qué hablaban? —esa pregunta sonó aún más lejana.

—De Caroline y Max—otra vez su nombre.

Ha vuelto hace tres días.

—Jasmett, cariño—volvían a llamarme.

—Jasmett—otra vez, pero una voz diferente.

Yo no podía reaccionar, estaba atrapada dentro de mí misma.

—Jasmett—esta vez el llamado estuvo acompañado de una violenta sacudida.

Fue entonces cuando entendí que tenía que contestar, aunque dudaba que pudiera salirme la voz a través del nudo en mi garganta, debía intentarlo.

— ¿Qué? —logré murmurar al salir a la superficie de mi inconsciente, me oí extraña y débil.

Estaba recostada en el herbaje del jardín.

— ¿Te encuentras bien? —era la voz preocupada de mi padre la que me inquiría.

Se encontraba arrodillado a mi lado, colocó su helada mano sobre mi frente y sus dedos presionaron el interior de mi muñeca. Le vi mover los labios mientras contaba las pulsaciones de mi corazón, que yo creía eran nulas.

—Sí—le mentí. Sin embargo, le había respondido la verdad si se tenía en cuenta lo que en apariencia quería preguntar. Estaba físicamente perfecta.

—Llevémosla a casa, Edward—mi madre sonaba preocupada cuando se dirigió a él. —Ya ha soportado suficiente.

Mi padre me alzó del suelo y me tomó en brazos con un movimiento rápido y ágil. Pendía de sus brazos desmadejada, sin vida, mientras él se dirigía presurosamente a través de la gente que se encontraba en el hogar de Lean rindiéndole tributo. Mi madre se encargó de dar las disculpas correspondientes, alegando que últimamente yo no descansaba bien. Podía escuchar como todos se compadecían de mí, dándome sus buenos deseos. Quería gritarles que yo no los merecía, que yo había tenido la suerte que Lean no había disfrutado y por eso estábamos ahí, pero la voz no me salía. Yo no siquiera le había podido rendir el tributo que necesitaba, me había desmayado y había hecho el ridículo, había avergonzado a Lean cuando debía honrarlo. Todo por Max, todo lo malo que había ocurrido en mi vida era por él.

Lloré todo el camino de vuelta a mi casa mientras mis padres mantenían una conversación de la que solo pude escuchar a mi madre decir "se merece su privacidad". Lloré como una niña que pierde su juguete favorito, y ellos me dejaron hacerlo. Lloré a pesar de sentirme deshidratada de tanto llorar los últimos días, y mi madre me entendía mejor que nadie por eso ni siquiera me miró con pena mientras lo hacía. Pero no lloraba de dolor, ni de angustia, no lloraba porque extrañaba a Max más de lo que extrañaba a mi antigua yo, eso había quedado en el pasado, había enterrado esos sentimientos junto con Lean.

Ya no sentía el inmenso agujero en mi pecho que no podía llenar con nada, no sentía tristeza, ni desesperanza, solo sentía rencor. Mi corazón volvía a latir de rabia, mis pulmones volvían a respirar furia, volvía a hidratarme de resentimiento, se había colmado el vacío de mi pecho con odio.

Él se había ido sin siquiera dar una explicación, sin decir cuándo volvería, sin dejarme decirle todo lo que pensaba, sin contestar mis llamados, sin darme derecho a réplica. Y había regresado a su vida solo para romperme al igual que a todas sus promesas. Me había desgarrado. Había tomado mi corazón entre sus gélidos dedos perfectos y lo había hecho añicos, como si no valiera nada.

Así que lloraba de rabia contenida, porque ni siquiera eso me había dejado expresarle con su ausencia.

Ni siquiera esperé que mi padre detuviera completamente el auto frente a la casa para bajarme de él y correr hacia la puerta de entrada. Ingresé como una bala dirigiéndome hacia mi habitación, como un alma que se lleva el diablo y tomé lo primero que vi de Max, su camisa. Esa a cuadros negros y blancos que tenía su delicioso aroma impregnado, la que le había intercambiado por mi bufanda el día que me encontró llorando sola en el bosque porque me había enterado de que mi madre había vuelto por dinero, la misma camisa que había estado usando todos estos días para sentirlo más cerca. La corté con la tijera que estaba sobre mi escritorio en dos, arrojando las partes a los pies de mi cama, pensando que la prendería fuego más tarde.

Agarré el álbum de fotografías de mi cumpleaños que aún descansada sobre mi mesa de noche, ese algún de tapas rosadas que había sido confeccionado por mi tía Alice. Me tomé la delicadeza de romper en pequeños pedazos cada una de las imágenes que tenían fulgurado el hermoso rostro de Max. Nosotros dos abrazos sonriendo, el ángel y el demonio, nosotros dos con Candy haciendo gestos cómicos, posando alegremente con Alice, nosotros dos bailando gozosamente. Despedacé todas esas fotografías, una por una, dejando solo numerosas facciones inconclusas en las mil piezas de lo que podría haber sido un magnífico rompecabezas.

Me precipité sobre el libro de Romeo y Julieta que me había regalado el día que jugamos con la nieve, el mismo día que me robó mil risas después de haberme sentido envidiosa del afecto que Camille y Adams se profesaban. Aún se encontraba apoyado elegantemente sobre mi escritorio como recordatorio del amor que Max y yo nos habíamos tenido alguna vez. Hice lo que nunca se me habría ocurrido hacer, lo deshojé, página por página. Rompí ese libro como nunca me hubiera imaginado romper un libro antes, con el respeto que tenía por la literatura y sobre todo por Shakespeare.

Mientras desgarraba en piezas aún más pequeñas las páginas con furia, detuve mi atención en mi propia mano, en la que brillaba la pulsera que contenía el dije que me había regalado él, el dije de su madre, su último regalo como humano, el que me había obsequiado alegando que no podría tener otra dueña. Intenté deshacerme de él, pero estaba forzudamente agarrado al eslabón de mi cadena y por más que tiré de él con todas mis fuerzas, no logré desbaratar su enganche.

Enfurecida con él y con sus cosas que se negaban a dejarme tranquila, me dirigí hacia la habitación que a veces usaban Emmett y Rosalie y me apropié del bate de beisbol de mi tío. Luego me encaminé determinante al tercer piso, a la habitación que Max había confeccionado para mí como regalo de cumpleaños, dispuesta a destrozar todo lo que había en ella. Reduciría todo a astillas. Incluso el piano que me habían regalado mis abuelos, porque estaba allí por él, por su idea, por su culpa. Ingresé en la habitación con el bate en alto, amenazante. Allí me quedé en el umbral de la puerta con el bate en la misma posición, observándolo todo detenidamente. Parecía que habían pasado años desde la última vez que había hecho uso de esa habitación, tanto así que aún estaban mis zapatillas de ballet de satén rosado al lado del piano. Yacían en el suelo, despreocupadas con sus delicadas tiras enredadas. Allí donde las había dejado la vez que había bailado para él, mientras él intentaba hacer coincidir mis pasos con alguna melodía, precipitando sus elegantes dedos en las teclas del gran instrumento. Sonreí sin quererlo al recordar la felicidad de ese día, como lo sermoneaba cuando sus notas desentonaban con mis pasos, como me silenciaba con besos castos, como me hizo volar en sus brazos mientras danzábamos al compás de una música inexistente cuando se hartó de desafinar en el piano. El bate resbaló de mis manos generando un ruido áspero al chocar con la madera del piso y acto seguido caí yo de rodillas, rendida. No podía deshacerme de toda la felicidad que contenían las paredes de esa habitación, era imposible. Por más que lo odie con cada partícula de mi cuerpo, por más que no quiera volver a verlo nunca más en mi vida, por más que considere que todo lo que ocurrió con él haya sido el peor error, por más que me arrepienta de haberlo dejado entrar en mi corazón. Esa habitación era mi santuario.

Por medio del sonido de mi llanto amortiguado creí escuchar que su voz me llamaba a lo lejos, como si estuviera nombrándome desde entre las flores del jardín de Esme. Estaba perdiendo mi cabeza, escuchando su voz donde no estaba.

Dejé el palo de madera de Emmet y mi alma allí tirados para dirigirme derrotaba hasta mi habitación, donde oí más claramente que su voz me nombraba, como el leve arrullar del viento. Quedé detenida en el segundo piso, intentado percibir todos los sonidos del exterior con más precisión y allí estaba de nuevo mi nombre sonando a través de las delicadas espiraciones de corriente de aire. Bajé las escaleras con moderación, como si cada escalón clavara una cuchilla en mi corazón. Fui hacia la puerta de entrada donde estaba detenida mi hermana, mirándome con reserva, con la cautela refulgiendo en sus hermosas facciones.

—Max está aquí—me dijo precavida, ejerciendo de barrera entre la puerta de entrada y mi cuerpo, evitando que saliera al encuentro de la persona que más daño me había hecho en toda mi vida.

—No quiero verlo—me zarandeé frenéticamente intentado borrar su nombre de mi mente mientras retrocedía atemorizada, usando mis manos a modo escudo, como si mi hermana quisiera presentarme al mismísimo satanás en persona.

— ¡Jasmett! —gritaba la voz distante de Max, confirmado que se encontraba en el jardín de Esme. —Por favor, necesito hablar contigo ¡Jasmett!

Mi nombre en sus labios sonaba igual de perfecto que siempre y no dejaba de nombrarlo con su dulzura característica a pesar de haberme desagarrado el alma con sus acciones.

—Hablaré con él—interrumpió mi padre, con mi madre pisándole los talones.

—No quiero verlo—repetí asustada con el tormento invadiéndome.

—Voy a matarlo—siseó Renesmee entre dientes de forma amenazadora, apartándose de la puerta para que mi padre saliera por ella a una velocidad imperceptible para el ojo humano.

—Tranquila, cariño—vociferó mi madre al aire, dirigiéndose a mi hermana o a mí, probablemente a ambas.

—No puedo verlo—volví a exteriorizar, y realmente no podría hacerlo. Si lo veía, volvería a morir. Sería como retroceder todo el dolor que había intentado superar este tiempo, aunque ya nada podría herirme más de lo que estaba, verlo significaba tener demasiado latente la perfección de sus facciones de adonis en mi mente.

Pero a pesar de que mi mente lo quería lejos, a miles de kilómetros de distancia, mi cuerpo lo necesitaba, como mis pulmones necesitaban el aire. Mi cuerpo lo sentía como una horrible adicción. Así que, sin desearlo, mis pasos se dirigieron hacia la puerta una vez que mi padre la cerró detrás de él, para intentar estar lo más cerca posible del motivo de mi adicción. Necesitaba escuchar el sonido de su voz por lo menos. Me aferré a esa densa puerta de madera como un adicto en recuperación se afianza al principal motivo de su sobriedad.

— ¿Qué necesitas Max? —escuché como mi padre le formulaba esta pregunta de forma condesciende.

—Sr. Cullen—dijo él formal, lo suficientemente fuerte para que mis oídos lo capten a través de la gruesa puerta de madera. —Necesito hablar con Jasmett, necesito verla, por favor—formuló esta frase como si le faltara el aire, como si le doliera respirar, como si lo necesitara.

—Ella no puede verte, lo siento—la voz de mi padre aún se manifestaba en un tono gentil con él.

Silencio. Max estaba hablando en susurros o no estaba hablando en absoluto, pero no podía escuchar nada de lo que él debería estar diciendo. Solo escuché como mi madre y mi hermana se posicionaron detrás de mí, lo adecuadamente cerca para percibir sus posturas. Mi madre se encontraba estática, símil estatua y Renesmee inquieta, cambiando su peso constantemente de un pie al otro, como si se estuviera conteniendo tanto como yo para no salir por esa puerta.

—Realmente lo siento Max, pero no es por nosotros que no puede verte—le explicó mi padre pacientemente. —Por más que Bella y yo no concibamos que la hayas puesto en peligro, es su decisión, es Jasmett la que no quiere verte.

Me pegué más a la puerta en un intento de escuchar la respuesta de Max, pero seguía reinando el silencio por su parte. Podía sentir claramente como el vacío de mi pecho, que hacía unos minutos atrás estaba lleno de odio, ahora empezaba a quedar desierto nuevamente, poco a poco.

—Voy a pedirte que al menos respetes esta decisión que ella tomó—le dijo mi padre y su voz ya empezaba a abandonar la amabilidad que antes la caracterizaba.

—No puedo, Sr. Cullen—lo escuché decir a Max finalmente, antes de comenzar a gritar mi nombre. — ¡Jasmett!

Me desplomé contra la puerta cuando escuché nuevamente mi nombre en sus labios. Noté la dureza del suelo en las rodillas y me dejé absorber por la frialdad de las baldosas de granito que me recordaban al helado agarre de Max. Sentía mis lágrimas escurrir sigilosamente por mis mejillas.

—No deseo usar la violencia contigo Max, por favor necesito que te retires—sentía que mi padre le decía estas palabras entre sus labios tiesos y podía imaginar cómo las facciones de su rostro amenazante se contornearían en una mueca de fingida cordialidad.

—No—contrarió Max neciamente, volviendo a gritar mi nombre reiteradamente, desgarrándome cada vez un poco más con la dulzura con la que lo pronunciaba, como si aún me amara, como si aún fuera yo el motivo de su existencia. — ¡No! ¡Déjenme! —gritó destrozado, e incluso a través de la puerta podía percibir cómo se revolvía contra el enganche de alguien. — ¡Jasmett! —volvió a pronunciar, pero esta vez no sonó con dulzura sino desgarrado de sufrimiento, tan desgarrado como yo, tan herido como mi corazón.

— ¡Déjenlo! —grité poniéndome de pie abruptamente y utilizando la puerta de agarre. —Déjenlo, déjenlo—repetí golpeando la puerta con las palmas de mis manos violentamente.

Supuse que mi padre o mi tío se lo estaban llevando por la fuerza, esa imagen desbarató mí cerebro. No podía concebir que lo dañen.

—Jasmett—susurró él y lo sentí extrañamente cerca, como si estuviera a mi lado, susurrando contra mi oído.

—Max—articulé su nombre a viva voz por primera vez después de demasiado tiempo y aún sonaba correcto en mis labios, justo como si hubiera estado diseñado para que mis cuerdas vocales lo pronuncien.

—Jasmett, lo siento tanto—comenzó a disculparse, mis sentidos lo podían sentir detenido detrás de la puerta. —No te pido que vuelvas conmigo, no te pido que hagas como si no hubiera sido un idiota, ni siquiera te pido que me perdones, solo que no me odies.

— ¿Por qué te fuiste? —susurré en voz tan apagada y monótona esta pregunta a través de mis lágrimas que apenas la oí, y me extrañé cuando me dio su respuesta, demostrando que la había escuchado.

—No puedo estar contigo mientras ella esté viva, no puedo exponerte así—dijo con la angustia estancada en cada palabra. —Nunca me lo perdonaría si algo malo te pasara.

—Ya me pasó todo lo malo que podría pasarme—le dije a través de mi garganta obstruida por el dolor. —Tú me mataste—le confesé, golpeando la puerta con mi puño cerrado en un gesto de furia.

—No—me contrarió, pero sonaba como si quisiera convencerse a sí mismo de que no se había llevado consigo los latidos de mi corazón. —Lo último que quiero en esta vida es herirte, moriría feliz antes de permitir que algo te haga daño.

—Me dejaste—le acusé entre las lágrimas, con la voz estrangulada, me asombraba que el sonido saliera a través de tanto dolor que sentía atorado en mi garganta. —Me dejaste sola cuando más te necesitaba sin una explicación, sin decirme nada, no contestaste mis llamadas, ni siquiera mis mensajes, volviste hace días y ni siquiera te importó si yo vivía o moría por ti —no pude seguir diciéndole todo lo que deseaba recriminarle porque mi voz finalmente se quebró.

—Lo sé y no estoy orgulloso de eso, pero voy a hacer todo lo que sea necesario para mantenerte con vida—dijo con las vibraciones de su voz pegadas contra la puerta. —Si tengo que irme de Forks así lo haré.

Mi corazón detuvo sus desgastados martilleos al escuchar sus palabras, sería capaz de irse de mi lado para siempre. Sentía como mi existencia comenzaba a apagarse de solo imaginar este hecho, el resto de mi vida lejos de él.

—No—logré pedirle a través de los músculos paralizados de mi laringe.

—Haré lo que me pidas, pero no me odies—me pidió.

Su voz sonaba tan ahogada como la mía, a pesar de que él no podía llorar y de que su garganta no se entumecía con la angustia.

—Quédate conmigo—me precipité, golpeando mi frente contra la dureza de la madera. —Lo prometiste—le recordé luchando con mi garganta atorada de tristeza para que mi voz sonara lo suficientemente alta y segura. —Prometiste que jamás me harías daño y prometiste que sería para siempre.

—Créeme que estoy conservando todas mis promesas al mantenerte alejada de mí—me aclaró con voz afónica, llena de intensidad.

—No nos hagas esto, por favor—le pedí aferrándome al tablón de la puerta que nos separaba, solo nos interrumpían siete centímetros de algarrobo denso.

—La encontraré—me dijo a modo de promesa, otra más de las tantas que me había profesado, otra más que quebrantaría. Lloré con más fuerza deseando gritarle que sus juramentos no valían nada para mí, que solo se los llevaría el viento, como él se había llevado mis ganas de vivir, pero el sonido no salía de mi boca, solo quejidos de dolor. —Y cuando lo haga, esto solo será una anécdota más que contarle a nuestros amigos—me dijo añorando que llegue ese momento y podría jurar que estaba esbozando su media sonrisa de costado característica, pero que la misma no había llegado a sus ojos. Quería pedirle que se quedara conmigo, quería decirle que no me importaba si Caroline vivía o moría, si me volvía a secuestrar o si me mataba, solo me importaba él. De nada me servía subsistir lejos de él, eso no significaba estar viva. —Tú fuiste la única persona que pudo tocar mi corazón, me llegaste al alma, cambiando totalmente mi vida y poniendo de cabeza todas mis metas. Te amaré por siempre, quiero que siempre recuerdes eso.

—No—logré murmurar entre mi desesperación, su última frase pronunciada tenía el sabor de una inminente despedida.

No podía irse ahora que finalmente había regresado, no podía volver a dejarme. Tomé el picaporte con mis manos para deshacer la barrera que generaba entre nosotros esa odiosa puerta de madera, pero no cedía. La puerta parecía estar totalmente sellada a pesar de que mi padre había salido por ella solo unos minutos atrás.

—Adiós Jasmett—su voz sonaba tranquila, como si estuviera en paz alejándose de mí, como si eso realmente fuera lo correcto.

—No, por favor—le susurré notando como las palabras de su adiós se clavaban como mil agujas en mi corazón. Volví a jalar la empuñadura metálica con toda la fuerza que aun poseía, pero no parecía suficiente. — No me dejes de nuevo, por favor—le pedí a modo de súplica lamentable. Él era todo lo que necesitaba en mi vida, era todo lo que amaba y me estaba diciendo adiós. Esta vez sí moriría, solo era una frágil humana que no podría soportar estrellarme nuevamente contra la rudeza que generaba su ausencia. Respiré hondo atorándome con los quejidos de mi propio llanto antes de gritarle de forma desgarradora, con más fuerza incluso de la que había utilizado para intentar abrir la puerta. — ¡Te amo!

Él no respondió, pero al menos se iría con el peso en su consciencia de que se estaba llevando mi corazón con él, se estaba llevando todos mis motivos para sonreír. El sabría que yo iba a respirar, que mi cabello y mis uñas iban a crecer, que mi corazón iba a seguir bombeando sangre y que eventualmente envejecería, pero que jamás sería feliz. Nuevamente, solo por acto reflejo, jalé la manija de la puerta para encontrarme que giraba y se abría perfectamente. Pero no había nadie allí afuera del otro lado.

El jardín de Esme estaba tan vacío como mi pecho.


¡Bellezas! Último capitulo, sé que me van a odiar, pero no olviden que la historia continua. Tengan presente que falta el epílogo antes de insultarme. Por favor dejen sus comentarios, no me ignoren.

Besos