Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.


Capítulo veinticuatro

¿Ese era el final?

Vio atentamente el sobre blanco que estaba en el escritorio, el cual había sido entregado por las manos de Jakotsu.

El diseñador tenía un pésimo semblante, empezando por lo pálido que se veía, con los ojos hinchados y rojizos, y ni hablar de las terribles ojeras que le daban un aspecto fantasmagórico.

Su humor estaba por los suelos y no era para menos.

Ese día se había llevado a cabo el último juicio en contra de Bankotsu, en dónde fue culpado por todos los cargos que se le imputaron, incluidos los que había impuesto André.

Ella se abstuvo de ir a dichas sesiones, ya que su trabajo se lo había impedido y porque tampoco había tenido intenciones de acudir. No había necesidad de su presencia, con la de su padre y esposo habían sido más que suficiente.

Sesshōmaru le informó de viva voz sobre la sentencia que se le había dictado a Bankotsu, mucho antes de que Jakotsu hiciera su aparición en su despacho.

Ahora estaba esa carta que Bankotsu le había mandado por medio de su hermano mayor, y que había pedido encarecidamente que se la entregara después de que se cerrara el juicio en su contra.

—Entiendo que no quieras recibirla —habló el modisto—, pero me rogó el que te la entregara. Creo que es necesario para finiquitar lo que una vez hubo entre ustedes, Rin.

—¿Lo crees?

—Está arrepentido, te lo puedo asegurar —limpió rápidamente una lágrima que escapó de uno de sus ojos—. Se que no soy nadie para pedirte algo, pero no la rechaces. Simplemente léela y después te deshaces de ella.

—Hmm…

No quería cogerla, no le nacía, ni siquiera por empatía. Pero no podía negarse al ver aquel rostro demacrado.

Jakotsu había sido humillado, rechazado y alejado de su familia, y su hermano no hizo nada para defenderlo, ayudarlo y apoyarlo. Se había quedado en silenció, y de esa manera obtuvo el lugar que le correspondía a Jakotsu, al ser el primogénito de la familia Niikura.

A pesar del comportamiento de su hermano menor, Jakotsu jamás le odio y mucho menos se alejó de él. Al contrario, siempre estuvo cuidándolo e interviniendo por él, aunque eso implicara el involucrarse en problemas o echarse la culpa de los errores que cometía Bankotsu.

El diseñador era demasiado noble e ingenuo cuando se trataba de su hermano, era su mayor debilidad y eso le costaba muy caro. Y la prueba de ello era el estado anímico en el cual se encontraba ahora.

Jakotsu merecía alguien mejor que Bankotsu, alguien que en verdad velara por su bienestar personal y profesional.

Sesshōmaru.

Ese nombre retumbó en su cabeza con fuerza, aunque no entendía el por qué…o quizás si sabía el motivo.

Sesshōmaru había hecho por Jakotsu, lo que su verdadero hermano jamás hizo, ni quiso hacer.

Le había dado la oportunidad de desempeñar la carrera de diseñador de modas, le ofreció un empleo y lo ayudó económicamente.

Aunque lo había hecho para obtener algo a cambio —la exquisita creatividad de Jakotsu—, seguía demostrando su apoyó al modista, al defenderlo de cualquier comentario malintencionado, alardeando del excelso trabajo que se presentaba en cada nueva temporada. Y ni hablar de lo humano que se portaba con Jakotsu, al darle los días necesarios para que pueda reponerse de su estado emocional.

Sesshōmaru no era el despiadado demonio que la gente aseguraba que era.

—¿La aceptaras?

Salió de sus pensamientos al escuchar la voz de su amigo, que le miraba de esa manera entristecida.

—Por ti —accedió al momento en que cogió la carta y la guardó en su bolso.

—Gracias —le dio una corta sonrisa.

—Deberías ir a descansar, lo necesitas.

—Lo haré —asintió con un suspiro—. Aprovecharé las vacaciones que me dio tu marido —le regaló una sutil sonrisa—. Por cierto, ¿cómo van?

—Bien —respondió de inmediato.

—¿Sólo bien? —Le miró decepcionado.

—Tal vez eso no es suficiente para ti —rió.

—No es suficiente para nadie, cariño —respiró profundamente—. Esperaba ver más entusiasmo, al menos de tu parte.

—¡Oh! —Se rascó la sien torpemente—. Lo siento, la carga de trabajo me tiene bloqueada.

—¿Segura? —Cuestionó no muy convencido.

—Por supuesto —le sonrió sinceramente—. Sesshōmaru es más de lo que pude haberme imaginado.

—¿Es un buen amante? —Dijo pícaramente, dándole un poco de brillo a los ojos.

—Es un buen esposo —corrigió con una risilla—. Es el paquete completo.

—Hmm… —Apoyó ambos codos sobre el escritorio y acunó su barbilla con ambas manos—. Así que Don Demonio te complace en todos los aspectos.

—No tengo queja hasta el momento —sonrió instintivamente.

—No me imagino a un tierno Sesshōmaru.

—Bueno, tierno no es una palabra que vaya con él —alzó los hombros—. Pero si es atento y comprensivo.

—¿En serio? —Las largas pestañas negras aletearon rápidamente—. Disculpa, yo sé que no es un mal hombre, pero…

—Te entiendo… —rió suavemente—. Pero es verdad, él puede ser todo un caballero cuando se lo propone.

—¡Que lindo! —Exclamó melosamente—. Quien viera a semejante semental tan domado, y a ti tan enamorada de él.

—¡¿Enamorada?! —Preguntó confusa.

—Sí, ¿no? —Jakotsu le miró extrañado—. Te casaste con él porque lo amas, ¿no es así?

En eso se dio cuenta del error que acababa de cometer, al cuestionar semejante estupidez.

Se suponía que ella se casó perdidamente enamorada del albino y ahora casi lo tira a la borda, ante alguien que no tenía idea de la verdad detrás de ese matrimonio. Sólo por esa «palabra» que la desconcertó repentinamente.

Enamorada de Sesshōmaru.

Debía actuar muy bien, para que la gente se creyera semejante tontería, porque no le haya otra explicación. Después de todo, lo único que le interesaba de se hombre era su talento empresarial y sus dotes como amante.

¿Verdad?

—¡Claro! —Expresó contenta—. Lo que pasa es que no pensé que se me notase mucho. Ya sabes, debo ser cuidadosa con mi forma de expresarme, ya que debo ser la esposa modelo para Sesshōmaru.

—Por supuesto, como si eso te importara —rió—. Ni siquiera le importa a él. Después de todo, Sesshōmaru jamás le ha lamido el culo a la sociedad.

—En eso tienes razón —sonrió a medias.

—Estoy seguro de que a él le gusta que seas todo, menos una Esposa Virtuosa.

—Sí, eso creo —asintió.

—¡Vaya, ya es tarde! —Exclamó angustiado—. Tengo que irme, querida.

—¿Tienes algo que hacer? —Espetó curiosa.

—Veré a mi padre… —dijo con voz angustiada—. Después me iré a descansar.

—Hmm… —Resopló preocupada.

—Aparte ya tomé mucho de tu tiempo —miró todos los papeles, fotografías, pegatinas y rotuladores esparcidos por toda la oficina—. No quiero retrasar tu trabajo.

—No lo retrasas, cariño —le sonrió—. Si esto no sale a tiempo, será culpa de los petulantes directivos que ocupan estúpidamente la sala más grande del piso.

—Por lo visto siguen las diferencias con esos hombres.

—Sí aun sigo aquí es por mi terquedad y la de Irasue —rió descaradamente.

—Esperemos que esta vez te den la oportunidad —dijo sinceramente.

—Así será, Jakotsu.

Jakotsu asintió al momento en que se levantó del asiento y cogió su bolso café, con toda la intención de marcharse.

—Muchas gracias por recibirme y haber aceptado la carta —su expresión volvió a tornarse decaída.

—No hay nada que agradecer —se acercó a su amigo y lo abrazó—. Si las cosas no salen bien con tu papá, me hablas.

—Lo haré —le dio un beso en los labios—. Nos vemos, cariño.

—Hasta luego, Jakotsu.

Tan rápido como el diseñador salió de la oficina, se encamino hacia su asiento y se dejó caer bruscamente.

Miró el bolso que descansaba su costado izquierdo, en el cual había guardado la dichosa carta mandada por Bankotsu. Pero eso no era lo único que la aturdió el día. No. También estaba su tremenda metida de pata, y que fue provocada por esa maldita palabra del demonio.

Suspiró pesadamente y apretó con fuerza el puente de su nariz ante la terrible frustración que le nació tras la partida del modista.

~O~

Se había tomado el tiempo, para ir hacia la pequeña clínica en dónde se apoyaba a personas con trastornos alimenticios y psicológicos, en dónde ella operaba como un miembro de apoyo tanto moral como económico.

Por lo general iba cada quince días prestando su ayuda al personal, ver lo que necesitaba para mantener el lugar abastecido y con las condiciones adecuadas. Ya que al ser un proyecto fuera del gobierno, sólo contaba con el apoyo de los fundadores y de los pocos donantes que estaban preocupados por esos problemas.

—¡Es una alegría verte por aquí, Rin! —Exclamó una de las secretarias del lugar.

—También me alegra verlas —les sonrió—. ¿Cómo va todo por aquí?

—Bien, se han dado progresos muy interesantes —comentó la más joven de las mujeres—. En quince días se dará de alta a cuatro pacientes.

—Eso es una buena noticia —sonrió.

—Sí —suspiró con mucha ilusión una de ellas—. Más personas se han unido a la causa y los donativos se han vuelto más frecuentes, todo marcha sin problema alguno. En especial, desde que tu esposo comenzó a financiar el sueldo de los nuevos psicólogos y nutricionistas… ¡Ah! —Gritó fuertemente, ante el codazo que le dio la más joven—. ¡¿Por qué me pegas?!

—¡Eres una bocona! —Dijo entre dientes la otra chica.

Miró a las mujeres que estaban hablando entre sí, olvidándose que ella estaba presente y que ya había escuchado con toda claridad sobre el apoyo por parte de Sesshōmaru.

Pero… ¿Por qué?

Ella tenía entendido que su esposo estaba al tanto sobre su proyecto en la editorial y lo importante que era que el mensaje llegara a los consumidores, pero jamás le había mencionado nada al respecto de la fundación.

Lo más extraño de todo, es que el hombre jamás había mostrado interés a la causa, a pesar de que trabajaba en el medio en dónde esos problemas se daban con más frecuencia. Y no lo culpaba, él sólo se preocupaba por los números que acumulaba su empresa, lo demás no era relevante.

¿A qué venia tal acto de caridad?

¿Y por qué no le comento nada?

Centró de nuevo su atención en las mujeres que ahora tenían aquella cara de espanto, como si lo que habían dicho fuera la condena misma.

—Así que mi esposo ha estado ayudando —suspiró y vio hacia el techo—. ¿Por qué no me lo dijeron?

—Porque tu esposo nos pidió total discreción al respecto —comentó la mayor de las mujeres—. Y esa es una regla que se respeta, ¿recuerdas?

—Hmm… —frunció el ceño—. Entiendo, aunque me sorprende el que no me hubiera dicho nada al respecto —mintió—. ¿Desde cuando ha estado donando?

Ambas mujeres se miraron entre sí, debatiendo si debían responderle o no, aunque eso ya no tenía sentido, desde el momento en que se les fue la lengua de más.

La más joven corrió a uno de los archiveros y sacó unas carpetas, en dónde parecía contener las donaciones por parte de Sesshōmaru. Sin embargo, parecía más que eso.

La mujer le entregó los folders en dónde se encontraba los donativos y otras acciones realizadas por parte de su esposo. Los cuales eran bastante costosas y necesarias, y con ello podía entender el nuevo equipo, reparación de las instalaciones y medicamento de mayor calidad.

¿Pero que ganaba haciendo todo eso?

Sí quería ganársela, ocultando la verdad no era la manera más efectiva. O quizás…

Suspiró y se fijó en las fechas hasta llegar a la más antigua, la cual la colocaba cuatro meses después de que se dio a conocer su relación ante la sociedad. Lo cual le sorprendía aun más.

Que demonio más noble se vino a encontrar.

No había ninguna razón para dudar de sus intenciones, tal vez había calado algo en él, para que dicha acción se diera acabo y por ese motivo guardo el secreto, para no ser juzgado de ventajista ante sus ojos.

¿Cuántas cosas le faltaba por descubrir de Sesshōmaru Tukusama?

No pudo evitar el sonreír y sentir sus ojos llenarse de lágrimas, ante la alegría de saber que había realmente un buen corazón debajo de toda esa fachada de insensibilidad y soberbia.

—¿Le va a decir a tu esposo…? —Espetó la mujer que había dado la información.

—No —sorbió un poco y se limpió las lágrimas que apenas y habían escapado de sus ojos—. Ustedes no dijeron nada y yo desconozco dicha información. Así que tranquilas —les sonrió.

—¡Qué alivio! —Exclamaron aliviadas ambas mujeres.

—Parece que mi marido les dejó una mala impresión —mencionó con un tono divertido.

—¡No, no, para nada…! —Gritó la más joven—. Bueno, es que…

—El señor Tukusama es muy intimidante —se sinceró la otra—. Cuando nos pidió total anonimato, lo dijo de una manera…y nos miró de una forma… ¿Cómo un hombre tan atractivo puede ser tan opresivo?

—¡Cállate! —Le regañó la joven secretaria—. ¿Qué manera es esa de referirte al esposo de Rin?

—¡Oh, dios! ¡Lo siento tanto! —Se disculpó de inmediato.

Ella sólo rió ante tal par de mujeres, que de alguna manera le parecían muy divertidas. Y tampoco es que le molestase que hablaran de Sesshōmaru. Después de todo, no es que estuvieran dando un juicio erróneo, en cuanto al atractivo y la imponencia que trasmitía el albino.

—Por mi no hay problema, tampoco es que estén diciendo algo que no haya dicho antes otras personas —suspiró y cerró los ojos—. Tampoco es que me afecte, ni mucho menos a él. Supongo que ya nos acostumbramos.

—Bueno, es obvio que usted conoce al verdadero yo de tu esposo —mencionó románticamente la más imprudente de las secretarias—. La confianza y el amor permite ser ustedes mismos ante el otro, sin necesidad de ser juzgados. ¡Ay, que hermoso es el amor!

—Ya veo porque no consigues novio, a pesar de ser tan vieja —atacó la otra, ante las palabras cursis de su compañera.

Así una nueva discusión nació entre las mujeres, mientras que las palabras de la secretaria se grabaron instantáneamente en su cabeza.

¿Su verdadero yo?

¿Confianza?

¿Amor?

¿Qué diablos estaba pensando?

Ese día estaba demasiado emocional para su gusto, o quizás simplemente estaba tan frustrada por su trabajo, que todo le parecía interesante cuando no era así. En espacial, tratándose de Sesshōmaru.

Quizás el convivir tanto con el hombre, termino haciéndose un habito el escuchar su nombre en cualquier parte y verlo hasta en la sopa.

Negó con su cabeza y prefirió el realizar las actividades que le correspondían en ese día. Aun tenía muchas cosas pendientes las cuales debí atender, y dilatarse en un sólo lugar, traería más problemas que beneficios.

~O~

¿Cuánto tiempo había pasado desde que todos volvían a estar juntos?

Esta era la primera vez que se juntaba con sus amigos, desde que se dio su matrimonio con Sesshōmaru.

Si bien, ese no había sido el motivo por el cual no se habían visto. La verdad es que todos estaban muy ocupados con sus trabajos y en sus vidas personales.

Con quienes más tenía contacto era con Kanna y Shippō, por lo general era para tratar cosas sobre el trabajo y se decía cosas esporádicas y sin mucha relevancia.

En cuanto a Kohaku y Hakudōshi, era con los que menos contacto tenía.

A Kohaku lo veía regularmente, porque iba en busca de Kanna hasta las oficinas, pero sus platicas eran típicas y cortas.

Mientras con Hakudōshi, ese hombre estaba de proyecto en proyecto, y sólo sabía de él mediante mensajes o llamadas, pero nada más. Y por desgracia, era al que más echaba de menos.

—¿Y leerás esa estúpida carta? —cuestionó Hakudōshi.

—No lo sé… —Suspiró Rin.

—Yo que tu la quemaba, jefa —habló Shippō—. Ese tipo no se merece tu hermosa atención.

—Deja de ser tan lambiscón, Shippō —se quejó Kohaku—. Y sobre esa carta, es una decisión sólo tuya, Rin.

—Hmm… —Rin prefirió no contestar nada a su abogado.

—A veces tu rectitud me enferma —escupió asqueado Hakudōshi—. Es simple Rin, olvídate de ello. Ese tipo no merece ni siquiera el que le recuerdes, fue un cretino, es un cretino y seguirá siendo un cretino.

—Fatalista —Kanna atacó a su hermano sutilmente.

—Hermanita, sólo digo la verdad —se defendió el albino.

—Creo que la única que puede juzgar a Bankotsu es Rin —volvió a intervenir Kohaku—. No importa que decidas, de igual forma cerrarás con ese ciclo definitivamente.

—Es verdad —apoyó Shippō, después de casi atragantarse con la hamburguesa—, pero eso no quita el que al final ese tipo será perdonado. Rin jamás ha podido odiar a nadie, va en contra de su naturaleza. Por eso apoyo la noción de que no la lea, al final el resultado será el mismo.

—Por fin alguien que me entiende —dijo Hakudōshi.

—No soy quien para darte una opinión al respecto —Kanna habló con voz suave—, pero considero que deberías leerla. Tal vez puedas entender y concluir con dudas o heridas que aun tengas latentes.

—Hmm… —Rin meditó las palabras de su mejor amiga—. Creo que tienes razón.

—¡Asco! —exclamó Hakudōshi, para después dar un trago a su cerveza.

—Ni sé porque opinas, Hakudōshi —atacó Kohaku—. Eres el menos indicado para dar consejos, eres un ser insensible e incapaz de amar.

Hakudōshi sólo masculló entre dientes, ignorando las palabras del castaño y así ganándose las risas por parte del pelirrojo.

—Pero al final tu decidirás —continuó Kanna—. También te recomiendo que, si planeas leerla, se lo comentes a tu esposo.

—¿Por qué? —Rin preguntó asombrada.

—Para evitar malentendidos —aclaró—. No importa cuánto guardes un secreto, esto terminan descubriéndose por su propio peso. Así que es mejor que seas sincera, para evitar que algo pequeño se vuelva demasiado grande en un futuro.

—Entiendo —Rin asintió ante las palabras de la albina.

—Aunque tampoco veo el porque habría problemas, después de todo ellos no son un matrimonio de verdad —dijo secamente Kohaku.

Todos guardaron silenció ante las palabras del abogado, que lo había dicho de una manera arrasadora y cruel, que provocó que algo muy en el fondo de ella se estrujara.

—Y dices que yo soy el insensible —despotricó con el ceño fruncido el albino—. Si son o no un matrimonio de papel, no significa que no exista la confianza y la lealtad entre ellos. Son socios y deben serse sinceros sin importar el tema que se trate —miró desafiante al abogado—. Kanna tiene razón, es mejor prevenir cualquier problema si al final decides leer lo que ese tipo te escribió con el puño de la hipocresía.

—No esperaba que este tema los pusiera tan intensos —Rin mencionó con tono depresivo—. Creo que no debí mencionar nada al respecto.

—¡No, jefecita! —Expresó preocupado Shippō, que no tardó en abrazarla—. No digas eso, estamos aquí para ayudarte. Disculpa a estos idiotas, que desde hace casi un año parece estar en una competición acérrima.

¿Competición?

Observó a ambos hombres, y si bien no vio cambió en la arrogante expresión de Hakudōshi, no podía decir lo mismo de Kohaku. Al parecer, ese comentario le pegó de alguna manera. La pregunta era:

¡¿Por qué?!

—Ni idea de lo que hablas cabeza de zanahoria —habló un desinteresado Hakudōshi—. No tiene sentido una competición, cuando es obvio que le doy una paliza a mi cuñado, a pesar de que yo no ejerzo la carrera.

Kohaku sólo bufó por lo bajo, ante las petulantes palabras de Hakudōshi, con toda la intención de no seguirle el juego y terminar esa discusión sin sentido.

—Aun así, gracias a todos por sus consejos —Rin les sonrió a medias a los presentes—. Ahora si me permiten, iré al tocador.

Se levantó y se dirigió hacia el sanitario del restaurante. A pesar de ello, pudo sentir las intensas miradas de sus amigos sobre de ella, algo que peculiarmente le incomodó.

Al entrar al baño, se dirigió rápidamente hacia los lavamanos y abrió unas de las llaves, y sin pensarlo mucho se echó agua a la cara, para refrescarse un poco y tal vez —si es que se podía— deshacerse de todas las dudas que estaban a punto de hacer estallar su cabeza.

Se miró al espejo y agradeció el que ese día no se puso ni una sola gota de maquillaje, sino las cosas ya estarían pintando muy mal para ella.

Cogió una de las pequeñas toallas que estaban al servicio y empezó a secar su rostro, mientras su mente seguía pensando en la dichosa carta, sobre lo que descubrió en el refugio y especialmente en Sesshōmaru.

No sabía a que atribuirle lo que estaba pasando con ella en ese día, desde que amaneció estuvo bastante voluble, aunque no entendía el motivo del porqué. Después de todo, no había tenido ningún tipo de percance que alimentara esas contrariadas y deprimentes sensaciones.

Tal vez sólo debía descansar y esperar que mañana resultara mejor.

Ahora que lo pensaba, deseaba llegar al departamento para tomar un buen baño, prepararse una taza de chocolate caliente y disfrutar un poco del escenario que el balcón del pent-house le regalaba día tras día.

—Sí, ya es hora de ir a casa —se convenció a sí misma.

Abrió la puerta del baño y al momento en que empezó a dar camino hacia dónde los demás le esperaban, algo la detuvo.

—¿Puedo saber que es lo que te aqueja?

Dio un pequeño brinco al ser asustada por la parca voz de Hakudōshi, que estaba sentado en el pequeño recibidor que estaba a la entrada de los baños tanto de hombres como para mujeres.

—No hagas eso —dijo al momento en que su corazón volvía a tomar su acostumbrado palpitar—. Y no sé a lo que te refieres.

—Vamos, no me vengas con eso —Hakudōshi chasqueó molesto la lengua—. El que te haya perdido de vista por unos cuantos meses, no significa que haya olvidado como eres…

El albino golpeó el largo banco en dónde estaba sentando, invitándola a que tomara asiento a su lado. A lo cual accedió y sin pensarlo mucho, recargó su cabeza en el hombro del hombre.

—Se muy bien que tu estado no es por Bankotsu —mencionó con arrasadora seguridad—. Pero no estoy muy seguro si es por tu trabajo o Sesshōmaru.

—Hmm… —Meditó un poco antes de dar una respuesta—. Creo que ambas.

—¿Con cuál quieres empezar?

—Trabajo.

—Te escucho.

—Mi proyecto será presentado dentro de poco…por tercera vez —suspiró—. Creo que es algo que me tiene ansiosa y molesta a la vez, en especial porque Irasue me ha cargado de mucho trabajo últimamente.

—¿Temes a ser rechazada nuevamente? —la cogió de la mano izquierda y comenzó a acariciarle el dorso con la yema de sus dedos.

—Obvio, así paso las otras dos veces.

—Esos viejos son tan retrogradas y su visión hacia lo que sucede a su alrededor es nula —recalcó lo obvio—. Y entiendo el motivo por el cual te esfuerzas a llegar a ellos, pero…

—Dudas que cambien de parecer, ¿verdad?

—Rin, es muy difícil hacer cambiar de opinión a la gente, y más si estos rebasan más de sesenta años. Si hacer que alguien de nuestra edad entienda, imagínate a esos vejestorios que aun creen que el único valor de la mujer es su físico y lo buena que sea en la cocina —escupió con sinceridad—. Aparte, jamás te han visto de buena manera, al ser tan revolucionaria y apoyar las locuras de Irasue.

—Hmm…

—Puedo entender tus motivos, pero también creo que es una perdida de tiempo y esfuerzo —la encaró—. Tienes los medios para abrir tu propia editorial, y estoy seguro de que no tardarás en hacerla potencialmente competente como las que ya tienen años en el mercado.

—No —negó rotundamente.

—Eres una necia —chistó fastidiado.

—No tengo los recursos —suspiró—. Y no voy a recibir apoyo de mi padre. No quiero obtener algo sólo por ser hija de…

—Sigo sin entender tu ideología.

—La entiendes bastante bien, porque la tome de ti —le recordó.

—Puede ser, pero nuestras circunstancias son diferentes —empezó a jugar con sus anillos de compromiso y de matrimonio—. Mi padre es un cretino y mi madre un abnegada.

»André es el mejor padre que he conocido en mi vida —le hizo saber—. Como me hubiera gustado el tener a alguien tan genial como mi guía.

—Hakudōshi… —Alzó la mirada para enfrentar los ojos violetas.

El tema de la familia de Hakudōshi, siempre había sido delicado, en especial desde que el albino se reveló contra su padre el mismo día en que se graduó de abogado.

Ella jamás llegó a entablar una buena comunicación con los padres de sus amigos. El señor Tanaka siempre le dio desconfianza y la señora Tanaka era muy distante cuando llegaba a ir a la casa de ellos.

Desde que conoció a los jóvenes albinos, se dio cuenta que su familia sólo constaban de la unión de los hermanos. Y así seguía siendo hasta la fecha, y dudaba mucho que eso cambiara.

—Vamos, no me vengas con esa cara —sonrió egocéntrico—. Tampoco es que me haya dolido el no tener buenos padres.

—Aun así…

—Aun así, nada —le apretó la mano con firmeza—. Aparte, no sólo tienes el apoyo de tu padre…

—¿Te refieres a Sesshōmaru? —Le miró incrédula.

—Tu marido se pudre en dinero y tiene muchos contactos. No será difícil montar la editorial.

—La simple idea me enferma —respondió negativamente—. Es mi socio y del cual debo cuidarme. No pienso darle más atribuciones de las que ya le entregué.

—¿Sigues en ese plan? —Le miró incrédulo.

—¿En qué plan? —Frunció el ceño.

—Lo sigues viendo como si fuera tu más grande enemigo —suspiró—. Pensé que el sexo les había ayudado en algo más que liberar estrés.

—No puedo bajar la guardia con Sesshōmaru, y lo sabes Hakudōshi —habló molesta—. ¿Por quién me tomas?

—Tranquila, que en ningún momento te ofendí —habló con calma—. Pero a estas alturas, él hombre te ha demostrado ser de confianza. A parte, planean hacer su «hasta que la muerte los separe» una realidad.

—Eso sigue en tela de juicio —atajó de golpe.

—¿Cuál es tu miedo, Rin? —La enfrentó fríamente.

—No es miedo, es sólo tomar preocupaciones.

—¿De qué?

Los ojos violetas se clavaron en los suyos, presionándola a que dijera la verdad detrás de su negación. Sin embargo, ella no tenía claro su actitud ante la idea de tomar las cosas como eran.

—A ti no te preocupa el que te juegue chueco —aseguró cortantemente—. Tú le temes a enamorarte de él.

—Eso no es…

—Rin —la interrumpió al instante—. Dímelo cuando te lo creas tu misma, mientras tanto no me des escusas baratas.

~O~

Ya pasaban de las once de la noche y ella se encontraba en el amplio balcón del pent-house.

Estaba sentada en una de las sillas, mientras se cubría con una mullida manta y a su lado descansaba una taza de chocolate caliente, ya que su pijama afelpada no era suficiente para cubrirla del clima invernal que empezaba adueñarse de la gran ciudad.

Aunque era una tontería que estuviera allí fuera con ese frío, la verdad es que no tenía sueño y la noche era demasiado clara como para perderse la hermosa vista que le regalaba la luna y las estrellas que adornaban el manto oscuro.

Así que ha sido un día amargo —dijo la áspera voz que provenía del celular—. ¿A caso discutiste con Sesshōmaru?

—No. Él no ha hecho nada malo, papá —respondió, mientras tenía su mirada perdida en las luces de la ciudad.

Entonces debe ser la presión del reporte que entregaras a esos hombres —mencionó no muy convencido.

—Tal vez mi seguridad me esta traicionado —mencionó amargadamente.

No es para menos, esos hombres ya te la han jugado anteriormente —recordó con enfado—. Pero sigues insistiendo.

—¿También cuestionara mi proceder? —Bajó la mirada al celular.

No, en absoluto —respondió sin dudar—. Pero no quiero que te den una negativa más, Rin.

—Hmm… —Cogió la taza y bebió un poco de chocolate.

¿Lo has platicado con Sesshōmaru?

Dejó la taza de lado y frunció el ceño ante la cuestión de su padre, ya que no sólo le molesto, sino también le intrigo.

¿Por qué la gente pensaba que debía decirle todo a Sesshōmaru?

Suspiró profundamente y relajó su expresión, para evitar contestarle de mala manera a su padre o que se diese cuenta de que algo andaba mal con ella y su esposo.

—No —respondió escuetamente—. Ambos hemos estado muy ocupados y no hemos hablado mucho de nosotros.

Ya veo —André resopló angustiado—. Sería bueno que lo platicaras con él. Después de todo, la opinión de tu pareja siempre es importante y ayuda a encontrar ese punto de ansiedad que tanto te afecta.

—¿Lo hacía seguido con mamá? —Espetó curiosa.

Por supuesto. Tu madre era mi mayor soporte cuando algo me inquietaba —Hizo una pequeña pausa—. Ella siempre encontraba las palabras adecuadas para tranquilizarme o para llegar a la solución del problema que me quitaba el sueño.

»El apoyo y la opinión de tu pareja es crucial en cualquier aspecto —rió levemente—. No hay nadie quien te conozca mejor que esa persona con la que decidiste unir tu vida, ya que sabe más de tus virtudes, defectos y manías que tú mismo.

»Kikyo me conocía de tal manera, que a veces me asustaba —dio una pequeña carcajada—. Me hacia sentir que no tenía ni idea de quien realmente era, porque veía cosas de mí, que jamás fui capaz de ver si no hubiera sido por ella.

—Mamá debió haber sido alguien muy observadora.

No —La corrigió—. Digo, lo era. Pero hay cosas que sólo tu amante puede ver, es algo meramente exclusivo. Después de todo, sólo demostramos nuestro verdadero «yo» a esa persona a la cual no tememos de su crítica.

—¿Usted cree que Sesshōmaru…?

No pudo terminar de cuestionar, ante la extraña sensación de dudar de algo, que se supone que era real. O tal vez, era su paranoia de que la verdad fuera descubierta.

Bueno, son un matrimonio joven —respondió con sinceridad—. Es obvio que aun les falta mucho recorrido, pero esto es el comienzo y debes de ser sincera con él para que pueda leerte de tal manera, como si fueras ese libro que conoce de memoria. Y debe ser lo mismo en tu caso, Rin.

»No importa que tan ocupados estén ambos, deben darse el tiempo para conocerse. Sino lo hacen, las cosas no irán para bien —comentó con tristeza—. Es algo que se debe mantener, por el bien de ambos.

—Papá, no fue su culpa lo que ocurrió con mamá —no dudó en decirlo—. Las decisiones de mamá…

Lo sé —la cortó de golpe, a pesar de que su voz ahora se escuchaba melancólica—. Pero también es una verdad que la descuidé y por eso no me di cuenta a tiempo de que…

»Lo siento —se disculpó rápidamente—. No planeaba que la conversación diera este giro. Estamos hablando de ti, princesa.

—Esta bien —sonrió a pesar de qué su padre no le vería—. Me gusta que se abra conmigo. De que libere un poco de su dolor…

Rin —Suspiró fuertemente—. Eres demasiado buena para este mundo, ¿lo sabías?

—Otras personas opinan lo contrario —rió.

Es que esas personas no saben de lo bueno —dijo orgulloso.

—Es verdad —siguió riendo—. Gracias, papá. Escucharle siempre me ayuda a tener las cosas más claras.

Me alegra ser de ayuda, cariño —se le escapó un gran bostezo.

—Ya es tarde —se cubrió un poco más con la cobija—. Debe ir a dormir, mañana tiene trabajo que hacer, padre.

Es tan vergonzoso.

—¿Qué cosa? —Preguntó curiosa.

De que seas tu la que me mande a dormir, cuando era yo quien te llevaba al cuarto en brazos.

No pudo evitar el sonreír al recordar cuando era la mimada y amada niña de André Lowell.

Aunque las cosas no habían cambiado mucho, existían acciones que ya no serían como antes. Por ejemplo, el ser cargada y arrullada en los cálidos brazos de su padre.

—Es mi turno de consentirlo, papá.

¿Más? —Rió—. Vaya, si que soy un tipo con suerte.

—Descanse, papá —pidió suavemente.

Igual tú, princesa. Hasta mañana.

—Hasta mañana…

En ese instante la llamada fue colgada, quedando nuevamente en un frío silenció.

Metió sus manos en las bolsas de su suéter y sintió la textura del papel, recordándole que había llevado consigo la carta, para poder leerla en solitario.

A pesar de que la idea estaba ahí, no tenía ganas ni siquiera de abrir el bendito sobre. Al final de cuentas, Shippō tuvo razón al decir que no importaba si veía el contenido o no, terminaría perdonando a Bankotsu.

Pero también existía esa pequeña espinita que le insistía en que lo leyera, ya fuera por mera curiosidad o por darle gusto a Jakotsu. Claro, si éste llegaba a cuestionarle sobre la carta en algún futuro.

Sacó el sobre y rápidamente extrajo la hoja de papel, que contenía la escritura tan particular de Bankotsu. Siempre le había gustado la elegante y perfecta caligrafía de su ex novio.

Ahora si la comparaba con la de Sesshōmaru, distaban mucho. Había cosas en las que el albino no era preciso o tan perfecto como él, ya que su caligrafía era descuidada y era el mismo caso con la escritura occidental.

No sabía si atribuírselo con la rapidez con la que escribía, o simplemente tenía que darle crédito a esos estudios que decían que una fea letra era una característica de los genios. Y la inteligencia no era cuestionable en su esposo, ya que era un erudito en los negocios y parecía ser que también en la vida misma.

Movió su cabeza fuertemente de lado a lado, tratando de borrar esos pensamientos innecesarios y centrarse en el contenido de la carta de Bankotsu.

Respiró profundamente y fijó su vista en el pliego de papel, así dando entrada a la lectura.

Mi querida Rin.

Se que no merezco absolutamente nada que venga de ti, ni siquiera tu preciada atención, después de todo lo que te he hecho. Pero espero que esta sea la última vez que me des la oportunidad de dirigirme hacia ti.

Ahora que me encuentro encerrado en este lugar y meditando cada uno de los pasos que he dado en mi vida, pude darme cuenta de los grandes errores que he cometido y de los cuales ya es tarde para redimirme.

Ahora te confieso que cuando me acerque a ti, fue con la turbia intención de sacar beneficios por ser la hija de quién eres.

Es verdad que te enamore, para poder llegar a tu padre y a la textilera.

Era una realidad que gran parte de nuestro noviazgo fue una total falacia, en dónde mientras tú me amabas, yo sólo deseaba apoderarme de lo tuyo.

Pero hay dos cosas en las que me di cuenta, y fue ahí en dónde fracasé atrozmente con mi plan.

La primera fue, al encontrarme con una mujer a la cual no podía manipular y usar a mi antojo. Me demostraste que amarme, no ameritaba el darme el poder de tu inteligencia. Eras demasiado lista para mí y eso me frustró demasiado, ya que eso impidió el lograr alcanzar mis metas.

La segunda y la cual me golpea con estruendosa fuerza, es que al final fui yo el que termino rendido a tus pies.

Algo cambió en mí desde le momento en que vi tu interés por Sesshōmaru, pero todo empeoró cuando ustedes dos realmente entablaron una relación.

Estaba enojado, desesperado y celoso, no quería que ese sujeto tuviera lo que yo desperdicie.

La sola idea de que le miraras, le tocarás, le besaras y te entregaras como alguna vez lo hiciste conmigo, hacia que mi mente se nublara y todo mi ser se enardeciera. Pero todo empeoro, el parámetro que mis ojos veían era cada vez más desalentador conforme su relación fue formalizándose, hasta al grado de que terminaste casada con él.

Sesshōmaru posee todo lo que yo tanto he anhelado, desde su cargo en la empresa de su familia, el apoyo y orgullo de sus padres, la inteligencia y la astucia, y después…después…

Estaba ahí, siendo elogiado y querido por André, de esa manera en la que jamás lo hizo conmigo. Aceptando abiertamente el que te tomara como tu esposa y sin duda alguna, como el siguiente al mando de la textilera que tú tanto te niegas a dirigir, a pesar de tener la capacidad de hacerlo sin problema alguno.

Siendo sincero contigo, cariño. Lo que más odio es la manera en la que le miras, en que le abrazas, en que le besas y esa forma en que lo defiendes sin dudar. Totalmente diferente a como lo hacías conmigo.

¿Realmente es él la persona que merece todo tu amor?

¿Sesshōmaru es el hombre que gozara por completo todo de ti?

¿Será el único que pueda decir con seguridad de que eres totalmente suya?

A estas alturas no lo dudo ni un poco, porque a pesar de que alguna vez me amaste, no lo hiciste de la manera en que lo amas a él. Y eso fue el golpe más brutal para el amor que, tarde en comprender que te tenía.

Mis palabras ahora no sirven de nada, he caído al fondo del pozo y me enterré a mi mismo estúpidamente. Ahora sólo me queda recriminarme cada uno de mis fallos y entender que fui un idiota con las personas que me amaban y creían en mí.

Soy un cretino que le falló a su empresa, a su familia, a su padre, a su hermano y especialmente a ti, a la única persona que he amado en mi vida.

Lamento que al que estés leyendo ahora, sea un hombre patético que ha perdido las batallas que ni siquiera puedo iniciar. Pero esto es lo único que queda del hombre que conociste…el hombre que te pide perdón.

Sólo me queda desearte con sinceridad el que seas feliz, al lado de ese hombre al que elegiste de compañero.

Este es la última vez que me dirijo a ti, es una promesa que te prometo que te cumpliere.

Adiós, mi amada Rin.

Dobló la hoja y la dejó sobre la pequeña mesa en dónde se encontraba su celular y la taza de chocolate.

Suspiró y fijó su mirada en la gran ciudad de Tokio, como si eso fuera suficiente para borrar de su mente lo que acababa de leer.

No sabía como tomar las palabras de Bankotsu, ya que algo no llegó a tocarle de la manera en que ella había pensado que sería.

Había sido una sensación de vació extraña, porque no le importaba en absoluto, incluso si esas palabras eran ciertas o falsas. Realmente había dejado de sentir interés, empatía e incluso lastima por el pelinegro.

Simplemente no había nada para Bankotsu.

Cogió la taza y la envolvió con ambas manos, recibiendo así el agradable calor de la cerámica de la taza y del mismo vapor que desprendía el chocolate. Una sensación reconfortante. Aunque eso no fue suficiente para borrar de su mente lo único que le preocupó de esa carta.

¿Qué amaba a Sesshōmaru de la manera en que no lo hizo con Bankotsu?

La sola idea hacia que su piel se erizara, sobre todo porque esa era la segunda vez en un día que le decían que ella «amaba» a Sesshōmaru.

No le gustaba que ligaran esa palabra con el nombre del albino, le hacia sentir incomoda y un rechazo instantáneo ante la sola idea.

No mentía al decir que su esposo era un tipo con grandes virtudes y que su relación es tranquila y agradable, ni hablar de lo bueno que era en el sexo. Pero no deseaba saber más de lo que le interesaba.

Sin embargo, el mundo parecía empeñado de querer metérselo hasta por los ojos, orillándola a que lo ame, cuando es lo que menos desea experimentar con Sesshōmaru.

Lo peor de todo, es que no podía negar las cosas positivas que tenía el albino, en especial cuando se daba cuenta de ello por mero capricho del destino.

Aun le daba vueltas a la caridad y buen corazón de su marido, al ser un donador importante del refugio al cual ella apoyaba.

No sabía como tomar tal acción, porque no entendía el verdadero motivo por el cual el hombre lo hacía. Sus porqués tal vez eran meramente personales, y esa era la opción más viable. Porque si hubiera deseado impresionarla o llegar a ella se lo hubiera dicho desde un principio.

¿Por qué quería mantener esa información en anonimato?

Tenía muchas ganas de cuestionárselo y saber la verdadera razón por el cual actuaba de esa manera. Sin embargo, no podía decir nada por el bien de las secretarias parlanchinas y por respeto a la privacidad de Sesshōmaru.

¡Maldición! ¡Eso la estaba estresando más de lo que debía!

Gruñó entre dientes y enseguida bebió un poco de chocolate, esperanzada de poder calmarse por la calidez y agradable dulce de la bebida.

—Si que tiene manías extrañas.

Su cuerpo se tensó de tan sólo escuchar la varonil voz del albino, que provenía exactamente de su lado izquierdo.

Respiró profundo y con calma giró su rostro, para encontrarse con el hombre que ya tenía puesta una playera y pantalonera azul, mientras la larga cabellera aún estaba ligeramente húmeda.

—Lo dice quien sale a la intemperie después de haberse dado un baño caliente—atacó—. Enfermara.

—No soy yo el que se ha mantenido afuera por más de una hora, con una brisa helada.

—¿Está preocupado por mí, Sesshōmaru? —Espetó burlona.

—Si no lo hago, alguien se dará cuenta de que algo no va bien con nosotros.

—Inuyasha —murmuró—. Ya me había emocionado —dijo con sarcasmo.

Sesshōmaru caminó hasta su costado derecho, tomando asiento en la silla libre y centrando sus dorados ojos en la vista que le regaba la terraza del pent-house.

Lo miró detalladamente y pudo darse cuenta de que el frío no lograba hacer mella en el hombre.

Sesshōmaru permaneció impertérrito, como si el frío y ella no estuviera ahí haciéndole compañía. Y no pudo evitar el quedar embelesada por la imagen que le regalaba, de esa manera tan irrealmente perfecta.

A veces le asustaba lo apuesto que era el hombre, ya que hasta la fecha no había encontrado ningún desperfecto en la apariencia física de su esposo.

Era como si hubiera sido moldeado pieza tras pieza con dedicación y perfección enfermiza, para crear al hombre que tenía ahora al frente.

Volvió a la realidad al momento en que se dio cuenta que, la mirada ambarina estaba posada en el pliego de papel que reposaba sobre la mesa.

—Me la mando Bankotsu —confesó más por gusto que por obligación—. ¿Quiere leerla?

—No es mi asunto.

—¿En serio? —Le sonrió sórdidamente—. ¿A caso no es un hombre que cuida de lo suyo?

—No necesito cuidar de usted —mencionó con parquedad—. Hasta el momento no me ha dado motivos para desconfiar, Rin.

—¿Confía en mí? —Cuestionó incrédula—. ¿Por qué?

—Me acaba de ofrecer la oportunidad de leer un contenido que es meramente personal, y aun así me cuestiona el porqué —le dio una sonrisa de medio lado—. Si me estuviera ocultando algo, hubiera cogido la carta y la hubiera guardado sin decir absolutamente nada.

—¡Oh! —Parpadeó sorprendida—. Vaya que si esta en todo.

—El día que me juegue chueco, lo sabré —advirtió abiertamente.

—Me gustaría decir lo mismo de usted —arremetió.

—No es una novedad el que desconfíe de mí.

—Si fuera más sincero conmigo, tal vez no desconfiaría de usted.

—¿En qué le he faltado, Rin? —Espetó sin tapujos.

En ese momento se dio cuenta que había metido las cuatro, tal y cómo había sucedió en todo ese día.

Ella no podía decir nada sobre su descubrimiento, ante las donaciones que hacía y tampoco era algo que podía cuestionarle. Después de todo, era algo que sólo le incumbía a él.

—En nada —rió torpemente—. Discúlpeme, este día no ha sido bueno y ni siquiera yo misma me soporto.

—Hmm…

Sesshōmaru no insistió, pero era obvio que no había quedado conforme con su respuesta. A pesar de eso, agradecía que el hombre no fuera un cretino insistente.

Luego de pensarlo por unos segundos, se levantó de su asiento y se postró frente a su esposo, que rápidamente alzó la mirada y la fijó en la suya, expectante a lo que fuera a decir o hacer.

—Lo siento.

—¿Por qué se disculpa?

—Por ser grosera…

Colocó sus manos sobre los fuertes hombros y lo orillo a que se echara aun más hacia atrás de la larga silla, dejando el espacio suficiente para poder tomar asiento.

Se posó entre las piernas del hombre, acurrucándose y cubriéndose con la manta, mientras tomaba el fornido y cálido torso como almohada. Una acción que no esperaba que fuera correspondida, con eso era suficiente para ella.

—¿Esta es su manera de disculparse? —Preguntó Sesshōmaru.

—No, es mi manera de conseguir calor —rió.

—Hmm…

En ese instante sintió como los largos brazos la rodearon y le pegaron aún más a él. Brindándole de ese aroma tan único en el albino y de ese calor corporal que parecía ser que el frío no podía mellar de ninguna manera.

—Diez minutos es suficiente.

—¿Me llevará a la cama en brazos? —Cuestionó puerilmente.

—¿A caso se quedo sin piernas?

—Traigo los pies entumidos.

—No es mi culpa.

—Lo hará de todas formas —aseguró contenta.

—Sandeces.

No puedo evitar el reír y cerrar sus ojos, mientras disfrutaba de la protección que le brindaba ese firme y cálido abrazo por parte de Sesshōmaru.


¡Hola!

Aquí les traigo un nuevo capítulo del fic, el cual espero sea de su agrado y lo disfruten como los anteriores.

Yo sé que prometí que le daría más constancia a la historia, pero no se ha podido. Esto de tener responsabilidades y ciertas obsesiones del momento, no dejan que le de la marcha que me gustaría.

Y también quiero disculparme por mis horrores ortográficos y gramaticales, eso de corregir el mismo día que publico no es nada beneficioso.

¡Lo siento!

Quiero darle las gracias por los 110 followers, me alegra saber que están al pendiente de la historia, y espero siga siendo así hasta el final.

También quiero dar como siempre, mi amor y reconocimiento a cada una de las personitas que se toman su tiempo para comentar, las cuales son:

floresamaabc, MinaaRose, claudy05, DreamFicGirl, Guest1, Star fiire -Lupita Reyes, Gogo Yubhari, Carmenjp, s TAISHO, BABY SONY, La Rozeta, gina101528, Maril Delgadillo, Alambrita, Guest2, Mayuzz, INU, Arovi, frikireader, Daniela Taisho, Guest3 y nohe.

Gracias a cada una de ustedes, tanto para las que han comentado desde el inició del fic, como las que se han unido en el último capítulo, realmente espero seguir leyendo sus comentarios.

Como siempre les invitó a que formen parte del grupo Elixir Plateado, que está dedicado a nuestra hermosa pareja SesshRin, y también que vayan a checar los trabajos de La Rozeta, que nos regala un poco de su arte sobre esta pareja, de otros animes y series.

Los links los encontraran en mi perfil de fanfiction.

Sin más que decir, me retiro…

Les deseó que pasen un bonito inicio de fin de semana, que se divierta y, sobre todo, que se me cuiden mucho.

Nos estamos leyendo…

¡Hasta la próxima!