He podido actualizar más pronto de lo esperado, y es que al final he optado por darle protagonismo únicamente a la escena principal, la única que hay en el capítulo. Creo que tiene tanta fuerza que si escribiera más escenas, podrían pasar dos cosas, que la fuerza de esta escena se comería el resto del capítulo y lo demás pasaría casi desapercibido, o bien, que la pobre escena quedara algo enterrada e involuntariamente le quitaría el peso que tiene.
De cualquier manera, me siento orgullosa de cómo ha quedado. Son sólo 3000 palabras, apenas 8 páginas escritas, para las que llevo dudando, borrando y reescribiendo más de un año.
Respect for me, please! XD
A partir de ahora dedicaré un capítulo a los lectores más fieles de "La Luz de Edoras", aquellos que están para lo bueno, para lo malo y para todo lo demás también. Los que no dudan en dedicarte un review, crítica o elogio de páginas enteras.
Sinceramente no creo ser merecedora de un esfuerzo así. De corazón ¡GRACIAS A TOD S!
El capítulo anterior fue para Meridethaelin, y el de hoy es para una adorable lectora con la que hablo a destiempo, ya que mientras ella duerme yo escribo, y al revés.
Y es que México está muy lejos, amigos.
Os dejo con el capítulo 26, "Contra el tiempo".
(Dedicado a Endoriel)
Corrió y corrió.
Pasaba como una exhalación junto a los blancos edificios y, a su paso. Su apresurada carrera llamaba la atención de los habitantes de una cada vez más vacía Minas Tirith, que salían a la calle a apagar los candiles de la entrada a sus casas.
Resbaló en una curva, aquella que desembocaba en la escalera de acceso al nivel cuatro. Las piedras pulidas estaban mojadas por el rocío. Pero Legolas no disminuyó el paso. Se enderezó rápidamente y subió los peldaños de tres en tres.
Del tiempo extra con el que Imrahil le había obsequiado le sobrarían apenas veinte minutos descontando el tiempo de recorrer las intrincadas calles hasta las Casas de Curación, donde, estaba seguro que la encontraría.
Llegó a la puerta de la Clínica de la ciudad y se paró en seco. No podía entrar allí y pretender que le abrieran el paso. La Mayoral había demostrado que de nada servía ser hijo de un rey, allí se cumplían sus normas y ni mucho menos estaban en horario de visitas.
Legolas, que apenas sí había tenido que respirar más rápido para oxigenar sus músculos en la carrera, se encontraba como si no acabara de realizar una carrera contra el tiempo, y se mantuvo inmóvil un instante.
Su mente trabajó deprisa y corrió hacia un lateral del edificio, el que daba a una estrecha calle. Miró hacia arriba y no vio luz en la habitación de Éowyn. Frunció el ceño. ¿Se habría marchado ya a la posada? … No, conociendo como la conocía, no creía que la muchacha estuviera ya ocupando la sencilla comodidad de su lecho.
Volvió rápidamente sobre sus pasos, y se dirigió a los jardines tan hermosos donde se había retirado con Gimli a fabricar los mástiles de sus flechas, ahora ya acabadas gracias a la amabilidad del maestro armero de la ciudad, que le había cedido un ovillo de hilo de lino de gran resistencia.
Caminó deprisa, sin hacer ruido hasta un arce que crecía cerca del muro de la clínica, y se encaramó a sus ramas más bajas con impresionante agilidad. Trepó rápidamente y en silencio, con la idea de alcanzar el balcón de la Clínica, y desde allí entrar a buscarla sin ser visto.
Pero, inmóvil en la negrura de la noche y escondido entre el espesor de sus ramas, la vio, un poco más arriba de donde él estaba, de pie, con actitud triste. Con el aspecto inconfundible de quien se ha rendido ya. La luz de la luna llena iluminaba tenuemente su tez. Su piel lucía delicada y pálida. Sus ojos mantenían la expresión de tristeza, de cansancio. Entonces Érewyn dió un par de pasos atrás y desapareció de la vista de Legolas.
El elfo, alarmado, alcanzó sin esfuerzo el muro justo bajo la barandilla de piedra, evitando que las hojas del árbol apenas se movieran, y comenzó a recorrer el pequeño saliente aferrándose al borde de la barandilla, levantando ambas manos por encima de su cabeza para alcanzarla.
Llegó hasta el punto donde había visto a la muchacha y, dándose impulso sólo con los brazos, se encaramó a la barandilla de piedra y se quedó en cuclillas sobre ella.
Y se encontró por sorpresa justo delante de Érewyn.
Legolas creía que la chica se había refugiado en el calor del interior. Pero allí estaba, sollozando en silencio, apoyada en una de los pilares que adornaban la terraza y envolviéndose con fuerza en su sencillo chal de lana, que en ella parecía digno de una reina.
Ella levantó la vista, y Legolas vio como un par de gruesas lágrimas abandonaban sus párpados y se deslizaban lentamente por sus mejillas. Tenía los ojos rojos y el rostro contraído por la tristeza. La muchacha le vio, y sus ojos se abrieron al máximo.
- ¿Cómo…? - Comenzó a preguntar ella, en un susurro. Él saltó de la barandilla a la seguridad de la terraza.
- Te encontraría en cualquier parte, mel nîn. - Susurró.
Contuvo los deseos de abrazarla, y, consciente de que había logrado llegar hasta ella a tiempo, Legolas sonrió.
- Creía que te marchabas de Mundburgo esta noche… - Dijo Érewyn con un hilo de voz. Se llevó las manos al rostro y se limpió enérgicamente las lágrimas que lo cubrían.
- Así es. Me voy esta noche. Pero aún tenía un asunto pendiente. - Érewyn entrecerró los ojos, sin saber exactamente de qué le hablaba el elfo. En seguida levantó las cejas, como cayendo en la cuenta y se apresuró a asentir con la cabeza.
- Llévatelo, es tu caballo ahora. Yo le traje hasta aquí pero Arod quiere ir contigo, estoy segura. - Legolas sonrió y negó con la cabeza.
- No se trata de eso. Ayer me echaste en cara muchas cosas y no me diste la oportunidad de defenderme - Ella bajó la cabeza, avergonzada. - Aunque dudo mucho que hubiera encontrado las palabras para hacerlo...
- Legolas, yo… Siento mucho lo de ayer... - Legolas levantó la mano.
- Respecto a eso… No es necesario que te disculpes. - Érewyn le miró sin comprender. - Me dijiste que ya no era el mismo que al principio. Que ahora soy… diferente. Pues bien. Tienes razón. Y te explicaré porqué. - Legolas tomó aire. - Tú eres la causa. - Érewyn oyó las palabras del elfo y abrió la boca en gesto de sorpresa, indignada.
- ¿Has venido hasta aquí para discutir de nuevo? ¿Cómo puedes echarme la culpa de... ? Mmmh... - El dedo de Legolas se posó suavemente sobre los labios de Érewyn consiguiendo el silencio de ella casi de inmediato.
- Shhh. - Siseó él. Retiró la mano de su rostro y susurró. - Déjame continuar. - Érewyn miró al suelo, avergonzada, y Legolas dio un paso atrás. - Antes yo sólo pensaba en descubrir el mundo. En luchar valientemente para honrar a mi pueblo... En vivir. Todo era bastante fácil así… Todo esto ya lo sabes, no te estoy explicando nada nuevo. - Legolas se giró y dirigió la vista al cielo. - Entonces, llegamos a Edoras, y, cuando menos lo esperaba… apareciste tú. - Legolas hizo una pausa. Érewyn levantó la vista del suelo y retorció el borde de su chal, nerviosa. - Poco después de conocerte, mis prioridades cambiaron. Protegerte pasó a ser mi principal objetivo… o al menos intentarlo.
- Pero… Legolas…
Legolas miró sus manos un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas.
- Érewyn, esto es muy difícil para mí. No acostumbro a expresar mis sentimientos... - Se produjo un breve silencio durante unos instantes, que Érewyn no osó romper. - No te percatas de que cada una de tus palabras me hieren más profundamente que ninguna flecha envenenada. Que tu opinión es la única que cuenta para mi, y que sólo con imaginar que pudieras resultar herida... ¡Se me para el corazón! ¿En serio no te das cuenta de lo que ocurre realmente?
Legolas escuchó un sonido sordo a su espalda y se giró de repente. Érewyn le miraba con ojos llorosos, tapándose la boca para reprimir los sollozos. Él se acercó a ella y ella le detuvo levantando una mano, intentando recuperar el aliento, él se quedó plantado en su sitio y ella trató de hablar en medio del llanto.
- ¡Me dijiste que no sentías nada por mí! ¡Que te había malinterpretado! Si lo que me estás diciendo ahora es cierto, ¿cómo pudiste hacerme eso? - Los ojos de Érewyn expresaban el profundo dolor y la inmensa decepción que sentía en aquel instante. Se sentía una completa imbécil. Engañada, traicionada. Legolas la miró notando cómo si algo se rompiera dentro de su ser.
- No ha pasado ni un solo día que no me haya arrepentido de mis palabras… - dijo él, con completa sinceridad. - El amor entre elfos y humanos no fue nunca fácil, Érewyn. Y, tal y como temí desde el principio, mis sentimientos no eran bien vistos. - Érewyn le miró entonces intrigada por esa afirmación, tratando de recobrar la serenidad. - Te mentí… Me vi obligado a mentirte con tal de no poner en peligro la alianza entre Théoden y Aragorn que se había forjado en Cuernavilla y que era tan necesaria para plantarle cara a Sauron. Por otro lado comprendí que la victoria en esta guerra es muy difícil, sino imposible, y yo no podía condenarte a una vida de tristeza y añoranza, y así sería si me pasaba algo malo. Estaba frente a un abismo en el que debía saltar... Tenía dos opciones: la alianza entre Rohan y Gondor y mentirte para que me olvidaras, o bien confesarte la verdad, condenándote al sufrimiento si moría, y destruir la alianza entre los dos pueblos. - Legolas volvió a mirar sus manos. No se sentía capaz de mirar a los ojos a la muchacha después de sincerarse así. - A pesar del inmenso amor que siento por ti… Soy un guerrero. Escogí mentirte, sacrificar mi felicidad y mantener la alianza. No podía traicionar a mis amigos, y no podía hacerte desgraciada atándote a mí, a un futuro conmigo que sólo llevaba a la perdición… - Érewyn cerró fuertemente los ojos y apretó los labios. La verdad dolía más que una daga clavada en el costado. No podía creer que hubiera sido engañada de aquella forma. - Pero me equivoqué. - Admitió él. Y Érewyn volvió a mirarle. Los ojos de Legolas no podían mentirle, y se aferró a ellos, fijó la vista en el azul de sus orbes para no llorar, para superar la decepción del engaño. Legolas continuó hablando sin apartar los ojos de los suyos - El daño ya estaba hecho. Ya era tarde para ambos. ¿Lo entiendes ahora? ¿Entiendes porqué era tan difícil para mi explicártelo todo?
Érewyn se mantuvo en su posición, escudriñando los ojos del elfo intentando no volver a caer en el hechizo que la había atrapado tantas veces antes. Y la pregunta llegó a sus labios como el agua clara, casi sin apenas pensarla.
- Y si de verdad me amas, ¿por qué te resignas a morir? ¿por qué aceptas la muerte con esa facilidad? ¡Así es como me haces más desgraciada! - Exclamó ella y frunció el ceño.
- ¡Me siento dividido entre mi deber como representante del pueblo élfico y mi deseo de protegerte! ¡Esa es la verdad!... Sauron es el peor rival de todos, Érewyn… Me produce auténtico pavor pensar que pudiera alcanzar mi hogar en el norte, pero lo que más miedo me da es que pueda llegar hasta tí… Antes me sacrificaría si así pudiera evitar que Sauron tocara uno solo de tus cabellos. Y las probabilidades de vencerle son nulas. ¡No estoy resignado a morir… Lo que pasa es que sería capaz de morir por tí! Pero hoy he comprendido una cosa: que mi muerte no serviría de nada, porque él llegará a Minas Tirith, y te alcanzará… Eso es lo que debo impedir, y muerto no podré hacerlo.
- ¿Por qué me lo explicas ahora? - Preguntó ella, apartando la mirada. Sorbió su nariz y limpió de nuevo las lágrimas, esta vez con el dorso de la mano. Las cejas de Legolas se levantaron en un gesto de preocupación y de vergüenza. - ¿Por qué no te has ido a cumplir tu deber y me has permitido seguir creyendo la mentira en la que había empezado a aprender a vivir?
- Porque… siento mucho haberte hecho sufrir así, y necesito pedirte perdón y que veas la verdad en mis ojos antes de marcharme a luchar a Mordor. Mírame, Érewyn. - Le dijo. Ella levantó la vista y le obedeció. - Esta es la única verdad: te amo.
Y pese a ser la frase que más había anhelado escuchar, a pesar de que su corazón deseaba saltar en su pecho y hacer cabriolas de felicidad, Érewyn apartó los ojos del elfo.
- Legolas… me mentiste… … - Le echó en cara, era un hecho que no podría olvidar fácilmente. Ella jamás le había mentido. La mentira pertenecía a los descastados.
- Perdóname, por favor… - Suplicó Legolas, en un susurro.
- Mentiroso… - Repitió ella. Él dio un paso hacia ella y la firmeza de Érewyn comenzó a disiparse como la niebla.
- Mel nîn. - Su estómago se encogió al oír de nuevo ese apodo con el que la llamaba, y su inquebrantable decisión comenzó a hacerse añicos.
- …
- Mel nîn…
Las palabras ya no acudían a sus labios. Legolas se situó muy cerca de ella. Acarició los mechones mal cortados de su hermosa cabellera. Seguían siendo igual de suaves. Entrelazó sus dedos en los cortos rizos de Érewyn y ella cerró los ojos. Con la otra mano, el elfo atrapó las lágrimas que aún caían por las mejillas de la muchacha y las limpió con delicadeza.
Érewyn notó en su rostro la respiración de Legolas y sintió de repente un inexplicable calor invadiendo sus orejas. Él sonrió entonces y enterró aún más las manos en sus cabellos, obligándola a levantar el rostro para mirarle a los ojos, tal era la diferencia de altura entre ellos. Y su voz se volvió un susurro grave y sólo audible para los oídos de Érewyn.
- Mel nîn… Mi amor.
Y sin poder retenerse más, la muchacha se arrojó en sus brazos, enterrando el rostro en su pecho. Ya no quería sufrir más. Ya no podía negarse a sí misma el derecho a ser feliz. Respiró profundamente, sintiendo el aroma a bosque, a madera, a hibiscus. A él. Como el olor de su capa gris, que la acompañó durante tantos días y que la impregnó por completo.
Había echado de menos aquel aroma. Tanto, que su pulso se aceleró al notarlo de nuevo, y buscó con su rostro, instintivamente, la piel del cuello de Legolas, allí donde aquel hipnótico perfume era más intenso. Y resultó que su piel era tan suave y caliente como jamás habría imaginado. Sus manos se aferraron a la casaca verde oscuro de Legolas, colándose por debajo de la capa y el carcaj. Podía notar su espalda ancha y fuerte y el ritmo de su respiración más acelerada de lo normal. No quería por nada del mundo separarse de él. Aquel era su lugar, el lugar donde quería estar el resto de su vida. Abrazada a él, fundiéndose en su calor.
Con los dedos aún enredados en su suave cabello, Legolas sintió un escalofrío al notar las caricias de Érewyn en su cuello, la respiración de la muchacha contra su piel, que se erizó al contacto. Y apoyó el mentón en su cabeza, frunciendo el ceño, sintiéndose un idiota por haberse negado a sentir tal placer, tremenda dicha.
Y recordó las palabras de Aragorn. "¿A qué le temes? ¿Tienes miedo a sentir la más pura dicha que se puede sentir?" ¡Cuánta razón tenía! Era inexplicable el sentimiento que le embargaba en aquel momento.
Y aunque sabía que los tiempos que vendrían serían aciagos para todos, Legolas se sentía completamente en paz. Sentía que su hogar era el hueco de aquella pequeña clavícula, el calor de su cuerpo. Allá donde fuera que estuviera Érewyn, ese era el lugar al que regresar.
Ambos permanecieron unidos como un solo ser, sintiendo la esencia del otro, sintiendo su respiración y sus latidos. Sintiéndose vivos de nuevo y atesorando aquel instante que sabían que estaba a punto de terminarse.
Consciente de ello, Legolas acercó sus labios sedientos a la delicada piel de ella. Besó su frente, sus mejillas, casi como el tacto del viento eran sus besos, pero sus manos la sujetaban firmemente. Si Érewyn hubiera querido liberarse, estaba segura de que no habría podido.
Y es que la desesperación de Legolas se mostraba en sus gestos. La verdad que acababa de explicarle se corroboraba al sentir su fuerza y sus anhelantes ojos posados en los labios de Érewyn.
Se besaron. Apenas un suave roce, como si no quisieran lastimarse, como si no quisieran ofenderse. Como si no estuvieran seguros de que aquel momento de felicidad les perteneciera al fin.
Y como con miedo a despertar del más dulce de los sueños, permanecieron con los ojos abiertos, dejando que sus labios se acariciaran, buscando el calor del otro, tratando de atrapar su aliento, mientras los besos se hacían más largos y profundos.
Hasta que Legolas cerró los ojos buscando enterrarse en ella. Sentir el goce que se había negado a sí mismo como si de una fruta prohibida se tratara. Como si él no hubiera tenido el derecho a amar. Y se sumergió intensamente en los labios de Érewyn atrapando su sabor, sintiendo su tremenda sensualidad, como un animal salvaje.
Cuando al fin se separaron ella le abrazó fuertemente.
- Debo irme ya. Imrahil me espera. - Susurró él, con el mentón apoyado en la cabeza de Érewyn.
Ella se puso de puntillas buscando sus labios de nuevo y atrapando el rostro de él entre sus manos. Le colmó de caricias y de besos antes de separarse y de susurrar.
- Legolas, te quiero.
Él cerró los ojos y apoyó la frente en la de ella. Era la tercera vez que oía esas dos palabras que había llegado a temer, ya que cada vez que Érewyn las pronunciaba, una parte de Legolas moría. Pero aquella vez no. Aquella vez una fuerza desconocida despertó en lo más profundo de su ser, y las escuchó sin dolor, permitiéndose sumergirse en el maravilloso significado que tenían en realidad.
Por fin era suya. Por fin sus corazones se mezclaban en uno sólo. Rodeó con sus brazos el pequeño cuerpo de Érewyn, acariciando su espalda, y llevó ambas manos al cuello de la muchacha.
Sonrió tristemente y dijo:
- La senda adecuada no está marcada aún, y el destino es incierto… Tú me lo dijiste. Pero pase lo que pase, he tomado mi decisión: no voy a caer. - Mantuvo la mirada firme, sin pestañear, en los ojos de ella, y Érewyn supo que aquella afirmación era parte de la misma verdad que ahora era Legolas para ella. - Haré lo que esté en mi mano por sobrevivir, y volveré a buscarte. Ya no soy el mismo. Solo debía asumirlo, y no me sentía capaz… - De nuevo sus dedos enredados en el ensortijado cabello que era como una droga para él. - Mi objetivo ahora es distinto. Representaré a los míos, sí, pero, tú estás por encima de todo lo demás. Volveré a ti, y para ello necesito luchar y sobrevivir.
Y haciendo un esfuerzo sobrehumano, Legolas se alejó de Érewyn sintiendo en sus manos, en sus brazos, en su cuerpo un frío insoportable casi instantáneamente. Se giró y subió a la barandilla de piedra.
La miró de nuevo, con su arrebatadora sonrisa, y le dijo:
- Pisaré tan fuerte que mis pasos resonarán en minas Tirith. Tenlo por seguro. - Guiñó un ojo en un gesto tan natural que provocó el sonrojo de Érewyn. Se llevó un puño al pecho, en señal de despedida, y saltó al vacío. Érewyn, sobresaltada, ahogó un grito. La altura era considerable: más de dos pisos. Se asomó rápidamente para ver cómo caía grácilmente sobre la verde hierba y echaba a correr por el jardín, en dirección a los niveles inferiores.
De nuevo una despedida, menos amarga que la del Sagrario, pero con gestos que mostraban la desesperación por tenerse, y con miradas que temían ser las últimas entre ambos.
Pero a pesar de la angustia y el miedo, Érewyn sintió su corazón latir de nuevo. Un corazón que se paró frente al dintel del Sendero de los Muertos, y que ahora se llenaba de nuevo de vida.
Y Érewyn no podía imaginar lo insoportable que sería la espera.
Y hasta aquí el capítulo de hoy. ¡Cortito pero intenso! ¡Y completamente deseado por tod s!
Espero que haya sido de vuestro agrado. No dudéis en escribir vuestras opiniones. Prometo responder a todas y cada una de ellas.
¡Un abrazo! ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Besos!
Syad
