Marinette contempló, entre fascinada y aterrorizada, cómo las mariposas cubrían por completo el cuerpo de Adrián. Trató de levantarse para ir a socorrerlo, pero Nathalie la aferró con fuerza y le impidió moverse. Cuando por fin las mariposas abandonaron a Adrián, Marinette comprobó que el prodigio le había proporcionado un elegante traje de color violeta con una máscara plateada que le cubría prácticamente toda la cabeza. La muchacha inspiró hondo, atemorizada, advirtiendo que, con aquel atuendo, se parecía demasiado a su propio padre. Sin embargo, cuando Adrián examinó el báculo que había aparecido mágicamente en su mano, esbozó una sonrisa pícara tan propia de Cat Noir que Marinette no pudo evitar sonreír también.

–Vaya, vaya –comentó el chico–. Parece que ahora soy el nuevo Lepidóptero. Continuando la tradición familiar, supongo –añadió, desenvainando la daga oculta en el bastón.

Gabriel Agreste, ya en pie, apretó los dientes.

–Sigues sin ser rival para mí, Adrián.

–Bueno, ¿por qué no lo comprobamos? Al menos ahora no podrás decir que mi arma no está a la altura. –Y volvió a adoptar una posición de combate, alzando la daga–. En garde.

Gabriel Agreste no se molestó en responder. Se lanzó sobre él con el bastón de Cat Noir por delante. Aún retenida por Nathalie, Marinette contempló, angustiada, cómo padre e hijo se enzarzaban en un insólito duelo de esgrima.

No duró mucho, sin embargo. Porque apenas unos instantes después, cuando las armas volvieron a encontrarse, Agreste pulsó el botón de su bastón para alargarlo de golpe. Adrián trató de apartarse, pero el extremo del arma lo golpeó de lleno en el pecho y lo lanzó con violencia hacia el fondo de la habitación.

Marinette lanzó una exclamación de angustia cuando lo vio caer al suelo. Luchó por desembarazarse de Nathalie, pero la mujer era más alta que ella y no le permitió moverse.

Agreste dejó escapar una carcajada satisfecha.

–Ya es la segunda vez que te venzo hoy, Adrián. Ríndete, devuélveme el prodigio y regresa a tu cuarto junto con tu amiga. Si lo haces rápido y sin protestar tal vez considere pasar por alto tu... pequeña insurrección.

Adrián no respondió, ni se movió siquiera. Estaba tendido de lado sobre el suelo, de espaldas a ellos, y Marinette temió que se hubiese hecho daño de verdad.

Sin embargo, Adrián se encontraba ileso y completamente consciente. Tan solo trataba de ganar tiempo mientras pensaba qué hacer a continuación. Su mirada se posó entonces en una de las mariposas que batían blandamente las alas sobre el suelo, a su alrededor, y recordó de pronto quién se suponía que era. Tras un instante de vacilación, alargó una mano enguantada hacia ella.

–¡Adrián! –oyó que Marinette gritaba tras él.

Enseguida sintió la larga sombra de su padre proyectándose sobre él.

–Devuélveme el prodigio, Adrián.

El muchacho se dio la vuelta para encararse a él, retrocediendo hacia la pared. Lo apuntó con la daga para evitar que se le acercara más.

–Ni lo sueñes, padre.

Justo entonces, Agreste reparó en una mariposa que alzaba el vuelo y que no era como las demás. La identificó enseguida como un akuma cargado de energía y dirigió una mirada horrorizada a Adrián.

–¿Qué has hecho?

–Lo que tú solías hacer, padre –respondió él con una sonrisa–. Como ya te he dicho: solo sigo la tradición familiar.

Agreste alargó la mano hacia el akuma, tratando de atraparlo. De pronto recordó que contaba con un artefacto mágico que servía exactamente para eso y se llevó la mano a la cintura en busca del yoyó de Ladybug.

Entretanto, Marinette y Nathalie contemplaban con fascinación la oscura mariposa que volaba hacia ellas. Nathalie retrocedió un poco, intimidada, y Marinette estuvo tentada de hacer lo mismo. Había capturado demasiados akumas como para no reaccionar instintivamente ante ellos cuando los veía.

Pero entonces captó por el rabillo del ojo la imagen de Agreste desenrollando el yoyó, su yoyó. Y que Adrián la miraba conteniendo el aliento.

Aprovechando la distracción de Nathalie, se desembarazó de ella y corrió al encuentro del akuma.

–¡Nooooo! –gritó Agreste, y lanzó el yoyó hacia la mariposa.

Marinette llegó primero. El yoyó pasó rozándola apenas una centésima de segundo después de que el akuma se fusionase con el pijama de la muchacha.

Ella lanzó una exclamación atemorizada cuando se vio envuelta por una extraña energía de color violeta. Pero, cuando esta se disipó, se atrevió a mirarse las manos y sintió que su corazón brincaba de emoción.

Sus manos estaban de nuevo enguantadas en color rojo con puntos negros. Conteniendo el aliento, se llevó la mano a la cadera para reencontrarse con su adorado yoyó.

«Bienvenida de nuevo, milady», sonó una voz en su cabeza.

Ladybug alzó la cabeza para contemplar a los Agreste, aún confundida. Gabriel le devolvió una mirada de odio; Adrián, en cambio, sonreía.

«¿Eres tú, Adrián?», pensó Ladybug, creyendo por un momento que lo había imaginado todo.

En esta ocasión percibió con claridad la máscara luminosa frente a su rostro, haciendo juego con la que se materializó brevemente en torno a los ojos de Adrián.

«Es otra de las habilidades del portador de la mariposa, como ya sabes», respondió él en su mente. «Aunque no pienso llamarme Lepidóptero. ¿Qué te parece Butterfly Kid? ¿El Domador de Akumas? ¿Super Polilla?»

«Yo en tu lugar no perdería el tiempo con eso», aconsejó Ladybug reprimiendo una sonrisa. «Muy pronto volverás a ser Cat Noir, minino».

Dio un prodigioso salto hacia atrás para evitar la embestida de Gabriel Agreste, que ya arrojaba su yoyó hacia ella. Ladybug lo detuvo formando un escudo con el suyo propio.

–Se requiere mucha práctica para llegar a manejarlo con maestría, Cat Bug –se burló–. Aprende de una profesional.

Le lanzó el yoyó y lo obligó a retroceder.

«¿Tengo exactamente los mismos poderes que antes?», planteó. «¿Cómo puede funcionar tan bien un yoyó que no deja de ser una copia del que yo tenía?».

«De la misma forma que mi padre concedió a Copycat los poderes de Cat Noir, y a Antibug los de Ladybug», respondió Adrián. «Las armas también funcionaban igual».

Agreste atacó a Ladybug con el bastón y el yoyó a la vez, cada uno en una mano. Ella retrocedió un poco, alarmada. Su oponente no tenía práctica con aquellos nuevos objetos, pero aprendía rápido, y su fuerza, agilidad y velocidad también habían sido mejoradas por el poder de los prodigios.

Adrián acudió en su ayuda, blandiendo la daga de Lepidóptero. Mientras ambos combatían contra Agreste, perfectamente coordinados, sus mentes no dejaban de intercambiar ideas y pensamientos.

«No exactamente igual, Adrián», estaba diciendo ella. «Chloé consiguió una espada enorme con su Anticharm. Mis poderes nunca me han facilitado nada remotamente parecido».

«Porque el Anticharm de Chloé le daba lo que ella quería, no lo que necesitaba», explicó él. «Tu poder funciona al revés: te da lo que necesitas aunque no sea lo que has pedido».

«Entonces nuestras capacidades no funcionaban exactamente igual».

«No, pero eso es porque mi padre nunca ha entendido en qué consiste el poder del Lucky Charm». Adrián dirigió una intensa mirada a Ladybug. «Yo sí sé cómo funciona, porque te conozco. Por eso puedo devolverte todo lo que tenías. Es de justicia, milady. Solo tú puedes y debes ser Ladybug».

Ella se volvió hacia él un momento, sorprendida, y descubrió que la miraba con tanta ternura y admiración que sintió que se derretía por dentro.

–¡Cuidado, Ladybug! –exclamó Adrián de pronto, y ella dio un salto atrás en el último momento para escapar del yoyó de su adversario.

Se obligó a sí misma a centrarse en la batalla.

Durante los momentos siguientes, los tres pelearon con fiereza, tratando de bloquear las habilidades del contrario. Al principio, la mejor luchadora era Ladybug; no en vano utilizaba armas y poderes con los que ya estaba familiarizada. Poco a poco, sin embargo, tanto Adrián como su padre comenzaron a manejar mejor sus respectivos instrumentos. Agreste contaba con cierta ventaja, puesto que no tardó en aprender a utilizar el yoyó y el bastón al mismo tiempo; pero Ladybug y su compañero estaban perfectamente sincronizados porque habían librado innumerables combates juntos. Agreste, por otro lado, no estaba habituado a la lucha cuerpo a cuerpo.

Ladybug pronto se dio cuenta de que su rival enfocaba casi todos sus ataques en Adrián; se preguntó si pretendía vengarse de su hijo por lo que consideraba una traición por su parte, pero después comprendió que Agreste era demasiado frío y calculador como para permitir que sus emociones le arruinasen un buen plan. No; si se esforzaba en anular a Adrián se debía no solo a que lo considerase el rival más débil sino, sobre todo, a que si conseguía arrebatarle el prodigio de la mariposa, Ladybug dejaría de ser Ladybug y volvería a ser solamente Marinette. Si Agreste vencía a Adrián, los derrotaría a los dos al mismo tiempo.

«No puedo acercarme, es demasiado rápido», dijo entonces su compañero. «Malditos reflejos de gato».

«Será mejor que no te acerques de todas formas», aconsejó ella. «Si consigue quitarte el prodigio no serás el único que perderá sus poderes».

Adrián consideró aquello durante unos instantes y entonces asintió con lentitud.

«¿Tienes algún plan?», le preguntó.

Ladybug trató de pensar mientras seguía combatiendo contra Gabriel Agreste. Si fuese un villano akumatizado intentaría localizar el objeto que ocultaba el akuma en primer lugar, pero no era el caso. Para derrotar a Agreste tendría que arrebatarle el anillo y los pendientes. Y no sería fácil, dado que el propio Lepidóptero había tardado meses en quitárselos a sus legítimos propietarios, y solo lo había conseguido mediante engaños.

De modo que, como solía hacer, Ladybug recurrió a su poder secreto.

–¡Lucky Charm! –exclamó, deseando que Adrián estuviese en lo cierto y aquellas habilidades prestadas funcionasen igual que las reales.

Cuando su poder hizo aparecer entre sus manos una regadera de plástico comprendió que, en efecto, nada había cambiado para ella.

–¿Vas a regar a Cat Bug para ver si echa raíces? –preguntó Adrián un poco perplejo.

Ladybug iba a responder que el objeto ni siquiera tenía agua, pero entonces Agreste se echó a reír.

–Niños ingenuos –sonrió–. Ni siquiera sabéis utilizar el enorme poder de los prodigios. No poseéis la fuerza mental necesaria para doblegarlos a vuestra voluntad. ¡Lucky Charm! –gritó con voz terrible.

Un objeto se materializó entre sus manos. Agreste lo contempló con incredulidad mientras los dos jóvenes estallaban en carcajadas y hasta Nathalie, que contemplaba la escena acurrucada en un rincón sin atreverse a intervenir, esbozaba una sonrisa divertida.

Lo que Agreste sostenía entre sus manos era una comba.

–Bueno, es lógico –comentó Adrián–. La cuerda de saltar es un complemento perfecto para el yoyó. Ahora puedes jugar a más cosas con los otros niños en el patio de la escuela.

Agreste apretó los dientes, y Ladybug y Adrián casi pudieron oír cómo los hacía rechinar de rabia.

–No reiréis tanto cuando haya acabado con vosotros. –Arrojó la comba al suelo con desprecio, alzó la mano e invocó un nuevo poder–. ¡Cataclysm!

Una espiral de energía oscura caracoleó entre sus dedos. Las sonrisas de Ladybug y Adrián se congelaron de pronto en sus labios.

La superheroína hizo girar su yoyó-escudo para interponerlo entre ellos y Agreste, pero Adrián dio un paso adelante para protegerla con su propio cuerpo.

«¿Qué se supone que estás haciendo?»

«No utilizará el Cataclysm contra su propio hijo».

«No puedes estar seguro. Y no estoy dispuesta a arriesgarme, Adrián».

«No te preocupes. Sé que al menos lo haré dudar. Aprovecha ese tiempo extra para pensar en algo».

«Pero...»

«Confío en ti, bichito».

Ladybug inhaló profundamente, incapaz de replicar. Pero lo cierto era que Agreste se había detenido, con la mano en alto y su letal poder a escasos centímetros de Adrián.

–Apártate, hijo.

Adrián interpuso la daga entre él y su padre.

–Ni lo sueñes.

Mientras tanto, Ladybug miraba frenéticamente a su alrededor en busca de alguna idea inspiradora. Pero la guarida de Lepidóptero estaba decepcionantemente vacía.

Se fijó entonces en la comba que su enemigo había desechado y volvió a observar la regadera de plástico que aún tenía entre las manos.

Y sonrió.

Lanzó su yoyó hacia la cuerda de saltar, lo enrolló en torno al mango y tiró de él para atraerlo hasta ella. Cuando tuvo la comba entre las manos, ató uno de los extremos a la regadera.

«Lo tengo, Adrián».

Él no necesitó que especificara más. Pasó a la ofensiva, lanzándose contra su padre, que se vio obligado a defenderse con el bastón y a retroceder un poco, aún con la mano en alto. Ladybug respiró aliviada al comprender que su compañero tenía razón: Agreste se lo pensaría dos veces antes de usar el Cataclysm contra su propio hijo.

Pero Ladybug necesitaba que lo utilizara contra algo, cualquier cosa, porque seguía suponiendo una amenaza letal. Sintió una cálida emoción por dentro al pensar que Cat Noir siempre había poseído aquel terrible poder, siempre había sido capaz de invocar la muerte y la destrucción en la palma de su mano y, sin embargo, ella jamás lo había considerado una amenaza.

Agreste, sin embargo, era harina de otro costal.

De un prodigioso salto, Ladybug se lanzó hacia el otro extremo de la estancia para recuperar el sable de esgrima de Adrián, que aún seguía en el suelo. Después, enarbolando el sable en una mano y la regadera en la otra, saltó de nuevo, esta vez sobre Gabriel Agreste.

Adrián percibió el movimiento y atacó a su vez con la daga de Lepidóptero. Su padre bloqueó la estocada con el bastón de Cat Noir, por lo que se vio obligado a alzar la otra mano para tratar de detener a Ladybug. Aferró el sable de esgrima, que inmediatamente se vio reducido a cenizas.

Ladybug aterrizó en el suelo y volvió a saltar. Una vez conjurada la amenaza del Cataclysm, ya no temía acercarse a Gabriel Agreste. De modo que se arrojó sobre él, con la regadera en alto, y la descargó sobre el puño cerrado de su contrincante, encajonándolo en el hueco entre el mango y la propia regadera. Después tiró con fuerza de la comba que había atado a ella.

«¡Ahora!», pensó.

Adrián vio que Ladybug se las había arreglado para inmovilizar el brazo de su padre utilizando la regadera como un grillete improvisado y comprendió lo que debía hacer. Cuando Ladybug tiró de nuevo de la cuerda, obligando a Agreste a separar el brazo de su cuerpo, Adrián aferró su mano y le arrebató el anillo del dedo.

Inmediatamente, el traje de su padre cambió, perdiendo todos los atributos felinos y convirtiéndose en una versión masculina del atuendo de Ladybug. También desapareció el bastón con el que había luchado hasta entonces.

–No –murmuró, alarmado.

–Sí –respondió Adrián con una larga sonrisa.

Vio a Plagg por el rabillo del ojo, pero no podía detenerse a celebrar el hecho de que lo había rescatado. Percibió un aviso de Ladybug en algún rincón de su mente y alzó la mano casi de forma instintiva para recibir el mango de la cuerda de saltar que ella le había lanzado. El otro extremo seguía atado a la regadera, que aún retenía la muñeca de Gabriel Agreste. Adrián tiró con todas sus fuerzas y su padre se debatió, tratando de liberarse. Palpó la cadera en busca del yoyó, pero Ladybug no le permitió cogerlo: lanzó su propio yoyó y, momentos después, lo había inmovilizado por completo.

Le arrebató los pendientes sin perder tiempo. Cuando por fin Agreste volvió a ser Agreste y cayó de rodillas al suelo, sin acabar de asimilar lo que acababa de suceder, Ladybug exhaló el aliento que no sabía que había estado conteniendo.

Adrián se quitó el broche y de inmediato sucedieron tres cosas: él volvió a ser Adrián, Ladybug volvió a ser Marinette y el pequeño kwami violeta salió despedido del prodigio para aterrizar, exhausto, entre sus manos.

Marinette se colocó rápidamente los pendientes y abrazó a Tikki con cariño. Adrián, no obstante, aún no se permitió centrarse en Plagg. Porque, al haber desaparecido el yoyó de Ladybug, su padre ya no estaba atado ni inmovilizado.

Agreste, sin embargo, se limitó a mirarlos con amargura y dejó escapar una carcajada incrédula.

–Habéis vuelto a vencerme –murmuró–. Y sois solo... unos niños.

–Somos mucho más que eso, padre –respondió Adrián, rodeando la cintura de Marinette con el brazo–. Somos Ladybug y Cat Noir. Con máscara y sin ella.

Agreste les dedicó una última mirada y después sacudió la cabeza y hundió los hombros en señal de derrota, mientras Nathalie, aún en su rincón, se cubría el rostro con las manos como si deseara encontrarse en cualquier otra parte.

Adrián contempló un instante a su padre y después observó el broche de Lepidóptero que aún descansaba en la palma de su mano. Evocó el día, tanto tiempo atrás, en que Ladybug había prometido a los habitantes de París que librarían a la ciudad de la amenaza de aquel villano enmascarado. Ese día, Ladybug también le había asegurado a Lepidóptero que los héroes lucharían contra él y lo buscarían hasta encontrarlo y arrebatarle su prodigio.

Habían sucedido muchas cosas desde entonces, pero lo cierto era que aquel momento había llegado por fin.

Ladybug y Cat Noir habían vencido a Lepidóptero.

Adrián tendría que enfrentarse tarde o temprano al hecho de que aquel malvado villano era en realidad su padre. Pero ahora deseaba simplemente saborear el triunfo junto al amor de su vida.

De modo que cruzó una mirada con Marinette, que le sonrió con cariño. Perdido en la mirada de sus enormes ojos azules, Adrián se sintió afortunado por primera vez en mucho, mucho tiempo.


NOTA: Espero que os haya gustado esta pelea final, tengo la sensación de que ha resultado un poco confusa (las escenas de acción siempre quedan mucho mejor en la serie, la verdad). Soy consciente también de que Nathalie está ahí un poco como adorno pero, como aún no tengo claro su papel en la trama de la serie, no sé muy bien qué hacer con ella.

Y en fin, este capítulo es casi casi el final. Ya solo queda el epílogo y... ¡el fan fic estará terminado! Muchísimas gracias a todos por haberme acompañado hasta aquí. A los que ya me conocíais de mi fic anterior ("Segunda oportunidad"), espero que este también os haya gustado y no os haya parecido demasiado similar al otro. Y a los que no lo habéis leído aún... bueno, espero que lo disfrutéis si os animáis a leerlo.

Es posible que tarde un tiempo en escribir el epílogo. He estado muy centrada en este fanfic en la última semana y me he dejado trabajo pendiente por el camino, así que tengo que ponerme al día con algunas cosas de forma urgente. Pero volveré con el cierre definitivo de esta historia en una o dos semanas.

De nuevo, muchas gracias a todos por estar ahí, por vuestro apoyo y vuestros comentarios :).