26 – Reagrupamiento

Watson

Desperté a la mañana siguiente cómodamente acurrucado en el suelo, aunque con el cuello algo agarrotado después de pasar toda la noche apoyado sobre el fibroso brazo de Holmes. Él mismo dormía profundamente, con la cabeza sobre mi almohada y sus largas piernas extendidas.

La manta había sido encajada alrededor de mi cuerpo en algún momento. Al parecer, había vuelto a quedarme dormido y, en lugar de perturbar mi descanso, mi amigo se había quedado a mi lado para asegurarse de que las pesadillas que me habían acosado durante las primeras horas de mi sueño no se repitiesen.

Y al parecer había funcionado, porque mis huesos crujieron en señal de protesta al sentarme, y reconocí el agarrotamiento resultante de un sueño prolongado. Tan completo había sido mi descanso que dejó mi mente ligeramente aturdida, trabajando torpemente, como las ruedas de una carretilla atascada en un charco de barro, intentando salir de él.

También me sentía extremadamente hambriento. Lo cual supuse que era bueno. La verdad, ya no lo sabía. Ver cómo cambia drásticamente tu vida en un instante y olvidarte de dormir y comer con regularidad es una experiencia extraordinaria. Como volver a ser niño, sin ninguna opinión propia, pero con una mente bien despierta y lista para la asimilación.

Relajado, si no tranquilizado, por esta actitud, me volví hacia mi compañero, que roncaba ligeramente, y sacudí su hombro con suavidad.

—Holmes.

Mi amigo se agitó un poco y luego despertó de golpe, como solía hacer. Se sentó y a punto estuvo de derribarme al levantar una mano para apartarme mientras se frotaba la cara con la otra.

—¿Mmm?

—Creo que ya es de día, viejo amigo —dije en voz baja. No sabía si era así, ya que la pequeña habitación carecía de ventanas y mi reloj de bolsillo había desaparecido en algún momento entre el fatídico día del tren y la noche pasada (aunque había perdido tantas cosas que esto apenas me importaba).

Holmes parpadeó, me miró con los ojos un tanto desenfocados y el pelo tan alborotado como el de cualquiera de sus irregulares, y luego observó el extraño entorno en el que se encontraba.

—A menos que el instinto nos haya abandonado, coincido con su teoría —dijo sucintamente. En aquel momento, sus ojos reflejaban ya su habitual perspicacia, como si nunca se hubiera dormido—. Mi estómago, al menos, está de acuerdo con usted.

Contuve una sonrisa.

—¿Acaso ha aprendido a apreciar mejor la comida durante su cautiverio, Holmes?

Soltó un bufido, pero percibí en sus ojos una chispa de diversión y el alivio de ver que volvía a ser yo mismo.

—No sea impertinente.

Apartó la manta y se puso en pie.

O al menos lo intentó.

Su intención se vio bruscamente frustrada por su pierna, tan insensible al resto de su cuerpo como un trozo de madera. Cayó hacia delante, consiguió agarrarse a la cama y se apresuró a disimular el dolor con una sarta de juramentos.

No logró engañarme. Su rostro había vuelto a palidecer y mostraba los dientes en una mueca mientras aferraba su traicionera extremidad.

Me planté a su lado al instante, aunque me sentía casi tan débil como su pierna.

—La ha forzado demasiado—dije, arrodillándome ante él mientras se sentaba en el colchón.

Holmes no dijo nada, pero observó en silencio mientras le subía la pernera del pantalón y examinaba el vendaje que cubría buena parte de su pantorrilla.

Estaba hinchada, como era de esperar, pero al retirar la venda no hallé indicios de pus ni pigmentación escarlata. El tono de su piel era más bien de un rojo irritado, con profusos hematomas que se habían oscurecido rápidamente. Los puntos estaban bien, y sólo un rasguño parecía mostrar signos de una posible infección. Se estaba curando, y probablemente no habría ninguna complicación si el proceso iba tan bien. Pero tenía un aspecto endemoniadamente doloroso.

Volví a cubrirla y me incorporé lentamente, encontrándome con la ansiosa mirada de Holmes.

No le inquietaba su pierna.

Le inquietaba cómo le afectaría.

—Sí, va a ser un problema —dije—. Si la fuerza demasiado desgarrará los músculos y no podrán curarse debidamente. La infección es normal, pero necesita descansar, o al menos apoyarse en un bastón.

Hacía ya mucho tiempo que me había acostumbrado a exigirle a Holmes los requisitos mínimos cuando se trataba de su salud, puesto que nunca cumplía los máximos.

Esto tampoco le gustó. Volvió a jurar y dio un respingo al intentar ponerse en pie más despacio. Pasé su brazo sobre mis hombros, ayudándole a incorporarse.

—¡Tengo agujetas!

—Eso significa curación.

—¡Bueno, es endemoniadamente molesto! —ladró, como si yo fuera el responsable.

—Estoy seguro de que Mycroft posee varios bastones que usted podrá usar.

Mi amigo se animó visiblemente ante la mención de su hermano.

—Ah, sí… Volverá esta mañana, a menos que su agenda esté completamente llena. Traerá abundante información para nosotros..., pero opino que deberíamos ir a desayunar antes de verlo.

Parpadeé mientras conducía a Holmes hasta la puerta y salíamos al corredor muy lentamente, adaptándome a su paso renqueante.

—Holmes… Creo que ésta es la primera vez que ambos estamos famélicos durante uno de sus casos.

—Éste no es uno de mis casos, Watson —dijo, con una sonrisa que me hizo pensar en un depredador—. Éste es el caso. Estamos en plena campaña, y los soldados tienen que comer. ¿Tengo razón?

No me costó dársela. Me sentía mucho más despejado. Lejos de la negra depresión que había esperado ver en él, Holmes estaba haciendo gala de aquella extraordinaria vitalidad que sólo reservaba para sus casos más extraños e inusuales. Para ser sincero, casi parecía que se alegrase de que Moriarty hubiera trastocado sus planes, haciendo así las cosas más estimulantes para él.

Y no podía evitar compartir conmigo su alegría, por extraña que fuese.

En cualquier caso, vivir con Sherlock Holmes nunca resultaba aburrido.

El reloj de nuestra pequeña salita nos dijo que, efectivamente, era de día, si bien algo temprano (ambos habíamos dormido un día entero). No había ventanas en nuestra habitación por razones obvias, pero supe que el sol aún no se había alzado sobre el escarpado horizonte de Londres. Holmes asomó la cabeza por la puerta mientras yo vigilaba, tenso. Aún me sentía tan inquieto como un sabueso acobardado. El mayordomo pronto nos presentó un admirable desayuno (algunos miembros del Diógenes eran excéntricamente madrugadores), y, en consecuencia, nos centramos en él.

Holmes comió con ganas, casi demasiado aprisa. Estuvo a punto de atragantarse con una tostada antes de que yo le persuadiera de que comiese más despacio. Obedeció a regañadientes, comprendiendo que el tiempo no pasaría más rápido por mucha prisa que se diera. No tardó en recuperar la extraordinaria paciencia de la que había hecho gala durante todo este asunto. Le bastaba saber que fuera cual fuese el reto que le aguardaba, Moriarty haría que mereciera la pena.

Atesoro esa mañana como uno de mis más preciados recuerdos, porque después de desayunar, y ya agotadas todas las ideas de Holmes respecto al caso, no teníamos nada que hacer aparte de hablar. Escuché con indignación la historia del cautiverio de mi amigo, y Holmes los detalles de la mía. No necesito explicar el cálido orgullo que me embargó, pues mi amigo nunca había expresado una admiración tan abierta hacia mis esfuerzos. Su rostro prácticamente resplandecía.

El reloj anunció las ocho antes de sumirnos en un agradable silencio, y, con mi ayuda, Holmes se retiró finalmente a su habitación, y yo a la mía.

Me cambié maquinalmente, y estaba a punto de terminar mis abluciones cuando sonó un golpe en la puerta principal y oí cómo se abría.

Sin mediar pausa, la puerta de la habitación de Holmes se abrió de golpe y le oí caer pesadamente contra la pared con otro juramento.

Dejé mi navaja, me di unos toquecitos en el corte del mentón (como ya he dicho, aún estaba nervioso) y corrí a ayudar a mi amigo a levantarse.

Mycroft se estaba sirviendo una nueva taza de té cuando aparecimos. Nos echó un vistazo y suspiró, tomando un sorbo.

—Sherlock, siempre has sido desaliñado. Por mucho que te laves, pareces tan demacrado y desesperado como un criminal o luces cardenales y arañazos como medallas de honor… Me alivia comprobar que al fin has dormido. ¿Cómo está, doctor?

—Está mejor —dijo Holmes con impaciencia, soltando mi hombro para apoyarse en la mesa—. ¿Qué se ha hecho, Mycroft?

Mycroft dejó parsimoniosamente su taza sobre la mesa, se agachó y recogió un paquete rectangular, aún envuelto en papel marrón.

—Traje esto para ti. ¿Cómo está su pierna, doctor?

Holmes miró dubitativamente el objeto que tenía en las manos.

—Estoy bien…, Mycroft…

—Y esto es para usted, doctor.

Parpadeé al ver la caja que colocó en la mesa frente a mí, grande y obviamente pesada.

—¡Mycroft!

La abrí, estupefacto, y lancé un jadeo de sorpresa y placer, porque en su interior descansaba un arma de fuego, un revólver, tan nuevo que aún olía a pulimento y su oscura boca metálica irradiaba destellos.

—Es lo menos que podía hacer, doctor —dijo Mycroft con una sonrisa, anticipándose a mis objeciones—. El del coronel Moran tuvo que ser incautado como prueba, y en cualquier caso era bastante vulgar. Éste es mucho más adecuado para usted. Nunca le he agradecido debidamente el haber salvado a mi hermano de su insensatez.

—¡Mycroft!

—Siéntate y ábrelo —dijo el mayor de los Holmes, lanzando a su hermano una penetrante mirada y, para mi sorpresa, Holmes se dejó caer en su asiento, enfurruñado.

Desgarró el papel, dejando al descubierto un pesado y reluciente bastón, evidentemente hecho de teca. El mango, al igual que la punta, era de recio metal. Holmes lo dejó a un lado y continuó.

—¿Has hablado con Patterson?

—Lo he hecho. —Mycroft tomó otro sorbo de té—. Han interceptado al agente. Lo cogieron esta mañana en la estación de Euston.

Holmes intentó levantarse velozmente de su silla, pero su pierna se lo impidió.

—No hace falta correr, Sherlock… Ese hombre no es la pista que buscas. Al parecer, era el responsable de reclutar al personal entre la escoria de Londres. Sabe menos que tú, estoy seguro.

—Hay al menos cinco más, Mycroft —dijo mi amigo, inclinándose hacia él mientras su hermano cortaba tranquilamente el extremo de un huevo—. ¿Hay alguna pista sobre ellos?

—Tenemos razones para sospechar que dos se han ido al norte de Escocia, para intentar encontrar pasaje para las Américas. Otro se ha dirigido casi indudablemente al este, y planeamos interceptarle en Egipto. Y otro me temo que ha desaparecido sin dejar rastro.

Me había acostumbrado al estilo raudo en el que solían conversar Holmes y su hermano, así que sólo escuchaba a medias, confiando en que todo quedaría aclarado a su debido tiempo. Era difícil comprender una conversación donde sólo la mitad de las cosas se decía en voz alta.

—¿Y el último? —Holmes prácticamente temblaba en su asiento, presa de la agitación—. ¿Qué hay de Moran?

—Se ha ido al continente con Moriarty.

Holmes soltó un gruñido, mirando con rabia la porción de huevo que su hermano se llevaba a la boca.

—Y, naturalmente, tú ya lo esperabas.

—Sólo gracias a las pruebas que reuniste, Sherlock. Has logrado trasladar a la organización a una realidad reconocible. Ya nunca será lo mismo, aunque consigan evadir el brazo de la ley. Por supuesto, nada de esto habría sido posible si el doctor Watson no hubiese rescatado tu preciosa carpeta… ¿Cuándo aprenderás a archivar las cosas como es debido?

—Cuando Watson se deshaga de su preciado jarabe para la tos —replicó Holmes, haciendo una mueca al recordar la susodicha medicina.

Mycroft se echó a reír (una versión más profunda y breve de la risa de Holmes) y escucharle hizo que se me pusieran los pelos de punta, porque mientras la risa del más joven auguraba la ruina segura para los malhechores, la del mayor vibraba con una omnisciencia cuyo significado se acercaba mucho al de inevitable destrucción.

—En tal caso, espero en vano. ¿Tiene alguna pregunta, doctor?

Aparté los ojos del revólver, cuyo peso resultaba consolador y extraño en mi mano.

—Sólo la más básica —dije—. ¿Adónde iremos ahora?

Ambos Holmes parpadearon, y a continuación Mycroft prosiguió casi sin pausa ni pizca de condescendencia.

—Sherlock irá al continente, doctor, y la lógica me dice que usted está decidido a seguir sus pasos. Pese al riesgo que conlleva, él es el único hombre lo suficientemente inteligente para librarnos definitivamente de este… este…

—¿Genio criminal?

Holmes soltó un bufido, pero Mycroft pareció complacido.

—Exacto… Debes comprender esto, Sherlock. En cuanto dejéis el país seré incapaz de ayudaros. El gobierno francés desea acabar con la plaga que ese hombre representa tanto como nosotros, pero no está dispuesto a dejar de lado las rencillas internacionales. Además, es bastante evidente que él sabe que estáis vivos. Esperará que vayáis tras él.

Por primera vez durante aquella conversación vi cierto rastro de inquietud cruzar el rostro de Mycroft.

—Si fueras sensato, Sherlock, y si tuvieras algún respeto por mis nervios, dejarías que un agente profesional se ocupara de este asunto en tu lugar.

Entonces me miró a mí, y me sentí algo perplejo al ver que su evidente afecto no había desaparecido, aunque se había alterado un poco.

—Y usted podría no ser tan egoísta como para involucrarse…

El sonido de la recámara de mi nuevo revólver al cerrarse bruscamente bastó para cortar su observación. La expresión de ambos hermanos me indicó que podían leer mi rostro con toda claridad. Holmes sonrió, aunque su expresión era sombría.

Mycroft suspiró, depositó sobre la mesa un paquete, junto a mi arma, haciendo tintinear la munición de su interior, y a continuación sacó dos sobres del bolsillo de su chaqueta.

Holmes los cogió y los leí por encima de su hombro: partiríamos en el mismo tren en el que deberíamos haber ido la última vez; sólo que esta vez por la tarde.

—Al menos, puedo aseguraros que Moriarty no sabrá que estáis en el país hasta que deis el primer paso —dijo Mycroft, con su profunda voz un tanto espesa—. Ya están hechas todas las conexiones. Si necesitáis una ruta alternativa hay varias disponibles, pueden estar listas al instante. Sólo tenéis que mostrar la carta.

Sentí que mis ojos se agrandaban al ver la misiva que Holmes sostenía en sus manos. Volvió a meterla rápidamente en el sobre. El sello era inconfundible.

Holmes miró a su hermano mayor y, para mi sorpresa, no se le ocurrió ningún comentario inteligente.

Mycroft me señaló con la cabeza, se levantó y alzó un poco la voz.

—Los dos van a descansar. Es una orden, y también va por usted, doctor. Haber estado al borde de la asfixia y tener las extremidades destrozadas no es ninguna tontería. Mantenga el arma lejos de Sherlock. El ruido de los disparos es tan poco apreciado en el Diógenes como el sonido de la conversación…, y no necesitamos insignias patrióticas grabadas en nuestras paredes.

Miró su reloj, dio un respingo y cogió su sombrero.

—Llego tarde. Recibiréis una última misiva mía antes de que salga el tren. Un carruaje con ruedas de goma y ventanas redondas os estará esperando, junto con el equipaje.

Mycroft se detuvo una última vez ante la puerta.

—Por el amor de Dios, ten cuidado, Sherlock.

Y se marchó, dejándonos sumidos en un absoluto silencio, como un par de veleros tras la estela de una gran trainera.