Capítulo 26: Un último esfuerzo
Remus y los demás permanecían en silencio tras su larga caminata a través de los árboles. Pero, no era debido al cansancio de su cuerpo, o al vivo recuerdo de la muerte a sus espaldas.
Lo más doloroso de aquella prueba había sido tener que enterrar a muchos de sus amigos. Entre ellos, Danna que, según las creencias de su pueblo, fue sepultada a los pies de la montaña sagrada con todas sus armas, su carro de combate y hasta su propio caballo, mientras Gwyddion recitaba su letanía. Habían depositado la poca comida que les quedaba y jarros de hidromiel para que ella lo ofreciera en el banquete de reconciliación entre los dos mundos.
Sentada en una de las sillas de la larga mesa de roble, Leandra lloraba desconsolada la muerte de tres de sus hermanos, una familia siempre unida y ahora rota; Kyllian no había pronunciado palabra desde entonces, aún seguía atormentándose por haber dejado sola a su señora en su último duelo; Brian intentaba consolar a los demás, sobre todo a Brigit, cuya tristeza contagiaba al resto; Gwyddion contemplaba las llamas de la chimenea de forma meditabunda y Crow- el córax-, se apoyaba en la jamba de la puerta con el rostro magullado y la mirada perdida.
Por su parte, Remus, que se mantenía ocupado limpiando sus armas, pues se sentía invadido por una gran tristeza. Ni siquiera el reencuentro con Ailleen le reconfortaba: el recuerdo de los hechos que ya comenzaba a emborronarse en su mente, y el agotamiento y la reacción instintiva de su propio organismo, se habían encargado de sepultarlo entre las capas más profundas de su cerebro. En esos momentos, veía su futuro con pesimismo, y se preguntaba si ésa no sería la última aventura de su vida. Su fatalismo no le había abandonado desde el enfrentamiento, pero era mucho peor cuando se detenía a pensar en Tonks.
Los antiguos prisioneros de Greyback habían sido liberados por la metamorfomaga, o eso le habían dicho, pero ninguno la había visto desde entonces. Pensar que podía estar prisionera a manos de esos asesinos le quitaba las pocas fuerzas que tenía, y no eran muchas.
-¿Qué vamos a hacer ahora?- La voz de Brian interrumpió los pensamientos de cuantos estaban a su lado, atreviéndose por primera vez a formular la pregunta que a todos les rondaba por la cabeza.
Gwyddion levantó la vista de las llamas.
-Sólo podemos hacer una cosa- alegó Kyllian. Su voz sonaba ronca como todos pudieron escuchar-. Debemos firmar la rendición, y resignarnos al destino que Greyback nos tenga reservado.
El silencio fue su única respuesta. Remus contempló a todos sin dar crédito. Alzó la vista hacia el druida que también clavaba sus ojos en los suyos como si quisiera comunicarle algo importante.
-No- inquirió con decisión. Remus se levantó y caminó unos pasos alrededor del salón. Los licántropos le miraron desconcertados-. No vamos a rendirnos- repitió-. Danna no lo hubiera permitido.
-Danna está muerta como lo estaremos todos cuando anochezca y aparezca la luna llena- interrumpió Kyllian, cortante.
Remus les miró decepcionado.
-Entonces yo moriré- determinó-. Prefiero eso a darle a Greyback esa satisfacción... Pienso luchar hasta el último aliento, tanto si me acompañáis como si no.
Dicho esto, les dio la espalda y se dispuso a marcharse.
-Detente, Lupin- exclamó autoritaria la voz de Leandra. Remus se volvió hacia ella con la cabeza bien alta-. Si vas a luchar- dijo mientras se iba levantando, trabajosamente, de su asiento-, yo te cubriré las espaldas.
Ambos sonrieron, confiados.
-Y alguien tendrá que protegerte desde el cielo- interrumpió Crow a su lado.
-¡Sí, al diablo!- le dijo Brian, abandonando su semblante conciliador-: Yo también quiero morir.
Más voces se unieron a su reclamo y, al final, todo el castillo se puso en pie con aquella mirada ardiente en los ojos. Sólo uno de ellos seguía enfurruñado en su asiento...
Remus se acercó a Kylliam, y le tendió una de sus manos. Éste la miró un instante: luego, alzó su vista hacia sus ojos.
Finalmente, se la estrechó.
-Así sea-. Y se puso en pie.
La tarde fue cayendo sobre el campamento de Greyback. Sentado frente a su refugio principal, el gran lobo, se esmeraba con una sonrisa de triunfo en los labios en limpiar pulcramente la sangre que manchaba su deslumbrante espada mientras su mente iba capitulando los hechos de la anterior jornada.
Recordaba a Danna como si la estuviera viendo frente a él. Allí, agotada por el fervor del enemigo, intentaba salir de su carro volcado sin ningún éxito. Había llegado dispuesto a quitarle la vida a la última Cárthaigh, al último lobo blanco. Pero esa bruja ejercía una extraña maldición sobre sus antiguos vasallos y Dewell sucumbió ante su hechizo. Como un animal herido, se abalanzó sobre él. No luchó mal, pero al final, un grito desgarrador surgió de su garganta cuando su magnífica espada se hundió en su carne. Las fuerzas perdidas comenzaron a renacer en Danna, que había conseguido levantarse en ese lapso de tiempo, e impetuosa empuñó su arma, dispuesta a vengar la muerte de su amigo. Danna resultó ser una dura guerrera, como en tantas ocasiones le había demostrado. Tal y como era su padre..., y en más de una ocasión, temió no salir indemne de aquel duelo a muerte, pero eso era algo que Fenrir Greyback nunca reconocería ante nadie.
Durante horas se lanzaron estocadas, pullas, mandobles, patadas, y todo cuanto se permitieron. Agotados por el cansancio, hicieron una pausa para mirarse con fuego a los ojos. Pero los de Danna rápidamente se helaron cuando divisaron las negras figuras que sobrevolaban los cielos, y el frío comenzó a entumecerle los miembros.
Era el momento de contraatacar. La espada brilló fulgurante al atravesar su piel. Ella profirió un grito ahogado de sorpresa. Luego, la cogió con brusquedad del pelo y acercó su rostro hacia el suyo para susurrarle unas últimas palabras:
-Dile a la Muerte que vas de mi parte-. Luego quitó su espada del vientre de la mujer y la dejó caer al suelo.
Sus carcajadas retumbaron en el campo de batalla. Entonces, un rayo se escuchó a su espalda: súbitamente sorprendido, contempló al antiguo mago que se encaramaba en lo alto de la montaña.
La batalla había acabado por el momento... Con la muerte de Danna, muy pronto los Tuhata que quedaban con vida, le suplicarían su clemencia o provocarían su furia con la llegada de la luna llena. Se volvió a reír y, después, ordenó su retirada.
Mientras pensaba en eso, terminó de limpiar su arma y con sumo cuidado la volvió a guardar en su cinto. Un segundo después, levantó su vista y observó el campamento. Sólo los licántropos parecían dispuestos a celebrar su victoria; los demás permanecían en silencio, especialmente malhumorados.
Una comitiva formada por sus generales se adelantó hacia dónde estaba.
-Bien, amigos- les dijo con voz grave-. ¿A qué vienen esas caras? Cualquiera diría que acabáis de perder la guerra.
-Así ha sido para nosotros- alegó el viejo líder de los Corax-. Nos habéis ofrecido como carnaza para salvaguardar a vuestros licántropos. Sólo hemos regresado un cuarto de los que fuimos.
Los demás generales asintieron ante las palabras de su portavoz. Greyback se levantó hastiado por su actitud. Si por él fuera les enviaría de una patada a sus inmundas moradas; así, la gloria sólo sería suya.
-¿Y qué esperabais?- les increpó-. La vida de uno de mis hombres no vale ni cien de las vuestras.
Todos se miraron mudos. No era ese el trato que habían recibido cuando Greyback y los suyos, perseguidos por la justicia de los magos, habían acudido en su ayuda...
Impasible, el cruel licántropo, se dispuso a dar nuevas órdenes.
-Será mejor que mováis a esa chusma. Quiero acabar el trabajo esta noche. ¡Andando!
El líder de los vampiros enseñó sus dientes relucientes al hombre lobo, pero el Corax le agarró del brazo. Los generales abandonaron su presencia en dirección a sus mermados soldados, mientras se susurraban unas palabras al oído, ininteligibles para el licántropo.
Sin apenas sospechar nada, unos miembros de su vieja manada, depositaron al único prisionero que quedaba con vida en el campamento a sus pies.
-Buenas noches, Milton- le sonrió-. ¿Listo para la luna llena?
Mark sollozó ocultando su rostro a pesar de su lamentable estado.
-Dejadme marchar, os lo suplico...- repuso entre lágrimas-. Hablaré con el Ministro. ¡Sólo quiero apresar a Lupin! Ambos queremos lo mismo, ¿no es así? ¡Hice un juramento inquebrantable!
-Estás loco- concluyó Greyback-. Supongo que es culpa mía; nunca sé parar cuando torturo a un mago- añadió con total vehemencia-. En fin, lo siento. Pero no te preocupes, pronto acabará tu agonía. Reza para que te maten y no te transformen. En cuanto a Lupin, si está vivo prefiero matarle yo en persona.
Greyback soltó una carcajada. Después, ordenó que se lo llevaran de allí. No se había olvidado que él había sido el propulsor de la ley anti licántropos que, aunque beneficiosa para ellos había sido aprobada gracias a la ingenuidad de su manada y, eso era algo que nunca le perdonaría.
Unos minutos después, su trono se elevó y fue conducido a través del campamento mientras un centenar de siervos se unían a su comitiva en dirección al castillo.
Precedidos por el sonido de sus pasos, el tintineo de sus armas y acompañados por varias voces rítmicas al unísono; la compañía llegó al claro del bosque con las últimas luces desapareciendo tras el crepúsculo.
Se detuvieron sin apenas haber puesto un pie en la planicie, pues allí le estaban esperando sus enemigos, desafiándoles. Greyback hizo una mueca de disgusto mientras aporreaba con su puño uno de los brazos del trono.
Varias decenas de los supervivientes que, aunque exhaustos y malheridos, habían hecho un último esfuerzo para plantarle cara una última vez. El castillo no era visible, pero sí la fuerte línea que habían trazado en el prado con sus cuerpos.
Muchos de sus enemigos se sintieron acobardados por el valor y la determinación que reflejaban sus rostros. Algunos se miraron inquietos entre ellos a pesar de su superioridad numérica, ya que, pese a todo, aún seguían siendo los poderosos Tuahta de Dannan.
Unos segundos después, los ojos furibundos de Greyback se toparon con la figura altiva de Remus.
-¡Lupin!- le gritó desde lo alto-. ¡Debí imaginar que estarías detrás de todo esto! No te importa mandar a la muerte a todos tus amigos con tal de demostrar tu valor ante los magos.
-No me compares contigo, Greyback.
El licántropo se levantó con ímpetu y los porteadores se dieron prisa en bajarlo al suelo. Al otro lado, los Tuahta se pusieron en guardia.
-Ya veo que no me dejáis otra alternativa-. Sacó la reluciente espada de su funda, y con una sonrisa sagaz en el rostro, exclamó-: ¿Veis esta espada? ¡Con ella maté a vuestra bienamada Danna! ¡Y con ella acabaré con todos vosotros! ¡A POR ELLOS!
Y sin más preámbulos, se lanzaron a la carga sabiendo que la luna no tardaría en alzarse en el cielo.
Los Tuahta de Dannan gritaron encolerizados, y le siguieron con un último grito de guerra:
-¡Gliegna timcheall no tuitin! ¡Moscail do mhisneach!
Así, el fragor de la batalla les engullía de nuevo, pero un inesperado movimiento desconcertó a todas las tropas, y no sólo a los Tuahta. Crow sonrió al ver a su padre dirigirle una mirada de arrepentimiento y afecto, pues los aliados de Greyback se estaban revelando en su contra. Después de eso, se transformaron en aves o murciélagos, y se lanzaron contra los licántropos.
Greyback gritaba lleno de odio mientras veía aquel espectáculo de humillación a su alrededor, pero a pesar de aquella traición, se fue abriendo paso a cuchilladas, avanzando hacia su objetivo. Todos los que osaban hacerle frente caían uno detrás de otro, pues ninguno era rival para él.
Entonces, le vio. Allí estaba, haciendo alarde del valor que siempre le había caracterizado y moviéndose con agilidad contra sus enemigos
Remus Lupin convertido en todo un guerrero. Quién lo diría.
Cuando éste clavó la espada en el torso imponente de Ian, la furia inundó al licántropo. Con la espada en alto y un grito beligerante, acortó finalmente las distancias.
Por suerte para Remus, su visión periférica se había agudizado notablemente en los entrenamientos y consiguió alzar su arma justo en el instante en que su enemigo intentaba clavársela en el pecho. El rechazo trastocó aún más a Greyback que retrocedió para acometer una vez más con más violencia que la última vez.
Los músculos de Remus temblaban con cada estocada recibida. Sus mandobles se estaban volviendo más defensivos, y ambos bailaban aquella danza macabra al ritmo de aquel sonido metálico.
-¡Peleas bien, Lupin!- gritó en medio de otra acometida-. ¡Kyllian te ha enseñado bien, pero no lo suficiente...!
La espada de Greyback rasgó su brazo izquierdo mientras decía aquellas palabras. Remus se mordió el labio inferior e intentó no pensar en el dolor tras interceptar otra vez el arma de su enemigo.
Greyback sabía que sólo era cuestión de tiempo que cayera muerto a sus pies. Sólo tenía que hacerle perder la concentración; entonces, sería suyo.
-Acabaré contigo- dijo con tono impaciente-. Te mataré del mismo modo que a esa zorra de Danna.
Remus apretó los dientes y abandonó su defensa. Le odiaba tanto que apenas podía mantener la cabeza fría ante su presencia con un objeto afilado entre sus manos.
El frío de sus aceros chocó con más vehemencia y Remus trastabilló un poco...
-... Del mismo modo que mataré a Nymphadora... – añadió.
Fue suficiente para él. Greyback le arrebató de un mandoble la espada de las manos, y sin esperar su reacción; le propinó un fuerte puñetazo en el rostro. Después de eso, una roca le hizo caer... Rápidamente, Greyback se abalanzó sobre su víctima colocando el filo de su espada en su garganta.
No parecía tener la menor prisa por acabar con su vida. Sus ojos resplandecían gélidos y a la vez ardientes mientras sonreía, complacido.
-¿En serio creías que podías hacerme frente...?- le susurró con calma.
Apenas les separaba un palmo de distancia. Su aliento de muerte le hacía sentir nauseas. Iba a morir, y lo único que vería del mundo sería su horrible mueca.
Le clavó las uñas negras en el cuello. Remus intentó no gritar cuando la hoja de plata le quemó la garganta. Greyback iba a disfrutar de su muerte, eso también lo sabía.
-Ahora morirás siendo de nuevo ese niño perdido en el bosque de dónde nunca debiste salir con vida.
Enseñando sus dientes, levantó la espada para acometer su última estocada...
Remus veía a cámara lenta ese movimiento de su brazo cuando unas convulsiones surgidas del interior de su enemigo le obligaron a arrojar a un lado su espada. Remus también las sintió en su carne e inconscientemente, comprendió el origen de su mal...
Una tenue luz plateada alargó las sombras del lugar: su corazón bombeada sangre a una velocidad vertiginosa y un zumbido molesto repercutió en sus oídos. Se estaba transformando en lobo, como cada luna llena desde hacía más de treinta años.
Consciente de la única oportunidad que se le presentaba, Remus logró sobreponerse al dolor y le propinó una fuerte patada a su agresor. Greyback rodó sobre la hierba con un grito estremecedor mientras Remus intentaba ponerse en pie y se alejaba del lugar, pero no lo consiguió; las rodillas se le doblaron y cayó al suelo. El dolor estaba llegando a ser insoportable y a su alrededor cientos de personas sufrían de igual que ellos.
Remus se agarró con fuerza a la hierba del suelo. Después de esa terrible agonía su grito humano se transformó en un prolongado aullido.
Su conversión había concluido. Por suerte, conservaba su raciocinio humano, como acababa de advertir. Gwyddion se había esmerado mucho en su poción y afortunadamente, la pulsera plateada que le distinguía entre sus aliados había resistido.
Muchos de ellos fueron levantándose para entregarse de nuevo a la batalla, esta vez en su forma lobuna. Remus giró su cabeza hacia atrás, dónde había dejado a Greyback; pero ya no estaba allí.
Ni siquiera su infatigable olfato pudo identificarle entre tantos cuadrúpedos.
Sin abandonar su sorpresa inicial, volvió a la carga contra unos rivales de menor posición sin dejar de vigilar a sus espaldas cualquier presencia sospechosa.
Mientras tanto, Mark Milton, permanecía tembloroso y agazapado entre unos matorrales viendo la transformación de esas bestias. Sus ojos vidriosos no podían apartarse de aquel lobo de pesadilla que había asesinado a su familia tanto tiempo atrás... Un enorme lobo. Ante él se revelaba su autentica forma, su esencia: un diablo a cuatro patas.
Era tal y como lo recordaba; con aquellos ojos rojos y esas garras que desgarraban el cuello de sus víctimas.
Los híbridos se iban acercando más hacía su escondite. Estaban olfateando su presencia humana y eso les enloquecía de satisfacción. Mark tembló, y de repente una risa nerviosa salió de su garganta al tiempo que buscaba algún arma cercana.
A su lado continuaban los combatientes, ajenos a otra cosa que no fuera la sangre vertida del enemigo. Algunos con valor, otros por pura diversión y fogosidad. La balanza de la victoria no se decantaba por ningún bando incluso a esas alturas de la noche.
Remus tenía embotado el cerebro. Tenía la horrible sensación de que toda su vida había transcurrido en aquel campo de batalla, o en algún otro de igual semejanza. Pero en aquella ocasión no se manifestaba mediante sueños o prejuicios, sino en una llanura a la luz de la luna llena.
En ese momento, el licántropo al que se enfrentaba se puso a dos patas y olisqueó el aire aturdido. Muchos animales guiados por su instinto hicieron lo mismo, mientras Los Tuahta se miraban desconcertados...
Algo estaba a punto de ocurrir: ellos también percibían en el aire algo con que no contaban.
En la franja del bosque, a sus espaldas, una humareda plateada salió de la nada...
-¡Los aurores!- gritó un centauro.
Pletóricos, los Tuahta aullaron a la luna. ¡Estaban salvados!
Remus consiguió distinguir a Kingsley al frente, junto a otros miembros de la Orden del Fénix, sus amigos. A la única persona que no divisó fue a una joven de cabellos oscuros; pero allí estaba también, y amarraba su varita en una de sus temblorosas manos.
El espectáculo que se le ofrecía a Tonks era horrible; un lugar de muerte en dónde no conseguía distinguir el pelaje castaño y los ojos color miel de su licántropo. Las lágrimas se le escaparon de los ojos pensando en que había llegado demasiado tarde.
A unos metros de distancia, Kingsley daba de manera apresurada las últimas órdenes:
-¡Capturad a los licántropos que no lleven brazaletes!- gritó- ¡No les hagáis daño! ¡ADELANTE!
Los magos se lanzaron a la carrera y Tonks consiguió serenarse e ir tras ellos.
-¡Homorphus!
-¡Incarcerus!
Se escuchaban por doquier...
Un hombre lobo se alzó como de la nada delante de la joven. Por suerte, consiguió reaccionar a tiempo.
-¡Incarcerus maxima!
El animal cayó atado por unas ligaduras, tan duras y resistentes, como el metal. Tonks se permitió el lujo de sonreír por su pericia. Pero pronto se le borró del rostro, ya que aún acudían más a su encuentro.
La joven recitó cuantos hechizos conocía. Uno a uno, fueron cayendo inmovilizados a su alrededor. Se sintió mareada, ya que estaba sola. Cerca no había nadie para cubrirle las espaldas...
De pronto, una mancha negra apareció como el rayo ante sus ojos; aquella sombra corpórea le hizo un placaje que terminó por derribarla. Tonks tanteó en la oscuridad en busca de su varita, pero no la encontró...
Un segundo después, le vio con total claridad, sus ojos rojos e inhumanos, unos dientes blancos y afilados que le sobresalían de la mandíbula como sables y un cuerpo musculoso cubierto de pelaje negro. Era Greyback, sin duda.
Tonks comenzó a deslizarse hacia atrás mientras ese monstruo seguía todos sus movimientos con calma. Empezó a ir más deprisa, tanto como el sonido de los latidos de su corazón... Fue en ese momento cuando su cuerpo chocó contra la superficie de una gran roca impidiéndole cualquier otra salida.
Su respiración se convirtió en jadeos mientras le veía avanzar rápidamente hacia ella. Una última imagen de Remus acudió a su mente al ver a aquel licántropo alzarse sobre ella en el aire. Estaba demasiado asustada como para cerrar los ojos. La roca que la sujetaba contra la muerte empezó a moverse o eso creía; sin duda, un pensamiento absurdo para ser el último, se dijo.
Desde la roca, un segundo licántropo se precipitó contra Greyback y, aunque debería sentirse aliviada, ahogó un grito de terror, pues quien acababa de llegar en su auxilio no era otro que Remus.
Greyback rugió a consecuencia de su fracaso y Remus enseñó sus dientes mientras se le erizaba el pelo del lomo y se lanzaba contra él, nuevamente. Ambos volvieron a enfrentarse en esa ocasión como lobos. Los colmillos chasqueaban cerca de sus cuellos mientras sus garras arañaban todo cuanto se les pusiera por delante. Rodaban, volvían a enfrentarse, se retiraban, enseñaban sus colmillos, y así sucesivamente...
Cuando Tonks logró sobreponerse a la situación se apresuró a buscar su varita en aquel campo sembrado de cuerpos y armas abandonadas...
Todo a su alrededor era un infierno. En algún momento, uno de los aurores debió conjurar con su varita una chispa, que hizo prender la maleza a su alrededor en un incendio que ahora les rodeaba como en una espiral.
Los lobos de Greyback se veían aún más amenazadores, pues ahora, eran animales y como tales odiaban ese elemento más que a sus captores. Intentaban con todas sus fuerzas huir del lugar, pero los aurores se lo impedían con sus conjuros.
Desesperada, Tonks, volvió a mirar por encima de su hombro para contemplar la batalla que se estaba desarrollando entre el lobo negro y el castaño. Remus parecía muy magullado, no obstante, persistía en su lucha.
El tiempo pasaba lento en aquel lugar. Greyback cada vez se enardecía más e imbatible, cortaba las gargantas de cuantos se entrometían entre ellos sin apenas darle un soplo de aliento a su rival. Tonks era consciente de la poca resistencia que le quedaba a Remus y por ello su búsqueda se volvió más frenética.
Justo cuando un licántropo se percató de su presencia entre la hierba, la joven encontró la varita que aún sostenía el cadáver de uno de sus compañeros.
-¡Incarcerus! -exclamó
A escasos centímetros, se retorció entre sus cuerdas el desdichado lobo. Pero Tonks no estaba para perder más el tiempo: debía impedir que el amor de su vida fuera asesinado por el sanguinario licántropo. Así, dio la vuelta y empezó a correr hacia ellos. En esos momentos Greyback intentaba asfixiarle entre sus fauces: sus ojos color miel cada vez iban perdiendo su claridad.
Tonks empuñó la varita.
-¡Homorphus!- gritó.
Su hechizo impactó de lleno en el pelaje negro de Greyback. Un segundo después, lanzó un aullido de dolor y soltó su garganta, cayendo sobre la tierra. Al poco de aquello, el animal se encogió hasta convertirse en humano.
Sus fríos, y ahora coléricos ojos, apuntaban a la joven como un rayo mortífero, pero Tonks no se alteró lo más mínimo.
-¡Aléjate de él!- inquirió tan alto como pudo.
Remus completamente exhausto, magullado y ensangrentado veía con impotencia como el licántropo en su forma humana, avanzaba hacia Tonks con muy malas intenciones... Inmediatamente, intentó incorporarse a cuatro patas, pero de nuevo cayó al suelo.
Se arrastró mientras Tonks estaba siendo acorralada; su varita temblaba más a cada paso que daba. El licántropo aulló de dolor, y justo cuando pensó que no podría soportar mayor tortura, ocurrió...
-Me has costado la guerra, humana- inquirió Greyback frenético-. Mira a tu alrededor. ¡Toda esta muerte la has provocado tú!
Muy a su pesar la joven desvió su mirada. ¿Hasta qué punto era eso cierto…?
De repente, una garra apretó con vehemencia su garganta. Tras sobreponerse a la sorpresa, notó los primeros signos de asfixia. Con extraordinaria facilidad Greyback fue levantado su cuerpo del suelo mientras sonreía con satisfacción por su premio de consolación. Tonks, con su último esfuerzo, intentó retirar aquella tenaza en torno a su cuello, pero resultaba inútil. Sus intentos por conseguir oxígeno se convirtieron en sus primeros signos de agonía y cuando la oscuridad se fue adueñando gradualmente del lugar, su garra soltó el cuello de la muchacha mientras ésta caía al suelo e intentaba inhalar el oxígeno arrebatado durante aquel último minuto.
Tonks recuperó el pulso en poco tiempo, ya que la urgencia de saber lo que acababa de ocurrir con Remus era mucho mayor que sus contusiones. Aún recostada sobre la hierba, consiguió verles sobre un cielo color carmesí entre los árboles. Greyback, arrodillado, se agarraba el costado derecho de su cuerpo al tiempo que Remus, de nuevo en su forma humana, empuñaba el filo de una espada contra su garganta. Por primera vez, Tonks pudo apreciar el miedo en el rostro del sanguinario licántropo y una mirada cargada de fuego por parte de Remus.
-¿… A qué estás esperando?- Su rival luchaba por no perder su orgullo. Remus apretaba los dientes en un intento por controlarse-. Vamos, mátame…- le alentó de nuevo- ¿No es eso lo que juraste? ¿Con lo que siempre has soñado…?
La joven sintió una punzada de dolor en su interior cuando Remus apretó con mayor fuerza la garganta del lobo, provocando una fina línea carmesí. Tonks no le reconocía, y eso la asustaba; pero justo cuando creía que iba a cortarle la cabeza, el licántropo dejó caer al suelo su arma.
-No, Greyback, ya no- su voz sonó grave, pero firme-. Has perdido, y lo único que te deseo es que vivas lo suficiente como para ver el final de tu Señor.
Tonks suspiró aliviada, ahora Remus podría vivir lejos del odio; al fin se había liberado. Greyback por el contrario, resultaba decepcionado.
-Eres un necio, Remus Lupin- arrastró las palabras-. Te concedí un don precioso, pero lo malgastas cada luna llena con esas estúpidas pociones. ¡Hubieras sido el mejor, Lupin! ¡Mi digno sucesor! Lo vi desde la primera vez que te aceché entre los arbustos.
-En eso te equivocas – le dijo-. Ni tú ni nadie controla mi destino porque, aunque me convertiste en un monstruo durante las noches de luna llena, el resto del tiempo, soy quien deseo ser.
Greyback mostró los colmillos. Poco a poco, los aurores se fueron acercando en círculo hacia ellos. Con cautela, miró a todos, pero en especial a Remus.
-Te arrepentirás de haberme dejado marchar.
En cuanto pronunció aquellas palabras, una densa neblina plateada cubrió su cuerpo. Los magos y las brujas lanzaron hechizos con desesperación, pero era demasiado tarde: para cuando la humareda se disipó, sólo quedaba un reguero de sangre en donde el hombre lobo más buscado de Gran Bretaña había estado. ¿Quién hubiera podido imaginar que finalmente utilizaría la magia que tanto odiaba para huir? Cualquier dogma podía ser roto cuando la vida pendía de un hilo, y para Greyback esa aceptación suponía el inició de una nueva etapa; una en la que, muy a su pesar, tendría que soportar la servidumbre por su fracaso.
El licántropo exhaló aire con abatimiento. El cansancio de los últimos días parecía caerle sobre los hombros como si se tratara del globo terráqueo. A pesar de todo, tuvo tiempo de echar su vista atrás y contemplar a la joven con calma.
Tonks sonreía con lágrimas en los ojos. Acababa de levantarse y corría hacia él. Cuando al fin sus cuerpos se estrecharon toda la guerra pareció disiparse como el humo plateado de Greyback. Ahora sólo estaban ellos dos, por siempre y para siempre…
Pero la felicidad no duró demasiado.
Tonks abrió los ojos a tiempo de ver como Mark Milton se arrastraba por el suelo con su pierna derecha inmóvil y ensangrentada; apuntando con una pistola del siglo pasado las espaldas de su amado licántropo. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, el sonido del disparo se escuchó antes…
El cuerpo de Remus se volvió rígido de asombro igual que el de la joven. Ambos habían quedado atravesados por la misma bala de plata…
Las temblorosas manos de Remus apartaron a Tonks para confirmar sus peores temores. En el vientre de la metamorfomaga una mancha de sangre crecía en su uniforme de auror mientras otra idéntica a ella, lo hacía en el suyo. Con la sorpresa aún pintada en el rostro la miró a los ojos mientras sentía sus piernas cada vez más débiles.
-No me sueltes…- dijo la débil voz de la joven.
Con un último esfuerzo, volvió a abrazarla. Allá en donde fuera el uno, también le acompañaría el otro: nada les separaría, jamás.
Sus cuerpos tocaron tierra cuando un segundo disparo llegó a sus oídos…, y no sintieron nada más.
N/A: ¡Hola a todos! He vuelto a actualizar gracias a un terrible dolor de muelas que no me deja hacer otra cosa, de modo que he aprovechado estos últimos días para ponerme al día con Perspectivas. Creo que los 18 no me sientan bien.
Gracias a todos los que siguen la historia, en especialmente a:
gchiki lupin. Si, siento mucho mis retrasos crónicos, pero espero que en esta ocasión también te haya merecido la pena esperar.
yzie. Muchas gracias por tus halagos, creo que a las dos nos afectó igual lo de Danna... Espero que este capítulo te guste.
Kari Uchiyama. ¡Cuánta exaltación! A ver si con esta nueva actualización resuelvo algunas de tus dudas.
Angel. Que sepas que no me pareces una ingrata, que quede claro. Espero que estés bien ahora, sino ya sabes, para lo que quieras. ¡Gracias por tus halagos una vez más!
Emma Feltom. Aunque no te leas mis capítulos, sé por medio de mis innumerables espías que estuviste por aquí recopilando frases. Muchas gracias a ti y a las demás chicas. Os quiero mucho.
Espero que estéis todos bien y que dejéis comentarios.
Un saludo,
Sisa Lupin
