XXVI

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Rin había sabido que algo estaba fuera de su sitio desde que había visto a Haruka con su teléfono en plena calle. Era cierto que lo usaba más que cuando eran adolescentes, pero no solía prestarle atención hasta que llegaba a casa, donde tenía tiempo para pelearse tranquilamente con el aparato.

No había hecho ningún comentario, sin embargo. Habían vuelto con Mielga a su apartamento y Haruka se había metido en la cocina para preparar el desayuno mientras Rin se daba una ducha rápida.

—¿Pasa algo? —inquirió el pelirrojo al salir del baño, sorprendido al descubrir que la caballa aún no estaba preparada.

—No —Haruka pareció encogerse, como si la mirada de Rin clavada en su espalda le hiriera físicamente.

Rin resopló y se dirigió al dormitorio en busca de algo de ropa, decidiendo dejar el interrogatorio para cuando hubiesen comido. Siempre cabía la posibilidad, aunque pequeña, de que Haruka se lo contase voluntariamente. Después de decenas de discusiones y malentendidos, ambos habían progresado en temas de comunicación en los últimos años.

Toda la paciencia quedó olvidada cuando Rin escuchó el estruendo de cerámica estrellándose contra el suelo. Soltando el calcetín que le faltaba por ponerse, el joven corrió hacia la fuente del sonido, deteniéndose en la entrada de la cocina cuando descubrió a Haruka arrodillado junto al plato roto, observando los fragmentos como si hubiese olvidado qué debía hacer con ellos.

—¿Te has cortado? —inquirió Rin, agachándose frente a él, con cuidado para no pisar ningún pedazo de plato. Haruka negó con la cabeza, sin alzar la mirada, mientras Mielga olisqueaba el destrozo con cautela—. ¿Qué ha pasado?

Haruka cogió una esquirla blanca y la puso encima de un fragmento más grande en lugar de responder. Sus manos temblaban, y Rin las sujetó antes de que se cortara.

—Eh —Haruka no se movió—. Te ha llegado un mensaje al móvil, ¿no? Antes, cuando…

—No era un mensaje.

—¿Quién te ha llamado? —Rin se obligó a bajar la voz a pesar de la preocupación.

—Mi madre —Rin decidió esperar en lugar de hacer la pregunta obvia, que no encontró respuesta hasta que Mielga lamió sus manos entrelazadas—. Anoche ingresaron a mi padre en el hospital —agregó Haruka en voz baja, como si tuviese la esperanza de hacerlo menos real si Rin no lo oía.

Rin se mordió el labio.

—¿Qué le pasa?

—No lo sé.

—¿En qué hospital está? ¿Es aquí, en Tokio? —Haruka asintió, apretando los labios mientras clavaba la mirada en el hocico de la perra—. ¿Quieres ir a verlo?

—Mi madre dice que no hace falta.

Rin sacudió ligeramente sus manos, obligando a Mielga a retroceder.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Haruka apretó los dedos de Rin, estremeciéndose al tiempo que su respiración se quebraba. Rin se puso en pie y tiró de sus manos, guiando a Haruka hacia el salón y obligándolo a sentarse en el sofá antes de agacharse de nuevo ante él hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.

—No lo sé —susurró Haruka finalmente—. No sé si quiero ir allí solo.

Rin apoyó los labios en la frente del joven, dejándolos ahí demasiado tiempo para que el gesto pudiera considerarse un beso. Se sentó a su lado en el sofá, lamentando no poder hacer nada para borrar el miedo que brillaba en sus ojos.

—¿Quieres que vaya contigo?

Haruka asintió, acomodándose entre los brazos de Rin cuando el joven lo abrazó y acarició su espalda en un intento por tranquilizarlo. Mielga saltó al sofá y apoyó la cabeza en la pierna de Haruka, quizá también tratando de consolarlo.

—Ya verás como no es nada —murmuró Rin. Haruka asintió una vez más antes de cerrar los ojos, haciendo un esfuerzo por creerlo.