DESPISTES DE SABUESOS
DISCLAIMER: Los personajes y demás cosas del Potterverso son de JK Rowling.
CAPÍTULO 26
FIESTA MINISTERIAL
Septiembre de 2000
-Permítame que le presente a mi esposa, señor Ministro.
Audrey estrechó la mano que le tendía Kingsley Shacklebolt, Ministro de Magia inglés, y sonrió ampliamente como ya había hecho una veintena de veces desde que llegaron a la fiesta. Al principio le había parecido incluso divertido ir por ahí saludando gente, pero una vez perdida la novedad empezaba a estar cansada. Percy parecía dispuesto a presentarle a toda la comunidad mágica –al menos a aquellos miembros a los que él consideraba importantes- y ella se estaba hartando de ir por ahí ejerciendo de consorte de funcionario ministerial porque, francamente, los pies la estaban matando, la pequeña Molly no hacía nada más que darle patadas y tenía hambre. Mucha hambre. A decir verdad, Audrey había pasado todo el embarazado absolutamente hambrienta y mientras escuchaba cómo Percy le comunicaba al Ministro de Magia que era muggle –cómo si él no lo supiera ya, puesto que había ido a su boda, aunque Percy no parecía dispuesto a darle importancia al hecho de que ya conocía a Shacklebolt- ella sólo podía pensar en lo absolutamente deliciosos que debían estar aquellos canapés hechos con carne de animales mágicos y aderezados con hierbas de las que no había oído hablar en su vida.
-Audrey.
Percy se inclinó un poco para llamar su atención. La chica parpadeó confundida y descubrió que el Ministro le sonreía casi condescendientemente, como si se diera perfecta cuenta de que su mente no estaba precisamente atenta a la conversación que mantenía con su marido.
-¿Qué? –Musitó, apoyando todo su peso en el pie izquierdo. El derecho de latía con fiereza, recordándole que había sido un error ponerse unos tacones tan altos en su estado. Pero. ¿Qué iba a hacer? Audrey adoraba los zapatos y se había tenido que poner aquellos porque eran los únicos que hacían juego con el vestido azul de premamá que se compró especialmente para esa fiesta.
-El Ministro preguntaba por tu embarazado, querida.
Audrey alzó una ceja. ¿Querida? ¿Cuántos años suponía Percy que tenían? ¿Cientos?
-¡Oh! Todo está muy bien, muchas gracias –Molly aprovechó el momento para moverse en su interior y la joven tuvo que agitarse con incomodidad- La niña es un poco revoltosa a veces, ya sabe.
Percy puso los ojos en blanco. Audrey no necesitaba mirarlo para saber que él consideraba del todo inadecuado que hiciera un comentario de esa clase enfrente de un político tan importante, pero le dio igual. Aquella era su primera fiesta ministerial, se sentía como un pez fuera del agua y únicamente quería que dejaran de aburrirla con cosas relacionadas con el trabajo de Percy porque necesitaba comer algo. Ahora.
-Me gustaría comentarle un par de cosas, señor Ministro –Percy parecía tener toda la intención de alejarse un poco de ella- Audrey…
-Creo que voy a pillar algo de comida. No te preocupes, querido. Estaré por aquí. Alimentando a tu hija.
Percy pareció olvidarse de respirar durante un segundo, justo el tiempo que tardó en soltar una sonora carcajada el señor Ministro de Magia. Audrey había intentado mantener el tipo y comportarse como una dama durante toda la noche, pero al diablo con los modales. En cuanto su marido reaccionó lo suficiente como para empezar a decirle a Shacklebolt lo que fuera que le preocupara, ella prácticamente corrió hacia la mesa donde se servía la cena y, se dispuso a zamparse todo aquello que se le pusiera por delante.
Elegir no parecía tarea fácil. Toda la determinación de Audrey se vino abajo en cuanto descubrió aquel mundo de posibilidades culinarias, pero al final se encogió de hombros y cogió lo que tenía más cerca. Era algo parecido al sushi, pero sabía diferente. Además, su textura era muy suave, casi desagradable, y Audrey saboreó aquello durante unos segundos, sintiéndose muy intrigada. ¿Qué estaría comiendo exactamente? Podría preguntar por ahí, pero al final no lo hizo porque. ¿Qué posibilidades había de que estuviera comiendo cosas asquerosas como rata, perro o troll? No. Era mejor permanecer en la ignorancia porque a veces no era bueno saber demasiado y, demonios, al menos estaba llenando el estómago y no podía quejarse mucho porque a ella siempre le habían gustado las nuevas experiencias. Siempre había presumido de ser una chica lanzada, así que la comida no iba a hacer que se sintiera amedrentada en absoluto.
Después de comerse un par de esos extraños tentempiés, Audrey cogió una especie de muslitos de pollo diminutos de otra bandeja. Estaban crujientes, sabían a pescado y la joven casi pudo escuchar a Molly expresar su entusiasmo ante semejante delicia. De hecho, la misma Audrey gimió placenteramente antes de lanzarse a por otro de esos muslitos, absolutamente ajena al mundo mágico que la rodeaba. Quizá, cuando pasara algo de tiempo y se diera cuenta de que había dedicado su primera visita al Ministerio de Magia a comer cosas raras, se arrepintiera de su comportamiento, pero esa noche no. Esa noche sólo quería deleitarse con esos manjares y no preocuparse por nada más.
-¿Disfrutando de la comida?
Audrey se sobresaltó cuando escuchó la voz de Arthur Weasley a su espalda. Durante un instante se sintió como una niña pequeña a la que habían descubierto haciendo alguna travesura, pero cuando vio la sonrisa franca y tranquilizadora de su suegro, ella misma sonrió, contenta de volver a verle.
-Todo está muy rico, señor Weasley. Le preguntaría qué es todo eso, pero me temo que será mejor no saberlo.
-Sí, seguramente –Arthur rió y cogió uno de los deliciosos muslitos- ¿Y Percy?
-Está por ahí, hablando con el Ministro sobre no sé qué cosas del trabajo.
-¡Uhm! No debería haberte dejado sola.
-¡Oh! No me importa. La verdad es que prefiero estar aquí. Escuchar a Percy mientras habla sobre reestructuraciones de departamento e informes de no sé qué polvos puede ser agotador.
-Sí. Sé lo que quieres decir –Arthur cogió una silla cercana y se la ofreció a Audrey- ¿No quieres sentarte? Recuerdo que cuando Molly estaba embarazada no podía pasar demasiado tiempo de pie.
Audrey suspiró con alivio mientras se dejaba caer en la silla. Arthur se acomodó frente a ella no sin antes servirle una buena copa de agua y hacerse con una bandeja repleta de muslitos crujientes.
-¿Molly no ha venido?
-Hace un rato se ha encontrado con unas viejas conocidas y están hablando sobre cosas de mujeres. Escucharlas me resulta casi tan aburrido como a ti los discursos rimbombantes de mi hijo.
-Admito que las mujeres podemos ser un poco pesadas. Lamento que tenga que estar solo.
-En realidad no me importa demasiado. Me alegra que Molly pueda disfrutar de esta clase de celebraciones. En el pasado no hubo muchas ocasiones para asistir a las fiestas del Ministerio porque siempre había algún niño al que cuidar, así que ahora vamos a recuperar el tiempo perdido.
Audrey cabeceó y devoró de un bocado otro muslito.
-No sé qué me pasa, señor Weasley –Dijo repentinamente avergonzada por su voracidad- Le aseguro que nunca he sido tan comilona. La gente debe estar pensando que paso hambre.
-Dudo que alguien te esté prestando atención.
-¿Usted cree? Percy dijo que seguramente causaría sensación esta noche porque soy la única muggle de la fiesta.
-Percy es un exagerado. La gente prefiere observar a los conocidos únicamente con el fin de poder criticar sus modelitos –Audrey soltó un resoplido de risa- Además, mucho me temo que por aquí contamos con unos pocos muggles más.
-¿En serio?
-¿Crees que podrías reconocerlos?
Audrey entornó los ojos y miró a su alrededor, preguntándose cómo podría hacer tal cosa. Entonces, se fijó en un hombre que parecía perdido y fascinado al mismo tiempo y lo señaló con un gesto.
-Él. Apuesto a que ahora mismo le gustaría estar en casa, viendo la tele.
-Es Edward Walcott –Arthur parecía satisfecho con la respuesta de la joven- Su mujer trabaja en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional.
-Tengo buen ojo. ¿No cree, Arthur?
-Eso parece. Walcott lleva viniendo por aquí un montón de años, pero da la impresión de que no termina de acostumbrarse.
-¿Cree que a mí me pasará lo mismo?
-Quizá. Yo reconozco que el mundo muggle no deja de sorprenderme. Supongo que la magia siempre tendrá el mismo efecto en ti.
Audrey cabeceó y volvió a echar un vistazo a su alrededor. Efectivamente, nadie le estaba prestando la más mínima atención y eso le agradó. Se comió un nuevo muslito y se llevó la mano al vientre cuando Molly le dio otra patada.
-No se está quieta. ¿Verdad?
-Creo que está un poco cansada –Audrey suspiró- Y yo también.
-Deberías decirle a Percy que te lleve a casa.
-¿Y privarle de toda la diversión? No creo. Además, sentada estoy mucho mejor.
Arthur cabeceó. En ese momento, un brujo que lucía una llamativa túnica color turquesa se acercó para saludarle y Arthur tuvo que irse con él a charlar con unas personas. A Audrey le hubiera gustado que le hiciera compañía un rato más, pero se consoló acercándose a una mesa repleta de tartas y dulces. Sabía que no sería conveniente abusar de los alimentos azucarados, pero no pudo contenerse y terminó medio extasiada ante el más que familiar sabor del chocolate. ¡Dios! Quizá la fiesta del Ministerio fuera un aburrimiento total, pero la comida estaba deliciosa.
Tanto que su recuerdo perduró en la mente de Audrey durante un par de semanas. Percy le contaba que esa fiesta le había servido para estrechar lazos con unos cuantos compañeros del trabajo y ella únicamente se acordaba de la comida. ¡Oh, seguía teniendo tanta hambre todo el rato! La situación empezaba a preocuparla un poco e incluso se lo había comentado a su ginecólogo. El hombre le había hecho un montón de pruebas, le había asegurado que tanto su bebé como ella gozaban de un excelente estado de salud y le había aconsejado que procurara controlar la ansiedad haciendo alguna clase de actividad que mantuviera su mente alejada de la comida. Así pues, Audrey había decidido apuntarse a clases de yoga por las tardes y debía reconocer que le estaban ayudando a relajarse. Incluso llegó a pensar que su pequeño problema había desaparecido por completo hasta que tuvo el antojo.
No había tenido ni uno solo durante aquellos meses. Las mujeres solían decir que durante los embarazos les apetecía comer cosas raras, pero a Audrey no le había pasado hasta que una noche se despertó a las tres de la madrugada. Fuera estaba lloviendo y hacía un viento terrible. Le dio muchísima pereza tener que levantarse, pero al final fue al frigorífico, se sirvió un vaso de leche y se dio cuenta de que le apetecía comerse uno de esos muslitos crujientes del Ministerio de Magia. Y cubiertos de chocolate, a poder ser. Pero. ¿Cómo conseguirlo?
Volvió a la cama, se sentó al lado de Percy y lo miró mientras se mordía el labio inferior. Molly le dio una patada como si quisiera decirle que sólo él podía ayudarlas con aquel asunto y, aunque Audrey quería dejarlo descansar tranquilo, no pudo contenerse y le agitó el hombro.
-Percy, despierta.
Tuvo que insistir un poco, pero al cabo de unos segundos el brujo abría los ojos y la miraba entre confundido y alarmado.
-¿Audrey? –Entonces dio un bote en la cama- ¿Te pasa algo?
-Tengo hambre.
Él alzó una ceja. No le extrañaba nada.
-¿Quieres que te traiga algo? –Dijo él, sonando amable aunque en realidad estaba enfadado por haber sido molestado a esas horas. Por suerte, el día siguiente no tendría que trabajar.
-En realidad sí.
Percy pensó que su mujer, embarazada y todo, ya era mayorcita para ir al frigorífico ella solita, pero se mordió la lengua porque la pobre parecía apenada.
-Vale. ¿Qué te apetece?
El brujo ya se había calzado su zapatillas de casa y había echado mano de un horrible batín que insistía en ponerse, pero Audrey le cogió el brazo con suavidad, casi disculpándose por lo que iba a pedirle.
-Lo que quiero no está en la cocina.
-¿No? ¿Dónde…?
Percy había oído hablar de esas cosas. Bill le había contado en una ocasión que cuando Fleur estaba embarazada le hizo recorrerse media Inglaterra en busca de caracoles guisados y Percy temió que fuera a pasarle a él algo parecido. Y en plena madrugada, además.
-¿Te acuerdas de la fiesta del Ministerio? –Percy asintió- Esos muslitos pequeñitos y crujientes…
-¿Quieres que te traiga…?
-Me apetecen un montón, Percy. Con chocolate fundido por encima.
Percy suspiró pacientemente. Lo único que quería hacer era volver a la cama e ignorar las extrañas peticiones de su mujer, pero cuando la miró a los ojos, viendo su expresión suplicante, supo que no podría negarse.
-¿No puedes conformarte con algo más… normal?
-Por favor, cariño. No me gustaría que Molly tuviera cara de… Bueno, de lo que fuera aquello.
-Pero Audrey. ¿Dónde se supone que voy a conseguir?
Algo feroz brilló en los ojos de la pequeña e inofensiva Audrey Weasley. Seguramente las hormonas.
-No me importa lo que tengas que hacer. Pero quiero mis muslitos con chocolate. Ahora.
Percy la miró entre estupefacto y horrorizado y al cabo de unos minutos se desaparecía de la habitación totalmente vestido y con humor de perros más o menos disimulado. Audrey, satisfecha por el resultado de aquella conversación, se recostó en la cama, se acarició la barriga y le aseguró que pronto podría comer lo que le apeteciera.
Aunque en realidad no fue demasiado pronto porque Percy tuvo que vivir todo un periplo para poder hacerse con aquel extraño capricho de su mujer. Había visitado La Madriguera, dando a sus padres un susto de muerte, había descubierto qué era exactamente lo que quería comerse Audrey y había pasado un par de horas dando vueltas por el puerto marítimo mágico hasta que abrieron la lonja poco antes del amanecer. Había hecho sus compras y después le había escrito una carta al cocinero del Ministerio pidiéndole la receta para elaborar los muslitos. Por fortuna, su madre había accedido a cocinar en su lugar, haciendo incluso un delicioso chocolate de lo más amargo, y Percy había llegado a casa a las diez de la mañana, muerto de sueño y oliendo a pescado, para encontrarse con que Audrey estaba durmiendo. Percy pensó que lo menos que podía hacer era esperarle despierta, pero se dijo que tenía que tener paciencia. Audrey estaba embarazada y no hacía aquello aposta. No quería fastidiarle. Y la verdad era que estaba preciosa, durmiendo como si no fuera capaz de hacer las peticiones más raras del mundo.
-Audrey. Despierta ahora mismo.
-Percy. Has vuelto –Ella se estiró y se sentó en la cama, un poco adormilada aún.
-Sí. Y te he traído lo que querías.
-¿En serio?
Percy le tendió el plato que su madre había preparado con tanto esmero y la chica no dijo ni una palabra mientras se lo comía todo prácticamente sin masticar. Realmente él no había pensado que un antojo fuera para tanto. Siempre había pensado que eran excusas que ponían las mujeres para fastidiar a los maridos, pero después de verla comer como si la vida se le fuera en ello, supo que Audrey no había podido hacer nada para contener aquel deseo casi animal. Lo que un pobre hombre podía llegar a ver.
-¡Oh, Percy! Muchísimas gracias. Sé que tendría que haberte dejado dormir, pero no podía… Me apetecía muchísimo. ¡Está tan bueno!
-Ya. Pues espero que la próxima vez te dé por comer cosas raras a una hora más normal.
-Lo siento mucho. No quería…
-Da igual –Percy la acalló con un beso y la hizo recostarse en la cama- Estoy seguro de que puedes compensarme.
-¿En serio? –Audrey se agitó de una forma que era casi sensual a pesar de su vientre prominente y Percy soltó una risita- ¿Cómo?
-Se me ocurren muchas maneras, aunque creo que de momento empezaremos con algo sencillito.
-Guay.
Percy la besó y comenzó a quitarle la ropa, pero antes de seguir con lo que tenía entre manos se incorporó un poco para poder mirar a Audrey a los ojos.
-Antes de que se me olvide, la próxima vez que te vengas al Ministerio conmigo dedicarás más tiempo a las relaciones sociales y menos a zamparte los platos. ¿Entendido?
-¡Qué exagerado eres, querido!
Percy puso los ojos en blanco y volvió a sus asuntos. Audrey y el Ministerio de Magia eran las dos cosas que más le gustaban en el mundo, aunque debía reconocer que mezclarlas no siempre le traía buenas consecuencias. Insomnio y preguntas burlonas de su madre. Nada más que eso.
