Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.
Capítulo 25
Edward arrojó el documento sobre la ancha mesa cubierta de cicatrices.
—James. Ahí tenéis el mensaje que os envía el rey.
James paseó la mirada por el sombrío salón de Turroch, una estancia más larga y más espaciosa que la de Kinlochan. En los minutos que llevaban allí él y sus compañeros, Edward ya se había fijado en el aspecto sucio y descuidado de aquel lugar, la paja mugrienta, los cuencos de comida todavía sobre las mesas, varios perros dormitando y uno o dos gatos persiguiendo ratones por los rincones oscuros.
Decididamente, aquel lugar carecía de la presencia y la influencia femeninas. Edward se dijo a sí mismo que antes preferiría condenarse que permitir que James tomase a Isabella y la llevase a vivir en un lugar como aquél. Sin embargo, sabía que sus propios actos eran lo único que impedía que James se casara con Isabella.
Con el ceño fruncido, observó a las demás personas que miraban a James. Jasper se encontraba a escasos metros de su hermano. Jacob, Robert y Quil estaban agrupados detrás de él. Fuera, en el patio, sabía que había cincuenta caballeros esperando junto a las puertas, con armas y armaduras, cuyas órdenes eran de atacar si sucedía algo indeseable.
Había varios hombres de James sentados o de pie al otro lado del hogar de piedras, una guardia exigua y multicolor, silenciosa y de aspecto arisco, con tartanes y botas de pieles. Sus armas, por sugerencia de Edward, habían sido depositadas de mala gana sobre una mesa.
Albergaba la esperanza de poder confiar en la hospitalidad de las Highlands, aquella estricta tradición que dictaba que no se podía sufrir daño alguno ni siquiera de un enemigo dentro de los muros de éste. Jasper los había tranquilizado al respecto nada más llegar, aunque Edward y los demás deseaban entregar el mensaje, discutir lo que fuera necesario y partir otra vez. Dudaba que James fuera tan necio como para atacar a los hombres del rey cuando éstos entregasen un mensaje de la Corona dentro del propio salón de su casa.
Se hizo un tenso silencio. James cogió el documento, rompió el sello, miró lo que contenía y lo arrojó de nuevo sobre la mesa.
—Pasé los días de mi infancia en compañía de las armas, no de los libros. Leedlo.
Edward leyó el breve mensaje en voz alta y después lo plegó.
—El rey ordena al clan Laren y al clan Nechtan que depongan las armas y la ira —resumió—. Deben cesar vuestras agresiones contra esa gente o seréis expulsados de vuestras tierras y sometidos al fuego y la espada. Además, debo informar a la Corona de cualquier sospecha de alguna relación existente entre los señores celtas de las cercanías y los rebeldes celtas.
— ¿Y qué hay del clan Laren? —Preguntó James—. Ellos son parientes de uno de los rebeldes, mientras que nosotros no. Supongo que sospecharéis de ellos y los arrojaréis de sus tierras.
—El clan Laren ha cooperado con los deseos del rey —respondió Edward—. En cuanto al resto, el rey aguarda mi mensaje y mi informe. Una de las cuestiones que necesitan una respuesta clara es qué jefes celtas de esta región son leales a la Corona y cuáles no. El clan Laren ya ha dejado clara su lealtad; demostrad la vuestra y os beneficiaréis de ello.
—Podemos demostrarla —intervino Jasper—. Nunca hemos apoyado la rebelión, aunque conocemos a hombres que sí la apoyan.
—Cierto —dijo James—. De hecho, los conocemos tan bien que yo puedo daros el nombre del corazón mismo de la rebelión, si lo queréis.
Edward entornó los ojos.
— ¿Qué queréis decir?
—Emmett Mór MacWilliam—dijo James— Sé dónde está.
—Está muerto —rugió Quil.
—No precisamente. —James sonrió con lentitud—. Yo mismo lo he visto y he hablado con él hace poco.
— ¿Lo habéis visto? —Exigió Edward—. ¿Dónde?
—Ha estado aquí, en Turroch, varias veces durante las últimas semanas. Le ofrecí un jergón para dormir junto al fuego. Vino de Irlanda buscando apoyos a la causa de su clan contra el rey.
Edward dirigió una rápida mirada a Jacob, el cual contemplaba a James con mirada pétrea en un semblante por lo demás impasible.
— ¿Cuándo ha sido la última vez que ha estado aquí? —preguntó Edward a James.
—Hace dos días —contestó Jasper—. Vos mismo lo habéis visto. Luchó con aquellos lobos para salvar a Eoghan y a Alice.
Edward se volvió hacia Jacob.
—Tú lo sabías —siseó en voz baja—. Y Isabella también.
Jacob desvió el rostro, pero Edward entendió la muda afirmación. Se dio cuenta de que Isabella le había ocultado la verdad deliberadamente para proteger a Emmett. Rosalie también lo sabía, y Jacob. Se preguntó cuántos de ellos lo sabrían y habían guardado silencio.
Se sintió traicionado, como si le hubieran clavado un cuchillo en el corazón.
Claro, pensó; Isabella había dicho que había unas ruinas allí, y él la había visto remando en un bote en el lago. Lo invadieron la cólera y la consternación. No habían confiado en él, lo habían mantenido al margen de sus secretos... y con razón, admitió para sí. Ellos respetaban y amaban a Emmett, y él había sido enviado a buscarlo e incluso matarlo. No pudo evitar pensar qué más le habrían ocultado. Si el clan Laren apoyaba la rebelión celta contra el rey, debía informar de ello, incluso arrestar a su jefe, por absurda que pareciese la idea.
James sonrió.
—Emmett salvó a Eoghan, así que yo le proporcioné refugio aquí. Fue a Kinlochan a ver a su mujer, ¿sabíais eso? Insinuó que iban a encontrarse allí en secreto.
Edward sintió que la confianza y la esperanza lo abandonaban como si fueran un andamio que se desmoronase, arrastrando consigo el apuntalamiento de la amistad de aquella gente y la sensación de familia que había experimentado con los parientes de Isabella. Miró a Jacob de nuevo y frunció el ceño.
Jacob sacudió la cabeza en un gesto negativo.
—Sólo lo sabíamos nosotros dos —murmuró—. Era sólo para ayudar a Emmett, y por ninguna otra razón, te juro que Isabella es leal. Todos nosotros somos leales a la Corona.
Edward apartó la mirada queriendo creerlo, pero inseguro.
Los ojos oscuros de James brillaban.
—Ya veo que no lo sabíais. Bueno, pues ahora ya lo sabéis. Yo puedo entregaros a Emmett, tal como requiere el rey.
— ¿Qué garantía tengo de que vos no sois también un traidor? —quiso saber Edward.
—No soy tan necio como para seguir a Guthred MacWilliam. Él afirma tener derecho al trono, pero no es más que un jovenzuelo vehemente. No es merecedor de la antigua sangre que corre por sus venas. Emmett lo sigue como un perro a su dueño, sin importarle que ese dueño no valga nada.
—Emmett Mór no sigue a nadie —terció Quil—. Si está vivo, y en las Highlands, actúa en su propio nombre y no en el de un cachorro.
—Las heroicas hazañas de vuestro amigo os han vuelto ciegos a las traiciones que ha cometido —dijo James bruscamente, y se volvió hacia Edward—. Emmett cree que cuenta con mi apoyo y con la fuerza de mi clan para los MacWilliam. Pero, por supuesto —dijo lentamente—, yo jamás cometería traición.
Jacob soltó una carcajada, amarga y escéptica.
— ¿Dónde está Emmett ahora? —preguntó Edward.
—No lo sé. Pero vendrá aquí dentro de un día o dos, y entonces, si lo deseáis, podréis atraparlo.
Edward se puso tenso. A su espalda, sus compañeros eran como arcos en tensión, incluso Robert, que entendía poco de aquella conversación en gaélico y dependía de lo que le iba susurrando Jacob.
—Hablemos a solas —dijo Edward al tiempo que indicaba por señas a los otros que se replegaran hacia la puerta. Ellos le dirigieron miradas graves y retrocedieron sólo un paso. Se acercó a James procurando no inhalar su olor a suciedad y a animal.
— ¿Qué precio va a tener esto? —le preguntó, aunque ya sabía la respuesta que iba a obtener.
—Vos queréis a Emmett MacWilliam. Yo quiero a Isabella de Kinlochan. Prometedme que Isabella será mi esposa, tal como lo aceptó su padre. Ganad para mí la palabra del rey, sé que podéis conseguirla, de que Kinlochan será mío.
— ¿Y después?
—Después yo os daré a Emmett MacWilliam, y al hacerlo daré al rey la rebelión entera. Emmett es la clave; es el hombre de mayor confianza de Guthred. Emmett conoce todos sus planes.
Edward tenía la mirada, dura y fija, clavada en James.
—Haced esto, Edward le Bret, y seréis el caballero normando más poderoso de toda Escocia. El rey os recompensará, y también a mí. —Sonrió mostrando sus dientes grises y rotos, vistos desde cerca—. Pensad en lo que os dará el rey a cambio de esto. Kinlochan no es nada comparado con lo que os entregará. Uno de los condados celtas, tal vez. Lo que vos queráis.
Edward lo miraba sin pestañear. Al igual que el proverbial demonio que se agazapaba a los pies de la cama de un moribundo, James había encontrado el pulso de su ambición, el núcleo central de lo que él deseaba, y extendía ante él la tentación del mismo diablo.
—La hermana del rey es la duquesa de Bretaña, según tengo entendido —prosiguió James—. El rey Guillermo no tiene más que decirle una palabra, y vos recibiréis honores en Bretaña por haber salvado su tierra natal. Tierras, una esposa... una duquesa, quizás una princesa. Con el rey de Escocia y la duquesa de Bretaña como deudores vuestros, tendréis todo lo que podáis desear.
Edward entrecerró los ojos. Esperaba que la ambición se lo tragase y ahogase su raciocinio; aguardó que la imparable corriente de deseo material que lo había empujado durante años lo arrastrase ahora. Pero no sintió nada. No deseaba las prometidas recompensas que James le ponía delante de las narices.
Deseaba a Isabella. Deseaba formar parte de su clan. Sin embargo, tenía la sensación de que ella lo había excluido y traicionado al proteger a Emmett.
Cerró la mano en puño a un costado y miró de nuevo a James.
— ¿Y todo eso cuando traicionéis a Emmett MacWilliam para entregármelo?
—Todo eso —afirmó James.
—Y entonces, ¿qué queréis para vos mismo? Supongo que desearéis algo más que Kinlochan y una esposa.
—Tendré toda la recompensa que necesito —replicó James—. El favor de mi rey, las tierras que mi clan ha reclamado y por las que lleva luchando varias generaciones. Nuestros enemigos en la palma de nuestra mano. —Sonrió—. La esposa que mi padre y mi abuelo querían para mí.
—Todo lo que podríais desear —dijo Edward con sorna.
—Así es. Es una decisión sencilla. ¿Qué vais a hacer?
Edward miró a sus amigos. Estaban callados como piedras, como lobos. Él formaba parte de su solidaridad, con independencia de lo que le hubieran ocultado. Jamás podría tomar parte en el innoble complot que le sugería James. No existía ninguna recompensa, ninguna ambición que mereciera la pena de traicionar a un hombre ni de perder el respeto de las personas a las que amaba tan profundamente.
Por ninguna ambición merecía la pena perder a Isabella.
Si no hacía nada por detener a James, éste traicionaría a Emmett MacWilliam y se ganaría con eso el favor del rey. Si regresaba a Bretaña, con el tiempo James conseguiría no sólo Kinlochan, sino también la mano de Isabella en matrimonio.
—Todo lo que podríais desear, estoy seguro —repitió James.
Sabía lo que quería, lo sabía con tal nitidez que aspiró aire profundamente.
— ¿Qué será, por fin? —Preguntó James—. ¿Queréis reuniros conmigo aquí mismo dentro de unos días para llevaros a Emmett MacWilliam, o preferís que yo lo lleve hasta las puertas de Kinlochan para que lo vea su gente? Seguro que querrán verlo antes de que se lo lleven a las mazmorras del rey y sea colgado por los talones y descuartizado, como hacen con los traidores. ¿Qué preferís?
—Decídselo vos mismo al rey —dijo Edward abruptamente—. No me interesa la traición.
Mientras James lo miraba boquiabierto, él giró en redondo. Jacob, Robert y Quil se volvieron serios y precisos y salieron de la estancia detrás de él.
—Preparaos, amigos —dijo Edward mientras atravesaba el patio bajo la intensa nevada—. No tardará mucho en estallar una tormenta. Y tenemos un renegado que rescatar. —Oyó que Jacob reía aliviado, mostrando su acuerdo.
Lo único que deseaba en el instante de montar a lomos de su corcel árabe y cruzar las puertas era llegar a casa y a Isabella antes de que cualquiera de las dos tormentas, la que se arremolinaba en el cielo o la que bullía entre los hombres, estallara sin remedio.
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Cabalgaron en dirección este atravesando anchas praderas salpicadas de rocas y colinas bajas cubiertas por un manto de nieve. Los copos caían oblicuos de un cielo sombrío, y el viento racheado mordía la carne. Edward cayó en la cuenta de que sentía una intranquilidad que nada tenía que ver con lo amenazador del tiempo.
—En las Highlands, las tormentas de nieve se vuelven peligrosas con gran rapidez —dijo Jacob—. ¿Ves allá, a lo lejos, esa extraña nube? Es una ventisca en las montañas, que se dirige hacia aquí. Hemos de darnos prisa en volver a Kinlochan, porque no podremos regresar a guarecernos en Turroch si nos vemos atrapados en ella. Nada importara la regla de la hospitalidad de las Highlands, no querrán darnos refugio —añadió con gesto grave.
Edward observó el cielo plomizo y miró al oeste, donde una gran forma oscura ocultaba las cimas de las montañas.
—No me preocupa tanto el tiempo como la fiabilidad de los MacNechtan.
—Estoy de acuerdo —dijo Robert— Pero nosotros vamos armados y montando caballos de guerra. Somos buenos luchadores. Ellos son burdos salvajes.
—Quil y yo —le recordó Jacob en tono irónico— también somos salvajes.
—Civilizados gracias a unos buenos amigos —replico Robert. Jacob rió ligeramente y Quil sonrió.
—Con este tiempo, James se quedará junto al calor del luego. Nadie va a salir en este momento —espetó Hugo, que cabalgaba tras ellos.
Quil soltó una áspera carcajada.
—No te fíes de lo que veas aquí, esas colinas no están vacías. Ni siquiera el mal tiempo logra disuadir a un montañés al que impulsa un propósito o un agravio. Aunque una fuerte nevada podría desalentar a un hombre más inteligente que James MacNechtan.
Edward sintió un picor en la nuca.
—Iremos por aquí a Kinlochan, lo más rápido posible —dijo, espoleando a su caballo.
—Hay un camino más rápido —dijo Jacob—. A la izquierda. Un paso entre esas colinas, que nos llevará directos hasta allí.
—Debemos tomar la ruta más larga —dijo Edward—. Así podremos tener una vista amplia del terreno durante lo que queda de camino.
— ¿Por qué? Ahí fuera no hay nadie —tercio Robert.
—Edward Bán tiene razón —dijo Quil a Jacob—. Deberíamos tomar la ruta más larga.
—Los caballos se cansan más deprisa cargando con hombres con armadura por esas colinas y con este frío —dijo Jacob—. Tus caballos no son tan ágiles en las pendientes como los de las Highlands, y la nieve de las colinas puede ser traicionera.
Edward lanzó un suspiro. Se daba cuenta de que no tenía mucho donde elegir.
—Seguiremos la senda entre las colinas. Manteneos alerta a cualquier peligro.
Sentía que se acercaba, lo notaba en cada fibra del cuerpo. Escudriñó entre la nevada que arreciaba, y su lógica le decía que James estaba detrás de ellos en Turroch, sentado junto al agradable fuego y maldiciéndolos, haciendo planes para más tarde. Pero sus tripas le decían otra cosa.
Las colinas eran escarpadas, cubiertas de blanco, frías y vacías. Cabalgó atento al crujido del cuero, el tintineo del acero, el suave golpeteo de los cascos de los caballos contra las piedras y el suelo.
Jacob condujo su montura al frente del grupo para ir abriendo camino y establecer el ritmo de la marcha. Los caballos se dispusieron en parejas a lo largo de la angosta senda, que serpenteaba entre las laderas cortadas a pico de dos altas colinas rocosas.
La crin del corcel árabe estaba llena de copos estrellados. El viento soplaba suavemente, como una melodía fantasmal del otro mundo. Edward oyó a lo lejos el graznido de un cuervo. Las laderas eran tan empinadas que apenas se veían las cimas a través de la nieve y de la niebla que se estaba formando.
El cuervo graznó otra vez. Edward sintió el intenso picor, y se volvió para decir algo a Quil.
En aquel momento, un chillido prolongado y fantasmagórico surgió de las entrañas de la colina. Edward frenó su sobresaltado corcel y miró una ladera, luego la otra, pero no vio nada más que roca. El sonido se repitió, breve y horripilante, levantando eco.
Desenvainó la espada, la hoja normanda para usar con una mano, que se adaptó a su palma como si fuera una prolongación de su propia fuerza. La pesada espada escocesa quedó en su sitio colgada de la silla de montar. Delante de él, Jacob se dio la vuelta y sacó su propia espada, que llevaba sujeta a la espalda. Detrás de él, Edward oyó cómo se desenvainaban otras hojas y cómo se preparaban las ballestas.
Entonces se oyó un rugido y un golpe, y una gran roca se movió y comenzó a caer violentamente por la ladera de la derecha. Edward hizo retroceder a su montura, cuyo flanco golpeó al percherón que tenía detrás. A su alrededor, los hombres gritaron tratando de hacer girar a sus caballos. La roca se estrelló contra la tierra a escasos metros delante del caballo de Edward, haciendo que éste retrocediera y se retorciera. Mientras su jinete aguantaba e intentaba desesperadamente controlarlo, otra enorme roca vino rebotando colina abajo por la otra ladera y fue a estrellarse cerrando el paso por la salida posterior de la garganta.
Entonces ambas laderas se llenaron de hombres que empezaron a surgir de detrás de los riscos. Los chillidos y aullidos hicieron vibrar el aire. Colina abajo volaron piedras y rocas pequeñas que chocaron contra algunos de los caballeros. Éstos sacaron sus largos escudos y se protegieron debajo de ellos, sin desmontar, colocándolos de forma que protegieran las cabezas de los caballos además de las suyas.
Los caballeros devolvieron una intensa lluvia de flechas disparadas con las ballestas. Edward extrajo su ballesta ya cargada de un costado de la silla y la apuntó hacia una de las laderas. No veía con claridad a través de la manta de nieve y proyectiles, y la cicatriz de su ojo izquierdo le obstaculizaba la visión.
Jacob hizo girar a su montura y se abrió paso entre una maraña de caballos y hombres que habían caído o desmontado. A su lado y por detrás de él, los caballeros sacaban sus armas, blandían sus escudos y obligaban a los caballos a formar un círculo para crear un flanco de protección, pero algunos de sus camaradas ya habían caído.
Los montañeses inundaron las laderas corriendo hacia ellos, una horda de hombres sucios, con las piernas desnudas, las cabezas descubiertas y provistos de tartanes, que lanzaban inquietantes chillidos, con las caras distorsionadas y el pelo flotando al viento en trenzas engrasadas. Algunos llevaban dagas, otros empuñaban enormes espadas, otros blandían lanzas, hondas o piedras. Les brillaban los ojos sin rastro alguno de miedo. Edward sintió que un intenso escalofrío le recorría la espalda al verlos. En la parte superior de una colina vio a James y Jasper MacNechtan, y comprendió que de algún modo ellos habían organizado la emboscada, probablemente mucho antes de que los normandos partiesen de Turroch.
Él y sus hombres estaban encerrados en el estrecho paso, sin poder avanzar, retroceder ni subir por las laderas. Impedidos por las pesadas armaduras y por las armas que transportaban, y también por los caballos de guerra poco acostumbrados a aquel terreno, no sólo estaban atrapados, sino que también se encontraban en pasmosa desventaja.
Levantó el escudo para protegerse de las piedras que caían y de las flechas y lanzas que pasaban silbando junto a él. Atacó con su espada y derribó a un hombre. Una flecha lo alcanzó en el muslo, rompió la cota y rebotó. Le dolían los brazos y la espalda por la fuerza de los golpes que soportaba y los que propinaba.
A su alrededor, acertó a ver a sus compañeros y sus amigos luchando con sus atacantes. Vio que algunos de ellos caían de sus cabalgaduras. Los montañeses se deslizaban entre los caballos nerviosos abatiendo algunos de ellos, animales valerosos y de buena sangre, con cuchilladas rápidas y crueles, mientras que sus jinetes caían derribados por las grandes espadas.
Edward se agachó bajo su escudo y pasó una pierna por encima de la silla para desmontar y poner pie a tierra. Lanzó un mandoble describiendo un amplio arco con su espada para defenderse de un montañés que se aproximaba. Luchó por conservar el equilibrio, por proteger su retaguardia y por controlar la espalda de todo caballero que estuviera más cerca de él. Oía gritar a sus hombres entre la intensa cacofonía que invadía el espacio. La sangre se le fue enfriando en las venas, y continuó luchando sin tregua.
Lanzó una mirada rápida como un relámpago por el paso y por las colinas y vio los cuerpos de los caídos cubiertos por la nieve, que les prestaba una extraña y prístina belleza. El viento amortiguaba los gritos de terror, agonía y furia.
Sintió explotar en su interior un angustiado grito de rabia y notó que su voluntad se inflamaba igual que una llamarada. Profirió un chillido salvaje, un bramido que le nació de las entrañas, para invocar el poder y el orgullo que le eran innatos y extraer fuerza y rabia de lo más hondo de sí. Blandió la espada y atacó, giró, cortó y lanzó estocadas, abriéndose camino desde un rincón, sin fijarse si mataba, hería o simplemente hacía retroceder a los salvajes que se mezclaban con los caballeros y los asfixiaban; lo único que sabía era que estaba atrapado, que tenía que liberarse, que debía defender a sus camaradas. Se volvió otra vez lanzando mandobles, atacando sin cesar. En ese instante vio que un montañés arrancaba a Hugo de su montura, y entonces saltó hacia un lado y se enfrentó con su espada al hombre para desviar la lanza de éste.
Robert surgió de otra dirección y se plantó encima de Hugo, que había caído en tierra, y golpeó al montañés con su espada y lo tiro al suelo. Edward miró angustiado a Hugo y vio que se revolvía, se incorporaba sobre sus rodillas pero volvía a caer. Robert hincó una rodilla en el suelo para tirar de él.
Edward giró sobre sí mismo al oír otro aullido salvaje y terrorífico. Entonces vio otro montañés que cargaba contra él, lanza en ristre y el rostro desencajado. Sostuvo la espada en alto y la sopesó, listo para atacar al tiempo que el hombre se abalanzaba sobre él.
Cada movimiento, cada pensamiento eran de una terrible claridad. Edward se sentía envuelto por la niebla, pero su mente permanecía cristalina. Veía lo que debía hacer a cada momento para asegurar la supervivencia para sí y para todo camarada que tuviese cerca, en la dirección en que se volviera. Cada instante de la lucha le hacía ver que no iba a ser posible obtener una victoria; pero él no había sido vencido nunca, y no permitía que aquella idea penetrase en su mente.
Atacar, girar, lanzar; aquella secuencia tomó forma en su mente como una letanía, hasta que las palabras y los golpes fueron una misma cosa. Lo impulsaba la pura cólera.
Se volvió de nuevo, y vio que Jacob salía despedido hacia atrás, herido por una roca, y caía del caballo. Luchó por ponerse en pie, tambaleándose y con el rostro ensangrentado, y levantó su ancha espada por encima de la cabeza para derribar a un hombre que en ese momento se lanzaba contra él. Edward se volvió al ver que otro montañés avanzaba hacia él chillando. No pudo volverse a mirar si Jacob había sobrevivido al envite.
Por todas partes había hombres que se retorcían, gritaban y caían entre los gráciles velos de nieve. Edward luchó con fiereza, consciente sólo del instante, siguiendo su instinto y abandonando todo pensamiento más lento.
La nevada se intensificaba y el viento se estaba volviendo más fuerte, y la tormenta se convirtió en un enemigo punzante y furioso, un nuevo enemigo implacable para todos, atacantes y atacados. Edward giró en redondo, gritando, luchando, buscando constantemente una vía de escape que pudiera llevarlos a todos a la seguridad, pero no se veía ninguna.
En ese momento se lanzaron hacia él dos montañeses, y se volvió para defenderse de los dos. Por detrás surgió un tercero, y un cuarto. Sintió el fuerte golpe de una hoja en su costado. Despacio, con sorpresa y extrañeza, se miró y vio el desgarro de la sobreveste, los bordes destrozados de la cota, la mancha roja que formaba su propia sangre sobre la punta de acero que se retiraba en aquel momento, pero no experimentó dolor alguno.
Se defendió golpeando y derribó al hombre, y luego se volvió. Un quinto montañés apareció a su costado blandiendo una espada escocesa, como muchos de los gaélicos. Al volverse para golpearlo, se dio cuenta de que aquel montañés en particular estaba luchando contra los hombres que lo rodeaban a él.
El hombre abatió a un MacNechtan, después a otro, con poderosos golpes de espada, mientras Edward se enfrentaba a los otros, que se desplomaron heridos.
Con la respiración agitada, Edward se detuvo, se volvió y se encontró con unos ojos de un intenso azul y unas cejas oscuras y arqueadas, y entonces reconoció al hombre que en cierta ocasión había luchado con un lobo.
Emmett hizo un breve gesto con la cabeza a Edward y se volvió con la espada en alto de nuevo para ayudar a Jacob, que se había levantado y estaba luchando contra dos de los MacNechtan.
Aturdido y profundamente agradecido, Edward alzó su escudo y su espada y continuó peleando en medio de la intensa nevada, cuyos blancos remolinos lo engullían todo.
Ach Dhia. Para morirse ¿No creen? Que suerte que actualizaré otros cuatro capítulos contando a los dos extra, porque creo que es probable que les daría algo si tuvieran que esperar una semana por el siguiente.
Además, creo que todos esperaban que James traicionara a los normandos y los del clan Laren de alguna manera, porque, bueno, es James.
Un beso y un abrazo,
Dani.
