Capitulo XXIII
"Venganza"

-Tus pecados así serán pagados-

Misawa reía con sonoras carcajadas que resonaban en todo el salón a pesar de la música y las conversaciones de todos los nobles presentes. El general levantaba su gran copa llena de vino sobre su cabeza y tras brindar por la victoria sobre el País Verde, bebió de un trago todo el vino. A su lado estaban el consejero Hiyama y su hija Yuki, mirando con cierta sorpresa al líder militar; al parecer, ya había bebido varias copas durante la noche aunque la fiesta no tenia mas de dos horas de iniciada.

Al otro lado de Misawa, sentada con una expresión de satisfacción, estaba la reina Rin, que comía tranquilamente de su corte de carne y no se molestaba por tocar el vino. Como era costumbre, el joven sirviente Len estaba parado a su derecha, admirando todos los lujos que su hermana de sangre había conseguido para la fiesta que el general había pedido. Al fondo del gran salón se encontraban diversos artistas, entre malabaristas y tragafuegos que asombraban a los presentes con sus proezas; en el centro estaban los bailarines contratados para entretener a los presentes, que se movían al ritmo marcado por los músicos que con violas, violines, flautas y trompetas amenizaban la velada desde un extremo del salón. Pocas eran las parejas de nobles que se atrevían a bailar en torno a las mesas; en su mayoría eran los más jóvenes quienes se animaron, hasta la reina Rin se había animado a bailar una pieza con su sirviente Len para intentar animar a las parejas mas adultas sin ningún resultado, preferían charlar y comer a levantarse de sus asientos.

-¡Amigos! ¡Nobles del glorioso Reino Amarillo!- vociferaba Misawa con su copa en el aire. Su voz indicaba que ya estaba alcoholizado, a igual que un sonrojo en sus mejillas y nariz –Gracias por acompañarnos en esta noche especial, donde celebramos una vez mas, la majestuosidad y poderío de nuestro reino. Como saben, la primera batalla con el Reino Verde fue un éxito, nos dio la primera de muchas victorias, que significan una nueva época para nosotros. ¡Con su conquista, pronto la riqueza y fortuna nos abrigaran en su dorado manto!- terminó de hablar para brindar y beber todo el vino de su copa de un solo trago.

-Misawa siempre tan elocuente en sus discursos de conquista.- dijo un noble de cabello rojizo a los hombres que le acompañaban. –Siendo sincero, y aunque lo respeto mucho, su discurso es la peor parte de la fiesta.

-¿Su discurso?- respondió mordaz uno de los hombres. –Pero si el hombre toma la palabra como cinco veces durante la noche. Demos gracias que esta muy ebrio como para hablar y disfrutemos de toda esta comida. ¡El pan de esta ocasión es increíble!

-Hasta que se consiguieron un buen panadero.- tomó la palabra otro hombre, el más joven de la mesa y de cabello verde. –Buena comida, buen ambiente, Misawa ebrio y mujeres lindas. ¡Que buena fiesta!

-Buena fiesta, tal vez. Pero eso no quita que la mitad de los presentes estuviésemos a punto de no asistir.- comentó un chico rubio. –Esas repentinas tormentas casi echan abajo el puente y el lodo no dejaba andar a las carretas. Todos en mi casa estaban espantados, mis sirvientes decían que era un mal augurio.

-¡Oh por favor Rinto! No vas a creer en esas primitivas supersticiones, ¿verdad?- replicó el peliverde. –Mis sirvientes me dijeron lo mismo y yo no les creí.

-Yo no creo que eso sea mal augurio, eso solo pasa en el teatro y los cuentos de ancianas locas- bromeó el otro noble que luego hecho a reír con sus compañeros, excepto Rinto.

-Tal vez… pero aun así me siento incomodo- confesó el rubio. –Algo no me gusta en esta ocasión.

-No seas amargado y disfrutas, ya después será tiempo de preocupaciones.- le aconsejó el peliverde extendiéndole un trozo de pan.

Pero ellos no eran los únicos incomodos; aunque no lo expresaran, la mayoría de los presentes, incluyendo sirvientes y soldados tenían un mal presentimiento y hablan de ello por lo bajo. Nadie tenía ánimos de arruinar la fiesta, menos de llamar a la desgracia, escudándose con el pretexto de una superstición, preferían olvidarla con comida y licor.

La fiesta transcurría con suma normalidad, el espectáculo de los tragafuegos y equilibristas era sin duda el éxito de la noche, tan increíble era la actuación de ambos juntos, consistente en que los acróbatas y bailarines atravesaran dos llamaradas, que llamaba hasta la atención de Rin. La joven reina no les podía apartar la mirada, estaba tan asombrada por la agilidad de esas personas que no quería perderse ni un solo segundo de la presentación; en verdad la disfrutaba, exclamaba de sorpresa y aplaudía la pericia de los artistas que le servían de entretenimiento como si fuera una niña que visita el circo.

De pronto, el número principal dio inicio. Los malabaristas se acercaron a los tragafuegos y tomando en sus manos varios leños, los arrojaron a las llamas para que comenzaran a arder y así hacer malabares con las antorchas, primero, cada artista con tres leños ardientes, luego se juntaron en parejas para lanzárselos uno a otro sobre las cabezas de los bailarines, para terminar el acto colocándose cada malabarista frente a una mesa y arrojarse los leños en serie, a modo de dibujar un cuadro de fuego. El público había quedado mudo la mayoría del tiempo, reaccionando solo con algunos sonidos que demostraban su asombro y admiración por lo que veían sus ojos, pero al terminar con la presentación, con todos los leños apagándose de forma misteriosa en el aire, los nobles estallaron en una gran aclamación por el gran espectáculo brindado para ellos esa noche.

Cuando las aclamaciones cesaron y el revuelo de los presentes disminuyó, la reina Rin se levantó de su trono con copa en mano y la elevó sobre su cabeza para agradecer a todos los nobles por asistir, invitándoles a quedarse más tiempo para disfrutar de otro espectáculo, pero también se disculpó por tener que retirarse unos minutos a causa de un ligero dolor de cabeza que le quejaba desde hacia tiempo. Sin agregar más, se retiro de la mesa junto con Len, pero antes, Misawa la detuvo.

-¿Se encuentra bien mi reina?- logró decir a pesar de su alto estado de embriaguez. -¿Alguien le molestó?

-Todo va bien general, no se preocupe. Ya dije que es por un dolor de cabeza, pero nada grave.- repuso Rin alejándose. –Sigan disfrutando la fiesta, después de todo, es en su honor Misawa. Yo volveré luego.- dijo haciendo un ademan con la mano a unos soldados para que no le acompañaran. –Len, vamos.

Los dos jóvenes rubios subieron la larga escalinata que les conducía directo a la habitación de la reina, con forme avanzaban, la música y demás sonidos provenientes del salón principal fueron disminuyendo hasta desaparecer. El repentino silencio y la escaza iluminación de las antorchas que deformaba las sombras de los dos chicos y de los muebles, creaban una atmosfera un tanto terrorífica. Motivada por esto, Rin se aferró del brazo de su sirviente para caminar juntos, el ser reina y dueña del castillo no quitaba el hecho de aun sentir temor. Len seguía como si nada, ya era habitual que Rin le tomara del brazo o abrazara en situaciones así, pues la reina nunca había superado el miedo a la oscuridad; de hecho, para cruzar los túneles secretos siempre debía ser acompañada por Len o Luka, solo por ellos que le inspiraban valor y confianza, ningún otro sirviente o soldado le hacia sentir así, ni siquiera Misawa.

El pasillo estaba totalmente vacío, a excepción de dos guardias que vigilaban la puerta a la habitación real, quienes de inmediato se hicieron a un lado para dejarle entrar. Rin solo les lanzó una mirada intimidatoria, con lo que los dos soldados supieron que ella quería estar sola, por lo que de inmediato se fueron corriendo al otro lado del corredor. Ella misma abrió las puertas y entró a sus aposentos, caminando directo a su cama y dejándose caer como una niña que muere de sueño. Preocupado, Len se le acercó con paso veloz, predispuesto a escuchar los lamentos de su reina.

-Rin, ¿estás bien?- le preguntó.

-Por supuesto Len, estoy perfecta- dijo la joven reina tendida en su cama, con las extremidades extendidas a modo de ocupar todo el colchón. –Buena fiesta, ¿no?

-Oh si, excelente fiesta la que estas dando, en especial semejante espectáculo con esos artistas.

-Y pensar que todos salieron de la calle. Creo que les ofreceré quedarse aquí por un buen tiempo.- dijo mientras levantaba los brazos para estirarlos como si quisiera tocar el techo. –Me impresionaron mucho. ¿Por qué debo vestir cosas tan incomodas?

-Bueno, eres una reina. Por tradición las reinas visten así.

-Que incomoda tradición, apenas y puedo moverme bien con semejantes vestidos. Esto es algo que he llegado a envidiar de las plebeyas, su ropa se ve más cómoda.

-Tal vez sea más cómoda, pero no es tan bella como esta. Además, ellas visten así porque se mueven mucho y tú… pues no eres la mujer mas activa del reino.- dijo Len con una leve risa.

-¡Oye!- recamó la reina, pero de inmediato se tranquilizó. –Pero tienes razón, como reina no tengo muchas actividades físicas que realizar… para eso estas tú.- mencionó a modo de chiste, pero solo ella se rio. Al ver que el sirviente solo la miraba con seriedad, se aclaró la garganta y agregó. –Len… estos días te he notado algo distante y muy callado. ¿Algo te molesta?

-No, todo esta bien Rin. No te preocupes por nada.

-¿Seguro? A mi no me puedes engañar Len, sé que algo anda mal contigo.- siguió hablando la reina, sentándose al borde de su cama con ligera dificultad por el amplio vestido. –Anda, dime lo que tienes.

-No es nada…- titubeo el chico. Se hizo un silencio incomodo después de su respuesta.

-Es por la misión que te di, ¿no?- dijo al fin la reina después de unos segundos en total mudez. –No debí encomendarte eso, ¿verdad? Un asesinato es mucho para ti… no debí hacerlo…

-No es eso Rin, no… no me importa.- dijo en con gran dificultad acercándose a ella; le tomo una mano y con fuerza la sostenía. –No me importa que me mandes hacer, todo por ti hare.

-Len- tartamudeo la joven.

-Eres mi reina, te debo mi lealtad pero… hay algo más, desde que nos conocimos, nuestra relación ha sido mas que el simple trato de reina a sirviente…- decía Len tímido, pero con firmeza. –Hemos sido amigos… tal vez más que eso… casi hermanos.

-¿A que quieres llegar con eso Len?- preguntó Rin ya sonrojada. No sabía como tomar las palabras del chico rubio. –¿Acaso tu…?

-Rin, la verdad es que… tal vez nuestra relación es así porque…

Pero las palabras de Len se vieron interrumpidas por un repentino y fuerte sonido, irreconocible en ese momento. Pasando un segundo, de nuevo volvió a escucharse aquel ruido extraño, semejante a un montón de troncos golpeando con el suelo de piedra. Rin se asustó y abrazó con fuerza a su sirviente, pues la idea de la intromisión de un atacante como lo había sido Gomu fue la primera que le llegó a la mente, helándole la sangre. Ambos permanecieron sentados al borde de la cama, mirando fijamente la puerta de la habitación, esperando la llegada de alguna persona, pero no apareció nadie. Lentamente, Len se levantó de la cama y caminando con rapidez, fue a cerrar la puerta con la intención de resguardarse.

-¿Qué fue eso?- preguntó Rin aun temerosa.

-No lo sé… pero mejor debemos quedarnos aquí, hasta que algún soldado venga a buscarte.

-¿Crees que sea otro atacante como el señor de la oscuridad?- dijo la joven reina con un hilo de voz y tartamudeando.

-Espero que no…- decía el sirviente abrazando de nuevo a la reina. –En verdad, espero que no.

Sin saberlo, el presentimiento de Kamui Rin no estaba muy lejano de la realidad. Lejos del palacio, en el centro del pueblo, una multitud de personas se reunía frente al bar de Sakine Meiko; todos cargando con diversos objetos: trinches, antorchas, piedras, hondas, algunas lanzas, palas o simples troncos. Todas esas personas, campesinos, súbditos, sastres, panaderos, vendedores, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, se apretujaban entre si con tal de que sus oídos pudiesen escuchar las palabras que Meiko proclamaba con fiereza desde la barra de su establecimiento. Parada sobre la mesa de madera, la castaña vestía una armadura escarlata que cubría todo su cuerpo, desde los pies hasta el cuello, y con un extraño escudo de armas, que consistía en una espada atravesando una rosa, dibujado sobre su pecho. Con una copa de vino en su mano izquierda, daba vueltas, de esquina a esquina, incitando a todos los ahí reunidos a luchar contra la corona y deshacerse de una vez de la reina que tanto daño les había hecho. Detrás de ella, con una mirada fría y sin expresión en el rostro, el príncipe Kaito miraba con atención a la muchedumbre, inspeccionando a algunos de los presentes o a sus armas, pero pocas veces volteaba a ver a Meiko. A diferencia de ella, él no vestía ninguna armadura, solo un desgastado traje azul que le consiguieron, pero igual estaba armado con un sable y dos cuchillos.

-¡Esta noche por fin cobraremos venganza por todos sus abusos hacia nosotros!- vociferaba la dueña del bar. -¡Es nuestro momento de lastimarla, de hacerle sentir lo que ella y sus ancestros nos hicieron por tanto tiempo! Hoy, la luna y las estrellas en el cielo, serán testigos de nuestra venganza, de la venganza de nuestros hermanos, de nuestros padres, de nuestros esposos o esposas. Pondremos fin a su reinado de miedo y dolor, pondremos fin a los cobros injustificados de impuestos, pondremos fin al mandato de ese niña y de Misawa, y pondremos fin ¡a la dinastía Kamui!- Los pueblerinos rompieron en aplausos con la última frase y secundaron las palabras de Meiko gritando "Fin a los Kamui", mientras elevaban sus armas en señal de batalla. –Todos ustedes son valientes, más valientes que todo el ejército amarillo junto, y con el triple honor, porque no atacaremos a un enemigo en desventaja como lo hacen esos malvados hombres. Pero nosotros, los mataremos con nuestras propias manos.- de nuevo, toda a gente lanzo gritos para expresar su apoyo. –Andando pues, ya todos conocen nuestro plan y debemos aprovechar que todos en el palacio están vulnerables a nuestras armas. ¡Por el pueblo amarillo!

-¡Por el pueblo amarillo!- repitieron todos los presentes antes de retirarse.

-¿Qué le pareció príncipe?- se dirigió Meiko al joven Shion con una sonrisa de confianza. –Tengo todo un don para la palabra, ¿no cree?- agregó mientras bajaba de la barra.

-Puede convencerlos de luchar, supongo que si es un talento con la palabra el suyo.- dijo Kaito. –Pero, ¿tendrá el mismo para manteneros ordenados?

-Llevamos mucho tiempo organizándonos para esta noche, claro que puedo mantener el orden con ellos. Y si sumamos la estrategia que hizo para nosotros, su alteza, esta noche triunfaremos. Nunca se me hubiera ocurrido algo así.

-Mi padre me obligó a aprender el arte de la guerra con los mejores generales de mi reino, nunca creí que me fuera útil algún día.

-Y mírese ahora, sus conocimientos liberaran a un pueblo oprimido y lo convertirán en un héroe.

-Héroe será aquel hombre que logre liberar a su pueblo sin usar violencia. Y no sé si pueda ser el héroe de un reino ajeno al mio.- le respondió Kaito. –Ni siquiera estoy en busca de fama, ya sabe lo que quiero aquí.

-Como todos nosotros. Pero anímese, no es conveniente ir a la batalla cuando las penas dominan en la mente de uno.- le dijo Meiko dejando la copa a un lado de la mesa y tomando su espada. –Lo necesito centrado en esto, usted coordinara el ataque conmigo.

-No es tan complicado el plan que he ideado, crear un disturbio y someter a los guardias que vengan.- comentó el príncipe tomando una antorcha, misma que extendió a Meiko. –No requiere de gran coordinación. Lo más difícil corresponde a sus compañeros, pero eso no está en mis manos.

-Usted no se preocupe, le aseguro que ellos podrán manejarse solos. Del único que dudaría es Hiroki, es algo bruto e impaciente, pero con el tiempo logramos educarlo un poco.- comentó Meiko con una risa mientras extendía su mano para tomar la antorcha que el príncipe le acercaba.

-Espero que sea cierto, no puede cometer errores.- sentenció Shion con seriedad, tomando otra antorcha en sus manos y abandonando el local. Meiko se limitó a mirarlo salir, desenfundó su arma y lo siguió al exterior.

Cientos de personas, todos aquellos que estaban dispuestos a luchar por su libertad, se reunían en la plaza principal del pueblo. Armados con sus herramientas de labranza, improvisadas armas hechas con varas, sartenes y antorchas, permanecían de pie frente al camino principal que llevaba directo al palacio, esperando la llegada de su líder Meiko. A lo lejos, un grupo de hombres que parecían cocineros, llevaban barriles llenos de aceite y pólvora hasta las puertas de un edificio del cual colgaba la insignia de la familia Kamui, mientras que unos niños cargaban unas canastas de las cuales sacaban unas piedras que repartían entre la muchedumbre. Increíblemente, a pesar del ajetreo provocado por la multitud reunida, el silencio imperaba en las calles, roto únicamente por las esporádicas órdenes que gritaban algunos hombres. En su mayoría, sólo pedían mas armas, o un barril más de aceite.

De pronto, las personas que estaba reunidas frente al bar, se hicieron a un lado, dejando un inmenso pasillo humano que abría el paso a los dos líderes del movimiento. Kaito avanzaba con un rostro inexpresivo, totalmente ajeno a la multitud que le rodeaba; por otro lado, Meiko avanzaba con una sonrisa de confianza en el rostro y una mirada maliciosa que brillaba a la luz de las flamas que cargaban los presentes. En ocasiones, volteaba con algunos de ellos para dar más indicaciones o pedirles que se acercaran y preguntar algo. El paso de Meiko y el príncipe Shion Kaito recorrió toda la plaza hasta llegar a la entrada del edificio lleno de barriles, el cual había sido atacado con tomates y se le había arrancado el letrero que tenia grabado el escudo Kamui. Dentro, un par de hombres vaciaban el aceite contenido en uno de los barriles por todo el suelo, dejándolo resbaloso y brillante a la luz de las antorchas que desde la plaza lograban filtrar su luz.

La mujer de armadura carmesí se adelantó y levantando su antorcha por lo alto, gesto que fue imitado por todos sus partidarios, mientras Kaito seguía sin cambiar su expresión y distante, ignorando por completo el bullicio que los pueblerinos reunidos. Con una simple mirada, el príncipe azul dio a entender a los hombres que abandonaran el edificio, mismos que obedecieron de inmediato.

-Gracias príncipe, no sé que haría sin su presencia- dijo en broma la dirigente de los pueblerinos, que de inmediato volteo ante su gente para dirigirles unas palabras de nuevo. –¡Gente del País Amarillo! ¡Levanten las armas ahora! ¡Este es nuestro momento, es la hora de mostrarle a la reina de que estamos hechos!- vociferaba Meiko con fuerza; sus palabras eran repetidas por otras personas cada cierta distancia, a fin de que todo el pueblo escuchara. –Le haremos arrepentirse por todo el dolor que nos causó, vivir el miedo con el cual nos controlaba, hacerle nuestra esclava y deshacernos de ella. Hoy inicia un nuevo capitulo de nuestra historia; uno sin reyes ni abusos de poder, sin guerras injustificadas ni ridículas fiestas que solo nos empobrecen más. Nosotros somos el País Amarillo, no esa reina presumida, y nos vengaremos por ello.- agregó. Se adentró unos pasos en el edificio, con antorcha en mano, cuidando de que esta no tocara ninguna pared o puerta. -¡Que esta llama dé inicio a nuestra batalla!

Al terminar sus palabras, Meiko extendió su antorcha ante los pueblerinos, como si de una presentación de armas se tratase, gesto al que todos respondieron alzando sus armas en señal de batalla. Una vez enardecida la muchedumbre, la de armadura carmesí se dio la vuelta y arrojó la candela al interior del edificio lleno de aceite con tal fuerza que atravesó todo el vestíbulo hasta el pie de las escaleras. De inmediato, el suelo aceitado comenzó a arder en llamas que se extendieron velozmente por los muros y el resto de la estructura de madera, levantando una densa y larga columna de humo negro que llegaba hasta el oscuro cielo nocturno.

El bravo fuego se avivaba cada vez mas, como el espíritu de lucha en los pueblerinos, que no tardo nada en extenderse a construcciones vecinas gracias a la pólvora esparcida en la calle. A la voz de "¡Corran!", proveniente de Kaito, los súbditos se alejaron corriendo de las casas que se quemaban con tal de resguardase de las llamas y posteriormente, de la explosión de las mismas, pues las llamaradas alcanzaron los barriles de pólvora dentro de cada construcción.

Tablas y tejas encendidas volaron por los cielos, golpeando casas y negocios cercanos, que a causa de ello también se incendiaron, mientras los pueblerinos se cubrían y corrían a fin de no ser lastimados.

-¡Los barriles!- ordenó Meiko con fuerza para que su voz sobresaliera en el escandalo. –Al centro de la plaza. Ya todos saben que hacer.

De nueva cuenta, unos sujetos acercaron varios barriles y los destaparon, dejando ver que su contenido eran varios de aceite. Tan pronto como les retiraron las tapas, otros jóvenes se acercaron con sus antorchas encendidas y las introdujeron en los toneles, cuyo interior comenzó a encenderse, causando unas llamativas llamas. Meiko, viendo esto, extendió su sable y dio otra orden con la cual todos se retiraron de la plaza rápidamente.

El disturbio no pasó por desapercibido en el palacio, pues los guardias vigilantes que desde las torres más altas miraban el pueblo se percataron del incidente. Al momento de ver como las gruesas columnas de humo se levantaban, uno de ellos bajó de su puesto y corrió hasta donde estaba Misawa, que seguía bebiendo en presencia de los nobles, a pesar de que su mano apenas y lograba sostener la copa. Con cierta timidez se acercó a él, pues más que temer a que el general le reprendiera, le preocupaba la reacción de los invitados, quienes podrían aterrarse con el hecho.

-Señor… disculpe la interrupción.

-¿Qué es lo que quieres muchacho?- le repuso Misawa con cierta molestia. Sus ojos ya estaban totalmente rojizos. -¿No vez que estamos festejando?

-General yo lo lamento pero… pero tenemos problemas.

-Problemas los que tendrás si sigues molestando.- dijo Misawa amenazante. Acto seguido levantó su copa. –¡La victoria es nuestra!- exclamó con toda su fuerza, recibiendo respuesta positiva de los nobles.

-Pero señor, es urgente que atienda esto…- insistía el vigía. –Los súbditos se volvieron locos, están incendiando casas.

-¿Por algo tan insignificante vienes a interrumpir?- se quejó Misawa bebiendo todo el vino de su copa. –Ya saben que hacer- agregó por lo bajo. –Maten, arresten, mutilen, hagan lo que sepan con tal de calmar a esos campesinos.

-Entendido señor- afirmó el joven soldado y se fue corriendo, pasando desapercibido por los nobles que se limitaban a beber y comer.

Las puertas del palacio se abrieron de par en par, saliendo de estas un gran numero de soldados que llegaría tal vez a los doscientos hombres. La mayoría se fuero directos al pueblo, armados con lanzas, espadas y algunas bayonetas, mientras que otro reducido grupo se dirigió a los establos, donde montaron a sus respectivos caballos y se dieron al galope, alcanzando a los soldados que se les adelantaron. Pronto, el pequeño ejército amarillo se reunió de nuevo y marcharon juntos a la plaza de pueblo a reprender a los súbditos, preparando las armas para atacar. Sin embargo, al llegar a su destino, los hombres de Misawa no encontraron a ninguna persona. El lugar estaba vacío, sin más señales de vida que los barriles de aceite ardiendo en el centro de la plaza y los edificios en llamas, pero no quedaba rastro alguno de un levantamiento en el poblado.

Los atónitos soldados no supieron que pensar ante lo que veían, algunos solo recorrían lentamente la plaza en posición de ataque por si alguien intentaba agredirlos, otros se quedaron parados frente a los barriles mirando a todos lados; menos eran los que se quejaban y pensaban que todo era una pésima broma de algún simpatizante del Señor de la Oscuridad. La gran variedad de ideas sobre lo ocurrido impedía que entre los mismos guardias se pusieran de acuerdo para hacer algo al respecto, estaban confundidos.

-Alguien apague esos barriles, todo esto no es mas que un juego.- ordenó uno de los soldados montados. –Vámonos al palacio.

-¿Sin arrestar a nadie?- impugnó otro hombre.

-Arresten a dos o tres campesinos que vean por ahí, ¿qué más da que sepan algo?

El grupo se militares comenzó a reírse de su idea, el solo hecho de inculpar a unos inocentes les hacia gracia, después de todo, solo eran campesinos, personas que estaban por debajo de todos y por ello, no importaba si desaparecían unos cuantos. Mas aun no dejaban de carcajearse cuando desde el techo de una casa, apareció Meiko, desafiante y con la espada en alto, brillando esta junto con la armadura a causa de las llamas. Pasó desapercibida por todos los soldados, pero esa era su finalidad, atacarlos por sorpresa.

-¡Ya!- gritó la mujer de armadura roja, provocando que todos los soldados voltearan asustados a donde ella estaba.

Sin embargo, ninguno de los militares pudo reaccionar a la aparición de Meiko, se quedaron paralizados por un segundo al ver como de los techos de todas las casas, negocios y demás edificios, se alzaba un gran ejército conformado por los habitantes del reino, quienes cargaban numerosas piedras en sus manos, todas de un tamaño considerable. Sin dar aviso alguno, los pueblerinos comenzaron a arrojar las rocas directo a la milicia, tanto jinetes como picadores, siendo noqueados varios por el fuerte impacto. Tan pronto como el ataque dio inicio, de los callejones salió el príncipe Kaito seguido por otra fracción del improvisado ejército de campesinos, quienes tomando antorchas y picos, cerraron las vías de escape a los hombres de Misawa, a quienes trataban de herir con sus herramientas a la ves que espantaban con el fuego a los caballos.

El asedio de las rocas continúa, derribando a cuanto hombre golpean; algunos se ponen de pie rápidamente, otros se quedan en el suelo con los miembros tendidos. Era inútil buscar refugio alguno, las calles estaban cerradas por murallas humanas que atacaban a los soldados, los edificios carecían de un techo que les sirviera de escudo y las piedras no paraban de caer de cielo como si de una lluvia se tratase. La escena era terrible, varios caballos corrían sin un rumbo tratando de huir del caos, si tenían la suerte de no ser golpeados; incluso, uno de los equinos arrastraba a su moribundo jinete por el suelo, quien ya no tenia fuerzas para salvarse; había también cuerpos que yacían inertes en la plaza, en su mayoría sin casco y una cuantas manchas de sangre a su alrededor, y aun así, había hombres que buscaban salir convida, aunque eso significara usar los cadáveres de sus colegas como escudo. De pronto, Meiko levantó de nuevo su espada, provocando que las piedras dejaran de caer contra los militares.

Tan rápido como esto ocurrió, Kaito señaló con su sable a los sobrevivientes y ordeno atacarlos; al instante, la muchedumbre armada con picos arremetió contra ellos, atravesando sus cuerpos con los picos y rastrillos, golpeando sus armaduras y cascos con martillos, rematando a los ya caídos y robándoles toda arma que pudiese funcioneras, ante una defensa imposible de ser lograda. El ejercito de País Amarillo era masacrado por los campesinos y súbditos de los cuales alguna vez abusaron; sus gritos de agonía inundaban la plaza, al igual que los charcos de sangre que se formaban con cada cuerpo que caía al suelo. En poco tiempo ya no quedaba ningún uniformado de pie.

-¡Felicidades a todos ustedes!- irrumpió la voz de Meiko, que apareció de pronto en la plaza junto a los pueblerinos que le acompañaban en los techos. –Todos pueden estar orgullosos de lo que han hecho, hemos dado el primer golpe de esta noche, pero aun no es hora de descansar. ¡Aun falta lo principal!- rugió con toda la fuerza que le daban sus pulmones, mientras levantaba su espada al cielo y bajarla con brusco movimiento señalando al palacio. –¡Adelante!

En total silencio, el improvisado ejército avanzó por la calle principal hacia el palacio, dejando los cadáveres de los soldados esparcidos por toda la plaza, no sin antes haberles robado sus armas, escudos y partes de sus armaduras. A los pocos heridos, que no superaban la cantidad de veinte, los dejaron atrás mientras un grupo de enfermeras y curanderos les atendían. Por otra parte, una carreta jalada por varios chicos salió de un callejón y siguió a la muchedumbre; sobre esta iban varios barriles llenos de piedras y aceite. A esto se sumó otro carro, también movido por un equipo de jóvenes, sobre el cual descansaba un grande y grueso tronco, recién talado, que con dificultad avanzaba por la calle principal, pero al final pudo alcanzar al ejército de súbditos que avanzaba silencioso con destino al palacio.

En breve tiempo llegaron a su destino, las rejas del bello palacio del Reino Amarillo. Los jardines reales estaban vacíos, ni un alma en pena se paseaba por ahí en ese momento, todos estaban encerrados en la fiesta, incluyendo los guardias. El ejercito de súbditos se mantuvo alejado de las bardas que rodeaban la morada real, agachados y escondiendo como pudiesen las antorchas que despedían su luz; no debían levantar sospecha alguna, no ahora. La única persona en pie de aquel inmenso grupo era Meiko, que se asomaba al interior de los jardines reales con sumo cuidado, aunque la penumbra de la noche le ayudaba a ocultarse. A estar segura que nadie miraba, la líder de los pobladores desenfundo su espada y la blandió con delicadeza en el aire, reflejando con su hoja la luz de la luna; al ver la señal, un gran número de hombres dejaron su escondite para acercarse a la alta barda que les separaba de la morada real, colocándose uno cada dos metros de distancia con respecto al otro. Cuando el último de estos individuos ocupó el puesto que le correspondía, la dirigente de armadura carmesí desvió el destello lunar de nueva cuenta, ahora dirigiéndolo frente a las rejas de oro. De inmediato, aquellos súbditos tomaron en sus manos unas botellas de cristal, llenas de aceite hasta el borde, y las arrojaron por arriba del muro para que se rompieran al impactar en el suelo.

El sonido de los vidrios romperse llamó la atención de un par de soldados que se encargaban de custodiar los campos reales, quienes se acercaron corriendo con sus lanzas en mano hasta la fuente de aquel extraño sonido, quedando sorprendidos al ver los restos de cristal empapados en el resbaladizo aceite. Confundidos por lo visto, ambos guardias se acercaron a las rejas doradas con la intención de salir y buscar a quien arrojo la botella, pero antes de que estuviesen siquiera cerca, otra lluvia de recipientes llenos del combustible volaron sobre sus cabezas para estrellarse y esparcir su contenido por el césped. Los dos militares se alejaron del alcance de los inusuales proyectiles, dirigiéndose tan rápido como sus piernas los permitían hacia las puertas del palacio, sin embargo, antes de que pudieran entrar les detuvo un fuerte grito.

-¡Ariete! ¡Derriben las rejas!- resonó la voz del príncipe Kaito.

Un espantoso estruendo se escuchó por todo el jardín real. Al girar la vista los asustados guardias, vieron con temor como una muchedumbre había aparecido frente a la reja del palacio, todos armados con lanzas, picos, antorchas y demás objetos que les sirvieran para atacar a los ocupantes de la residencia real, pero lo que en verdad les causó temor fue el gran tronco que usaban como ariete, mismo que golpeaba en repetidas ocasiones la reja de oro. De la nada, una nueva lluvia de botellas se avecinaba sobre los verdes campos de la reina, rompiéndose como los anteriores y llenando aun más el campo de aceite.

Las trompetas de alarma sonaron tan fuerte que su tono llegó a todos los rincones del edificio, pero no para advertir de la llegada del enemigo como era usual, sino para dar alarma a los soldados de que el enemigo ya estaba entrando en los límites del castillo. En el interior de la residencia, el miedo se apoderaba de todos los nobles y sirvientes que disfrutaban de la fiesta, tan ajenos en un principio a la situación que ocurría a unos metros de ellos. Las primeras notas de la corneta bastaron para helarles la sangre a todos y acabar con su celebración; las copas de vino fueron abandonadas por las manos de los distinguidos, la comida dejó de ser el centro de atención y los artistas contratados habían dejado de presentar su espectáculo.

-¿Qué les pasa a todos ustedes?- preguntaba Misawa aun festivo, pero claramente estaba ebrio. –Muestren algo de espíritu ¡estamos en una fiesta!

Sin embargo, ya nadie le escuchaba. Todos se levantaron de sus asientos y miraban con desesperación a entrada del salón, como si esperaran que sus atacantes llegaran de la nada; en cambio, el que apareció en el umbral fue un soldado del reino, con una expresión de miedo en su pálido rostro.

-¡Señor!- exclamó parándose frente a Misawa. –¡Es urgente señor!

-¿Qué es tan urgente soldado? ¿Una pequeña revuelta?

-Con todo respeto general…- tartamudeo el joven guardia. –Esto no es una revuelta… es una rebelión.

"Rebelión." Una palabra que dicha por un campesino no valía nada, por un filósofo significaba catástrofe, y por un militar podía significar varias cosas, en este caso, significaba peligro y, para los nobles, era sinónimo de muerte.

-¿Rebelión? No me haga reír soldado. Es ridículo pensar que esos campesinos idiotas tienen la inteligencia para organizarse en contra de nosotros.

-Pero…

-Nada que unos cuantos soldados más no arregle.

-¡General! ¡Usted no entiende!- repuso enérgico el soldado, causando la ira de Misawa. –Ellos están aquí, tratando de derribar la reja que nos protege.

-¡Insolente!- rugió el general dando una bofetada al joven. -¡Si eso fuera cierto, nuestros vigías hubiesen avisado antes!

-¡Eso es porque están muertos!- repuso otra voz masculina desde la entrada al salón, causando el terror de todos los nobles. –Yo toqué la trompeta de alarma, encontré a los vigías muertos…

Un estruendo metálico interrumpió al soldado, indicando que la reja había sido derribada; seguido de un mar de gritos que venían desde el jardín y decenas de militares armados que corrían directo a la puerta principal, dispuestos a defender el palacio. Misawa enmudeció al ver como sus hombres se reunían frente al portal, con lanza en mano, mientras esperaban al enemigo o una orden de su líder; él, tambaleándose por el alcohol bebido, apenas pudo caminar hasta el vestíbulo para contemplar a la muchedumbre de súbditos que se confabulaba frente al palacio. Era la primera vez que al famoso general Misawa Kurogane se veía en la necesidad de defenderse, así como la primera vez que se sentía amenazada, la primera vez que sabia lo que era el miedo.

-General… sus ordenes.- pidió uno de los soldados, pero su consulta no recibía respuesta alguna. –General, por favor sus ordenes. ¡General!

-¡Matenlos!- logro decir. –¡Saquen a los nobles de aquí y mátenlos a todos ellos!

El ejercito de civiles reunido permanecía fuera de los limites del palacio a pesar de que la reja ya había sido derribada, solo estaban parados frente al jardín real empuñando sus armas de manera intimidante. Con una señal del sable de Meiko, el mismo grupo de hombres que habían arrojado sus botellas llenas de aceite penetraron en los terrenos de la reina, arrojando de nuevo sus proyectiles para que su contenido se esparciera por el césped más allá de lo que habían alcanzado al arrojar las botellas sobre la barda. En respuesta, los soldados del Reino Amarillo salieron a su encuentro con el afán de defender su reino, marchando velozmente por los verdes campos llenos de aceite para enfrentarse al enemigo.

-¡Fuego!- gritó Kaito desde las afueras de la barda.

Siguiendo su orden, los civiles tomaron de un barril varias rocas bañadas en combustible y las coloraron en sus ondas para que unos niños las encendieran con una antorcha. Cuando las piedras estuvieron envueltas en llamas, los pueblerinos hicieron girar sus ondas disparando los proyectiles incendiados hacia el jardín real.

Aquello fue como una apocalíptica lluvia de fuego para los ojos de los soldados del País Amarillo, que solo podían admirar impotentes como los proyectiles se dirigían a ellos y cubriéndose con sus escudos cuando las primeras rocas cayeron al suelo, convirtiéndose en una escena caótica donde los gritos de dolor, a causa de los fuertes golpes de los proyectiles o las quemaduras provocadas, imperaban en el aire, al igual que el fuego comenzó a extenderse por el amplio terreno gracias al aceite previamente esparcido. En pocos minutos, el color verde fue sustituido por llamas rojas y anaranjadas.

-¡Adelante!- ordenó Meiko al señalar con su arma el palacio. –Maten a todo soldado y noble, dejen vivos a los sirvientes. ¡Luchen con valor y decisión!

Concluyeron sus palabras antes de adentrarse a los campos en llamas que hace solo instantes habían sido hermosos jardines, seguida por la totalidad de su ejercito de rebeldes, que blandiendo sus improvisadas armas, se disponían a combatir con valor y sed de venganza. Las armas chocaron entre si, mientras que los soldados caídos presas de la lluvia de rocas ardientes o las llamas eran rematados en el suelo, los guardias reales que seguían en pie respondieron a la agresión de los civiles con la valentía y fuerza que les quedaba, a pesar de estar rodeados de llamas y ser superados en gran numero, pero al verse superados rápidamente comenzaron a retirarse, tratando de entrar al palacio para ahí atrincherarse mientras los arqueros y balísticos se encargaban de herir a los atacantes desde los muros y torres de la residencia real.

-¡Las flechas están rotas!- se escuchó gritar a un hombre adulto. –No tenemos flechas útiles.

-La pólvora que tenemos es muy poca capitán.- agregó otra voz masculina. –No tenemos que ni como disparar.

-No me importa si debemos arrojarles nuestros fusiles o espadas, debemos detenerlos.- repuso la voz enérgica del capitán, mirando con impotencia como sus colegas eran masacrados en el campo teñido de sangre.

Un desgarrador grito de terror que se debilitaba en el viento, provocando que la sangre se les helara a todos los arqueros. Unos cuantos se asomaron con temor, solo para mirar con un horror inmenso como uno de sus colegas se precipitaba hacia el vacío desde lo alto de la torre, agitando desesperadamente sus brazos que buscaban de forma inútil un lugar del cual detenerse. Con un sonido seco, el soldado terminó en el suelo, con los huesos destrozados mientras un charco de sangre se formaba bajo su cabeza.

Con un grito de batalla, aparecieron ante los arqueros un sinnúmero de rebeldes que dirigidos por Teto y el señor Benimaru atacaron con todo su repertorio de armas a los soldados. Aporreaban a la mayoría, dejándolos con la defensa baja para que las lanzas del resto de los civiles se bañaran con la sangre de los militares o fueran arrojados al vacío para encontrar la muerte al impactar su cuerpo con el suelo. Viendo esto desde los jardines, la dirigente Meiko dibujó una maléfica sonrisa en su rostro, deteniendo su lucha por unos segundos tras asesinar a un soldado. La mujer de armadura carmesí miró a su alrededor la destrucción que había causado: el fuego encendido con toda su fuerza que se extendía a lo largo del jardín arrasando con toda planta, árbol u hombre que se encontrara; los militares masacrados por el ejército de civiles, muchos aun convida que impotentes permanecían en el suelo hasta que las llamas los consumieran o vieran el final de sus vidas a manos de un rebelde que cortaba su cuello; los cuerpos inertes o vivos que eran arrojados desde las torres del palacio; y la sangre, tan roja como su armadura, que cubría las manos, rostros y armas de los campesinos y súbditos, que formaba extensos ríos a lo largo del lugar de batalla y llenaba el ambiente con un aroma a muerte. Satisfecha por su resultado, empuño por lo alto su arma, llamando la atención de Kaito.

-¡Príncipe! ¡Es hora!- le dijo a gritos. -¡Traiga consigo a ocho hombres!- concluyó para salir corriendo a toda velocidad directo al interior del castillo.

Shion obedeció sin decir palabra alguna, limitándose a llamar la atención de los ocho hombres con un silbido. Habiendo estos volteado, el príncipe señaló con su espada a Meiko y la siguió, indicando a aquellos que debían hacer lo mismo.

Mientras el desastre imperaba para los defensores del reino, que seguían sin saber como rechazar le embate enemigo, su dirigente, el general Misawa Kurogane caminaba lenta y torpemente por los oscuros pasillos del palacio, tropezando con cualquier objeto o con sus pies entre si, tratando de llegar lo más pronto posible a su despacho. Detrás de él se lograban distinguir grupos de sirvientes y nobles, que intentaban huir desesperados a la vez que gritaban de pavor.

-Señor- se le acercó uno de los soldados. –La situación es crítica, ya no podemos hacer nada.

-Sigan las órdenes que les di.- balbuceó el general.

-Pero general, ya no hay órdenes que seguir. Los rebeldes son muy fuertes, están organizados a la perfección.- explicó aquel. –Nuestros hombres están siendo masacrados por ellos, no tenemos flechas ni pólvora para disparar; ellos lograron entrar, están aquí dentro arrojando a nuestros arqueros desde las torres y atacando a los nobles.

-¡Entonces solo huyan!- rugió el general Misawa furioso, o confundido. Era difícil para el decidirse por un estado de animo; además de esta alcoholizado, la situación empeoraba su indecisión, ni siquiera sabía que sentir, ira o desesperación, miedo o valor.

-¡No podemos!- repuso el otro. –Los túneles están bloqueados, todos lo están. De alguna forma los encontraron y les prendieron fuego, no podemos pasar, sin mencionar que han tomado tres para poder entrar.

-¿En serio?

-Si señor, tres túneles repletos de rebeldes. Nos tienen acorralados.

-¡Imposible! No son tan listos.

-Pues lo son general. ¡Abra los ojos y véalos usted mismo maldito ebrio!

-¡Insolente!- gritó Misawa abofeteando al soldado, seguido, le quitó la espada de la mano y se la clavó en el cuello, atravesándolo totalmente. –Somos el reino con el ejército más poderoso, no podemos ser derrotados por un grupo de campesinos tontos, es algo imposible.- decía para si mismo. –Ya verán, torpes. Acabare con la revuelta aunque yo mismo tenga que hacerlo.

Misawa dejó caer la espada del soldado, que también cayó a medio pasillo ya muerto y con la mirada perdida, continuando su recorrido hasta el despacho donde tenia guardada su arma y casco. Chocando con todo objeto que se le venia enfrente, apoyándose en el fino muro, y volviendo sordos sus oídos a los gritos de rebelión y dolor; el líder militar llegó al fin a su oficina. Abrió la puerta de golpe, entrando tambaleante a la habitación y cerrando con un portazo; dio una vuelta sobre su propio eje, terminándola para apoyarse débilmente en su escritorio, jadeando con violencia para intentar recuperar el aliento, pero lo único que logró fue vomitar hasta dejar su estomago vacío, tal vez a causa de su borrachera, del miedo o una mezcla de ambos. Al terminar, limpio su boca con un pañuelo que tenia cerca y como si ya nada le importara, se dejó caer frente al mueble, respirando agitado.

-Que patético eres.- dijo una voz femenina, tan fría como in tempano de hielo.

-¿Qué?- murmuró Misawa tratando de reincorporarse. –¡¿Quién esta ahí?!- gritó.

-¿Tanto miedo tienes que no puedes voltear?- siguió hablando la voz con el mismo sentimiento –Dime general, ¿qué se siente tener miedo?

-¿Quién eres tú?- balbuceó el general mientras se daba la vuelta. Entonces la vio; era una figura femenina vestida con una capa y capucha verdes, dejando asomar unos cuantos cabellos de igual color, pero su rostro no lo pudo ver, estaba cubierto con una mascara blanca con varias líneas rojas dibujadas sobre esta.

-Una victima tuya, ¿quién mas?

-Un fantasma…

-No Misawa, un fantasma sería mejor. No pueden dañarte.- agregó la mujer, acercándose unos pasos al militar. –Pero yo estoy viva, y a eso he venido, a hacerte daño.

-Tonta… ¡tú no puedes hacerme nada!- exclamó él, abalanzándose contra la mujer que, sin esfuerzo alguno, evitó al agresor que se estrelló en la puerta.

-El tonto eres tú, niegas lo que es obvio y mandas a morir a tus hombres. ¡Eso es ser un tonto!

-¡Cállate!- rugió Misawa lanzándose de nuevo contra la misteriosa, que de nuevo lo esquivó dando un paso a la derecha para que se estrellara en un librero.

-Hombre necio, tu soberbia ha sido tu perdición y la de tu reino.- seguía hablando la mujer acercándose al derrotado general. –Has sido derrotado.- concluyó ella pateando tan fuerte como pudo la cabeza de Misawa, dejándolo inconsciente en el acto.

Rin y Len miraban con terror desde el balcón lo que ocurría en los terrenos del palacio, impotentes de hacer algo para poder escapar del lugar o para detener el embate enemigo. Los aposentos de la reina permanecían intactos hasta el momento, a pesar de ser atacados en varias ocasiones por las furiosas rocas ardientes de los rebeldes. Ella permanecía prendida del brazo de su fiel sirviente, buscando algo de valor o consuelo en su abrazo, cosa inútil pues él estaba tan horrorizado como ella; el poder oculto de los súbditos era de temer y había causado una destrucción mayor a la que habían imaginado en sus mentes a causa de una guerra. Temblando, Rin ya no pudo soportar más tiempo ver la matanza y entró corriendo a la habitación, arrojándose a la cama e intentando cubrir su cabeza entre los cojines que tenia. Len, harto también, siguió los pasos de su reina, sentándose a tu lado para acariciar su espalda con delicadeza.

-Rin, todo estará bien…- trató de calmarla inútilmente el joven sirviente.

-¡No me digas que todo estará bien!- chillo ella apretando el puño, a punto de romper en llanto. –Estamos perdidos, vienen por mí y no se detendrán.

-Estoy seguro que Misawa…

-¡Él esta borracho! No puede defendernos y esto que vemos es la prueba.- gritó desesperada con los ojos llenos de lagrimas. –Es inútil Len… vamos a morir.

-¡No! No voy a permitir eso, así tenga que dar mi vida por la tuya, te prometo que tu saldrás convida de este reino, prometo que estarás bien.- dijo Len con decisión, tomando todo el valor que su espíritu podía.

-Len… ¿por qué lo harías? He sido mala, merezco esto y… solo he abusado de tu servicio.

-Mentira Rin; yo no lo siento así y aunque lo fuera, jamás me perdonaría que algo malo te pasara. No por el hecho de ser mi reina, sino por…- comentaba Len con rapidez, evitando que la rubia monarca tomara la palabra; sin embargo, otra cosa lo interrumpió.

Fuertes golpes sacudían las pesadas puertas de madera, reflejando el apuro de la persona que estaba fuera del aposento real. El joven sirviente se levantó de la cama, indicando a la reina que se quedara ahí acostada para no llamar la atención; con sumo cuidado de no provocar ruido alguno, Len avanzó a grandes zancadas hasta el portal dispuesto a defender con su vida a la joven gobernante. Sin mas armas que sus puños, quitó los candados que mantenían fija la gruesa tabla que bloqueaba el movimiento de las puertas y de un rápido jalón abrió la del lado derecho, encontrándose de frente con una sirvienta de largo cabello rosado.

-¡Len! Están bien aun.- exclamó ella entrando a la habitación de pronto, abrazando al joven. –¡Es horrible!

-Hermana… ¿qué esta pasando afuera?- preguntó el chico con temor, cerrando de nuevo la entrada.

-Una catástrofe Len, ¡no quieren verlo!- respondió mientras corría a abrazar a Rin. –Esos rebeldes desquiciados, están destruyendo todo. Los soldados son masacrados y robados, a los nobles los están asesinando sin piedad, los únicos que salen vivos son los demás sirvientes y lo peor, tienen el palacio lleno, no tardaran en llegar aquí.

-Pero aun podemos escapar por los túneles…

-No Len, están inhabilitados, todos.- interrumpió Luka acariciando el cabello de Rin para calmarla. –De algún modo los encontraron, les prendieron fuego para evitar nuestro escape y los únicos tres que son útiles, ellos los ocuparon para entrar.

-Estamos atrapados…- sollozó Rin totalmente desesperanzada.

-Si mi reina… lo estamos.- dijo Luka abrazando a la chica rubia.

Len se quedó parado frente a ellas, mirando como se resignaban ante lo obvio; pero él no se dejaría vencer tan fácil, su mente seguía buscando una forma de escapar del peligro. Los ojos del chico rebuscaban con apuro en la habitación, esperando encontrar algún arma o medio de escape que les permitiera huir convida a los tres. Al ver los dorados espejos gemelos que Rin tenía en su tocador, una idea descabellada y arriesgada fue concebida en su mente. Llevó una de sus manos hacia su cabeza y de un tirón deshizo la pequeña coleta que acostumbraba llevar; una vez con el cabello suelto, corrió al tocador y se peinó de forma similar a Rin.

-¡Lo tengo!- gritó él.

-¿Len?- preguntaron las dos mujeres.

-Rápido Rin, ponte mis ropas, te sacaremos de aquí.- decía el sirviente desvistiéndose ante el sonrojo de la reina. –Tomare tu lugar, nadie lo sospechara.

-Pero… ¿qué dices? Claro que se darán cuenta. No te pareces tanto a mí.

-Rin, debo decirte esto. Quisiera que fuera en otro momento pero… ya no puede esperar.

-Len… ¿vas a hacerlo ahora?- preguntó Luka seria, ero preocupada a la vez.

-Sí, ya no puede esperar y de ello depende la vida de Rin.

-¿De que están hablando?- preguntó la reina sumamente confundida.

-Rin, debes saber algo.- le dijo Len tomándola de las manos. –Quisiera que fuera en otro momento, en otras circunstancias, pero no pudo ser así. Ven.- indicó el joven jalando delicadamente las muñecas de la monarca.

La levantó de la cama, dirigiéndola con paso tranquilo hasta el peinador de oro que esperaba a un lado del colchón, deteniéndose ambos frente a los espejos gemelos.

-Asómate al espejo y dime que ves.- pidió el sirviente.

Rin obedeció sin reclamo alguno, totalmente confundida, pues no lograba entender el plan del sirviente. Apenas estaba observando el reflejo de su rostro, cuando Len acercó el suyo, causando en la reina una enorme sorpresa.

-Es… es igual…- tartamudeaba, olvidando la desesperación del ataque civil por unos segundos. –Eres idéntico a mí…

-Sí… lo soy. Eso es porque… somos hermanos- confesó Len sin soltar a la reina, lanzando un amargo suspiro.

-¡¿Hermanos?!- chilló Rin alejándose del espejo y de Len. –Eso es… no es verdad, es imposible ¡Imposible!- gritó dirigiéndose a Luka en busca de apoyo.

-Lamentablemente Rin… él dice la verdad.- respondió la sirvienta de rosa con seriedad. –Ambos son hijos de Kamui Gakupo III y Kagamine Lily, son hermanos gemelos.

-Nos separaron al nacer, nuestro padre quería que yo muriera para evitar una catástrofe, por eso fui criado por la familia de Luka.- dijo Len sumamente serio, tomando de los hombros a Rin para que se calmara. –A ambos nos mintieron.

-¿Por qué nunca lo dijeron?- logró articular Rin entre sollozos. -¿Por qué ocultarlo tantos años?

-Su padre temía que al ser gemelos se disputaran el poder con una guerra.- respondió Luka amargamente. –En su desesperación mandó matar a Len, pero yo lo rescaté. Y con Misawa amenazándome, no podía decirte la verdad Rin.

-Misawa también lo sabe.

-Él era el encargado de asesinarme.- agregó Len. –Luka lo atacó antes de que…

Pero las palabras del joven rubio fueron interrumpidas por una serie de gritos de dolor y golpes metálicos provenientes del pasillo, regresando a los gemelos Kamui y a Megurine a la realidad que se vivía en ese momento.

-Ya no tenemos tiempo que perder, por favor Rin, vístete como lo hago yo.- insistió Len arrojándole la ropa a Luka para que le ayudara a cambiarse.

-Pero dime, ¿vas a dejar que te atrapen tan fácil? ¿no tienes algún truco?- cuestionó la sirvienta mientras le quitaba el vestido a la reina.

-Por ahora; pero en cuanto se den cuenta de que no soy Rin me soltaran.- respondió con seguridad. –Para entonces ustedes ya estarán lejos de aquí.

-Tratare de huir a Evillious, mientras más lejos mejor.- agregó Luka, entregando el vestido de a joven rubia al chico.

-¿Seguro que estarás bien?- sollozó Rin.

-Lo estaré hermana, lo prometo.

Con el auxilio de la sirvienta pelirosada, en poco tiempo los gemelos se vieron cambiados de rol; Rin vestía como un modesto sirviente, sin descuidar un detalle para que luciera idéntica a su hermano, incluyendo la coleta de cabello que aquel solía llevar, en tanto, Len se puso, con dificultad, el fino vestido de la reina, convirtiéndose en un perfecto doble, cuyo verdadero sexo quedaba oculto en su totalidad y gracias al peinado, los rasgos del sirviente lucían más femeninos.

Los golpes y pasos iban en aumento, escuchándose más cerca a cada segundo. Luka estaba preocupada, no dejaba de voltear hacia las puertas de gruesa madera mientras movía con nerviosismo sus dedos, esperando que se abrieran de golpe en cualquier momento; Rin era quien más sufría de los tres, no solo le acosaba el enorme miedo de ser capturada por los rebeldes, a esto, se sumaba la desesperación de ver a su reino sucumbir, pero sobre todo, el saber que durante toda su vida le habían ocultado la existencia de su hermano gemelo y, que este fuera todo el tiempo su sirviente personal, era el golpe más fuerte que había recibido durante la noche y ni siquiera tenia tiempo para meditarlo o pedir una justa explicación. Pero Len, a pesar de tener sobre si el peso de una sentencia de muerte segura, de intensas torturas o cualquier otro castigo que pudiesen idear los civiles en su contra, permanecía sereno, callado y paciente. Aunque por dentro su mente era un remolino y el miedo imperaba en su alma, no podía expresarlo frente a Rin, ya con sus ánimos rotos y sin esperanzas; tenía que ser fuerte por ella, por ambos; mostrarse seguro de un plan que podía fallar en cualquier momento.

Hecha un mar de lágrimas, Rin, la llamada hija del mal, abrazó por última vez a Len, su fiel sirviente, su hermano gemelo; con un lazo tan fuerte que el chico por unos segundos perdió el aliento, y tan emotivo que por un momento estuvo apunto de romper con su templanza. Recuperando la compostura, el sirviente del mal envolvió con sus brazos a la chica rubia, le besó en la frente y dirigió una cálida y amistosa sonrisa, como solía hacerlo.

-Todo estará bien. Anda, tienes que marcharte, ya no llores más.- dijo el rubio.

-No sabes como deseo que esto no estuviera pasando… es todo mi culpa.

-De nada sirve lamentarlo, no es culpa tuya, todos hemos contribuido. Vamos, te prometo que estaré bien.- le alentó.

-Te quiero Len…- concluyó ella, besado la mejilla del joven y soltándolo.

-Y yo te quiero Rin.

-Len- se acercó Luka abrazándolo. –Más te vale salir vivo de esto o te las veras conmigo en el otro mundo.- hablo con aire de rudeza para ocultar el nudo en su garganta.

-Nunca cambias- respondió con una ligera risa. –Y nunca lo hagas.

-Tal vez tu sangre sea Kamui, pero tienes el corazón de tu madre.

-Y el espíritu de los Megurine.- sonrió el joven de dorados cabellos. –Siempre serás mi hermana.

-Y tu mi pequeño hermano.- dijo la pelirosada besando la frente de Len.

Aun estaban despidiéndose cuando se escucharon fuertes golpes tras las puertas, mismas que se sacudían violentamente, fracturándose con cada embate. Gritos maldiciendo y ordenes furiosas llegaban a los oídos de los tres, asustándoles al grado de sentir como su corazón intentaba salir de sus cuerpos. Rin intentó correr a los brazos de su hermano, pero Luka la tomó de la cintura para evitarlo y se hicieron a un lado de la cama, mientras que Len se acercó al balcón tan rápido como el vestido se lo permitía, fingiendo ser una reina dolida por la caída de su gobierno. Al poco tiempo, el candado cedió a la fuerza de los golpes, siendo arrancado por un fuerte impacto y abriendo de par en par las puertas por las cuales entraron nueve hombres armados.

-Buen trabajo Hiroki- felicitó la voz de Meiko a sujeto que les abrió, entrando junto con Kaito.

-Sirvientes, fuera de aquí.- ordenó Kaito, sin que le obedecieran. -¡Fuera he dicho!- repitió a gritos y amenazándoles con su espada.

Rin estaba paralizada por el miedo, no podía mover sus piernas ni articular palabra alguna. El hombre que alguna vez le pareció el más noble y apuesto de mundo, incapaz de odiar, con un corazón bueno y amable, estaba frente a ella amenazándole con una espada, tan lleno de ira y rencor que parecía ser otra persona. Luka de inmediato tomó del brazo a Rin y se la llevó al pasillo con un jalón, corriendo por el mismo hasta perderse de vista. Sin que ninguna se diera cuenta, Meiko les había estado dirigiendo a mirada desde que entró a la habitación.

Los nueve hombres se acercaron al balcón donde Len, haciéndose pasar por reina, miraba el campo de batalla en que se habían convertido los bellos jardines reales, de los cuales ya no quedaba nada; habían sido convertidos en un terreno enorme, muerto, lleno de cenizas, sangre y cuerpos mutilados. Lentamente se acercaron Kaito y Meiko, ambos con una expresión de satisfacción en los rostros y un brillo maléfico en sus ojos.

-Caballeros, atrápenla.- ordenó Meiko.

Al escucharla, los nueve hombres, ocho civiles e Hiroki, se acercaron corriendo a Len, cortándole todo escape posible, aunque el chico ni siquiera se movió. Dieciocho manos cayeron sobre el, jaloneándolo con fuerza hacia ellos mientras forcejeaba inútilmente. No tardaron mucho los civiles en someterle, sujetándole ambos brazos y amenazando su cuello con el filo de tres cuchillos.

Tan pronto le tuvieron en su poder, le arrastraron ante Meiko, que les miraba desde el centro de la habitación junto con el príncipe del Reino Azul. Este hombre seguía con su expresión de ira en el rostro, tan intimidatoria que Len creyó que este le atravesaría el corazón con su sable en cualquier momento; por su parte, la dirigente de los rebeldes no paraba de sonreír complacida, la situación le producía algún extraño placer; quizá la sed de venganza era saciada, o el ver tan vulnerable a alguien considerado intocable tenia su gracia. Sin embargo, a pesar del brillo de satisfacción en su mirada, Meiko permanecía analítica, sus ojos recorrían de pies a cabeza el cuerpo del joven, como si buscaran algún detalle que le asegurara que era la reina.

-Nos volvemos a ver, su alteza.- dijo con ironía Meiko. –Apuesto que no se acuerda de mí.

Len se quedó callado. Claro que sabía quien era, la recordaba muy bien de aquella ocasión en que el capitán Sakine había llevado a su esposa a un baile real, justo en el que le nombraron capitán de la guardia real. La primera y hasta el momento única vez que le había visto. En aquel día tan lejano, Sakine Meiko le había parecido una mujer sumamente tranquila, amable y feliz; pero ahora tenía ante él a una persona distinta, decidida, sanguinaria, violenta.

-Veo que no.- comentó Sakine. –¡Pero que importa! ¡No somos nada para usted! ¡No vale la pena recordar a quien le ha quitado a su esposo, a sus padres, a sus hijos, a alguien amado!- gritaba con fuerza y enojo. Luego recupera la calma. –Pues eso es lo que va a sentir, mi reina.- dijo con malicia, sonriendo de una forma en que se le notaban todos los dientes. –Hiroki, llévela a cualquier celda libre. Al amanecer me encargare de ella.

-Claro Meiko.- respondió. –Andando, y ni se les ocurra soltarla o los arrojare desde la torre.- rugió Hiroki a los dos hombres que mantenían preso a Len, poniéndose en marcha y abandonando la habitación posteriormente.

-¿Satisfecho?- dijo riendo la hija de la venganza, una vez solos.

-No lo estaré hasta que ella muera.- respondió con seriedad el príncipe de azul.

-Nadie lo estará hasta que la vean muerta.- añadió Meiko recuperando su semblante serio. –Sin embargo, podemos hacerla sufrir más.

-¿Cómo?

-Confíe en mi príncipe. Ella sufrirá aquí y en el infierno.- agregó, volviendo a reírse sonoramente.

En los alrededores solo existía un lugar donde reinaba la paz, un punto en el cual los horrores de la rebelión no habían llegado, los gritos y maldiciones de los rebeldes no se escuchaban, la sangre de los soldados del País Amarillo no había manchado la tierra, permanecía ajeno a la caída del reinado de la dinastía Kamui. El único lugar seguro en aquellos momentos era la pequeña playa escondida que servía de refugio a toda mujer que se atreviera a casarse con un Kamui. Una leve brisa soplaba desde el mar, refrescando el ambiente. Pequeñas olas rosaban las arenas de la playa o golpeaban con sutileza los muros de roca. De pronto, un túnel se abrió entre los muros de roca, del cual salieron Rin y Luka.

En cuanto ambas lograron salir del túnel, y tras unos segundos para recobrar el aliento, Rin escaló con apuro el rugoso muro de piedra que estaba detrás suyo, resbalando en ocasiones, desprendiendo piedras en otras, siendo seguida por Luka. Al legar a la cima, la rubia se dejó caer de rodillas, quedando en un estado de shock por unos cuantos segundos hasta reaccionar con un amargo y doloroso llanto. La sirvienta apareció a su lado, con el vestido desgarrado, y al ver el estado de Rin, la abrazó, buscando darle fuerzas y afecto.

A lo lejos, ambas podían ver con claridad el palacio, rodeado de una espesa y negra nube de humo, misma que salía de sus ventanas y jardines. El reinado Kamui había muerto.