Capítulo 26: Tony y Bucky

Tony había perdido la cuenta de las horas que llevaba trabajando en el taller; unas cuantas, a tenor de lo agarrotada que se notaba ya la espalda. Una distracción era lo que necesitaba y la oportunidad se la brindó la más que bienvenida visita de un apuesto supersoldado. No con el que se iba a casar en pocos meses, por eso. El otro.

Bajó la música.

—Hola. ¿Estás muy ocupado? Necesito tu ayuda con una cosa —dijo Bucky.

Tony minimizó el esquema con el que había estado ocupado hasta entonces.

—Para ti siempre tengo tiempo. ¿Qué necesitas?

—Pues me gustaría que le echaras un vistazo al brazo. He hecho un mal gesto o algo porque ahora cada vez que muevo el hombro hace un ruido muy raro. Mira. —Bucky hizo girar el hombro de su brazo de metal y efectivamente sonaba como si hubiera alguna pieza suelta ahí dentro.

—¿Te duele?

—Al principio no, pero ahora me empieza a molestar un poco.

—Déjame ver. —Tony le pidió que se quitara la camiseta. La piel de la zona que se acoplaba al brazo estaba enrojecida e irritada—. Voy a tener que quitarte el brazo para examinarlo. ¿Va bien?

—Sí, sí, claro. —Bucky tomó asiento y dejó que Tony le extrajera el brazo. Tony se acordó de lo tenso que se puso la primera vez que hicieron eso. Ahora, en cambio, su amigo apenas mostraba ninguna incomodidad, lo cual le indicaba que confiaba plenamente en él.

Tony dejó el brazo sobre su mesa de trabajo y le alcanzó a Bucky una pomada para aliviar la irritación de su piel.

—¿Así que un mal gesto? Tu chica es una fiera en la cama, ¿eh? Tal y como me imaginaba —bromeó Tony mientras buscaba la anomalía.

—Más bien entrenando. Tu chico sí que es una fiera —afirmó Bucky.

—No lo sabes tú bien. —Tony le guiñó un ojo.

—¿Crees que vas a poder arreglarlo? —le preguntó Bucky. Tony no se dignó a contestar, simplemente le lanzó una mirada ofendida de «¿Por quién me tomas?»—. Ok, ok, es una pregunta estúpida —admitió el soldado, levantando su mano humana en gesto de disculpa—. Oye, Tony, se me ha ocurrido que un día podríamos salir por ahí.

—¿Tú y yo? —A Tony le sorprendió la repentina propuesta.

—Sí, ¿por qué no? Prácticamente todas nuestras interacciones son aquí en la base o cuando coincidimos en alguna misión. Variar un poco de vez en cuando no estaría mal, ¿no?

—¿Cómo es que cada vez que hacemos esto acabas tirándome la caña? —le preguntó Tony, divertido.

—Son tus ojos. Cada vez que me miras así es como si me hipnotizaras. —Bucky le devolvió el guiño de antes—. No, en serio, tú mismo lo dijiste, que prácticamente vamos a ser cuñados, y pensé que estaría bien que nos conociéramos un poco mejor. —Debió de malinterpretar el silencio de Tony, porque su amigo rápidamente añadió—: Si no te apetece que estemos los dos solos podemos invitar a Sam y a Rhodey también.

Tony sonrió. Seguía sosteniendo la afirmación de que no existía nadie en todo el planeta que fuera más adorable que Steve (y, encima, después de verle jugar con Gladstone, su nivel de adorabilidad había subido varios puntos, algo que no creía que fuera posible), pero la verdad era que, cuando se lo proponía, Bucky se le acercaba bastante.

Si ya no podía resistirse a los encantos de un supersoldado, ya no digamos de dos.

—¿Te manda Steve? —le preguntó con suavidad.

—No —le aseguró Bucky—. Pero está preocupado por ti. Me ha dicho que llevas unos días un poco desanimado y se siente culpable porque él fue quien te dio la idea de ir a ver a Stane.

Por algún motivo u otro Tony siempre se las arreglaba para andar preocupando a Steve, ¿verdad? Y no solo a Steve, visto lo visto.

—Estoy bien —dijo, aunque no fuera del todo verdad—. Gracias de todas formas, Bucks.

—No, hombre. Si necesitas cualquier cosa no tienes más que pedírmelo.

Tony le sonrió otra vez, agradecido.

—A ver qué tal. —Un rato después, encontrado y arreglado el problema, Tony le volvió a colocar el brazo a su amigo.

—¡Perfecto! —exclamó Bucky, rotando el hombro. Ya no se oía nada—. Muchísimas gracias.

—No se merecen. Y ahora dime, ¿a dónde te apetece que vayamos cuando salgamos?

La cara de Bucky se iluminó de tal forma que Tony no pudo evitar reír. Sip, adorable, lo que él decía.

—Sorpréndeme —le contestó, tras unos instantes de consideración—. Un día en compañía de Tony Stark. No puedo esperar.

—Es una cita, pues —concluyó Tony, decidido ya a darle un día inolvidable a su amigo.


Dicho y hecho, buscaron un día que les fuera bien a los dos y Tony se aseguró de dejarse libre la agenda y de planificar la jornada al detalle.

Por la mañana se llevó a Bucky al New York Hall of Science en Queens, y a juzgar por la expresión que adquirió la cara de su amigo en cuanto pusieron un pie dentro, había sido una buena elección.

—Hala. Esto es… ¡Qué pasada! ¿Por qué no existía esto cuando yo era niño? —exclamó varias veces este a lo largo de la mañana, a medida que exploraban el lugar. Bucky estaba casi más emocionado que la mayoría de niños que visitaban el museo—. ¿Venías mucho cuando eras pequeño? —le preguntó después, embobado con una de las exposiciones.

—Era uno de mis sitios favoritos —le confirmó Tony. La primera vez le había traído su madre. Ella ya se había dado cuenta, pese a lo pequeño que era, que su cerebro funcionaba de forma distinta a la de muchos otros niños. Se pasaron allí un día entero, recordó. No se acordaba de mucho más, pero sabía que había sido un buen día—. Aunque ha cambiado mucho desde entonces. Ahora es todavía mejor.

Bucky se lo pasó en grande admirando las exposiciones y probando todas las actividades interactivas que le llamaron la atención.

Por su parte, Tony se tiró buena parte de la mañana firmando autógrafos y haciéndose fotos con jóvenes admiradores. De repente una voz infantil chillaba «¡Iron Man!» y al momento Tony se encontraba rodeado por niños (y algunos no tan niños, también) de ojos brillantes. Tony los atendió a todos con una sonrisa.

—De verdad que no sé cómo lo haces. Ha de ser agotador —le comentó Bucky después de despedir al último grupo que había reparado en su presencia.

—Estoy más que acostumbrado. Llevo atendiendo a la prensa y al público desde los cuatro años.

—¿En serio? —Bucky puso cara de alucinado—. ¿En momentos así no te gustaría ser anónimo?

Tony se encogió de hombros.

—Si supiera lo que es ser eso a lo mejor lo echaría de menos. A Steve sí que le cuesta más eso de que no podamos salir por ahí sin que nadie nos reconozca.

—Sí, Steve nunca acabó de acostumbrarse a la fama —convino Bucky.

—De todas formas, no voy a quejarme nunca de hacer sonreír a niños que solo quieren formar parte unos minutos de la vida de alguien a quien admiran, ¿no crees? —Los paparazzi eran una cosa, los niños, otra muy distinta. Cada vez que alguno de sus pequeños fans le decía que de mayor quería ser como él, Tony recordaba que, pese a lo mucho que la había jodido año tras año, todavía era capaz de dar algo bueno al mundo. Si podía inspirar y motivar ni que fuera a una sola joven mente para dar lo mejor de sí al crecer, significaba que no estaba todo perdido, que su vida todavía tenía algún propósito.

Finalizada la excursión al museo fueron a comer a un restaurante rumano que quedaba por la zona. A Bucky le hizo ilusión poder charlar con el dueño en su idioma nativo, y Tony dejó que él pidiera por los dos.

—Jo, Tony. Se supone que soy yo el que debería estar animándote, y en cambio eres tú el que ha organizado todo el día pensando en mí —dijo Bucky en cuanto se quedaron solos.

—Verte contento es lo que me anima —repuso Tony. Bucky sonrió con timidez.

—Escucha, sobre lo que te dije el otro día, lo de que Steve está preocupado por ti. No te agobies, ¿vale? No estás haciendo nada mal, es Steve que es así. Siempre quiere lo mejor para la gente que quiere y por eso se preocupa. El problema lo tendríamos si no lo hiciera.

—Ya lo sé. Steve tiene demasiado buen corazón.

—Bueno, no es el único. Tú también antepones siempre su bienestar al tuyo. Por eso os complementáis tan bien.

—Ahora que lo pienso, creo que nunca llegué a darte las gracias por animar a Steve a volver conmigo —recordó.

—¿Te refieres a esa vez que te llamé cobarde e hipócrita?

Tony torció el gesto.

—Vale, Steve no me dio todos los detalles de vuestra conversación. —Y con buen motivo, pensó—. Y yo que creía que estabas de mi parte, Barnes.

Bucky rio.

—Y suerte tienes de que lo esté. Seguro que a Howard también le hubiera gustado que le echara una mano con eso. —Su sonrisa desapareció al ver la reacción de pasmo que había provocado con esa afirmación—. Ay, me parece que acabo de hablar de más. Soy un bocazas.

Tony bebió un poco de agua para recomponerse.

—Tampoco es que sea una gran sorpresa. —Al fin y al cabo, Bucky solo había confirmado lo que Tony había sospechado toda su vida, no había que ser un lince para darse cuenta de que la obsesión de su padre con Steve iba mucho más allá de una amistad puramente platónica—. ¿Lo sabía Steve?

—Qué va, no se daba cuenta de nada. Se lo dije el día que le pediste en matrimonio y también se quedó a cuadros. ¿Pero te imaginas? Si Steve hubiera escogido al Stark equivocado, a lo mejor tú no habrías nacido.

Y puede que eso no hubiera sido algo tan malo, pensó Tony.

Se sacudió ese pensamiento de encima.

—Demos gracias que todo pasó como tenía que pasar. ¿Y tú qué? ¿Cómo llevas lo de Bruce? —le preguntó, para cambiar de tema.

—Me imaginaba que me preguntarías por eso. ¿Bien, supongo? Si Nat no tiene problema en convivir con él, yo ahí no me voy a meter, no es cosa mía. Ahora, no te voy a negar que un poco raro es. Más que nada porque cada vez que le veo no puedo evitar recordar que ella lo pasó muy mal por su culpa.

—Pero sabes que no fue porque a Bruce no le importara Nat lo suficiente, ¿no? Sino precisamente porque le importaba muchísimo. —Tony hablaba por propia experiencia.

—Soy el primero en entender lo que es alejarte de la gente que quieres para protegerlos, no hace falta que me expliques nada —repuso Bucky—. Ya sé que Banner es importante para ti y me alegro de que vuelvas a tenerlo cerca, de verdad. Los amigos verdaderos no son fáciles de encontrar y hay que conservarlos.

—Tú eres un buen amigo también —le aseguró Tony—. Y no me refiero solo para Steve.

—Y quién lo hubiera dicho, ¿eh? Pero aun así no pienso desnudarme en tu despedida.

—Cachis. —Tony chasqueó los dedos y Bucky volvió a reír.

Les trajeron la comida, todo tenía una pinta deliciosa y sabía todavía mejor. La charla fue fluida y agradable; por momentos Tony sentía como si se conocieran de toda la vida. Y, teniendo en cuenta de dónde venían, el que hubieran forjado esa relación de amistad tan estrecha se le antojó más asombroso que nunca.

Después de comer fueron hasta Brooklyn donde Bucky le enseñó los lugares más emblemáticos de su infancia y adolescencia y le explicó cómo había cambiado todo de cómo lo recordaba a como estaba ahora. Tony ya había hecho ese tour antes, con Steve, pero no le importó repetir porque era evidente que Bucky tenía muchas ganas de compartir sus historias con él y además Tony no se cansaba nunca de escuchar las aventuras juveniles de sus dos supersoldados.

Más tarde Tony se lo llevó al Madison Square Garden a ver un partido de los Knicks. Los asientos a pie de pista, por supuesto, y Bucky se tiró un buen rato con los ojos como platos. Aunque habían comido de lo lindo en el restaurante, no podían disfrutar del partido al cien por cien sin atiborrarse de perritos calientes y cerveza y hasta se compraron una camiseta y una gorra cada uno.

Por último, antes de volver a casa, Bucky le pidió a Tony que le enseñara la Torre. Nunca la había visto por dentro y tenía curiosidad. Ya estaba totalmente restaurada después del último incidente y Tony le hizo un tour rápido algo aprensivo; con la tendencia que tenía ese sitio de generar accidentes, lo que menos quería era volver a tentar al destino.

No sucedió nada, por suerte. Subieron a la azotea (Tony casi podía oír a Sinatra, si cerraba los ojos podía ver con total claridad la cara de Steve cuando Tony hincó la rodilla en el suelo y le enseñó el anillo) y pasaron unos minutos contemplando la panorámica nocturna de la ciudad.

—Te lo admito. Tenía muchas expectativas puestas en el día de hoy y las has superado todas —dijo Bucky, con los brazos apoyados en la barandilla—. Sabes cómo hacer que alguien se sienta especial a tu lado, Stark. Ahora entiendo por qué Steve era incapaz de pasar página durante aquella época en la que estuvisteis separados.

—¿Ahora lo entiendes?

—Ya sabes lo que quiero decir. Es más, si esto fuera una cita de verdad, esta noche mojarías seguro —añadió.

—No, si esta noche voy a mojar fijo, solo que con el supersoldado que no está aquí ahora —afirmó Tony.

—Ugh, no me hagas imaginármelo que ya estoy lo suficientemente traumatizado —bromeó Bucky. Luego, se puso un poco más serio—. Antes, cuando Steve era como era, me daba mucho miedo pensar que siempre fuera a estar solo, ¿sabes? —le confesó—. Especialmente después de que muriera su madre y él se negara a venirse a vivir conmigo. Había muchas posibilidades de que yo no volviera jamás de la guerra y me mataba pensar que no tuviera a nadie para cuidar de él.

Tony se imaginó al Steve pequeñito que había visto en fotografías y del que le había hablado su padre. El Steve que se enfrentaba a matones que le doblaban en tamaño, que no se acobardaba nunca y que luchaba hasta el final para conseguir todo aquello en lo que creía.

—¿Qué le hubieras dicho si hubiera tenido ocasión de contarte lo que iba a hacer? —preguntó Tony.

—¿Lo de inyectarse el suero, dices? Le hubiera dicho que estaba loco y habría intentado por todos los medios hacerle entrar en razón. Y no habría servido para nada porque Steve lo hubiera hecho igual. —Los dos sonrieron—. Creo que siempre le he tenido un poco de envidia. Steve nació con todo en contra y a pesar de ello mira lo lejos que ha llegado. —Sacudió la cabeza—. En fin, lo que quería decir es que estoy muy contento de que te haya encontrado, Tony.

—Gracias, Buck.

Bucky miró hacia adelante, indeciso. Tony vio que estaba sopesando decirle otra cosa. Al final se decidió.

—Si me pides que mate a Stane voy y lo hago. Por ti.

—¿Qué? —Tony le miró sorprendido—. ¿Te has vuelto loco?

—Tú también has pensado en hacerlo, ¿o no? —adivinó su amigo.

—Claro que lo he pensado, millones de veces, pero pensarlo es una cosa y hacerlo otra muy distinta. Esto no lo digas ni en broma, Bucky.

—¿Por qué?

Tony resopló con incredulidad.

—¿Cómo que por qué? ¿Estás tonto? ¿Yo tengo que recordarte que has sido un asesino a sueldo contra tu voluntad durante décadas? ¿Cómo puedes ni siquiera pensar que yo querría pedirte algo así?

—¡Pues precisamente porque ya tengo experiencia! Y ahora lo estaría haciendo por propia voluntad y no es como si Stane no se lo mereciera. A lo mejor así compensaría de alguna manera…

—No —le cortó Tony de forma tajante. Bucky no se dio por vencido.

—Estamos hablando del hombre que torturó a mi mejor amigo, Tony. A tu prometido. Y es evidente que tú sigues sufriendo por su culpa. Solo quiero que el día de tu boda seas feliz sin tener que estar preocupándote de nada más.

—¡Eso es lo de menos! —Tony cogió a Bucky de los hombros con fuerza. Este ensanchó los ojos con alarma—. Te puede parecer que es muy noble lo que estás proponiendo, pero tomarte la justicia por tu mano nunca es lo correcto. No quiero ni pensar en qué consecuencias tendría a la larga si hicieras algo así. Prefiero mil veces las pesadillas y la ansiedad que permitir que pases por eso, así que ni se te ocurra, ¿me oyes? Ni se te ocurra. —Bucky no dijo nada—. Bucky, prométeme que no harás nada —insistió.

—Te lo prometo —le concedió este tras unos segundos. Tony lo soltó y se frotó los ojos, sintiendo el inicio de un molesto dolor de cabeza.

—Además, no es solo… —empezó a decir, no muy seguro de continuar—. Últimamente no paro de soñar con mis padres.

Bucky abrió la boca, luego la volvió a cerrar, sin saber qué decir.

—Casi siempre es lo mismo. Les digo que me voy a casar, y mi madre se alegra mucho por mí, y a mi padre le cuesta más, pero al final también lo hace, y les ruego que estén presentes en la boda. —Era horrible. Eso le atormentaba casi tanto como la amenaza nada velada de Zeke. Saber que por fin era feliz y que no podría compartirlo con ellos, especialmente con su madre, le resultaba muy doloroso—. Cualquiera diría que después de veinticinco años ya debería tenerlo más que superado, ¿no? —intentó reír, sin éxito.

—No creo que eso sea algo que se llegue a superar —musitó Bucky. Tony observó su rostro, cargado de culpa, y se sintió mal. Así no era como quería que terminara un día que estaba siendo tan agradable para los dos.

—Ya sé que te dije que no quería volver a hablar de ello nunca más, pero necesito preguntártelo. Mi madre… Mis padres, ¿llegaron a saber que no fue un accidente?

Bucky negó con la cabeza.

—No. Me aseguré de que fuera rápido.

Tony asintió. Era un mínimo consuelo saber que por lo menos no habían sufrido.

—Vas… ¿Te vas a poner a llorar? —preguntó Bucky. Esta vez Tony sí se echó a reír.

—Lo haría solo para ver la cara de pánico que pondrías, estoy seguro de que sería graciosísima.

Bucky respiró un poco más aliviado al ver que el ambiente volvía a aligerarse.

—¿He estropeado el día? Con lo bien que nos lo estábamos pasando…

—No te preocupes. Es todo un detalle por tu parte que estés dispuesto a hacer algo así por mí, aunque no haya sido una de tus ideas más brillantes —le tranquilizó.

—¿Se lo vas a contar a Steve? —Bucky ya parecía estar dándose cuenta de que lo que había propuesto era todo lo contrario a sensato. Tony le sonrió.

—Tranqui. Esto se queda entre tú y yo. ¿Te hace volver a casa?

Bucky le devolvió la sonrisa.

—Sí. Volvamos.


Al llegar a casa se encontraron a Natasha y a Steve en el sofá del salón, arrebujados bajo una mullida manta.

—¿Hay sitio en ese sofá para dos más? —preguntó Tony.

Natasha levantó la manta y se movió hacia un extremo para dejar espacio a los recién llegados.

—Suerte que habéis venido. Estamos haciendo maratón de películas de miedo y no puedo ni levantarme para ir al baño porque a Steve le da cosa quedarse solo.

—¡No es verdad! —protestó Steve, aunque no sonó muy convincente porque en cuanto Tony se sentó a su lado le agarró de la mano como si le fuera la vida en ello.

—¿Cómo ha ido el día? —preguntó Nat después de recibir el beso de Bucky.

—Muy bien. Ahora estamos todavía más unidos que antes, ¿verdad, Stark? —respondió Bucky.

—Tú lo has dicho. Amigos íntimos somos ya este y yo. ¿Qué toca ahora?

The Ring. La original japonesa —indicó Natasha.

—Oh, buena elección, sí señor. Agárrate bien a mí, amorcito, que esta es de las que impresionan.

Steve le puso mala cara, pero se arrimó todavía más a él. Natasha y Bucky hicieron un viaje rápido a la cocina para hacer más palomitas y traer refrescos para todos y pronto estuvieron los cuatro acomodados en el sofá, debajo de la manta, con las luces apagadas, viendo cómo los protagonistas de la película trataban de descubrir qué se escondía detrás de la maldición de la extraña cinta de vídeo de la niña y el pozo.

A media película, Steve, con la respiración un poco acelerada, le preguntó al oído:

—¿Estás bien?

Tony levantó sus manos todavía entrelazadas y besó el dorso de la de Steve. Arropado por la manta, la calidez que desprendía el cuerpo de su precioso prometido y la compañía de la pareja formada por dos de sus mejores amigos, pensó que, en aquel momento, no le pediría muchas más cosas a la vida que quedarse tal y como estaba.

—Lo estaré —afirmó.