Capítulo 26

Lo único que importa…

Syaoran se encontraba meditando en su departamento; se preparaba para el encuentro que tantos años había esperado, pero se sentía preocupado por su pequeña discípula. Después de su conversación en el laboratorio del instituto, no la había vuelto a ver. Él sabía que Sakura había quedado conmocionada por la noticia que ya no sería más su alumna, pero jamás se imaginó que la chica de ojos verdes se había enamorado. Pero por más que quisiera, no había lugar para el amor.

Pero, si no tenía tiempo para el amor ¿Por qué aceptó ser su maestro? Y algo más importante ¿Por qué convirtió a Sakura en vampiro si era lo que más odiaba? Eso no lograba entenderlo.

Tampoco entendía el porqué cada vez que veía a su alumna a los ojos, la imagen de su fallecida esposa aparecía delante de él. No podía negar el increíble parecido entre Ying Fa y Sakura, pero siempre lo negaba diciéndose a sí mismo que todo era una coincidencia, olvidándose que Eriol, su maestro, siempre le decía que "no existen las coincidencias, sólo existe lo inevitable".

El joven suspiró para volver con su meditación; debía estar lo más preparado posible si deseaba acabar con la asesina de su esposa.

Mientras, en otro lado de la ciudad, la pequeña Sakura lloraba dentro de su cuarto. Llegó temprano, saliendo del instituto casi corriendo y con el corazón roto. Lloraba por Syaoran, por su rechazo, porque a partir de ese día jamás volvería a verlo.

-Hija… -preguntó su mamá tocando a la puerta-, ¿te encuentras bien?

-¡Déjame sola! –gritó Sakura, aún llorando-. ¡Vete mamá!

-Hija, por favor, me preocupa que estés así. Déjame ayudarte.

-¡No, mamá! ¡Déjame sola!

La madre de la muchacha se alejó lentamente de la puerta de la habitación de su hija. Lo hacía muy preocupada ya que era la primera vez que Sakura se mostraba tan triste y desconsolada. Mientras la joven Kinomoto continuaba llorando por su profesor y abrazando una almohada, se quedó dormida.

La noche se acercaba rápidamente, y Syaoran se encontraba sobre la azotea de aquel edificio donde se ubicaba su departamento. Observaba el atardecer por primera vez en su vida, y realmente lo disfrutaba. Quizás porqué nunca le dio importancia hasta ese día el cual, quizás, sería el último de su vida inmortal.

En sus manos sostenía dos pequeños envases, los cuales contenían aquella poción roja que le permitía sobrevivir a la luz del sol. Había trabajado en ellas para que pudieran ser bebidas y sólo existían tres dosis: una sería para él, la cual bebió mientras el sol desaparecía dejando su lugar a la luna; Otra estaba destinada para su maestro, ya que seguramente Eriol no había tomado su dosis por estar tanto tiempo encerrado. Pero existía una tercera dosis, la que se encontraba en el dojo de su departamento. Esa dosis estaba destinada para su, ahora, ex alumna: Sakura. Al lado del frasco había dejado una nota, detallando sus razones para dejarla libre y disculpándose por haberle dado falsas esperanzas.

La noche ya llegaba a la ciudad de Tomoeda, y sentía que, para el ángel nocturno sentía que la hora de la verdad había llegado. Cubierto con su capa negra y su espada en sus manos, dio un salto que parecía llegar hasta el cielo e inició su camino hasta su principal objetivo: la malvada Lilith.

El sonido de dos espadas chocando en el aire como el rugido del trueno durante una fuerte tormenta. Dos figuras batiéndose a duelo ante la mirada siniestra de una mujer de largos cabellos oscuros, la cual disfrutaba de tan feroz encuentro. De pronto un gran estruendo, una espada, partida en dos, que voló por los aires. Un joven de cabellos castaños yacía en el suelo. Su rival, sonriendo triunfante, separa la cabeza del guerrero caído con un rápido movimiento de su espada, convirtiéndose en cenizas antes que tocara el suelo.

Sakura despertó violentamente de sus sueños. Aquella pesadilla la sintió demasiado real; estaba segura que aquel joven caído en batalla no era otro más que Syaoran. Era una visión y si no hacía algo, esa terrible pesadilla se haría realidad.

Rápidamente, la angustiada chica bajó de un salto las escaleras y se dirigió hacia la puerta principal, pero una fuerte voz masculina la detuvo en seco.

-¡Sakura! ¿Adónde crees que vas a esta hora? –gritó su hermano Touya fuertemente.

La muchacha de ojos verdes le daba la espalda, su mano sostenía el picaporte de la puerta. Su hermano se acercó a ella con una expresión seria en su rostro.

-Sakura, respóndeme –exclamó el joven-. ¿Adónde crees que vas a estas horas?

-Tengo… algo urgente que hacer –respondió la chica sin mirarlo.

-De aquí no te vas hasta que me des una buena explicación –reclamó Touya.

-No puedo decírtelo, no lo entenderías.

-Sakura, en los últimos meses te has estado comportando muy extraña –dijo su hermano preocupado-, ¿en qué lío te has metido?

-No puedo decírtelo –murmuró Sakura, con un tono triste.

-¡No, Sakura! –exclamó el muchacho a su hermana, sujetándole el hombro a ella-. ¡De aquí no te vas hasta que me des una explicación!

-Suéltame…

-¡Sakura, responde!

-¡Suéltame! –gritó la chica, volteando su rostro para verlo fijamente con sus ojos rojos.

Touya rápidamente soltó el hombro de su hermana debido a la impresión de ver esos ojos que no eran de su hermana, ojos que permanecieron allí sólo un segundo. Entonces comprendió que Sakura estaba decidida y nada haría cambiar su decisión. Dejó que abriera la puerta y, a dos pasos afuera de su hogar, su hermanita le dijo unas palabras salidas del corazón.

-Touya, la persona que más quiero está en dificultades y debo estar a su lado –relató la chica-. No te preocupes, no me voy a fugar de casa, pero ya no soy tu pequeña hermanita, puedo cuidarme sola.

-Sakura…

-Te quiero, hermano –dijo la muchacha antes de correr por la calle.

Touya intentó seguirla, pero su hermana ya había desaparecido en las sombras de la noche. Entonces, un solitario pensamiento se cruzó en la mente del joven: "cuídate, Sakura"