Segunda Temporada- Capítulo 9 –Decisiones trascendentales (Parte 1)
Era un hermoso y soleado día de primavera, las colinas que rodeaban el lugar tenían un tono verde intenso y el viento fresco y cálido soplaba acariciando el frondoso rosal esparciendo el bello aroma que emanaba la "Dulce Candy. De repente, el habitante más pequeño del hogar de Pony rompe el silencio con una estruendosa y contagiosa carcajada, tan característica de los bebés, mientras juega alegremente con sus demás compañeros, o al menos eso es lo que él cree.
El pequeño Alex cuenta apenas con un poco más de un año de nacido, los demás niños del orfanato lo superan en edad por mucho. Aunque todos sus compañeritos generalmente se muestran amables y comprensibles con él, muchos en actitud paternal y protectora, esa mañana no le prestaban mucha atención. El juego consistía en atrapar a tus compañeros; el primero de los niños en ser atrapado en la ronda anterior representaba el papel de cazador mientras su demás compañeritos huían despavoridos pero desternillándose de risa. Todos participaban en el juego menos Alex, por ser el más pequeño. Aunque esto a él no parece preocuparle, menos aún importarle. Una vez que sus compañeros emprendían la huida, él comenzaba a disfrutar. A veces solo se quedaba en el mismo lugar, mirando de un lado a otro como sus compañeros corrían en distintas direcciones, mientras reía nerviosamente aplaudiendo con sus manos regordetas, feliz, pensando tal vez que sus amigos huían de él dándole una sensación de importancia dentro del grupo. Pero en otras ocasiones decidía participar. Corría tan rápido como le permitían sus cortas extremidades, con sus pequeños brazos echados detrás del torso y la cabeza inclinada hacia adelante en un intento por disminuir la resistencia con el viento y acelerar su frenética carrera, pero cad pasos trastabillaba para caer por completo al suelo sin la menor oportunidad de detener su caída, pero, el instinto y la experiencia adquirida por anteriores y accidentadas caídas, levantaba el rostro fracciones de segundo antes de caer evitando con esto lastimarse.
Se quedaba tendido de panza sobre el pasto por un momento, con el rostro asustado analizando (o esperando que alguien le indicara) cuál debía de ser su reacción. Evaluaba el dolor pensando si ameritaba romper en llanto, esto probablemente incluiría tener que dejar de jugar al menos por un par de minutos, pero un bebé no entiende de minutos, ni de horas, solo de instintos y de impetuosos deseos. Decidió que sus ganas de jugar eran mayores, asentó firmemente las palmas de sus manos al piso, elevó el trasero hasta que las piernas quedaron completamente estiradas en su corta longitud y una vez encontró el equilibrio suficiente, procedió a levantarse dispuesto a continuar su loca y torpe carrera.
Tres mujeres observaban esta escena desde el umbral de la vieja casa. Dos de ellas se hallaban sentadas en mecedoras, aparentemente sumergidas en sus respectivas actividades, la lectura y la costura, pero en el momento justo de la caída del pequeño levantaron el rostro exactamente al mismo tiempo parar cerciorarse que el niño no hubiera sufrido algún daño considerable; tal vez una pequeña área de su vista periférica estaba destinada siempre a vigilar a cada uno de los niños que tenían a su cargo, o tal vez, solo se trataba del instinto protector de madre, que, sin tener hijos naturales, las dos habían desarrollado en un grado elevadamente sorprendente durante los años dedicados a dirigir ese orfanato.
La tercera mujer, la más joven de las tres, contemplaba la escena completamente fascinada. Ella estaba sentada en el marco de la puerta, con las rodillas juntas, el codo apoyado en ellas, mientras su barbilla descansaba sobre la palma de la mano. Una sonrisa iluminaba su rostro y parecía cruzarlo literalmente de oreja a oreja. Se trataba de la madre del pequeño.
-¡Y ahí va de nuevo! Parece que nunca se cansa- exclamó la señorita Pony.
-Es tan pequeño, a veces temo que llegue a lastimarse por ser tan tosco al jugar – agregó la hermana María.
-Lo dudo. Mi hijo es un niño muy fuerte, tiene que serlo- exclamó Candy dando un hondo suspiro- Me dolió mucho no haber podido venir para estar con él en su primer cumpleaños
-¡Oh él estuvo muy feliz! La hermana María y yo le hicimos una tarta, los niños le cantaron feliz cumpleaños y Tom y su padre le trajeron varios obsequios.
-Me habría encantado estar aquí, pero, era…
-No pienses en eso. Lo importante es que ahora estás aquí; nosotras comprendemos, al igual que Alex algún día lo hará, que todo lo que estás haciendo incluyendo el sacrificio de estar separados por el momento, es por buscarle un mejor porvenir. No te sientas mal, por ahora solo concéntrate en salir adelante.
-Por cierto Candy- agregó la hermana María- ¿Cómo te va en tu nueva escuela? ¿Es muy difícil estudiar enfermería en la escuela de Marie-Jane?
-¡Bien! Todo va bien. La escuela es algo estricta y exigente, no tanto como en el San Pablo, o tal vez sí, pero, distinta – y deseó agregar que bajo su punto de vista lo aprendido ahí le resultaba mucho más interesante. Todavía recordaba claramente su ingreso a dicha institución, pero sobre todo, las razones que la llevaron a tomar esa importante decisión.
-¿Qué piensas hacer ahora?-Le preguntó la señora Rose cuando fue a verla el día siguiente del altercado en el Circo, al viejo hotel donde Candy se quedaba. Le había llevado sus cosas y la poca paga de los días laborados.
-Buscar otro empleo.
-¿Lavando platos? ¿Fregando pisos?
-Es lo único que sé hacer
-Lo dudo mucho Candy. Eres una chica lista, bella, y sobre todo honesta y con un buen corazón. Esas son cualidades difíciles de encontrar hoy en día. No tienes por qué desperdiciar tu vida de esta manera.
-No se trata de mi vida, si no del bienestar de mi hijo.
-Precisamente. ¿Qué vida piensas ofrecerle, arrastrándolo de un sitio a otro, sin un hogar estable? Sin poder cubrir siquiera sus necesidades básicas de alimentación y salud. En ese caso, sería mejor que dejarás que su padre se lo llevara, estás siendo egoísta Candy.
-¡Eso nunca!
-Entonces busca la manera de salir adelante. Tu vida no se ha acabado por que te convertiste en madre, al contrario, es un nuevo inicio con un empuje muchas más valioso y fuerte. Retoma tus sueños, tus metas, tus anhelos, y sobre todo, acepta ayuda de los que quieren. Candy, aceptar que te ayuden no significa que seas débil, significa que tienes amigos de verdad.
A pesar de que el horrendo empleado del hotel le había ofrecido pasar un par de noches a cambio de su anillo de bodas, esa misma tarde Candy se marchó con dirección al hogar de Pony para dejar a Alex al cuidado de quienes la habían criado a ella. La despedida fue dura. Creyó estar convencida de que era lo mejor para Alex, que estaría bien, rodeado de amor, de otros niños, que sería solo temporal. Pero aún así seguía sintiéndose terriblemente culpable. Partió de la casa, sin mirar atrás, escuchando el llanto de su pequeño que le desgarraba el alma.
Regresó a Chicago y siguió trabajando arduamente, generalmente tenía dos o hasta tres trabajos al mismo tiempo, la mayor parte de ese dinero lo enviaba al hogar. Tenía clara tres cosas: la primera, que Alex era su responsabilidad, suya y de nadie más. La señorita Pony y la hermana María únicamente le hacían un favor al cuidarlo pero todos los gastos que el pequeño generaba tenía que cubrirlos ella; los recursos en el orfanato siempre habían sido limitados y no pretendía que estos escasearan aún más al tener a su hijo ahí, aunque claro, esto no implicaba que las maestras del orfanato tuvieran preferencias o hicieran distinciones en el trato que le daban a su hijo con respecto a los otros niños, por tal motivo siempre que Candy acompañaba su carta con algo de dinero, se aseguraba de escribir que era destinado para "que le compren algo lindo a todos los niños del orfanato". Solo mucho tiempo después de enteraría que Annie periódicamente también enviaba todo el dinero posible que podía sacar de su asignación para la manutención de Alex, y que Tom frecuentemente llevaba leche, quesos y otros comestibles de su rancho con el mismo propósito.
La segunda cosa que Candy se recordaba frecuentemente era que: su hijo no era huérfano. Y no es que ser huérfano fuera algo malo o un crimen como robar, ella misma era una huérfana. Lo hacía con el propósito de recordarse que esa situación fuera pasajera, al no ser un huérfano, lo correcto sería que estuviera al lado de su madre, es decir, de ella. Por lo tanto debería de esforzarse al máximo por lograr estabilizarse y brindarle a su hijo techo, comida y cuidados necesarios lo más pronto posible, antes de que Alex tuviera la edad suficiente para llegar a sentirse solo y abandonado como un huérfano. Aunque ser huérfano no tiene nada de malo. Volvía a repetirse, pero muy dentro de si continuaba escuchando las burlas y tono despectivo con el que a lo largo de toda su vida le habían dicho esa palabra, prometiéndose que nunca permitiría que su hijo recibiera las mismas ofensas, lo defendería con uñas y dientes, fieramente, como a ella alguna vez la defendió…"Ella no escogió ser huérfana". Terry seguía apareciendo en sus pensamientos, seguía estando en sus sueños.
La tercera cosa que decidió en aquel entonces, tal vez la más importante dado que con esto pretendía brindarle un buen futuro a su pequeño, era que había decidido estudiar y convertirse en enfermera. Creía tener vocación. Se asustaba poco, mejor dicho, casi nada con la sangre y en las situaciones de emergencia, como la epidemia experimentada en el barco, además de gustarle atender y ayudar a las personas. Siempre tuvo presente las palabras dichas por la enfermera Queen señalando los beneficios y las dificultades de dicha profesión. Pero tal vez lo que la hizo en verdad decidirse, fue la impotencia enorme que experimentó cuando Alex enfermó. Ella no pudo hacer nada, porque sencillamente, no supo qué hacer. Podía tener la vocación y el deseo, pero le faltaban los conocimientos y la experiencia. Además de verla como una carrera prometedora, pensó que todo lo aprendido le serviría para atender mejor a su hijo y nunca más volver a sentirse inútil mientras su pequeño sufría una enfermedad.
Esta inquietud se la expresó en una carta a la señorita Pony, quien le contestó que debería de pensarlo bien, porque la enfermería es una las profesiones más difíciles, pero si esa era su decisión la apoyarían. Existía una escuela para enfermeras ahí mismo en Chicago, la escuela de Marie-Jane, una de las mejores en toda la región. La principal cualidad de esa escuela, era que sus alumnas terminaban sus estudios muy preparadas, ya que al poco de tiempo de empezados estos, se les integraba en prácticas atendiendo pacientes de distintas áreas en el hospital San José al que pertenecía esa escuela, y dicho de paso, este trabajo se les remuneraba. Para mejorar aún más el panorama, resultaba que la directora del colegio, la señorita Marie-Jane, quien también era jefa de enfermeras en el hospital San José, había sido amiga de la infancia de la señorita Pony, y ella creía poder persuadirla de que la aceptara y le permitiera trabajar desde su ingreso.
Así que a inicio de año, emocionada ante un futuro muy alentador, con bastantes nervios dentro de su corazón, y una carpeta que contenía la carta de recomendación de la señorita Pony, y por insistencia de Annie, los papeles que esta le había traído que acreditaban su breve paso por el colegio San Pablo, Candy se preparaba nerviosa para su entrevista.
-¡Llévalos Candy! El colegio San Pablo es reconocido en muchos lados, podría servirte. Dudo que las demás enfermeras puedan decir que estudiaron en una de las mejores escuelas de toda Europa.
-No lo sé, no estoy segura.
-¡Vamos confía en mí! Mira, tú me has dicho que tu intención es terminar los estudios de enfermera en el menor tiempo posible ¿no es así? Tal vez algo de lo estudiado en el San Pablo te pueda ayudar a conseguir mejores notas, o que los maestros consideren que exista algo que ya estudiaste y no sea necesario que lo vuelvas a cursar en esta escuela.
-En el San Pablo solo te enseñaban a ser una buena dama, algo que yo nunca aprendí.
-Tú solo llévalos, no tienes nada que perder.
Cuando la Señorita Pony se refirió que la directora de la escuela de enfermeras era una "vieja amiga", Candy nunca imaginó que con vieja se refería a "estuvo presente desde la creación de la tierra". Marie-Jane era en realidad vieja, mucho más que la señorita Pony, según Candy calculaba. Además era excesivamente flaca, su rostro anguloso, casi como el de un ave (de rapiña) surcado por incontables arrugas y unos ojos pequeños, negros y sagaces parecían observar todo y cada detalle al mismo tiempo, haciendo sentir con esa mirada cuando entraba en una habitación, miedo de cometer el más mínimo error, porque indudablemente Marie Jane lo notaría. Su cara distaba mucho del rostro regordete y bondadoso de la señorita Pony, le recordaba más a la hermana Grey, aunque su expresión no era tan soberbia y déspota como la de la religiosa, pero estaba segura que Marie Jane sería igual o más severa.
Debido a su indecisión, Candy había sacado y vuelto a poner las calificaciones del San Pablo en la carpeta, esto lo hizo en innumerables ocasiones, y al final, el papel quedó en primer lugar, sin imaginar que esto sería lo primero que llamaría la atención de la directora, llevando el curso de la entrevista por un sendero que Candy no hubiera querido.
-Veamos-dijo Marie Jane rodeando el escritorio sin dignarse a mirar a Candy, hundiendo la ganchuda nariz en medio de los papeles, y sobre esta descansaban unas gafas que extrañamente hacían que sus ojos lucieran incluso más pequeños- Candy White aspira a convertirse en una enfermera ¿crees tener lo necesario para ejercer esta noble profesión? – Esa pregunta fue lanzada sin esperar una respuesta, ya que Marie Jane seguía sin mirar a Candy- ¡Vaya! Estudiaste en el colegio Real San Pablo de Londres, es un cambio bastante drástico en tu educación. ¿Qué piensan tus padres acerca de esta decisión?
-Yo-aclarándose la garganta- yo no tengo padres.
-¡Oh! Quiero decir, tus parientes, la familia…-pero antes de que Mary Jane pudiera confirmar el apellido en los papeles de Candy, ésta contestó-Tampoco tengo parientes, y Andrew es un apellido que ya no uso. Simplemente soy Candy White, del hogar de Pony.
-¿Del hogar de Pony?
-Si nota, podrá encontrar una carta de la señorita Pony dirigida a usted.
Mary-Jane tardó menos de un minuto en leerla, pero a Candy le pareció una eternidad. Su nerviosismo había aumentado considerablemente. Ignoraba el contenido de la carta de la señorita Pony y hasta qué punto informaría a Mary-Jane sobre su situación.
-Pony es muy elogiosa en su carta respecto a ti. Y me pide que te de empleo también, porque tienes un hijo.
-Así es. Alex, pronto cumplirá un año.
-¿Eres casada entonces?- El rostro de Mary-Jane era imposible de leer ¿la estaba probando?
-No.-La seguía mirando en tenso silencio, si le preguntaba si era divorciado iba a desmayarse.
-Ya veo. Siendo honesta Candy, tu no serías una candidata aceptable para entra a estudiar en mi escuela. Pero Pony me ha pedido darte mi voto de confianza, y en honor a nuestra amistad lo haré. Te advierto que el estudio será duro, y el trabajo aún más. No tengo mucha tolerancia a los errores, pero mucho menos a las faltas a las normas. A la primera incidencia te irás. Por ahora…Bienvenida a la escuela de enfermería Mary-Jane.
Y tenía razón. Estar ahí era duro y desgastante, pero al mismo tiempo reconfortante. Todo el día se le iba entre clases y atender enfermos, y por las noches tenía que estudiar para el siguiente día. Terminaba tan cansada que casi no tenía tiempo de llorar por las noches por la ausencia de su hijo. Annie estaba en lo cierto, parte de lo aprendido en el San Pablo al fin le resultó útil, presentó los exámenes y evitó re-cursar algunas materias básicas, por lo tanto estaba con compañeras de nivel intermedio a muchas de las cuales no les agradaba que Candy se hubiera saltado casi un año de educación, pero eso no la detendría, muy por el contrario pensaba tomar incluso los cursos impartidos en verano, aunque eso significara no ver a Alex en un largo tiempo. Por eso se decidió aprovechar las vacaciones de primavera para visitarlo aunque sea un par de días.
Esa noche alimentó, bañó y arropó a su hijo, no tenía sueño, pero aun así decidió irse a acostar con él. Estar abrazada al lado de Alex era una sensación maravillosa. Muy lejos estaba Chicago y sus calles ruidosas, el hospital con sus interminables turnos nocturno, las clases altamente exigentes, su antipática compañera de cuarto Flamy, Alfred el camillero que no paraba de acosarla. Todo eso no importaba, solo dormir esa noche abrazada al pequeño ser humano que le recordaba que todo aquel esfuerzo valía la pena.
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