"En el lugar donde las lágrimas se sienten,
el lugar donde los miedos desaparecen;
es nuestro paraíso, es nuestro campo de batalla."


Ha sido una noche larga para todos, pero el sol ha iluminado la ciudad con escasa intensidad.

Las aves han iniciado la competencia con los aviones a ver quienes vuelan más alto y más lejos; las más pequeñas se limitan a trinar desde la copa de los árboles, quizás con el conocimiento de que sus alas son incapaces de soportar el viaje migratorio o tal vez saben que podrán aguantar el crudo invierno que se aproxima con el flujo del tiempo. La razón que sea, prefieren quedarse y cantar a quien se detenga a escucharles.

Pensé que Kagura no estaría en casa sino hasta el fin de semana; sin embargo, allí está frente a mí, desayunando con lentitud, abrigada a más no poder y sin dirigirme la mirada. El estar en su presencia es lo único que me recuerda que no estoy solo en el comedor, sus ojos están rojos y su nariz maltratada, su cuello está siendo cubierto por una gruesa bufanda y su silencio nos invade.

— ¿Cómo está Kana? —pregunto por su hermana, la verdad es que hace un tiempo ya no he tenido noticias de ella.

Su mandíbula se tensa, detiene sus acciones y sus ojos miran hacia ambos lados ambos antes de asentir un par de veces. Está molesta o incómoda, creo que la segunda.

— Bien, aunque casi no pude hablar con ella, me concentré en el contrato en el extranjero. Su prometido es el director, ¿quién lo diría no?

Una vez más en el silencio de la cocina.

— ¿Qué tal las cosas en Kofu? —Trato de sacar un tema a flote, pero ella prefiere cortar la conversación alzando su periódico, concentrándose en el. Suspiro para intentar disminuir la carga en el pecho.

— De- —corta sus palabras, duda en continuar, pero es su turno para suspirar— dejemos esto.

Su voz es desanimada, interés nulo y ahora su mirada está clavada en mí. Una pequeña ráfaga de viento se cuela por la ventana y se queda entre nosotros, miro hacia la ventana que ha chocado contra el marco fuerza, me encuentro con el triste paisaje de Kofu. Ya no están las aves trinando en el árbol de enfrente, quizás recordaron que no hay una jaula que les impida intentar volar más alto.

— De acuerdo —respondo indiferente, tratando de que volviera a hablar para analizar su voz.

Me puse de pie y me dirigí a lo que solía ser nuestra habitación. Al atravesar la puerta no era como en las películas, dramas o vídeos musicales; no había recuerdos que me doblegaran o me hicieran recapacitar la situación y pedirle una oportunidad a los cinco años en los que fuimos uno. Pero no me nace, a pesar de que le amo o de eso trato de convencerme .

La ausencia reemplazó la convivencia durante tanto tiempo, que me capacitó para vivir sin ella, me ayudó a entender que el día en que la jaula sea abierta yo debía volar sin importar la condición de mis propias alas.

Empecé a retirar parte de mi ropa y a dejarla de camino al baño, sintiendo mi cuerpo pesado. Escuché pasos aproximarse y salí del cuarto de baño para ir hasta lo que hoy fue nuestra habitación en búsqueda de nuestras toallas.

En cuestión de nada, estábamos cubiertos de shampoo y rodeados por el vapor que creaba el agua caliente.

Kagura estaba apoyada contra mi pecho y la cabeza hacia atrás para facilitar el lavado de su largo cabello, lo tenía muy largo y al perecer no se lo cortaría. Bajé el copete espumado que había hecho como peinado, froté con cuidado en pequeños círculos su cuero cabelludo, en especial el área de la nuca donde sus cabellos son más cortos. Un suspiro se escapó entre sus labios, le gustaba que le acariciara en aquellas zonas, pero se escuchaba opaco, como si fuese el resultado de alguna comparación fallida.

— Lo siento —murmuró una vez removía la espuma de su cabeza.

Detuve mis dedos sobre su cabeza, el agua seguía saliendo por la manguera. Se giró al notar que me había detenido, con el ceño fruncido le pregunté:

— Hemos perdido mucho tiempo intentando reparar esto, algo que hace mucho tiempo murió, ¿cierto?

Eché su pelo hacia un lado y repartí pequeños besos por su hombro izquierdo, omoplatos, su cuello y nuca, finalizando en el área posterior de su oreja derecha. Kagura asintió con un débil movimiento de cabeza. Seguimos con el ritmo de nuestro baño, sin prisas y lleno de platicas aleatorias, sin ánimos de salir, pero conscientes de que esta es una despedida y que en definitiva sería la última de tantos momentos juntos.

Una vez salimos empecé a secar su pelo con una toalla y ella imitó la acción, ambos sabemos que es malo para el cabello ese tipo de procedimiento, pero la costumbre es más fuerte que ello. Nos recostamos en la cama con apenas la toalla puesta, disfrutando la brisa mañanera y el ruido de los pocos vehículos que por ahí transitaban. Las personas tocaban de vez en cuando el claxon, llenos de prisa por llegar tarde al trabajo o cansados de esperar y con ganas de llegar a casa. Haciendo ruido innecesario, arruinando la poca calma que las ciudades pueden ofrecer, pero aquí al menos es más pacífico que en el corazón de la misma.

Quizás fue la brisa, quizás el momento, quizás por el largo baño relajante, pero no importa cuál fue el motivo, el punto es que nos quedamos dormidos hasta las tres de la tarde. Su teléfono sonó de manera insistente y sentí la cama hundirse mientras ella se deslizaba sobre ella. Me estiré y le miré por unos momentos, se ve cansada, estresada y un poco molesta.

Y por unos momentos me pregunto: ¿Hace cuánto notó que ya no somos compatibles?

No me da oportunidad de formular hipótesis cuando la toalla cae al suelo y su cuerpo queda totalmente expuesto frente a mí, sin causar algún pensamiento pervertido en alguno de nosotros. Toma unos bóxer y me arroja uno, luego se coloca sus prendas intimas mientras su celular está apoyado en su hombro; me ayudó con los botones superiores de mi camisa, una vez terminada me acarició los hombros con orgullo y se inclinó un poco para darme un beso en la frente.

En ningún momento dejó de sonreír, o de hablar por teléfono.

— Hay alguien que quiere verte —soltó con aburrimiento, hacía rato estaba conduciendo a una velocidad desesperante. Coloqué mi codo sobre la ventanilla y aproveché la posición para colocar mis gafas oscuras sobre mi cabeza, me miró por unos segundos, segundos en los que le mostré sorpresa y sonrió nerviosa— Tú tranquilo, yo nerviosa.

Sus maletas están en el compartimiento del auto, en ella toda su ropa. Ella se iría, el departamento lo había puesto a mi nombre cuando lo compró y hoy es que me entero, justo cuando me entregó las escrituras.

Sin que me diera cuenta nos habíamos adentrado en un camino lleno de piedras y muchos árboles, algo como la entrada de un bosque. Aquí el ambiente es un poco más húmedo, pero al mismo tiempo la brisa es más fría que en nuestro departamento, a lo lejos pude ver un boulevard. Entramos en un área más 'urbanizada', aunque en realidad todo el lugar es como un pueblo fantasma, las calles se sentían más suaves bajo las llantas del yeep y las ruinas de la que alguna vez fue un pueblo eran la comparaciones en contraste al busque. Ambos fríos y desolados, totalmente rodeados de un aura sepulcral.

—No teníamos que venir a un lugar tan desolado —Acaricié su muslo izquierdo sin sucias intenciones, sólo intentando matar la mala vibra del lugar.

Un lugar abandonado es señal de peligro en las películas de terror, pero esta es la vida real y esta "realidad" me está poniendo a flote con el panorama. Sólo imaginar que estamos en un lugar donde por más alto que gritemos nadie nos escuchara, imaginar el montón de cosas que podemos hacer aquí me pone la piel de gallina y no por excitación precisamente, sino por miedo.

—¡No hemos venido para eso! —dijo burlona, también reía.

Kagura giró en una de las calles frente al viejo boulevard, frenamos frente a una vieja iglesia. La iglesia estaba más que deteriorada, con hierbas enredándose entre los ya grisáceos ladrillos, cristales rotos, excepto los superiores, aquellos que estaban más cerca de la cruz. Noté un rápido movimiento tras estos y mi piel se engrifó más que a una gallina.

A paso lento rodeamos la estructura y noté que en este punto era más sólido, en realidad, creo que todo el edificio está sólido y que alguien se ha esmerado para que se vea abandonada.

Tras ella se encontraba una plataforma haciendo imitación de un escenario y sobre él se encontraba una niña, su pelo de un tono rubio tostado está atado en una coleta alta de caballo y algunos mechones rebeldes se escapan de ella, está vistiendo un leotardo blanco con tutú de campanilla negro y mallas rotas en un rosa pastel.

La niña gira y gira sobre la punta de sus zapatillas de ballet con sus brazos unidos frente a su abdomen, sus ojos estaban enfocados en un punto para evitar el mareo y crear una mayor concentración en su giro, sus brazos se extendieron y la niña empezó a girar en un solo pie.

Era precioso. Quizás el lugar es sólo escenografía previamente planificada.

Nos acercamos un poco más para ver a la bailarina sobre el escenario improvisado. Cuando estuvimos a escasos metros, la niña me miró, sólo fue una fracción de segundo, pero pude ver sus ojos de un color turquesa. Sin saber por qué, me detuve allí mismo. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, mi pulso se detuvo al igual que el tiempo.

—¡Mal, mal, mal! —escuché una voz masculina que me sacó del trance.

Giré al lugar de origen de esta. Allí había un hombre, supongo que no anda muy lejos de mi edad, con el pelo rubio y de media estatura, vestía un suéter blanco amplio y unos jeans oscuros desgastados. Me concentré en la niña, ahora estaba tirada en el escenario, al parecer había fallado y miraba hacia nosotros, a mí en especial.

—No seas duro con ella —reprochó Kagura con un semblante preocupado. En unos leves movimientos subió hasta el escenario y luego bajó con ella en su espalda.

Caminé hasta ellos sin que me invitaran a participar de su conversación. Entre los ojos que se concentraban en mis movimientos había un torbellino de emociones, desde la mirada cálida de Kagura, pasando por la mirada curiosa de la niña y la indescifrable mirada de aquel hombre.

— El es Keneth —dijo extendiendo su brazo entre ambos en un gesto de presentación—. Ken, él es Sesshomaru.

Ambos apretamos la mano en cortesía y ella sonrió, la piel alrededor de sus verdes ojos se arrugó por su expresión facial y su hoyuelo en la mejilla derecha apareció. Miré a la más joven del grupo, aún asombrado por sus habilidades.

— Es muy buena.

— Su nombre es Eirie —dijo con orgullo la voz masculina.

—¡Oh! —exclamé con verdadera alegría, la niña era hermosa y está llena de gracia. Me agaché a su lado para acomodar los mechones más cortos que salían de su coleta y ella me sonrió, dirigí mi mirada a Keneth— ¿Ella es tu estudiante?

— Es nuestra hija, mejor dicho.

Mi sonrisa desapareció junto con su corrección. Keneth rodeó a Kagura por la cadera y Eirie agarró la mano de su padre con una sonrisa.

Hey, Sesshomaru, has aprendido algo: no confíes en personas que pueden mentir a la perfección. Ahora comprendo todas las cosas que pudo reclamarme, pero que nunca hizo. Las horas fuera de casa parecen concordar con todas las veces que me quedé solo, las llamadas, su extrema amabilidad... todo.

Con cierta espina en mi pecho, sonreí. Me encantaría pedir explicaciones, dado a que la sorpresa y la decepción me empapó cual lluvia indeseada, pero a juzgar por su edad, Eirie debe tener unos diez años, por lo que yo soy quien sobraba desde el inicio.

La perfección era sólo la otra cara de una mujer que mentía con descaro, la única que me mostró en todos estos años.

La jaula no era de oro, sólo estaba pintada de ese color por dentro, desde el lado que el ave podía ver, los barrotes no eran tan hermosos cuando los miras desde afuera. Parte de la culpa la tuvo el ave también, pudo hacer de cuenta de que había muerto para que le dejaran en algún parque, conociendo a su dueño sabía que no tiraría a algún zafacón; pero no, prefería cantarle y alimenarse de manera fácil y sin esfuerzos.

La culpa fue del ave por quedarse con la manera sencilla de alimentarse y tener refugio estable después de todo.

— Nos mudamos a Australia, los tres —murmuró él—. Han surgido buenas ofertas de trabajo para nosotros y requieren estadía permanente.

Clavé la mirada en él, ¿cómo podía hablar tan tranquilo?

— ¿Sabías de mí? —Se curvó un poco y agachó la mirada, asintió despacio — Eres tan cínico...

Traté de mantenerme firme, estaba tan enojado, pero no debía salir del margen.

Pensándolo bien, quizás no hubiese persona en Asia que no reconozca nuestra relación y eso me llena de furia, un incontrolable calor me invadió y deseé gritar.

— Yo puedo explicarlo, Sessh, es que...

— A estas alturas no necesito explicaciones —murmuré con una sonrisa, sintiéndome como un completo estúpido—. Creo que este era el empujón que necesitaba.

— ¿A qué te refieres? —comentó, soltándose de ambos agarres.

— Rin se va, tú te vas, el hospital cerrará —solté, indiferente quizás con un toque de ironía en mi tono de voz, pero es que todo parece una broma de mala muerte, un drama barato y mal estructurado—. Todo acaba para mí, en definitiva, me ha tocado perder otra vez.

— Sessh, yo no quería que esto se diera de esta manera... —negué con la cabeza y ella detuvo su andar hacia mí.

— Yo tampoco, pero miremos el otro lado a la situación —articulé sonriente, dando pasos en reversa—. Es tiempo de curar de manera adecuada mis heridas, buscar un especialista, hacer las cosas por mi cuenta.

Giré sobre mis talones, caminando con la vista nublada hacia la desolada carretera y agradeciendo de sobre manera de que así fuera. No quería que alguien me viese en este estado tan deplorado; porque si bien no me dolía los hechos, me duele la extensión de ellos. Sólo pensar de que pude darme cuenta antes y no forzarme a convivir con la mentira, yo no le mentí, sólo omití verdades y eso...

No, eso no es diferente. Suelto un bufido herido.

— Fui tan escoria como él a final de cuentas —murmuré mientras alzaba la mirada.

Si bien tuve la mirada nublada y el corazón perdido, mi mente nunca me extravió de mi camino. Tomé el primer bus que se cruzó por la carretera, unos veinte minutos después.

Allí había gente de toda clase; unos señores mayores con una biblia sobre sus regazos, unos adolescentes escuchando música de sus celulares, hombres con el rostro cansado del largo día que han pasado, mujeres jóvenes y sus hijos con diferentes edades respectivamente, y yo, finalmente, un hombre perdido en sus propias decisiones, uno que ya había perdido toda la confianza y el coraje que había sentido hacía menos de media hora.

...

En menos de lo que pensé ya me encontraba caminando por el extenso e interminable pasto del jardín trasero en el hospital, llevo los pies descalzos y la hierba está tan fría como la noche, enfermarme y no tener que asistir a la despedida de Rin mañana en la noche no se escuchaba tan mal en mi cabeza. Solo pensar que no volvería a verla aleja todas mis ganas de sentirme bien.

Cierro los ojos e intento relajar mis ideas, disipar los problemas, pensar en soluciones. Tengo que contactar a un especialista, buscar otro trabajo, no sé, empezar de nuevo. Pero no puedo, una humedad se intaura en mi mejilla y un cansado jadeo choca contra mi rostro.

— ¡Popó! —Exclamo al girar el rostro y encontrarme con el cachorro marrón— ¿Qué haces solito a estas horas?

— Usted también anda solito —murmuró una voz suave, alcé la mirada para encontrarme a Rin con su pijama mal colocada. Por unos momentos sonreí con sinceridad y despreocupación.

— Deberías estar dormido, Rin —le dije con suavidad mientras acariciaba detrás de las orejas de Popó, quien mueve su colita y se echa en el pasto junto a mí.

Rin da cortos y lentos pasos hasta llegar a mí, también se acuesta en el pasto mirando hacia las estrellas y luego de unos minutos en silencio, girando la cabeza hacia mí.

— No puedo dormir —susurra como si fuera un secreto, su mirada vuelve a ser enfocada al cielo.

Yo tampoco puedo, me limité a pensar mientras extendía mi brazo para acariciarle la cabeza. Miro su rostro, luce tan cansada como se siente mi cuerpo o quizás más. Otra vez mirando hacia el lado positivo, o al menos autoconvenciéndome de que existe alguno, pronto ayudarían a Rin a ser un adulto normal, sin limitaciones y quizás puede que encuentre a un buen hombre.

Quizás un hombre muy apuesto e inteligente, tengan hijos, buenos trabajos y una familia adorable, un hogar estable y...

— ¿Por qué llora, Señor Sesshomaru? —murmura Rin, interrumpiendo mis pensamientos.

Le miro con el ceño fruncido, pero noto que mi vista está borrosa y que al pestañar la humedad se desliza sin problemas por mis mejillas. Algo en mí se estremece, es quizás la acumulación de emociones para tan poco tiempo, pero para ser honestos lo sucedido con Kagura no dolió, quizás un poco, pero sólo porque tengo dignidad y ese fue un golpe bajo a ella.

En cambio, Rin me duele hasta en la más pequeña de las fibras de mi cuerpo. La vi crecer, convertirse en una mujer, le hice sufrir o eso creo, nunca lo demostró así. Me enseñó tantas cosas, como aceptar lo que la vida te depara, pelear contra ella suele ser inútil; que un corazón alegre hace tanto bien como el mejor medicamento.

Eso era ella en mi vida, un análgesico, uno potente y especial.

— Lloro porque estoy triste —comento mientras ella frunce el ceño, limpio mis lágrimas con parsimonia.

— ¿Por qué está triste? —contestó con rapidez, luego se colocó a gatas y se acercó más a mí, al llegar apoyó todo su peso en sus talones, quedando sentada frente a mí.

— Porque te vas —contesté sin pensarlo.

—Prometo quedarme —propuso, ojalá fuese tan fácil.

—Qué más quisiera, Rin. —Me erguí y coloqué mis brazos hacia atrás para mayor comodidad, quedando justo a su lado—. Me gustaría que todo fuese tan sencillo como decirlo.

—En serio, me quedaré, le diré que no quiero ir —su inocencia salió a flote y me mordí el labio inferior, deseando que sus palabras se detuvieran, que no hicieran un hueco mayor en mi interior. Negué levemente, tratanto de sonreír.

—Yo también tengo que irme, Rin. —Su rostro se suavizó tanto que luce frágil, tan pequeña, inocente y frágil—. Pero prometo ir por ti, debes esperarme, ¿lo prometes?

— ¿Irá por mí? —preguntó insegura, arrugando el suéter de su pijama, desacomodando más su ropas. Asentí mientras me acercaba a ella.

—Yo siempre iría por ti, siempre —susurré contra su mejilla antes de darle un casto beso allí. Tomé el bordillo de la prenda y la levanté con cuidado, tratando de no asustarla, pero el frío no evitaría que temblase—. Tranquila.

Rin me abrazó por el cuello, no puedo negar que me tomó desprevenido, susurraba contra mi cuello que no quería irse. Su aroma a vainilla me dislocó por un momento, ni siquiera me había dado cuenta que estaba aspirando su gel de baño hasta que algo en mí empezó a gritar que no siguiera con esto.

Pero no voy escucharme, sólo quiero calmar su cuerpo tembloroso.

— Yo iré por ti, te cuidaré y seremos felices juntos —susurré mientras colocaba mis brazos en su cadera y la atraía más contra mi cuerpo, ella también forjó su abrazo—. Te prometo que todo saldrá bien, ambos lo estaremos.

— ¿Seguro? —Murmuró en un suspiro mientras acariciaba el área de mi nuca, asentí mientras daba pequeños toques a su espalda— ¿Seguro, seguro, seguro? —Repitió tratando de asegurarse de mis palabras, alejándose de mí y mostrando un adorable puchero.

— Seguro, seguro, seguro —contesté divertido y con voz baja, acercándome para besarla.

Suave, tranquilo, irreal; todo desaparecía con Rin cerca. Fue un beso no muy extenso, uno que se podía traducir como el paraíso en medio de la zona de batalla, el lugar índicado muchas veces era siendo prisionero en sus brazos; siempre transmitiendo serenidad y paz. Su aliento chocó contra mis labios, haciéndome estremecer cuando suspiró satisfecha y al abrir los ojos me encontré con unos ojitos esperanzados, como si quisiera seguir.

Sentí sus manos agarrar mi camisa y como el día de la bañera, la tomé con suavidad y la senté sobre mis piernas para que sus tobillos no dolieran tanto; su pecho chocó contra el mío, nuestros labios colisionaron una vez más. Sus brazos se deslizaron por mis hombros hasta que sus dedos sostuvieron mis mejillas, tratando de no apartarme esta vez. Giré el rostro mientras abría un poco los labios y degustaba los suyos, humedeciéndolos, aprisionandolos con suavidad por unos instantes entre los míos y luego dejándolos en libertad.

Tomó un par de intentos, pero ella también pudo hacerlo; era lo que se podría llamar un beso de adultos, con movimientos de suaves caricias labiales, son besos lentos para que pudiese respirar sin problemas. Solo por curiosidad, abro los ojos y tengo por casualidad la vista de sus pestañas juntas, sus facciones relajadas y la escasa luz mostrándome su sonrojo.

Siento su espalda encorvarse, quizás cansada de la posición en la que se encuentra. Flexiono mis piernas un poco, quedando su cuello frente a mi boca, dándome la oportunidad para ir besándolo mientras le recuesto en el pasto con suavidad y un poco de incomodidad por la posición. Sus piernas quedan abiertas y me recuesto entre ellas, apoyando la frente en su pecho, besando sus clavículas, probando la piel más dulce y adictiva que he podido degustar.

Rin tiembla cuando la brisa enfría el camino de saliva que voy haciendo hasta su barbilla. Al subir, nuestros sexos se rozan y un suave gemido se escapa de sus labios, no me había fijado de que estaba excitada, ni cuando yo también empecé a erguirme. Una vez más se acarician, esta vez porque he bajado de su cuerpo tembloroso, colocándome de rodillas frente a ella quien estaba llorando con el rostro hacia un lado y los pantalones mojados.

Me acerqué a ella, tomando su barbilla entre mis dedos, intentando que me mire.

— Soy yo, Rin, soy Sesshomaru, no te dañaría nunca —susurré con suavidad, ella sorbió sus mocos y cubrió su rostro con rápidez, se dedicó a llorar.

Esperé a que tranquilizara y le coloqué el suéter tras sacudirlo. Limpié sus lágrimas con suaves besos, le tarareaba también para intentar detener sus espamos, tratando que olvidara las asquerosas manos que la tocaron y le hicieron daño. Sus brazos casi me asfixian en un abrazo, pero está bien. Le dejé ser, que llorara en libertad, que descargara todo lo que siente.

Porque sí sus brazos son el paraíso en la zona de batalla, entonces mi pecho será el lugar donde sus lágrimas se sentirán y sus miedos desaparecerán.


*respira tranquila, les deja un beso y se va *
¡Gracias por todo!