¿Todavía hay alguien por ahí? No quiero aburrir con excusas interminables, sólo os digo tres cosas: lo siento, gracias a las que todavía queréis seguir aquí y trabajar 10 horas al día complica la vida mucho.
Seguimos donde lo dejamos: Emmett y Rose se han casado en Las Vegas, Bella y Edward se han enrollado después de la boda. Bienvenidos a la mañana después de.
Disclaimer: no soy Stephenie Meter, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.
MISTER ARROGANTE SEDUCTOR
[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.
CAPÍTULO 24. LA TREGUA
La luz de la mañana era demasiado fuerte. Pero no tanto como la resaca que ya amenazaba con dejar caer todo su peso sobre mí en cuanto abriera los ojos. Por eso no lo hice. Por eso y porque allí tendida, sobre aquella cama demasiado estrecha, era incapaz de recordar cómo había llegado a ella la noche anterior. Y eso era malo. Jodidamente malo.
—¿Piensas quedarte ahí toda la mañana, haciéndote la dormida?
Malo del tipo que Edward Cullen te hablara al oído sin que tú tuvieras ni idea de qué demonios hacía en tu cama.
¿O quizás estábamos en la suya?
—No me parece un mal plan —murmuré con los ojos aún cerrados.
La voz salió de mi garganta rasposa y ronca, como si llevara meses sin hablar. O como si la noche anterior hubiera ingerido más alcohol del que debería. A mi izquierda, Edward expulsó el aire en una carcajada silenciosa y, aunque seguía empeñada en no abrir los ojos para no verle, supe que en ese momento esbozaba esa sonrisa torcida baja-bragas que tan bien le había funcionado la noche anterior.
Hmm. Y así es como, de repente, recordé cómo había llegado a mi cama. Eso, y lo que había hecho sobre ella.
—Lamento estropear tu plan, pero tenemos un avión que coger en dos horas —musitó él, sin alzar apenas la voz.
—¿Y qué haces aquí todavía?
—He dicho 'tenemos', no 'tengo' —apuntó, malinterpretando mi pregunta.
—Me refiero a qué haces en mi cama todavía —aclaré, aún con los párpados firmemente cerrados.
—¿Qué…?
—Solo hemos estado en esta situación un par de veces antes. En la de la mañana 'después de' —añadí, antes de que Edward pudiera preguntar nada más—. En la primera, yo salí huyendo antes de que te despertaras. Y en la segunda, tú te aseguraste de echarme antes incluso de que yo me despertara. Con muy malos modales, por cierto. Así que… —me volví hacia mi izquierda, girando con suavidad sobre el colchón, y solo entonces abrí los ojos— ¿qué haces aquí todavía?
Joder.
Debería haber seguido con los ojos cerrados. No quería morir por combustión espontánea, porque no se me ocurría una forma más horrorosa de dejar este cruel mundo que achicharrada por el calor, pero el sudor, denso y pegajoso, comenzó a descender desde mi nunca por la espalda en cuanto abrí los ojos y me topé con él. En mi cama, por diminuta que fuera. Desnudo, por mucho que las sábanas cubrieran las partes más interesantes de su anatomía.
Incluso con el pelo más alborotado que de costumbre y sus ojos entrecerrados aún por el sueño, estaba guapo. Demasiado. Y esa media sonrisa torcida tan suya que me desafiaba desde sus labios tampoco era de gran ayuda.
—Bella…
Sus ojos se suavizaron y su voz sonó casi suplicante. Casi.
—Sigues llamándome Bella —atajé, antes de que pudiera desplegar toda la fuerza de su encanto.
—Todo el mundo lo hace.
—Todo el mundo excepto tú —apunté—. ¿Es esa tu forma de intentar doblegar mi voluntad?
Porque si lo es, déjame decirte que funciona.
Me mordí la lengua para no soltar aquellas palabras en voz alta. Porque aunque estábamos tendidos sobre la misma cama, aparentemente inofensivos y vulnerables los dos —y prácticamente desnudos, ¡joder! —, podía apreciar con demasiada claridad la muralla invisible que aún se alzaba entre ambos. Ninguno de los dos habíamos sido capaces todavía de romperla.
En realidad, ninguno de los dos lo habíamos intentado de verdad.
Edward me observó en silencio durante un largo rato. Luego, tomó aire para volver a hablar. Y a juzgar por su cara de circunstancias, parecía que lo que iba a decir, lo que sea que fuera, era serio.
—Bella, anoche…
Pero yo no tenía el cuerpo para abordar esa conversación. No esa mañana. Ni ninguna otra, ya que estábamos.
Le atajé antes de que pudiera seguir y lo hice de la forma más rudimentaria posible. En un movimiento inesperado, me pegué a él, borrando la distancia que nos separaba incluso en aquella reducida cama, y sonreí complacida al comprobar que no todas las partes de su cuerpo estaban dispuestas a simplemente 'charlar'.
La maniobra funcionó. Edward cerró la boca y alzó las cejas, mirando hacia abajo, hacia nuestros cuerpos unidos y la piel con piel.
—Bella —dijo por tercera vez, y en esa ocasión su voz sonó inflexible.
—¿Qué? —repliqué, fingiendo inocencia.
—El truco de anoche no te va a funcionar otra vez —me advirtió, frunciendo el ceño con severidad.
Esa vez fue mi turno para alzar las cejas en un gesto incrédulo e insolente a partes iguales.
—¿Estás seguro? —murmuré, mientras mi mano comenzaba a deslizarse hacia abajo, desde sus hombros hacia su pecho— Yo creo que, de hecho, mi truco ya empieza a funcionar.
Su abdomen se contrajo cuando mis dedos acariciaron su estómago, pero aún así mantuvo aquella expresión impertérrita anclada en su rostro.
—Es una mera reacción física —dijo con firmeza, pero su cuerpo le traicionó una vez más y un siseo se escapó de sus labios en cuanto mi mano alcanzó la cinturilla de sus calzoncillos.
—¿Sí? ¿Te despiertas así todas las mañanas?
Clavé mis ojos en los suyos, al tiempo que mis dedos se abrían paso por dentro de su ropa interior. Él trató de mantener mi mirada, pero sus párpados cayeron, pesados, en el instante en que mi piel hizo contacto con la suya. Cuando volvió a abrir los ojos, me pareció adivinar la sombra de una sonrisa divertida en su boca.
—No. No todas las mañanas —reconoció, con la voz súbitamente ronca.
Comenzaba a atisbar mi rápida victoria, pero Edward me la arrebató de las manos antes de que pudiera alcanzarla y, con un movimiento rápido, me aferró la cintura y se colocó sobre mí. Su erección se clavó en mi cadera y él me sonrió burlón, dejando caer su cabeza de forma que unos cuantos mechones de su cabello me hicieron cosquillas en el cuello.
—Tenemos que hablar, Bella —insistió—. ¿Por qué te empeñas en huir de mí?
La respuesta se abrió paso con una facilidad pasmosa en mi mente.
Porque me daba miedo descubrir que todo lo que había dicho la noche anterior era fruto de su borrachera.
Porque me aterrorizaba saber que, en realidad, lo que había confesado era lo que realmente sentía.
—No lo hago.
Señalé con la cabeza nuestros cuerpos: el suyo, en tensión; el mío, aprisionado contra el colchón. Me removí, en un intento vano por deshacerme de él, y lo único que conseguí fue un gruñido ronco que brotó de su garganta.
—Cuidado, Bella. No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir rechazándote —me advirtió—. Anoche no pude hacerlo y hoy… —un suspiro se escapó de sus labios y Edward dejó caer de nuevo su cabeza para depositar un rápido beso en mi garganta— Antes tenemos que hablar.
—Pareces una joven virgen que necesita escuchar un 'te quiero' de su novio antes de acostarse con él.
Edward rió, divertido.
—En cierto modo lo soy. Virgen —repitió, y una sonrisa genuina se asomó a sus labios, como si aquella palabra le resultara extrañamente divertida—. Es la primera vez que siento algo así por alguien.
Resistí la urgencia de pedirle que aclarara lo que significaba su "algo así". Sus palabras eran lo suficientemente vagas como para no comprometerse, pero al mismo tiempo, lo suficientemente claras como para despertar un incómodo hormigueo en la boca de mi estómago.
Coloqué ambas manos sobre sus hombros y le di un pequeño empujón, pero me topé con la resistencia de su cuerpo, que aún seguía sobre el mío. Él se limitó a mirarme con las cejas enarcadas.
—¿Qué? —gruñó, súbitamente malhumorado— ¿Has pasado de echarme de un coche en marcha por no querer hablar de lo que siento a esto?
—¿Qué es esto?
—Tus patéticos intentos de huida cada vez que hablo de algo remotamente profundo.
—No huyo —repetí, haciendo presión de nuevo sobre sus hombros—. Pero tenemos un avión que coger para volver a casa —le recordé, tal y como él había hecho minutos antes.
Edward bufó, pero aún así se levantó de la cama. Me reincorporé rápidamente, cuidadosa de evitar su mirada. O su cuerpo desnudo. Cualquiera de los dos iba a desviarme de mi noble objetivo de salir de aquella habitación con la cabeza y el corazón indemnes, especialmente lo segundo. Cubrí mi cuerpo con la sábana y le lancé una mirada apremiante que, de nuevo, él fingió no comprender.
—¿Qué? —volvió a preguntar.
Estaba ahí plantado, en medio de la diminuta habitación, totalmente desnudo, pero con la misma seguridad que si llevara puesto encima un traje de mil dólares.
—Que te largues —respondí con la voz crispada… ¿por qué se empeñaba en ponerme las cosas tan jodidamente complicadas?
Él recorrió mi rostro con su mirada y, cuando sus ojos se deslizaron hacia abajo y se toparon con la sábana que aferraba con fuerza alrededor de mis pechos, pareció comprender. La expresión confusa desapareció de su cara, sustituida por aquella media sonrisa torcida tan suya.
—Vamos, Bella —dijo, socarrón, con la voz ligeramente ronca—. Ahí debajo no hay nada que no haya visto ya. Varias veces —apuntó, antes de que su media sonrisa se convirtiera en una mueca burlona completa.
Con aquella sonrisa tatuada a fuego en sus labios, recogió su ropa interior del suelo y se la colocó sin apartar la mirada de mí. Luego, se recostó sobre la puerta de la habitación, cruzándose de brazos en un gesto despreocupado. Era su particular forma de hacerme saber que no pensaba moverse de ahí.
Dejé escapar un bufido malhumorado y le di la espalda, antes de levantarme de la cama al tiempo que dejaba caer la sábana que me cubría sobre el colchón. Escuché como reía entre dientes, pero le ignoré por completo mientras rescataba de mi maleta algo de ropa limpia. Me había colocado ya mi ropa interior y una camiseta cuando alguien llamó a la puerta de la habitación. Antes de que pudiera incluso darme la vuelta, Edward ya había abierto.
—¡Bella! Por alguna casualidad, de esas que tanto abundan en el mundo, no sabrás dónde demonios está Edward? Y… ¡oh! —las palabras atropelladas de Alice enmudecieron de repente— ¡Hola, Edward! ¿Lo de estar semidesnudo en la habitación de Bella es otra de esas casualidades que tanto abundan en el mundo?
Me di la vuelta a la velocidad de la luz y crucé la pequeña habitación con un par de zancadas. Al otro lado de la puerta, en el pasillo del hotel, Alice sonreía abiertamente. Su mueca irónica tan sólo podía compararse con la sonrisa socarrona que exhibía Emmett a su espalda.
—Creo que les hemos encontrado —dijo él, divertido—. Y tenías razón, estaban juntos.
—Me debes cinco dólares —replicó Alice, sin apartar la mirada de nosotros, al tiempo que lograba arrancar una carcajada de Emmett.
Les miré alternativamente, con el ceño fruncido y los labios fuertemente apretados.
Malditos entrometidos.
Aferré una de mis manos en torno al marco de la puerta, el aviso cortés de que estaba a punto de cerrársela en sus narices.
—Estamos prácticamente listos —mentí, en un intento desesperado para que se largaran de ahí. Ellos y sus miradas inquisitivas—. Y Edward ya se iba.
—Oh, sí. Ya lo veo. ¿Desnudo? —quiso saber Alice, esbozando una sonrisa maliciosa.
—Eso es, desnudo —respondí por él, al tiempo que me agachaba para recoger el resto de su ropa, desperdigada por el resto de la habitación—. Aquí tienes tu ropa.
Pero Edward no se movió de donde estaba. Y a juzgar por su media sonrisa, aquella bochornosa situación a él también le resultaba divertida.
—El avión sale dentro de dos horas —replicó Edward—. Tenemos suficiente tiempo.
—¿Suficiente tiempo para qué? ¿Para una segunda ronda? —bromeó Emmett— Creo que acabo de comprender porqué mi hermano mayor, que tanto decía odiarme, accedió a venir a mi boda.
Me volví bruscamente hacia él.
—¿Por qué?
La sonrisa socarrona de Emmett se acentuó y supe al instante que debería haber mantenido la boca cerrada.
—Porque tenía la esperanza de colarse en los pantalones de la dama de honor.
Alice y él prorrumpieron en sonoras carcajadas que retumbaron en todo el pasillo. De reojo, vi que incluso Edward era incapaz de reprimir una sonrisa.
—Suficiente —gruñí—. Os esperamos en quince minutos en la recepción.
—¿Sólo necesitáis quince minutos? Mi Rosie y yo…
Afortunadamente, las palabras de Emmett quedaron ahogadas por el crujido de la puerta al cerrarse. Respiré aliviada en cuanto me deshice de Alice y Emmett, aunque la sensación duró poco tiempo. El suficiente para reparar en el hecho de que Edward continuaba en la habitación. Aún semidesnudo, para más señas.
En cuanto la puerta se cerró, Edward dejó escapar una carcajada ronca que rompió con el silencio que reinaba en la habitación. Me volví hacia él, con los ojos entornados y una duda existencial dando vueltas en mi cabeza. ¿Por qué había decidido aquella mañana, de todas las posibles, para dejar de ser un gilipollas eternamente cabreado con el mundo y estar de un buen humor inexplicable?
—¿Cuándo vas a borrar esa estúpida sonrisa de la cara? —le espeté con brusquedad.
Su mueca exasperante no hizo más que acentuarse.
—Cuando dejes de fingir que me odias —replicó, al tiempo que se dejaba caer de nuevo sobre la cama en un gesto despreocupado.
Evité acercarme demasiado a él y opté por quedarme de pie al lado de la puerta, expulsando el aire de mis pulmones en un largo suspiro. De agotamiento. De estrés. De frustración. Y de ganas de tumbarle sobre esa cama y repetir lo que habíamos hecho la noche anterior.
—No te odio —confesé y, muy a mi pesar, aquello era demasiado cierto—. Sólo me sacas de quicio. Aunque no sé qué es peor.
—El sentimiento es compartido, entonces —replicó él.
No quise preguntarle a qué parte se refería, si a la del no-odio o a la de su capacidad (y puede que también la mía) para sacarme de quicio. En lugar de eso, formulé en voz alta otra pregunta totalmente diferente.
—Lo que Emmett acaba de decir… —comencé, con voz vacilante— ¿era cierto?
Edward volvió la cabeza hacia mí y me lanzó una mirada interrogante.
—¿A qué te refieres?
—¿Aceptaste acompañar a Emmett porque tenías la esperanza de volver a meterte en mis pantalones?
Edward arrugó la nariz en una expresión de disgusto que resultaba extrañamente cómica. Me mordí el labio para esconder una sonrisa rebelde porque la situación era seria. Con Edward, siempre lo era.
—Te recuerdo que anoche fuiste tú la que se empeñó en meterse en mis pantalones. Yo simplemente quería hablar —dijo él—. Así que si lo que en realidad quieres preguntar es si acepté venir porque tenía la esperanza de volver a verte…
—Hay una ligera pero importante diferencia entre mi pregunta y la que tú crees que he querido hacer —le interrumpí.
—Si lo que en realidad quieres preguntar es si acepté venir porque tenía la esperanza de volver a verte después de que desaparecieras durante dos meses —completó él, ignorando por completo mi apunte—, la respuesta es sí. En parte —matizó inmediatamente después.
Fruncí el ceño y me senté con suavidad sobre la cama, a una distancia prudencial de su cuerpo, que seguía tendido sobre el colchón, aparentemente relajado.
—¿En qué parte? —presioné, cautelosa, porque no estaba segura de que fuera a dejarme llegar mucho más lejos.
—En una parte importante —cedió, tras un par de segundos de reflexión.
—¿De qué porcentaje estamos hablando?
Edward me dirigió una mirada torva, como si se debatiera entre el impulso de asesinarme por asfixia y el de hacerlo por aburrimiento. Pero, aún así, volvió a responder.
—En un noventa por ciento.
Joder.
Aquello era peor de lo que esperaba.
Le observé en completo silencio, con el ceño aún fruncido y sin saber muy bien qué decir. ¿Te quiero, me vuelves loca? ¿Si me vas a dejar dentro de un mes por qué mejor no nos ahorramos el empezar?
—¿Qué?
Su gruñido airado interrumpió el ritmo vertiginoso que habían tomado mis pensamientos.
—No sé qué decir —repliqué con sinceridad, al tiempo que me encogía de hombros.
—Entonces al menos deberías dejar de mirarme así —volvió a gruñir.
Un vistazo a su rostro fue suficiente para comprender que, después de su breve lapsus de buen humor, había vuelto a disfrazarse bajo aquella máscara exasperante. A la defensiva, antes incluso de que nadie hubiera lanzado un ataque contra él. Lo más desconcertante de todo era no saber el motivo de su repentino cambio de humor.
—¿Así, cómo? —pregunté con brusquedad y, por la tensión de mi voz, caí en la cuenta de que su comportamiento errático era extremadamente contagioso.
—Como si estuvieras juzgando la verdad de mis palabras —dijo Edward—. Es jodido confesar mis debilidades, pero lo es aún más cuando sé que dudas de mi sinceridad.
Desvió la mirada hacia el techo de la habitación y si no le conociera, habría pensado que se trataba de un intento de rehuirme. Pero Edward no se escondía, ni siquiera cuando confesaba sus puntos débiles. ¿O sí?
—Lo hago —concedí, porque era cierto y porque Edward no se merecía que le mintiera—. Aunque tengo mis motivos. Tú mismo te has asegurado de dármelos.
Edward guardó silencio, aún con la mirada clavada en el techo.
—Va a ser difícil que confíe plenamente en ti.
Hablé de nuevo porque el silencio era insoportable. Y porque aunque minutos antes había encontrado insoportable su inexplicable buen humor, prefería sus medias sonrisas burlonas y exasperantes a aquella expresión taciturna que había aflorado en su rostro.
—Lo sé —respondió Edward al cabo de un rato, en un murmullo seco que me costó descifrar—. Lo que no sé es si tengo alguna posibilidad real de conseguirlo.
—Creía que los retos no te asustaban.
Esperaba que los retos no le asustaran. Necesitaba que los retos no le asustaran.
—No lo hacen —aseguró, y su voz sonó mucho más firme entonces—. Pero antes de afrontarlos, necesito saber que tengo una posibilidad de superarlos, aunque sea mínima. No me gusta perder el tiempo.
—¿Crees que estás perdiendo el tiempo conmigo?
La pregunta quedó colgando en el aire durante un par de interminables segundos, antes de que Edward volviera a hablar. Esa vez respondió despacio, moviendo los labios con calma, como si antes de hablar tuviera que pensar y repensar cada palabra que salía de su boca. Y con la mirada aún fija en el techo de la habitación.
—No lo he pensado nunca. Ni por un segundo, Bella.
Su voz se tornó sorprendentemente cálida en cuanto pronunció mi nombre. Me mordí el labio, en un torpe intento por mantener las puertas de mi mente selladas y no soltar en voz alta el torbellino de emociones que despertaba en mí cada vez que soltaba aquellas frases tan francas y desnudas, cada vez que pronunciaba mi nombre con la voz rota, a medio camino entre la ternura y la súplica.
Pero sospechaba que no iba a poder mantener las puertas cerradas durante mucho más tiempo. En la madera había aparecido una grieta que con cada conversación se hacía más y más profunda, y yo ni siquiera tenía la intención de repararla.
—Escucha, Bella.
Su murmullo apresurado quedó ahogado por el gemido de dolor que lanzó el viejo colchón en cuanto Edward se reincorporó sobre la cama. Se volvió hacia mí, atrapándome con su mirada, y a pesar de que se había cuidado de no acercarse demasiado a mi cuerpo, podía sentir cada respiración que tomaban sus pulmones sobre mi piel. Irónicamente, resultaba asfixiante.
—Estoy intentando hacer las cosas bien. Y no pretendo echar a correr antes de aprender a caminar, pero necesito saber que tú también estás conmigo en esto.
Sus palabras apenas podían contener una urgencia que nunca había visto en sus ojos. Pero estaba ahí. En el modo en que parecía incapaz de desviar su mirada de mi rostro. En la forma en que flexionaba y estiraba sus manos de forma intermitente, como si estuviera tratando de contenerse y no tocarme.
Un suspiro se escapó de mis labios. Edward necesitaba una señal, la confirmación de que estaba en el buen camino. De momento no pedía más porque sabía que yo no podía dárselo. Y estaba siendo mucho más generoso de lo que yo lo fui dos meses atrás, cuando nos encontrábamos en la misma situación, pero con los papeles intercambiados.
—Lo estoy —cedí finalmente—. Creo.
Una sonrisa genuina apareció en sus labios casi por arte de magia.
—Con eso me vale. De momento —apuntilló, sin dejar de sonreír.
Con movimientos lentos, casi cautelosos, como si temiera romper aquel momento, Edward extendió su mano hacia mí y la dejó tendida en el aire, en el espacio que nos separaba, en una muda invitación que no tardó en formular en palabras.
—¿Te parece si firmamos una tregua?
Observé su mano tendida hacia mí con una expresión de desconfianza que incluso yo comenzaba a comprender que era injustificada. Por lo menos con este nuevo Edward.
—¿Para qué exactamente?
—Para empezar a aprender a caminar. Los dos a la vez.
Asentí con la cabeza antes incluso de haber reflexionado la respuesta que le iba a dar. Quizás actuar por impulsos era lo más inteligente que podía hacer en esa situación, así que extendí mi mano hacia la suya y cerré el pacto con un breve apretón.
Aquello no fue suficiente para Edward. Es un movimiento rápido, cubrió la distancia prudencial que nos separaba y me besó en los labios. Apenas me di cuenta de lo que acababa de ocurrir y, para entonces, Edward ya se había separado de mí.
—Te espero en la recepción.
Me guiñó un ojo, antes de darse media vuelta y recoger su ropa para vestirse. En apenas un parpadeo desapareció, cerrando con suavidad la puerta de la habitación. Me quedé inmóvil sobre la cama, tratando de reconstruir el puzle de lo que acababa de ocurrir.
Una tregua. Edward quería una tregua.
Nunca había prestado demasiada atención en mis clases de Historia en el instituto, así que no recordaba cuántas treguas habían terminado en paz y no en guerra.
Esperaba que muchas.
Esperaba que ésta también lo hiciera.
Los vuelos eran una tortura. Asientos diminutos e incómodos, compañeros de viaje propensos a los ronquidos, baños en los que una ni siquiera podía maniobrar para bajarse los pantalones y el constante pensamiento irracional de que, en cualquier momento, aquella maquina de acero podía convertirse en un avión de papel que con el menor soplo de aire podía precipitarse hacia el suelo a una velocidad vertiginosa.
Los vuelos eran una tortura. Pero los vuelos con Edward Cullen en el asiento de al lado, tan cerca que lo único que podía aspirar era su perfume, eran una especie de muerte en vida.
Tomé una gran bocanada de aire que me devolvió a la vida en cuanto crucé las puertas automáticas del aeropuerto O'Hare. Eran las siete de la tarde y la noche comenzaba ya a caer como un suave manto sobre Chicago, pero aún quedaba algo de luz. Después del asfixiante calor de Las Vegas, era reconfortante estar de vuelta en casa y sentir el aire frío en la cara.
Dejé la maleta sobre la acera mientras, un par de metros más allá, Rosalie, Emmett, Jasper y Alice charlaban animadamente. Los viajes en avión no parecían afectarles en absoluto, pero a mí me embotaban los sentidos y me anulaban la capacidad de raciocinio. Lo único que podía hacer en ese momento era quedarme inmóvil mientras esperaba a que las pilas de mi batería cerebral se recargaran.
—Creo que ha sido el mejor viaje de mi vida —aseguró Emmett, al tiempo que colocaba uno de sus enormes brazos por encima de los hombros de Rosalie.
—Ya puede haberlo sido. No siempre vuelve uno de un viaje con un anillo en la mano y una esposa en la otra —replicó Alice con una sonrisa.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Rosalie de repente, llevándose las manos a la boca, antes de lanzarle una mirada atónita a Emmett— Estamos casados.
—Hmm… ¿sí?
Rosalie se deshizo del agarre de su marido —Dios, ¡marido!— y se aferró a su brazo como si la vida le fuera en ello. A juzgar por la expresión aterrada que lucía en su perfecto rostro, parecía como si le acabaran de comunicar su sentencia a muerte. Quizás yo no era la única a la que los vuelos en avión le dejaban tocada de la cabeza.
—Estamos casados, Emmett —repitió ella.
—Desde hace casi veinticuatro horas, Rose —intervino Jasper, entonando sus palabras con suavidad, como si un gesto brusco fuera suficiente para que su hermana cortocircuitara allí mismo.
—Y te recuerdo que diste el 'sí, quiero' por voluntad propia —dijo Emmett, alzando ambas manos en un gesto de pretendida inocencia— ¿Qué ocurre, Rose?
—Tus padres —respondió ella, apuntándole con un dedo índice acusador—. Y los míos —añadió, esta vez señalándose a sí misma—. En algún momento van a tener que enterarse.
El rostro de Emmett se contrajo en una mueca de dolor y supe que, hasta ese momento, no había reparado en aquel pequeño detalle.
—¿Es absolutamente necesario decírselo?
—Em, creo que tú y yo ya hemos cubierto el cupo de secretos que teníamos asignado para toda la vida —le recordó Rosalie—. Hay que decirles que estamos… casados.
—En Las Vegas, borrachos y por la gracia de Elvis —completó Alice, desafiando a la pareja con una sonrisilla burlona.
—Por nuestra propia supervivencia, esos detalles deberíamos ahorrárnoslos —pidió Emmett.
—¿Debería ir redactando vuestro alegato de defensa?
De repente, Edward apareció de la nada a mi derecha. Lucía esa sudadera gris que le hacía parecer diez años más joven y una bonita sonrisa burlona en sus labios. Le miré de reojo y un cosquilleo recorrió las palmas de mis manos en cuanto él me devolvió la mirada.
—No creo que sea para tanto —dije, interviniendo por primera vez en la conversación, en un intento por evitar que la mera presencia de Edward nublara mis sentidos, que ya habían comenzado a despejarse tras el vuelo.
—Lo es —murmuró Emmett, sombrío, antes de volverse hacia su hermano—. Que sea convincente, Edward. No quiero morir en la guillotina.
Edward rió entre dientes, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones vaqueros en un gesto despreocupado. No pude esconder la sonrisa rebelde que se asomó también en mis labios. La tensión entre los dos hermanos era evidente, en ocasiones resultaba imposible de obviar y en otras quedaba relegada a un segundo plano. Pero lo que también era evidente era es esfuerzo de Edward por reconducir la situación, por convertir en normal algo —su relación con Emmett— que nunca lo había sido.
Aunque sabía que eso era algo que prefería no tener que admitir en voz alta.
—Bueno, Rosie —volvió a hablar Emmett—, ¿qué te parece si, mientras esperamos nuestra sentencia de muerte, disfrutamos de nuestra segunda noche de bodas? Tengo el coche aquí mismo aparcado y te aseguro que está en un lugar muy oscuro.
Rosalie soltó una risita de colegiala totalmente impropia de ella y, sin decir nada más, se aferró con fuerza al brazo de Emmett. Ambos se despidieron con la mano de nosotros y se alejaron hacia el parking del aeropuerto entre risas cómplices.
—Bella —me llamó Alice en cuanto Emmett y Rosalie se perdieron de vista—, Jasper puede acercarte a casa si quieres.
Le sonreí con gratitud, pero aún así negué con la cabeza. Prefería tomar un taxi, sola, y huir de ese agujero en el estómago que sentía con Edward a escasos centímetros de mí.
—¿Segura? —volvió a preguntar.
—Completamente. Espero que Jasper también tenga el coche aparcado en un rincón oscuro —bromeé.
Alice me dirigió una mirada cómplice antes de darse la vuelta y seguir a Jasper, y entonces comprendí que no había insistido porque creía —equivocadamente— que mi intención era quedarme a solas con Edward. Nada más lejos de la realidad.
En cuanto Alice y Jasper desaparecieron también, la presencia de Edward a mi lado se hizo aún más evidente. Estaba ahí, inmóvil, con la respiración pausada y, a pesar de que me había empeñado en no mirarle a los ojos, podría jurar que no apartaba su mirada de mí.
Conté mentalmente hasta cinco, antes de agarrar mi maleta y arrastrarla por la acera en dirección a la parada de taxis más cercana. No me despedí de él y me aseguré de que, en mi maniobra de huida, mis ojos no se cruzaran con los suyos. Tenía la sospecha de que si lo hacía, acabaría preguntándole a él también si había dejado su coche en un lugar apartado.
No intentes detenerme, Edward.
—¿Dónde vas?
Mierda.
¿Por qué tenía la sensación de que mi fuerza de voluntad acababa de irse al garete?
—A la parada de taxis —respondí, sin molestarme en darme la vuelta.
—¿Para qué?
Para escapar de ti.
El traqueteo de mi maleta enmudeció en cuanto detuve mis pasos. Apenas había recorrido un metro, pero ya sabía que mi plan de huida acababa de quedar abocado al fracaso. Dejé escapar el aire que retenía en mis pulmones en un suspiro de rendición y solo entonces me volví hacia él.
—¿Para irme a mi casa?
No supe porqué entoné mi respuesta de forma interrogante. Pero su mirada me intimidaba y me hacía dudar hasta de mis propias intenciones.
—Ni hablar. Te llevo en mi coche —resolvió, sin dejarme lugar a réplica; al ver que no me movía, no tuvo más remedio que añadir algo más—. Vamos, Bella.
No hice caso ni de su tono autoritario, ni de su gesto apremiante. En lugar de seguirle, continué inmóvil sobre la acera, con la maleta a mi derecha y el viento frío que comenzaba a soplar en el aeropuerto a medida que la noche caía sobre Chicago.
—No creo que sea buena idea.
Edward alzó las cejas, en un gesto a medio camino entre la duda y la impaciencia.
—¿Por qué no?
—Porque la última vez que tú y yo estuvimos juntos en un coche… —comencé a decir.
Dejé la frase en suspenso, incapaz de elegir las palabras correctas. ¿Cómo formular en voz alta mis temores sin reabrir viejas heridas que ni siquiera se habían cerrado todavía?
No fue necesario terminar la frase. Una media sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Edward en cuanto comprendió a qué me refería.
—Esta vez conduzco yo —dijo, agitando las llaves que sostenía en su mano derecha—. Y, créeme, no tengo ninguna intención de echarte de mi coche en marcha.
—El coche de Jasper no estaba en marcha —corregí, súbitamente malhumorada.
Como toda respuesta, su media sonrisa se convirtió en una mueca burlona completa. Volvió a agitar las llaves del coche, que tintinearon alegremente en su mano, y murmuró un nuevo 'vamos, Bella', antes de darse media vuelta y comenzar a caminar con resolución hacia el parking del aeropuerto, como si no tuviera la menor duda de que le iba a seguir.
Lo cierto es que no lo hacía. Y, lo que era aún más preocupante, yo tampoco. Agarré de nuevo mi maleta y tiré de ella para seguirle, sin ni siquiera cuestionarme los motivos de mi decisión.
El camino hacia mi apartamento transcurrió en el más absoluto silencio. Opté por mantener la boca cerrada, temerosa de que la cercanía de Edward me empujara a decir cosas de las que luego podría arrepentirme. Él tampoco se molestó en decir nada y ni siquiera necesitó pedir indicaciones sobre cómo llegar a mi casa. Se conocía el camino perfectamente y eso me hacía sentir vértigo.
Apenas veinte minutos después, el coche de Edward enfiló mi calle, silenciosa y desierta, y en cuanto el ronroneo suave del motor enmudeció, las palabras se escaparon de mi boca sin que pudiera hacer nada por detenerlas.
—¿Quieres subir?
Di que no.
En la penumbra del coche me pareció adivinar la sombra de una media sonrisa en sus labios, pero tampoco podía asegurarlo con certeza.
—Te acompaño hasta el portal —dijo tras un par de segundos de silencio.
Salió del coche y, antes de que yo pudiera hacer lo propio, ya había abierto mi puerta. Me desabroché el cinturón y puse un pie en la calle, dirigiéndole una mirada escéptica por aquel gesto caballeroso totalmente impropio de él, pero aún así opté por no hacer ningún comentario.
—No me mires así —pidió, al tiempo que cerraba con suavidad la puerta del copiloto.
Aquella exigencia se estaba convirtiendo en una petición recurrente en sus labios.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes, Bella —insistió él—. Me miras como si sospecharas que todos mi gestos llevan detrás una intención oscura. Soy un gilipollas, pero te aseguro que no pretendo serlo contigo. Ya no.
Me mordí el labio en un gesto culpable que denotaba mi inquietud. Él aprovechó el momento de debilidad para acercarse a mí y colocar una mano sobre mi cintura.
—Vamos, Bella —susurró contra mis labios.
Un escalofrío recorrió mi espalda, como cada vez que pronunciaba mi nombre. Estaba segura de que era totalmente consciente del efecto que provocaba en mí con aquel 'Bella' colgado de sus labios.
—Estoy intentando hacer las cosas bien. Estoy intentando ser amable —prosiguió con aquel murmullo cálido que se derramaba por mi piel con demasiada facilidad—. Déjame intentarlo.
—Sube.
La palabra salió de mi boca por su propia voluntad.
Edward movió la cabeza de un lado a otro, mientras su mano iniciaba un camino ascendente, desde mi cintura, a través de toda mi espalda y hacia mis hombros.
—Si lo hago, y créeme que me muero de ganas por hacerlo —aseguró, clavando sus ojos sobre los míos con intensidad, como si con ello quisiera convencerme de la verdad que encerraban sus palabras—… Si lo hago, repetiríamos el error de anoche. Y realmente necesitamos tomarnos esto con calma, Bella.
Asentí con la cabeza, casi como una autómata. Odiaba admitirlo, pero tenía razón.
—Está bien —cedí en un suspiro.
Edward esbozó una sonrisa genuina y aquel gesto, al igual que el de abrirme la puerta del coche, resultaba completamente inusual en él. Aunque esta vez no dudaba de su sinceridad.
—Es refrescante ver cómo no te empeñas en llevarme la contraria —dijo, tiñendo sus palabras con un matiz desafiante y juguetón al mismo tiempo.
Arrugué la nariz en un gesto de disgusto.
—No deberías acostumbrarte —repliqué.
Su mano había vuelto a descender por mi espalda para aferrarse de nuevo a mi cintura en un apretón suave y firme.
—No lo haré —concedió, sin borrar de sus labios aquella sonrisa que me hacía replantearme todas mis creencias sobre el mundo.
Asentí con la cabeza de nuevo, incapaz de decir nada más. Tampoco me dio opción a hacerlo. Antes de que pudiera ser consciente de su próximo movimiento, sus labios ya estaban sobre los míos. Y aquel beso no tenía nada que ver con el que me había dado esa mañana en la habitación del hotel de Las Vegas.
Aquel beso era rudo y dominante. Era firme y desconsiderado. Eran todos los sentimientos que trataba de contener con sus palabras, pero que no podía disimular con sus gestos. Era la desesperación por sentirse aceptado, la necesidad de saberse comprendido, y la certeza de que, a pesar de sus buenas intenciones, aún nos quedaba demasiado camino por recorrer.
Se separó de mí con la respiración entrecortada y el corazón desbocado. En el silencio que nos rodeaba, podía escucharlo perfectamente, aunque quizás confundía el ritmo apresurado de sus latidos con el de mi corazón, que tronaba en mis oídos con un zumbido insoportable.
Se quedó allí, completamente inmóvil, con sus manos alrededor de mi cuerpo y su frente apoyada en mi hombro. Pasaron unos cuantos segundos antes de que ambos pudiéramos recuperar el aliento. Cuando por fin fue capaz de recuperar la calma, dejó que sus labios se deslizaran desde mi por mi hombro hasta mi clavícula.
—Buenas noches, Bella —susurró contra mi cuello, antes de separarse de mí.
Apenas pude emitir un gemido indescifrable a modo de respuesta. Con una última media sonrisa, Edward me besó en la frente y se dio media vuelta. Cruzó la calle de nuevo hacia el coche con paso firme y mientras le observaba alejarse, deseé con todas mis fuerzas que aquella tregua terminara en paz.
De momento nos quedamos aquí.
Voy a intentar subir por lo menos un capítulo en agosto, pero no puedo prometerlo porque hasta mitad de septiembre no recupero mi vida. Sé que es un rollo leer así una historia y os agradezco la paciencia infinita que tenéis, pero no me eternizo con los capis ni por desidia, ni porque quiera abandonar la historia, ni porque no tenga planeado cómo seguirla. Simplemente los días no me dan para más.
Mil gracias. Espero leeros en los reviews ;)
Bars
