Capítulo 26 –Recuerda los monstruos

Era él, sin lugar a dudas: el ex militar que había hecho su refugio tras esas paredes, aislándose del mundo, jurando proteger a las personas que vivían en ese mundo apartado, ex militar que ahora estaba en Salt Lake City junto a él. Pero algo no calzaba, y eran las palabras que había mencionado: no podía ser.

Ethan vio a John y a Liz, dándose cuenta de que también habían reconocido la voz, sin saber cómo responder, también por aquellas palabras: no sonaba como el Nathaniel que había conocido, preocupado por las personas que le rodeaban, después de haber renunciado al mundo.

No podía ser así: algo tenía que haber, algo que él pudiera hacer.

Le hizo una seña a John y a Liz, que no se movieran, y se levantó: sería la última vez que arriesgaría su vida; pudo ver cómo ella intentó detenerlo, pero él se zafó, convenciéndose de que si su viaje había comenzado de esa forma, en Pittsburgh, era justo que así fuera su último encuentro antes de ir con los luciérnagas: era la misma persona con la cual había conversado mientras caminaba por esa granja, viendo todo lo que ese hombre había logrado con su gente.

Entonces salió, sólo para ver la espalda de todas aquellas personas voltearse inmediatamente, para apuntarle con sus armas; rifles, pistolas y escopetas. Y ahí estaba, entre ellos, el cabello rubio y el mismo rostro que una vez viera en lo alto de esa casa.

-¡Bajen las armas! –dijo entonces Nathaniel, reconociendo de inmediato a Ethan

Éste último lo observó, notando cómo todas las personas dejaron de apuntarle; eran alrededor de veinte personas, suponiendo que ese día que habían compartido era recordado, como garante de no dispararse tras verse.

-Hola, Ethan –dijo entonces, acercándose, abriéndose paso entre sus hombres

No obstante algo no estaba bien; el tono de su voz era distinto al que había escuchado en la granja, totalmente seco y frío, diciéndole que definitivamente algo había cambiado.

-Hola… Nathaniel –respondió, sin saber bien qué seguiría -¿qué haces acá?

-Lo mismo que haces tú –le respondió de inmediato –busco a los luciérnagas

-… ¿Para matarlos? –no supo qué respondería Nathaniel, pero sabía bien que ése era el tema ahí

-Así es… supongo tú sigues con la idea de unirte a ellos… es una pena que esto tenga que acabar así

Ethan sabía que John estaba detrás de la pared, listo para disparar en contra, pero también sabía que en un asalto frontal no tendrían ninguna oportunidad, sin hablar de que no se sentía bien disparándole a Nathaniel: no después de haberlo conocido, en ese mundo aparte que había creado, en donde los niños podían jugar tranquilos y ser niños, y los adultos podían encontrar finalmente paz, así fuera olvidándose de lo que pasaba afuera.

Entonces recordó a Harry, su hermano menor.

-¿Por qué? –Preguntó entonces – ¿Qué pasó con la granja y su gente? ¿Esa casa grande en donde todos vivían?

-La granja… -respondió Nathaniel, mostrando en su rostro el que recordaba esas imágenes tanto como él –la última vez que la vi, la vi en llamas… después de que yo le prendiera fuego a todo… que quedara en el suelo a pudrirse…

Ethan casi dio un paso atrás; quien estaba frente a él no era el Nathaniel que él había conocido meses atrás, por ningún motivo: el Nathaniel que lideraba esa granja jamás habría podido hacer algo así, jamás habría podido quemar todo lo que había construido con tanto cariño y esfuerzo.

-¿De qué estás hablando? –le preguntó nuevamente -¿Qué pasó? ¿Por qué lo hiciste? ¿Dónde está Harry?

-¿Qué pasó? –respondió Nathaniel, inclinando su cabeza hacia la derecha –pasó lo que siempre pasa… todo tiene un inicio y un final, Ethan; nada es para siempre: Harry murió en mis brazos llorando porque no quería morir, ahogándose en su propia sangre, y tuve que hacer lo posible por consolarlo en esos momentos, aun cuando sabía que cada palabra que le decía era una mentira, porque nada podía borrar el hecho de que se estaba yendo frente a mis ojos, y que no había nada que yo pudiera hacer para salvarlo

-No me digas que…

-¿Qué la granja fue atacada? ¿Qué unas personas, tal y como tu grupo, que fueron rescatadas por mi hermano en las afueras, que fueron traídas al interior de las puertas, no fueron más que infiltrados, que luego las abrieron para que otros entraran? ¿Que yo estaba lejos, cazando comida, abandonándolos a su suerte? ¿Que no pude hacer nada para cuando escuché los disparos? Sí, Ethan, te lo digo

-¿Pero por qué estás ahora acá?

-Si algo creí siempre, es que este mundo se fue a la mierda, y fue ese mundo el que nos lo quitó todo… no fueron los infectados, ni los militares solamente… fueron todos… ¿merece este mundo una cura? ¿Son distintos los militares de los luciérnagas o los cazadores? Porque para mí todos parecen lo mismo

-Eso no es cierto –le contestó Ethan -¿qué pasa con todos los inocentes que día a día sufren? Así como tú has sufrido una enorme pérdida, así ha sido con muchos otros, y yo creo firmemente en que merecen otra oportunidad; merecen que sus esperanzas sean respondidas; merecen una cura

-Todo inocente es un culpable por venir, Ethan, y eso quedó más que claro en estas dos décadas; el Cordyceps lo único que hizo fue darnos la oportunidad de demostrarnos cuan asquerosa era la humanidad en realidad, nada más… y yo ya he visto suficiente como para saber que siempre veré morir a mi hermano, y a los niños a los que convencí de que podrían vivir felices jugando en el día, sin tener que dormirse pensando en si al día siguiente esa vida podrá continuar… el dolor y la pérdida se han convertido en las cunas de todos, y eso sólo lo causó la naturaleza humana, con un poco de ayuda del hongo

Un recuerdo afloró entonces: esa charla que había tenido con Laura en la noche en la granja; tras las palabras que había escuchado, no podía sino entender con pesar el destino de ella y de todos los niños en ese lugar.

-¡Nathaniel! –respondió de inmediato Ethan, intentando hacer que Nathaniel entrara en razón –tú estuviste en el mundo de antes, y pudiste ver que no siempre las cosas habían sido así; que si bien ese mundo tampoco era perfecto, era mucho mejor que éste: las cosas no tienen que acabar así

-Si te refieres a ese mar de hipocresía en el que antes vivíamos, lo único que te puedo decir es que en el fondo, cada persona que veías a diario te odiaba en secreto por existir; siempre habría alguien allá afuera dispuesto a matarte, y siempre lo habrá; quita las cadenas de las que nos liberó la infección, y tienes lo que gestó durante todo ese tiempo: ya es hora de que todo se acabe Ethan, y somos nosotros los que acabaremos con nosotros mismos

No había caso, y en parte Ethan podía ver eso desde su propia vida: cuando había perdido a Diane y había sido expulsado de Boston ésa había sido su sensación; ése había sido su deseo, el de tener su venganza contra el mundo, y había tenido que pasar mucho tiempo antes de que finalmente se diera cuenta de su error: Nathaniel estaba pasando por eso mismo, pero de forma mucho peor, además de que estaba llegando demasiado lejos: no podía culparlo, al menos no desde su posición, pero tampoco podía permitir que Nathaniel lograra su objetivo.

-Lo lamento, Ethan –dijo entonces –pero si ésa es tu posición, y considerando que la vas a defender como ahora la estás defendiendo en palabras, entonces creo que no queda arreglo

-Nathaniel… esto no debe acabar así… no tiene que acabar así… no te dispararé… no…

Vio como el ex militar lo vio fijamente, y por un instante, pudo ver en su mirada una señal de angustia, pero vio cómo esa señal fue ahogada cuando levantó su brazo derecho, el cual sostenía una pistola.

-Por respeto a nuestro encuentro pasado bajé las armas… pero no hay otra forma, Ethan, aquí nuestros caminos se separan definitivamente, para nunca más encontrarse

Sabiendo precisamente qué iba a pasar, sólo pudo atinar a correr de vuelta al edificio, esquivando por centímetros las balas; justo en ese momento John se asomó por la pared y aprovechó de cubrirlo, antes de finalmente llegar a cubierto. Con el pesar en su cabeza no pudo sino dar la orden.

-Hay que ocultarse… y hay que… acabar con ellos

Eran tres personas contra dos decenas: no había ninguna otra forma de poder sobrevivir a ese, el último y más arriesgado tiroteo.

Rápidamente subieron las escaleras, buscando el espacio y el tiempo para poder planear algo; cuando llegaron a la terraza pudieron ver que las jirafas habían huido a otra parte de la ciudad, tras oír los disparos: sin ninguna duda ese ambiente que habían vivido hacía sólo minutos ya no estaba ahí, y lo que tenían ahora frente a ellos no era sino otro de esos episodios que habían vivido durante todos esos meses.

Podía escuchar que algunos subían por las escaleras, y recordó que habían empacado de todo en sus mochilas: abrió la suya y encontró una granada, que probablemente los cazadores habían encontrado en su viaje, siendo la única que habían encontrado en el camión. Era terrible imaginar morir así, en una explosión deliberada, pero no pudo sino sentir que no tenía otra opción: tenía que matar a aquellas personas, muchas de las cuales probablemente habían cruzado miradas o palabras con él aquél día.

Sacó el anillo, y escuchando que ya varios subían, la lanzó tratando de desconectarse de lo que iba a pasar, pero el estruendo fue tal que le fue imposible: pudo escuchar los gritos de quienes alcanzaron a notar la granada entre ellos, para luego escuchar sólo silencio, marcando la muerte de muchas personas que en el pasado habían jurado proteger a sus seres queridos.

Pero los pasos continuaron, y eso fue suficiente como para recordarle que nada había terminado: corrieron rápidamente hacia los pasillos previos, y nuevamente sintió ese cambio que lo apenó; sólo hacía momentos había pasado por esos pasillos pensando en que finalmente encontrarían la paz que habían anhelado, consigo mismos, y con los demás. Pero ahí se encontraba, matando nuevamente a gente que no quería matar, por motivos que no los incumbían para nada; estaban luchando en una batalla que no era de ninguno de los dos.

Y eso le recordó algo que entonces cobró algo de sentido, algo que se había guardado, tanto o más que el chaleco de Liz durante todo ese mes, guardado en el auto; necesitaban ser sigilosos, y en esa ocasión más que nunca ayudaría algo así.

Ni Liz ni John reconocieron lo que vieron, o al menos eso fue lo que Ethan interpretó por sus miradas sin mayor atención, pero fue entonces que de su mochila abultada, sacó un arma completamente negra que era silenciosa y altamente letal, quizá demasiado: la ballesta de Francis.

En un principio sabía con vergüenza el motivo de habérsela llevado luego de lo que había pasado en la minera; era su forma enferma de saber que, al menos como en aquel entonces creía, se había liberado de ese peso, y la había guardado de esa forma, creyendo que con eso había acabado ese episodio. Pero con el pasar del tiempo, y los últimos acontecimientos, había aprendido a verla como una muestra de respeto, no por Francis, sino por William; continuaría el resto de su vida con las marcas que aquella persona había dejado en su cuerpo, pero eso no le evitaba pensar en que él, quien Ethan consideraba el psicópata por excelencia, no siempre había sido así; el mundo estaba enfermo, lleno de cazadores y gente sin valores morales, pero eso no significaba que siempre hubieran sido así: por respeto a ese pasado inocente que quería rescatar con los luciérnagas, no había botado esa ballesta luego de haber enfrentado al menos en parte sus problemas y preguntas. Incluso los peores monstruos habían comenzado como todos: como niños que sólo querían ser felices y ver felices a los demás.

-Esto es por todas las personas a las que he conocido –dijo, empuñando la ballesta, preparando las flechas a su costado –y todas a las que conoceré

Pudo ver que tras la puerta empezaron a aparecer los hombres de Nathaniel, y podía intuir que aquella persona no había muerto en la explosión de la granada, pese a que no apareció de inmediato.

Apuntó, con una expresión angustiada mientras la mira indicaba la cabeza de uno, y disparó: sólo se escuchó el sonido del mecanismo que lanzó la flecha, para luego dar paso a la caída de uno de los granjeros, quien quedó en el piso en un charco creciente de sangre; tenían que retroceder porque claramente ellos sabrían hacia dónde ir: la meta era llegar a la zona en donde habían encontrado la escalera de metal, la cual era lo suficientemente amplia como para emboscarlos.

-Yo acabaré con la mayor cantidad posible de ellos –indicó Ethan, escondiéndose detrás de una planta –cuando se den cuenta de mi localización, ustedes dispararán desde el otro lado, para así confundirlos… es arriesgado, pero no se pone mejor que esto

Y ese juicio no era sólo referente al plan, pero no había otra forma.

No obstante, en ese momento un pensamiento cruzó por su cabeza sólo por unos segundos.

-¿Dónde están los malditos luciérnagas ahora que los necesitamos más que nunca?

Sólo podía esperar, mientras se preguntaba por qué no había metido en su mochila también algunas bombas de humo, o algo para ayudarle en esa situación, en vez de comida u otras cosas: había estado tan atontado por la idea de finalmente haber acabado su viaje, que había dejado de lado la precaución que siempre había procurado tener a lo largo de todos esos meses; se había dejado engañar por su ilusión, y John y Liz lo habían seguido ciegamente.

Pero no podía caer, no podía caer nuevamente en su propio agujero, sobre todo en ese momento; la vida de sus amigos estaba en juego: no se repetiría lo que había pasado en Boulder: no lo permitiría.

No, no eran sólo sus amigos, ni tampoco familia… era algo mucho más profundo que ambas cosas, pero fueran lo que fueran, no permitiría que ninguno cayera ese día, a pesar de que tuvieran todas las de perder: tal y como había concluido en la prisión, si había una persona que podía morir en esa situación, sólo podía ser él mismo.

Si moría, no importaba siempre que lograra salvarlos: al menos habría llevado a John y a Liz con los luciérnagas, tal y como les había prometido, y ellos podrían ver lo que les deparaba a futuro.

Sus manos comenzaron a temblar: se dio cuenta de que si así pasaba, al menos ellos serían los que verían lo que estaba por venir: si así era, podía arriesgar su vida por ellos. Por él, la persona que había hecho las decisiones correctas cuando él había cometido error tras error, y ella, quien había llegado a significar todo para él, siendo la persona que lo salvó de sí mismo.

-En caso de que esto salga mal –se dijo a sí mismo, cerrando los ojos mientras respiraba profundamente, preparándose –llegó mi turno, Mike… Emily… Diane… sea donde sea que estén, es probable que hoy vaya hacia allá a acompañarlos… o al menos eso espero…

Entonces escuchó los pasos: habían llegado.

John y Liz estaban al otro lado del lugar, escondidos detrás de otro espacio para plantas, lo cual les servía tanto para cubrirse como para esconderse tras las hojas, y él se encontraba en la misma situación del otro lado: el plan era una completa ruleta rusa, pero no había alternativa; si salían al exterior, en un tiroteo frente a frente no tendrían ninguna oportunidad.

Pudo escuchar cómo el primero dio un salto y bajó al nivel de ellos desde lo alto, luego otro, y luego otro; tenía que esperar a que todos bajaran, si no es que la mayoría: si le disparaban desde lo alto tendría problemas.

Alcanzó a contar ocho personas antes de que dejar de sentirse saltos: era hora.

Se asomó entre las hojas, camuflado y disparó la primera flecha: la ausencia de sonido hizo que el tiempo de reacción por parte de ellos no fuera tan rápido, y que no pudieran decir con exactitud de dónde había provenido el disparo exactamente; recargó la ballesta y le disparó a otro, dándole un tiro certero. Pero entonces notó que uno de ellos logró decir en dónde estaba, tras lo cual los seis restantes empezaron a abordarlos por ambos lados; entonces vio a Nathaniel entre ellos, con su pistola empuñada.

Rápidamente dio un tercer tiro, abatiendo a otro más, justo antes de que John y Liz empezaran a disparar desde el otro lado para defenderlo y confundir a los cinco restantes: pudo escuchar a varios que cayeron al suelo producto de los disparos; ya quedaban menos.

Pero entonces pudo ver que uno de ellos empezó a correr rápidamente para flanquear a John y Liz; bastaban unos segundos más para que estuviera en posición de dispararles.

-¡Cuidado! –gritó agitado, saliendo de entre las plantas, para poder ver mejor, y dispararle, tras lo cual aquella persona cayó de inmediato al piso, con la flecha enterrada en su pecho

Pero entonces pudo notar, como si sus ojos y su mente pudieran procesar todo más rápido que su cuerpo, que quedaban sólo dos personas, siendo una de ellas Nathaniel, pero que ambas le estaban apuntando directamente a él, listos para disparar.

-Mike… -pensó en su cabeza, empezando a ver todos aquellos recuerdos de forma tan rápida que aparecían entre el instante en que ellos le apuntaban y el instante en que dispararían, como una película que resumía su tortuosa vida, desde su infancia en Jacksonville, hasta ese momento –Emily… Diane… Liz

-¡No! –gritó entonces John, saliendo de los bloques que lo cubrían, para poder dispararles rápidamente a los dos, abatiendo al primero, e hiriendo seriamente a Nathaniel

Pero entonces pudo notar que aún mientras caía al suelo, Nathaniel disparó en contra en repetidas ocasiones, haciendo que varias balas le llegaran a John, para luego caer al suelo malherido, ya totalmente neutralizado.

Sus ojos se abrieron al ver la situación.

Todos los hombres de Nathaniel estaban abatidos, por lo cual saltó entre las plantas para ir donde John.

Había fallado su promesa.

Había roto lo que había concluido.

Alguien se estaba yendo, y no era él.

-¡John! –gritó Ethan, cuando por fin lo alcanzó, sólo para notar cómo su pecho se llenaba de sangre

Pudo ver a Liz, con esa expresión horrorizada: la expresión que demostraba que, sabiendo de primeros auxilios y de curaciones, podía decir con certeza que no había nada que pudieran hacer para salvarlo.

-Liz… -decía Ethan, en su desesperación -… John… no… ¡no!

-Ethan… -le habló entonces John –no te culpes… por favor…

-¡No! ¿Por qué saliste? ¡Pudiste haberme usado como carnada… les hubieran disparado desde detrás de las plantas con calma y los habrían matado!

-No… Ethan… no habría podido

-¡No te mereces esto! ¡Si aquí alguien podía morir ése era sólo yo! ¡Yo los traje a este lugar!... ¡Yo les prometí que los llevaría con los luciérnagas!

No se había dado cuenta hasta entonces, pero sus ojos habían empezado a lagrimear, y pronto esas lágrimas se habían convertido en sollozos.

-¡Tú fuiste el que siempre tomó las decisiones correctas en tu vida! ¡Yo… yo he tenido que aprender paso a paso… cayendo siempre… esto no es justo!

-Pero así es como eres… -le respondió él, moribundo –cometes errores, lo sientes de corazón, y luego haces todo lo posible por no repetirlos… y si los repites te vuelves a golpear por dentro, teniendo muchas veces que necesitar de otros para poder pararte de los golpes que tú mismo te das… pero en el fondo eso es lo más valioso… sabes sinceramente cuando cometes un error, y te sientes por ello de verdad, sintiendo dolor por las consecuencias, aceptándolas, sin negarlas… usando eso para luego salir adelante…

-¿De qué hablas? ¡Día tras día he sido un desastre que ha tenido que ser empujado por ustedes para poder seguir en pie!

-¿Recuerdas… que una vez te dije… que personas como tú eran luciérnagas por dentro?... no me refería a las decisiones o motivaciones que tienes… me refería justamente a lo que te acabo de decir… la forma en que operas en la vida… y la forma en que reaccionas ante tus propias decisiones… eso es lo más valioso en este mundo… y también lo más escaso… y créeme… eso es algo que yo nunca pude llegar a tener… pero que está dentro de ti…

Pudo notar que entonces su voz se empezó a apagar, frente a él, frente a ella.

-¡No! ¡John! ¡Resiste! –dijo Ethan, ya abiertamente llorando

-Me recuerdas… a… mi… herma… no…

Ethan sólo pudo levantar a John en sus brazos y abrazarlo, sosteniendo su cuerpo en sus últimos momentos, antes de darse cuenta de que ya no estaba con él, ni con ella. El luciérnaga había muerto, a sólo unos cientos de metros del hospital.

-Ethan… -le dijo Liz, tomándolo por el hombro –se ha ido… ya se ha ido…

Ethan la vio, con su mirada triste viéndolo de vuelta, tras lo cual dejó a John cuidadosamente en el suelo.

Entonces notó un sonido detrás de él; se volteó, para ver a Nathaniel, pero sólo permanecía en el suelo, intentando moverse en vano, generando un charco de sangre alrededor suyo. Ethan entonces fue donde él, acercándose, pudiendo notar que Liz lo veía fijamente desde atrás, al voltear la cara

-Vas… a salvar… a gente que no merece ser… salvada –le dijo Nathaniel, también moribundo

-He vivido dos décadas viendo dolor a mi alrededor, causado por las mismas personas… -le respondió Ethan –pero también he visto risas, lágrimas, tranquilidad y paz… y es por eso por lo que lucho… no somos quienes para juzgar a otros… y ciertamente no somos quienes para decidir por ellos si es que merecen o no ser salvados… pero no puedo sino estar de acuerdo en que hay algo que sí merecen… una oportunidad… una oportunidad para reír, para crecer, para llorar… para vivir

-Quizá… en otro tiempo hubieras tenido razón… pero ya es demasiado tarde… yo… yo… y…

Entonces pudo ver cómo el cuerpo de Nathaniel dejó de moverse; cómo dejó de luchar, y sólo pudo observarlo fijamente durante unos segundos, recordando aquél Nathaniel que había conocido antes: cuando Liz se había ido con Harry mientras ellos dos conversaban; cuando veía a los adultos trabajando por el bien de sus amigos; cuando veía a los animales, o las otras casas que construían al ver que no cabían todos en la casa central, y los niños que podían jugar tal y como hubiera jugado él en su infancia, cuando no había infección de la que preocuparse.

Y lo único que sintió fue cierta identidad con él, tal y como antes, lo cual lo apenó mucho, viendo a quien pudiera haber sido él en el pasado, muerto en el suelo.

-Vamos, Liz –le indicó, secándose las lágrimas de la cara –hay que buscar un lugar en donde enterrarlos… a todos