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"Chapitre Vingt-cinq"
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Samuel sabía que Kurt le había dicho que se fuera, que viviera su sueño, que estuviera con David, pero no podía dejarlo por completo. Había estado moviendo poco a poco las cosas a la casa de su novio, más eso no le impedía pasar al menos dos o tres noches a la semana en el hogar que había compartido con el castaño.
Estaba teniendo dificultades para dejarlo. Mientras tanto David estaba herido, pensando que estaba demasiado involucrado en esa amistad. Trataba de entender sin embargo, trataba de ser de apoyo, pero era difícil.
Sam se llevaba cosas con él cada vez que visitaba a su amigo. Nunca se había dado cuenta de lo poco que Kurt poseía. La mayoría de las cosas en el apartamento sucio eran las suyas, y mientras estaban siendo removidas, iba dejando la casa más evidentemente desnuda y solitaria.
Con cada caballete, cada pincel, cada zapato que le quitaba, Kurt se volvía más consciente de que iba a estar solo, completamente solo por primera vez en mucho tiempo.
Temía a ese pensamiento, pero no expresaba ninguna de sus preocupaciones. El rubio cambiaría de opinión si pensase que él no podría sobrevivir solo. Sam era tan buen amigo. Lo odiaba, pero sabía que si las mesas se invirtieran, si se le diera la oportunidad de vivir con Blaine, la habría tomado sin ningún reparo o duda. Pero el ojiverde era demasiado bueno para eso, era demasiado amable, siempre tratando de mantener a todos tan felices como pudiera hacerlos.
Era triste verlo partir, y estaba agradecido por la compañía cada noche extra, pero sabía que no duraría para siempre. Se iba a mudar con el tiempo, y no importaba cuántas veces este prometiera permanecer en contacto, dudaba que sería lo mismo.
Samuel estaba decidido a no perder a su mejor amigo. Vivir con David era por supuesto un sueño hecho realidad, y todos los días estaba asombrado de que se le diera la oportunidad, pero todavía no quería que nada cambiase con Kurt. Amaba a su amigo demasiado para dejarlo completamente fuera de su vida.
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Era un día frío cerca de la Navidad. Había pasado casi un año desde que había conocido por primera vez al bello varón irlandés que cambió su vida para siempre. Aun así, en verdad Blaine se había ido, y había estado ausente durante algunos meses. Kurt se sentía herido y roto por dentro, pero no podía preocuparse por eso en ese instante. Estaba ayudando a Evans con la última de sus cajas.
- Gracias. – El rubio ladró con una tos mientras el castaño llevaba algo de la última ropa de este.
David asentó la caja más pesada de suministros de arte, la cual parecía ser interminable, y apoyó una mano en la espalda de su amado. Sam le sonrió, pero se cubrió la boca y se giró, hundiendo su rostro contra su hombro mientras tosía fuerte.
Con el clima el resfrío de su mejor amigo había empeorado, pero eso podía deberse al hecho de que era uno de los peores inviernos que había visto. Incluso cuando caminaba en el exterior con las cajas, sus manos se sentían como si estuvieran ardiendo con el frío amargo. Todavía no había nieve, pero había un nudo agudo en el aire que le hacía elevar los hombros hasta sus oídos para conseguir un poco de calor. Realmente debía invertir en un par de guantes y una bufanda.
Dejó la caja en el auto que David había pedido prestado a un amigo para ayudar con la mudanza. Por supuesto, siendo un artista pobre, no podía permitirse un vehículo propio, pero tenía amigos en mejor posición. No era el más lujoso de los coches, pero cumplía con su cometido. Sin embargo, Kurt no se tomó tiempo para admirarlo mientras cruzaba los brazos, metiendo las manos entre los huesos y los antebrazos buscando un poco de calor y se precipitaba a entrar, empujando la puerta para abrirla.
Había sólo tres cajas en medio del suelo y una junto a David. Dos viajes más al auto y Kurt junto con el artista de cabello oscuro habrían eliminado cada rastro de Samuel de ese lugar, a excepción de un cuadro sobre la chimenea.
Fue hecho por uno de los artistas aspirantes del Parc des Buttes-Chaumont, uno de los parques más románticos de París. A Kurt le encantaba, y recordaba estar sentado junto a Sam en una noche de veranos perezosos viéndolo pintar el cuadro que ahora estaba dejando atrás.
Se paró en la puerta observando, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con derramarse por sus mejillas. No podía creer que se fuera. Él estaba… iba a estar finalmente solo.
Una aguda tos interrumpió sus pensamientos y miró hacia un lado para encontrar a un pálido y enfermizo Sam acercándose y envolviendo sus brazos alrededor de él, sosteniéndolo cerca.
- Te echaré de menos. – Susurró, apretando los brazos mientras cerraba los ojos, intentando evitar toser más.
Kurt se aferró a su cuerpo enfermizo y delgado. El estrés de todo eso realmente lo había afectado más que a nadie, y se odiaba por ello.
- Prométeme que comerás más. – Susurró mirándolo. – Y recupera tu fuerza, eres piel y huesos… Lo siento mucho por haberte estresado así, Sam.
El chico sacudió la cabeza, tratando de decir que no era necesario, que no era su culpa, pero todo lo que salió fue una tos cortante y ronca.
Kurt sonrió cuando David se acercó y lo rodeó con sus brazos.
- Muy bien… Prométeme que no beberás tanto.
En realidad no había bebido mucho desde la noticia de que Samuel se iba. Había sido como una bofetada en la cara, una llamada de atención. A decir verdad, nunca había llegado a ser adicto al alcohol, nunca le gustó beber, era sólo una distracción. Tal vez por eso no le preocupaba mucho el pensamiento de dejarlo, porque no dependía exactamente de ello.
Los dos compartieron una pequeña sonrisa cuando el castaño asintió y Sam miró a su alrededor, luego de nuevo a Kurt.
- No estoy muy lejos. – Dijo en un susurro ronco. – Hay una habitación de invitados, David dijo que si querías, podrías quedarte algún día… pero sólo si quieres.
Kurt miró a David, quien sonreía y asentía con la cabeza. Sabía que este sólo estaba tratando de mantener a su novio feliz, al igual que él.
- Me parece perfecto. – Afirmó, sosteniendo a su amigo una vez más en un apretado abrazo que parecía que lo partiría por la mitad. Sam se sentía increíblemente frágil últimamente, era preocupante, pero él estaba seguro de que una vez que terminase la temporada amarga, este se recuperaría. Le sonrió y le besó la frente. Cómo lo extrañaría, era su mejor amigo en todo el mundo, las cosas no serían las mismas sin él.
Kurt y David tomaron las últimas cajas, y después de algunas despedidas más largas, persistentes y llorosas, procedieron a partir.
Samuel estaba susurrando que estaría allí si lo necesitaba, que siempre estaría allí.
Kurt sonrió con ojos llorosos. – Gracias. – Susurró, inclinándose y tocando su mejilla con la de su amigo. Los dos permanecieron inmóviles, tocándose uno al otro, abrazándose. Era realmente el final de una era, y no fue perturbador hasta que sintió la suave humedad de las lágrimas de Sam deslizándose en su rostro. – No llores. – Dijo con una sonrisa, y besó su mejilla donde la humedad cayó. – Y prométeme que si la tos empeora, irás a un médico.
- Lo prometo. – Sonrió y volvió a abrazar a su amigo, cerrando los ojos. – Te voy a extrañar, Kurt.
- Yo también te echaré de menos. – Dijo suavemente y se apartó, mirando a David que tenía su mano en el hombro de Sam. – Cuida de él. – Suplicó mirándolo. – Promete que te encargarás de él.
- Lo prometo. – Respondió con una sonrisa, y se inclinó presionando los labios en la frente de su novio, quien se inclinó hacia el contacto.
Y finalmente… llegó la hora de irse.
El castaño estaba junto a la puerta, con los brazos cruzados para mantener las manos calientes mientras miraba a su mejor amigo y a su amado mientras se alejaban de la casa tomados del brazo. Estaba terriblemente triste, pero Samuel merecía la felicidad más que nadie.
Cuando el rubio se sentó en el asiento del pasajero, miró por la ventana a su mejor amigo y realizó un pequeño movimiento con la mano. Kurt devolvió el saludo, de alguna manera sonriente a pesar de querer llorar por estar solo, pero no lo haría. No podía poner más culpa sobre este.
El coche se alejó y él entró de nuevo, cerrando la puerta.
El silencio fue todo lo que lo saludó, y se mordió el labio. No podía vivir así. No sobreviviría ahí, tenía que dejar esa vida detrás. Sólo… olvidar todo… Tenía que hacerlo.
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Blaine estaba agotado. Había estado trabajando sin parar desde que consiguió laborar directamente con su ídolo, Nowaki Akita. El hombre mayor era un genio de la tela y tenía fábricas completas trabajando para él. Blaine tenía el privilegio de formar parte de su íntimo círculo de diseño y colaborar directamente con él, pero era agotador, incluso más que cuando cuando trabajaba solo en su casa.
Mientras que el maestro expresaba un gran interés en su trabajo, sus colegas no parecían tan interesados en sus ideas modernas.
Suspiró tocando sus hombros y estirándose, era tarde por la noche. En general se esperaba para mostrarle al personal su trabajo antes de que el jefe lo aprobara. Los celos eran el único culpable legítimo, sus compañeros desechaban casi todas sus ideas. Lo odiaban. Él ni siquiera tenía oportunidad. Nowaki había visto menos de la mitad de los diseños que creó.
Su jefe era un hombre agradable con quien le gustaba trabajar a nivel personal, pero su equipo era otra historia. No les agradaba, y lo dejaban perfectamente claro. Él hacía todo lo posible para cumplir con lo que le decían, realizar sus deberes y partir sin ningún reparo.
Por otro lado, tenía su propia casita, modesta, diminuta. Todo lo contrario a su casa en París, pero eso era lo que deseaba. No quería todo ese espacio… vacío. Ya se sentía lo suficientemente solo.
En su hogar tenía un área donde estaban la sala de estar y la cocina, había un baño y un dormitorio. De acuerdo con la cultura japonesa, tenía puertas de papel de arroz que se abrían y cerraban conectando las habitaciones. No era necesariamente la casa de sus sueños, pero después de un largo y duro día de trabajo, sólo quería llegar allí, arrastrarse en su cama y dormir el resto de la noche.
Guardó todas sus pertenencias, tirando de la elegante chaqueta estilo kimono que él mismo había hecho. Al principio se había mantenido con el código de vestimenta tradicional japonés, pero pronto anheló su ropa vieja. La chaqueta que llevaba llegaba hasta las rodillas, era de un suave tejido negro con los detalles más finos bordados a lo largo de la banda, el dobladillo y los puños.
Una banda roja iba envuelta alrededor del centro con costura de oro pequeña, era perfecta y detallada. Había también patrones abstractos hermosos, y por dentro la seda roja atada cubría también el diseño meticuloso. Era su chaqueta favorita, y aunque le parecía extraña debido a los patrones llamativos, no le importaba.
En ese momento estaba saliendo del edificio en el que trabajaba, manteniendo la cabeza baja, tratando de pasar sin ninguna…
- Blaine… – Una voz alegre resonó, y miró hacia arriba para ver a Nowaki. La única persona aparte de su tío que lo llamaba por su nombre y no como Anderson desde que se había mudado. El hombre mayor le sonrió, admirando su chaqueta. – Muy impresionante, es de tu última colección, ¿cierto? – El joven asintió y su jefe lo miró notando su expresión sombría. – ¿Sucede algo malo?
- No. – Dijo poco convencido. – Nada, es sólo… ya me voy. – Se giró, pero sintió que el hombre mayor se aferraba a su muñeca.
- Blaine, estoy preocupado porque has estado aquí durante semanas, y sin embargo, rara vez he visto un diseño tuyo.
- No son lo suficientemente buenos.
- Dudo eso. Muéstrame, estoy seguro de que son perfectos. – No tenía ni idea de que el joven tuviese la impresión de que debía pedir permiso para mostrarle, mientras que la mayoría de los otros diseñadores compartían sus ideas. Verdaderamente se daba cuenta de que todos estaban celosos de Blaine, de ahí que quisieran suprimir su talento.
Tomó la carpeta del chico y miró a través, sólo echando un vistazo a uno de los dos bocetos, pero eran increíblemente impresionantes, al punto que sus ojos se abrieron con amplitud. Le encantaría tomarse el tiempo para observarlos.
- Blaine, tengo una proposición para ti. – Dijo todavía sosteniendo la carpeta mientras caminaba hacia un auto que lo esperaba.
- ¿Sí señor? – Caminó hacia el coche con su jefe, quien abrió la puerta y le indicó que entrara. Él hizo una pausa mientras el anciano sonreía.
- Me gustaría invitarte a mi casa. Sólo por algunas horas, una breve comida para que pueda revisar tus diseños.
Blaine se sonrojó increíblemente halagado, y asintió con la cabeza, entrando en el vehículo. ¿Iba a ir a la casa de Nowaki Akita? No podía creerlo. Se acomodó, al igual que su jefe, sentados uno al lado del otro mientras eran conducidos por las calles de Osaka.
No hubo conversación, pero se sentía cómodo.
Nowaki era amable, aunque a veces un tanto reservado. Era amable, especialmente con Blaine, a quien notó que parecía fuera de lugar e incómodo no sólo en su lugar de trabajo, sino en Japón en general. Estaba preocupado. No estaba seguro de por qué, pero por alguna razón se sentía más bien protector hacia él.
Mientras el joven miraba por la ventana, Akita se tomó un momento para examinarle la mirada pensativa. Siempre parecía tan triste y anhelante, y él se preguntaba por qué, pero no se atrevía a preguntar.
Se dirigieron a la hermosa finca del diseñador. Por un momento, Blaine olvidó que estaba en Japón. Era una hermosa casa de estilo victoriano rodeada por un exuberante jardín verde. Se sorprendió ante eso ya que su jefe era el tipo de hombre que valoraba la cultura japonesa en su negocio, por lo que era un shock ver una casa tan occidental.
- La casa no fue idea mía. – Dijo con una pequeña sonrisa mientras el coche se detenía. El pelinegro lo miró sorprendido. Era como si el mayor le hubiera leído la mente, pero no dijo nada y siguió.
Mirar a su alrededor de pronto encendió su nostalgia y sintió que sus ojos como la miel se calentaban, pero afortunadamente no se derramaron lágrimas. Sacudió la cabeza y salió corriendo tras su jefe, quien caminaba sorprendentemente rápido para ser un hombre tan pequeño.
- Es una casa preciosa. – Expresó, y el anciano miró por encima del hombro, sonriendo y moviendo su cabeza en agradecimiento.
Nowaki abrió las puertas y Anderson lo siguió. El interior era muy diferente, con una influencia obviamente japonesa, desde las plantas de bambú hasta el estanque de koi en el pasillo.
Estaba sorprendido, pero impresionado. Era hermoso. La idea de tener todo eso dentro de su propia casa en París le hacía sonreír, podía imaginar la expresión de las personas que entrasen.
- ¡Cariño!
Blaine levantó atónito la mirada cuando Nowaki gritó en japonés, extendiendo los brazos, y un hombre corrió desde otra habitación. Observó asombrado mientras su jefe envolvía sus brazos alrededor del otro hombre, atrayéndolo hacia sí y presionando sus labios contra los de este.
Estaba congelado mientras veía como le acariciaba el rostro y juntaba sus frentes y narices, besándolo apasionadamente. Luego el mayor giró con un brazo alrededor de aquel sujeto.
- Blaine, este es Isamu. – Anunció al diseñador aturdido, quien los miró y extendió su mano para saludar.
- Es un placer. – Dijo en un dudoso inglés.
El hombre miró confundido a su compañero. Nowaki rió entre dientes y se acercó, sus labios rozando la concha de su oreja mientras susurraba una traducción antes de mirar al irlandés.
- Isamu no habla inglés. – Le informó, y Blaine sintió que sus mejillas se ponían rojas y sonrió. Por supuesto, no muchos sabían el idioma.
- Mis disculpas. – Dijo en la lengua nacional, mirando al hombre que era apenas un poco mayor que él.
Nowaki sonrió y sacudió la cabeza, indicando que no había motivo para lamentarse y luego se inclinó hacia su pareja e intercambiaron susurros afectuosos, hablando de la cena.
El joven diseñador sabía que era grosero, pero no pudo evitar mirar. Nowaki estaba tan a gusto con su amado a pesar de la presencia de otro hombre en la casa. En Europa la gente era golpeada por tal sexualidad, y él sólo podía imaginar que sería peor ahí, y sin embargo ambos parecían tan felices juntos. Dudaba mucho que actuaran tan afectuosamente en público. Se sentía bastante descarado incluso que se besaran en frente de él.
El muchacho miró al de cabellera oscura y luego de regreso a su amante, picoteando sus labios y corriendo hacia donde Blaine asumía que estaba la cocina. Él permanecía de pie, frotándose la parte de atrás de sus brazos cuando su jefe se le acercó, apoyando la mano en su hombro. – Espero no haberte hecho sentir incómodo. – Dijo suavemente, y él lo miró sorprendido.
- ¿P-por qué yo… por qué estaría… incómodo? N-no…
Nowaki rió entre dientes y lo miró, quitando la mano de su hombro.
- No hay necesidad de estar inquieto. – Dijo obviamente no entendiendo que este realmente no estaba incómodo, sino más bien nostálgico. – Mi relación con Isamu no es necesariamente conocida, nuestro amor está mal visto, no es tan aceptado como lo es en el mundo occidental. – El diseñador bajó la cabeza, pensando que tampoco era aceptado allá. – Pero por alguna razón… confío en ti Blaine.
Isamu regresó cuando el más joven de los hombres miraba hacia arriba en estado de shock después de haber oído eso, y les informó que había terminado con la cena, preguntando si les gustaría sentarse. El de rizos sonrió y le dio las gracias, incluso ofreciéndole ayuda, pero este afirmó que le gustaba hacerse cargo de la comida. Vio a su jefe sonriendo mientras su pareja se movía alrededor, y sacaba la carpeta para mirar los diseños. Se ruborizó, no creía que este los mirara.
Sonriendo a su compañero, Isamu empezó a bromear, afirmando que no había trabajo en la mesa, pero Nowaki sólo le dio una sonrisa amplia y le prometió que sería sólo un momento. Revisó rápidamente los bocetos, mientras tanto su amante daba vueltas alrededor de la cocina, preparando la comida.
Blaine se sentó con las manos en el regazo, inquieto. Miró hacia abajo mientras un maravilloso y cálido plato de sopa de miso se colocaba delante de él, y le agradeció. Isamu sonrió y le arrebató la cartera a su amante, sin darse cuenta de que eran los diseños del invitado dejándolos en la encimera de la cocina y dándole a su compañero la sopa como entrada.
El de veinticuatro años se rió mientras ellos hablaban en voz baja y juguetona como una vieja pareja, pero obviamente había mucho amor. Era dulce, y probablemente fue la primera vez que miró a dos hombres y pensó que era lo más natural del mundo.
¿Había parecido tan natural con él y Kurt? Ciertamente lo esperaba, pero le dolía el corazón al pensar en el hombre al que había dejado atrás.
Nowaki besó la mejilla de su amado, e Isamu fue a buscar algo de la sopa que les había dado.
- Los diseños son bastante buenos, Blaine. – Dijo con una sonrisa, sin embargo el joven sintió un 'pero' venir a continuación. – Pero… – Allí estaba. – Yo sólo… no veo la pasión o el impulso que demostraste en tu última colección, que fue por mucho tu trabajo más sorprendente, más aún que tu debut. ¿Dónde se fue tu inspiración?
Blaine alzó la vista hacia los dos hombres mayores que se encontraban frente a él y luego miró hacia abajo.
- Sólo se fue. – Susurró, aunque por dentro sabía la verdad.
No se había ido.
Él lo había hecho.
Los dos hombres se miraron el uno al otro y luego de nuevo al pelinegro.
- No quiero forzarte, – Dijo Nowaki, mirándolo – pero parece que hay una historia aquí.
Blaine se mordió el labio, siguió un largo silencio y de repente, sin previo aviso, habló.
Todo salió en una larga oración. Todo, desde su bloque al diseñar por estar solitario hasta la contratación de Simone, enamorándose de ella, proponiéndole matrimonio, y por supuesto la revelación. No omitió un solo detalle, incluso explicando las acaloradas posiciones en que se había encontrado con el hombre encubierto. Incluso se atrevió a contarles de sus sueños. Al final de todo, estaba apoyado en la mesa con la cabeza entre las manos, suspirando en voz alta y cerrando los ojos.
- Lo siento. – Murmuró casi incoherentemente, sintiéndose tan tonto por haberles contado a los dos hombres toda su historia. Acababa de conocer a Isamu, y no era justo que le cargara todos sus problemas. Bajó la cabeza, la mano apoyada en su frente mientras soltaba un suave suspiro. Inesperadamente, sintió una mano en su hombro y levantó la cabeza para ver a Nowaki que se detenía junto a él.
El anciano suspiró suavemente mirando al diseñador. Blaine parecía tan perdido. Tenía lágrimas en los ojos y estaba encorvado aunque miraba por encima del hombro. Con las manos temblorosas, rozó las lágrimas y resopló. – Lo siento. – Dijo sintiendo que el agarre de su hombro se apretaba, y miró a su jefe.
Nowaki asintió con la cabeza hacia la puerta y se acercó a su pareja, Blaine siguiéndolo. Con suavidad le besó la mejilla, informándole que volvería. Él y el ojimiel continuaron su camino hacia el exterior, donde la larga y fría noche de invierno estaba entrando.
El mitad irlandés respiró el aire frío y sintió una punzada en su corazón mientras suspiraba por el joven que había conocido hace menos de un año.
- ¿Estás bien, Blaine? – Preguntó, y el joven se encogió de hombros antes de sacudir la cabeza.
- No, no, no lo estoy. – Respondió en tono manso, mirando a su jefe. – Señor… no soy homosexual. – Nowaki lo observó, y podía decir por lo que había en la mirada amielada, que este no estaba tan seguro de ello. La sociedad tenía una manera muy específica de ver a gente como ellos. Era muy mal visto pero aun así…
- No hay nada de malo en ser homosexual, Blaine… más nunca dije que lo fueras. – Tocó sus hombros y lo miró. – Simplemente amas a alguien… y resulta que es un hombre… ¿Te sentirías diferente si Simone fuese real?
- Por supuesto que no. – Gimió, mirando al anciano que sonreía.
- Entonces no es una cuestión de ser homosexual o no… es simplemente que estás enamorado. – Hubo silencio por un instante y Blaine olfateó, mordiéndose el labio. – Y la persona a la que amas es un hombre.
- Lo extraño. – Susurró, cerrando los ojos. – Me siento como la mitad de un todo sin él… Es patético.
- No lo es. – Dijo con una pequeña sonrisa. – Eso es amor, Blaine… amor puro. – Hubo un largo momento de silencio, no hablaron, sólo se quedaron allí, uno al lado del otro, el pelinegro con lágrimas corriendo por sus mejillas. – Me entristecerá perderte como diseñador.
El pelinegro miró en shock a su empleador.
- ¡Usted no… n-no me va a perder! – Insistió, con los ojos húmedos, pero Nowaki sonrió.
- Lo haré… porque tan triste como estaré, no es nada comparado a cómo te sientes sin Kurt. – Se giró hacia el joven, estirándose lentamente y apoyando una mano en su hombro. – Ve con él, Blaine
