Capítulo 4

Sombras peligrosas

Como siempre caminaban por detrás de los demás, pero el cada vez más lento andar de Alice los había ido alejando un poco. Michelle suponía que se hallaba cansada y estaba a punto de sugerirle descansar un poco o convencerla de que Maglor la cargara, cuando ésta se detuvo y la llamó suavemente.

— ¿Qué sucede?

La joven se removió nerviosa en su lugar y desviando la mirada, dijo en voz baja, con un tono cargado de verguenza.

— Tengo que ir…

— Oooh —Michelle asintió, comprendiendo en seguida lo que quería decir—. Oye Maglor, ¿puedes continuar y te alcanzamos en un momento?

El elfo asintió y tras alejarse algunos metros, Alice finalmente se atrevió a meterse entre los matorrales junto a Michelle. Pasado un minuto salieron, se lavaron rápidamente las manos y continuaron por el camino marcado por las pisadas.

— Oye, eso del gato que dijiste ayer ¿hablabas en serio?

— Pues sí.

Michelle frunció el ceño, pero decidió no darle más vueltas al asunto. De pronto Alice dijo:

— Ahora mismo Marie y Fran deben estar en la reunión de los Ents, ¿cómo se llamaba? Ahmm, mmm… aahmmm, ¡ASH! ¡Lo tengo en la punta de la lengua! Es lo que hicimos con Elrond. Mhmm…

— Sácate la lengua, en una de esas encuentras la respuesta.

Alice le hizo caso y agarró la punta de ésta con la mano mientras pensaba, entonces soltó una exclamación.

— ¡Ya recordé! ¡Concilio! ¡Es un concilio de Ents!

— Felicitaciones. Oye, mejor démonos prisa, parece que nos demoramos o ellos se apresuraron bastante y no me quiero perder aquí — tragó con fuerza mientras miraba los alrededores con sospecha —. Este sitio aún me da mala espina.

Encontraron a Maglor apoyado en un árbol más adelante, esperándolas. De pronto, un largo silbido resonó por entre los árboles y tras dirigirse una breve mirada entre ellos, trotaron hacia el prado, alcanzando al grupo a tiempo para ver regresar los caballos.

— Pensé que no iban a aparecer — comentó Aragorn sonriendo,

— Oye, no te librarás de nosotros tan fácilmente —Replicó Michelle, fingiendo altanería.

— Por cierto Alice — habló de pronto Gandalf, girándose e inclinándose ligeramente para ver a la joven, su mirada parecía cargada por un ligero humor —, deberías advertirle a tu gato que contenga esa afilada lengua que tiene. Nos ha merodeado desde que se alejaron y ha estado diciendo cosas no muy agradables, dirigidas especialmente hacia Maglor.

— Así que ha estado aquí, ¿eh? ¡Mhm! No hay mucho que pueda hacer con él y desde hace rato que le tiene manía a Maglor —comentó la aludida mientras se cruzaba de brazos.

— ¡Wowowow! ¡Espera un momento! ¿Quieres decir que lo del gato es cierto? — preguntó Michelle con una ceja alzada, claramente impactada por la revelación.

— ¡Pues claro que sí! —exclamó Alice mientras Gandalf asentía a su vez. Se quedó mirando al grupo, en cuyos rostros se veían marcadas la incredulidad y la sorpresa de forma notoria e hizo un mohín—. Ya veo que ninguno me creyó —agregó molesta. Tras hacer el énfasis miró significativamente a su amiga y a Maglor y se quedó callada.

Sin perder más tiempo subieron a los caballos, Michelle montó con Aragorn y Alice con Maglor, partiendo raudos hacia Rohan.

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La mente de Maglor se hallaba bastante preocupada últimamente. Lo que más lo perturbaba en esos momentos era su actitud. Cada vez que entraba en contacto con aquel grupo desde que se reencontrara con ellas, sentía que aquella aura de energía juvenil se le quedaba impregnada. No se sentía tan vivo y con ansias de hacer cosas nuevas desde los años felices, antes del desencadenamiento de Morgoth. La única diferencia radicaba en que su sabiduría no había desaparecido. Se sentía confuso por la cantidad de emociones, pensamientos e incluso ilusiones, tanto nuevas como antiguas, despertando en su mente, las cuales danzaban desordenadamente en su interior.

Tenía deseos de intentar algo nuevo: pintar quizá, o realizar esculturas como su madre; aprender a bailar mejor era algo que había quedado inconcluso. Para ser un elfo era bastante torpe en aquello y sus hermanos solían burlarse de él por eso, "tan bien cantando, tan bien haciendo danzar las palabras y los dedos a través del arpa y no puedes hacer lo mismo con tus pies". Se prometía practicar pero siempre lo posponía por mejorarse en la música, así que ¿por qué no ahora? Era algo vergonzoso, pero podía pedirle a Elond que le enseñara.

Las ilusiones eran el mayor problema, las que había relegado al olvido desde que empezara su exilio: la visión de un futuro apacible, ser un maestro en lo que sabía y crear un lugar donde enseñar y cantar; tener un hogar, su propia familia… y entonces aparecía Alice. Era casi inevitable que su imagen se mostrara cada vez que pensaba en ello y no es que él quisiera, simplemente emergía de forma inesperada. ¡Él había venido para acompañarlas en su misión, no para en-… enamorarse! ¿En qué estaba pensando?

Aunque tampoco era algo que pudiera controlar.

Si los sentimientos fueran tan fáciles de domar, seguramente su padre y hermanos no se habrían visto envueltos en tantos problemas. Supuso que lo que estaba causándole tal molestia y frustración era lo imposible de aquello. Esa energía que le habían entregado aquellas jóvenes en verdad lo agradecía, pero eso que lo acompañaba, aquel imprevisto malo y bueno a la vez, maravilloso y desagradable, dulce y amargo, bello y horrible, pero sobretodo imposible… además, ¿cómo iba ella a amarle? Miró a Alice, quien estaba delante de él, con la espalda apoyada en su pecho y protegida de cualquier caída por sus brazos.

Ella no le vería con tales ojos, incluso aquella joven podía llegar a la misma conclusión, pues no sólo era de la raza de los mortales, sino que provenía de otro mundo con diferentes parámetros, lo cual le complicaba el entender los sentimientos y pensamientos que la guiaban. Quizá esto no habría sucedido si las situaciones no los hubieran mantenido juntos durante el viaje… apretó la mandíbula y miró hacia el frente. Debería dejar de pensar en eso, pero mientras los minutos y horas pasaban se le hacía más difícil. Al menos cuando corrían tenía otras cosas en las cuales estar enfocado, ahora apenas y debía guiar al caballo, pues este seguía a Sombragrís.

Alice se removió inquieta en la silla, no sabía si por incomodidad al estar poco acostumbrada a cabalgar o por aburrimiento; seguramente debía hallarse nerviosa por estar sentada sobre aquel animal. No pudo evitar rememorar la Primera Edad y el rostro aprehensivo de ella al ver por primera vez los caballos de su gente, los cuales le ganaban en tamaño por mucho, y su cuerpo tenso cuando la sentó frente a él. No había cambiado en absoluto. Con la mirada buscó a Michelle, para saber cuál era su estado, pero a diferencia de su amiga, ella estaba cómodamente sentada en el caballo, manteniendo una animada conversación con Aragorn sobre inventos de su mundo, lo cual le sorprendió sólo en parte, pues la joven desde que la conociera parecía estar más interesada en regresar a su mundo que en entablar amistades con gente de Tierra Media; el montaraz ser parecía la excepción a la regla.

Otro evento que le molestaba era su misión, apenas si sabían cómo enfrentar a las criaturas y todo indicaba que aquello iba a empeorar. No podía imaginar a su mundo siendo devorado por algo desconocido peor que Morgoth, perder su hogar junto a quienes conocía, tal como le había ocurrido al grupo que protegía. Además, si esto era tan poderoso ¿cómo iban a derrotarlo? ¿No era acaso una tarea imposible? ¿Una misión suicida? Pero no se atrevía a contar sus dudas en voz alta, era mejor mantener la esperanza viva en todos y si morían o eran devorados, al menos sería luchando. Tal como él y su familia habían hecho, a pesar de las adversidades y el hado maldito sobre ellos: luchar hasta el fin aún si todo está en contra tuya, aferrarse a la esperanza para bien o para mal.

Quizá al final ocurriera un milagro, tal como la ayuda para los Noldor y hombres desde el occidente durante la guerra de la cólera, o como los gemelos y aquellas dos chicas para su hermano y él, tal vez, sólo tal vez…

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Michelle se bajó del caballo con ayuda de Aragorn, pues los animales eran GIGANTESCOS y lo primero que hizo, fue hacer estiramientos. Sentía cada músculo de su cuerpo adolorido, tenía la cabeza embotada y los ojos se le cerraban solos, ni siquiera tenía hambre de lo cansada que estaba. Vio a Alice alejarse un poco hacia las sombras y se acercó con paso lento hacia ella. Entonces se quedaron un momento en un incómodo silencio, observando al grupo acomodarse en el suelo para dormir.

— Lamento no haberte creído con lo del gato.

— No importa, supongo que lo entiendo, yo también creía que estaba loca —admitió Alice con voz queda.

— Y… ¿Cómo va tu herida?

— Bien, no me ha molestado, aunque supongo que ya debería estar cambiándome las vendas —contestó, sonrojándose al darse cuenta de que Maglor debió haberla visto medio desnuda, además era él quien tenía las medicinas—. Pero puedo esperar a llegar, creo.

— Que no se te vaya a olvidar ¿eh? Después te coges una infección o algo—

— ¡Me voy a acordar! Y creo que será mejor si vamos a descansar ya —sugirió con rapidez, para dar por terminada la conversación y ocultar su vergüenza—, a menos que se te dé bien dormir en caballo, pues Gandalf no nos dejará tranquilos mucho tiempo.

— Oooouuuhhhh…. No quiero, ya ni modo.

Las horas de sueño se le hicieron cortas, demasiado cortas. Parecía que acababa de cerrar sus párpados cuando ya le estaban diciendo que debía levantarse, lo peor es que sus ojos estaban algo hinchados por el cansancio y le ardían como el infierno. Ni siquiera se fijó hacia donde estaba caminando, o como se subió al caballo… para cuando se dio cuenta estaba rodeada de mantas y bien acurrucada contra Aragorn, siendo despertada por el sol y el canto de las aves. Se hallaban cerca de un río por lo que podía ver, ¿cuánto había dormido? pero sobretodo ¿cuantos kilómetros avanzaron en todo ese tiempo?

Estiró su adolorido cuello para observar a Alice, quien también parecía medio dormida, sin embargo al detenerse los caballos y comenzar a hablar sobre unos montículos a los lados, se despertó, viéndose igual de confundida que ella. Incapaz de volver a dormir, observó los montículos que no eran otra cosa que tumbas, las cuales le recordaban el lugar donde fueron atacadas Fran y ella junto a los hobbits. La primera cucharada del peligro que les depararía ese mundo… y reflejo de lo que podía llegar a pasarles si no tenían cuidado. Un pensamiento nada optimista, pero era mejor enfrentar la realidad, más aún tras el ataque sufrido por Alice. Éste no era un paseo dominical, era un viaje que podía fácilmente culminar con sus muertes.

Mientras se alejaban de esa zona, contempló el horizonte pensando en Marie y Fran. Ojalá estuvieran haciéndolo bien solas, pensando que apenas y sabían defenderse con una espada; ojalá pudiese estar allí para protegerlas. Pero sólo podía desearles buena suerte desde lejos, mientras cuidaba a Alice y a si misma de lo que fuera a esperarles en la distancia.

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No era demasiado grande pero esperaba que sirviese. Con manos temblorosas, sacó de entre sus ropajes un extraño objeto del tamaño y forma de una moneda, pero no era eso lo llamativo sino el color, o en este caso no color, que parecía casi absorber la luz y los tonos a su alrededor. En su mano era ardientemente frío y tras colocarlo en aquel punto delgado, oculto entre las sombras, dejó una marca horrible en su piel.

Al principio no sucedió nada, el objeto descansaba en el piso normalmente, pero entonces, tan de improviso que no pudo creerlo, pareció que la "moneda" comenzara a abrirse paso en el suelo como si fuera ácido y las sombras se removieron, ansiosas tras abrirse un camino al mundo. A simple vista no pareció ocurrir nada más, pero al otro lado de aquella pared invisible, se estaba moldeando una habitación sin salida, un lugar donde no habría interrupciones para cumplir su parte del trato.

— Perdónenme, pero no tengo opción —farfulló finalmente, aferrando fuertemente con su mano sana el guardapelo circular que colgaba en su pecho.

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Maglor observó a los soldados que protegían las puertas con detenimiento y precaución, no representaban peligro alguno, pero de todos modos se mantuvo cauto. Viejas costumbres que se negaban a desaparecer y que se acentuaron desde que comenzara su misión en Rivendell, al menos aún mantenía bajo su control aquellos impulsos que, pensó, había enterrado tras mucho esfuerzo y dolor. Pero claro, ni siquiera dos edades son suficiente tiempo para cicatrizar ciertas heridas… y quizás, aunque pasaran miles de años, nunca sería suficiente.

Los viejos recuerdos lo abrumaron, mientras que los pensamientos sombríos que lo habían acompañado durante esos días no hicieron más que empeorar su estado. Se habría sumergido más en ellos de no ser por la fría mano de Alice posándose sobre las suyas, mientras alzaba su rostro alarmado para verle, alertada seguramente por la agitación en su pecho y los temblores que agobiaban su cuerpo. De inmediato apaciguó su respirar y le dedicó una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora, pero ella simplemente profundizó su gesto ceñudo, así que decidió guiar sus pensamientos a otra cosa.

— Tienes las manos muy frías ¿Te has estado sintiendo bien? — murmuró mientras el resto hablaba con los guardias.

— Cómo no voy a tener las manos frías con el viento que da al cabalgar, y no creas que no noto que me intentas cambiar de tema. Esa pregunta, por cierto, debería hacértela yo a ti —alegó la joven con seriedad.

El rostro de Alice, aunque adelgazado por las penurias del viaje, seguían reteniendo algo de ese aire infantil que normalmente apaciguaba su corazón. Sin embargo, el gesto preocupado que se asomaba en los ojos de la joven junto a su tono mordaz, por alguna razón despertaron el sentimiento contrario en su estado aún alterado. Algo de irritación floreció en él sin motivo aparente y se sintió enrojecer. Mirando hacia el lado gruñó.

— No es de tu interés, niña.

— Como quieras, Noldo.

Notó una cierta amenaza en su voz, pero cuando regresó la mirada hacia ella, ésta volvía a ver hacia el frente. Regresaron al anterior silencio, ésta vez con una mayor tensión entre ambos, esperando el permiso para entrar.

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Cuando llegaron por fin a las puertas del castillo y tras detenerse frente a la escalinata, se decidió tácitamente que las jóvenes junto a su guardián esperaran fuera. Michelle, fatigada por el viaje, se sentó en las escalinatas mientras los otros subían y Alice se le unió unos segundos después. Por sobre el hombro observó cuando ellos hablaron con los guardias, notando un gesto hacia ellas, quizá para decir que eran inofensivas. Luego, tras entregar sus armas, se perdieron en el oscuro interior del castillo. A su lado escuchó a Alice suspirar, antes de recostar la cabeza sobre su hombro, quejándose un poco.

— ¿Sucede algo?

— Nada importante, sólo me duele un poco mi estómago, ¿o quizá sea mi herida? — respondió dudosa.

— ¿Te duele mucho? —inquirió ahora preocupada por el bienestar de la otra joven.

— No. No te preocupes, quizá sea por todo el movimiento, también podría ser el hambre. No he sentido verdadero dolor desde los primeros días tras… aquello, gracias a las medicinas.

— Deberíamos revisarte —comentó Maglor acercándose.

— ¿Ahora?— preguntó Michelle con el ceño fruncido.

— No veo el problema, de todas formas, ya es tiempo de cambiar las vendas.

— Claro, ahora mismo me desnudo para que me revises ¿no te jode? —gruñó Alice, poniendo los ojos al cielo.

— Obviamente debemos buscar primero una habitación o pedir ir con el sanador —aclaró el elfo algo abochornado.

— ¿Para qué te sonrojas? Si ya me viste desnuda, pero supongo que también deseas mi dignidad y sumisión, oh gran señor elfo — replicó Alice de forma sardónica. El Noldo sospechó que lo estaba molestando a propósito por lo ocurrido anteriormente, quizá tocó una fibra sensible por accidente; de todos modos, no pudo evitar sonrojarse todavía más.

— Ay no seas tan pesada, no lo molestes tanto. ¡No ves que el pobrecito un poco más y se le va salir la sangre de la cara de lo tomate que está!

Algo de irritación volvió a emerger en Maglor, aún debía encontrarse muy emocional por lo ocurrido anteriormente. Necesitaba respirar, alejarse y encontrar la calma, o terminaría haciendo o diciendo algo de lo que se arrepentiría más tarde, así que intentando aparentar compostura, dijo:

— Voy a buscar agua para Alice y preguntaré donde está la casa del sanador. Vuelvo en un momento, así que no se metan en líos.

Michelle le hizo un gesto de "comprendido" y lo vio alejarse, luego observó a su amiga con detenimiento, pero aunque le preguntó por lo acontecido, ésta no quiso dar explicaciones acerca de por qué parecían estar molestos el uno con el otro. Quizá solo fuera cosas de enamorados no declarados que ella no entendía, así que lo dejó pasar, de todos modos ¿qué podía hacer si no le querían contar los detalles?

De pronto, mientras esperaban, escucharon un aleteo. Protegiéndose los ojos miraron el cielo, pero arriba sólo veían un límpido cielo azul y el sol lentamente alcanzando su cenit. Debía haber sido un simple pájaro, pero aun así, Michelle no comprendió el motivo por el cual aquel sonido despertó la ansiedad en su interior, como cuando uno escucha hablar de malos augurios que, aún sin creerlos, deja el aguijón de la duda en tu interior e incluso las risas por la estupidez de tu comportamiento, te salen nerviosas.

Alice también se removió en su asiento, pero no movida por el mismo sentimiento, lo suyo era más parecido a la congoja y una sensación de "algo" ineludible, algo malo. Su mirada cayó en la figura de un hombre, justo en el momento en que éste caminaba al interior de un callejón. Como movida por un resorte se levantó y antes de que su amiga pudiera percatarse, se dirigió casi corriendo en la dirección que había tomado aquel individuo. No sabía la razón, era casi como si estuviera hipnotizada y no pudiera controlar lo que hacía su cuerpo.

Había algo raro en aquella persona, algo… lo supo cuando llegó a la entrada del callejón: aquel hombre portaba zapatillas converse en un mundo donde éstas no existían.

Titubeó un momento en la entrada, mientras escuchaba la voz de Michelle llamándola lejanamente, corriendo para darle alcance. Su cuerpo se movió sólo hacia el interior. Creía percibir una voz llamándola allá al fondo. Su herida le ardía pero por alguna razón no le dio importancia, lo único significativo era la voz suave y melodiosa: aquella voz le podía devolver lo que había perdido, llevarla a un lugar a salvo, alejar los problemas, regresarle su mundo y convertir todo aquello en una simple pesadilla.

Todas esas promesas le resultaban tentadoras; entonces frunció el ceño.

No, aquello estaba mal de algún modo, la gente cambia para bien o para mal pero es aún más malo intentar volver a lo anterior, porque para madurar uno debía aceptar lo nuevo. Estaba bien cambiar, era parte de la vida. Intentó luchar contra aquella influencia, contra la voz, en la cual ahora podía notar un cierto tono perverso bajo toda aquella dulzura. Se concentró en el dolor de su abdomen, que ahora ardía como si la estuviesen marcando con un hierro al rojo vivo. Michelle la alcanzó y la tomó del brazo para detenerla, pero era demasiado tarde. Habían caído en la trampa.

De un momento a otro ya no se encontraban en un callejón, sino que en un largo pasillo de piedra, en el cual el suelo se hallaba cubierto por una alfombra mohosa y, mucho más adelante, se percibía un tembloroso resplandor. Lo más inquietante era que el lugar no tenía color en absoluto. Parecía una película en blanco y negro, mientras ellas no habían sufrido ningún cambio, dando al lugar un aspecto de irrealidad al observar lo incoloro con el color que ellas portaban, provocándoles un dolor de cabeza.

Por un instante se quedaron congeladas donde estaban, sin terminar de creer tan abrupto cambio, hasta que de golpe regresaron a la realidad y se dieron la vuelta alarmadas, pero el camino por el cual venían se había convertido en un callejón sin salida.

— Esto no puede ser verdad —murmuró Michelle titubeante, mientras su mano se deslizaba por la pared de piedra fría y tembló ante su tacto, al percatarse de que efectivamente era real.

Alice gimió y dobló el cuerpo, cayendo de rodillas al suelo mientras abrazaba su estómago; le dolía demasiado. La joven morena llegó a su lado al instante, rodeó con un brazo sus hombros e intentó consolarla.

— Lo siento… esto es mi culpa… —se lamentó Alice entre jadeos de dolor.

— Ya. Eso no tiene importancia ahora, mejor enfoquémonos en encontrar una salida. ¿Puedes caminar?

La joven de pelo castaño se intentó levantar, pero el mundo pareció girar a su alrededor y se tambaleó. En seguida Michelle la sujetó por el cuerpo y apoyándose la una en la otra, caminaron hacia delante.

La morena tenía miedo, el que hubiera un solo camino le daba un mal presentimiento, sólo podía ser una trampa pero tampoco podían retroceder. Maglor no estaba allí, sólo contaba con una espada y limitadas habilidades con ésta, además, Alice no se hallaba en condiciones ni de correr o defenderse. Podía escuchar claramente en el silencio el sonido de sus dientes al castañear, mientras sus piernas temblaban incontrolablemente y apenas le permitían caminar recto. Miedo era un eufemismo, estaba ATERRORIZADA.

La sala a la cual llegaron era enorme, sobretodo el techo, el cual al intentar mirar, se era recibido por una oscuridad impenetrable. La pared de ladrillos estaba decorada en parte por cuadros y tapices, cuyos escenarios pintados y tejidos provocaban nauseas al tiempo que ponían los pelos de punta: por allá una escena realista de asesinatos en masa, por acá la imagen de una persona acuclillada al lado de un cuerpo mutilado, metiendo sus manos en la carne abierta para echar pedazos en su boca. Otros eran menos explícitos, siendo el más perturbador el de unos ojos flotando en la oscuridad, observando a una persona caer en el infinito, en una espiral de desesperación y demencia.

La alfombra que cubría el piso de piedra era gruesa, provocando que los pies parecieran hundirse en ella. En un extremo de la habitación se encontraba una chimenea, del cual provenía la única fuente de luz temblorosa, mientras que los pocos muebles eran unas pequeñas mesas o veladores pegados a la pared, con jarrones llenos de flores secas y podridas o estatuas con formas escalofriantes. La falta de color ayudaba a darle al único cuarto un aspecto lúgubre, como de película de terror antigua, por si los cuadros no eran suficientes.

Michelle tragó con fuerza mientras ingresaba y tardó un instante en percatarse del hombre oculto entre las sombras de la esquina opuesta, hasta que éste se reveló a sí mismo caminando hacia la luz.

— Sus zapatos —susurró Alice entre quejidos.

Michelle bajó la mirada, notando la inconfundible forma de unas converse. "Entonces es de nuestro mundo" pensó sorprendida. La ropa y aspecto desaliñados podrían haberle hecho pasar inadvertido en Tierra Media, si no fuera por esos objetos en particular. Aun así debía actuar con cautela, algo en él no estaba del todo bien, algo en su mirada de ojos vacuos, en esa postura…

— ¿Ho-hola?

El hombre no pareció escucharla, pues comenzó a murmurar para sí mismo, acentuando su apariencia inquietante.

— ¿Hola? —Repitió Michelle, sin atreverse a acercarse ni un paso más —. Nosotras—

—… no es como si quisiera, no es mi culpa, yo sólo…

Algo captó su mirada, un objeto oculto por las ropas del hombre que brillaba al alcanzarle la luz de las llamas y lo observó detenidamente, intentando descubrir su forma entre las sombras. El corazón de la joven pareció congelarse unos segundos al descubrir el enorme cuchillo, entonces el hombre alzó la mirada, fijándola en las dos, medio rota su enajenación por la brusca respiración de la morena.

— Lo siento, no quiero pero debo hacerlo. Ellos lo prometieron, dijeron que los devolverían, que estaríamos juntos de nuevo.

— ¿E-ellos? ¿Te refieres a esas-esas cosas? ¡¿Has hablado con esas cosas?!

— Lo prometieron, ¡dijeron que si les ayudaba me los devolverían! Perdónenme pero lo debo hacer, ya no tengo opción — explicó el hombre casi fuera de sí, dando unos pasos hacia ellas.

— ¿Y les has creído? ¡Esas… cosas no son de fiar! —Michelle observó nerviosa el cuchillo y dio un paso atrás —. ¿P-por qué no vienes con nosotras? Sólo… suelta ese cuchillo. Todo estará bien ¿sí? Ven y quizá… podamos ayudarte, también nos separamos de nuestras familias pero las cosas van a mejorar, ya lo verás.

El hombre negó lentamente, entonces su rostro adquirió un cariz enloquecido.

— No. ¿No lo entienden? ¿No los escuchan?... aquí, alrededor, por todas partes. Ya es tarde. No hay elección—

— ¡Siempre hay elección!

— No, es muy tarde. Ellos observan y yo debo hacer mi parte. Lo siento, perdónenme.

Se lanzó hacia delante.

Michelle apenas tuvo tiempo de lanzar a Alice a un lado mientras caía hacia el otro, segundos antes de que el cuchillo cortara el aire donde habían estado. La morena rápidamente se levantó y, captando que su amiga era más lenta, llamó la atención del hombre hacia sí antes de echarse a correr. El tipo era rápido si se lo proponía y el cuarto amplio pero vacío no ayudaba en mucho a la joven para poner obstáculos entre ella y el otro. Apenas había logrado avanzar un metro cuando le agarraron del cabello, tirándola con fuerza para finalmente lanzarla al suelo.

Michelle chilló de dolor y miedo mientras caía de trasero, de reojo observó la imagen del siguiente ataque y antes de que éste llegara al cerebro, su cuerpo ya estaba rodando hacia el lado para evitarlo. Soltando un gruñido de frustración, intentó sujetarla de la ropa, pero la joven se arrastró lejos de él. Solo entonces recordó su espada. Su mano se dirigió a ella pero no fue lo suficientemente rápida, el hombre volvió a tirarla al suelo de una cachetada, con tal fuerza que sus oídos quedaron pitando y su vista se desenfocó. Pálida de miedo, observó la borrosa figura sobre ella, sosteniendo en alto el cuchillo, listo para matarla…

Cerró los ojos, protegiéndose la cara con sus brazos, cuando entre el pitido cada vez más débil, escuchó un estruendo y un grito masculino.

Alice golpeó la cabeza del hombre con una de las estatuas, lo más fuerte que pudo su adolorido cuerpo. Su altura le impidió darle un golpe crítico, pero fue lo suficiente para dejarlo aturdido momentáneamente y hacerle cambiar su objetivo. Sin perder tiempo cogió uno de los floreros, golpeando su costado mientras él se daba vuelta. El hombre lanzó un grito de furia y agarró a Alice de su ropa, lanzándola contra la pared con fuerza, luego se acercó cojeando levemente, agarrando con una mano su costado y con la otra el cuchillo.

Sonrió maniáticamente mientras alzaba el puñal y lo bajaba.

Alice gritó…