Capítulo 26: Brillo
Los ojos de Sherlock se clavaron en los de John por debajo de un mechón de rulos.
-No lo hiciste -dice, en una voz que sugiere todo lo contrario.
Sin saber a dónde se dirige la conversación, John se prepara, de todos modos, para el viaje.
-Puede que sí -dice, levantando el mentón-. Depende a qué te refieras.
Robo, puede que sea lo más probable, piensa John. Todo lo que hace falta es que robe un poco de cinta de embalar del trabajo para envolver su regalo y ya cree que estoy haciendo hurtos mayores. Tampoco es como si se opusiera a eso.
John a veces sospecha que Sherlock estaba atraído a él al principio por su capacidad de cómo lidiaba con las escenas del crimen. Los civiles, normalmente, se horrorizan cuando alguien, incluso un taxista jodidamente horrible, se desangra a sus pies; las pupilas de Sherlock se dilatan por completo, atribuido a un "principio fuerte de moral" y le pide a John ir a cenar. Ya ha estado aclarado por un tiempo que Sherlock disfruta el rol dual de su compañero de piso, siendo miembro de la Armada de Su Majestad y al mismo tiempo un rompedor de las leyes de Su Majestad; un abnegado sanador y un implacable tirador. Las mujeres amigas de John, en su mayoría, no se dan cuenta de su dualidad. Sherlock no sólo se da cuenta, sino que se excita con ello.
Ajeno a estas reflexiones, Sherlock agarra a John del mentón y lo estudia cuando John lo mira con el mismo rigor.
-No -exhala el detective.
Usa sus métodos. Pálido… OK, siempre está pálido… sin aliento, ojos abiertos, pulso rápido detectado a través de la punta de sus dedos. ¿Excitado? No. Horrorizado. Mierda, ¿qué es lo que cree estar viendo? Un crimen no, obviamente, dado que eso sólo lo excitaría.
John se suelta del agarre de Sherlock y se apoya contra el reposabrazos del sofá, sus brazos cruzados sobre su pecho.
-Sabes, para un hombre que está cómodo con tener gusanos en el cajón para quesos… tacha eso. Para un hombre que pone gusanos en el cajón para quesos, te ves bastante nervioso. Si quieres saber cómo es que conseguí los planos del Castillo de la Muerte, ¿por qué no preguntas?
Sherlock sostiene sus rodillas contra su barbilla. Mira al vacío, un rey escocés afligido por una daga imaginada.
-Tal vez crees que esto no lo he notado -dice, su voz vacía-. Pero Julien es uno de los hombres más ricos en el Reino Unido. Si algo está ofertado en cualquier lugar… mercado blanco, mercado gris, negro, ultravioleta… lo puede costear. Tú tienes pocas tenencias…
-Sí, bueno. Tendría más tenencias si no compartiera el espacio donde vivo con alguien que no tiene idea de qué se puede meter en un microond…
-No me interrumpas. Sinceramente dudo que Julien haya estado interesado en tus películas de espías o en tu muñeco vintage de Boba Fett… no me importa lo que digan los vendedores, es un muñeco John… o tus muy usadas revistas de Club International de 1980. Sé que es lo que hubiera querido de ti. Es la misma cosa que hubiera querido de mí. La pregunta es, ¿qué estabas dispuesto a darle?
La comprensión inunda a John como una solitaria ola sobre el muelle de Brighton.
-Estás celoso. Tú. Señor "Carezco de Emociones Humanas Insignificantes". Estás realmente celoso.
-Lo lastimaré -promete Sherlock-. Si te ha mirado siquiera sin sus lentes de sol lo lastimaré de formas que aún no han sido inventadas.
El doctor está incrédulo.
-Amor -comienza-. Ángel. Turroncito de azúcar…
Impávido por los nombres cariñosos, Sherlock continúa.
-De hecho, puede que lo lastime incluso si es que los llevaba puestos. ¿Tal vez su reunión fue en un lugar al aire libre? No tienes ni una característica de exhibicionista… nunca vi ningún indicio de bronceado por encima de tus muñecas… pero él sí; oh sí, él sí que lo tiene. Las playas de Saint-Tropez causaron eso.
-Así -dice John, negando con la cabeza-. Así es cómo todo debió ser cortado de raíz. Así es exactamente como me sentí cuando encontré el cuaderno de laboratorio con todos tus amoríos dentro de él. Me adelanté en sacar mis propias conclusiones, y ahora tú estás haciendo lo mismo.
Cualquier protesta que demuestre que el detective está malinterpretando la situación ya está perdida.
-De acuerdo: te lastimé. ¿Es así cómo te vengas? Bien jugado. No habían amantes en ese cuaderno. Tú fuiste el primero. Eres el único al que le puedo aplicar esa palabra. Para siempre. El resto fueron transporte. Experimentos. Información. Práctica. Y tú…
-Detente ahí -dice John-. Te creo. No lo hice hace un par de meses, pero ahora sí.
Sherlock comienza a colocar sus dedos nerviosos sobre el apretado nudo de su propia bata.
-¿Y qué estás haciendo? -pregunta John, agarrando las muñecas de su compañero para detenerlas.
Sherlock forcejea con pocas ganas, y luego deja que sus manos, prisioneras, se rindan.
-Eres mio. No sólo tu computadora, o tu celular: tú.
-Dios -dice John-. Si es que no hay una categoría especial para nosotros en la CIE-10, realmente tendría que haberla. ¿Tal vez un Folie à deux? ¿La gente sigue llamándolo así?
-Si estás esperando que me disculpe por mi posesividad, esperarás un tiempo largo. Merezco saber todo de ti, incluso esto. Muéstrame.
Habiéndose rendido, por el momento, en el nudo, Sherlock parece estar tratando de liberar un pálido hombro de entre los pliegues de su bata. John reajusta la arrugada prenda de vestir para proteger a su novio de su insustancial modestia.
-¿Mostrarte? ¿Mostrarte qué?
Sherlock le da a John "La mirada". No esa que dice: "Tú y yo sabemos que está sucediendo"; sino la que dice, "Sigue así y verás".
-Cómo te tocó -gruñe-. Qué es lo que hizo con sus manos. Donde puso su boca. Cómo se introdujo en ti. Cómo se sintió entregarle lo que nos pertenecía.
John respira hondo. Pasa un tiempo antes de que exhale.
-Claro. Has pasado mucho tiempo en la estación policial. ¿Qué es lo que eres ahora? ¿Un muñeco anatómicamente correcto? No puedo creer que quieras saber esto.
-"Querer" refiere una expectativa de placer. Te lo exijo. ¿Él fue el que comenzó, o fuiste tú? De cualquier forma, deja de torturarme y sólo termina con esto. Cuanto más pronto descubra que partes de su cuerpo hicieron contacto con las tuyas, más pronto podré eliminarlas de la superficie de la tierra.
-Sabes -dice John-, que eso es pasarse de la raya. Estás dispuesto a… ¿qué? ¿Desmembrar a uno de tus conocidos de toda la vida por esto?
-Es un comienzo.
-Y supongo que nuestros cráneos terminarán sobre la repisa de la chimenea.
-Por supuesto que no -corrige Sherlock-. El tuyo no. Nunca el tuyo. El suyo.
-Eso es ilógico -señala John-. Yo soy quien está en este momento en una relación contigo. Todo tipo de ira tendría que estar dirigida a…
-No me importa si es lógico. Sería más rápido cruzar el canal inglés usando dos paquetes de papitas fritas como aletas que ponerte una mano encima si sintiera que eso no es lo que quieres.
Sherlock presiona su pulgar y dedo índice derecho sobre las esquinas de sus ojos.
-No tengo una amplia experiencia en lo que respecta a sentimientos, pero estoy desarrollando una inmensa profundidad. ¿Tienes alguna idea de lo que siento por ti?
-Sí -dice John-. Estoy bastante seguro que sí. No te vayas del sofá, y no te saques la ropa. Volveré en un momento.
John se dirige al dormitorio que está al lado de la cocina y regresa completamente vestido en jeans y en una camisa a cuadros roja. Tira de su billetera en su bolsillo trasero y saca un billete.
-Toma -dice, ofreciéndoselo a su compañero de piso.
Sherlock Holmes es el único hombre que John conoce que puede exhalar aire con arrogancia de sus fosas nasales y hacerlo sonar desesperanzado.
-Déjalo en la mesa -dice, lentamente-. Creo que esa es la costumbre.
-¿Quieres entender qué es lo que pasó, o no? Deja de pensar por un segundo y escúchame. No follé con él, y en caso de que estés tomando la cuenta… a la mierda, sé que estás tomando la cuenta… él tampoco me folló. Compré el cuaderno.
-Él no…
-No.
-Tú no…
-Por supuesto que no.
Sherlock se trepa en el espacio que hay entre los muslos de John y se acurruca allí, mostrándose ante todo el mundo como un lobero irlandés que se ha confundido a sí mismo con un pequinés. Ignorando los gruñidos de protesta de John por el repentino peso, descansa su greñuda cabellera contra el pecho de John.
-Gracias… bueno, no sé a quién agradecerle.
-Ateo loco. Me lo puedes agradecer a mí.
John se mueve para correr un rulo perdido en el rostro de su novio. Parece haberse quedado pegado en uno de sus pómulos. Al sacarlo, rebota como un resorte.
-¿Por qué pensarías que me acostaría con él? -pregunta-. Ni siquiera me gustan los hombres.
-Sigo olvidando eso. Posiblemente porque gritas mi nombre cuando eyaculas. Escucha, no me puedes culpar por asumir que…
-No te culpo.
-Como decía, no tienes mucho con que negociar, y no me sorprendería que Julien vaya tras de ti. Mis interacciones con él están basadas en cierta rivalidad. Un juego. Presumir. Es lo más cercano a lo que personas como nosotros pueden tener como amistad.
-No hay personas como tú -dice John-. A pesar de tus delirios de sociópata, tienes empatía. Tienes culpa. Tienes un "principio fuerte de moral", a lo cual yo llamo amor, incluso si es que se expresa de manera extraña y está dirigido casi en su totalidad hacia mí. No creo que Julien tenga ni una de estas cosas.
-Así que cuanto te contactó…
-Él no me contactó. Yo lo contacté. Su número estaba en mi celular. Tú lo llamaste, Sherlock. De mi celular. Típico. Tienes el cerebro del tamaño de un planeta… puedes dejar de fruncir el ceño, no espero que entiendas la referencia… y no tienes ni idea de dónde está tu celular.
-Sé dónde está mi celular. Prefiero el tuyo. Huele a ti.
-Realmente espero que eso no sea verdad.
-Lo es, pero eso es irse del punto. Encontraste el número de mi ex en tu celular. Sabías que lo había llamado hace una semana, y estabas al tanto de que guardaba esta información tuya.
Sherlock chequea su pulso. Parece sorprendido por la revelación de que aún está vivo.
-Sabes, para ser un hombre de treinta y cinco años, eres excepcionalmente… ¿macabro? ¿Gótico? No ando cometiendo asesinatos a diario.
-No -concede Sherlock-. Eso sería tonto. Prefiero las sorpresas. En serio, John. ¿Por qué dejaste que…
-Digamos que tengo usos para ti. Vivo. No soy un necrofílico.
-Y esa es la verdad.
Como en muchas otras ocasiones, la pregunta de Sherlock carece de la entonación elevada que la diferenciaría de una declaración. John nunca a podido determinar si los patrones en su habla son el resultado de ser sofisticado o si es que es completamente inconsciente.
-Por supuesto que no, gran idiota. Es que… ahora confío que estés alrededor de otros hombres, eso es todo.
-Y no me vas a preguntar qué es lo que pasó.
-No.
-¿Por qué no?
-Porque veo cómo me ves. Te conozco. No me traicionarías de esa forma. Lo que sea que pasó, pasó, y confío que no fue teniendo sexo contra su Aston Martin.
-Ciertamente no -bufa Sherlock-. Adora ese auto.
-De todas formas, te hubiera conseguido el cuaderno del castillo antes, pero no comprendía lo que era, estaba demasiado celoso de Julien para ver las cosas claras, y dudaba tener el dinero suficiente como para comprarlo.
-Esa proposición indica duda -concede Sherlock-. ¿Cuánto te pidió por él?
-Cinco libras.
El detective abre los ojos desorbitadamente.
-Extraordinario. Ese hijo de puta.
-No me importó. Por ti, hubiera pagado el doble que eso. ¿Sabes que soy étnicamente escocés? Si las ganas de gastar diez libras en ti no es verdadero amor, entonces no sé qué es lo que es.
-El estereotipo cultural está por debajo tuyo, John. No, no digas: "tú podrías estar debajo mío." La forma en la que tu labio se retuerce revela tus planes para hacer una insinuación.
Sherlock comienza a hablar a una milla por minuto. Es como si le pagaran por cada sílaba que dice.
-¿No lo ves? Julien podría haber puesto cualquier precio por estos planos. Son una reliquia del sociópata americano más infame del siglo 19, el Nuevo Mundo equivalente a Jack el Destripador. Los medios acuñaron la palabra "multihomicidio" sólo para él. Antes de su juicio, las personas de ese lado del Atlántico no habían necesitado tal terminología. Así era de inusual que un civil matara a docenas de desconocidos sólo por su propia diversión.
-Bendito Dios.
-Ni el bendito ni Dios fueron un factor. Estos planos son invaluables. Casi no hay otros artefactos de la vida de Holmes, porque el castillo en el cual realizaba sus experimentos homicidas fue incendiado cuando esperaba ser juzgado. Debió haberlo previsto, ya sea con un plan de emergencia o un cómplice. En las declaraciones que dio en el juicio, a la prensa, a su editor… se contradecía a sí mismo, autoengrandeciéndose para engañar, desconcertar y sorprender al ingenuo público. Los planos arquitectónicos que has conseguido para mí son documentos de trabajo, no publicidad, y como tales, están en una posición que ofrece una extraña percepción de la mente de uno de los padres fundadores de los asesinatos en serie. Para las personas que están interesados en los homicidios, este no es el equivalente de una reaparición de una pintura perdida de Vermeer; es el descubrimiento de un escondite perdido de Van Gogh con Hieronymus Bosch como aderezo. Aún así, Julien te dio los planos por el precio de un paquete de cigarrillos de contrabando y una pelusa de bolsillo. ¿Por qué?
-No lo sé. ¿Fue influenciado por el poder del amor juvenil?
-Exactamente lo opuesto. Él sabía…
Sherlock respira profundamente, como esperando destilar nicotina fortalecida del aire.
-Sabía que iba a eliminar todos mis recuerdos de experiencias sexuales sin tocar mi relación contigo, y eso iba a efectivamente borrarlo de mi vida. No fue encantado por el afecto que te tengo, o por el tuyo hacia mí; él simplemente no quería ser olvidado. Sería mucho como perder. Él nunca pierde, John. Lo planeó. Te dio el cuaderno sabiendo que preguntaría su procedencia, porque quería que tú me explicaras que no fuiste el primero.
John frunce el ceño.
-Espera. Vuelve al principio. ¿Sabía que lo ibas a eliminar?
-Sí.
-Y sabía esto, porque…
-Se lo conté. Es la única…
El científico busca la terminología correcta.
-... entrada del cuaderno de laboratorio con la cual he mantenido el contacto. Quería que lo supiera para que no arruinara todo apareciendo de nuevo. Tanto para esto.
-Mierda -dice John-. Sherlock, esto tiene que parar.
-Define "esto" -dice su compañero de piso.
-¿Qué te parece si lo uso en una oración? Nunca volverás a hacer esto de nuevo. De ahora en más, cuando tengamos un problema, lo resolveremos juntos. No te vas a alejar y distanciar de mí, mentalmente o de otra forma, y no me pondrás en una posición en el que soy el último en saber qué es lo que te sucede. Ciertamente no volverás a eliminar el núcleo de tu ser y me dejarás sólo una cascarilla, solamente porque crees que esa es la única forma en la que podré amarte como se debe. No lo harás.
-¿Distanciarme? -dice Sherlock-. Tú me dejaste. No fui el primero. Yo nunca te hubiera dejado primero.
-Lo sé, y no lo haré de nuevo, pero no es lo mismo. Si tu no fueras…
Ahora es el turno de John de volver sus manos en un improvisado plato satelital mientras busca las palabras correctas.
-... emocionalmente retrasado, lo entenderías. Fui a casa de Clara. Tú trataste de destruirte dos veces en el tiempo que te he conocido. Es otro nivel de colapso, Sherlock.
-No traté de destruirme esta vez. Estaba tratando de convertirme en lo que querías.
-Tú eres lo que quiero -especifica John-. Todo esto fue una mala comunica…
John observa a su compañero de piso. Hermoso, piensa. Sus ojos son como mercurio líquido. Sus piernas una elocuencia. Su culo como la parte de abajo de una clave de sol, y sí, recuerdo bien las prácticas que hacía en la banda, muchas gracias. Es la cosa más hermosa que he visto. No tengo duda alguna de porque tuvo tantos pretendientes.
-Bueno, no -admite John-. Tu incursión en la eliminación masiva fue muchas cosas cosas, incluyendo una cagada monumental de ambas partes, tuya y mía, pero no fue una mala comunicación. Cuando te dije que me enfermaba pensar en ti junto a otros hombres, realmente lo dije en serio. Fue ambicioso y egoísta de mi parte. Lo siento. No pensé en que cómo lo expresé te afectaría. Tienes mi palabra: nunca pensé que intentarías eliminar a todos los demás de tu banco de recuerdos, y definitivamente nunca se me ocurrió que los agujeros resultantes convertirían tu cerebro en un queso suizo.
Sherlock bufa.
-Mi cerebro difícilmente es un queso.
-Lo es -dice John-. Usualmente es un buen camembert. Denso, pero ácido. Maleable. Rápido para moldearse…
-Sí, gracias por eso. Me regocija saber que el joven John Watson eligió concentrar sus talentos en el combate y no en las metáforas. Como poeta, eres un excelente soldado.
John golpea a Sherlock con cariño con el cojín de flores de lis de Julien. Sherlock lo lanza a un lado y lo golpea en la cabeza con él.
Cuando las risas se acaban, el rostro de Sherlock se vuelve serio.
-Me gustaría proponer una suspensión.
-¿De que? De tus estudios en vesículas, espero. Encuentra una parte del cuerpo humano con un olor inofensivo para estudiar. El cabello, por ejemplo.
-Haz crecer el tuyo, y lo haré. Quiero arreglar las cosas, John. Qué te parecería…
Sherlock titubea.
-Un mes sin eliminaciones.
-Un mes.
-Para empezar. Si lo puedo soportar, será más tiempo. Tendremos que evaluar los resultados mientras el experimento se desarrolla.
-No, quiero decir, ¿un mes entero? ¿Qué tan seguido haces eliminaciones?
-A diario. A veces una vez por hora. Durante Navidad, cada minuto. Depende de cuantas trivialidades estoy forzado a soportar.
-Eso es lo que pensé. ¿Qué pasaría si dejaras estas, ah, trivialidades en tu cabeza?
-No lo sé. No lo he intentado antes, no a esta escala. Estoy acostumbrado a hacer espacio para lo que es importante.
John pone los ojos en blanco.
-Excepto que no tienes idea de que es importante, porque has eliminado todo lo que te daría una base apropiada para tomar esa decisión.
-Tú eres importante. El trabajo es importante. Todo lo demás es un área gris.
-Me dijiste una vez que si congestionaba tus neuronas con datos triviales, no podrías ser capaz de mantener tu conocimiento enciclopédico del crimen. Si dejas de eliminar, ¿eso afectaría tu trabajo?
La mirada de Sherlock es estable.
-¿Nos afectaría si es que no lo hago?
John parpadea.
-Te das cuenta de que hay un nosotros. No sólo tú enamorado de mí, y yo enamorado de ti. Nosotros.
-Todo Londres reconoce que hay un nosotros -responde Sherlock-. Sé que esto no es algo que estás exigiendo. No siento que estoy recibiendo un ultimátum de tu parte. Soy yo quien lo ofrece. Quizás ayude con el trabajo. Hay ciertas cosas del aspecto humano que se me escapan. No me gusta cuando las cosas se me escapan. Es desagradable.
John besa a su compañero en la mejilla.
-Acepto tu oferta. Inténtalo. Haz el experimento. Evaluaremos después de un mes y veremos como fue. Pero no lo hagas por mí. Hazlo porque quieres ver qué es lo que sucederá.
John es recompensado por este pedido de la curiosidad de su compañero de piso con una sonrisa brillante.
-¿Qué crees que suceda?
-No estoy seguro. ¿Cómo serás al final del mes? ¿Serás como nosotros? Nosotros, las personas normales, quiero decir, con nuestros pequeños cerebritos repletos. ¿O serás como tú mismo, pero más…
-¿Humano?
-Ya eres humano. Lo que me gustaría es que fueras capaz de estar más cómodo con esa condición. Ahora mismo, estás orgulloso de ser un individuo raro que realmente ha fallado un test de Turing. No voy a pretender que no he pensado en esto, este sacrificio que has hecho entre ser completamente brillante y ser, bueno, alguien completo. Sé que vas a cambiar con el tiempo, pero quiero que sea porque añadiste experiencias, no porque las borraste.
-La eliminación de a poco de la vida diaria… te está limitando, Sherlock. Tienes uno de los cerebros más asombrosos que el mundo ha conocido, y está siendo detenido por el desarrollo emocional de un niño de trece años.
-Oxímoron -murmura el objeto de la atención de John.
-¿Perdón?
-El niño de trece años. ¿Te das cuenta que cuando nos conocimos, todos me describieron de esa forma? Sally no; ella siempre prefirió llamarme fenómeno. Pero para el resto de la fuerza policial, yo era un niño. Lestrade me llamaba así en las redadas. Tu lo escuchaste.
-Sí…
Sherlock no tiene que decir "obvio", en voz alta. Sus cejas son efusivas en el tema.
-Acabas de decir que tenía trece años. Eso no es un niño, es un adolescente. Aunque la correlación no establece causalidad, necesitamos examinar la hipótesis que incluso a corto plazo, exponerme a ti ha ocasionado un salto en mi edad emocional.
-Erm. Esa es una forma de verlo. Una forma espectacularmente estúpida de verlo, para ser preciso.
John siente un tirón en las esquinas de sus ojos y se da cuenta de que está sonriendo.
-Es tu forma de verlo. Yo… ugh, prefiero no usar este término, pero según tú, ahora soy emocionalmente pubescente. Eso significa que estoy adaptándome, John. No me gusta admitir los déficit de mis habilidades, pero me gusta menos tenerlos. Me has demostrado que hay un problema con mi proceso sentimental, y eso crea consecuencias negativas para ambos. Si sigues trabajando en mí, aprenderé.
John acaricia la cabeza de Sherlock con su nariz.
-Me encantará enseñarte. Sospecho que tú podrías enseñarme un par de cosas sobre ti.
-Sin duda.
Como en algunas ocasionas, la sonrisa satisfactoria del detective es audible.
-Esto también me asusta a mí, sabes. Has estado con algunos hombres increíbles. No sé cómo puedo competir contra eso. Hay peligro de que desees algo que no te pueda ofrecer, o los extrañarás, o te darás cuenta de que no soy Niels Bohr.
-Descubrí inmediatamente que no eres Niels Bohr. Según los viejos catedráticos, era un besador espantoso.
-Espero que estés bromeando.
-Nunca bromeo.
-Claro. Ni adivinas. Ni roncas. Ni…
John es incapaz de terminar su lista debido a una obstrucción en su cavidad oral. Consiste en la lengua de Sherlock.
Aquella noche, se acurrucan en la cama. La habitación está iluminada por una serie de pequeñas barritas luminosas que Sherlock hizo improvisadamente para su amado con lo último que quedaba de Luminol.
-¿Sabes a que me recuerda esto? -dice John-. A la vez que manejé un Jeep a los alrededores de Kandahar tarde en la noche. Había una tormenta. Fue una semana antes de que me dispararan. La lluvia era tan fuerte que apenas podía ver el camino, no es como si los caminos tampoco estuvieran bien, para empezar. Después de que la lluvia se detuvo, apareció una cantidad enorme de nubes de luciérnagas, y de repente, me encontré manejando a través de ellas. Nunca lo olvidaré. Fue como volar a través de la Vía Láctea.
Sherlock presionó su espalda contra John, buscando una forma de calzar más cómodo en sus brazos. La encuentra.
-Dicen que la galaxia Vía Láctea un día colisionará con Andrómeda. Imagínalo. Una gran galaxia en vez de dos pequeñas. Siempre y cuando, por supuesto, que la velocidad transversal de Andrómeda tenga ciertos parámetros.
-Lo tendré en mente. ¿Cuándo?
-Como en cuatro billones de años.
-Cuento los días que faltan para eso. Puede que no haya nada que ver en la tele esa noche.
John agarra el cogote de Sherlock con sus dientes. Yacen agradablemente en silencio hasta que las barritas luminosas caseras se extinguen.
-Ahora estamos bien -aventura el detective-. Has hecho las paces con tus prototipos. Los hombres que debieron ser tú, pero no lo fueron.
-No estoy seguro de haber hecho las paces con ellos, pero valoro su lugar en tu historia. No puedo razonar por naturaleza. Te ayudaron a hacerte lo que eres, y lo que eres es…
-Fantástico -cita Sherlock-. Espectacular. Extraordinario.
-Si. Eso no significa que no voy a derribar a estas personas en un elevador en un instante si es que demuestran cualquier tipo de falta de respeto hacia ti.
-Que galante -dice Sherlock-. Estoy seguro que a las mujeres les encanta eso.
-No -dice John-. Todas creen que quiero follarme a mi compañero de piso.
-¿Y quieres?
-Sí -dice John, empujando a Sherlock sobre su espalda-. Sí quiero.
