26- La criatura
—Oh, Dios, es Starling...
Sherlock, mirando cautelosamente alrededor, asintió.
—Sí. Y al parecer, ya ha cambiado.
En contra de su costumbre, John no se molestó en pedir ni la más mínima explicación. Y todas sus preguntas, dudas o reproches murieron sin haber sido pronunciadas en la atmósfera de silencio que se había abatido sobre ellos. La actitud del doctor denotaba un profundo autocontrol y, al mismo tiempo, la tensión de la pugna por mantenerlo. La cabeza ligeramente inclinada, las fosas nasales moviéndose inquietas, los oídos alerta. Empezaba a sentir el acuciante tirón de aquella cadena a la cual estaba inextricablemente atado.
—Se acerca —dijo.
—Eso me temo. —Sherlock se volvió lentamente hacia John, que seguía como en trance—. ¿Puedes oírlo?
—Y olerlo también.
Aunque su voz sonaba bastante serena, cuando se volvió a mirar a Sherlock éste vio que tenía los ojos llenos de lágrimas. Y entonces, abandonándose al peso de su miseria, John se derrumbó y cayó de rodillas, perdida toda esperanza de salvación.
—Sherlock, corre —dijo en tono más sombrío—. Ya. Lo digo en serio.
—Yo aún no me he rendido.
—Vale, vale. Pues entonces quédate para que Starling te mate. Eso es lo que conseguirás, Sherlock, porque aquí tú eres ya el único ser medianamente normal. ¡No tienes la menor oportunidad contra él! —John soltó una amarga carcajada mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Genial, brillante. Primero, mi novia, y ahora, mi mejor amigo. ¡Fantástico!
Sherlock podía ver que el humor de John, ya no sólo su ánimo, empeoraba por momentos. Aunque no era culpa suya.
—¡Por Dios, olvídate de los demás y empieza a pensar en ti! Si dejaras de preocuparte tanto aunque sólo fuera un momento...
—¡Alguien tiene que hacerlo!
—...verías que aún hay esperanza. Tenemos que matar a Starling.
John lo miró con expresión de reproche.
—No me tientes.
—¿No te das cuenta? —insistió Sherlock. La excitación le hacía acompañar con gestos sus palabras—. ¡Él te mordió! ¡Cuando muera, tu licantropía morirá con él!
La mirada impaciente y anhelante de John reflejó ahora escepticismo ante lo que, pese a venir de Sherlock, le pareció un desatino.
—¿Qué tiene eso de científico?
—Hablamos de licantropía. ¿Qué ciencia puedes aplicarle a eso?
Sin saber qué decir, John cedió, dispuesto a escucharle hasta el final.
—De acuerdo. ¿Cuál es tu pla...? ¡Ah...! Oh, Dios mío... ¡Arghh!
Había empezado. El repentino inicio de la transformación impidió que John pudiera seguir hablando y le hizo doblarse sobre sí mismo y caer al suelo. Se volvió de espaldas, retorciéndose de dolor.
Sherlock había saltado instintivamente hacia atrás. Cada segundo era precioso cuando se trataba de evitar un ataque salvaje. Pero no tenía ni idea de lo que hacer. Se quedó mirando al jadeante John con una terrible impotencia.
—¡John!
—¡Dispárame! ¡Dispárame!
John se tiró del cuello de la camisa mientras hiperventilaba. Experimentó una oleada de dolorosas convulsiones, y lo invadieron unas nauseas terribles. Rechinó los dientes y lanzó un grito cuando su cuerpo se enfrentó al cambio. Un destello de pavorosa comprensión irrumpió en su alma ya cubierta por la oscuridad, y cuando volvió a abrir los ojos, éstos miraron fijamente al techo, blancos, sin pupilas. Su cuerpo continuó estremeciéndose frenéticamente, arqueando la espalda, pataleando. El proceso seguía su curso.
Sherlock retrocedió unos cuantos pasos más, temblando. Sentía el peso del arma en su bolsillo, aguardando, pero se resistía a utilizarla contra John. No importaba lo mucho que se lo suplicara, no podía hacerlo. No podía.
El cuerpo de John experimentó un violento respingo al verse sacudido por un brusco y repentino espasmo de supremo dolor. Se puso rígido y se llevó las manos a la cabeza, lanzando un alarido. Su ropa comenzó a desgarrarse, incapaz de contener el cuerpo que crecía en su interior. Finalmente, se giró y quedó a gatas.
El súbito silencio sólo incrementó el miedo de Sherlock. Su rostro, de por sí pálido, adquirió el color del papel cuando su espalda se encontró con la pared. La transformación de John estaba a punto de concluir.
—¿J-John? ¿John Watson?
No hubo respuesta.
La criatura que había reemplazado a John comenzó a incorporarse sigilosamente sobre sus cuatro patas. Se sacudió el pelaje claro, arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un largo y lastimero aullido.
