26. El final del verano
Fue difícil despedir a Bill y a su pequeña familia aquel domingo por la mañana. Todos echarían de menos las risas y las carreras de los niños, pero ahora que la boda ya no iba a celebrarse, Bill adelantó su marcha a París una semana para así poder volver con mas tranquilidad a su trabajo en el banco nacional de Paris, y preparar el regreso de los Victoire al colegio. De esa forma comenzó a quedarse un poco mas vacía la Madriguera. Ellos eran los primeros en abandonarla, hasta tal vez las navidades o el próximo verano. Sea como fuese, Molly comenzó a sentir que ya le faltaba un pequeño pero importante trocito en su corazón, y aun faltarían algunos más según avanzase la semana.
Para Ginny y Harry tampoco era nada sencillo. A pesar de que el muchacho tardaría solo un par de fines de semana en volver, a Ginny se le hacía todo aquel tiempo infinito. Pasaba la mayor parte del día junto a él, y él, por supuesto, nada mas poner un pie en fuera de la cama corría a buscarla. Iban a la ciudad, al cine, de compras, tomaban algo en algún restaurante de comida rápida y luego regresaban a la Madriguera hasta que se hacía de noche, y era entonces cuando Harry regresaba a casa de sus tíos, que desde la marcha de Muriel estaban mas irascibles que nunca.
Para Luna y Rolf todo era muy diferente, para ellos no había un futuro planeado, un "Volveré en unos días, o espérame durante estas navidades". No, para ellos era más difícil aun, y exprimir cada minuto del día era lo primordial. Y lo hacían. Desde lo ocurrido en el desván no se habían separado ni un solo instante, contándose anécdotas de sus vidas, conociéndose un poco mas, y a cada cosa que escuchaban el uno del uno del otro sentían como esa conexión aumentaba, y el desasosiego se instalaba en sus corazones. Pero ninguno de los dos lo demostraba lo que aquella situación podía afectarles, y ambos siempre poseían una sonrisa para el otro.
Era un caos, preparar la maleta. Ron ya ni se acordaba de lo que era eso. Cuando jugaba en los Chudley tuvo que hacerla y deshacerla infinidad de veces, pero estaba desentrenado para eso, y siempre terminaba perdiendo la paciencia. Por suerte para él Hermione parecía tener la de un Santo porque intentaba controlar con calma las rabietas de su novio por culpa del endemoniado equipaje. Cuando Ron alcanzaba su limite de exasperación, lo hacía sentarse en la orilla de la cama, y ella continuaba el trabajo que él empezaba, pero nunca lograba terminar. Charlie los observaba con interés, era realmente una pareja tan diferente que aun se preguntaba como habían acabado juntos. Pero era divertido verlos así, ella tratando de calmar la bestia que Ron sacaba cuando perdía los estribos.
El equipaje de Tonks fue echo con mucha mas rapidez. Ella no se comía la cabeza con esas cosas. Metió todo aquello que su mano alcanzaba y luego cerró la maleta pensando "Aquello que me falte lo compraré en Rumania". Nimiedades, eso era lo que le parecía todo, a fin de cuentas lo que deseaba realmente viajaría junto a ella en el asiento del avión, así que todo lo demás, eran simplemente nimiedades.
Y por fin llegó el sábado odiado y esperado por todos. Los primeros que abandonaron la Madriguera fueron Ron, Hermione y Charlie. Molly se despedía simultáneamente de dos de sus hijos y eso le partía el corazón. Se fuesen las veces que se fuesen para ella era como si lo hiciesen la primera vez.
—¡Oh Dios mío! Cuidaos. Charlie no dejes que tu hermano haga estupideces, ya sabes como es—Dijo mirando a Ron apenada.
El pelirrojo entornó los ojos. Era increíble que con sus veintidós años su madre aun pensase que necesitaba niñera.
—Mamá, no soy ningún bebé. Sé cuidarme por mí mismo—Protestó.
Molly lanzó un suspiro al aire y luego agarrándolo del cuello lo abrazó con fuerza, dejándolo casi sin aire. Hermione sintió que se le encogía el corazón era adorable ver a esa mujer rechoncha y pelirroja subida en las puntas de sus pies, abrazar con tanta energía a su hijo que le doblaba la altura. Después de casi matar a Ron de asfixia, Molly hizo lo mismo con Charlie. Arthur estrechó las manos de sus hijos y con un paternal abrazo, de esos que se dan con unas sinceras palmaditas en la espalda, dijo.
—Os esperamos estas navidades, hijos.
—No faltaremos papá—Añadió Charlie guiñando un ojo, mientras Ron asentía con decisión.
Molly y Arthur se despidieron de Hermione con un abrazo. Molly le regaló también un suave beso en la frente y una sonrisa.
—Gracias por la hospitalidad y por todo lo pacientes que fueron conmigo.
La señora Weasley pasó la mano por el cabello y luego añadió.
—Querida, esa paciencia no será nada comparada con la que tendrás que tener tú con mi hijo.
Hermione rió cuando vio como Ron fruncía el ceño y entrecerraba los ojos una vez más. La llegada de Tonks fue lo que culminó las despedidas. Ted Tonks, el padre, se había ofrecido a llevarlos al aeropuerto. Y así, todos, con sus respectivos equipajes, se subieron al coche y se alejaron por el camino de tierra. Molly los siguió con la mirada mientras se perdían de vista lentamente. Arthur le pasó la mano por el hombro a su esposa. Ninguno de los dos necesitó decir nada porque ambos sentían lo mismo. Se miraron, se sonrieron y continuaron contemplando un rato mas el lugar por donde, solo un instante antes, había desaparecido el coche llevando en él a dos miembros mas de su familia.
Luna temblaba. No podía evitarlo mientras miraba con recelo las maletas de Rolf junto a sus pies. Aquella era la despedida, el momento en que tal vez no volvería a verlo jamás. Odiaba esas maletas, odiaba aquel aeropuerto y en ocasiones hasta lo odiaba a él por tener que marcharse. Rolf y el señor Lovegood se encontraban en la ventanilla de embarque preguntando las dudas sobre el viaje y al parecer lo habían resuelto, porque los azules y apagados ojos de Luna los vio acercarse a ella caminando y charlando animadamente.
—Tengo que facturar las maletas—Dijo Rolf decidido mientras las agarraba y volvía a marcharse.
Luna miró su reloj aun faltaba casi dos horas para el despegue del vuelo hacia Edimburgo. Pero el tiempo parecía pasar más rápido que nunca. Aquella última semana había sido inolvidable, sin embargo había pasado veloz, casi sin poder saborearla por completo ya era sábado, y eso significaba, el triste momento de la despedida.
—Me muero de hambre ¿Me acompañas?
La voz de su padre la sacó de sus pensamientos de forma brusca.
—No papá, prefiero quedarme aquí. Yo no tengo apetito.
El señor Lovegood se encogió de hombros y sin prisa se marchó rumbo a la cantina de aeropuerto. Unos minutos después, Rolf apareció de nuevo junto a ella.
—¿Y tu padre?
—Fue a tomar algo, tenía hambre.
Rolf sonrió y se sentó junto a la muchacha que miraba abstraída al suelo. El joven exhaló un suspiro al notar la melancolía de Luna, le pasó un brazo por los hombros y añadió con la mirada fija al frente.
—Sabíamos que esto pasaría.
—Sí, pero no es fácil—Admitió Luna sin dejar de mirar el suelo.
—No, no lo es.
Ambos guardaron silencio durante unos minutos. Sus miradas se posaban en distintos lugares, cosas o personas, pero nunca coincidían entre ellas. Parecían querer evitarse, como si el hecho de no mirarse mitigase aun mas la tristeza que ambos sentían. Rolf tragó saliva, y tras emitir un pequeño resoplido, añadió.
—Tengo que marcharme Luna, tengo que terminar cosas que empecé allí antes de todo esto.
—Lo sé.
Fue después de las escuetas palabras de la joven cuando el azul y el castaño de los ojos de ambos se mezclaron por primera vez en muchos minutos. Se sonrieron, Rolf extendió una mano al rostro de Luna y lo acarició con suavidad. Luego acercó su boca a la de ella, y la besó. El beso fue tan tierno como melancólico. La joven se aferro con fuerza al cabello de él pensando que quizás aquella sería la ultima vez que lo sintiese de esa forma. No pudo evitarlo y dos lágrimas cayeron rodando por sus mejillas. Rolf las percibió sobre las suyas y se separó lentamente de ella notando en su paladar un sabor extrañamente agridulce.
—No llores.
—No puedo evitarlo, pero solo será un momento—Dijo ella sonriéndole.
Rolf la miró apesadumbrado, luego contempló su reloj y la pantalla donde se visualizaban las horas de las salidas de los próximos vuelos.
—Queda una hora y media…—Susurró.
Se quedó pensativo unos segundos, y se puso en pie de repente, tirando de la mano de la joven para que ella hiciese lo mismo.
—Vámonos.
—¿Dónde? Rolf, tu vuelo sale dentro de poco, ¿Dónde pretendes ir?
—Me da igual, solo quiero pasar este tiempo a solas contigo, tu padre volverá pronto y no podré disfrutar de mis últimos minutos aquí junto a ti… ¡Vámonos!
Luna sonrió y apretó con fuerza la mano del muchacho, luego salieron corriendo hacia ningún lugar.
Solo ellos supieron que ocurrió durante aquel tiempo antes de la salida del vuelo de Rolf, porque parecía como si se los hubiese tragado la tierra. El señor Lovegood, que no había tardado mucho en la cantina, estaba desesperado. Miraba con desatino su reloj, la tabla de vuelos, y a un lado y otro del aeropuerto. Resoplaba, maldecía y caminaba de un lado a otro, sabiendo que apenas quedaban cinco minutos para el embarque y no había rastro de Rolf ni de Luna.
—¡Muchachos irresponsables!
Pero de repente en medio de la multitud de gente, Xenophilius pudo verlos. Una enorme sonrisa se dibujaba en ambos rostros y caminaban tomados de la mano. El señor Lovegood frunció el ceño, pero no había tiempo para enfados ni reproches, si Rolf no subía pronto a ese avión se quedaría en tierra.
—¡Maldita sea! ¿Dónde os habéis metido?
Ninguno de los dos contestó a la pregunta del desesperado hombre. Rolf se giró hacia Luna sin soltarla de la mano, sacó un papel doblado de su bolsillo y se lo entregó.
—Ábrelo solo cuando me haya ido.
Luna asintió y agarró con fuerza el papel luego de un salto se aferro al cuello del joven y lo abrazó. El le devolvió el abrazo con la misma intensidad. Luego se miraron una vez más y se separaron al fin. Una voz anunciaba los últimos instantes para embarcar en el vuelo con destino a Edimburgo. Rolf se giró hacia el señor Lovegood, y le estrechó la mano mientras decía.
—Gracias por todo señor, no imagina lo que ha significado para mí pasar este mes en su casa.
—Es un placer muchacho, sabes que siempre serás bien recibido entre nosotros.
Xenophilius estrechó con fuerza la mano del joven y en un impulso tiró de él y lo abrazó. Rolf correspondió al abrazo sincero de aquel hombre, y luego caminó hacia la puerta de embarque, se volvió un instante, miró por última vez a las dos personas que se despedían de él, les sonrió, y tras entregarle el billete a la azafata, desapreció tras la puerta. Luna sintió que los latidos del corazón se detenían, y un instante después corrió hacia un enorme cristal a través del cual se veían los aviones que aun no habían despegado, y como la gente subía a ellos. Busco ávidamente a Rolf y lo vio, caminando con la misma parsimonia que regía su vida. Luna pegó su pequeña nariz y sus manos al cristal, su padre la observaba situado un paso detrás de ella. La muchacha siguió con la mirada el caminar del joven hasta que éste llegó a las escaleras, entonces se detuvo en seco mientras la gente se dedicaba a esquivarlo. Se giró repentinamente, y buscó con la mirada entre los ventanales lo que deseaba ver. Y allí estaba ella, con la nariz empañando el cristal. Suspiró, elevó su mano y le dijo adiós. Luna respondió a la despedida del joven hasta que finalmente subió por las escaleras y la puerta del avión se cerró. Un instante después ya sobrevolaba Londres, y era tan pequeño como una mota de polvo. Luna se separó del cristal, la huella de su rostro quedó marcada en él. Su padre se acercó a ella dejando caer su brazo sobre los hombros de la joven.
—He pensado una cosa—Luna miró a su padre con los ojos apagados por la tristeza—Creo que sería muy agradable tener visita estas Navidades. Y los Scamander siempre son una interesante visita—Los ojos de Luna se abrieron de par en par—Tal vez los invite a pasar las Navidades con nosotros, creo que Rolf y su familia aceptarían encantados. Tal vez no pasará mucho tiempo para volver a verlo, querida.
Después de pronunciar todas aquellas palabras, el señor Lovegood esbozó una sonrisa traviesa que recordaba mucho a las que solía tener su hija. Luna que supo de inmediato porqué su padre había dicho eso, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.
—Gracias papá—Susurró, y entonces reparó en que aun tenía en una de sus manos el papel doblado que Rolf le había dado, pensó en abrirlo, pero finalmente decidió hacerlo cuando tuviese un rato de intimidad.
Xenophilius pasó una vez más el brazo sobre los hombros de su hija y dijo.
—Regresemos a casa Luna, volvamos a la rutina.
Y así, caminando junto a su padre, con el ánimo un poco mas ensalzado, Luna abandonó el aeropuerto, sabiendo que la próxima vez que pisase aquel suelo lo haría con un propósito mucho mas agradable, volver a ver a Rolf.
Definitivamente volar no era lo que más le gustaba en la vida. Hermione bajó del avión con las piernas temblándole y no pararon de vibrarle hasta que sus pies no pisaron el interior del aeropuerto. Exhaló un suspiro de alivio. Ron sofocó una risa. Hermione era tan valiente para algunas cosas como aprensiva para otras, pero por supuesto jamás haría un comentario al respecto porque ya conocía de sobra el carácter de su chica. La que parecía haberse bajado de una atracción de feria era Tonks, adoraba viajar en avión. La sensación de volar era electrizante para ella. Siempre solía decir que el ser humano era anatómicamente imperfecto y que los únicos seres que habitaban la tierra y que rozaban la perfección en sus cuerpos eran los pájaros. Ellos tenían la capacidad de volar, y eso para Tonks significaba la plena libertad.
—Cielos estoy entusiasmada con todo esto Charlie—Exclamó—Todo es tan nuevo para mí.
El pelirrojo rió y los cuatro se encaminaron a recoger sus respectivos equipajes. Poco tiempo después ya estaba subidos en un taxi rumbo al apartamento que Charlie y Hermione compartían en Bucarest.
No era un apartamento muy grande, pero cuatro personas podían vivir en él perfectamente holgados. La zona donde residían quedaba muy cercana al Museo Nacional de Historia de Rumania donde Charlie trabajaba y Hermione cursaría su último año de estudios gracias a su beca. El apartamento constaba de dos dormitorios amplios, un salón, una cocina mediana y un solo cuarto de baño, algo que no molestaba en absoluto a ninguno de los cuatro. Pronto se instalaron. Tonks ocupó la habitación con Charlie, y Ron hizo lo propio con Hermione. Ambos estaban muy emocionados con eso de vivir juntos, en un país diferente, lejos de las interrupciones que habían sufrido aquel verano en la Madriguera. Una vida nueva y en común, era algo que los llenaba de gozo. Sobre todo a Ron, que veía que su vida se encaminaba cada vez mas. No tardaría en ponerse manos a la obra para alcanzar su sueño de dirigir algún equipo de futbol de la ciudad. Le daba igual si el equipo era mejor o peor, pertenecía a alguna federación o no, lo importante era abrirse camino y estaba dispuesto a hacerlo.
—¿Qué os parece si nos damos una ducha y salimos a dar una vuelta por la ciudad? Me encantaría que conocieseis el lugar donde Hermione y yo trabajamos—Dijo Charlie una vez que terminó de acomodar sus cosas y ayudar a Tonks con las suyas.
A todos les pareció una gran idea y cuando estuvieron listos, abandonaron el apartamento y se sumergieron en las históricas calles de Bucarest.
Una vez que entró en la casa, Luna subió como un rayo a su dormitorio y se encerró en él. En sus manos aun tenía agarrado el papel que Rolf le había dado un instante antes de subir al avión que lo había alejado de ella. Nerviosa y expectante lo fue desdoblando con torpeza hasta que vio lo que contenía. Era un retrato suyo, de cuerpo completo, estaba dormida y no llevaba nada de ropa.
—No lo puedo creer.
Rolf, en algún momento en el que habían estado juntos, y aprovechando que ella dormía, la había pintado a carboncillo, sobre una de las hojas de sus cuadernos de dibujo. Luna sonrió y sintió como sus palpitaciones aumentaba. Luego le dio la vuelta al papel y se dio cuenta que no estaba en blanco había escrito algo con el mismo carboncillo con el cual había dibujado su figura desnuda. La inscripción decía…
"Porque es así como me gusta recordarte, siendo tú, por dentro y por fuera, y sé que volveré a encontrarte pronto, devuélveme el dibujo entonces, porque éste es solo mío."
Rolf.
Luna se puso en pie, sin soltar la hoja de papel, se acercó a la ventana y miró al cielo. Apretó con fuerza el dibujo sobre su pecho y luego suspiró.
—No dudes que voy a devolvértelo, tal vez estas navidades. Pero si por cualquier motivo no vuelves por Navidad, juro que algún día este dibujo volverá a tus manos y ese será el día en que volvamos a estar juntos.
El fin de semana quedó atrás y con él el mes de Agosto, y el final del verano era ya una realidad. Aquella mañana del primer día de Septiembre Harry llegó temprano a la Madriguera, pero no lo suficiente como para encontrar a Ginny dormida. La muchacha desayunaba tortitas con aire apático.
—Buenos días—Saludó el joven a las dos mujeres que estaban en la cocina—Que solitario se ve esto.
Molly suspiró mientras recorría con sus marrones ojos cada silla que rodeaba la mesa.
—Así es querido, los que no están fuera del país, están en sus trabajos, ¿Vienes a decirnos adiós tú también?
Harry asintió a la pregunta que le formuló Molly. La mujer le sonrió, se acercó a él y tras darle un fuerte abrazo y un beso en la frente añadió.
—Cuídate, regresa pronto, tú no estás muy lejos—Miró a Ginny de soslayo— Os dejaré a solas para que podáis despediros con tranquilidad.
Sin decir una sola palabra mas, abandonó la cocina dejando a Ginny sentada mirando fijamente las tortitas de su plato y a Harry de pie, observando con atención a la pelirroja.
—Es la hora Ginny, tengo que irme.
La muchacha alzó sus castaños ojos del plato y miró al joven que le sonreía. Sin dudarlo más, dejó su sitio en la mesa y agarrándolo de la mano salió junto a él de la casa. Caminaron sin soltarse de la mano hasta llegar al coche de Harry.
—Regresaré en un par de fines de semana.
—Prometiste llamarme a diario.
—Lo haré, siempre al terminar mis clases, solo será este año Ginny. El próximo será diferente—Dijo Harry mientras la agarraba suavemente de la cintura.
—¿Sabes una cosa?... Por primera vez seré yo quien te espere a ti y no tú a mí—Observó la pelirroja mientras pasaba los brazos por el cuello del muchacho.
Harry sonrió y sus labios se juntaron con los de ella en un tierno y sincero beso. Luego se separaron y él subió al vehiculo, bajando completamente la ventanilla.
—Nos vemos en quince días.
—Aquí estaré.
Un nuevo y corto beso, y el motor del coche de Harry rugió comenzando a moverse. Ginny se quedó de pie observando como su novio se alejaba de la casa. Justo cuando cruzaba la cancela de la entrada, pasó junto a Luna que recién llegaba a la Madriguera. Harry detuvo el coche, bajó nuevamente la ventanilla y se despidió de la chica. Luego desapareció definitivamente por el tortuoso camino ante la atenta mirada de las dos muchachas. La rubia caminó entonces hacia su amiga que estaba quieta con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos llorosos.
—¿Por qué fuimos a enamorarnos de hombres que nos abandonan?
Las palabras de Luna arrancaron una sonrisa de los labios de Ginny.
—¿Cómo estás?—Preguntó la pelirroja mientras se pasaba un dedo por el borde de los ojos para evitar que las lágrimas salieran de ellos.
—No mejor que tú, te lo aseguro. Pero tengo la esperanza que Rolf regresará muy pronto. Mi padre piensa invitarlo para estas Navidades, a él y a su familia.
—¿Y vendrán?
—Él sí, porque yo tengo algo que quiere recuperar—Dijo la rubia sonriendo.
Ginny la miró desconcertada, pero optó por no preguntar, porque si Luna hubiese querido contárselo, no habría finalizado la frase justo ahí.
—¿Y qué haremos ahora?
—Prepararnos psicológicamente para regresar a la universidad… ¡Ah! y comprar tu vestido para la boda de Cho.
—Aun quedan dos meses Luna—Observó Ginny mientras pasaba un brazo por el de su amiga y caminaban juntas hacia el interior de la casa.
—Pero esas cosas hay que pensarlas con tiempo, querida… Oye ¿Crees que el profesor Flitwick habrá crecido algo durante el verano?
—¡Luna!
—¿Qué? Es que es tan pequeñito. Siempre me pone nerviosa cuando solo le veo la calva detrás de la mesa, y odio que hable con esa voz tan chillona. Me desconcentra, por eso suspendí el año pasado su asignatura.
—Eso no es cierto, suspendiste porque tenías la mente en otra presencia masculina de la clase, y no por el pobre profesor Flitwick.
Luna miró a su amiga fingiendo indignación. Ginny no hizo caso al gesto de la rubia y tras cerrar la puerta principal subió corriendo las escaleras hacia su habitación. Luna resopló y posteriormente siguió a su amiga, entrando en el dormitorio y cerrando la puerta a continuación.
—Era muy difícil apartar los ojos de Draco durante la clase y mucho más agradable mirarlo a él que adivinar donde demonios se metía el profesor Flitwick, o detrás de qué se escondía.
—No seas mala Luna, no se escondía—Añadió Ginny dejándose caer bocarriba sobre su cama.
—De todas formas, este año ni Draco Malfoy será capaz de distraerme porque la única persona que podría hacerlo no está aquí.
Suspiró melancólicamente, y se derrumbo al lado de su amiga, pero lo hizo bocabajo.
—Supongo que solo nos quedará esperar—Dijo Ginny con la mirada clavada en el techo.
— Supongo. Y eso sí es una novedad, al menos para mí.
Habían pasado más de dos semanas desde que todos se marcharon de la Madriguera. En todo aquel tiempo, Molly había hecho la mitad de la comida, puesto sobre la mesa la mitad de vasos, platos y cubiertos y tendido la mitad de sabanas que durante el verano. Y a pesar de ser la mitad del trabajo que realizaba en la época estival, a ella le sabía a poco. Durante el día tal vez no lo notaba tanto, pero cuando llegaba la hora de la cena, había sillas vacías alrededor de la mesa y eso si lograba arrancarle un poco de melancolía. Pero pronto se le pasaba cuando los gemelos contaban alguna anécdota sucedida en su peculiar tienda de artículos de broma, o Percy charlaba sobre sus planes de futuro con Audrey. Cuando Ginny contaba que había recibido llamada de Harry, o Arthur comentaba lo mal que estaban las cosas en su departamento en las dependencias municipales. Las charlas y las risas mitigaban un poco la falta de Bill, Charlie y Ron, pero solo un poco. Porque cuando todos terminaban la cena, Fred y George se despatarraban en el sofá y discutían sobre qué absurdo programa de televisión decidían ver. Eran igualitos en todo, pero en gustos televisivos nunca estaban de acuerdo. Ginny se encerraba en su habitación y hablaba con Luna largo y tendido por teléfono para contarle todo lo que Harry le había dicho en su llamada. Y Percy se sentaba en un rincón del salón para repasar informes y suspirar por momentos cuando la imagen de su novia asaltaba de improviso su perfecta mente. Era entonces cuando Molly preparaba té, y luego una vez que las estrellas y la luna eran las únicas dueñas del cielo, se sentaba en el primer escalón de la entrada a la Madriguera, mirando como su esposo volvía a poner a punto el motor del viejo Ford Anglia azul turquesa. Y sorbo a sorbo, tomaba la humeante y excitante bebida, pensando en que cada día que pasaba era uno menos para volver a reunir a su adorada y entrañable familia al completo.
Entró precipitadamente en la floristería logrando sobresaltar a Tonks. Tenía una extraña y enorme sonrisa en el rostro y parecía más excitado de lo normal, y eso últimamente, era casi imposible de que sucediera.
—¿Está listo?
—Por supuesto que sí, Ron. Soy muy buena en esto, ¿Por qué crees que no dudaron en darme el trabajo?
Ron rodó los ojos mientras su cuñada entraba en un pequeño cuarto lleno de ramitas y hojas esparcidas por el suelo, y con unas cámaras frigoríficas que hacían mas frío aquel establecimiento.
—Aquí está ¿Qué te parece?
—Le va a encantar—Dijo Ron mientras agarraba lo que Tonks había sacado de aquel cuartito y que no era sino un ramo de flores silvestres.
—Es extraño que no escogieses un ramo de rosas rojas. Siempre pensé que a las chicas como Hermione les gustaba ese tipo de flor—Añadió Tonks mientras sacaba un lazo azul y lo ataba alrededor del plástico trasparente que envolvía al ramo.
—A ella no le gustan las rosas.
Tonks se encogió de hombros y siguió colocando le lazo.
—Charlie y tú ya sabéis lo que tenéis que hacer esta noche ¿no?
—Desaparecer, como por arte de magia—Comentó la joven haciendo la lazada y terminando su trabajo.
—Exacto, necesito la casa para Hermione y para mí a solas.
Tonks reparó entonces en unas bolsas que Ron llevaba colgadas del brazo y comenzó a reír.
—¿Qué es eso? ¡Cielo santo Ron! ¿Has comprado ingredientes? ¿Piensas hacer tú la cena?
El pelirrojo entornó los ojos y frunció los labios mientras miraba con rabia a la chica de pelo rosa que reía descontroladamente delante suya.
—¿Acaso no me crees capaz de hacerlo?
—No—Contestó sinceramente Tonks sin dejar de reír—Será un desastre, un auténtico desastre.
—¡Maldita sea!
Y fue lo último que dijo antes de agarrar el ramo con furia y abandonar la floristería dejando a Tonks revolcándose de risa sobre el mostrador.
Pero lo triste del asunto es que Tonks tenía razón. Ron no había cocinado en su vida y ahora pretendía hacer una exquisita cena para su novia, por dos simples razones. Porque era diecinueve de septiembre, y ese día Hermione cumplía veintitrés años, y porque tenía que contarle una noticia que le haría tan feliz a ella como en ese instante se lo hacía a él.
Llegó a casa y se puso manos a la obra. Troceó la verdura, sazonó el pollo, coció la pasta, preparó la salsa, y dejó la cocina echa un asco. Así que mientras se asaba la verdura junto al pollo en el horno, limpió todo lo que había ensuciado, esperó a que la cena estuviese lista y luego corrió al baño para darse una buena ducha. Cuando ya estuvo completamente listo, se sentó en el sofá, con el ramo de flores en las manos y la mesa puesta, adornada con dos velas de color rojo y unas bonitas copas de vino, a que Hermione pusiese un pie en el apartamento después de un duro día de estudios y trabajo en el museo.
Tonks cerró con llave la puerta del la floristería justo cuando Charlie llegaba caminando por la acera.
—Fin de la jornada.
—Al menos hasta el lunes—Comento Charlie mientras dejaba en los labios de su novia un suave beso a modo de saludo—Bien ¿Dónde vamos?
—Me gustaría cenar en uno de esos restaurantes que están frente al río Dîmboviţa.
—Tus deseos son órdenes para mí. Voy a pedir un taxi.
Charlie levantó la mano para hacer una señal a un taxista que pasaba cerca, pero Tonks le sujetó el brazo, consiguiendo que lo bajase. Aun así el taxi paró frente a ellos.
—¿Qué ocurre Tonks?
—Nada, pero me gustaría que caminásemos juntos un poco. No hay prisa por cenar.
Charlie sonrió, y con un gesto le indicó al taxista que siguiese su camino. El hombre murmuró unas palabras en rumano, y se alejo de ellos con cara de pocos amigos. Charlie se encogió de hombros y Tonks soltó una carcajada. El pelirrojo pasó un brazo por los hombros de su novia y después de estamparle un beso en la mejilla, caminaron juntos hacia el río que cruzaba la ciudad dispuestos a disfrutar de un buen restaurante, una buena comida y una mejor compañía.
Ron dio un respingo en el sofá cuando oyó tintinear las llaves de Hermione y escuchó los pasos de ella. Se puso en pie, escondió detrás de su espalda el ramo de flores, y esperó impacientemente a que la chica entrase en el salón. Y Hermione no tardó mucho en hacerlo. Nada mas entrar pudo ver la mesa, y a Ron de pie con una enorme sonrisa delatadora, escondiendo algo detrás de su espalda. Hermione dejó caer su maletín y su bolso sobre el sofá, y haciéndose la desinteresada, preguntó.
—Vaya ¿A qué viene esto?
La sonrisa desapareció del rostro del muchacho y frunció el ceño, mirándola con desconfianza.
—Es imposible que no recuerdes que día es hoy.
—Umm…
—¡Tu cumpleaños Hermione!—Exclamó el pelirrojo indignado.
La muchacha rompió en risas mientras caminaba hacia él sin dejar de reír.
—Por supuesto que lo recuerdo, y me hace muy feliz que tú también ¿Qué tienes hay detrás?
—Una cosa—Contestó Ron dejando ver de nuevo la misma sonrisa que antes.
—Déjame verlo.
Ron tomó aire y sacó de detrás de su espalda el ramo de flores que Tonks había confeccionado para su regalo aquella tarde.
—¡Oh Ron! Son hermosas… ¿Cómo supiste que mis favoritas son las silvestres?—Exclamó Hermione mirándolas embelesada.
—Recordé que el día que fuimos a recogerte al aeropuerto, mi hermano entró en una tienda y compró un ramo con estas mismas flores. Dijo que eran tus favoritas.
—Vaya, te acordaste de una insignificancia como esa…
—No es una insignificancia Hermione. Aquel fue el primer día en que te vi, fue un día importante.
La joven sintió como se le llenaba de ternura el corazón, se acercó más a él y poniéndose de puntillas lo besó dulcemente en los labios.
—Gracias.
—Tengo más sorpresas.
—¿Ah sí, qué?
—Siéntate y lo verás.
Hermione obedeció a su chico y se sentó a la mesa, dejando antes el ramo sobre el sofá. Ron desapareció tras la puerta de la cocina y regresó al poco tiempo portando una fuente que humeaba mucho. La depositó sobre la mesa y destapándola, Hermione pudo comprobar que se trataba de un pollo al horno.
—¿Lo has hecho tú?
Ron asintió con energía y volvió a desaparecer, trayendo una ensaladera con una vistosísima ensalada de pasta. Hermione no lo podía creer, Ron había cocinado para ella, aquello si era una gran sorpresa. Una vez todo estuvo sobre la mesa, el pelirrojo encendió las velas y ambos comenzaron a degustar la cena. Podría decirse que a simple vista la comida parecía exquisita, pero Ron tuvo que reconocer que el pollo estaba un poco seco y la ensalada de pasta salada. Pero a Hermione le dio igual y comió de ambos platos, el esfuerzo que Ron había hecho solo por ella bien merecía la pena cualquier sacrificio. Cuando terminaron de cenar, el joven recogió rápidamente todos los platos sucios y sacó de la nevera una botella de Champagne bien fría y dos copas. Luego puso música relajante, y después de descorchar la botella, llenó las copas y se dispusieron a brindar.
—Por la cena, porque sigamos disfrutando de cosas juntos y porque estas aquí, hoy, conmigo.
Ron sintió como se le coloreaban las mejillas con las palabras de Hermione, mientras notaba como el iris castaño de su novia se clavaba en él. El pelirrojo alzó la copa y la hizo chocar contra la de ella. Luego apuró el contenido de un solo sorbo.
—¿Cómo es que Charlie y Tonks no están celebrándolo con nosotros?—Inquirió Hermione que bebía el líquido dorado y burbujeante de su copa con mas tranquilidad que su chico.
—Los largué, les dije que desaparecieran esta noche.
—¡Oh Ron! pobres…
—No te preocupes son una pareja con recursos—Rió el pelirrojo—Además, los regalos aun no han terminado.
—¿Ah no? ¿Qué me tienes guardado?—La voz de Hermione sonó susurrante y sugerente. Ella sabía a lo que él se refería y únicamente participaba de ello.
—No deberías hablarme de esa forma, o terminaré mostrándote lo que tengo guardado mas rápido de lo que piensas.
Hermione rió y dejando la copa medio vacía sobre la mesa se abalanzó sobre el joven. Sus labios chocaron, pero solo un instante porque enseguida dejaron paso a que fuesen sus lenguas las que llevasen el control del beso. Un beso lleno del deseo y la ternura que habían regido su relación desde que ésta comenzase solo un verano atrás. Ron alzó a Hermione en brazos, sin dejar de besarla. Ella entrelazaba los dedos en su cabello rojo enredándolo y tirando de él. Abandonaron el salón y entraron en su habitación. Los muelles de la cama crujieron cuando Ron dejó sobre ella el cuerpo de Hermione y luego sin esperar más tiempo, desabrochó su camisa y el cinturón de su pantalón dejando ambas prendas esparcidas sobre el suelo. Luego se tumbó junto a la chica que lo miraba con los ojos ardientes y una sonrisa tentadora en los labios. Ambos gestos era una señal demasiado clara de lo que deseaba y de lo que él iba a ofrecerle. Los labios húmedos de Ron se hundieron el cuello de la joven, recorriéndolo con avidez, mientras sus dedos expertos dejaban al descubierto la prenda íntima femenina que cubría los senos de Hermione. La muchacha emitió un débil gemido cuando notó el tacto del dorso de la mano del pelirrojo sobre su vientre, suave y lenta. Y luego aumentó la intensidad del siguiente gemido cuando esa mano ya no acariciaba su vientre sino que se había introducido por debajo de su falda y hacía presión sobre el interior de sus muslos. La forma en la que él la tocaba era maravillosa, una mezcla de pasión y sentimientos. Podía ser rudo y salvaje, y un segundo después tornarse delicado y dulce. Era tan desquiciante como excitante la forma en que lo hacía. Definitivamente aquel chico conseguía volverla loca cada día que pasaba junto a él. La boca de Ron ya no estaba sobre el cuello de Hermione y ahora se dedicaba a besar y lamer los senos ya desnudos de la joven. Su cuerpo se revolvía, se contorsionaba y se ofrecía completo a él, mientras los labios de Ron siguiesen sobre sus pechos y sus manos jugueteasen por dentro de su falda y su ropa interior. Y lo demás pasó como debía pasar, la falda de Hermione duró poco sobre su cuerpo y su ropa interior mucho menos, al igual que la de él. Sus cuerpos se acoplaron, ensamblados a la perfección porque estaban hecho el uno para el otro. Sus movimientos fueron lentos y luego rápidos, sus respiraciones agitadas y sonoras, sus corazones palpitaban tan fuertes como lo hacían sus sexos, y en medio de una explosión conjunta toda la tormenta vivida quedó reducida a una húmeda calma de cuerpos sudados, entregados y exhaustos.
La melena castaña de Hermione reposaba sobre el blanco, pecoso, y torneado pecho de Ron. Había sido una noche perfecta, el ramo, la cena, el encuentro, pero sobre todo él. Ron acariciaba con suavidad los bucles desordenados del cabello de su novia.
—Hay algo mas—Susurró—Algo que tengo que contarte.
Hermione dejó de apoyar la cabeza sobre el torso de Ron y lo miró desconcertada.
—¿Sabes que es FC Dinamo de Bucarest?
—Umm ¿Es futbol?
Ron esbozó una sonrisa, estaba claro que Hermione no lo conocía en absoluto y daba palos de ciego.
—Es un equipo de futbol de la ciudad, juega en primera división. No es el mejor y no han tenido mucha suerte con los entrenadores últimamente. Despidieron al último hace un par de días…
Los ojos de Hermione se abrieron de par en par.
—¿Tratas de decirme que…?
—Sí, seré yo.
—¡Oh cielos Ron! ¡Es fantástico!—Exclamó la joven emocionada.
—Solo una temporada, es la única condición que les puse. Cuando supieron quien era yo no dudaron en ofrecerme el puesto.
Mientras decía eso Ron se había incorporado un poco y se dejaba caer sobre el codo derecho para poder mirar la reacción de su novia. La muchacha abrazó feliz al joven y le dio un rápido beso en los labios a modo de felicitación. Ron sonrió y luego inesperadamente salió de la cama, sin preocuparse en cubrirse. Hermione lo miraba sin entender muy bien porque estaba en cuclillas, desnudo y revolviendo los bolsillos de los pantalones que reposaban sobre el suelo.
—¡Aquí está!—Dijo girándose hacia ella.
Hermione soltó una risita, la excitación de Ron aun no se había esfumado del todo.
—Toma, es el último regalo de hoy. ¡Feliz cumpleaños Hermione!
Era un regalo pequeño, envuelto en papel dorado y decorado con un lazo del mismo color. Hermione lo agarró nerviosa, Ron se sentó a su lado mientras ella desenvolvía el paquetito. Una cajita de plástico apareció debajo del envoltorio.
—Ábrelo.
Y lo hizo, con un poco de dificultad, pero lo hizo. Dentro había una pulsera rígida de plata. Hermione contempló la humilde y nada ostentosa joya con el corazón encogido. Era hermosa. La sacó de la caja con cuidado, y cuando fue a colocársela se dio cuenta que en su interior había una pequeña inscripción. Hermione miró a Ron y éste le sonrió, abriendo mucho sus azules ojos.
—Léela.
Hermione tragó saliva y leyó…
—"Gracias por devolverme la confianza. Te amo"… ¡Oh Cielos!
—¿Te gusta?
—No preguntes bobadas, me encanta… Pónmela.
Ron agarró la pequeña joyita y la colocó suavemente sobre la muñeca derecha de Hermione que temblaba por la emoción. Sus labios volvieron a fundirse en otro beso, esta vez mas calmado, mas tierno, un beso que emergía del fondo de su corazones. Ron volvió a tumbarse completamente sobre la cama, mientras observaba embelesado como su novia contemplaba la pulserita sobre su muñeca. Hermione suspiró profundamente mientras dejaba caer su cabeza sobre el torso de Ron esparciendo una vez mas su melena castaña por él. Los dedos del pelirrojo volvieron a juguetear con los rizos del cabello de la joven. Y se quedaron allí, juntos, en silencio. Disfrutando de la calma, de sus respiraciones, de los latidos intensos de sus corazones, de la paz y la tranquilidad de saber que siempre contarían el uno con el otro, que lucharían porque nada pudiese romper aquello que desde ese instante comenzaban a crear juntos. A los pocos segundos, sus ojos ya se habían cerrado, y sus cuerpos unidos en un abrazo, dormían placidamente, soñando tal vez con la infinidad de momentos que sucedieron aquel hermoso y entrañable verano que los había unido para siempre.
Fin
Eso es todo, por esta semana, la siguiente publicaré el epilogo y daré por finalizado este fic....
Gracias a todos por la paciencia, por la fidelidad y por ser como sois, y por hacer que este fic llegue en esta página a los 500 post, es solo mérito vuestro.
Gracias a LadyZabala, fatty73, AphroditeEvangeline, nena weasley granger, Kisa kuchiky, danielaweasley, avril3potter3and3xD, Amidalexxa, Ceciss, Meletea (pensaré lo de la historia con los twins ;) ), Susy Snape, Riswe(No es ningun aprieto, ya lo habia pensado pero tal vez me faltaba un empujoncito, no está descartado), estefita, Gelen, por vuestros post en el capitulo anterior.
Besos, hasta la semana que viene...
María.
