Cocoon
~Paraíso Unipersonal~
-Capítulo 26-
Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco una ganancia comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.
Algunas horas habían pasado pero a pesar de que la tormenta ya había cesado, la lluvia aún se resistía a dejar de caer. Acompañada por el suave sonido del goteo contra la ventana, Corinne finalmente pudo caer presa de un profundo sueño: había pasado una semana a la intemperie y aunque estuviese acostumbrada a ese tipo de vida, sus descansos no habían sido precisamente reparadores.
Todavía algo desorientado por el shock de la noche anterior, apenas despertó en aquel gris mediodía, la cabeza de Afrodita se encontró con un terrible dolor de cabeza. Giró de un lado al otro sobre el colchón, sus ojos moviéndose con pereza en búsqueda de Death Mask… ¿Qué habría pasado anoche? Luego de ver el estado calamitoso en el que quedó su jardín todo se volvió negro, y no recordaba más nada…
—Ugh, genial. — refunfuñó aún algo adormilado, al notar que Cáncer no estaba a la vista.
Enseguida un fuerte ronquido lo asustó y se hizo un poco hacia atrás. Su ceño se frunció, acorde a su incipiente mal humor… Era demasiado pronto para tanto escándalo.
—Este desgraciado de Máscara… Siempre tan ruidoso…
Tras pasarse ambas manos por los cabellos y revisar la hora en el reloj que tenía sobre la mesita de luz, el pisciano se puso de pie con desgano. Se acercó hacia la silla sobre la cual apoyaba siempre su salida de cama, pero para su sorpresa, esa vez no había nada. Afrodita dejó salir un bufido y miró hacia abajo, no podía creer su mala suerte: sus pantuflas favoritas también habían desaparecido.
Hecho una furia dio unos pasos hacia el armario y tomó otro par, caminándolo unos metros dentro de la habitación para que se amolden mejor a él, pero no era lo mismo, él quería las de siempre, las que ya había amoldado a sus pies, y no tenerlas sólo lograba que su enfado se acrecentase. Ahora sí, y con cara de muy pocos amigos por la incomodidad, Piscis avanzó hacia la sala de estar, el sonido de los ronquidos volviéndose más y más fuerte… Hasta que la vio. Frente a los bellos ojos de Afrodita, aquella joven de dorados cabellos dormía lo más campante, completamente despatarrada sin ningún tipo de decoro.
—¿¡PERO Q- —exclamó hecho una furia, corriendo hacia donde ella reposaba. —¿¡Qué diablos haces aquí adentro!?
El pisciano recorrió el cuerpo a medio destapar de Corinne, increíblemente indignado.
—¿¡Quién crees que eres para usar mis prendas de ropa!?
Pero lo que más irritó al joven fue el hecho de que, con todo el escándalo que él había montado, Corinne no se despertase ni por un solo segundo. Sus gritos sólo habían provocado que ella se de vuelta e intensifique sus ronquidos, provocándole a Piscis un temblor en el párpado inferior del ojo izquierdo.
Ante semejante falta de respeto tomó una de las enormes rosas que descansaban en el florero de la mesa principal y se agachó frente a ella, entrecerrando los ojos.
—Un animalito salvaje como tú no debería estar tan desprotegido… — susurró él, al instante llevándose una mano a la nariz para taparla. —UGH hasta tu aliento es digno de una bestia.
Y mientras intentaba contener el aire para no tener que sufrir por el aroma bucal de la joven, Afrodita acercó los hinchados pétalos de aquella rosa y los deslizó por debajo de los orificios nasales de Corinne, intentando despertarla por la picazón. Gracias a los estímulos de aquella planta la joven se movió un poco pero sin despertar por completo, más dejó salir un sonoro estornudo que empapó por completo el rostro de Piscis y prosiguió por volver a dormirse.
—QUEASCOQUEASCOQUEASCO— Afrodita se llevó las manos al rostro, quitándose desesperadamente la saliva. —¡Ahora sí te lo buscaste!
Sintiéndose sucio e impuro, sus delicados dedos dejaron que el tallo de la rosa se deslice sobre el brazo de la joven, de a poco enterrándolo en varios sectores mientras que dejaba salir sus turbulentas emociones. Su rostro se fue aflojando a medida que comprobaba cómo el dolor iba causando mella en la rubia, inmiscuyéndose segundo a segundo en dicha acción, clavando cada vez más profundo. Acarició la morena piel hacia arriba, visitando el expuesto escote que, dentro de su estado, ostentaba con libertad, y tras perderse a través del sector que cubría su esternón tomó un claro envión hacia el sobresaliente ombligo de Corinne. Quería clavárselo allí, profundo, hacerla retorcer de dolor…
Alzó la mano con rapidez, expectante, y la dejó caer sin prisa, sus pupilas entornadas y ennegrecidas. Más un repentino escalofrío lo recorrió al venírsele a la mente un rostro extremadamente familiar…
—Ugh…
Al instante se detuvo, llevándose una de aquellas extremidades hacia la frente, sosteniéndose por la sien.
—Estas son las cosas raras que le gustan a Death Mask. — reconoció con desagrado, echándose atrás: llegar a ese punto era inaudito. Se colocó otra vez cerca de ella, con la boca cerca del oído de la joven —Bueno, si con sutilezas no funciona… ¡DESPIERTA YA!
Ante semejante grito sus tímpanos se sacudieron y Corinne se reincorporó de golpe, agitada. El corazón le latía con fuerza y en su cabeza seguían haciendo eco las palabras con las que la habían despertado. Confundida por lo repentino de la situación movió la cabeza, encontrándose de frente con el mismísimo dueño de casa.
—Querida tienes diez segundos para explicar qué haces aquí adentro y por qué llevas mi ropa puesta.
Pero apenas la joven abrió la boca para contestar, Piscis se alejó al instante con cara de espanto.
—¡NO! Mejor primero ve al baño y lávate los dientes, tienes un aliento digno de los orcos y no puedo tolerarlo. — agregó, el espanto tatuándosele en los ojos.
Mientras Corinne se puso de pie, no dejó pasar la posibilidad de revolear los ojos para arriba… No le importaba si él la veía, la verdad era que desde el primer momento había sido extremadamente maleducado con ella. Pero ahora que ya estaba allí, tenía que buscar la manera de llevarse bien con Piscis, no podía concebir el hecho de que la convivencia se desarrollase solamente de esa manera.
—¿Dónde…? — esbozó la joven, Afrodita interrumpiéndola enseguida.
—¡Al fondo del pasillo!
Una vez adentro del baño el pisciano se acercó rápidamente, apoyándose sobre el marco para mirarla con el ceño fruncido.
—Escúchame bien. — acotó de mala gana. — Al lado del inodoro hay un cajón de plástico… Allí dentro hay un cepillo de dientes que uso para limpiar el inodoro, tendrás que lavarte con ese, no tengo otro.
¿Acaso había oído bien…?
Corinne lo miró con desdén, los labios levemente entreabiertos... ¿De verdad había dicho eso? Cada vez que pensaba que había llegado a un límite, aquel hombre no hacía más que derribarlo y aumentar la apuesta. Pero, ¿qué más pretendía…? La expresión de Afrodita le decía que realmente había sido en serio, por lo que, sin mediar palabra, le dio un portazo en la cara.
Es que, ¿¡cómo iba a usar algo que previamente había estado adentro del inodoro!? Para eso no se lavaba nada y ya está, problema solucionado. Con los puños apretados lo más fuerte que pudo, la joven revoleó los brazos en el aire para dejar salir parte de su frustración, reprimiendo todos los insultos que quería expresar a los gritos, y de paso partirle la cabeza con alguna de las sillas u objeto contundente que se le cruzase por el camino, pero no… Debía ser paciente, debía aguantar un poco más, después de todo había maneras más inteligentes de tomar venganza.
Con una sonrisa en el rostro se agachó junto al sanitario y destapó la dichosa caja, tomando el cepillo que Piscis le había ofrecido segundos antes: las cerdas estaban apelotonadas en direcciones dispares, mientras que el color blanco de las mismas mutaba a un muy característico marrón en los largos, finalizando con el moho negro en la base.
—Para ser tan fino no guarda mucha limpieza con este tipo de cosas…
Una vez que lo tenía a mano, abrió la canilla y procedió a colocar dentífrico en el cepillo de dientes de Afrodita, usando ese mismo para lavarse a gusto y placer.
—¿No estarás usando mi cepillo, no…? — insistió Piscis del otro lado de la puerta, colocando la oreja sobre la superficie de madera para escuchar mejor.
¡Maldito Afrodita! ¿¡Cómo diablos sabía!? No podía negar que, por más fastidioso que fuese, tenía una enorme intuición…
—Noooo… Paga nagda — Corinne contestó como pudo, con la boca llena de espuma del dentífrico. —Pog supuegto que gno.
Tras algunos segundos más procedió a enjuagarse y limpiar la pileta, y de la manera más silenciosa que pudo comenzó a frotar ambos cepillos entre sí, procurando que el de Piscis se impregne de toda la mugre que el otro que se suponía que usase, pero sin que se note demasiado.
Para cuando salió del baño Afrodita todavía estaba allí de pie, mirándola con desconfianza.
—Sígueme — indicó yendo hacia la cocina, para luego señalarle a Corinne un banquito pequeño que se encontraba en una esquina. —Siéntate allí.
—¿Qué es esto? ¿Un régimen militar…?
—Uff querida, ya estás adentro… Mi casa mis reglas, ¿entendiste bien?
Apenas el joven se dio vuelta por unos segundos para revolver un canasto de ropa sin planchar, ella le dedicó una poco disimulada mueca burlona a sus espaldas.
—Obviamente esto es gracias al cangrejo, así que después hablaré con él. —continuó, buscando algo entre las prendas que se encontraban allí. — Ahora quítate mi ropa que tengo que desinfectarla.
—¿Y qué quieres que me ponga?
El pisciano se dio vuelta y le revoleó una remera de dudoso aspecto: no sólo le iba a quedar grande, sino que se encontraba agujereada y desteñida. Corinne la tomó, mirándola con desconfianza.
—¿Y abajo…?
—Menos preguntas y más acción. — la apuró él, extendiendo la mano. — Dame mi bata de una buena vez.
Un excesivo sopleteo brotó de la boca de aquella enorme mujer, desnudándose con rapidez enfrente de él; pero a diferencia de Death Mask, Afrodita no quiso mirarla en lo absoluto, corriendo sus ojos hacia un costado durante el proceso. Ahora cambiada, la joven de cabellos dorados volvió a sentarse en el banquito, aunque de cómodo no tenía poco: era petiso y estrecho, haciéndole doler las rodillas por la posición.
—Ya que estamos hablando de este temita, eh, ¿Corinne era tu nombre…?
Ella asintió, sorprendida por el hecho de que Piscis se hubiese dignado a pronunciar su nombre.
—Bien, voy a dejarte en claro MIS reglas. — continuó, aclarándose la garganta y mirándola de mal modo. —Número uno: bajo ninguna circunstancia te quedarás en esta casa si yo no estoy… Si yo salgo tú también lo harás, aunque te la pases dando vueltas por el Santuario, eso ya no es mi problema, ¿entendiste?
—Sí, entendí.
—Bien, no eres tan tonta como pensaba…
Corinne le devolvió el mal gesto de segundos antes, levantando una ceja ante el comentario del joven.
—¿Por qué me miras así? — inquirió Piscis, frunciendo el ceño.
—Por nada, ya continúa de una vez…
—No me apures querida… Regla número dos: te vas a bañar todos los días. — ahora Piscis se mordió un poco el labio, pero tomó aire y continuó. — Y la más importante de todas, Carinne…
—Es Corinne.
—Bueno bueno, Corinne… Regla número tres: está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO que entres a la habitación del fondo, esa que estaba junto al baño… ¿Entendiste? TERMINANTEMENTE PROHIBIDO.
—Sí, sí, ya entendí. — corroboró ella, sopleteando del hartazgo, moviendo la mano como si nada. — Salgo contigo, vuelvo contigo y no entro a la pieza esa… Pero lo del baño no era necesario, no soy una roñosa.
El pisciano frunció los labios, volviendo a mirarla con desprecio.
—No me consta, te veías bastante feliz entre la suciedad.
—Pues no me he bañado porque alguien no me dejaba pasar…
—Ah pues esas son puras excusas, podrías haber utilizado las duchas del onsen. — Afrodita masculló maliciosamente. — Pensar que por primera vez un capricho de la loca hubiera sido útil…
—¡Pero no tenía manera de saberlo! Me hubieras dicho… — contestó Corinne, su rostro denotando una profunda humillación, especialmente ante la risotada que el dueño de casa profirió frente a ella.
—Ni en tus sueños querida, arréglatelas por ti misma si tanto deseas estar aquí.
Bueno… Era un comienzo, sabía que él no se abriría ante ella tan fácilmente. Por lo pronto podía considerarse afortunada –en una muy extraña manera– por haber logrado entrar sin que la eche a patadas… Conviviendo con ese hombre, la verdad era que contar con el lujo de un inodoro y una ducha caliente era toda una victoria.
Casi como por ósmosis, en ese incómodo momento, las palabras que Death Mask pronunció la noche anterior antes de irse se le vinieron a la cabeza, y una frase comenzó a formarse entre sus labios:
—¿Qué te parece si te ayudo con tu jardín…? — esbozó decidida, mirándolo a los ojos. — Admito que me siento algo culpable por lo de… eh, los desechos.
Por supuesto, con el terrible carácter que ostentaba, al pisciano no le tomó mucho tiempo pensarlo.
—No te voy a dejar descansar ni un solo segundo. — le respondió, cruzándose de brazos y dedicándole una horrible sonrisa.
Definitivamente la haría trabajar hasta que llore.
๑۩۩๑
A pesar de que aquella era una tarde gris y lluviosa, dicho detalle no parecía ser un impedimento para que los Caballeros lleven a cabo sus actividades diarias. Bajo el sector techado de la arena de entrenamiento del Santuario, los ojos de Aioros se perdían en el más allá, recreando en su memoria el rostro de Nanako. Nuevamente pasaba tiempo sin verla, sin mantener contacto con ella y de a poco su sector depresivo comenzaba a tomar control de él, volviendo a sentirse como la última vez: sin respuestas, sin certezas, a la deriva de los caprichos de ella… ¿Le habría mentido? ¿Por qué no habría vuelto a hablarle?
Sagitario estaba tan inmiscuido en sus fabulaciones que no lograba en lo absoluto concentrarse en la práctica, una voz varonil gritando con fuerza delante de él:
—¡Cuidado!
En ese mismo instante recibió con toda potencia un tremendo golpe de puño en el rostro, provocando que vuele algunos metros hacia atrás. Aioria se llevó las manos a la boca, asustado, y corrió hacia donde yacía su hermano… El puñetazo había sonado muy fuerte, y realmente temía haberle roto algunos dientes.
—¡Aioros! ¿¡Estás bien!? — exclamó con miedo, mirándolo desde arriba. —Sé que soy rápido, pero era algo que podrías haber esquivado…
Su hermano mayor lo miró por el rabillo del ojo y suspiró. Todo frente a él se veía distinto, algunos destellitos de colores flotando por la intensidad del impacto, la respiración acelerada de nervios.
—Ay vamos, ¿en serio fue para tanto…? Vamos, levántate, no estás como siempre.
Aioria le extendió la mano, algo incrédulo por la fragilidad de Aioros, quien aceptó el gesto enseguida: le venía más que bien, dado que la fuerza del León no era para nada despreciable; y rápidamente se encontró de pie gracias a un efectivo tirón, pero otra vez el recuerdo de Nanako lo traicionó y su rostro terminó encendiéndose en un intenso sonrojo.
—¿Qué te sucede Aioros? — inquirió el menor, dándole un codazo, divertido. —¿Problemas de polleras?
—Me siento avergonzado de admitirlo frente a ti, considerando que soy el mayor de los dos…
Sin empatizar demasiado con el sentimiento de su hermano, Aioria dejó salir una risita malvada, moviendo las cejas de arriba hacia abajo.
—¿Es por Nanako?
—¡Oye! — exclamó el sagitariano, incómodo. —¿Cómo sabes eso? Jamás hablé contigo de estas cosas… Sólo con Shura.
Lamentablemente para el leoncito, Aioros sabía que su hermano no era el recipiente adecuado para guardar ese tipo de emociones y secretos. No sólo era increíblemente egocéntrico, sino que además disfrutaba de pasarse de inmaduro con él, haciendo difícil –por no decir imposible– el hecho de hablar sobre temas importantes. Pero si había algo que Sagitario tenía que reconocer, era que desde la noche en la que se quedó a solas con Nanako, Shura se había comenzado a mostrar bastante distante. Su comportamiento había mutado de maneras obvias, y no podía entender qué era lo que le estaba pasando, puesto que el capricorniano no era precisamente un hombre que mostrase sus verdaderas emociones… Le estaba preocupando bastante, pero además de eso luchaba contra la presencia de aquella mujer en su mente, repasando constantemente las posibilidades de llegar a formalizar algo con ella.
Con tanta turbulencia adentro necesitaba desahogarse y Aioria no era el mejor oyente, pero…
—Ya, dale explicaciones a tu hermano. — lo apuró Aioros, mirándolo con poca paciencia.
El leonino refunfuñó un poco, pero finalmente contestó:
—Es que Milo me puso al corriente de todo.
Para desgracia de Sagitario, Aioria contaba con otra característica negativa: al igual que el escorpión, podía llegar a ser extremadamente chismoso; y al perderse los detalles de las cosas que sucedían a su alrededor, ya sea por ser distracción o cualquier otra razón, comenzaba a sentir una irremediable curiosidad, un molesto deseo por saberlo todo, así fuese bueno o malo. La charla que tuvo con Aldebarán esa tarde terminó por remover dichos sentimientos, y si alguien en ese lugar sabía de mujeres, ese era Milo… Bueno, también Kanon, pero no hacía mucho que había vuelto del viajecito por el Inframundo así que no estaba tan actualizado como él necesitaba. Así que sí, Escorpio era el indicado, y recurrió a él para enterarse de todos los pormenores del Santuario.
Al escuchar la respuesta simplona de Aioria, el sagitariano no pudo evitar revolear los ojos hacia arriba, apretando los labios: debería haberlo supuesto.
—Ok, sí, estuve lento. — admitió, humillado. — Es que a veces olvido que son amigos.
Aioria miró hacia un costado, intentando no cruzar sus ojos con los de él: no quería reírsele en la cara otra vez.
—Sigo pensando que es muy vergonzoso y patético hablar de estas cosas contigo… Pero bueno, eh… Sí, es por Nanako, ya hace tiempo que no me habla.
—Pues es obvio, su única amiga se fue del Santuario como si nada y está muy triste. — explicó Aioria como si estuviese diciendo algo obvio. — Qué mal ejemplo me das, hermano… ¿Acaso no lo sabías?
Lógicamente aquella última frase había sido en broma, pero al ver la expresión de horror de Sagitario tragó saliva, incrédulo.
—Aioros… ¿De verdad no lo sabías…?
Y en ese instante, apenas procesó las palabras del León, todo cobró sentido dentro de su perturbado pensamiento. Inmediatamente se dio media vuelta y comenzó a correr con dirección a la salida, directo hacia el templo de Aries. Nada le importaba más en ese momento que verla, que hablar con ella y acompañarla, que pedirle perdón por su estúpida ausencia, por su egoísmo… Estaba golpeado, sucio y transpirado, pero esperaba que a Nanako no le molestase, más no esperaba encontrarla tan fácilmente, considerando que la lluvia aún seguía castigando al territorio de Rodorio.
En el jardín, salpicada entre la tierra transformada en agua, Nanako se sentía viva nuevamente. Sus nalgas apoyadas en el suelo se habían teñido de marrón aunque sus ojos sólo reflejasen gris. Su humor lentamente estaba volviendo, a medida que intentaba acompasarse al paso de los días y a la nueva distancia con Kaname, tratando de que la ausencia de aquella amistad no pese más que su infortunio.
Aioros se acercó hacia ella con tristeza, un nudo en la garganta formado por la molestia de haber sido tan ignorante y descorazonado, y sin querer pisó algunas ramitas muertas, llamando la atención de la joven, quien lo miró sin expresión alguna: no esperaba verlo, pero tampoco sabía si realmente tenía ganas de hacerlo.
—Ah… Aioros. — lo saludó, desganada. — Hola.
En ese momento Nanako elevó una plegaria, rogando que él no dijese nada extraño, nada que pudiese desestabilizarla… Ese hombre tenía la virtud de desarmarla en segundos, y esta vez sí que no estaba para eso.
Mientras tanto, otra vez y como se había hecho costumbre en él, la mente de Aioros se volvía a perder en conjeturas, imaginaciones y problemas inexistentes, notando lo diferente que ella lucía, casi como si hubiese perdido todo color. Aquello lo preocupó incluso más que la partida de aquella joven cuyo nombre no recordaba, puesto que Nanako ni siquiera mostraba el semblante puro y angelical que ostentaba dentro de aquel Eden natural.
—Hola… — Sagitario habló, acercándose más a ella. — Eh… ¿Puedo sentarme contigo…?
—Supongo que sí.
Ante la respuesta positiva Aioros prosiguió a colocarse junto a ella, pero no tan cerca, puesto que quería respetar su espacio personal.
—¿Cómo te sientes? — inquirió dudoso. — Ehhh, por lo de tu amiga, claro.
"No aclares que oscurece", reza el dicho… Obviamente esa acotación fue completamente innecesaria y provocó que la joven se incomodase con creces, recordando con rapidez la extraña cercanía que ambos supieron experimentar en aquella madrugada después de "Azucar". Y es que divertirse era una cosa, pero en el momento en el que pasó a un plano más personal, Nanako volvió a retraerse, especialmente por la suerte de "arrepentimiento" que sintió al haberse sincerado un poco más con él.
Era lógico que, ante el avance que Aioros intentó generar esa vez, ella pensase que se refería a ese exacto momento: ante sus ojos la aclaración sólo funcionaba como excusa, y en ese momento era lo que menos necesitaba.
—No estoy de ánimos.
—Lo sé, es por eso que he venido a verte…
La joven miró hacia el suelo, sopesando sus palabras. No era que no apreciase su gesto pero dentro de su desconfianza no podía evitar sospechar que lo hacía por un motivo más egoísta, quizás como una manera de quedar mejor frente a sus ojos… Si realmente estuviese preocupado por ella bien podría haberse acercado antes, ¿o no?
—Sé que quizás no es el mejor momento, pero me gustaría que sepas que cuentas con mi apoyo. — Aioros continuó, tomando algo de aire. — ¿Por qué no vamos a comer algo? Digo, así te despejas…
—No intentes usar esta situación para tu propio provecho.
Aioros no creía recibir una respuesta positiva, pero tampoco esperaba que ella le conteste de tan mala manera: lo miraba casi con desdén y sus ojos reflejaban el dolor de la pérdida… Definitivamente se había apresurado, su mente otra vez le había jugado una mala pasada y ante aquello no pudo hacer más que tragar saliva con fuerza, juntando impulso para disculparse.
—A-ah, no… S-sólo quería intentar hacerte sentir algo mejor. — admitió algo cabizbajo. — Perdóname.
Aquella actitud estaba comenzando a molestarla demasiado, sin embargo, Nanako no tenía ni ganas ni fuerzas como para inmiscuirse en una discusión de esa magnitud, con alguien tan denso e insistente.
—Mhh… De todas maneras no tengo hambre, así que hubiese rechazado tu invitación.
—Sí, eso supuse…
Preocupado ante el clima incómodo que estaba creciendo entre ambos, Sagitario no pudo evitar desviar sus ojos hacia ella. Estaba compungido, podía sentir el aura de tristeza que la envolvía y casi como por inercia se acercó hacia ella, corriendo el mojado flequillo de la joven hacia un costado. Al instante Nanako se hizo hacia atrás, tomando distancia.
—¿Qué crees que haces…?
—Estás muy pálida… — logró mascullar con amargura.
Quizás ahora sí había ido demasiado lejos: su boca osó inmiscuirse contra su físico, contra lo único que realmente era tabú mencionar sobre ella. Definitivamente, aquel comentario había sido muy bajo…
—Puedo ver claramente tus ojeras… ¿Estás descansando bien? Me preocupas mucho.
El rostro de aquella mujer se oscureció con notoriedad, su poca autoestima recibiendo el equivalente de un balazo en el medio del pecho. Pues claro que tenía ojeras. Desde pequeña se le marcaban así, pero era la primera vez que se mostraba a cara lavada frente a él.
Estaba siendo muy desalmado… Hubiera deseado que él jamás lo mencionase, ¿acaso no dijo amarla…?
Muy en el fondo, se sintió inmensamente decepcionada.
—Estoy como siempre. — contestó, avergonzada.
Más sus ojos se abrieron angustiados al notar que el joven negaba con la cabeza, y Nanako se llevó ambas manos hacia las orejas, tapándolas con las palmas.
No.
No.
No, no quería escucharlo.
—Estás equivocada… Nunca te vi así. — Aioros enseguida la contradijo, y dio el golpe de gracia. — Hoy no brillas.
Él, quien dijo amarla, quien dijo querer esperarla hasta el final, hasta que ella organice su mente, quien tuvo la delicadeza de mostrarle que tenían más cosas en común de lo que parecía a simple vista.
—T-tenías… — balbuceó con dificultad por unos segundos, intentando continuar. Temblaba y la voz se le hacía añicos mientras las lágrimas fluían silenciosas por sus mejillas. —¿T-tenías que ser tan malditamente cruel como para decirlo…?
Él, Aioros, quien por única vez la había visto completamente al desnudo, sin un gramo de maquillaje, sin fachadas de personalidad ni actitud, lo único que pudo hacer fue remarcar lo mal que lucía. Lo enferma que se veía, como si fuese una desgracia, algo que ella no pudiese permitirse.
Sabía que era tonta por desilusionarse, siquiera debería haber tenido la más mínima expectativa de que fuese diferente… Pero ya no tenía que forzarse más a conocerlo, ni a tratarlo.
Si era por ella, Sagitario podía irse en ese instante al mismísimo demonio.
Por supuesto que Aioros no era tonto, y en el preciso momento en el que la vio taparse los oídos supo que otra vez había vuelto a arruinar todo. Sin embargo, podría haber parado, podría haberse detenido, o incluso cambiado el rumbo de sus palabras…
Sucede que, internamente, había estado juntando un poco más que "algo" de resentimiento. Quizás ella podría sufrir, considerando las penurias que él supo pasar por su culpa… Más aquel sentimiento no le duró mucho: enseguida lo invadió el arrepentimiento y se abalanzó sobre ella, intentando abrazarla por la fuerza.
—Suéltame. — ordenó con rabia, intentando forcejear contra él a pesar de que era consciente de que aún no había vuelto a recuperar sus energías.
Sabía que no la soltaría, sabía que era en vano resistirse, él tenía más fuerzas y su insistencia estaba comenzando a pasar a otro plano de peor augurio; pero no podía evitar querer alejarse, en especial al sentir las manos de Sagitario intentando presionarla contra él con fuerza.
La protuberancia de los omoplatos de Nanako lo tomó por sorpresa y de a poco comprendió la real fragilidad que demostraba. Ella no era así antes: recordaba muy bien su cuerpo desde esa vez que la vio en el onsen.
Nanako se mantuvo firme en su rechazo, pero no pudo evitar encogerse un poco.
—Busquémosla juntos.
—¿Qué rayos dices? — espetó ella, aprovechando su distracción para deshacerse de su contacto.
—Si la falta de tu amiga es lo que te tiene así, entonces busquémosla juntos… — explicó Sagitario, esbozando una sonrisa. — Traigámosla de vuelta al Santuario.
—Vuelve a la Tierra Aioros, eso es imposible.
Cómo le hubiese gustado que fuese real. Pero parte del duelo era aceptar la pérdida: Kaname no volvería, y no permitiría que nadie le hiciese ilusiones ni le vendiese espejitos de colores… menos que menos él.
Quería creer.
Realmente deseaba volver a verla.
Pero no gracias a Sagitario.
—Yo sólo quiero que estés bien… Intentaré averiguar todo lo que pueda sobre ella, pero prométeme que te mejorarás, de verdad me preocupas.
Otra vez Aioros alzó su mano hacia ella, y los puños de Nanako se apretaron instintivamente, producto de la rabia.
—¿Qué estás ha-
—Para mí siempre serás hermosa. — la interrumpió Sagitario, posando la yema de sus dedos sobre la clavícula de aquella mujer.
Volvió a sonreírle, y su imagen se volvió tan desagradable que Nanako no pudo más que tragarse las nauseas.
"Estás enfermo" quiso decirle, pero las palabras se le esfumaron a través de la tráquea.
No volvería a llorar frente a él.
๑۩۩๑
Aún después de tantos días, el mayor de los gemelos seguía viviendo en el Templo de Virgo. El recuerdo de Kaname todavía lo perseguía, siendo imposible de apaciguar en poco tiempo, pero esta vez era diferente: el apoyo de Shaka estaba demostrando ser invaluable, enseñándole de a poco a encausar y llevar el sufrimiento de una mejor manera. Aquel Caballero había tomado la iniciativa de introducirlo al arte de la meditación, y al menos eso servía para que Saga se mantuviese más distraído durante el día, especialmente cuando Shaka lo acompañaba. Sin embargo en las noches no encontraba más remedio que entregarse nuevamente a la tristeza… No podía evitarlo, por algún lado tenía que dejar escapar la pena que todavía lo rodeaba.
Lamentablemente para Shaka, las cosas no se estaban volviendo más fáciles: no quería que Saga escape de la realidad, pero por otra parte sentía la necesidad de acompañarlo, puesto que sabía que el geminiano no contaba con los recursos adecuados para afrontar la pérdida de aquel amor. Cada vez que pensaba en empujarlo hacia adelante, en forzarlo a avanzar, la mente de Virgo se veía invadida por los recuerdos de esa noche en la que Saga acudió a él, tembloroso, destruido hasta el fondo… No quería ser débil ante la lástima, puesto que él se consideraba un hombre de principios inquebrantables, pero el estado de su amigo lo tenía muy preocupado.
Y es que Saga estaba volviendo a mostrar aquella tendencia tan autodestructiva que supo ostentar cuando Kaname llegó a su vida, y Shaka estaba plenamente convencido de que él lo hacía proactivamente, es decir, con total consciencia de sus actos: antes que enfrentarse a sus miedos Géminis prefería retraerse, gustaba de desplazar sus tareas principales y afectos en pos de una realidad paralela. Otra vez se había alejado de todos, con excepción de Shaka, pero esta vez era mucho peor que antes ya que ni siquiera iba a trabajar… Sólo estaba escapando de la realidad y si no rectificaba su actitud pronto, Virgo sabía que traería consecuencias negativas para ambos…
Algo extraño estaba formándose en el aire.
Tal como lo habían hecho durante los días anteriores, los dos Caballeros se encontraban sentados en la sala de meditación del Templo, intentando relajarse previo a inmiscuirse en dicha actividad.
—Saga. — lo llamó Virgo, con el mismo semblante sereno de siempre. — Tenemos que hablar.
Muy despacio, acompañando el movimiento con una profunda respiración, Saga abrió los ojos. Aprovechó para estirar las piernas lo mejor que pudo, puesto que aún no estaba acostumbrado a la posición de loto con la que Shaka tanto insistía.
—¿No sería mejor esperar a terminar?
Por dentro algo le decía que Virgo lo ignoraría olímpicamente… y no se equivocó.
—Saga, no me malinterpretes por favor, me gusta pasar tiempo contigo pero ¿por cuánto tiempo más pretendes quedarte aquí?
El mayor de los geminianos cambió la expresión al instante, agachando el rostro por algunos segundos: debería haberlo supuesto, era obvio que Shaka se cansaría… Honestamente, él mismo se sorprendía de lo mucho que Virgo había aguantado.
—La verdad es que no lo he pensado. — admitió con pesar.
—¿No te parece egoísta todo esto? Saga, ¿no te cansas de escapar?
Oh no. Ya sabía lo que se avecinaba y su buen humor se fue por el drenaje, comenzando a sentirse molesto e irritado: no quería que lo hagan hablar de eso.
—¿Y qué más quieres que haga?
—Pues para empezar podrías retomar tu trabajo e ir a visitar a tus amigos… Has sido injusto con ellos y lo sabes. — Shaka insistió, luchando por sonar conciliador. Era lógico que dicha verdad fuese dura de digerir. — Esta es la segunda vez que dejas a la gente que te quiere de lado, ¿no te parece mucho, considerando que eres un adulto?
—Shaka… Por favor, no quiero entrar en este debate. — Géminis fue terminante, aunque supiese que todo esto recién estaba empezando. — De verdad lo digo.
—Hace meses que vienes escapando y abstrayéndote de la realidad… Eso no está bien, soy tu amigo y tengo el deber moral de hacértelo saber. — pausó por unos segundos, al sentir el aura de incomodidad que emanaba por el cosmos de su amigo. — No la responsabilices a ella por todo esto, tú eres el que no ha sabido plantarse como una persona adulta.
¿Por qué la mencionaba? Basta, ya no podía más…
—Tú no estás en mis zapatos…
Pero para su desgracia, Virgo era implacable.
—¿Esto es lo que realmente quieres para tu vida? ¿Para tu futuro? ¿Quieres que tu efímera existencia se convierta en una carrera infantil de escape? Saga, dime… ¿por qué eliges sentir dolor? Te lo dije claramente cuando viniste esa vez, ¿has pensado en eso siquiera?
Shaka súbitamente frenó el sermón. Se puso de pie y se llevó una mano hacia la sien, suspirando profundamente.
—Quiero que te vayas de mi casa antes del atardecer.
Aquello provocó que un desesperado Géminis saliera brutamente de su sopor, y clavó sus irritados ojos en la figura que ahora lo estaba arrojando por el precipicio.
—Shaka… ¿hablas en serio…?
—Tienes que irte. — reiteró, escondiendo sus miedos. — Vuelve a tu casa, júntate con Kanon, y escúchate a ti mismo de una buena vez.
Ahora que lo pensaba, en retrospectiva, no decírselo fue uno de los peores errores que Virgo cometió en su vida.
Él lo sabía.
Shaka era plenamente consciente de lo que sucedería con ellos esa noche pero por alguna estúpida y humana razón, no fue capaz de advertir a su propio amigo al respecto.
¡Hola! Adivinen quién empezará a usar separadores gracias a que FF le elimina los espacios entre escenas... Sí ya sé, me tomó mucho tiempo notarlo pero bueno, quiéranme igual (?) *Se esconde abajo de la mesa para que no le tiren piedrazos*
Como siempre, ¡agradezco enormemente sus comentarios, reviews y lecturas! Hacen a esta humilde ficker muy pero muy feliz :'D
Nos estamos viendo el próximo viernes :3
