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N/: AnneM. Oliver es la autora de este fic. Yo, Moon Dahee, soy la traductora.

Capítulo 26 – Derecho a una vida digna:

Lord Malfoy se giró hacia el señor Lupin.

—Sabe por qué está tan angustiada, ¿no?

—Sí —fue su humilde respuesta.

—Por favor, dígame que el recuerdo de la chica es falso —suplicó.

—Ojalá pudiera —observó Lupin.

Draco sacó la varita. Lupin se sentó en el sofá.

—Guarde la varita, hijo mío. Nunca estuvo en peligro conmigo. Todo lo que he hecho en mi vida es protegerla. Su padrino también ha intentado protegerla. Los dos actuamos por el bien de la chica. Su amigo Marcus Flint sabe más de este último plan, pero hay peligros incluso más grandes ahí fuera para ella que lo que ocurrió cuando la secuestraron.

Draco observó al hombre por un momento y bajó la varita.

—Estoy seguro de que necesitaré oír esta historia más tarde, pero, por ahora, tenemos asuntos más importantes. —Retiró la varita—. Ya he mandado a llamar al vizconde. Tendrá que explicarle a él lo que crea necesario. Por mi parte, voy a buscar a nuestra joven amiga.

—¿Sabe a dónde fue? —preguntó Remus.

—Creo que sí. Acaba de recuperar la memoria y, por tanto, la habilidad para desaparecerse. Solo se ha aparecido y desaparecido desde un lugar y ese es el lugar en el que le enseñé. No es un lugar protegido y creo que sería el primero al que pensaría ir. Quédese aquí y encuéntrese con Lord Potter. Volveré con la señorita Granger.

Lupin se levantó.

—De verdad está en peligro, más que por el hombre que la secuestró, por ella misma. Por favor, tráigala de vuelta.

Draco llegó al exterior de la glorieta en los terrenos de la Mansión Potter. El cielo se estaba poniendo oscuro mientras la noche relevaba la tarde. La pequeña y cerrada habitación estaba a oscuras, pero Draco estaba seguro de que la encontraría dentro. Abrió la puerta y la vio de inmediato, sentada en un banco de hierro, de espaldas a él y con la mano sobre una de las paredes de cristal. Él encendió la varita y se acercó a ella.

Hermione estaba mirando fijamente la brasa ardiente que era el sol poniente. No se giró cuando él se acercó y eso era porque ella sabía que era Draco. Sin dar muestras de saber de su presencia, Hermione le dijo:

—Soy una carga para usted, ¿verdad?

—¿Por qué dice eso?

—¿No es eso lo que siente? ¿No he complicado su vida y las vidas de todos los demás de por aquí?

—No se atreva a hablar por mí, querida dama —dijo desde detrás de ella—. Nada más lejos de la realidad, o más lejos de los sentimientos de mi corazón. Descubriremos este gran tapiz de engaños y se nos ocurrirá una solución, se lo prometo.

—He recordado algo importante. He recordado que usted no es libre de darme su corazón —le dijo con tristeza.

Draco se acercó un paso más y ella finalmente se giró para mirarle. Levantó la vista desde la silla.

—¿Es eso lo que la preocupa?

Hermione se dio otra vez la vuelta para contemplar el sol poniente.

—Deseo días sencillos.

Era obvio para Lord Malfoy que ella no iba a revelar sus preocupaciones. La joven inclinó la cabeza y puso las dos manos en la falda. Draco fue a sentarse a su lado en el banco, con las piernas en la dirección opuesta. Hombro con hombro, estuvieron sentados, tan íntimos como amantes, pero tan distantes como simples conocidos.

—Cuando era joven —continuó Hermione—, este era mi momento favorito del día: el crepúsculo. Era cuando mi padre, mi madre y yo estábamos todos juntos. No éramos ricos, al menos no en el mismo sentido que usted o mi primo. Mi padre era profesor en una escuela privada, así que crecí solo con dos sirvientes, un matrimonio que trabaja en el jardín y servía en la casa. Mis padres solían estar ocupados con la casa, pero siempre encontraban tiempo para mí por la noche.

»Nos sentábamos al fuego, encendíamos velas y leíamos o tocábamos el pianoforte. Normalmente mi padre me leía, pero cuando crecí, yo les leía a ellos. Estaba perdida cuando murió mi padre. Yo era tan joven. Deseaba que regresara. Sentía una conexión paternal como esa con el señor Lupin.

—¿Cómo era su padre? —le preguntó amablemente.

Hermione finalmente alzó la cara para mirarle y una pequeña sonrisa agració sus labios, lo que hizo que Draco sintiera calidez en su interior.

—Era alto, casi tan alto como usted. Tenía una risa escandalosa y era un caballero. Ayudaba a los demás siempre que podía. Era amable y generoso. Amaba muchísimo a mi madre.

—Háblame de ella —la urgió él.

Ante eso, Hermione inclinó la cabeza otra vez. El dolor y los recuerdos eran demasiado crudos, demasiado recientes, para ella.

—No me parezco en nada a ella, ¿sabe? Era alta para una mujer, con el cabello claro y los ojos azules. Me han dicho toda mi vida que me parezco más a mi tía Lily y, desde que vine aquí y vi su retrato, veo que sí. Mi madre adoraba la música, los animales y la literatura. Me quería.

Draco sonrió y le puso la mano en la cara para forzarla a mirarlo otra vez.

—Es bonito que te quieran.

—Estoy de acuerdo.

—La quiero, ¿lo sabe?

El corazón de Hermione se saltó un latido. Casi deseaba que él no la quisiera. De ese modo, podía pretender que sus sentimientos no eran correspondidos y que todo esto no era más que un enamoramiento de colegio. Que le declarara sus sentimientos de manera tan directa hacía que la situación fuera mucho más complicada para ella.

—Lo sé y yo también le quiero.

Draco sabía que le quería y sabía que ese amor le causaba sentimientos conflictivos. El amor de ambos no podía ser compartido abiertamente. Era más como una dificultad; un enorme problema que había que resolver con una solución que no era obvia. Draco le sonrió y dejó caer la mano de la mejilla de Hermione. La piel de su cara era tan cálida y suave. Draco tuvo una súbita curiosidad y se preguntó si el resto de su piel sería igual de suave.

—¿Qué piensa de eso? ¿Del amor y la admiración que compartimos? —preguntó Draco. Se alejó y le puso las manos en los hombros. Se inclinó y el pelo de Hermione le hizo cosquillas en la mejilla cuando le dijo en la oreja—: No tiene por qué ser algo malo.

—No depende de usted decidir si es bueno o malo —respondió.

—Yo sería bueno con usted, no le faltaría de nada, podría leer todo el día, hacer obras de caridad y atender sus estudios. Estaría a salvo de cualquier peligro. Debe volver a la mansión conmigo. Usted es mi otra mitad, Hermione.

—La peor mitad —dijo ella con tristeza.

—No, la mejor mitad —corrigió él—. Usted es más que una mujer hermosa. También tiene un alma hermosa. La quiero, demontre. No tiene que ser tan difícil.

—No, pero sí tiene que parar —dijo ella—, pues usted no es libre de casarse conmigo y no podemos mostrar nuestro amor abiertamente sin casarnos o, al menos, comprometernos.

Hermione se apoyó en el cuerpo fuerte de Draco y dejó caer la cabeza a un lado. Draco se sintió como si fuera un hombre poseído y la besó en el cuello expuesto: tres besos pequeños cerca de la oreja, en su pulso y en el hombro. Draco se inclinó hacia la boca de Hermione y le dio un pequeño beso en los labios apacibles, suaves, cálidos y dulces. Ella lo completaba. Hermione le respondió esperanzada. Presionó los labios contra los de él y fue amor divino. La boca de Draco se apartó, pero su cara permaneció cerca.

—La deseo tanto.

—Usted lo ha dicho.

Hermione se puso la mano en la boca. Sus labios cosquilleaban y se sentía un poco confusa. Dejaría que la pusiera en el suelo y le hiciera el amor ahí y ahora, pero ¿entonces qué sería de ella?

Draco la levantó, con el banco separándolos.

—Encontraremos una solución para poder estar juntos. —Solo que no sabía cuál podía ser por el momento.

—¿Como marido y mujer? No puede renunciar a su título y su fortuna por mí; nunca le pediría algo así, así que estamos perdidos.

—Encontraré una solución —repitió, más para sí mismo—. No sé si será como marido y mujer —añadió rápidamente.

—Yo no sé de otra manera, Lord Malfoy.

Hermione se alejó de él y se giró hacia el exterior, tocando con ambas manos el frío cristal de la ventana. El cielo ya estaba casi completamente oscuro.

Draco le habría dicho algo más reconfortante, pero no tenía palabras. Hermione tenía razón. Estaban perdidos. No podía renunciar a todo lo que tenía. Quería ofrecérselo todo a ella en su lugar. ¿Lo hacía eso una mala persona? Lo habría discutido con ella, la habría animado, pero ¿con qué? ¿Palabras? Las palabras parecían falsas y vacías. No le daría falsas predicciones de un futuro feliz que quizás nunca llegaría, no a ella.

Draco se sentía frustrado por toda la situación. Estaba frustrado con ella, consigo mismo y con el estado de su propio corazón. La quería y quería ser libre para desearla.

—No tengo mucho que ofrecerle en este momento. Me disculpo por no poder darle lo que quiere. Lo que usted quiere y lo que quiero yo no es muy diferente, ¿verdad?

Ella se giró para mirarlo.

—Yo quiero casarme con usted. Usted quiere mantener su casa y su título. No renunciaría a todo por mí, ¿verdad?

Ella retrocedió hasta una de las paredes de cristal, con la espalda presionada contra la ventana. La silueta recortada contra el cielo que se oscurecía lo llenó de deseo y desesperación.

—Ojalá pudiera decir que sí, pero no puedo. ¡Desearía librarme de este deseo! —Se fue al otro lado del pequeño edificio para poner distancia entre ellos.

—Si es librarse de este deseo lo que ansía, entonces debería marcharme. Si me marcho, pronto me olvidará y podrá enamorarse de otra.

Hermione caminó hasta la puerta, pero se paró antes de marcharse. Cuando él no intentó pararla, atravesó la puerta. Finalmente, Draco corrió hacia ella mientras Hermione estaba fuera en pie. Draco le tocó el hombro, quemando la piel de Hermione con su dolor.

Con expresión tranquila en la cara y voz firme, Hermione se giró.

—Cuando me besó, bajo el árbol, y otra vez justo ahora, no me estaba ofreciendo nada, ¿correcto?

—Le estaba ofreciendo mi amor sincero —le dijo.

—¿Y nada más?

Él se enfadó, más consigo mismo que con ella, pero Hermione nunca lo sabría. Draco se giró hacia la estructura de cristal y lo atravesó de un puñetazo, haciéndolo pedazos que cayeron como carámbanos en un día de invierno. Se agarró la mano. Hermione se acercó, pero esta vez él se alejó.

—¡Le ofrezco todo y nada! ¡Maldición! No sé qué le ofrezco. Solo actué por instinto. No puedo vivir sin usted, eso lo sé. —Agachó la cabeza.

El corazón de Hermione se fue con él. Antes de venir a Godric's Hollow, cuando vivía en casa con su madre, se preguntaba que qué habría elegido si alguien le hubiera pedido que renunciara a su casa, su familia y sus amigos. Por supuesto, le arrebataron sus opciones. Tuvo que renunciar a todo. Se lo arrebataron. Hermione se acercó lentamente a Draco y le cogió la mano. Obviamente, se le había roto y la sangre corría libremente. Observó la mano con cuidado y le pidió que se sentara en un banco fuera de la glorieta.

—He leído muchos libros sobre hechizos curativos. ¿Puedo?

—¿Está segura de que no me maldecirá por mi indecisión? —le preguntó con una pequeña sonrisa.

—Hoy no —respondió ella.

Hermione cogió la varita y, con la mano de Draco aún en la izquierda de ella, dijo el hechizo curativo. Devolvió la varita al bolsillo escondido del vestido, pero siguió sosteniéndole la mano. Le acarició la parte de arriba de su mano grande, fuerte y fibrosa con las dos suyas. Acarició arriba y abajo las venas. Draco cerró la mano con fuerza en las de ella. Hermione la dejó caer y se puso de pie delante de Draco. Le tocó la mejilla y él cerró los ojos. Hermione era tan cuidadosa, tan cariñosa. En momentos así, Draco pensaba que podría renunciar a todo: su fortuna, su título y su casa. Hermione continuó tocándole la cara con la mano derecha y la izquierda viajó por el hombro de Draco. Él inclinó la cabeza hacia sus caricias. Con un dedo, Hermione trazó una línea de la frente a la barbilla y desde la barbilla de vuelta a la frente. Le tocó las cejas con las puntas de los dedos y, mientras lo hacía, su pulgar le tocó los labios. Como Draco tenía aún los ojos cerrados, ella se sentía más valiente, así que le tocó los labios con solo un dedo. Le trazó el borde de los labios, primero en una dirección y luego en la otra. Finalmente le tocó en el medio del labio inferior.

Entonces, para el asombro de Draco, sintió los labios de Hermione ligeros como una pluma sobre los suyos. Abrió los ojos mientras ella volvía a ponerse de pie.

—¿Sabe lo que le ofrezco con mi beso? —le preguntó.

¿Se atrevería a preguntar?

—¿El qué, señorita?

—Me ofrezco a mí misma, pero como soy.

Draco le puso las manos inmediatamente en la cintura. Con las manos de Hermione quietas en sus hombros, Draco inclinó ligeramente la cabeza para mirarla.

—No permitiré que me convierta en sirvienta mientras usted se casa con una sangre pura y tiene a su heredero. No permitiré que me visite de noche, como si se avergonzara de mí, para robar momentos como este. No tengo nada que ofrecerle a cambio, pero tengo mi dignidad y mi honor y usted quiere quitármelos.

—¡NO! —gritó Draco.

Pero, mientras la agarraba de la cintura y la atraía para abrazarla con fuerza, supo que, de hecho, era lo que él había pensado, solo de pasada. No lo habría considerado en serio porque preferiría quedarse soltero toda su vida y tener nada más que una mirada o un roce de Hermione que quitarle la inocencia.

—Le preguntaré una vez más, señor, para satisfacer mi curiosidad. ¿Es esto lo que me ofrece? —preguntó con suavidad.

Draco no se atrevió a mirarla. La soltó de la cintura y se puso de pie, de espaldas a ella. Se giró para darle la cara.

—No le puedo ofrecer nada en este momento excepto mi amistad y mi protección, las cuales no puede rechazar.

La cogió de la muñeca y se apareció de vuelta en la mansión. Lo hizo fuera en lugar de dentro para poder tener un momento más con ella. Una vez que pusieron los pies en la tierra, Hermione se deshizo de su agarre.

—¡No necesito su ayuda o protección! Aceptaré la oferta de su padrino, iré a Hogwarts y aceptaré el puesto de profesora. Creo que allí encontraré paz y una módica felicidad. Mi primo estará mejor sin mí, igual que usted. Cásese con su sangre pura y, si no es con la señorita Clearwater, entonces con otra. Olvide que existo. Bórreme de su memoria con un obliviate. Solo me arrepiento de que Lupin no lo borrara a usted completamente de la mía.

Hermione empezó a marchar hacia la casa, pero él la agarró, esta vez cogiendo un puñado del traje de mosolina.

—¡No, usted no lo decide y no me deja otra vez! —le gritó.

Por impropio que fuera, Draco le puso la mano en el lado de sus faldas donde la había visto antes meter la varita en el bolsillo y la metió en el suyo propio. Ella levantó la mano y le dio una fuerte bofetada. Draco la cogió por la cintura y la acercó a él. La cara de Hermione estaba roja de enfado, pero el semblante de Draco era mucho más intenso que el de ella.

—¡Me arrepiento de haberle conocido! —soltó ella—. Me arrepiento de quererle.

—¡Es usted una terrible mentirosa, señorita Granger! ¿Me haría usted renunciar a este hogar? —Se giró para mirar la enorme casa y los terrenos. La agarró de la parte de arriba del brazo con fuerza—. ¿No me dará el tiempo que necesito para intentar resolver este puzle? ¡La quiero a usted y esto! ¡Mi honestidad no significa que yo no sea digno de su amor!

Ella le miró y gritó:

—¡Nunca le pediría que renunciara a nada!

—¡Pero lo hace! —le dijo con mal genio—. Quiere que vivamos en un tugurio, emprendamos un oficio y trabajemos arduamente como penitencia, como nuestros padres hicieron. ¡Quiere que renuncie a mi hogar, mi vida, mi título y mi fortuna!

Hermione liberó el brazo, derrotada, del agarre de Malfoy con los dedos de la otra mano.

—Yo solo deseo que me ame.

—¿Habla de deseos? —dijo desesperado—. ¡SÉ LO QUE ES EL DESEO!

—¿Y qué pasa con usted? —dijo en voz baja, mirando al suelo—. ¿Quiere que renuncie a mi honor y dignidad? ¿A mi reputación? ¿A mi corazón y mi alma? Es todo lo que tengo. —Se dejó caer en el suelo, totalmente abrumada—. ¿No está de acuerdo en que, para nuestros corazones, deberíamos olvidar lo que deseamos y actuar en consecuencia? —dijo sin mirarle.

Ella tenía razón, que el cielo le ayudara, ella tenía razón.

—Maldita sea usted —dijo, sin hablar en serio. Draco la levantó por los hombros como si Hermione no pesara nada—. Es demasiado tarde para eso. —Atrajo

el cuerpo sonrojado de la chica hacia sí, mezclándose. La mano izquierda de Draco la sostenía por la cintura y la derecha descansaba en la parte superior de la espalda, en la piel cálida. Le puso la boca cerca de la oreja—. Estoy totalmente y completamente perdido. Estoy perdido con usted y sin usted. ¿Cómo puede elegir mi corazón?

El corazón de Draco se llenó de sangre, sangre pura, que amenazaba con salir salpicando de su pecho. Nunca antes había sentido tanto dolor y deseo. Cerró los ojos para apaciguar su anhelo. La mantendría en sus brazos, de manera figurada o literal, para mantenerla fuera de peligro, así maldijera su propio corazón. Pondría el corazón en una estantería y se olvidaría de que alguna vez existió.

La respiración se le hizo más dificultosa mientras la sostenía con fuerza en sus brazos. Sin resistencia, la apartó de él. La sangre manchada de ella le importaba. Que el Señor lo ayudara, le importaba. Aún así, el pensar en que Hermione se marchara y que se esforzara por una profesión a consecuencia de la pérdida era inaceptable.

La sostuvo de nuevo y puso la cara cerca de su pelo. Quería más para ella. No quería que ella se volviera una sombra vacía. Quería más para ella. Quería más para él. Encontraría una solución aceptable. Si no, entonces ambos terminarían perdidos y tristes.

—Los dos nos merecemos la oportunidad de ser felices, Hermione —le dijo con suavidad, como si estuviera arrullando a un bebé—. No renunciaré a usted, como declaré antes. Le prometo que si no puedo encontrar una solución para adquirir nuestra felicidad, entonces renunciaré a todo.

Hermione dio un paso atrás y lo observó. Le creía.

—Volveré a la mansión, pero solo si el señor Lupin se va. Pero le advierto, debemos ser solo amigos, usted y yo, hasta que el momento en el que usted esté libre de sus convicciones o de sus deseos. Será uno u otro, pero no los dos, ¿entendido?

Lo entendía. Sabía lo que ella estaba diciendo. Renunciar a todo por ella o perderla para siempre al final y, al final, no podía encontrar un defecto en su proclamación. La parte de su mente que contenía la razón discutía con la parte del corazón, que contenía sus anhelos. Draco empezó a caminar hacia la casa, con ella cerca de su lado. Ralentizó el ritmo para que ella pudiera seguirlo.

Estaba dolorido por ella. Sería una prueba para su compostura el ver si podía estar en la misma casa que ella y no tocarla, besarla, desearla. Antes de que alcanzaran la casa, le ofreció el brazo. Esta sería su primera prueba. Hermione miró sus ojos grises, los cuales pensaba que acogían una pregunta. Finalmente, le puso el brazo con cuidado sobre la manga. El brazo de Draco no se movió ni su piel se derritió. Su corazón era otra historia, pero iría poco a poco.

Entraron y Lord Malfoy le preguntó al mayordomo:

—¿Están el señor Lupin y el señor Potter todavía aquí?

Él asintió. Draco le sonrió a la chica.

—La acompañaré a la habitación y le enviaré la cena. —Juntos, con la mano de ella todavía en su brazo, recorrieron la larga distancia hasta la habitación—. Si me necesita, no importa a qué hora o la necesidad, no sienta que es una molestia. Búsqueme, por favor —le dijo, fuera de la puerta.

Todo de la mujer que estaba frente a él, su cara cautivadora y su pequeño, pero bien formado cuerpo, le prometían a Draco que traicionaría su palabra. Tenerla en sus brazos, tocar su dulce rostro y poner los labios suavemente sobre los de Hermione, justo como ella había hecho antes, estaría mal, pero se sentiría bien. El deseo amenazaba su resolución. Su cerebro había tomado su lugar, buscando un final racional al último encuentro. Dio un paso atrás e hizo una reverencia. Le cogió la mano y no pudo resistirse a darle un beso en la parte de arriba. Los amigos besaban las manos de los amigos, ¿no? La soltó y se fue rápidamente por el pasillo, gritándole a uno de los sirvientes que llevara la comida a la habitación de la chica. Tenía que ver a Lupin. Necesitaba respuestas.

Mientras caminaba rápidamente por la casa, supo que no podía hacer el papel de amigo. Se estaba volviendo cada vez más desesperado por robarle caricias. Su deseo era demasiado para ignorarlo y se dio repentina cuenta de que ella era mucho más importante que cualquier otra consideración. Darse cuenta no disminuyó su ardor o su indignación. Su amor no podía terminar. No, lo que buscaba no era el final de sus deseos y de su amor, sino respuestas para ayudarle a ganar su mano en matrimonio.

Se paró para apoyarse contra la pared. Ningún otro hombre podía tenerla. El pensar en las manos de otro en el cuerpo de la chica, en su suave piel blanca y en su pelo sedoso, hacía que su corazón diera tumbos. Inhaló y exhaló despacio y volvió al salón del segundo piso, donde encontró a los dos hombres. Ambos se levantaron cuando entró.

—¿La encontró? —preguntó Lord Potter.

Draco sacó la varita de Hermione y la puso en una mesa. Se sirvió él mismo un vaso de whiskey de fuego.

—Vuelve a estar a salvo en su habitación, así que no teman, caballeros. Está a salvo en los confines de estas paredes. Sin embargo, Lord Potter, o se queda usted como su acompañante o envía a otro, pues el señor Lupin debe marcharse.

—¿Por qué? —preguntó Harry.

Draco se bebió todo el contenido de un golpe.

—Creo que Lupin es más indicado para responder sus preguntas que yo, aunque una cosa sé: él fue el hombre que le borró la memoria.

N/A: En el siguiente capítulo: finalmente, respuestas a algunas preguntas y un interludio romántico a la luz de la luna presenciado por un enemigo.

N/T: ¡Hola! Buff, que sepáis que los capítulos en los que se ponen románticos o o en los que interactúan mucho en general son un rollo de traducir porque, en inglés, tenemos "his/her" para distinguir entre el masculino y el femenino, pero en español solo existe "su", así que tengo que estar pensando de qué manera ponerlo para que no suene repetitivo xD Bueno, estoy intentando traducir tantos capítulos de mis dos traducciones como pueda antes de irme a Corea, así que seguramente habrá una actualización pronto :) Y mejor, porque el siguiente capítulo parece que pinta bien. Un beso!