La historia ni los personajes me pertenecen. La historia es de David Levithan y los personajes son de Stephenie Meyer.
Día 6018
Al día siguiente, soy un chico llamado George y tan solo estoy a 45 minutos de Isabella. Me manda un mensaje y me dice que tiene tiempo a la hora de la comida.
Yo, en cambio, lo tengo peor porque estoy escolarizado… en mi propia casa.
Los padres de George son personas muy caseras y George y sus dos hermanos permanecen en casa con ellos cada día. La habitación que en la mayoría de las casas se denominaría «cuarto de juegos», aquí se llama «colegio». Los padres incluso han comprado tres pupitres para los chicos —pupitres que parecen sacados de uno de esos colegios del siglo pasado con una sola aula.
En esta casa no se puede dormir hasta tarde. Nos tenemos que levantar todos a las siete y existe un protocolo acerca del orden en el que hay que ducharse.
Consigo usar el ordenador unos pocos minutos; me da tiempo de leer el mensaje de Isabella y de responder. Le digo que ya veremos cómo se va desarrollando el día. Para las ocho ya estamos en los pupitres. Mientras mi padre trabaja en la otra punta de la casa, nuestra madre nos da clase.
Accedo a los recuerdos de George y veo que nunca ha estado en otra clase que no sea esta por una pelea que tuvieron sus padres con la profesora de la guardería de su hermano mayor acerca de los métodos que utilizaba. No sé qué podrían tener de malo los métodos de una guardería como para que toda una familia dejase de creer en la escolarización para siempre, pero no tengo manera de acceder a dicha información —George no tiene ni idea—. Él solamente ha sufrido las repercusiones.
Ya me he visto obligado a estudiar en casa en otras ocasiones, por padres que se comprometían y que te comprometían, que te daban espacio para explorar, para crecer. Pero este no es el caso. La madre de George es dura, inflexible… ¡y debe de ser la persona que más lento habla del mundo!
—Chicos… vamos a hablar… de… los acontecimientos… que… provocaron la Guerra… Civil.
Los tres hermanos están resignados. Nunca dejan de mirar hacia adelante: pretenden representar que su atención es perfecta.
—El presidente… del… Sur… era un hombre… llamado… Jefferson… Davis.
Me niego a que me tenga aquí secuestrado. ¡Y menos cuando Isabella me estará esperando dentro de poco! Una hora después, cojo el cuaderno de George y empiezo a hacer preguntas: « ¿Cómo se llamaba la esposa de Jefferson Davis?», « ¿Qué estados componían la Unión?», « ¿Cuánta gente murió en Gettysburg?», « ¿Escribió Lincoln el Discurso de Gettysburg sin ayuda?», y una treintena más.
Mis hermanos me miran como si fuera hasta las cejas de cocaína y mi madre se aturulla ante cada pregunta (porque tiene que consultar cada respuesta).
—Jefferson… Davis… estuvo casado… dos veces. Su primera esposa… Sarah… era hija del… presidente… Zachary Taylor. Pero Sarah… murió… de malaria… tres meses después… de… que… se casaran. Se volvió a casar…
Seguimos así durante otra hora, tras lo que le pregunto si puedo ir a la biblioteca a coger algunos libros acerca del tema. Dice que sí y se ofrece a llevarme.
Estamos en mitad de un día lectivo, así que soy el único chico que hay en la biblioteca. La bibliotecaria me conoce y conoce mi historia. Es agradable conmigo y brusca con mi madre, lo que me lleva a pensar que la profesora de la guardería no es la única persona que, de acuerdo a mis padres, no hace su trabajo como Dios manda.
Voy a un ordenador y le mando un mensaje a Isabella para decirle dónde estoy. Cojo una copia de Feed de los estantes e intento recordar dónde me quedé hace unos cuantos cuerpos. Me siento a una de las mesas que hay junto a una ventana y no dejo de sentirme atraído por el tráfico a pesar de que sé que aún faltan un par de horas para que llegue Isabella.
Me despojo de mi vida prestada durante una hora y me visto con la vida prestada del libro que tengo entre manos. Así es como me encuentra Isabella cuando llega, inmerso en un espacio de lectura que mi mente ha tomado prestado. Ni siquiera me doy cuenta de que está de pie a mi lado.
—Ejem. Eres el único chico que hay en la biblioteca, así que debes de ser tú.
Es tan fácil que no puedo evitarlo.
— ¿Disculpa? —soy un tanto brusco.
—Eres tú, ¿verdad?
— ¿Nos conocemos? —pongo la mayor cara de perplejidad de la que George es capaz.
—Ay, perdona —empieza a dudar—. Es que… eh… tenía que encontrarme aquí con alguien.
— ¿Qué aspecto tiene?
—Pues… no lo sé. Es… ya sabes, un amigo online.
— ¿No deberías estar en el colegio? —gruño.
—¿¡Y tú!?
—No puedo porque… ¡tengo que encontrarme aquí con una chica fascinante!
—Serás imbécil… —me mira con cara de enfado.
—Perdona, es que era…
—Imbécil… ¡Imbécil!
Está enfadada de verdad. He metido la pata hasta el fondo. Me levanto.
—Isabella, lo siento.
— ¡No me hagas eso! ¡No es justo! —se aparta de mí.
—Nunca volveré a hacerlo. Lo prometo.
—No puedo creer que lo hayas hecho. Mírame a los ojos y dilo otra vez; di que lo prometes.
Le miro a los ojos y digo:
—Lo prometo.
Es suficiente y, al mismo tiempo, no lo es.
—Vale. Pero vas a seguir pareciéndome un imbécil hasta que me demuestres lo contrario.
Esperamos hasta que la bibliotecaria está distraída y nos marchamos. Me pregunto si habrá alguna ley que obligue a informar de que un niño escolarizado en casa se ha ausentado sin permiso. Sé que la madre de George vuelve en dos horas, así que no tenemos mucho tiempo.
Vamos a un restaurante chino del pueblo. Desde luego, si consideran que deberíamos estar en el colegio, se guardan su opinión para sí. Isabella me cuenta que no le ha pasado nada inhabitual a lo largo de la mañana —Steve y Stephanie han tenido otra pelea, pero se han arreglado para segunda hora — y yo le cuento cómo es estar en el cuerpo de Vanessa Martinez.
—Conozco a muchas chicas así —responde—. Las verdaderamente peligrosas son aquellas a las que se les da bien.
—Me temo que a ella se le da muy bien.
—Pues me alegro de no haberla conocido.
«Pero no nos vimos», pienso; aunque me lo guardo para mí.
Nos tocamos las rodillas por debajo de la mesa. Nos cogemos de la mano. Hablamos como si nada de aquello estuviera sucediendo, como si no pudiéramos sentir el pulso vital allí donde nuestros cuerpos se tocan.
—Perdona que te haya llamado «imbécil». Es que… esto ya es suficientemente duro como para añadir más complicaciones. ¡Y es que estaba segura de que eras tú!
—He sido un imbécil. He dado por hecho que todo esto es normal.
—Jacob me lo hace a veces. Hace como si no le hubiera dicho algo que sí le he dicho. O se inventa una historia y, luego, se ríe de mí. Lo odio.
—Lo siento…
—Tranquilo, no sois los únicos. Por lo visto, la gente ve algo en mí que le lleva a tomarme el pelo. Además, es probable que yo también lo hiciera, tomárselo, si tuviera la oportunidad.
Cojo todos los palillos del recipiente en el que están y los pongo sobre la mesa.
— ¿Qué haces?
Los uso para dibujar un corazón tan grande como se puede. Luego, cojo los sobrecitos de sacarina y lo relleno —cuando se me acaban, me levanto y tomo prestados los de otras dos mesas—. Cuando acabo, lo señalo.
—Esto, no es ni una millonésima parte de lo que siento por ti.
Sonríe.
—Voy a intentar no tomármelo como algo personal.
—¿¡No!? ¡Pues es justo como quiero que te lo tomes!
— ¿El qué, ¡que hayas usado sacarina!?
Cojo uno de los sobrecitos y lo agito delante de ella.
— ¡No todo es un símbolo!
Coge un palillo y lo blande como una espada. Yo cojo otro y empezamos a batirnos en duelo. Al rato, llega la comida y me distraigo, Isabella aprovecha para pincharme en el pecho.
— ¡Ay, muero! —proclamo.
— ¿Pollo Moo Shu? —pregunta el camarero.
El camarero no nos tiene en cuenta que nos pasemos toda la comida hablando y riendo. Es un verdadero profesional, de esos que, cuando el vaso de agua está por la mitad, te lo rellenan sin que te des cuenta.
Al final de la comida, nos trae las galletitas de la suerte. Isabella parte la suya justo por la mitad, saca la tira de papel, la lee y frunce el ceño.
—Esto no es una buenaventura —y me la enseña:
«TIENES UNA SONRISA BONITA».
—No, una buenaventura sería: «Tendrás una sonrisa bonita» —digo.
—La voy a devolver.
Enarco una ceja o, al menos, lo intento. Seguro que tengo pinta de que me esté dando un infarto.
— ¿Devuelves galletitas de la suerte a menudo?
—No, esta es la primera vez. A ver, es un restaurante chino…
— ¡Negligencia!
— ¡Exacto!
Le hace un gesto con la mano al camarero para que venga, le explica lo que pasa y este asiente.
Cuando vuelve, le trae media docena de galletitas de la suerte.
—Solo quiero una. Espera un momento.
Tanto el camarero como yo le estamos prestando atención cuando la parte por la mitad. Esta vez, sonríe y nos la enseña:
«LA AVENTURA ESTÁ A LA VUELTA DE LA ESQUINA».
— ¡Gracias, señor! —le digo al camarero.
Isabella me dice que abra la mía. Cuando lo hago, resulta que es la misma que le ha tocado a ella.
Yo no la devuelvo.
Volvemos a la biblioteca con una media hora de adelanto. La bibliotecaria nos pilla mientras entramos, pero no dice nada.
—Bueno, ¿qué libro me recomiendas?
Le enseño Feed. Le hablo de El ladrón de libros. La llevo hasta Destruye los coches y El primer día en la Tierra. Le explico que, a lo largo de los años, estos han sido mis compañeros, mis únicasconstantes día a día, las historias a las que siempre puedo volver por mucho que la mía siempre estécambiando.
— ¿Y tú? ¿Qué me recomiendas tú a mí?
Me coge de la mano y me lleva a la sección infantil. Mira en torno unos instantes y, acto seguido, se dirige a un expositor en el que veo un libro verde. Me embarga el pánico.
— ¡No, no, ese no!
Pero no es el que coge. Ella coge Harold y la cera morada.
— ¿Qué tienes en contra de Harold y la cera morada?
—Perdona, creía que ibas a coger El árbol generoso.
Isabella me mira como si estuviera loco.
— ¡Ni mucho menos! ¡Odio El árbol generoso!
—Menos mal. Si hubiera sido tu libro favorito, esta relación habría acabado en este mismo instante.
—« ¡Toma mis brazos! ¡Toma mis piernas!».
—« ¡Toma mi cabeza! ¡Toma mis hombros!».
—« ¡Porque eso es lo que significa el amor!».
—Ese niño es… ¡el niño más imbécil del siglo! —me alegro de que Isabella me entienda.
— ¡Es el niño más imbécil de la historia de la literatura! —se aventura, tras lo que deja Harold en el expositor y se acerca a mí.
—El amor significa que nunca vas a perder tus miembros —y me acerco para besarla.
—Exactamente —y juntamos los labios.
Es un beso inocente. No es que estemos metiéndonos mano sentados en los pufs de bolitas de la sección infantil. No obstante, eso no impide que George sienta que se le hiela la sangre cuando su madre pronuncia su nombre, sorprendida y enfadada.
—¿¡Qué estás haciendo!? —doy por sentado que me lo pregunta a mí, pero cuando se acerca a nosotros, es a Isabella a quien se lo está espetando—. ¡No sé quiénes serán tus padres, pero yo no he educado a mi hijo para que vaya con putas!
— ¡Mamá, déjala en paz!
—Sube al coche ahora mismo, George.
Sé que estoy a punto de empeorar las cosas para George, pero no me importa, no pienso dejar tirada a Isabella.
—Tranquilízate —le digo a la madre de George con el tono más elevado de lo normal. Me giro y le digo a Isabella que luego hablamos.
— ¡Te aseguro que no vais a hacerlo!
Me queda la satisfacción de que solo voy a estar bajo la supervisión de esta mujer, más o menos, otras ocho horas.
Isabella me da un beso de despedida y me susurra que va a pensar en la manera de pasar el fin de semana fuera de casa.
La madre de George me coge de la oreja y me lleva hasta el coche. Me río. Y eso empeora las cosas.
Es como Cenicienta, pero al revés. He bailado con el príncipe y, ahora, estoy de vuelta en casa, limpiando los retretes. Ese es mi castigo: limpiar los retretes, las cubas y los cubos de basura. Por si eso fuera poco, la madre de George viene cada poco tiempo y me da una charla sobre «los pecados de la carne». Espero que el chico no interiorice estas tácticas de amedrentamiento.
Me gustaría enfrentarme a ella, decirle que eso de los pecados de la carne no es más que un mecanismo de control; que si demonizas el placer de las personas eres capaz de controlar su vida. Ya ni recuerdo cuántas veces han utilizado esta herramienta contra mí en sus diferentes formas. Pero yo no veo qué pecado puede suponer un beso. Más pecaminoso me parece condenar algo así.
Pero claro, a la madre de George no le digo nada de eso. Si fuera mi madre cada día, lo haría. Si fuera yo quien tuviera que aguantar cada día, lo haría. Pero no puedo hacerle esto a George. Bastante le he jodido ya la vida. Espero que para mejor pero, muy posiblemente, sea todo lo contrario.
Ni se me pasa por la cabeza mandarle un mensaje a Isabella. Tendré que esperar a mañana.
Una vez he acabado el castigo, una vez el padre de George me ha lanzado un discurso —dictado, al parecer, por su esposa—, me meto temprano a la cama y disfruto de tener el silencio de una habitación para mí solo. Si me baso en lo que he hecho con Isabella, seguro que puedo construir una serie de recuerdos para George. Así que, allí tumbado, en su cama, conjuro una verdad alternativa.
Recordará haber entrado en la biblioteca y haber conocido a una chica. La chica no era del pueblo, estaba en la biblioteca porque su madre la había dejado allí mientras visitaba a una antigua colega. Habían ido a un restaurante chino juntos y se lo habían pasado en grande. Se gustaban mucho. El uno al otro.
Volvieron a la biblioteca, estuvieron hablando de El árbol generoso y se habían dado un beso.
Entonces, llegó su madre. Aquello era lo que su madre había visto. Algo inesperado pero, al mismo tiempo, maravilloso.
La chica desapareció. Ni siquiera se habían dicho cómo se llamaban. No sabe dónde vive. Fue solamente un momento. Y el momento se deshizo igual que había acontecido.
Le voy a dejar con ganas de más. Puede que sea cruel, pero espero que use dicho deseo para salir de esta casa tan, tan pequeña.
