veinticinco

El inicio de la batalla


El Palacio de las Máquinas


-Parece ser que finalmente hemos tenido éxito –dijo Lilith.

Un sonido semejante al bramido de un animal enorme parecía provenir de la estructura misma del palacio. Exael supo de inmediato que se trataba del sistema llegando a su límite. La fuerza de la Creación robada tanto al Santuario de Atenea como al Valle de Rozan estaba siendo vertida a toda velocidad hacia el Mundo Espejo. El ritmo no podría mantenerse mucho tiempo más: o funcionaba en ese momento, o tendrían que empezar a trazar planes desde cero otra vez.

Justo cuando estaba a punto de pedirle a Lilith que se diera por vencida antes de que empezara a derrumbarse el palacio (que ya para entonces estaba crujiendo), la superficie de todos los espejos empezó a temblar. El cristal azogado cambió de consistencia y, aunque seguía reflejando la habitación, se volvió lo suficientemente tenue como para dejar pasar a quienes estaban del otro lado.

Las criaturas del Mundo Espejo, los Reflejos, empezaron a llegar a la Tierra, primero con movimientos cautelosos y luego, más confiados, en grupos que eran cada vez más numerosos.

En el salón privado de Lilith, las Sombras que estaban presentes rodearon discretamente a su madre. Las criaturas que estaban llegando de todos los espejos (iguales entre sí y cargando armas de diseños extraños) se formaban en filas ordenadas, como una guardia de honor.

Lilith observaba en silencio y con una sonrisa suave. Ciertamente, eran una guardia de honor, los soldados de la élite más alta, cuya única misión en la vida era proteger a su soberano.

Cuando el último Reflejo estuvo en su sitio, el amo de aquellos seres de pesadilla cruzó también el espejo.

Era un hombre bastante alto, de cabello oscuro y ojos color miel. Al igual que sus guerreros, llevaba una armadura negra con adornos dorados.

-Bienvenido, Príncipe Yin –saludó Lilith.

El Tigre del Espejo sonrió, aunque algunos de sus soldados parecían molestos por la informalidad en el saludo de Lilith. ¿Quién era esa mujer que se atrevía a hablar directamente al príncipe, en lugar de postrarse y tocar el suelo con la frente, como dictaba el protocolo? Y los que la acompañaban (todos con una actitud desafiante que indignaba) no parecían dispuestos a comportarse mejor que ella.

Para sorpresa de su gente, Yin la saludó con la misma informalidad.

-Dama Lilith, debí imaginar que se trataba de ti. Como siempre, eres un deleite para la vista.

-Tan adulador como de costumbre. ¿Recuerdas a mis hijos?

Yin iba a responder, pero el irritante sonido de una alarma lo interrumpió antes de que empezara.

-¿Qué es eso? –preguntó.

-Nada importante, los Caballeros de Atenea están tratando de llegar hasta aquí –Lilith se encogió de hombros.

-¿Todavía existe la Orden de Atenea? ¿No se han cansado de jugar a los héroes?

-Siempre dije que el título de ella como diosa de la Sabiduría era una completa contradicción.

-Por favor, permite que mis Reflejos se encarguen de ellos –pidió Yin, haciendo una reverencia burlona.

Lilith paseó una mirada distraída sobre la tropa de guerreros del Mundo Espejo.

-Está bien, adelante, diviértanse.


El Santuario


Los Tecnomagos subían por la montaña del Santuario. Terry había temido que cuando eso sucediera habría pocos caballeros para proteger el lugar y a sus habitantes, lo que no esperaba era encontrar apenas unos pocos.

Estaba justo en lo que podría llamarse la frontera del Santuario, un paso más y el Caballero de Aries (en caso de estar en su Casa y vigilando) notaría su presencia y tendría que investigar si se trataba de un visitante o de un intruso.

Podía percibir a Andy, tan ofuscada (como de costumbre) que probablemente no se daría cuenta de que estaba ahí hasta que lo tuviera enfrente; y al antiguo Caballero de Leo, que quizá ya habría olvidado cómo comunicarse a través del cosmos. Mala manera de empezar una batalla.

Así las cosas, cuando empezó a subir por el sendero a medio construir que, eventualmente, llegaría a ser una reproducción de las antiguas escalinatas, no había contado con encontrarse a la Amazona de Río Eridano esperándolo.

-¿Ya lo saben los demás? –preguntó Terry, sin molestarse en saludarla.

-Los niños y los civiles están en la Casa de Sagitario. Los dizque adultos y Caballeros ordenados vamos a oponer resistencia en las entradas de la Casa. Kanon quiere saber si tienes algo útil que aportar.

-¿Kanon está aquí?

-También Saga y Afrodita, y Esmeralda, Andy y Stephen; Leonel Nemo y su familia, los otros aprendices y un par de amigos de Mistumasa y tuyos.

-¿Amigos míos?

-Vadhani y Eloísa Beaumont, e Ethan de Erin.

-Si Dhani está aquí, su padre no estará lejos. Hay que permanecer alertas por la posibilidad de que aparezca sin previo aviso.

-¿Su padre?

-Misty de Lacerta. Ahora se hace llamar Jean-Michel Beaumont.

-Oh, cielos, eso va a dar pie para que Saga sufra una de sus famosas crisis, no le sentó nada bien conocer a mis hijos y para colmo de males su antigua discípula también está aquí. ¿Cómo se supone que le diga que además su hijo adoptivo puede andar cerca?

-No se lo digas. Dhani y Elisa no saben de su casi parentesco con Saga, no creo que lleguen a enterarse antes de que pase la emergencia. ¿Quién es la discípula de tu cuñado?

-Alhena de Ate, una berserker de Ares.

-Está disimulando su cosmos demasiado bien para ser una berserker.

-Eso debe haberlo aprendido de él.


El Palacio de las Máquinas


Las Sombras y los Reflejos atacaron con rapidez y eficiencia, separando al pequeño grupo de Caballeros. Exploraron las auras de los invasores y eligieron a sus oponentes según las debilidades que pudieron detectar en cada uno. Al mismo tiempo, todos los accesos al palacio se cerraron, aislándolos de cualquier intento por ayudarlos que quisiera hacer el resto de la Orden.

Por otro lado, los Ángeles intentaban entrar por una de las ventanas de los niveles superiores del palacio.

-¿No sería mejor bajar a abrirle una puerta a los caballeros que se quedaron afuera? –preguntó Gabriel, no muy seguro de comprender los planes de Miguel.

-No. Pronto van a tener entre manos más de lo que pueden manejar. ¿Cómo va eso, Raziel?

-Ya casi.

La ventana se abrió con un chirrido de protesta.

-Bueno, aquí vamos –murmuró Miguel antes de entrar.

El ataque de los Caballeros de Atenea al palacio los había obligado a adelantar sus propios planes. Tenían la intención de entrar discretamente para sabotear el sistema de recolección de energía, pero no habían previsto tener que hacerlo con tanta prisa.


El Santuario


-¿A qué se refiere con poner barreras, señor Nemo? ¿No deberíamos salir y atacarlos antes de que lleguen hasta aquí y nos pongan sitio? –protestó Andy.

-Me sorprende escuchar eso de parte de una amazona de Andrómeda –respondió Leonel-. Nuestro trabajo es proteger las armaduras y lo que queda del Santuario, no salir a cazar.

-Pero…

-Sé que es exasperante tener que esperar, pero una salida ahora podría poner en peligro a los aprendices –señaló Jabu.

Andy suspiró con frustración.

-Lo siento –murmuró-. La tensión me está volviendo loca.

-Ya tendrás tiempo para experimentar verdaderas batallas –respondió Leonel, distraídamente-. Créeme, no faltarán conflictos en los que tengas que intervenir.

-Está bien. Levantar barreras. ¿Cómo? –dijo la muchacha, tratando de enfocarse en la misión que les correspondía.

-Quiero que te quedes cerca de los civiles y los aprendices más pequeños –indicó Leonel-. En caso de que los invasores logren pasar, sería bueno que las cadenas de Andrómeda se encarguen de protegerlos.

-De acuerdo. ¿Qué hay de las armaduras?

-De eso me encargo yo –dijo Jabu-, en caso de que logren llegar hasta aquí.

-Bueno… ¿y qué más? …¿Un laberinto?

"¿Por qué me miras a mí?" preguntó Saga, incómodo.

-Creí que…

-Yo lo haré –intervino Kanon.

-¿Sabe cómo hacerlo? –preguntó Andy.

-Conozco la teoría a fondo, y practiqué un poco hace algunos años.

"Hace muchos años, y no puedes crearlo sin una superficie reflectante" interrumpió Saga. "Por algo se llama Laberinto de Espejos. ¿Cómo piensas hacerlo?"

-Teníamos pensado utilizar un truco que empleó el Caballero de Géminis de una generación anterior –explicó Daga-. Levantó el Laberinto a partir de reflejos en charcos de agua.

"Interesante. Pero aquí no hay charcos. Estamos en una zona árida, por si no lo habías notado."

-No te preocupes, para eso tenemos unos cuantos magos y un aprendiz de druida.

-Sí, cómo no –gruñó Esteban-. Como si fuera tan sencillo hacer brotar agua del subsuelo.

-Entonces, alégrate de tener quién te ayude a hacerlo –respondió Daniela-. Entre tú, Mitsumasa y yo podremos conseguir aunque sea un arroyito, lo importante será distribuir bien el agua alrededor de la Casa de Sagitario. Y en eso nos ayudará una de las técnicas del Río Eridano.

Andy respiró un poco más tranquila y dirigió su atención a Diana y Braulio.

-¿Qué hay de las divinidades entre nosotros?

-Daremos apoyo moral –trató de bromear Braulio.

-¿Cómo?

-Puedo pelear a tu lado, amazona, pero solo empleando mis fuerzas por debajo del octavo sentido –explicó Braulio-. Algo más que eso sería…

-No me digas, romper alguna normativa de la Convención de Teotihuacán.

-No, del Tratado de Nicea. Es algo exclusivo del panteón griego –intervino Diana-. Ningún dios de Grecia puede emplear su poder en el santuario de otro dios. Es una manera de prevenir invasiones.

-¿Cómo? Pero entonces, Ares… -empezó Verena, y se interrumpió para dirigirle una mirada ligeramente avergonzada a Saga.

"Ares se posesionó de un miembro de la Orden con el fin de controlar el Santuario, pero no usó ningún poder más allá de su simple fuerza de voluntad mientras estuvo aquí. De otro modo, probablemente se habría necesitado un poco más que cinco caballeros de bronce para hacerle frente."

-Lo anterior, claro, no quiere decir que Diana y yo seamos completamente inútiles –dijo Braulio a toda prisa, con la intención de cambiar el tema lo más pronto posible-. Creo que estoy al menos cerca de tu nivel como guerrero, Andy.

Andy enarcó las cejas. ¿"Cerca de su nivel" significaba que se consideraba mejor o peor que ella? Hacer esa pregunta en voz alta probablemente sería dar inicio a una discusión, así que miró hacia la entrada para tratar de pensar en otra cosa…

-¡Fuego! –exclamó, sorprendida.

En efecto, un muro de fuego aparecido de repente rodeaba el edificio por completo.

-Ah, eso debe ser obra de Terry –dijo Daga.

-…¿Terry? ¿Dónde está él?

-Arriba, en el techo, si no me equivoco. Dijo que necesita tener una buena vista para poder crear el Anillo de Fuego.

Andy parpadeó con rapidez para dominar las lágrimas. Era un verdadero alivio saber que su hermano estaba ahí.


El Palacio de las Máquinas


Seiya se encontró a sí mismo entre Ginsei y la Sombra Verde, sin saber realmente cómo había llegado hasta ahí. Los tres estaban en un corredor y, aunque llegaban hasta ellos sonidos de combate, era difícil adivinar de qué dirección provenían.

Rogando para sus adentros que la chica hubiera tenido tiempo de aprender alguna técnica útil, o por lo menos algo de sentido común, Seiya tensó el arco, apuntó una flecha en dirección a Azael y esperó a que éste diera el primer paso.

Azael lo contempló unos instantes con las manos tras la espalda, y finalmente sonrió. Aquella sonrisa no podía augurar nada bueno, como tampoco la forma en que se estremecieron de pronto el suelo y las paredes.

Ginsei chilló alarmada cuando el piso se resquebrajó para dar paso a los tallos espinosos de una planta de aspecto nauseabundo; el olor a materia vegetal en descomposición volvió el aire casi irrespirable en cuestión de segundos, pero eso no era lo más grave, sino la forma en que los tallos se lanzaron contra Seiya, inmovilizándolo en su sitio.

Pronto los tallos envolvían sus manos y el arco de Sagitario. Aunque la flecha convertía en cenizas todos los tallos que se ponían a su alcance, eso no impedía que la planta siguiera tratando de envolverla también, enviando un tallo tras otro con una terquedad asombrosa.


El Santuario


Los Tecnomagos habían encontrado una resistencia inesperada en los pocos defensores que se agrupaban en la Casa de Sagitario. La sorpresa había contribuido a que caballeros y aprendices pudieran rechazar el primer ataque, pero eso no sería suficiente, porque no tardarían en reorganizarse y atacar de nuevo.

La pared de fuego no había tardado mucho en ser extinguida, y el laberinto, si bien había bastado para detener y confundir a los guerreros del Zodiaco Chino, no parecía ser más que una leve molestia para los Tecnomagos.

-No podremos contra todos –dijo Mitsumasa-. ¡Son demasiados!

-Seguiremos hasta donde podamos –respondió Esteban.

-Es lo único que podemos hacer –añadió Daniela, frotándose las manos.

Mitsumasa se preguntó si lo hacía para tratar de entrar en calor o para ocultar que estaban temblándole. Miedo y agotamiento eran una pésima combinación.

-Entonces... chicos, fue un placer conocerlos –respondió Dhani.

-Druida... –empezó Ethan.

-¡Que no me llames así!

Con un suspiro, Ethan abandonó su lugar para plantarse frente a Mitsumasa y levantó la mano izquierda. El Baelrath había empezado a brillar de nuevo y el aprendiz de druida casi podía sentir que aquel resplandor azul era frío.

-¿El anillo me está llamando? ¿Otra vez? –preguntó Mitsumasa, sin poder determinar si debía sentirse molesto o asustado.

-El Baelrath pertenece a Danna y Danna es la Tierra –explicó Ethan-. El anillo está tratando de decirte que puedes hacer algo más que caer luchando entre las ruinas del Santuario.

-¿Por ejemplo?

-Invoca a Danna.

-Danna, si mal no recuerdo, está en Tir Na Og. Aunque enviara a sus guerreros a ayudarnos, ellos se convertirían en fantasmas al momento de abandonar las Islas Afortunadas. ¿Podrías aclararme un poquito más qué es lo que se supone que esperas que haga?

Ethan se mordió el labio inferior.

-Estoy diciéndote lo que el Baelrath me indica. Tú eres el druida, a ti te corresponde...

-¡Soy un aprendiz! ¡Puedo convocar a los dioses celtas hasta cansarme y eso no servirá de nada! ¡Un druida del máximo nivel tal vez tendría alguna oportunidad, pero yo ni siquiera soy un bardo y no puedo invocar la vida de la Tierra sin tener siquiera idea de cómo hacerlo! –Mitsumasa se detuvo de repente y miró a Ethan como si hubiera recordado algo de pronto-. Oh, no...

-¿No, qué? –preguntó Ethan.

-No me pidas que use una vida para invocar a Danna, por favor –susurró Mitsumasa-. No me pidas que contamine al Santuario con un sacrificio humano. No podemos estar tan desesperados.

-¿Eso funcionaría? –preguntó Dhani frunciendo el ceño.

-No es algo que vayamos a averiguar –replicó Leonel-. De ninguna manera.

-De todos modos, el Tratado de Nicea que mencionó Braulio…

-No aplica para dioses de otros panteones.

-Perdón... ¿puedo hacer una sugerencia? –intervino Kanon.

Mientras los demás discutían, Ónix se escabulló discretamente a otra habitación. Sacó de uno de los bolsillos secretos de su chaqueta una llave que no debería estar ahí, sino en la Casa de Virgo, la introdujo en la cerradura de la puerta, la hizo girar, abrió de nuevo la puerta y salió de la Casa de Sagitario para encontrarse en un lugar ubicado en otro continente.

Nadie notó su ausencia durante las próximas horas.


El Palacio de las Máquinas


-Mira nada más lo que trajo el gato –comentó Lilith.

Ginsei dejó de arrancar tallos y ramas para dirigirle una mirada llena de frustración.

-Lilith…

-¿No te enseñaron que una de las reglas básicas de cortesía es no intervenir en un combate ajeno? El rival de Azael es Seiya, no tú.

Ginsei se apartó lentamente del amasijo de plantas que envolvía a Seiya y tomó una titubeante posición de defensa.

-Ah, así está mejor –aprobó Lilith, y atacó sin más advertencia.

La Amazona de Géminis apenas alcanzó a advertir que su enemiga empuñaba un cuchillo, en cualquier caso, no pudo moverse con la suficiente rapidez como para esquivarla.

El cuchillo entró por la unión entre dos piezas de la armadura y se clavó profundamente, comprometiendo en forma seria el pulmón izquierdo y el espacio pleural. Era justo el lugar donde Azrael había estado a punto de herirla cuando la hizo combatir por la armadura.

"¡Debí mencionarle a Kiki este defecto en el diseño!" alcanzó a pensar Ginsei antes de que Lilith retorciera el cuchillo todo lo que permitía la rendija, para luego sacarlo de un tirón. A partir de ahí fue demasiado difícil pensar.

Seiya la vio caer, sin poder moverse de donde estaba. Lilith le dio una ligera patada a la Amazona de Géminis y se encogió de hombros. Todavía tardaría un rato en morir, pero ya no era una amenaza, si alguna vez lo había sido.

-Esto fue… anticlimático –confesó la madre de las Sombras, mirando de reojo a Seiya, que forcejeaba contra las plantas de Azael-. Esperaba algo mejor de una hija de Atenea. ¿Debería culpar a sus maestros?

-¡Esto lo pagarás! –gritó Seiya.

-¿En serio? Y yo que pensé que me agradecerías el haberte ahorrado el trabajo.

-¿El trabajo? ¿Cómo que "el trabajo"?

-Pobre imbécil –Lilith se acercó a él y habló con suavidad-. Llevas años preguntándote por qué Saori te alejó del Santuario antes de que naciera su niña, y ni una sola vez has estado cerca de la verdad. Pues bien, yo te lo diré: fue para que no mataras a su bebita.

Seiya dejó de luchar contra las plantas.

-¿Por qué querría yo matar a una niña?

-Querer o no querer no tendría nada que ver, pobre tonto. No habrías podido evitarlo más de lo que puedes evitar tener los ojos castaños: está en tu naturaleza, Asesino de Dioses.

Lo observó dar un respingo, y sonrió.

-Ah, has escuchado eso antes, ¿verdad? No es un apodo, Seiya, es un título. Tu título. Así es como te llaman en el Olimpo, porque desde la Era del Mito has sido el brazo ejecutor de Atenea, el encargado de asesinar a todo dios que pudiera estorbar la misión de tu ama.

-Ginsei no es una diosa, ni siquiera una semidiosa.

-No, ciertamente no lo es. Pero eso no lo sabía Saori antes de que naciera… la pobre no podía dormir pensando cómo se te rompería el corazón si una noche cualquiera despertaras de pronto con un puñal en la mano y frente a una cuna empapada en sangre. Bien sabemos todos que el haber estado a punto de hacer algo parecido fue más que suficiente para volver loco a Saga.

-Saga estaba loco mucho antes de eso. Y lo que dices son puras tonterías. No hay ninguna razón por la que Ginsei tuviera que ser un obstáculo en la misión de Saori.

-Lo era para su vida. Un estorbo. El recordatorio viviente de un error.

-¡Saori amaba a su hija!

-Por supuesto que sí. En el momento mismo de tenerla en sus brazos por primera vez, la amó con todo su corazón, pero no lo hizo desde el principio… en algún momento, antes de enviarte a España, llegó a desear que no hubiera existido nunca… y eso era más que suficiente para motivar al Asesino de Dioses, que responde a los deseos de Atenea, más que a sus palabras. Eso, como comprenderás, sirve para que la diosa pueda deshacerse de sus rivales sin cometer la ignominia de ordenar sus ejecuciones en presencia de testigos.

Seiya estaba ya casi cubierto por las plantas, pero sus ojos no se apartaban de Lilith, que siguió hablando con una sonrisa siniestra.

-Está en tu naturaleza, Sagitario. Si algo perturba a la diosa, tú lo eliminas y eso es todo. ¿Sabes por qué nunca has logrado querer a Ginsei, por mucho que te esforzaras? Es muy simple: no la quieres porque Saori no la quiso desde el principio. Llegó a quererla lo bastante como para que tú no sintieras la compulsión de matarla… pero tu rechazo hacia ella es solo un reflejo de lo que sentía su madre al momento de darse cuenta de que estaba encinta. Y la pobre tonta de Ginsei se esforzó tanto por ser digna de la armadura de Géminis precisamente por la misma razón: los niños que no fueron amados desde antes de nacer pasan la vida entera luchando por ganar el amor que debió dárseles sin condiciones desde el primer instante. Ningún padre comete un pecado mayor que el de no amar a sus hijos sin reservas, ese es un pecado que devora a las familias y se perpetúa en una generación tras otra. Probablemente la diosa de la Sabiduría no lo supo nunca, pero es en eso en lo que consiste realmente la maldición de Urano.

Para entonces, las plantas de Azael habían envuelto completamente a Seiya.

Lilith contempló aquel amasijo de tallos, hojas y flores inverosímiles y se encogió de hombros una vez más.

-Lo dije y lo repito: anticlimático.

Cuando Lilith y Azael abandonaron el corredor para volver al salón de los espejos, ninguno de los dos reparó en un detalle curioso: Ginsei ya no estaba en el rincón donde había caído.


El Santuario


Kanon tomó el bolso de Daga y sacó de ahí una cajita de sándalo que tenía grabado el símbolo de Géminis en la tapa.

-¿Cuándo metiste eso ahí? –preguntó Daga.

-¿Recuerdas que me dijiste que lo guardara en un lugar seguro? Por lo general no usas el bolso, sino que lo mantienes en el fondo del ropero, me pareció bastante seguro.

-Ja-jah.

"Típico. Siempre buscando cómo explotar a los demás."

Kanon sacó de la caja un collar de aspecto antiguo que colocó cuidadosamente sobre el respaldar del trono de Atenea.

-Ese collar… -Diana estaba boquiabierta-. ¡Es un emblema de Vesta!

-Mi madre…

"Kanon."

-Perdón, nuestra madre era una vestal.

Diana sonrió a medias.

-¿No le parece que es un poco arrogante invocar la protección de Vesta, señor Seadragon?

"Arrogante es quedarse corto, pero ese es el estado normal de mi hermano."

-Mira quién habla…

-Chicos, no empiecen, porque no van a terminar nunca –interrumpió Daga.

Los gemelos se encogieron de hombros al mismo tiempo, con idénticas expresiones que parecían indicar que, efectivamente, se trataba de una discusión que había empezado años atrás y que simplemente continuaba con unas cuantas frases de vez en cuando para luego quedar archivada (pero siempre pendiente) hasta la próxima ocasión. El intercambio de provocaciones e insultos ocasionalmente ingeniosos, algo que ya hacían sin siquiera molestarse en fingir enojo, era apenas otro ritual fraterno.

-Vesta es la protectora de la familia y el hogar –explicó Kanon.

-¡Pero es una diosa romana! ¡¿Quieres invocar a una diosa romana en el Santuario de Atenea? –exclamó Leonel.

-Ella está de acuerdo.

-…¿Atenea o Vesta? –preguntó Diana, confundida.

-Ambas, en realidad –sonrió Kanon.

"Agradecería una explicación" intervino Saga.

-Tú has estado hablando con las Tríadas, yo he estado hablando con Vesta.

"¿Tú…?"

-Era un cabo suelto, ¿no crees? Nuestra madre profanó el fuego de Vesta…

"Y la maldición de la diosa cayó sobre ella."

-Y sobre nosotros. Y sobre nuestra hermana.

"¿Eh?"

-Aprovechando que nuestra sobrina no puede escucharnos, medita sobre esta pregunta, hermano: ¿por qué Atenea Saori, que creció recibiendo todo el amor de Mitsumasa Kido y teniendo todas las ventajas que ofrecen la educación, la belleza y el dinero, no fue capaz de formar un familia? Una pista: se relaciona con una maldición, y no es solo la de Urano.

Saga se quedó mudo por un instante, pero de repente sus ojos se estrecharon y miró acusador a Kanon.

"tienes un hogar. Una familia…"

-Y bastante que me costó negociarlo con Vesta.

-Supongo que yo no tuve nada que ver –protestó Daga.

-Oh, sí tienes algo que ver –se apresuró a contestar Kanon-. Pero recuerda lo que acordamos: tú tienes tus creencias y yo tengo las mías. Tus parientes y tú hablan siempre de la necesidad de la fe para que un matrimonio se sostenga, ¿recuerdas? Pues en la fe en la que creció mi madre, ningún matrimonio se sostiene sin la ayuda de Vesta. Por eso, desde que empezamos a hablar de matrimonio, intenté hacer contacto con ella.

-¿Con tu madre?

-No, con Vesta –Kanon se dirigió de nuevo a Saga-. Ella es la… mejor dicho, una de las deidades protectoras de la familia y el hogar, no podía ignorar las súplicas hechas en nombre de una familia. Porque aunque acabas de acusarme de ser el único de los tres que tiene familia, mi eternamente insoportable hermano, tú, Saori y yo siempre fuimos una familia, a pesar del tiempo que estuvimos separados. Nuestra familia no se creó sino que se amplió con Ginsei, mi esposa y mis hijos. Creo que hasta podríamos contar a unos cuantos amigos tuyos como parte de…

"No tengo idea de a quiénes te refieres."

-Tú niégalo. A Vesta le consta que no te abandonaron ni siquiera después de muertos.

"¡¿Qué?"

-Yo se lo dije. Como iba diciendo, eso en cuanto a la familia. En lo que se refiere al hogar, este sitio, el Santuario, es el hogar al menos para tres… o quizá más miembros de la familia, dependiendo de si contamos o no a esos amigos que aseguras no tener. Y eso sin mencionar a otra persona por la que has pasado media vida preocupándote.

Aprovechando que Saga había vuelto a enmudecer (aunque esta vez de indignación), Kanon hizo una reverencia ante el trono, como lo habría hecho si alguna de las diosas (ya fuera la dueña del trono o la del collar, o ambas) estuviera presente.

-Lo que la sacerdotisa Metis puso en movimiento cumplió su ciclo. Ya solo queda la familia, reunida ante el fuego del hogar.

El collar brilló suavemente por unos segundos y la luz se derramó como una brisa cálida que recorrió la habitación.

-Es una época interesante –comentó Diana-. Recuerdo muy pocas ocasiones en que algún miembro de una orden sagrada obtuviera protección no solo de otra divinidad, sino además de una divinidad de otro panteón. ¿Cómo lograste convencerla?

Kanon se encogió de hombros con una sonrisa burlona.

-Tengo un poco de experiencia en el arte de la diplomacia.

"En manipulación, dirás."

-Los demás creerán que tienes mal concepto de mí, hermano mayor.

"¿Por qué habrían de creer otra cosa?"

-¿Se ponen de acuerdo para llevarse la contraria o les sale así de natural? –preguntó Leonel.

-Tengo la teoría de que es genético –suspiró Daga.


El Palacio de las Máquinas


Shun esquivó por cuarta o quinta vez a Asbeel. Los movimientos de su enemigo eran demasiado rápidos para su gusto y no le daban tiempo de iniciar una contraofensiva como hubiera querido.

Estaban aislados en lo que parecía ser un almacén, lleno de cajas y barriles de metal. De vez en cuando aparecía algún Reflejo que trataba de atacar a Shun solo para ser derribado inmediatamente. No eran muy fuertes, pero sí eran muchos, y estaban empezando a volverse realmente molestos.

Cuando escuchó la puerta abrirse por enésima vez, Shun estuvo a punto de liberar un Tesoro del Cielo sin siquiera mirar de quién se trataba, pero logró detenerse justo a tiempo.

Lo cual fue una verdadera suerte, al menos para Ónix.

-¡Shun!

Esa voz, tan similar a la suya, era lo último que el Caballero de Virgo deseaba escuchar en ese momento.

-¡¿Qué haces aquí? –exclamó, alarmado.

-El Santuario está bajo ataque –jadeó Ónix, que había estado recorriendo el palacio de arriba abajo sin encontrar a nadie conocido a quién comunicarle la noticia.

-Debí adivinarlo –suspiró Shun-. Estas criaturas no pueden ser los mejores guerreros de Lilith.

-No, esos somos nosotros –rió Asbeel-. Los Reflejos están aquí a préstamo.

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

-Usé tu llave…

-¿Mi…? ¡Ónix!

-Me pareció que alguien debía avisarte…

La puerta se abrió de nuevo y un grupo de Reflejos, el más numeroso hasta el momento, los rodeó en un instante. Asbeel se apoyó contra el muro para descansar un rato, silbando despreocupadamente.

Quizá sería más divertido dejar que los soldados de Yin se hicieran cargo de esos dos, algún otro de los Caballeros de Atenea debía tener un desafío más interesante que ofrecerle que las pacíficas técnicas de Virgo.


-¿Qué podrá ser todo ese escándalo? –preguntó MM.

-Nos invaden, si no me equivoco –respondió Cristina.

-Lo que nos faltaba. Aunque, pensándolo bien, puede sernos útil.

-¿Ah, sí?

-Sí, podemos aprovechar la confusión y sacar de aquí al chiquillo sin que nadie lo note. No lo has reportado a tu superiora, será como si nunca hubiera estado aquí.

-Hum, quizá funcione.

-¿Alguna idea de cómo podemos salir sin llamar mucho la atención?

-Conozco un atajo a una salida de emergencia.

-¿En serio?

-Bueno, lo primero que hice al llegar aquí fue investigar cómo emprender discretamente la graciosa huida en caso de emergencia. Después de la forma en que Lilith me abandonó cuando la señorita Kido decidió desmantelar el Laboratorio Central, me pareció que era prudente no buscar quedar otra vez en una posición tan vulnerable.

-Me alegro. ¿Vienes con nosotros en forma definitiva, o prefieres quedarte aquí?

Cristina titubeó. No tenía el menor deseo de continuar trabajando para Lilith, pero le preocupaban los guerreros del Zodiaco Chino. En ese momento deberían estar invadiendo el Santuario, cosa que tuvo mucho cuidado de no comentarle a MM, pero cuando regresaran (si regresaban) iban a necesitarla con toda seguridad.

-Los acompañaré hasta dejarlos afuera, regresaré cuando este lugar parezca un poco menos peligroso.


El Santuario


Terry no intentó crear otro muro de fuego. El escudo de Vesta, aunque bastante débil a causa de la distancia entre el Santuario de Atenea y los templos de Vesta en Italia, era suficiente como para restar velocidad y agilidad a los Tecnomagos. Eso debería servir para que los aprendices y caballeros pudieran hacerles frente mientras él completaba su verdadera misión.

Bajó del techo de la Casa de Sagitario a toda prisa, evitando encontrarse con Andy y se dirigió hacia donde se había formado el Laberinto de Espejos. Era una suerte que Kanon hubiera logrado desorientar al Zodiaco Chino sin hacerles daño, le facilitaría las cosas…

Una vez que estuvo cerca, invocó su cosmos e hizo que el calor evaporara el agua que tanto trabajo le había costado conseguir a Mitsumasa, Esteban y Daniela. Sin el espejo líquido, el laberinto se derrumbó de inmediato y pronto se encontró frente al Zodiaco Chino. Frente a Fénix, mejor dicho.

La muchacha sacudió la cabeza, tratando de disipar los últimos restos de ilusiones de Géminis y le dirigió una mirada fría.

-Veo que estás decidido a que acabe contigo –declaró.

-Puede ser –contestó Terry, con una sonrisa.

Continuará…