Nueva misión- Parte 2
-Las aguas parecen que están revueltas- murmuró Clove, después de ojear el periódico y dejarlo sobre la mesa del café, cuidadosamente doblado.
-Berlín siempre está revuelto- se encogió de hombros Enobaria, a la vez que aspiraba el humo de su cigarrillo y cruzaba las piernas.
-¿Sólo eso te cuenta Brutus?- inquirió divertida Cashmere, que también sostenía un cigarrillo entre sus dedos.
-Últimamente sólo habla de eso- siseó molesta Enobaria -con la guerra de por medio, la boda está aplazada hasta que las cosas se tranquilicen-.
Peeta, alejado del grupo de oficiales femeninas, apuraba su café para poder volver a su despacho; Bella ya estaría allí, y estaba ansioso por verla. Pero ante la insistencia de Gloss, había aceptado tomarse el café con los oficiales después de comer; su prioridad era ahora Katniss, y no quería levantar sospechas.
-Parece que pasaremos un verano tranquilo- meditaba Gloss en voz alta. Cato le miró, arqueando una ceja, cosa que fue secundada por otros oficiales.
-Estamos en plena guerra; dudo mucho que tengamos tranquilidad en mucho tiempo- siseó Peeta entre dientes... estúpidas ansias de conquistar el mundo...
-Lo que deberían plantearse en invadir Rusia de una vez- siseó a su vez Cato-ese frente sigue abierto, y nuestros aliados...- el propio Peeta le cortó.
-Ahí tienes tu oportunidad, Hadley- el sargento le miró, sin entender una sola palabra -podrías pedir el traslado al frente; de seguro en Berlín se tirarían de los pelos por que prestases allí tus servicios- exclamó éste, con visible sarcasmo en su voz. Los ojos de Cato lanzaban flechas envenenadas a su superior; jamás le perdonaría el que le hubiera humillado de esa manera, y más delante de una de esas piojosas reclusas que tenían allí retenidas.
-Seguro que aquí soy más necesario- le respondió, con una calma en su tono de voz que a Cato no le gustaba en absoluto -la muchacha que regenta la oficina de telégrafos es sumamente agradable-.
Esa contestación hizo que el grupo de oficiales soltara la carcajada, y que los ojos de Peeta rodaran, debido a la frustración. Había relegado a Cato Hadley a tareas que bien podrían corresponder a las de un soldado raso, cómo era ocuparse del correo... pero tenía la impresión de que nunca se desharía del tedioso sargento. Su petición para que fuera transferido a otro destino seguía siendo ignorada desde Berlín, y por más que le humillara a las más tediosas tareas, la hombría y el orgullo de Hadley seguían intactas. Por suerte para él, Gloss cambió totalmente el rumbo de la conversación, que empezaba a tornarse tensa.
-¿Dónde están Boggs y esos dos oficiales que le siguen a todos los lados?- interrogó en voz alta. Boggs había llegado junto otros dos oficiales, llamados Beete y Gale; ni siquiera Peeta se acordaba de sus apellidos.
-Son unos anti sociales- intervino Cashmere, desde el grupo de las chicas -apenas se relacionan con el resto-.
-Comen con nosotros- le recordó Gloss. Peeta hizo memoria, y era cierto. Habían comido en su misma mesa, pero apenas habían abierto la boca... pero no vio nada sospechoso.
-Apenas hablan- se quejó Cato -menudos compañeros que mandas traer, teniente Mellark- pronunció su nombre con sarcasmo.
-Pueden que ellos se dediquen a hacer su trabajo, y cumplir con sus obligaciones y las órdenes de su superiores, sargento Hadley- escupió Peeta poniéndose de pie -cualquier cosa, estaré en mi despacho- les informó, para después salir de allí.
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Se quedó apoyado en el marco de la puerta, mirándola con una pequeña sonrisa. Había abierto sin hacer apenas ruido, y allí estaba ella, con la mirada fija en los papeles y tarareando muy muy bajito una canción. Era una tarde calurosa, y vio que se había quitado el pañuelo que cubría su cabeza. Una sonrisa nostálgica se dibujó en su mente, acordándose de los suaves rizos castaños que solían cubrir sus hombros, y que llegaban a la mitad de su espalda.
No entendía esa estúpida orden que vino directa de Berlín; cortarles el pelo a las reclusas... ¿para qué?. Sabía que en Berlín vendían todas esas matas de cabello, pero siempre le había parecido un acto repulsivo. Se acordó de la primera vez que la vio así, la noche que Katniss llegó a Ravensbrück... pero le daba igual, porque seguía siendo su Kat la que estaba allí sentada, con o sin mata de pelo.
-Qué trabajadora- llamó su atención. No pudo evitar soltar una risita al ver que ella pegaba un pequeño bote encima de su silla. De pequeña siempre le asustaba, era muy cómico ver a Katniss enfadada y enfurruñada.
-Me... me has asustado- le reprochó ella frunciendo el ceño, pero a la vez sonriendo... igual que hacía de pequeña. Sus mejillas se tiñeron de un delicioso color rosado, e inmediatamente volvió a cubrirse la cabeza... no quería que Peeta la viera así. El joven quería decirle que no pasaba nada, que a él no le importaba su aspecto... pero no quiso que sintiera vergüenza, y dejó pasar el gesto.
-¿Cómo va la tarea?- le preguntó, acercándose a ella por detrás, e inclinándose hacia los papeles. Los latidos del corazón de Katniss tronaban en su pecho de manera alarmante, podía sentir la respiración del joven en su cuello; y el de éste palpitaba de igual manera, ya que sus ojos se desviaban continuamente hacia esa suave piel de su cuello, dónde tantas veces la había besado.
-Bie... bien- tartamudeó ella, intentando controlar las sensaciones que se iban apoderando de su cuerpo -hay muchos nombres, y tampoco están separados los distintos campos a dónde pertenecen- le relató ella. Su suave voz era un regalo para sus oídos; si por él fuera, la encerraría en esa pequeña casita y no permitiría que se alejara de él ni un sólo milímetro... pero eso lo pondría en evidencia, y por consiguiente, en peligro, tanto a ella cómo a él mismo.
-Bueno, poco a poco los iremos organizando; no te preocupes por eso- la animó éste, dándose la vuelta y quedando frente al pequeño escritorio -¿quieres otro té?- le ofreció.
-Gracias- desechó ella el ofrecimiento, negando con la cabeza pero Peeta no se quedó convencido del todo.
-Seguro que tienes hambre- la tentó; de nuevo sacó la caja de las galletas, poniéndola frente a sus ojos.
La joven se mordió el labio, debatiéndose en si coger una o no. Ya se había comido varias a la mañana, aparte de las que se había llevado para las chicas. Tampoco quería acabar con todas ellas, no quería que Peeta pensara que era una glotona.
-Luego me llevaré, para las chicas- le explicó, cosa que hizo resoplar a Peeta un poco mosqueado.
-Puedes comer, y llevarte las que quieras- le dijo éste. Tenía que encontrar un modo de conseguirles comida, pero tampoco podía robarla directamente de la cocina. Quizá pudiera comprar algo en el pueblo y guardarlo con disimulo, hasta poder dárselo a Bella y a las chicas. Dejó la caja encima de su mesa, abierta; esperaba que dentro de un rato cogiera alguna. Cuando iba a sentarse en su mesa, volvió a darse cuenta del tremendo cardenal que surcaba la mejilla de la joven.
-¿Quién te hizo eso, Kat?-le preguntó, intentando contener su rabia; sus dedos escocían, quería tocar el mismo esa malherida mejilla, y comprobar que no era más que un golpe. Fue la mano derecha de Katniss la que hizo eso por él, a la vez que los ojos grises que tanto adoraba se cristalizaban por las lágrimas.
-La sargento Enobaria, esta mañana antes de venir aquí- Katniss podía jurar que oyó cómo éste cerraba con fuerza su mandíbula, apretándola duramente -tardé en contestar a una pregunta- se encogió suavemente de hombros, ante la mirada horrorizada y furiosa del joven teniente... ¿cómo se atrevía esa perra a ponerle la mano encima?... Boggs tenía razón, las oficiales femeninas eran demasiado violentas. Hablaría luego con él, para que estrechara su vigilancia; también hablaría mañana mismo con Enobaria, Cashmere y compañía.
-Kat yo...- no sabía qué podía decirle para que se sintiera mejor, así que realizó un rápido viaje al cuarto de baño. Mojó una toalla con agua fría, para después volver al salón.
Los ojos de Katniss se abrieron de manera desmesurada, al sentir cómo el propio Peeta se acercaba a ella, y posaba con sumo cuidado la toalla sobre su malherida mejilla... ¿por qué le hacía ésto?; si él supiera lo que causaba con esa cercanía... era demasiado para el corazón de la joven, así que apartó la mejilla, para que Peeta le diera la toalla humedecida.
-Yo puedo hacerlo- susurró casi para sus adentros. El joven asintió, apartándose un poco; en su interior, maldecía la idea de que ella le tuviera miedo... pero la entendía perfectamente. Parecía que con ese abrazo que le había dado esa mañana, ella se abría más a él... pero sólo fue ese momento.
Decidió dejarla tranquila un rato, así que se sentó frente a su escritorio. Notó la mesa mucho más ordenada, y no pudo evitar dirigirse de nuevo a su amada. Ella lo observaba de reojo... tenía tantas preguntas que hacerle... pero prefirió dejarlas para otro momento.
-¿Has ordenado mi mesa?- Katniss volvió la vista, mirándole con cautela y mordiéndose el labio inferior.
-Un poc... un poco- suspiró ella- el joven esbozó una sonrisa; iba a decirle que no pasaba absolutamente nada, pero ésta siguió hablando -cuando entré, estaba aquí un oficial, buscando unos documentos que le habías pedido que te llevara- la sonrisa se borró del rostro del joven.
-¿Un oficial?- interrogó, frunciendo el ceño; él no había dado orden alguna, por supuesto -¿viste quién era?- la muchacha asintió de manera afirmativa.
-Ese chico moreno, joven... no recuerdo su nombre, lleva aquí poco tiempo- le explicó; la cara de circunstancias de éste hizo que se asustara -lo siento- murmuró ella, con miedo -no quería revolver en tu mesa, pero se habían caído varias carpetas al suelo, y yo...-.
-Kat, tranquila; tú no has hecho nada malo- la tranquilizó -se me había olvidado que se lo había pedido a Boggs- la joven le regaló una bonita sonrisa, y tuvo que apartarse de ella; el impulso de besar esos labios era superior a sus fuerzas -ahora mismo regreso- salió del despacho, encerrándose unos minutos en la pequeña habitación que tenía por dormitorio.
Nada más cerrar la puerta, el resoplido que salió de sus labios fue monumental... ¿qué demonios hacía Boggs en su despacho, a esas horas... y hurgando en los papeles?... ¿acaso era un espía de Berlín, mandado por Plutarch?; estaba claro que no podía fiarse de nadie en ese maldito lugar. Al asomarse por la ventana, se dio cuenta de que Beete, uno de los oficiales que habían llegado con el sargento Boggs, vigilaba su casa de manera disimulada.
Todo era demasiado extraño; por un lado, parecía compasivo con las chicas, se preocupaba por el comportamiento violento de los oficiales... y ahora se dedicaba a espiarle a él; había quedado demostrado que Boggs se comportaba de manera extraña, pero... ¿en qué bando jugaba?
