Cap. 25 (Something Stupid - Frank &Nancy Sinatra)

Me detuve frente a la puerta del aula con los malditos guantes de Derwent en las manos.

Había seguido el consejo de Amelia, otra estupidez que añadir a la lista. Lo que conseguí fue tener que explicarle a Derwent para qué los necesitaba y, por supuesto, un coro de risitas y comentarios. Pero yo ni siquiera tenía unos guantes propios.

Suspiré. Maldita fuera toda esa historia, me daba la sensación de estar volviéndome idiota por momentos.

Negué con la cabeza y agarré el pomo de la puerta sin llegar a abrirla. Caí en la cuenta de que de nuevo iba a estar a solas con él.

Empecé a ponerme nerviosa recordándome a mí misma que estaba allí porque me interesaba saber qué pasaría con el caldero, no por él… ¡Ja! Sí, claro. Porque de repente me fascinaba la limpieza de calderos. Sacudí la cabeza con violencia.

―¡Ah, Minerva! Sabía que vendrías, gracias por acompañarme― saludó sonriente llegando por mi espalda y poniendo una mano sobre mi hombro. Yo di un respingo, no me lo esperaba―. Tranquila, no te asustes, soy yo ―dijo quitándola. Yo no sabía a dónde mirar―. ¡Ah! Pero al final no has convencido a nadie más ―añadió un poco abatido.

―No, esto…, no…, no quisieron venir. Dijeron que…, era aburrido ―mentí. En realidad no habían querido venir a propósito y la verdad es que no iba a oponerme a ello, pero no iba a contárselo.

―¡Qué raro! Hubiera jurado que a Amelia y a Nisa les interesaban las pociones― comentó, luego se encogió de hombros―. Bueno, pues solos tú y yo. No necesitamos más gente, ¿verdad? ―aseguró sonriendo, sacando la varita y deshaciendo el encantamiento de la puerta.

Yo sólo sonreí como una idiota sin saber qué decir. Simplemente magnífico.

―Incluso mejor, así si no funciona no será tan humillante ―terminó él entrando al aula.

Se fue hacia la mesa del profesor donde había dejado todos sus bártulos y yo me fui a mi sitio donde estaba todavía el caldero sucio.

―¡Ah! ¿Ese es el caldero? ―preguntó―. Dame un minuto, ahora vengo.

¡Ah! Pero… ¿Pensaba venir? Decidí no pensar en ello; me puse los guantes con nerviosismo mientras él tomaba unas notas, el potecito metálico y sus propios guantes, y se acercaba.

―¿Puedes moverte a ese taburete por favor? ―me pidió. Obedecí y él agarró el taburete que yo había dejado libre, lo acercó a mí y al caldero y se sentó.

Maravilloso, era lo que necesitaba para relajarme; tenerle a menos de dos palmos a mi izquierda, con la pared a la mi derecha, entre dos mesas (delante y detrás) Empezó a repasar en silencio las notas que había traído. Esperé unos minutos.

―¿Profesor? ―le interrumpí por fin. Me miró interesado―. Es que… Hum… Bueno, aún no me ha contado lo que vamos a hacer.

―¡Ah! Es cierto, perdona, error mío, verás… ―empezó dejando los papeles en la mesa y mostrándome el potecito―. Estoy trabajando en un estudio sobre la sangre de dragón, sus propiedades y sus usos; y la última mezcla estable que conseguí lo único que hace es deshacerlo todo excepto el metal y el alcohol. Esa es una propiedad bastante peculiar y útil si lo que estás buscando es un potente ácido, pero tú me has dado otra idea. Si lograra mantenerla realmente estable podríamos inventar un limpiador de calderos y hornos 100% fiable, reutilizable y barato. Y como seguro sería totalmente infalible, nunca más habría problemas de que quedaran restos de pociones anteriores en los calderos que pudieran adulterar las nuevas― expuso. Cuando salí de mi fascinación cerré la boca que se me había quedado abierta.

―La… ¿La sangre de dragón?, ¿pero no es un líquido altamente explosivo que nadie ha conseguido estabilizar? ―pregunté no muy segura.

―Bueno… es por el fuego ¿sabes? Los dragones echan fuego por sus fauces utilizando su sangre como combustible, así que es altamente inflamable y explota ante casi cualquier tipo de manipulación. Pero hay que saber la forma exacta de tratarla para conseguir todo su potencial que, según mis cálculos, es impresionante… Pero no te preocupes por eso, llevo mucho tiempo trabajando en ello y ya controlo prácticamente toda esa parte. Además, se la puede modificar de diferentes maneras para que pierda sus cualidades detonantes, igual que se la puede modificar para que las aumente. De hecho eso es lo que estoy estudiando al respecto; cómo volverla estable para usarla como limpiador― explicó.

―Pero ya existen pociones limpiadoras infalibles― aseguré levantando una ceja.

―Sí, por supuesto; pero no son reutilizables y prepararlas es terriblemente costoso en comparación. Si esto funciona, la gente podría comprar simplemente un potecito de sangre de dragón como ese y no volver a comprar limpia-calderos nunca más.

Yo asentí con la cabeza entendiendo. Él se giró hacia el caldero inspeccionando las manchas rugosas con aire académico y les dio golpecitos con la punta de la varita, las manchas no se inmutaron.

―Mmm… ¿Qué poción estabais haciendo? ―preguntó pensativo.

―Nosotros, el "Filtro de la paz"; Derwent, ¿quién sabe? ―respondí encogiéndome de hombros. Él rió por mi comentario y yo me lo quedé mirando. Me gustaba que se riera, aunque siempre lo hiciera sin venir a cuento.

―Bueno… ―intentó calmarse, aún riendo―. Las pociones no son mi punto fuerte, si no recuerdo mal el filtro de la paz lleva polvo de ópalo y jarabe de eléboro. ¿Verdad?

―Sí ―corroboré.

―Creo que ninguno de ambos reacciona dejando este tipo de manchas ―apuntó mesándose la barba―. Por si acaso, déjame que compruebe qué es esto exactamente.

Seccionó un trozo del caldero manchado y me hizo apartar un poco contra la pared mientras se ponía sus guantes.

Colocó el trozo sobre el fuego y conjuró una barrera protectora a su alrededor; entonces, metió las manos en la barrera y empezó a modificar el fuego lentamente mientras observaba las reacciones de las manchas en el interior. De tanto en tanto les iba haciendo unos cuantos encantamientos que yo no había oído nunca. Las manchas reaccionaban, cambiaban de color, emitían gases; nunca había visto hacer algo así. Lo contemplé hipnotizada un rato y luego no pude evitarlo.

―Profesor, perdone que le interrumpa, pero… ¿Qué está haciendo? ―pregunté completamente confundida.

―Alquimia ―respondió él sin perder de vista el caldero―. Consiste en separar los elementos de sus impurezas para identificarlos. Según el color que cojan las manchas, a que temperatura entren en ebullición o cómo reaccionen a los hechizos que les estoy lanzando, podré saber qué ingredientes las componen.

―Al… ¿Alquimia? ―Pregunté absolutamente admirada―. ¿También sabe hacer alquimia?, ¿acaso hay algo que usted no sepa hacer?

Él se giró para mirarme avergonzado, de pronto se había puesto bastante rojo.

Yo me di cuenta de que había sido un comentario bastante explícito en lo que se refería a mi admiración creciente por él y también me ruboricé, deseando no haberlo dicho.

―Bueno, eso es muy halagador pero con la Alquimia el merito no es solo mío. Conocer a Argo Pyrites y a Nicholas Flamel me ha ayudado bastante a saber sobre esto. Además, por supuesto que hay cosas que no sé hacer, por ejemplo, nunca diría que la mermelada de frambuesas es mi… especialidad precisamente; y es una pena, porque es mi favorita ―admitió. Y entonces me di cuenta, había bajado la guardia un poco incómodo, era el momento adecuado.

―¿Eran amigos de su padre o algo? Ya sabe, Nicholas Flamel… Umbridge dijo el otro día que sabía lo que había hecho su padre. Pensé que podía ser un alquimista ―aposté inocentemente como quien no quiere la cosa.

Entonces se oyó como si algo de cristal hubiera explotado entre sus manos, ambos nos giramos a mirar. El pedazo que estaba manipulando había estallado en astillas que habían quedado incrustadas en los guantes y en todo lo que estaba dentro de la barrera.

―Vaya, lo siento, me he desconcentrado y… ―se disculpó―. Pero bueno, más o menos me hago una idea de lo que había, aunque algo hay que debo admitir: Nunca había visto una mezcla tan creativa para hacer un filtro de la paz― dijo riendo.

Yo le miré con desconfianza y luego miré al caldero. Maravilloso, estaba atrapada entre la pared y un lunático que acaba de hacer estallar un trozo de metal con algo potencialmente peligroso pegado y que encima se reía. Por mucha alquimia que supiera hacer…

Supongo que notó mi nerviosismo, porque me sonrió para tranquilizarme. Pena que últimamente sus sonrisas consiguieran exactamente todo lo contrario.

―No te preocupes, está todo controlado. Por algún motivo el polvo de ópalo estaba contaminado con nitrato potásico y… ¿carbón? ¿En qué pensaba Derwent cuando hacía esto? Estaba haciendo pólvora. Y yo sin pensar le agregué azufre para saber la cantidad de eléboro que llevaba, por eso ha estallado. Pero bueno, he descubierto también bilis de armadillo y secreción de bundimun. No me extraña que no hayas podido limpiarlo― sentenció deshaciendo la barrera y quitándose los guantes, que habían quedado completamente destrozados.

Lo miré suspicaz. ¿Sin pensar? No me convencía demasiado, parecía más bien que lo hubiera hecho estallar para evadir mi pregunta sobre su padre.

Pero bueno, si se tenía que poner tan nervioso, sería mejor no insistir, no fuera que terminara haciendo explotar el colegio sólo para cambiar de tema. Tomé una decisión: hablaría con Filius y con Slughorn, o incluso con Mundungus Fletcher. Después de todo, lo de Filius podía ser maleducado chismorreo escolar y lo de Slughorn podía clasificarse hasta de desequilibrado voyerismo obsesivo, pero lo Fletcher sin duda era lo peor, aquello era directamente espionaje internacional… Además preguntar por las tres mujeres que Umbridge había mencionado no era como preguntar por él directamente, si la conversación desembocaba, que lo haría, no era mi culpa...

Cuando se hubo quitado los guantes, se volvió hacia mí de nuevo.

―Es como si se hubieran tratado de hacer 4 pociones diferentes simultáneamente en el mismo caldero... ―explicó sacándome de mis pensamientos ―. Pero bueno, no debemos subestimar este tipo de accidentes. La mayoría de las grandes pociones útiles se descubrieron mientras se intentaba hacer algo totalmente distinto, o gracias a que alguien vertió sin querer algo que no debía ―terminó sonriente. Yo no podía saber si hablaba en serio, pero estaba empezando a acostumbrarme a la incertidumbre. Alcé una ceja suspicaz.

―¡Y ahora es tiempo de la parte interesante de verdad! ―exclamó emocionado. Miró a sus guantes, estaban llenos de rotos y fisuras por las astillas―. Creo que vas a tener que hacerlo tú, por favor ―me pidió.

Yo miré los guantes de Derwent y luego sus manos. Él no podía ponérselos, tenía las manos grandes. Delgadas y todo, pero grandes y los dedos largos.

―¿Yo? Pero si…, yo no…, quiero decir… ¿cómo? ―balbuceé nerviosa.

―Cálmate, eso lo primero. ¿De acuerdo? Estoy aquí, sólo tienes que confiar en mí y hacer exactamente lo que te diga. Yo te guiaré― dijo intentando tranquilizarme―. Vamos a ver.

Tomó el resto del caldero, lo puso donde antes había estado el trozo y restauró la muesca que le había hecho.

―Necesito que pongas las manos tocando el borde del caldero mientras sostienes el botellín y tu varita ―me pidió. Así lo hice y él conjuró de nuevo una barrera alrededor del caldero hasta el borde de los guantes―. Bien, ahora notarás que puedes mover las manos, pero que no puedes sacarlas o meterlas más ―me explicó.

Lo intenté, efectivamente no podía sacar los guantes ni sacar las manos del interior. Magnífico, así que ahora me tenía inmovilizada y sujeta a un caldero a su merced… eso aún me puso más tensa, sacudí la cabeza.

―¿Y qué hago? ―pregunté deseando terminar cuanto antes.

―De acuerdo, ahora vamos a destapar el pote y verter un poco sobre las manchas, con cuidado. Técnicamente es estable pero todavía no puedo asegurar al 100% que no estallará― dijo. Yo me encogí asustada y él se rió―. Es broma, es broma. Tranquila, sí es estable. Un poco de humor para relajar nunca viene mal, que parece que estás trabajando con Uranio― añadió y yo fruncí el ceño. Si no hubiera tenido las manos inmovilizadas le hubiera lanzado un maleficio. Me volví hacia el caldero y destapé el potecito.

―¿Cuánta cantidad vierto? ―pregunté.

―¡Ah! A ver, espera… ―se levantó, miró dentro, se puso detrás de mí y me agarró por los codos.

Yo me ruboricé y tensé como un palo, pero él lo ignoró y me hizo verter un chorrito.

―Bien, creo que con eso habrá suficiente. Ahora, con la varita, muévelo para que recorra toda la superficie del caldero, lentamente ―pidió poniendo sus manos en mis hombros y echándose sobre mí para mirar dentro del caldero. Yo no reaccioné―. ¿Minerva? ―preguntó mirándome.

―¡Ah! Ah sí, perdón― me disculpé recobrando la compostura y obedeciendo.

Efectivamente, tal como había predicho, el líquido verde iba comiéndose las manchas rápidamente dejando el fondo del caldero reluciente como si fuera nuevo.

―Vaya, no había pensado en eso. Se está comiendo el protector del metal también― anunció Dumbledore frustrado.

Se fue corriendo a la mesa del profesor y empezó a escribir, dejándome allí sin poder moverme.

― Será un problema― siguió diciendo para sí mismo ―aunque claro, eso es con los viejos calderos, que usaban una protección de carbón, con el plomo en amalgama no tendría por qué pasar y en cualquier caso podría conseguir que fuera menos abrasiva simplemente diluyéndola con alcohol… No sé si eso funcionaría, tendría que probarlo.

―Esto… ¿Profesor? ―le interrumpí cuando conseguí que toda la sangre volviera al potecito metálico y lo sellé.

Él, sorprendido, levantó la cabeza como si no se esperara que allí hubiera alguien más.

―¡Minerva! Perdona; por un momento me había olvidado de ti, ¿en qué puedo ayudarte? ―me dijo.

―Eeh… quisiera recuperar mis manos, sobre todo.

―¡Ah! ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Lo siento!― se disculpó avergonzado y deshizo la barrera protectora con un movimiento de varita―. Me he despistado. Se me ha ocurrido esto y me puesto a escribir y… perdona.

―No, no se preocupe, estoy bien ―dije quitándome los guantes y recogiendo―. Parece que el experimento ha funcionado.

―Gracias a ti; sin tu ayuda no lo hubiera logrado― respondió sonriendo con franqueza. Adoraba que hiciera eso―. No sé cómo podré compensarte todo lo que estás haciendo por mí desde que llegué.

―Bueno, no lo hago para que me compense― admití. Él rió.

―No, ya sé que eres completamente capaz de conseguir un "Extraordinario" en el T.I.M.O. de Transfiguraciones tu sola, con tu talento y esfuerzo, sin necesidad de hacerme la pelota para que te lo ponga― dijo negando con la cabeza sonriente y volviendo a sus papeles.

Por suerte para mi, él había bajado la vista, porque me puse como un tomate. Otra vez. Me fui hacia la puerta nerviosa; lo mejor era salir de allí cuanto antes.

―No te preocupes, algo se me ocurrirá para compensarte ―añadió como quien no quiere la cosa.

Yo me detuve y me gire para mirarlo.

―Mmm, Podría…, podría llevarte conmigo a Londres ―expuso levantando la cabeza pensativo. Yo me puse pálida. Un momento, eso…, eso era… ¿Me estaba pidiendo lo que creía que me estaba pidiendo? ― Tengo que resolver unos asuntos y me vendría bien un poco de ayuda, además así tú podrías salir. Sólo sería un día, no creo que hubiera problemas con el Profesor Dippet. Si tú quisieras, claro.

―Eh…, bueno…, en realidad…, no sé… Quiero decir que…―balbuceé nerviosa.

―No, es cierto. Tienes razón ―dijo mirándome y chasqueando la legua―. Es una mala idea. Seguramente si vinieras conmigo sería por hacerme el favor a mí de nuevo... Ah, ya sé, puedo levantarte el castigo― sonrió cayendo en la cuenta y luego se mesó la barba―. Aunque me interesaba que vinieras al de mañana, iba a organizar una sesión de estudio con los niños de primero y segundo para que les ayudarais en los exámenes― explicó tranquilamente, luego se encogió de hombros―. Bueno, puedes venir voluntariamente. Si quieres―aclaró y luego bajó la cabeza hacia sus papeles de nuevo.

―Ah…, eh…, bueno…, yo… ―balbuceé aún de piedra. No sabía que decir.

Él acababa de, acababa de pedirme que fuera con él o algo así, ¿Verdad? ¿Cómo… como una cita? No lo tenía muy claro. ¡Rayos! Para una vez que alguien me pedía hacer algo que realmente hubiera tenido ganas de hacer y me quedaba balbuceando como si fuera retrasada mental. "¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota!" Me repetí con rabia, luego suspiré para calmarle y lo miré.

―Sí, claro que vendré mañana ―dije tristemente. Él sonrió complacido.

Salí al pasillo sin decir nada ni despedirme y corrí sin detenerme hasta llegar afuera, al exterior, necesitaba que el aire me aclarara las ideas.