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CAPITULO 25
Candy abrió los ojos y solo encontró oscuridad.
Y dolor…
Mucho dolor.
Notaba que el lado derecho de la cara le palpitaba e irradiaba una horrible sensación que se extendía por todo su cuerpo. Trató de incorporarse, pero apenas podía moverse. Estaba entumecida. Fue entonces cuando se percató de algo más: tenía mucho frío. Se palpó el cuerpo y comprobó que su manto había desaparecido, al igual que la chaqueta de lana que se había puesto antes de salir.
Hizo un nuevo esfuerzo por sentarse y lo consiguió, aunque se ganó una terrible náusea que casi la hizo vomitar por el esfuerzo. Se tocó la cara y se encogió de dolor. La notaba hinchada y muy sensible. ¿Ese animal de Murray le había dado un puñetazo? Se estremeció al recordarlo, ¡podría haberla matado! De hecho, había dejado muy claro que esa era su intención.
Miró a su alrededor y una negrura opresiva estuvo a punto de dejarla sin aire. El bosque, sumido en las sombras, era aterrador. Sus oídos se aguzaron y percibió los sonidos de la noche, los crujidos de las ramas de los árboles, los susurros de las hojas en sus copas, los movimientos de algún animal rascando el suelo de tierra, el ulular de un ave nocturna al acecho de su presa… Candy se estremeció y se arrastró hasta encontrar un tronco donde apoyarse y tratar de serenar su respiración.
¿Qué iba a hacer? Estaba muerta de miedo y de frío. Le dolía la cara y notaba que le palpitaban las sienes. Y tenía sed… Mucha sed.
No supo cuanto tiempo pasó, pues a su alrededor nada cambiaba, excepto los ruidos que llegaban hasta ella como una clara amenaza. Sus ojos se habían habituado a la oscuridad y podía intuir los perfiles de los troncos de los árboles y los arbustos más cercanos. De vez en cuando, las hojas se movían o escuchaba el chasquido de una rama, muy cerca de ella, y se sobresaltaba. El corazón le latía en la garganta y era casi incapaz de parpadear. Jamás había estado tan alerta como en aquellos largos y angustiosos minutos.
Entonces, desde las sombras, le llegó el sonido de pisadas. Lo que fuera que la acechaba, se acercaba rápido. También oyó un escalofriante aullido, y logró ponerse en pie a pesar de que las piernas le temblaban tanto que pensó que no la sostendrían.
—Oh, Dios mío…
La sangre le corría frenética por las venas y, aunque estaba dolorida y entumecida, su instinto de supervivencia fue más fuerte. Sus pies se movieron, despacio al principio, alejándose del lugar y de la presencia que sentía cada vez más cercana. De pronto y sin saber cómo, estaba corriendo por el bosque, arañándose las manos, brazos y rostro con las ramas que encontraba en su camino. Tropezó un par de veces y cayó, pero el miedo le daba fuerzas para resistir y volver a levantarse. Le faltaba el aliento y, ahogada por el pánico, creía notar cada vez más cerca aquella amenaza…
El pecho iba a e estallarle por el esfuerzo, así que se detuvo. Apoyó las manos contra el tronco de un árbol para sujetarse, jadeando, y sintió la resina de la madera entre los dedos. Aquella textura, aquel olor que de pronto había invadido sus fosas nasales, le trajeron a la memoria un tiempo lejano en el que aprendió a trepar a los árboles. Elevó los ojos y vio las sombras de las ramas, no muy lejos sobre su cabeza. Tal vez podría.
Se aferró con fuerza elevando los brazos y buscó con el pie algún punto de apoyo. Palpó hasta dar con un mínimo saliente en la corteza y lo aprovechó, impulsándose hacia arriba. Se tragó un grito por el esfuerzo y el dolor que sentía en las yemas de los dedos, pero no se rindió. Continuó agarrada, moviendo los pies con lentitud y ascendiendo poco a poco, hasta que, al fin, las primeras ramas facilitaron la tarea y pudo llegar bastante alto en la copa de aquel árbol. Se sentó con las piernas colgando, abrazada al tronco y sin resuello. Cerró los ojos.
—Gracias, Anthony —susurró—. Sin ti jamás lo hubiera conseguido.
En ese momento, volvió a escuchar un aullido, aunque esta vez le pareció más lejano. Tal vez se había dejado llevar por su aterrorizada imaginación y nada la perseguía, pero decidió quedarse allí arriba a pesar de todo. Encaramada en aquella rama se sentía más segura que vagando por el bosque completamente a oscuras y a merced de cualquier criatura que pudiera salirle al paso.
¿Cómo iba a salir de allí con vida? Tenía que hacerlo… tenía que volver. Ahogó un gemido y se echó a llorar mientras recordaba las palabras de Murray. Si ella moría, Albert sería declarado no apto para liderar a los MacWhite. Lo acusarían de irresponsable por no haber podido cuidar de su esposa como debiera. Y su clan pasaría a manos de ese hombre indeseable.
¿Y su madre? ¿Cómo era posible que se hubiera casado con él? ¿Sería cierto acaso, o era otra vil mentira para atormentarla?
Eran demasiadas preguntas, demasiadas suposiciones y demasiada culpa lo que sentía. Si hubiera hecho caso a Dorothy, si hubiera esperado o, al menos, hubiera contado con más hombres para llevar a cabo su misión…
—Ahora es inútil lamentarse —se dijo, hipando—. Ahora solo debes pensar en cómo saldrás de aquí.
Pensó por un breve instante en Brandon. Y en los dos soldados que se habían ofrecido gustosos a acompañar a su señora esa misma mañana, Bean y Lyel, sin sospechar que serían víctimas de la maldad desmedida de Raymond Murray. La imagen de sus cuerpos asesinados, tirados en el bosque y devorados por los lobos, la asaltó tan de repente que se desestabilizó y tuvo que sujetarse con más fuerza. No… ella no quería terminar así. Cerró los ojos e intentó coger aire para tranquilizarse.
—Solo respira. Respira… —susurró.
Debió quedarse dormida, porque, cuando parpadeó, comprobó que el bosque despertaba con la claridad del nuevo día. Intentó moverse y sintió miles de pinchazos por todo el cuerpo. Notaba las manos anquilosadas de aferrarse con tanta fuerza al tronco, tenía dormidas las piernas y, al estirar la espalda, pensó que se le partiría en dos por el dolor. Inspeccionó la base del árbol y comprobó con alivio que no había ninguna amenaza esperándola allí abajo.
—No puedes quedarte aquí arriba para siempre —susurró, con la voz rasposa.
Tenía muchísima sed. Y necesitaba cambiar de postura enseguida. Empezó a mover las piernas para despertarlas y se soltó poco a poco. Buscó con los pies otra rama más baja y, despacio, se desplazó para alcanzarla. Siseó cuando todo su cuerpo protestó y apretó los dientes, decidida a no rendirse.
Cuando las ramas se terminaron, vio que aún quedaba bastante distancia hasta el suelo. ¿Cómo demonios había trepado por el tronco la noche anterior? Era evidente que el miedo había obrado el milagro. Trató de bajar aferrándose con manos y piernas, pero estaba tan cansada y sus músculos tan entumecidos, que perdió el agarre y cayó, golpeándose contra el suelo.
Permaneció unos minutos allí tirada, tratando de recomponerse. Al final, con una fuerte inspiración, se armó de valor y se incorporó hasta ponerse de pie. Caminó despacio, con los brazos rodeándose el cuerpo para protegerse del frío que sentía. Se humedeció los labios resecos con la lengua y miró alrededor, buscando algún camino que seguir. Estaba totalmente perdida.
Anduvo lo que le parecieron horas, asustada, con el corazón en un puño porque cada vez que escuchaba algún sonido extraño, pensaba que algo atacaría saltándole encima. Y de pronto, para su más completo horror, llegó a un pequeño claro donde dos personas yacían en el suelo. Se aproximó con precaución y comprobó que varias partes de sus cuerpos, incluyendo sus rostros, eran solo masas sanguinolentas que los animales habían mordido y desgarrado.
Una terrible náusea sacudió su cuerpo y se dobló en dos para vomitar. ¡Aquellos eran sus hombres! ¡Bean y Lyel! Lo había imaginado subida en aquel árbol, pero verlo con sus propios ojos era devastador. Ambos tenían familia, ella había visitado muchas veces a sus esposas y había jugado con sus hijos. ¿Qué iba a decirles ahora? ¿Cómo iba a explicar aquello? Una nueva arcada convulsionó su estómago y echó solo la bilis que le quedaba dentro.
Era culpa suya. Si no hubiera sido tan orgullosa, si no hubiera pretendido hacer las cosas a su manera, aquello no habría sucedido.
Tenía que regresar. Debía intentar arreglar aquel desastre o, al menos, lo que aún pudiera reparar. Debía encontrar a Albert y contárselo. Sollozó cuando se dio cuenta de lo mucho que necesitaba en esos momentos que su esposo la abrazara.
Un crujido la alertó de que no estaba sola. Se incorporó despacio y se limpió los labios con el dorso de la mano. Miró, con los ojos espantados, la enorme figura del lobo negro que había surgido de la nada. Gruñía, le enseñaba los afilados colmillos en una clara amenaza y su instinto, una vez más, fue más rápido que su mente.
Salió corriendo sin mirar atrás. Sin embargo, no había dado ni tres pasos cuando notó el aliento asesino de la bestia a su espalda y se dio la vuelta.
El lobo negro saltó sobre ella.
Se encontró frente a frente con los afilados colmillos y levantó el brazo izquierdo para protegerse el rostro. Gritó de dolor cuando aquella poderosa mandíbula mordió su carne. La esperanza la abandonó. Iba a morir. Devorada por un lobo salvaje, de la forma más horrible.
Sintió que aquellos dientes afilados le desgarraban el antebrazo y, de pronto, sin más, el demoníaco animal la liberó.
Sus ojos lograron enfocar a pesar del dolor y vio otro lobo, no tan grande aunque puede que más fiero, de color gris y ojos amarillos. Sus intensos gruñidos prometían venganza y su pelaje se erizó antes de saltar sobre su atacante.
Caandy jadeó por la sorpresa y solo pudo recular, arrastrarse por el suelo para alejarse de aquel torbellino furioso que se enzarzó en una violenta lucha de dentelladas contra el otro animal.
No duró mucho. Cuando al fin se escuchó un lastimero quejido, seguido de un chasquido de muerte, Candy supo que todo había terminado. Uno de los lobos había terminado con el otro. El miedo le impidió reconocer lo ocurrido y pensó que ella sería la siguiente, por lo que aún en el suelo, continuó alejándose, llorando, susurrando palabras que clamaban por un rápido final.
Los ojos ambarinos se volvieron hacia ella y la dejaron paralizada en el sitio. Entre lágrimas, Candy vio cómo se aproximaba y abrió la boca para gritar… Hasta que escuchó su familiar gemido y sintió un lametazo en la mejilla.
—¡Trébol!
Candy se abrazó a su amiga y el alivio inundó todo su cuerpo. ¡Estaba tan aterrada que no se había dado cuenta de que era ella! Su querida mascota la había encontrado, había acudido en su ayuda y se había peleado a muerte con otro lobo salvaje por defenderla. Lloró contra su cuello peludo y Trébol se mantuvo firme, como si intuyera que su ama necesitaba ese desahogo más que nada en el mundo.
No supo el tiempo que estuvo abrazada a la loba. Cuando se calmó, apoyó su frente contra la del animal y respiró profundo.
—Eres mi ángel de la guarda. Cuánto me alegro de que estés aquí.—La esperanza resurgió cuando el animal le devolvió la mirada y pudo ver en aquellos ojos amarillos su incondicional fidelidad—. ¿Me ayudarás a salir de aquí, verdad? Vamos, preciosa, guíame. Sácame de este horrendo bosque, llévame a casa.
Candy se levantó y examinó su brazo. La carne estaba desgarrada y sangraba profusamente. Pero, por extraño que pareciera, no le dolía tanto como ella esperaba. Lo cierto era que apenas sentía nada; solo un cansancio extremo. Todo su cuerpo le pedía a gritos que se echara en algún lugar y cerrara los ojos. Y casi lo hizo… Sin embargo, un agudo aullido de Trébol la devolvió a la realidad.
—Sí, tienes razón. Hay que ponerse en camino cuanto antes.
Se levantó la falda con la mano derecha y buscó el ruedo de su ropa interior. Se ayudó con los dientes para rasgar un trozo de tela y trató de vendarse el brazo izquierdo, que apenas podía mover. Lo consiguió a duras penas, y se engañó pensando que aguantaría hasta que llegara a casa y Nessie pudiera curarla como era debido. Le hizo un gesto a Trébol y le dio una última orden antes de echar a andar.
—Busca a Albert, preciosa. Llévame con él.
La partida de caza regresó a White Castle ya avanzada la mañana. El laird entró en el gran salón seguido por sus hombres de confianza y barrió la sala con la mirada, buscando la figura de su esposa. Ardía en deseos de verla y de hablar con ella para prometerle que jamás volvería a huir. Ignoraba cómo lo recibiría, pero estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para salvar esa distancia que siempre se interponía entre los dos.
Se había tomado muy en serio las palabras de George y llegaba a su hogar con un aspecto renovado. Se había bañado en el lago aquella misma mañana y se había recortado el pelo. Además, se había deshecho de la barba y, en cierto modo, al hacerlo, parecía haberse liberado también de la carga que arrastraba desde que volvió de la guerra. No se había afeitado desde antes de partir hacia la batalla y de un modo simbólico, aquella barba representaba todas las penurias, toda la tristeza y toda la barbarie que había tenido que soportar. Ahora se sentía más ligero, de alguna manera, más capaz de afrontar la vida que tenía por delante.
Una vida junto a Candy, la mujer que amaba, a la que, por cierto, no veía entre los ocupantes del gran salón. ¿Dónde estaría su esposa? ¿Tal vez no le habían avisado de que el laird había regresado?
Nessie salió a su encuentro como si hubiera leído el interrogante en su mirada, y lo abordó al momento.
—Mi señor… —le hizo el saludo de cortesía. Albert se percató de que la mujer lo miraba extrañada por su cara afeitada, aunque lo que más le preocupó fue darse cuenta de que parecía nerviosa.
—¿Ocurre algo?
—Se trata de Brandon. Él… bueno, él regresó al alba, malherido y desorientado.
Albert respiró hondo, tratando de no alarmarse antes de tiempo. Sintió cómo sus amigos se acercaban y lo rodeaban, interesados en lo que tenía que decir el ama de llaves.
—¿Regresó? ¿Dónde demonios había ido? Lo dejé al cargo de White Castle, lo dejé aquí para que cuidara de Candy.
Su tono encendido y furioso sorprendió a todos. Y eso que Nessie aún no le había contado lo peor.
—Pre… precisamente —titubeó la enorme pelirroja. Parecía incapaz de pronunciar las palabras que debía decir.
En ese momento, Dorothy se unió al grupo con el rostro descompuesto y aferró la mano de Nessie. Aquel gesto despertó en Albert un miedo primitivo.
—¿Qué ha ocurrido? —musitó, controlando su respiración.
—Mi señor, Brandon se recuperará. Solo ha sido un tajo en la espalda; debieron darle por muerto, pero él consiguió llegar hasta aquí.
—¡Maldita sea! ¿Dónde está Candy? —gritó, perdiendo la paciencia.
Notó que la mano de George se posaba sobre su hombro para tratar de calmarlo porque estaba aterrorizando a las dos mujeres.
—La señora no regresó con él —admitió al fin Nessie, con lágrimas en los ojos—. No sabemos dónde está.
—Y Brandon está como ido, solo pronuncia frases incoherentes, no lo entendemos… No hemos podido averiguar qué ha sido de ella.
Albert miró a Dorothy sin poder creer lo que escuchaba. Cogió aire y trató de pensar con claridad.
"Candy no estaba. No sabían dónde se encontraba. No sabían si estaba bien".
—Llévame con Brandon. —Ni siquiera parecía su voz. Las palabras surgieron de su garganta con un tono oscuro e inquietante.
—Iré con vosotros —anunció George, que conocía demasiado bien a su amigo. Sabía que aquellos ojos azules que ahora miraban sin ver estaban perdidos en su interior, cegados por la ira que lo invadía. No podía arriesgarse a que su furia lo incitara a cometer alguna injusticia contra el pobre Brandon.
—¿Dónde habían ido? —preguntó Melyon, exponiendo la duda que estaba en la cabeza de todos los recién llegados.
Mientras Dorothy acompañaba al laird y lo ponía al día, Nessie se quedó en el gran salón e hizo lo propio con el resto de los soldados. Así supieron que la señora había asumido la tarea de proveer la bodega de White Castle usando las ganancias obtenidas con la venta de sus velas y que había partido, junto con Brandon y dos hombres como única escolta, en dirección a las tierras del viejo Cauley.
—Michael, acompáñame —Tom se dirigió a su amigo sin demora―. Partiremos ahora mismo con algunos soldados en esa dirección. ¿Quién sabe dónde vive Cauley?
Varios MacWhite dieron un paso adelante, dispuestos a ayudar en lo que hiciera falta para recuperar a su señora.
—Melyon, por favor, informa a nuestro laird de que hemos ido en esa dirección —le pidió Tom.
El Campbell asintió y vio cómo los hombres abandonaban el salón para emprender la búsqueda de Candy. Se quedó a solas con Nessie sin saber muy bien cómo obrar a continuación. Se sintió torpe e inútil en aquella situación tan grave.
—Disculpadme, señor. Los sirvientes están bastante alterados y voy a informarles de que ya han salido a buscar a la señora. Estaban todos muy preocupados.
—Muy bien. Yo esperaré al laird para ver cómo puedo ayudar. Si fueras tan amable de traerme un poco de vino para pasar el mal trago, te lo agradecería.
—Por supuesto.
Melyon se aproximó al fuego para calentarse las manos y Nessie se retiró a toda prisa dispuesta a cumplir con el encargo. Antes de salir del salón, el ama de llaves se cruzó con Agnes.
—¿Se sabe algo de la señora? —preguntó.
—¿De verdad te preocupa? —bufó Nessie. La joven rubia jamás le había caído bien.
—Bueno, Neal me ha preguntado por ella y debo informarle si hay alguna novedad.
—Pues no hay ninguna. Y el señor Neal, en lugar de estar encerrado en su alcoba, podría salir y ayudar en la búsqueda si tan preocupado está.
Nessie hizo un amago de proseguir su camino, pero Agnes vio en ese momento al hombre que estaba en el salón, de espaldas al fuego, y la retuvo por un brazo para interrogarla.
—¿Quién es ese hombre que está junto al hogar?
El ama de llaves levantó una de sus cejas pelirrojas ante la melosa pregunta. Esa muchacha era demasiado casquivana para su gusto. ¿No tenía bastante con Neal?
—Es un amigo del laird. Y si quieres que te de un consejo, ahora no es buen momento para molestarlo.
—¿Por qué piensas que lo molestaré?
Por toda respuesta, Nessie resopló y se marchó con paso enérgico.
Agnes se quedó parada en la puerta del salón unos momentos, observando las espaldas anchas de aquel desconocido. Era bastante alto y se veía que era un guerrero fuerte. Su pelo castaño le caía hasta los hombros y, por sus ropas, no era un soldado cualquiera. Si era amigo del laird, debía ser un Andrew de buena posición… ¿Por qué no intentarlo? En las últimas semanas, ser la amante de Neal se había vuelto aburrido. Si él no cambiaba, si no lograba superar aquello que lo afligía, permanecer en White Castle se iba a convertir en un suplicio para ella. Su ambición le pedía más, mucho más, y si el guerrero que había encontrado a solas en el salón resultaba ser alguien más interesante, su vida podría dar un giro radical.
Se atusó el cabello rubio, que se había dejado suelto, y se pellizcó las mejillas para darles un toque de color. Tiró de la tela de su escote para dejar un poco más de piel al descubierto, y solo entonces avanzó hacia él.
—Disculpadme, señor, no deseo molestaros. Es evidente que estáis muy concentrado en algún asunto, pero me preguntaba si…
La frase murió en sus labios cuando el hombre se dio la vuelta y al fin pudo verle la cara.
Un latigazo de pánico sacudió todo su cuerpo cuando contempló la cicatriz que cruzaba el rostro masculino desde el ojo hasta el mentón. Los ojos grises la reconocieron y se abrieron con desmesura, al tiempo que su boca se torcía en una mueca de absoluto desprecio.
—Tú —susurró Melyon.
Aquella palabra arrastrada escondía en su interior la promesa de una siniestra venganza. Agnes dio un paso atrás y miró en todas direcciones, desesperada. Allí en el salón no había nadie más; ningún sirviente, ningún soldado MacWhite que pudiera servirle de escudo contra ese guerrero que emergía de su más oscuro pasado para atormentarla. No tuvo más remedio que armarse de valor para intentar hacerle frente.
—Ya no soy la misma mujer, he cambiado. —Al decirlo, levantó el mentón—. Ahora tengo una nueva vida y no…
—¿Crees que eso te exonera de tus culpas? —la interrumpió Melyon, con un rugido—. Una nueva vida, dices… ¡la que mi señora no tendría ahora si hubiese sido por ti!
Agnes tembló. Era evidente que jamás le perdonarían el haber confabulado para que secuestraran a Rosmary Andrew.
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—He pagado por mi delito. Tener que huir de Innis Chonnel, malvivir en las calles de las aldeas por las que iba pasando, pedir comida y cobijo a cambio de favores que pagaba con mi propio cuerpo… fue un justo castigo.
Los ojos grises de Melyon se oscurecieron como los de un animal que estaba a punto de saltar sobre su presa.
—Tenemos conceptos muy diferentes de lo que es la justicia―murmuró—. Tal vez lo que cuentas fuera solo tu penitencia por haber acusado a un hombre falsamente de violación. Pero aún te quedan muchas más culpas que expiar.
De la garganta de Agnes salió un gemido angustiado. El guerrero no había olvidado que ella lo acusó ante su laird, Ewan Campbell, de violación. Fue un acto que nació del más puro despecho y, aun ahora, en su mente, lo seguía justificando. Cometió la imprudencia de explicárselo.
—Me entregué a vos, me aceptasteis en vuestro lecho y gozasteis de mi cuerpo. Me hicisteis creer que me amabais… para luego echarme sin más de vuestra vida.
Melyon suspiró. Le pesaba aquella imagen de su pasado porque se sabía culpable de sucumbir a la tentación de aquella hermosa criatura. Bella y caprichosa, no cejó en su empeño hasta yacer en su lecho, a pesar de que, muy al contrario de lo que decía, él jamás le prometió amor.
—No te hice creer nada, Agnes. Te colaste en mi alcoba de noche, como una víbora rastrera, y abusaste de tu atractivo y sensualidad. ¿Qué hombre con sangre en las venas se resistiría a algo así? Nunca te prometí nada, pero no pudiste soportar el rechazo y te vengaste de la manera más cruel —el guerrero dio un paso hacia ella con los puños apretados—. El destierro, Agnes. Mi propio laird, mi mejor amigo me apartó de su lado por culpa de una mentira. ¿Y aún te justificas?
—Yo te amaba —susurró entonces ella, a la desesperada, dejándose de formalismos para intentar llegarle al corazón.
—¡Tú no amas a nadie! —estalló Melyon—. Salvo a ti misma.
Avanzó hacia la joven que temblaba en mitad del salón y la aferró con brutalidad del brazo para que no escapara. Pegó su rostro enfurecido a la cara femenina y siseó con rabia:
—Doy gracias a mi buena fortuna por haberte encontrado justamente aquí. Albert se merece saber quién traicionó a su hermana, por culpa de quién estuvo a punto de morir. No creas, ni por un segundo, que en esta ocasión vas a librarte del castigo.
Agnes se retorció e intentó soltarse, pero la mano de Melyon se cerraba como una garra alrededor de su brazo y solo consiguió hacerse daño. Sus ojos azules se dilataron de terror cuando comprobó que el guerrero la arrastraba rumbo a las habitaciones, escaleras arriba, y supo que no tendría escapatoria.
"Neal".
Una fugaz sonrisa le cruzó la cara al pensar en su actual amante.
"Sí, Neal no permitirá que te pase nada malo. Ahora estás bajo su protección, él te sacará de este embrollo", se dijo a sí misma.
CONTINUARA
