Damas y caballero (supongo que habrá alguno)... Estimado público de FanFiction. Con ustedes, el ÚLTIMO CAPÍTULO de la historia que ustedes eligieron seguir... y no podría estar más que agradecida por esa deferencia... «Más que solo deseo», la historia del chef Vegeta Ouji y la stripper Bulma Brief llega a su fin. La han pasado de cuadritos, ellos y ustedes sufriendo por nuestros queridos personajes. Gracias a cada uno por sus reviews y por elegir esta historia, que estará aquí esperándolos, para cuando deseen pasar a releerla.

En el capítulo anterior, con la muerte de Zarbon, Bulma finalmente puede dejar su pasado atrás. La última amenaza que se cernía sobre ella está muerta, y con ello queda atrás tanto sufrimiento para la peliazul. Vegeta le dijo que la amaba, y lo demostró poniendo su vida en riesgo para salvarla. ¿Será suficiente para que Bulma crea en el amor de su esposo? ¿Inclinará la balanza para darse una nueva oportunidad con Vegeta y formar junto a su hijo esa familia que ambos han deseado durante tanto tiempo?


POV Bulma

Era una tarde de viernes y sobre el cielo de la ciudad no se veía una nube. Bulma observó la calle por la ventana de la salita mientras esperaba. Dentro de media hora, debía estar en la consulta de la ginecóloga. Vegeta le había pedido que le dejara acompañarla. Pero aún no había dado señales de vida.

Bulma suspiró. ¿Dónde se había metido ese hombre?

—Tienes cara de estar pensando en Vegeta —bromeó Lázuli.

Bulma puso los ojos en blanco ante tamaña ridiculez. Había tomado medidas para poner fin a su matrimonio con Vegeta, pero le resultaba imposible dejar de pensar en él. Aquella misma mañana, se descubrió acariciando la alianza, tentada de ponérsela, sólo para sentirse más cerca de él. Vegeta había derribado sus defensas y colmado su alma. Y ahora se sentía incompleta sin él.

«Jamás podré amar a otra mujer ni la mitad de lo que te amo a ti».

Bulma se mordisqueó el labio inferior mientras esas palabras atravesaban su mente. ¿Vegeta lo había dicho de verdad o sólo las pronunció porque se enfrentaban a la muerte?

—¿Estás enfadada con Broly por no decirte sobre tu hermano?

—No, no estoy enfadada. Le encargaron un trabajo. Broly me explicó que Zarbon no le pareció un psicópata hasta después de que me localizó y le comunicó la información que había obtenido. En realidad, dejó su vida en suspenso para protegerme porque se temía lo peor.

—Y porque esperaba que te enamoraras con él.

Bulma hizo una mueca.

—Eso también.

—¿Te dijo lo que iba a hacer ahora?

—Quiere quedarse a vivir aquí. Dice que le gusta la ciudad y que no es tan agobiante como la Ciudad del Este. Gohan y Goku le han ofrecido trabajo. Al parecer, han tenido que rechazar clientes porque no dan abasto, y Goku quiere pasar más tiempo con Milk ahora que tienen un niño en camino.

—Tú también lo tienes, querida. ¿A qué hora es la cita con el médico? ¿No deberías irte ya?

Bulma rechinó los dientes y miró el reloj. Se quedó sorprendida.

—Le daré a Vegeta cinco minutos más, después, si todavía quieres…

—Por supuesto, iré contigo. En estas situaciones, una chica necesita todo el apoyo moral que pueda conseguir —se ofreció Lázuli, sonriendo con tristeza—. Aunque sé que preferirías que te acompañara él.

Bulma no pudo negarlo.

A pesar de haber estado con él el lunes, cuando él había insistido en verla en casa para asegurarse de que estaba sana y salva, Vegeta se había ido…

«¿Qué esperabas que hiciera después de que le enviaras los documentos de anulación? ¿Que se quedara contigo para que pudieras insultarle de maneras más creativas?».

La semana anterior, después de responder a todas las preguntas que Piccolo les hizo tras el ataque de Zarbon, había esperado que él se quedara, que hablaran sobre los documentos de anulación. Que al menos le dijera qué opinaba. Pero él se había limitado a darle un beso, a decirle que la amaba y a rogarle que le dejara acompañarla a la cita con el ginecólogo. Acto seguido, se había marchado.

Lázuli echó un vistazo al reloj.

—¿Por qué no vas a buscar el bolso? Te espero en el coche, lo tengo aparcado delante de la puerta.

Bulma intentó contener la desilusión al ver que Vegeta no llegaba y sonreír a su amiga.

—Claro, gracias.

En cuanto escuchó que la puerta se cerraba detrás de Lázuli, Bulma notó que unas molestas lágrimas le escocían en los ojos. Maldición, tenía que ir al ginecólogo y preocuparse sólo por el bebé. Si Vegeta había aceptado la anulación… bueno, quizá fuera lo mejor. Al menos sabría a qué atenerse, o eso se repetía a sí misma. Aunque durante la última semana se había dado cuenta de que jamás sería plenamente feliz ni se sentiría completa sin él.

Pero también sabía que no podía seguir casada con el hombre que amaba más que nada en el mundo sólo porque él quería estar con el niño que siempre había ansiado tener. Sin el amor de Vegeta, compartir casa, cama y nombre con él serían actos vacíos de significado. Y al final les haría trizas a los dos. Si realmente no la amaba, era mejor saberlo ahora, no cuando el niño les hiciera pasar noches en vela, o cuando empezara a asistir a la guardería… O cuando tuvieran que acudir a su primer partido, apoyarle en su primera decepción, asistir a su primer amor… O cuando Vegeta por fin encontrara a una mujer a la que entregar su corazón y la dejara rota como una concha vacía.

Pero si bien se evitaría sufrir más adelante, ahora mismo lo estaba pasando fatal.

Se tragó las lágrimas, cogió el bolso y activó la nueva alarma antes de cerrar la puerta. Después, se giró para encaminarse al coche de Lázuli.

Pero ésta se había ido.

«¿Qué demonios…?».

Negó con la cabeza y recorrió el camino de acceso hasta la acera.

Y allí estaba Vegeta mirando el reloj.

Se quedó sin respiración. Se le detuvo el corazón. Él estaba allí.

¿Por qué?

Con la mente bullendo con cientos de pensamientos, Bulma dio unos pasos vacilantes hacia él. Vegeta levantó la mirada, la vio y se acercó.

Él le cogió la cara entre las manos y le dio un suave beso en los labios, que terminó tan pronto como empezó.

—Hola. Te he echado de menos.

La mirada de aquellos ojos oscuros parecía sincera y honesta. Santo Dios, ¿por qué le estaba haciendo esto? Si todavía la quería, ¿por qué no le decía que no quería la anulación? ¿O tal vez sí la quisiera? Estaba tan confundida…

—Hola. Gracias por acompañarme al médico.

—No me lo perdería por nada del mundo. —Abrió la puerta del copiloto y la ayudó a entrar. Vegeta le cogió los dedos y puso en marcha el Jaguar. Bulma sabía que debería soltar la mano… pero no tenía voluntad para hacerlo.

—¿Piccolo ha vuelto a interrogarte? ¿Te ha dado más información sobre el ataque de Zarbon? —preguntó él.

—No. En cuanto nos exculpó de cualquier cargo, no he querido saber nada más del tema.

—Debes sentirte aliviada al saber que Zarbon está muerto. El pasado ya no volverá para rondarte. —Vegeta le apretó la mano.

Ella obtuvo fuerzas de la caricia. Aquel tema no podía tratarlo con nadie… salvo con él. Vegeta era la única persona que la conocía a fondo. Y estaba agradecida por ello.

—Me gustaría haberme reconciliado con mi madre, pero quizá fuera imposible. Ella no quiso creerme porque le complicaba mucho la vida, y eso es lo que no puedo perdonarle.

—Zarbon te hizo algo terrible. Trágico. Pero lo que hizo ella fue casi peor. —La cálida mirada de Vegeta la envolvió en una sensación suave y confortable.

Sería tan fácil hundirse… perderse en ella. Y le dolería tanto después…

—Todos los días lo intento. Quizá algún día lo consiga.

—Lo que te ocurrió te convirtió en lo que eres hoy: una mujer fuerte, inconformista, pragmática, lista. No cambiaría nada de ti. Eres la mujer que amo.

A Bulma se le detuvo el corazón. Quería creerle más que nada en el mundo.

—Vegeta…

—Shhh. —Vegeta detuvo el coche en el hospital—. Ahora iremos al médico. Hablaremos después.

Maldición, ella no quería seguir retrasándolo. Bulma no era de esas personas que dejaban a un lado lo que les preocupaba. ¿Por qué no hablar de una vez? Pero no iban a ponerse a arreglar su matrimonio en la sala de espera. Suspiró.

Al cabo de unos minutos, la enfermera los llamó y los condujo ante una mujer de mediana edad que les hizo muchas preguntas mientras Vegeta se sentaba en una silla detrás de Bulma y le sostenía la mano.

—¿Les gustaría oír el latido del corazón del bebé?

—Por favor —sonrió Bulma.

—Muchísimo.

Bulma no podía ver la cara de Vegeta, pero sí escuchar la sinceridad en su voz.

La médico le aplicó un chorro de gel frío en el abdomen, luego acercó un aparato de plástico y…

«Guosch, guosch, guosch».

Un pequeño corazón resonó en la consulta. El sonido era lento pero muy fuerte. Un milagro.

A Bulma se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Oh, Dios mío…

Vegeta le apretó la mano con fuerza.

—Jamás había oído nada tan asombroso.

Su voz sonaba llena de emoción.

—Es un bebé fuerte y saludable —les aseguró la ginecóloga—. El ritmo cardíaco es lento, lo que podría indicar que se trata de un varón, pero no lo sabremos a ciencia cierta hasta la vigésima semana, cuando hagamos una prueba de ultrasonidos.

«¿Un niño?». A Bulma se le detuvo el corazón y luego se le puso a latir a toda velocidad. Le encantaría tener un niño. Aunque le daría igual que fuera una niña. Siempre amaría a aquel bebé por encima de todo. Porque sería parte de Vegeta.

Por fin, la obstetra le midió el abdomen, les indicó qué ocurriría durante el mes siguiente y luego se despidió de ellos. Pagaron a la recepcionista y salieron del edificio cogidos de la mano.

Cuando llegaron al coche, él la detuvo y la hizo girar hacia él.

—Gracias por compartirlo conmigo. Es algo que siempre te agradeceré, pase lo que pase en el futuro. Me gustaría que me dedicaras quince minutos, si no te importa. Después, si todavía quieres seguir adelante con la anulación, no pondré ningún impedimento.

Bulma notó que la invadía una negativa sensación de temor e intentó contenerla. La anulación era, después de todo, algo bueno, ¿no? ¿Por qué todo su ser se revelaba sólo de pensarlo?

Porque le amaba demasiado.

—De acuerdo —dijo con voz temblorosa.

Regresaron a casa sin hablar y entraron en la salita. Se sentaron en el sofá, con un metro de separación entre ellos.

Qué ironía. Su relación había comenzado allí mismo.

Vegeta sacó un grueso documento que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y se lo tendió.

—Esto es tuyo, decidamos lo que decidamos.

La gravedad que rezumaba la voz de su marido le puso a Bulma un nudo en el estómago. Respiró hondo. Desdobló los papeles con una mano temblorosa y los leyó.

—Esto es… —Parpadeó un par de veces. ¿Sería cierto?—. ¿Es un acuerdo de custodia? ¿Me cedes la custodia en exclusiva?

—Si continuas adelante con la anulación, solicito una semana al año y el día de Acción de Gracias o el de Navidad. Creo que cualquier niño debe conocer a su padre. Y también está detallado un acuerdo financiero. El abogado me recomendó una cifra y la subí al doble. Espero que lo consideres justo, pero podemos aumentar la cantidad si lo crees necesario. Jamás te pediré nada más ni solicitaré la custodia compartida. Sólo eso y alguna llamada telefónica ocasional.

A Bulma se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero no estaba a punto de llorar, sino de sollozar. Los cimientos de su vida se derrumbaban ante ella, todo se desmoronaba y el dolor era demasiado intenso. Vegeta la estaba dejando y le daba un control absoluto sobre la vida que habían creado juntos, aquel niño que ella sabía que él deseaba más que nada en el mundo.

—¿Por qué? —logró decir.

Vegeta cerró los ojos y apretó los dientes, luchando contra las lágrimas.

—Porque te amo y quiero que sepas que nada será nunca más importante que tú para mí, ni siquiera nuestro hijo.

—Pero hace años que deseas tener un bebé y…

—Eso es cierto. Lo deseaba tanto que manipulé a la persona que más he amado en toda mi vida, la engañé sin tener en cuenta cómo le afectaría. Y lo siento muchísimo. Pero no quiero que creas que me casé contigo por el niño. Fui un estúpido al no decirte que pensaba que el bebé era de otro hombre. No sabes cómo lo siento. Pero ahora tengo las cosas más claras. —Suspiró—. Me di cuenta de que no sólo quería un bebé, sino compartir mi vida con alguien. Con una mujer asombrosa y fuerte, lista, ambiciosa y maravillosa.

Bulma sollozó con más fuerza. ¿Qué quería decir? ¿Que la quería más que al niño?

Vegeta se levantó del sofá y se puso de rodillas ante ella.

—Te necesito.

—¿Y estás dispuesto a renunciar a la custodia del niño para demostrármelo?

Él asintió con la cabeza. A Bulma le dolió la agonía que se reflejaba en la cara de Vegeta.

—No es ningún truco. Quiero seguir casado contigo y ser una familia más de lo que he deseado nunca nada en toda mi vida, pero no puedo permitir que creas que no eres lo más importante para mí.

«Oh, Dios mío».

Ni en un millón de años se hubiera esperado que él le entregaría al niño que tanto había ansiado y para el que tenía tantos planes. Ni mucho menos que lo hiciera por ella.

—Medítalo —le dijo él con suavidad—. Si no tengo noticias tuyas antes de que la anulación se haga efectiva, entonces ésta será la última vez que nos veamos. Y te echaré muchísimo de menos. Siempre te amaré. Lo último que quiero es poner fin a nuestro matrimonio. —Respiró hondo y dio un paso atrás—. Pero respetaré la decisión que tomes, sea la que sea.

Él le dejaba a ella la decisión, ponía todo el poder en sus manos. Si lo único que le importara fuera convertirse en padre, jamás habría hecho eso. Nunca. La presionaría y coaccionaría, la amenazaría, la adularía. Haría lo que fuera necesario para salirse con la suya.

—Te amo —susurró Bulma.

Un ominoso silencio cayó sobre ellos. Bulma estaba muerta de miedo, en especial cuando vio que en la cara de Vegeta se reflejaban la esperanza y la desolación a partes iguales. ¿Qué estaría pensando él?

—Yo también te amo. Te quiero tanto —suspiró y le acarició la mejilla—, que me siento vacío sin ti.

Puede que para cualquiera aquello sonara a tópico, pero ella sabía exactamente lo que él quería decir. Vegeta la había ayudado a superar las heridas del pasado y había llenado sus días. La había hecho sentirse entera. Si ella había conseguido que él se sintiera igual, disfrutaría de ello durante el resto de su vida.

—Yo tampoco quiero poner fin a nuestro matrimonio —confesó ella.

Para demostrárselo, cogió los dos documentos —el de anulación y el de custodia— y los rompió por la mitad. Luego los dejó caer al suelo, entre ellos.

Vegeta bajó la mirada a los documentos rotos y luego la subió a los ojos de Bulma. Los de él ardían como tizones, entonces la estrechó entre sus brazos y la besó como si no le importara otra cosa en el mundo.

Resistirse a él le resultó imposible. Vegeta se hundió en su boca y el ardor de sus labios la marcó como suya. Aunque había pasado casi un mes desde que se había acostado con él por última vez, la dolorosa sensación que la atravesó la hizo sentir como si hiciera toda una vida. Bulma necesitaba aquello, le necesitaba a él.

Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras él seguía besándola. Habría importantes acontecimientos en su vida, de eso no le cabía duda, pero Bulma sabía que nada significaría más para ella que ese momento y su amor.

Cuando él levantó la cabeza, ella le miró y se derritió.

—Te necesito —admitió él con voz ronca—. Necesito amarte. Estar contigo. Convencerme de que eres realmente mía. Por favor, dime que tú también lo deseas.

Bulma asintió con la cabeza.

—Sí.

La joven le acarició la mejilla, apretó los labios contra los de él y lo besó con toda su alma.

Sin levantar la cabeza, Vegeta la depositó encima del sofá con la espalda sobre la suave piel del asiento y la cubrió con su cuerpo, rodeándola con los brazos. Ella se sintió segura y amada, y suspiró contra él con creciente deseo.

El beso que siguió fue suave al principio, pero se hizo más urgente con cada roce de sus labios, con cada fricción de sus lenguas, hasta que se convirtió en una hoguera apasionada y envolvente. Bulma no podía respirar ni pensar en nada que no fuera Vegeta y la silenciosa promesa de devoción que flotaba entre ellos. Se abrió a él y se entregó por completo, segura de que ya no quedaban secretos entre ellos.

Ahogándose en los hambrientos besos de Vegeta, Bulma se estremeció cuando él le quitó lentamente la blusa y los vaqueros. No dejó sobre su cuerpo ni la ropa interior de encaje. Entonces comenzó a besarla por todos lados. Le succionó un anhelante pezón, le acarició la cadera con la palma de la mano, rozó su dolorido clítoris. Ella comenzó a arder. Vegeta siempre tenía ese efecto en ella. Desde el primer momento que le vio, Vegeta le había alterado como ningún otro hombre lo había hecho.

Bulma esperaba tener el mismo efecto sobre él.

Con un suave empujón, hizo que Vegeta se pusiera boca arriba. Sin decir una palabra, ella le quitó los zapatos, los pantalones y el resto de la ropa. Luego, clavó los ojos en ese hermoso cuerpo desnudo, en los anchos hombros, en los marcados abdominales y en la imponente erección. La joven se estremeció y se le hizo la boca agua.

Se arrodilló al lado de su marido, se apartó el pelo de la cara y se inclinó hacia él. Vegeta se tensó. Entonces le rodeó la erección con la lengua, saboreando la esencia de un hombre duro, caliente y muy excitado. Después, lo tomó más profundamente mientras emitía un gemido.

—Bulma —gimió él, enredando los dedos en su pelo y tirando de él—. Dios, eres increíble.

Y él también.

Bulma le saboreó, volviendo a disfrutar de su cuerpo y del placer de sentirlo duro en la boca. Vegeta arqueó las caderas, hundiendo más su dureza entre los labios de Bulma, y ella aceptó con gusto cada centímetro que él le daba con aquellos urgentes empujes, encantada de poder conseguir que él se excitara de esa manera.

Transcurrieron unos minutos. El deseo aumentó y él comenzó a embestir en la boca de Bulma con movimientos más largos y rápidos, suspirando, gimiendo y ansiando. Entonces comenzó a latir contra su lengua.

De repente, Vegeta soltó una maldición y se detuvo.

—No. —La alzó sobre él bruscamente y su expresión le dijo a la joven que él quería compartir aquel profundo placer con ella—. Quiero estar dentro de ti.

«Sí. Cuanto antes, mejor».

Cuando él se puso de rodillas y la depositó sobre la espalda, ella estaba más que preparada y separó los muslos para él sin titubear. Vegeta gimió y se recostó sobre ella. Pero Bulma vaciló y lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

Tenían que cruzar un puente más…

—Espera. C-confío en ti. —Fueron sus temblorosas palabras.

La mirada oscura de Vegeta brillo de gratitud y amor.

—No hay nada que agradezca más.

Cuando él volvió a intentar envolverla en su abrazo, Bulma le detuvo de nuevo.

—Vegeta. Confío en ti. En todos los aspectos, incluso en lo que más me asusta. Ayúdame a superarlo. Reemplaza esos recuerdos por otros mejores.

Por un momento, pareció que Vegeta no sabía de qué le hablaba, pero finalmente entendió.

—Bulma, ¿estás segura? No tenemos que hacerlo ahora, ni nunca si no quieres.

Bulma no vaciló.

—Sí, quiero. Por favor…

Vegeta alargó la mano para coger el cinturón y lo deslizó por las trabillas del pantalón. Le ató con él las muñecas en un nudo flojo, luego se inclinó para anudar el otro extremo a la pata del sofá.

Ella contuvo el aliento. Aquella atadura era más simbólica que otra cosa, pero sería suficiente para empezar.

—¿Estás asustada? —le preguntó él.

Bulma le dirigió una trémula sonrisa.

—Contigo, no.

—Sabes que te amo, ¿verdad? Jamás te haría daño. Nunca.

Aquella promesa susurrada hizo que el corazón de Bulma latiera con más fuerza.

—Creo que me enamoré de ti aquella tarde que hiciste el amor conmigo durante horas… Sabía que había algo especial en ti, y que lo significarías todo para mí.

Él le pasó los labios por las mejillas y le cubrió la boca.

—Creo que yo también me enamoré de ti ese día. Pero estaba demasiado asustado para admitirlo. Me alegro de que me obligaras a regresar. Te agradezco desde el fondo de mi alma las oportunidades que me diste y que no merecía. Me alegro de que no te rindieras conmigo y que hayamos sido capaces de crear este pequeño milagro.

Cuando él le acarició la suave curva del vientre donde crecía su hijo, ella sonrió.

—Yo también.

Al momento siguiente, Vegeta se acomodó entre los muslos de Bulma y comenzó a hundirse en su interior lenta y profundamente. Ella estaba mojada, ansiosa por albergar cada duro centímetro de su marido. Pero él se introdujo poco a poco, enloquecedoramente despacio, y la joven contuvo el aliento cuando notó que el miembro de Vegeta se rozaba contra ese punto sensible de su interior hasta que, por fin, se sepultó en ella por completo.

Era imposible que él estuviera en su interior y no sentir un placer extremo, casi imposible de describir con palabras. Y lo que estaba ocurriendo ahora entre ellos era aún más prodigioso por la pura sinceridad y la sensible pasión que los envolvía. Vegeta desató una tormenta de deseo con aquellos lentos empujes que la hizo quedarse sin aliento y comenzar a palpitar en torno a él. Le rozó los labios con los suyos antes de unir sus bocas plenamente. De alguna manera, tener las muñecas atadas y estar indefensa por completo ante las caricias de Vegeta la liberaba del pasado.

Bulma nunca se había sentido más viva.

Sentía la pasión de Vegeta y la silenciosa promesa de que intentaría ser mejor marido cada día de su vida. Ella le entregó su alma cuando él comenzó a embestirla con unos movimientos medidos e implacables que la llevaron de inmediato al borde de un orgasmo incontenible. Entonces, lo envolvió con las piernas y se arqueó bajo él, envuelta en un placer exquisito. Vegeta la siguió, gritando su nombre, mientras se derramaba en su interior.

—Por favor, no vuelvas a dejarme —jadeó él contra sus labios.

«Nunca».

—Sea lo que sea lo que nos depare el futuro, lo resolveremos juntos. Te lo prometo.

FIN


¿Fin? ¿Este es el fin? ¿Nos dejarás aquí sin un puto epílogo? ¿Sin su «vivieron felices para siempre»? Maldita sea la autora de esta historia... Ja ja.

La historia original termina aquí... no exactamente como esta historia, pero sí termina más o menos aquí... Recuerden que este fic es una adaptación «libre» y «muy retocada» del tercer libro de la saga «Amantes perversos» de Shayla Black. Pero a mí tampoco me gustan los finales sin epílogos... el epílogo es el moño con el que queremos que decoren nuestras historias, la frutilla en la cima del delicioso helado y crema batida... y esta historia no se quedará sin epílogo, así que no desesperéis...

Como prometí que esta historia terminaría antes de mayo, y si está en mis manos, siempre cumplo mis promesas, nuestro EPÍLOGO llegará este sábado 30 de abril... sí, abril está antes que mayo así que no incumplo nada. Sé que querrían leerla hoy, pero deseo que saboreen el dulce néctar de... no... mentira. Me gusta hacerlas sufrir... ja ja.

Pero para que no se enojen, va la sinopsis de «Salvaje». Para aquellas mujeres que les gustaría ver a una Bulma totalmente desinhibida, que disfruta de su cuerpo y de los placeres del sexo, totalmente y sin prejuicios... «Salvaje» es su historia... Aviso porque sé que hay mujeres a las que les gusta que la protagonista sea más conservadora... y no me gusta ofender susceptibilidades. El que avisa no traiciona... Mis historias son UA y si bien todavía soy joven... tengo la mente muy sucia.

Vegeta Ouji es un depredador... un importante empresario, miembro de una hermandad de ricos y poderosos que viven en el edificio más lujoso de la Capital del Norte. No cree en el amor, ni en la monogamia... controla todo a su alrededor y detrás de las elecciones de su vida siempre está la búsqueda del éxito profesional. Bulma Brief es un alma libre... una bailarina clásica que vio truncada su carrera por una lesión. Optimista y pragmática, dio una vuelta al destino y ahora se dedica a bailar en un club de sexo. Ella no cree en el amor, ni en la monogamia... decide su vida por impulsos, pero detrás de cada una de sus elecciones está su inclinación a vivir cada día como si fuera el último, experimentar y ser fiel a lo que siente. ¿Qué pasa si se pone un controlador y un alma libre en una misma habitación? Alguien debería ceder... ¿verdad?