Hola a todos al capítulo número veintiséis de esta historia.
Antes que nada, quiero disculparme por la demora. Les seré honesto como le dije a alguien que me preguntó por mi retraso…
No me gustó como había quedado originalmente este episodio y decidí borrarlo para arrancar de cero. En serio, solo pude rescatar pequeñas partes, pero el resto resulto ser pura basura.
Por lo que espero que este les guste, y más debido a que es el penúltimo capítulo del tercer libro.
En fin, no soy dueño de ningún personaje. Eso es trabajo de Rick Riordan.
Capítulo 26: Ava Adore
Cuando logro abrir los ojos por completo, me hallo con la visión de un firmamento que comenzaba a oscurecerse con ligeros tonos rojizos pálidos en el clima invernal. Mis brazos estaban extendidos sobre la helada arena húmeda, con mis palmas mirando al cielo mientras los copos de nieve cristalina se derretían al entrar en contacto.
Trato de equilibrar la fugacidad de pensamientos que tengo en este mismo instante, solo para ceder a la fatiga que mi accionar me está cobrando, cerrando los ojos por breves instantes e intentando traer a la superficie los rostros de mis amores.
Cada centímetro de mi cuerpo dolía. Podía oír cada hueso de mi esqueleto quejarse con simples movimientos. La humedad gélida que las olas traían me desgarraba los pulmones. Solo el inhalar y exhalar pausadamente lograba calmar la tos que amenazaba con atacarme sin piedad.
Bianca.
Mi ángel.
Sus ojos y labios repercuten incesantemente en mi cerebro, como si un ariete estuviese empujando unas enormes puertas. Cada detalle de su rostro se dibuja con un nuevo futuro que forjé para ella. Uno donde podrá reir y jugar como la joven mujer que es. Donde seguirá a Arty, a las cazadoras y muy pronto a Zoe también.
El húmedo aire se asienta sobre mí como un millar de pesas, confundiendo brevemente mi mente, hasta darme cuenta que poco a poco se iba retirando, como si alguien estuviese liberándome de estar debajo de un derrumbe.
Manos se aferran a mis mangas, tironeando con tierna fuerza con el motivo de intentar sentarme. Las reconozco perfectamente, y es por ello que no quiero abrir los ojos, incluso si escucho sus voces susurrándome al son de la brisa.
Los dedos no detienen sus caricias insistentes, al igual que sus clamores de ánimo y apuro para que vaya a rescatar a sus madres, provocándome un suspiro cansino mientras las palmas de mis manos se llenan de arena ahora. La dejo escurrir lentamente, como una apología al tiempo que le resta a mi vida, provocándome una risa hueca con alguna que otra tos seca.
-Levántate, papá! –
Enderezo mi cuerpo, ahogando el aullido de dolor que mis pulmones generan, arrastrándome con un solo pensamiento en mente hasta el frío mar que golpeaba desesperado a metros de distancia, llamándome, exclamándome, reclamándome mi presencia.
-Mami te necesita! –
Mi cabeza se sumerge en el líquido, sacándome una bocanada de alivio en conjunto a una de sorpresa debido a la temperatura, teniendo que morderme la lengua para soportar las agujas que perforaban cada milímetro de piel, esperando pacientemente a acostumbrarme y hacer caso omiso del frío, recuperando las fuerzas necesarias mientras cierro los ojos. Siento todo lo que me rodea detenerse y contemplarme como si fuese una estatua de mármol en una exposición, susurrando por lo bajo mi situación, preocupados si tenían que decírselo a mi padre, solo para callarse inmediatamente al abrir mis ojos y mirarlos fijamente con pasividad.
-Ponte de pie y camina! –
Mis pensamientos provocan ondulaciones en el mar, arrastrándome nuevamente a la superficie con fuerzas y un propósito renovado, sosteniendo en mis mano un par de espadas delgadas hechas de agua salada, las cuales fui congelando hasta el punto de ser iguales a las que le di a mi Reina de las Amazonas y a mi Pretora.
Agradezco silenciosamente en mi mente el hecho de que no hubiese nadie el día de hoy en las cercanías de la playa. La única señal de que alguien estuvo aquí, serán mis huellas en la arena, demostrando que lo que alguna vez estaba tirado volvió a levantarse para marcharse a su destino, marcando una prueba momentánea que todos pueden hacer lo que hice antes de que el mar lo borre con su paulatino movimiento.
El Puente Golden Gate puede verse a la distancia, enseñándome que lo que me separaba de mis seres queridos era una construcción que Tena adoraba ver desde aquí…ahora me doy cuenta la razón de por qué decidí aparecer acá. Este era el lugar que todas ellas elegían para descansar y acariciar sus vientres, gozando de una paz que Chase destruyó, condenándome a una pesadilla.
Un paso.
Otro más.
Dejo de contarlos luego del quinto.
Camino entre la gente, desplegando niebla alrededor de mí para despistarlos y evitar que se den cuenta que llevo dos armas filosas con sed de sangre traidora. Mi paso era presuroso, enfocado en una meta que lentamente, con el correr de los minutos, se hacía más próxima a mí. Esquivo a los transeúntes de las abarrotadas sendas, buscando diligentemente un vehículo que me transporte mucho más rápido que caminar, ya que trasladarme mediante esprintadas o vapor terminará de agotarme y de seguro me hará vomitar más sangre de lo que debería.
Incluso con el clima invernal, puedo sentir que mi piel quema. El sudor perla mi frente y los espasmos me atacan esporádicamente, estancándome en una esquina para recomponerme y proseguir sin mirar atrás, haciendo oídos sordos a los pedidos de mis hijos por sus madres.
Poco me importaba que la gente me mirase raro, sus miradas eran fatuas en comparación a las que mis amores solían darme por la terquedad me acostumbro a mostrar, dándome collejas que acepto con los brazos abiertos y una sonrisa en mi cara.
Ojos grises parecen estar vigilando mis temblorosos avances. Una bibliotecaria, una peatona con documentos judiciales, una vendedora ambulante de cestas de mimbre…Distintas ropas pero siempre las mismas orbes argentadas, esas que me cuidan, ya sea para que recupere a la patética hija que le tocó tener, o mi bienestar. Desearía poder frenarme para sacudir la nieve que se deposita en sus azabaches mechones, rozando con la yema de mis falanges sus mejillas para luego besarla como ella tanto anhela.
No me doy cuenta de su aproximación hasta que su mano toma mi brazo diestro, provocándome que vire en su dirección para hallar el motivo de su accionar, silenciando mis posibles palabras al ver su ceño fruncido y visión preocupada, estirando su mano derecha hasta mi pecho. No era Tena, no era la mujer que me enseñó a leer. Era Minerva, quizás por la ubicación actual que teníamos, y estaba analizándome.
-Se encuentra bien, joven? – crees que no te conozco, mi amor…pero es imposible para ustedes el esconderse de mí, las conozco demasiado bien.
-Solo un poco decaído, señorita. Lamento haberla preocupado- en serio, siempre lamento ser quien les haga poner esa cara de disgusto como la que tienes ahora Minerva.
-Necesita ayuda? Un poco de agua? Tomar asiento? – no sabes cuánto quiero besarte y abrazarte, querida. No puedes imaginarte lo hermosa que eres cuando actúas de manera protectora.
Tomo su mano, apretándola con delicadeza para no dejar marca alguna en su tersa piel, percibiendo el calor corporal incluso a través de su guante gris metálico. Le sonrío, torcidamente como ella siempre me pide en mis recuerdos, inspirando su perfume natural al mismo tiempo que pienso si Reyna pudo lograr lo que le pedí hace un año.
-Le juro que realmente estoy bien, señorita. Es solo un resfriado que se me pasará en unos días. Nada de qué preocuparse- niego rotundamente sin dejar de darle una mueca alegre, manteniendo su extremidad en la mía.
Por qué aceras tu mirada? Siempre es lo mismo contigo, Minerva. Siempre quieres llegar al fondo de mis palabras, tratando de descifrar el significado de ellas cuando solo quiero que seas feliz. Eres tan testaruda…
Trato de no reírme con fuerza para que no me duelan los pulmones, pero me es imposible el contener un bufido alegre cuando suelto tu mano y realizas un puchero que siempre niegas por la pérdida de cariño.
Por qué tienen que hacérmelo tan difícil?
Por qué tienen que aparecer con sus radiantes personalidades e intentar iluminar mi sombrío futuro?
Por qué me hacen sufrir el hecho de no poder demostrarles cuanto las amo?
Paladeo el sabor metálico de mi boca, ocultando, una vez más, el poco apetecible producto de mi enfermedad a ustedes. Mis ojos se dirigen a la canasta con frutas que mi esposa romana pretendía vender, divisando las carmesíes manzanas brillantes, con su perfume dulce que me recordaba a Zoe. Rebusco en los bolsillos hasta encontrar un puñado de dólares, entregándoselos a todos y recogiendo una de esas frutas, dándole un mordisco para engañar a mi sistema por un rato y que deje de hacerme toser.
-Me ha dado más dinero de lo que vale esa simple manzana…- lo sé, pero si viene de tu parte, ni siquiera con todos los tesoros sumergidos en los océanos me alcanzaría para pagarte.
-Está anocheciendo y ese dinero le servirá más a usted que a mí. Por favor, acéptelo señorita. Me ha ayudado más de lo que piensa, yo aún tengo que hacer una tarea más y me iré a descansar- la tranquilizo, mordiendo nuevamente el fruto, sintiendo que sus jugos se deslizaban por la comisura de mis labios, atrayendo las orbes grises a las escurridizas gotas mientras se relamía inconscientemente.
Realmente adoro molestarla.
Agacho la cabeza cordialmente, despidiéndome de forma tácita, aprovechando la luz roja de los semáforos para cruzar las anchas calles transitadas, observando a través del reflejo de un auto estacionado como mi esposa desaparecía en una fugaz luz sin perturbar a los mortales.
Las huellas de las ruedas del Volkswagen de Frederick Chase se podía ver con claridad en el asfalto del puente, lo que me hizo negar con la cabeza al recordar la mini discusión que Zoe y Thals llevaron a cabo para luego hacerme callar cuando las comparé con mi madre.
Las luces de las farolas pretendían ser las estrellas en la oscura noche, teniendo que alzar mi visión para contemplar aquella luna que solo se ha mostrado pálida sin su diosa. Un pálido vaho se forma constantemente delante de mi cara, por lo que me detengo y respiro hondo, llenando mis pulmones con aire para posteriormente exhalarlo.
Caminar solo retrasaría más mi necesaria llegada al Monte, y correr estaba fuera de lista. Rebuscando en los bolsillos chicos de la mochila, logro hacerme del regalo que Travis me dio, acercándome al Mercedes negro que estaba aparcado a un costado mientras su dueño se hallaba borracho y desmayado a un lado, recordándome a una mezcla de Dionisio y Nereo.
Romper la seguridad del cerrojo era algo fácil a estas alturas, por lo que me ahorré la alarma que hubiese despabilado al idiota que de alguna manera logró cerrar el auto con las llaves en el interior. Arrojé la mochila en el asiento del acompañante, y le di arranque al vehículo, esquivando todos los autos que hubiesen en el camino, envolviéndolo con niebla para evitar disturbios con la policía.
El viento aullaba al ingresar por las ventanillas bajas, despeinándome y resecando mis ojos, obligándome a parpadear repetidas veces. En serio necesito pedirle a Tena un par de gafas, siento que las voy a necesitar muy pronto si Apolo decide internarme unos días en su templo para espantar la fiebre.
Trato de no toser groseramente, sintiendo el hilillo de sangre corriendo por mi mentón, disponiéndome a limpiarlo, solo para sentir un pañuelo haciendo su trabajo por mí. La imagen del espejo retrovisor me enseña a Caos, recostándose y poniéndose el cinturón de seguridad, lo que me hace esbozar una lúdica mueca.
-La seguridad primero? – cuestiono sin dejar de mirar la ruta, volanteando con cada auto que se me entromete.
-Con la velocidad que llevas ahora, me sorprende que tú mismo no lo hayas hecho – Oye! Tengo apuro, qué crees?
-Detalles menores, Caos. Solo estoy tratando de llegar a tiempo a un lugar especial donde todo terminará como debía haberlo hecho la primera vez- te prometo que te salvaré Zoe. Nadie te arrebatará tu vida y tus sueños…
-Siempre los demás antes que tú, no? – por qué suena triste tu voz? Casi como si fuese…nostálgica.
Su cara luce apagada, y sus característicos ojos brillantes están ofuscados por una tormenta de emociones. No necesito preguntarle que le ocurre por la cabeza, sé que ni ella misma puede concentrarse por momentos, por lo que simplemente me mantengo callado y dejo que tome mi mochila, viendo como juguetea con las cosas que llevo en el interior hasta dar con aquel libro que siempre llevo conmigo.
Los soportes de hierro retorcido se repiten infinitas veces en el trayecto, aumentando inconscientemente la velocidad del vehículo hasta que desaparecen del paisaje, siendo reemplazados por saetas luminosas que orientan las calles. La oigo murmurar por lo bajo entre los silbidos agudos del viento invernal, hallando una calidez familiar que aleja los malos pensamientos que aquejan mi cerebro.
-La ambrosia que te queda es bastante poca, Perseo- no es para mí…
-Lo suficiente para darles a ellas- yo estoy bien, puedo aguantar el dolor.
-No me refería a eso- lo sé.
-Yo sí- replico simplemente.
Prefiero no mirarla esta vez, enfocándome en su lugar en el cielo nocturno, tratando de encontrar aquel consuelo que las estrellas me daban desde el día en que finalmente me quedé solo en este mundo. El paisaje del lugar cambia frenéticamente, convirtiendo el cemento en tierra húmeda y árboles recubiertos de nieve.
El aire se llenó con aroma a eucaliptos, el cual tranquilizó mi respiración en medio de mi maniobra en zigzag sobre la estrecha carretera, eludiendo los empinados barrancos. Con cada segundo que pasaba, mis nudillos se volvían más blancos debido a la fuerza que ejercía sobre el volante, tratando de controlarme para no arrancarlo de su lugar, intentando no pensar en la posible masacre que podría llevar a cabo delante de mis queridas.
Conducía a la altitud, internándome en la amalgama de nieblas naturales y mitológicas, dejando atrás la visión mortal para adentrarme en el Monte de la Desesperación. Vi como los rayos caían provocando sonoros estruendos que hacían vibrar los vidrios, recordándome como casi uno de ellos golpeó a Thals la primera vez, lo que le valió a su padre una serie de insultos bastante memorables.
-Perseo…- le escucho murmurar a Caos.
-Sí? – mascullo entre dientes, subiendo las ventanillas y aplacando el frío del exterior.
-Rayo- dice con tranquilidad, sin importarle que mis futuros blancos de asesinato le estén haciendo puntería.
Sin detener el Mercedes, atasco el sistema de aire acondicionado y acelero aún más, llevándolo al punto de vértigo cuando la descarga eléctrica le dio de lleno al techo de la carrocería. Es lindo tener conocimientos que Tena metió en mi cabeza, ya que de haberlos sabido antes no habría sido necesario arrojarnos fuera de un auto en movimiento y casi morir en el intento como en la línea temporal pasada.
-Jaula de Faraday...Tu esposa debe de estar muy orgullosa de su hijo, no? – de todos ellos menos uno.
-Todos los libros de su biblioteca son documentos originales de ellos. Además, física uno cero uno es lo más elemental del mundo actual- aunque a mí me hubiese costado aprenderlo en mi juventud.
-Realmente esa niña te ha cambiado radicalmente, extraño a mi pequeño terco…- sigue burlándote de mí, anciana prehistórica. Luego vendrás a rogarme que no me vengue de ti también…
Suelto un bufido de exasperación exagerada, para luego reírme suavemente al darle la razón. Detengo y apago el auto, asentando mi frente en la bocina del volante sin llegar a ejercer mucha presión y evitando así que esta suene desaforadamente. Mis manos rasguñan la parte anterior de mi campera, tratando de aliviar el ardor mientras doy bocanadas profundas para dejar de sudar gracias a la fiebre.
Abro y cierro sistemáticamente mis manos, oyendo el crujido de las articulaciones en medio de la sensación febril que corroe mis falanges, como si estuviese en llamas. Cuento los segundos en mi mente, repitiendo cada paso que di la primera vez que subí este monte. El golpeteo leve de la mochila siendo depositada a mi derecha finaliza mi descanso y recuperación, teniendo que erguirme y refregar mis manos en la cara, tratando de despabilar el sueño atrasado que amenaza con cerrarme los ojos.
-No me dirás nada para detenerme de hacer esto, cierto? – cuestiono a la única figura familiar que me acompaña desde un principio, aventando cansinamente mi mano derecha hasta atrás, dejando que ella la sostenga.
-Nada cambiaría…Tu elegiste, yo te di las herramientas. Ahora solo queda ver cómo quedará la obra final…Solo cuídate por favor, Percy- suenas triste, como si ya hubiésemos tenido esta plática antes…
Como si quisiese cuidarme…
Como si se arrepintiese de dejarme salvarlas a todas, a costa de mi vida…
El verde pasto, iluminado por la pálida luna, rozaba el borde de mis pantalones. Las flores intentaban emitir su genuina coloración, pero la ausencia de mi esposa en el cielo se las impedía, lo cual dibujó una mueca angustiante en mi rostro ya que demostraba cuán importante era ella para todo lo que pisaba esta tierra. Apenas puedo verme en el reflejo del mármol azabache, denotando las ojeras y piel pálida que ilustraban mi cara, asimismo como el alborotado cabello que se mecía libremente sin la restricción que le había dado más temprano.
Las manzanas pendían desde las ramificaciones de aquel árbol que Zoe alguna vez cuidó y tuvo que abandonar por el bastardo de Hércules. Siendo honesto, nunca me atrajeron, incluso cuando Dite intentó obligarme a comer una, logrando que vomitase más sangre que otra cosa ya que mi cuerpo lo rechazó.
No obstante, no era esa la razón por la que detestaba dichos frutos. Su mera coloración me traía malos recuerdos, recuerdos que sustentaban mis continuas pesadillas nocturnas y diurnas. El tinte áureo solo rememora el icor de Tia, Arty, Tena y Dite, corriendo por mis dedos cuando hacía todo lo posible para que esta regresase a sus interiores, depositando toda mi esperanza en la utópica situación de que abran sus ojos y me sonrían.
Nieve continuaba depositándose sobre mis hombros, formando una etérea capa que se alargaba con cada escalón que subía. Incrementando levemente la carga a mi fatigado cuerpo, así como también contribuyendo a tranquilizar los espasmos tras calentar algunos copos y convertirlos en agua, dejando que la piel de mi cara y cuello lo absorban.
Las veo finalmente.
Las veo y suelto un gruñido gutural que despierta a Ladón.
Las veo y solo quiero desmembrarlas por hacer llorar a Zoe.
Las veo y quiero quemar sus rostros con hielo porque osan tener rasgos similares a mi cazadora de las estrellas.
Diviso la sorpresa y el temor en sus ojos, lo cual me parece perfecto, ya que no vengo a traerles amor. Solo sangre y muerte. Tomo un xipho, blandiéndolo en mi mano siniestra, dejándoles en claro que no estoy de humor para estupideces.
-Perseo Jackson. Tú estás muerto- es el día de decir eufemismos, acaso? Creo que cuando regrese al campamento tendré que anotarlo para no olvidarme…
-Siguiendo esa lógica, no debería de molestarte que meta mi espada en tu abdomen…total, es parte de mi figura fantasmagórica, no? – siempre puedo intentarlo, al fin de cuentas ustedes son cuatro.
Repuestos es lo que sobra entre ustedes.
-Tu presencia los pondrá furiosos, ellos esperaban que la hija de Zeus te descartase- oh, sí! Eso…bueno, lástima que ella me ama y yo también.
-Qué puedo decir? Vivo para disgustar planes malévolos! – lúdicamente me expresé, sonriendo con una promesa tácita de dolor.
Me divierte contemplar el disgusto en sus cuerpos, siendo demasiadas expresivas y revelando millones de flaquezas. Con cada paso que ejercía, ellas retrocedían, chocándose entre sí, buscando un escudo que las defienda de mi corta paciencia y tiempo. Sus ojos se abrían más y más, balbuceando clamados de auxilio a Ladón, quien desenroscó sus cabezas del manzano para divisarme.
-No tienen la menor idea de lo que estoy sintiendo en este momento. Todo el odio y asco con solo verlas frente a mí, conteniéndome para no eliminar a la escoria que vigila los jardines de Lady Hera. Para no acribillar a aquella lagartija que osó lastimar a mí Zoe…- realmente deberían agradecerle a Caos por no matarlas aquí mismo.
-No eres rival para él- para el único rival que no soy digno, es mi propio yo…él es el único que puede subyugarme con sus pesadillas.
-Le temo más a mis compañeras de búsqueda cuando me vean vivo, que a lo que ustedes halagan- Zeus…Caos…Papá…si no llego a sobrevivir después del día de hoy, recuérdenme como un héroe!
Era digno de un simple aplauso el hecho de que intentasen ponerse delante de mí, pero mi tiempo no era para ellas, por lo que simplemente caminé mirando la cima del monte, empujándolas al suelo y pisando una que otra extremidad en consecuencia, llenando mis oídos con quejidos que se sincronizaron a las sibilancias de mi pecho y las de Ladón.
El dragón se removió, reluciente como una montaña de monedas de cobre, y las hespérides se arrastraron como serpientes, chillando.
Se armó de valor, abriendo sus bocas con propósito de intimidarme. Aceré mi mirada, de la misma manera que lo hice con Cerbero cuando viajé al Inframundo con Clar y Grover, logrando nuevamente que el animal preferido de mi cazadora escondiese la mitad de sus cabezas, mientras que el resto siseaba con premeditación.
-Mordiste a Zoe, Ladón. Mordiste a la única persona que, te amó y cuidó- despreciaste a la mujer que te quiso y quiere aun cuando le hiciste daño.
Enloquecido, gruñó y alargó cinco de sus cabezas para atacarme, por lo que las cercené sin remordimientos. Zoe se enojaría mucho conmigo, pero yo estoy al límite de mi contención. Siento que estoy a punto de explotar, acabando con todos aquí y ahora.
Dibujé en el aire, con mi mano desocupada, una serie de dagas con su sangre derramada, aventándolas a velocidades abismales hasta una decena de gargantas, decapitando más extremidades de su ser.
Levé mi cabeza hacia atrás, inhalando hondamente para tranquilizarme y morderme los labios con el fin de no escupir el líquido carmesí de mi interior como una maldita fuente de parque. Aguanté por un minuto, solo para sucumbir ante las punzadas, teniendo que hincarme y vomitar un poco sobre el pasto nevado, pintando de rojo el suelo, agradeciendo que si alguien más llegaba a verlo podría confundirlo con la sangre de Ladón.
Percibir que cada vez que el aire helado de Diciembre entra por mis vías respiratorias sea como si papeles de lija estuviesen deshaciéndome desde adentro, no es nada agradable. Me veo obligado a tomar un puñado de nieve en mi boca, limpiando todo rastro de sabor férreo residual, para finalmente ponerme de pie temblorosamente, como si la mitad de mi cuerpo estuviese dormido.
-Bien, Ladón. Puedes ver que no estoy nada bien…así que te seré sincero. Si no te mueves y me dejas subir para salvar a mis amores, te degollaré y encargaré de que nunca más en tu vida puedas regenerarte- anda, dragón…hazlo por Zoe al menos, no quiero que ella me odie si me veo obligado a hacerlo.
Los ojos del dragón destellaron. Reconoce mis palabras y la veracidad que las sostiene. Poco y nada me interesan los frutos que cuida, solo hay algo más importante para mí y es recuperar sanas y salvas a aquellas mujeres que evitan que mi locura se desborde.
El resto de sus cabezas retrocedió pausadamente, donde algunas de ellas relamían las amputaciones sangrantes y las demás retomaban su lugar alrededor del tronco del manzano. Ochenta y cinco pares de ojos seguían mis movimientos silenciosos, alertas en caso de que lo estuviese engañando, logrando que suelte un murmullo de cansancio mientras continuaba el trayecto cuesta arriba.
Exclamaciones de furia y risas egocéntricas podían escucharse al ser transportadas por los céfiros. Las figuras se distinguían con más claridad en cada peldaño negro que dejaba a mi espalda. Bianca y Grover servían de ayuda a Zoe, la cual peleaba contra su padre con todas sus fuerzas pero fallando debido a la experiencia que el titán mantenía a lo largo de las eras. Thals, por su parte, estaba en un punto muerto con el bastardo traidor de Castellan, donde él tenía la lanza de mi esposa en su garganta y ella el filo de Backbiter en su pecho.
Mis dientes chirriaban audiblemente, emitiendo un ronco gruñido lobuno desde lo más profundo de mi pecho, olvidándome de la enfermedad que me carcome. Tanto era el odio que cargaba como una mochila invisible, que los cimientos de las restantes construcciones en la cima estaban desmoronándose gracias al temblor que manifesté.
El agua solidificada del xipho en mi mano comenzó a obedecer mis tácitas órdenes, moldeándose a mis pensamientos mientras continuaba con mi avance. La sensación del hielo alargándose y estrechándose, arqueándose levemente mientras un hilillo cristalino unía los dos extremos con fuerza necesaria para mi realización.
Detuve mi andar, materializando una estilizada flecha helada en mi mano izquierda, para posteriormente ubicarla en la cuerda del arco y alzarlo en dirección a mi objetivo. El traidor de Castellan estaba moviendo sus labios frenéticamente, tratando de decir mentiras retorcidas para que mi esposa cambie de bando y se una a su causa. Tomé con fuerza el esqueleto del arco, convirtiendo el color de mis nudillos a un blanco enfermizo y fantasmal, tensando la cuerda hasta rozar mi mejilla, estirando mis brazos de manera amplia al punto de que podía sentir a mis pecho quejarse.
El renegado hijo de Hermes era mi presa.
Él no lo sabía hasta el día de hoy, donde quedará más que claro. Donde aprenderá que solo es un títere de su propia cómplice.
Le enseñaré que soy un depredador. Que estoy en la cima de la cadena alimenticia. Que soy el cazador. Que mi dominio divino es compartido con el de mi esposa, aquella que se atrevió a tocar y apresar bajo el cielo.
Respiré profundamente, conteniendo el aire en mis pulmones, deteniendo toda clase de reacción autónoma. Los copos del cielo se frenaron, esquematizando figuras abstractas en el paisaje, como una pintura que Rach pintaría sin lugar a dudas.
Solo puedo pensar en la amenaza que representa para Thalia. En lo que puede llegar a hacerle. Incluso respirar el mismo oxígeno que ella.
Por eso mismo, cuando exhalo finalmente, la flecha es liberada de mi agarre. El silbido se agudiza con cada metro que recorre, convirtiéndose en un sonido insoportable que aturde a todos los que están peleando en la cima. Solo para descubrir, cuando aquella saeta provocó una explosión al incrustarse en la articulación, a la altura del hombro, del brazo dominante de Castellan, que él estaba cayendo por el precipicio mientras que la perra de Chase adoptaba una mirada de miedo e incredulidad.
No saben cuánto anhelo ver que el rubio sodomizado se desnuque con alguna piedra escarpada, quedando suspendido en el risco como un muñeco de trapo.
Dejé caer arco, deshaciéndolo antes de que incluso tocase la escalinata de mármol, para que a continuación empiece a esprintar a la carga con mi espada restante, captando la atención de todos los presentes que viraron sus cabezas en el instante que Atlas reaccionó a tiempo para utilizar su jabalina como escudo, haciendo que retroceda por la fuerza que empleé.
Hice oídos sordos a los gritos de asombro de mis compañeros de búsqueda, concentrándome principalmente en mi propia respiración y presión en las fintas que realizaba. Atlas, a mi propia disgusto, tenía una expresión que se asimilaba a las que Zoe y Calipso, una que era fría y orgullosa cuando estaban enojadas conmigo por haber hecho una idiotez, lo cual era muy recurrente según palabras de mi esposa.
Un corte descendente lo obligó a sostener con ambas manos su arma, evitando con lo justo que corte su cuerpo en diagonal, acortando la distancia entre nosotros, lo suficiente para quedar a centímetros de su rostro mientras le dedicaba una sonrisa que prometía dolor infinito.
-Bonsoir, Atlas…- saludé lúdicamente, empujándolo hacia atrás.
Gruñó como un animal herido, tomando una postura lateral e intentando empalarme en el pecho de un salto, pero fallando cuando me moví a la izquierda y aproveché el hueco en su porte, clavándole la espada en el hígado, traspasando piel, músculos y órganos , para luego recuperar mi xipho al descongelar la empuñadura y hacerla reformarse en el otro extremo.
-Cuando uno saluda, se dice que es cortés replicar de la misma manera- los modales hacen al caballero, dicen por algunos lados…
-Tú deberías estar muerto! – bueno…sí…lo admito, pero soy bastante terco.
…Un momento.
…Acabo de admitir que soy terco por cuenta propia?
Genial, Caos debe de estar revolcándose de la risa…
-Meh…Lo estoy y no lo estoy, tú me entiendes- soy un caso viviente del gato de Schrödinger.
-La profecía decía que uno moriría! Tú pereciste en aquel baldío! Por qué no estás muerto!? – te han dicho que gritas demasiado? Creo que le pediré a Apolo que me haga un examen de audiometría luego de acabar contigo…
La punta de su jabalina, que atentaba clavarse en mi estómago, fue desviaba por el escudo que utilicé para defender a las muchachas de la Mantícora. El tiempo de reacción era tardío para Atlas, quien nuevamente recibió un corte en el costado siniestro de su abdomen, haciéndolo caer de rodillas mientras amamantaba su herida con la esperanza de cerrarla.
-Corrección. La profecía decía que uno se perdería…La semántica es muy importante en esos casos, no crees? Además, les dije que volvería…qué clase de persona sería si no cumpliese mi palabra? – crees que dejaría que ellas sufriesen por mi culpa?
No importaba cuantas veces intentase atacarme, ya sea utilizando su arma predilecta o sus propios puños. Nada llegaba a su objetivo. Leer sus movimientos era demasiado fácil en su estado de ira desenfrenada, dejando demasiados huecos en su guardia, los cuales eran aprovechados por Zoe que le disparaba sin perder oportunidad alguna.
Mi cazadora había recuperado su respiración, lo que me dejaba con una sola idea que llevar a cabo para evitar que su fatiga y el veneno en su torrente sanguíneo le haga más daño. Sin detenerme a reconfortar a mis amores, corrí hasta donde Arty estaba soportando con un poco más de entereza el cielo a comparación de la primera vez.
Tuve que girarme algunas veces antes de alcanzarla ya que Atlas pensó que era una buena idea el intentar agujerearme, solo para que su hija se desquite con varios flechazos a las articulaciones de sus piernas y brazos, aprovechando que su armadura había quedado floja luego de los golpes que le había dado con anterioridad.
Amordacé el grito de dolor que estuve tentado a liberar cuando caí de rodillas frente a mi esposa, acunando sus mejillas sin importarme que en este momento sea un acto atrevido debido a que no guardaba ninguna relación íntima. Vi sus argentados ojos, analizándome como un depredador, solo para tranquilizarse en el instante que alejé las gotas de sudor con un movimiento de muñeca y mis falanges derechas se enredaron en su largo cabello rojo.
-Este es el perfecto momento en donde digo "Te lo dije" – te advertí que no vayas…detesto verte herida…sufro más de lo que piensas, mi luna.
Agachó su mirada, haciéndome sonreír por lo hermosa que podía ser cuando estaba avergonzada. Corté las cadenas limpiamente, retirando de sus brazos y piernas los eslabones dañados, asegurándome que no tenga ninguna marca permanente en su cuerpo.
-Tomaré el cielo, Lady Artemisa- déjame sostener tu carga, amor.
-De qué hablas? No ves que estás enfermo, quedarías aplastado por su peso! – pero tú estarías libre, no? Podrías volver con las niñas, cierto?
-No está en posición de discutir, miladi. Además, Zoe la necesita más que yo…alguien tiene que cumplir esta parte de la profecía- ya deja de mirarme como si quisieses ahorcarme, querida. Tengo razón y tú tienes que obedecerme, así que deja de quejarte!
-Aquella niña apenas pudo sobrevivir! Tú no resistirás demasiado en tu estado! – mujer de poca fe…
Incluso si admito que las quiero por el inmenso tiempo que dedican a cuidarme, detesto cuando me tratan como si estuviese hecho de cristal. Por el amor de Caos! Soy yo quien está aquí para ustedes! Déjenme hacer mi trabajo!
-En serio, déj…- intenté decir, solo para ser interrumpido por una furiosa diosa de la luna.
-He dicho que no lo haré! – bien, Percy…cuenta hasta diez y trata de no recordar aquella situación en donde tuviste que atarla a la cama para que hiciese reposo durante su embarazo…
-Se da cuenta que estamos discutiendo como una pareja de recién casados? – no me molestaría pedirme matrimonio de nuevo si varios factores no estuviesen haciendo mella en mi vida…
No tengo que estar dentro de su mente para saber que está mascullando sobre muchachos sucios y pensamientos de ella comiendo galletas que le regalo. Después de todo, ella me lo confesó.
-No estoy diciendo que tengo que sostenerlo por una eternidad, confío en usted para que subyugue a ese titán y retome nuevamente su castigo- pues la verdad es que quiero abrazarlas a cada una de ustedes en lugar de siquiera estar aquí mientras la perra de Chase nos mira desde unos metros de distancia.
Con cuidado puse mi brazo derecho sobre su espalda, empezando a hacer fuerza para permitirle aquella bocanada de aire que restituyó su compostura. Lentamente fui reemplazando su lugar bajo el cielo, teniendo control total de la situación y de mí mismo al sostener la masa oscura que representaba a Ouranos junto a ella. Podía sentir el sudor perlando mi rostro cuando la reemplacé por completo, así como también el pecho se me comprimía como si una prensa hidráulica estuviese aplastándome lentamente, inundando mi boca con sangre.
A diferencia de la primera vez, pude redistribuir la carga, quedando de una rodilla al suelo mientras la otra estaba clavada contra mi pecho, sirviendo como soporte para controlar la tos y el ardor de mis pulmones. Antes, nunca me percaté de mi pelo poniéndose cano, pero ahora percibía como si mis bebés estuviesen tironeando del cabello para pedirme que los lleve sobre mis hombros.
De haber hecho esto en mi forma divina, de seguro que mantendría el peo azabache por completo…pero a Piper y Dite les gustaba jugar con ese mechón gris.
Así que, quién soy para negarles la felicidad a ellas?
Inhalé hondo y con lentitud, cerrando los ojos para serenarme y no estresar aún más mi cuerpo. Me sentía temblar, pero debido a los escalofríos de la fiebre. Trato de pensar en las chicas, en lo que estarán haciendo, si se acuerdan de mí. Mantengo mi cabeza ocupada con buenos recuerdos, donde las hacía reir o jugábamos con los bebés, mordiendo sus piecitos y haciéndoles cosquillas en el estómago.
El peso ya no se siente tanto, por lo que puedo exhalar con la misma velocidad, solo para repetir el proceso de forma paulatina hasta que Arty pueda acabar con el idiota de Atlas. Incluso si hubiese querido aclamar por la delicadeza de los movimientos de mi luna, no podría hacerlo a menos que quiera asustarla con un enorme charco de sangre que se formaría debajo de mí. Por lo que simplemente me contenté con verla saltar de un lado al otro como un ciervo burlándose de un hambriento oso, sacando ganancia con sus cuchillos cuando el titán se descuidaba y dejaba una abertura en su guardia por tratar de defenderse del apoyo que Zoe brindaba junto a Thals y Bianca.
Era como apreciar una obra de teatro, donde las valientes guerreras danzaban con aire temerario alrededor de un temible monstruo que amenazaba la paz que tenían. La nieve descendía sobre ellas, decorando sus cabellos y ropas, dibujando un fino velo que se rasgaba con cada flecha, cuchillo o lanzazo que era arrojado a la diana móvil.
Sus coordinadas respiraciones y movimientos denotaban una increíble coreografía que brotaba de ellas instintivamente, sin siquiera saber cuan relacionadas estaban ustedes en mi época, inclusive ante el poco tiempo que compartieron las cuatro juntas.
Podía sentirlo en mi pecho, aquel calor que ellas eran capaces de provocar, un calor que servía de bálsamo para mis eternos lamentos. Nunca me imaginé que estar aquí de nuevo me haría rememorar pequeños detalles íntimos, a la espera de poder estar al lado de cada una de mis amores al terminar este nuevo día.
Pero…
Ellas en realidad me necesitan como yo a ellas?
Puedo poner las manos en el fuego y asegurarlo que no…que ellas pueden ser felices sin mí.
Pero yo necesito, de manera imperativa, que ellas sigan con vida. Qué caminen delante de mí, sin preocupaciones de lo que pueda acecharlas desde las sombras ya que yo estaré allí, inmutable, aguardando pacientemente.
Atlas, sin su armadura luego de haberla perdido ante los incesantes ataques de mis amores, estaba retrocediendo lastimeramente, como un perro herido que solo podía lamer sus llagas mientras intentaba morder desesperadamente a alguien.
Las estocadas que ejercía Arty fatigaban enormemente al titán, utilizando su velocidad para realizar delgados cortes a lo largo de su espalda y bíceps, mientras que Zoe y Bianca aprovechaban para clavar sus flechas en los muslos, solo para ser rematado por Thals con su lanza, electrocutando al enorme y tirano hombre hasta que terminó en el suelo.
Tragué la sangre que se había acumulado en mi boca, resignándome a la presencia cotidiana del férreo sabor adosado a mi saliva, pero permitiéndome así poder tomar esa bocanada que tanto necesitaba. Miré con odio a la bastarda traidora que simulaba estar completamente débil a un costado de la lucha, sin saber que podía leer perfectamente sus intenciones con aquella actuación, buscando y recopilando información de sus formas de pelear y trabajar en equipo, algo que nunca aprendió antes debido a su arrogancia y creencia de ser mejor que todos.
Aún en su deplorable estado, Atlas se ponía de pie tercamente, algo que ahora puedo ver de dónde lo sacaron sus hermosas hijas, balanceando su jabalina de lado a lado para obligar a que retrocedan mi ángel blanco y mi cazadora de las estrellas. Pude apreciar la breve incertidumbre en las plateadas orbes de Artemisa, quien tuvo que contenerse en algunos de sus ataques ya que podría haber golpeado sin querer a sus dos cazadoras.
Grover solo alcanzó a tiempo el borde posterior de la parka de Bianca, así como Thals se arrojó encima de Arty. Ambas acciones las salvaron de el corte que podrían haber recibido en sus abdómenes gracias a la furia desenfrenada que nublaba la mente del titán. Pero a causa de ello, me quedé viendo con impotencia como Zoe caía al suelo, con su sangre inmortal bañando el piso marmolado, teniendo que cerrar los ojos para rugir de furia y soltar el cielo para correr a su lado.
Gruñí.
El sonido era tan ronco, que lastimaba mi garganta más de lo que ya estaba, aumentando el ardor. Me concentré desde mi posición, controlando la fluidez del líquido vital de mi amor, ganándole minutos valiosos para su supervivencia.
Ella viviría. Lo prometí. Lo juré cuando acepté regresar a esta época para reescribir todo ese fatídico libreto que los Sinos habían planeado para ella. Me niego a dejar que perezca. Rechazo la idea de tener que ver el rostro triste de mi esposa, llorando por las noches por no poder salvarla a tiempo.
-La primera sangre de una nueva guerra- declaró Atlas como la primera vez, provocando que mi ira bramase como las olas salvajes del océano.
Morirá.
De eso ya no hay duda alguna.
Pensaba ser benevolente, pero ahora si estoy cansado.
Ahora verá Chase uno de los tantos finales que le estoy preparando.
-Ahora quién seguirá? – tú, bastardo desquiciado. Tú y todos tus amiguitos con aires de grandeza.
No culpo a Thals por el ceño fruncido que luce ahora mismo. No después de haber compartido todo ese tiempo a solas con Zoe luego de mi acto de escapismo. Solo cuando ella estaba sumamente furibunda, permitía que su cuerpo sea cubierto por una capa de estática que chispeaba mediante sus emociones…y ahora mismo, ella solo quería lastimar al padre de aquella muchacha que conocí previamente como su antecesora en la caza.
Un arco eléctrico se produjo entre el extremo de la lanza y las puntas argentadas de las flechas que Bianca empezó a disparar nuevamente, induciendo al titán a una serie de convulsiones debido al choque que sus nervios recibían. Thals no se detenía ni por un instante, descargando todo su ser en un único ataque, el cual terminó bruscamente cuando Arty alzó su mano en una orden tácita. En consecuencia de ello, mi luna aprovechó la oportunidad de oro que tenía delante, asestándole una patada en el plexo solar a Atlas, que nada pudo hacer ante la fuerza de mi esposa, dejándose llevar por el envión sin percatarse que rápidamente se aproximaba a mi posición.
Aún con mi mente enfocada en el estado de salud de Zoe, pude levantar el cielo unos centímetros de encima de mi espalda, soltando un gemido doloroso, antes de rodar hacia la izquierda mientras la masa azul oscura caía nuevamente sobre la espalda del titán, quien tuvo que apoyarse sobre sus cuatro extremidades como el perro fiel que es de Kronos.
Solo sonreí sádicamente al verlo forcejear para quitarse de encima a la representación manifiesta del primordial del cielo, gritando a los cuatro vientos sobre las injusticias sufría a los largo de las eras.
-No! NOOO! Te odio maldita niña! Juro que saldré de aquí y te mataré lentamente junto a todas tus cazadoras! – lamento decirte que te quedarás con las ganas nomás, mi querido titán de la fuerza…
Dejé de prestarle atención al cabo de cuatro segundos, arrastrándome hasta donde el cuerpo de Zoe me esperaba, pidiendo perdón en mi mente a mis amores por ignorar el interés que demostraban a mi situación actual. Un grito que me pedía que me detenga hizo que lo acatase, solo para darme cuenta que mis manos estaban sangrando profusamente tras rasgarme las yemas de los dedos con los bordes afilados del mármol azabache que fue destruido durante la pelea previa contra el titán.
Miré mis extremidades con insensibilidad, encogiéndome de hombros y terminando de recorrer los pocos metros de distancia que me separaban con la cazadora de las estrellas, quien había virado su cabeza unos centímetros y me estaba mirando fijamente con sus oscuros ojos expresivos, como si quisiese sonreír ante el hecho de que estaba frente a ella.
Ella estaba muda de dolor. Lágrimas descendían por sus pómulos con una parsimoniosa velocidad hipnotizante. Aparté todo rastro de piedras y sobrantes de flechas, quitándome de encima la mochila y la campera, haciéndola un bollo para luego ubicarla debajo de su nuca, como una almohada.
Sombras se acercaban a la mía, adosándose como si fuesen una luego de que sus respectivos dueños se arrodillasen alrededor de Zoe, mirándonos con asombro y expectación. Un reloj hacía tictac en mi cabeza, señalando el tiempo que le restaba en caso de no hacer nada.
-Percy! Estás bien! – gracias Bianca, en serio lo digo, pero necesito ayudar a tu teniente primero. No quiero perderla una segunda vez.
Le sonrío, naturalmente, sin esconder emoción alguna a un ángel como ella, para luego repetir el mismo hecho con Arty y Thals, quienes parecieron avergonzarse por un instante. Digo por un instante, ya que al segundo siguiente estaban listas para apuñalarme cuando abrí la parka ensangrentada de Zoe y levanté la camiseta plateada que llevaba debajo, exponiendo su delgado abdomen al helado aire invernal.
-Tranquila…solo será un rato…verás que todo estará bien- la tranquilicé luego de verla estremecerse.
-Qué estás haciendo, muchacho! – estoy salvándole la vida a mejor amiga que has tenido en más de un milenio, Artemisa.
Obvié su interrogante, abriendo la mochila y sacando la bolsa de ambrosia, el termo de néctar y una botella de agua que llevaba desde el día que salimos del campamento, arrojándole esta última a mi esposa pelirroja mientras le señalaba la herida que Atlas le había hecho a la muchacha que alguna vez confundí con una princesa persa.
-Arroja lentamente el agua sobre su herida, Anaklusmos deberá hacer el trabajo por sí solo tras haber vuelto con su legítima dueña. Yo me encargaré del envenenamiento que Ladón le provocó- ordené sin importarme mucho en este momento si ella quería golpearme por tal desacato, podría hacerlo luego si quería.
Tomé el extremo de la manga izquierda de su campera, arrancándola de un tirón que me hizo toser levemente. Todos guardaron silencio al ver como el rasguño supuraba de veneno puro, inflamando las venas de su delgado brazo con una tonalidad verde enfermiza, bastante distinta a los hematomas que decoraban mi pecho.
-Los monstruos se acercan! – gritó la traidora de Chase.
-Cállate- susurro por lo bajo, deslizando mi pulgar derecho sobre la herida de Zoe, tratando de concentrarme para reconocer hasta que punto se había extendido el veneno.
-Están apuntando sus jabalinas en nuestra dirección! – y si sigues gritando, revelarás la específica posición de cada uno de nosotros, imbécil!
-Cierra la boca- murmuro entre dientes, viendo como gotas de sudor se desprendían de mi frente y caían sobre mis manos, haciendo retroceder el viscoso líquido verde que estaba cerca del corazón de mi primer amor.
-Dioses! Tenemos que hacer algo antes de que se acerquen más! – exclamó, colmándome la paciencia.
-Comienza por callarte de una puta vez! No puedes ver que estoy haciendo algo importante y tú no eres de mucha ayuda!? Si tanto te molestan los monstruos, pues ve y pelea contra ellos! – por mí pueden matarte de diferentes formas, pero no me interrumpas con tus quejidos chillones mientras hago algo importante.
Mi garganta ardía y la vista se me nublaba con un tono rojizo, pero incluso así lograba mantener a raya el veneno que mancillaba el torrente sanguíneo de Zoe. Tome un cubo de ambrosia y se lo acerqué a los labios, incitándola a que lo coma, cosa que hizo luego de mirarme nuevamente a los ojos, los cuales lentamente recuperaban ese brillo vivaz que nunca volvió a tener cuando formó parte del cielo.
Gruñí sonoramente al ver que Chase intentaba quejarse de nuevo, fulminándola con la vista y asustándola al percibir un temblor en su cuerpo que quiso ocultar pesimamente. Thals y Bianca habían puesto sus manos en mi espalda para calmarme, pero esa acción solo logró ponerme más nervioso a la hora de tener que obligar a la sangre limpia seguir su curso en el brazo y al veneno salir de la herida mientras lo evaporaba en el aire.
Sentía que mi propio ser estaba sobre exigiéndose, con mis párpados cayendo durante milisegundos que simulaban ser horas, y un ardor en mi pecho como si la lanza de Clar estuviese clavada allí junto a las espadas de Reyna e Hylla. Quería toser y vomitar ahí mismo, tratar de liberar la tensión de mi cuerpo, pero no podía. No con Zoe delante de mí, requiriendo mi ayuda.
Me aseguro de haber eliminado todo rastro de la toxina que amenazaba la vida de Zoe, apreciando como su extremidad superior izquierda recuperaba su tonalidad cobriza que tanto me atraía, deslizando mis dedos con suavidad, con un verdadero temor a romperla como si fuese una figurilla de cristal o porcelana china. Artemisa había finalizado con lo que le pedí, donde el agua había dejado una tenue cicatriz en el plano abdomen femenino.
Alcancé de entregarle el termo con néctar a mi temporal paciente, dejando que bebiese con ferviente necesidad al mismo tiempo que me dejaba caer de espaldas y tomaba mi pecho con disimulo, ocultando mis ojos con mi brazo derecho, tratando de acompasar mi respiración con las pulsaciones de aquel corazón que ellas estaban arreglando incluso al día de hoy.
Las siguientes situaciones ocurrieron como una película muda, Frederick Chase apareció como la primera vez, intentando defender a aquel monstruo que él aún pensaba como su hija, sin saber que ella sería la culpable de su propia muerte y la de su familia inocente.
Pude ponerme de pie con ayuda de Grover, sirviéndome de apoyo cuando en silencio le pedí que me acercase hasta la larga escalinata por donde los monstruos se aproximaban con sus rostros lujuriosos de sangre e icor divino. La luna iluminaba sus variopintas figuras, así como también el mar que se movía en la costa, donde ellos tenía al Princesa Andrómeda aguardando por ellos.
La luna y el mar siempre están relacionados, más si entre ellos hay una emociones que los conecte. Y sea lo sea que Artemisa esté sintiendo, puedo jurar que se complementa con el amor que le tuve, tengo y tendré.
La marea comenzaba a pronunciarse. Las ondulaciones del agua aumentaban su frecuencia con cada segundo, sacudiendo el navío enemigo, golpeándolo contra las rocas de la costa. El agua dejaba una marca de humedad en la arena a medida que retrocedía hasta el punto de dejar encallado en un banco al transporte de Castellan. Todos miraban con sorpresa el fenómeno de la naturaleza desde mis costados, provocándome una sonrisa maliciosa al ver el terror en la cara de Chase tras percatarse que significaba ello.
Nunca pudieron darse cuenta.
Fue demasiado rápido para ellos.
Con tanta fuerza que, de inmediato se convirtieron en polvo.
La ola era inmensa, alcanzando los diez metros de altura. Oscureciendo todo a su paso, oprimiendo todo aquello que se hallaba en su camino, destruyendo armas y huesos por igual contra el suelo. El agua inundó más del camino de mármol, retrocediendo inmediatamente a su posición original, limpiando todo aquello que manchaba el suelo, regresándolo a la pureza que alguna vez hace milenios tuvo.
Los monstruos, de los que tanto se quejaba Chase, ya no estaban.
Las filas de Kronos solo se irían haciendo más y más delgadas por mi presencia, e inconscientemente, las de Gaea y Tártaro. Chase vivirá hasta el último minuto de mi vida, obligándola a ver como todos sus planes se van cayendo como cartas de su elaborado castillo.
-Qué Hades acaba de suceder…? – solo acabas de ver lo que sucede si dos dioses se ponen de acuerdo para atacar a la misma vez, Thalia.
-Deja de maldecir con el nombre de nuestro tío, Thals…estás usando el nombre del padre de Bianca por si no te diste cuenta- debes tener cuidado, amor.
-Qué? Oh, sí! Lo siento, Bianca. No era mi intención- se disculpó mi esposa mientras me agachaba a donde Zoe estaba sentada para tomarla en mis brazos, ignorando nuevamente el dolor.
-Está bien, me imagino que es pura fuerza de costumbre- aceptó la belleza italiana, demostrando cuan comprensiva podía ser.
Con pasos premeditados, me puse a la par de Artemisa, mirándola a los ojos para pedirle en silencio por su ayuda para salir de aquí ya que yo estaba completamente agotado. En consecuencia, la luz de la luna se volvió más intensa, captando la atención de Grover, Thals y Bianca cuando la hermosa carroza que mi diosa tenía apareció delante nuestro con sus ciervos olisqueando el aire de nuestro alrededor.
-Arriba! Debemos llegar al Olimpo cuanto antes! – venga, Arty. Un poco más de paciencia con tu viejo esposo, ya no tengo un estado físico como antes…deberás de ser más tierna conmigo si quieres que vuelva a dormir a tu lado para calentar tus pies.
-Pero mi padre está aquí…- oh, vamos! Como si en verdad te preocupases por él!
-No podemos llevar mortales al Concejo. Lo sabes perfectamente, hija de Atenea- excepto a Rach, a ella si podemos llevarla, querida.
-Sí, lo sé. Pero…- seguirás hablando hasta el cansancio, no?
-Por qué no mejor te quedas aquí hasta que aterrice y luego regresas a casa con él? Me imagino que si él está aquí, es porque está sumamente preocupado por ti. Lo menos que puedes hacer, es acompañarlo esta vez- y de paso me deshago de ti, roña molesta que consume oxígeno gratis.
-No creo que sea una…- juro que si no te callas ahora mismo, hago que una estalactita se forme en medio de tu pecho…
-Perseo tiene razón. Además, él y su grupo fueron los seleccionados para esta búsqueda. Lo mejor es que te quedes aquí. Venga, tenemos que irnos- adoro cuando ambos nos ponemos de acuerdo en algo sin siquiera platicarlo previamente, mi luna. Te has ganado tu buena ración de galletas con chocolate.
Artemisa subió a la carroza, seguida de Grover y Bianca. Thalia esperó por mí al ver que me demoraba, sorprendiéndose cuando le entregué la débil figura de Zoe en sus brazos, para que luego gire ciento ochenta grados en dirección a Atlas.
-Percy…? – solo me demoraré un minuto, esposa mía.
-Perseo, qué haces? Tenemos que ir al Olimpo- ya sé…ya sé…
-"Y uno perecerá por mano paterna"- repetí la última frase de la profecía sin mirar atrás.
Si me dijeron algo más, no lo sé. Solo me enfoqué en el rostro magullado del titán, agachándome frente a él y tomando su cara entre mis manos, clavando las uñas de mis pulgares en las cuencas de sus ojos, provocándole un desgarrador grito mientras intentaba moverse para defenderse.
Con la nieve que caía en el Monte Tamalpais, el cuerpo de Atlas fue congelándose lentamente hasta el punto en que toda su figura estaba recubierto por una capa de hielo que lo mantenía aprisionado en su mítica pose pero completamente ciego. Aún vivía, pues yo mismo mantenía el bombeo de sangre a su negro corazón, dándome tiempo a ponerme de pie y sacar aquello que le pedí hace dos años a Charles que forjase para mí con lo que obtuve del Minotauro.
La afilada daga bamboleaba entre mis falanges antes de llevármela a la boca para sostenerla entre los dientes, liberando mi mano para poder utilizarla con mi tarea de alzar el cielo una vez más mientras estaba de pie. El peso empezó a demostrarse nuevamente cuando me forcé a mantenerlo en su lugar con mi brazo izquierdo y parte del hombro, llevando mi mano diestra con el arma hasta donde el miasma negro azulado se mecía con la intención de alcanzar la tierra, entregándole la daga.
La representación uniforme de Ouranos asió la empuñadura, como si supiese lo que tenía que hacer. La profecía decía que uno moriría a manos de su padre. Si bien, Bob era el padre de Atlas, Ouranos era quien todos nombraban el padre de los titanes, así como Gaea era la madre. Por lo que simplemente utilicé aquel vacío legal que los Sinos dejaron en su tejido.
Dejé caer el cielo bruscamente tras arrojarme hacia atrás, viendo en cámara lenta como la daga se hundía en la nuca del titán congelado, convirtiendo su cuerpo inmortal en cenizas que no pudieron desvanecerse en el viento para llegar al Tártaro y reformarse hasta un nuevo día. La prisión que le confeccioné era el castigo perfecto para alguien de su calibre, que le serviría de recuerdo por el resto de los días.
El hielo era similar al de las espadas que hice para Reyna e Hylla, el cual no se desharía nunca.
Y su cuerpo nunca podría reformarse debido a que nunca podría llegar a aquel lugar de pesadilla que requería.
-Esto te sucede por todo el mal que les hiciste a Zoe, Cali y Arty, bastardo…que disfrutes de tu castigo- me despedí con una mueca lúdica dibujada en mi cara, dejando estupefacta a Chase.
Encaminé hasta la carroza, regalándoles una sonrisa de tranquilidad a quienes ocupaban dicho transporte, dejándome caer contra una de las paredes laterales mientras Artemisa ordenaba a los ciervos a emprender vuelo.
Sentí el perfume a ozono de Thals sobre mi pecho, descubriendo que ella se había recostado encima, escondiendo su cara en la curvatura de mi cuello. Bianca tomó lugar a mi izquierda, reposando su cabeza en mi hombro, tomando mi mano con fuerza. Con cuidado, deslicé mi pulgar sobre el puente de la nariz de Zoe, quien dormía apaciblemente, con el color cobrizo de su piel brillando bajo las estrellas, lo que me hizo mirarlas.
Suspiré cuando algo cálido caía de mi ojo derecho, emitiendo una seca y cansina risa que atrajo la atención de todos en la carroza.
-Las estrellas están hermosas esta noche- proclamé.
Había conseguido mi redención.
Terminó el penúltimo capítulo de este arco!
Y como pudieron leer, Percy pudo llevar a cabo su misión más importante de todas.
Quiero hacerles miles de preguntas, pero solo pondré algunas, por lo que les agradecería si pudiesen responderlas.
Primero que nada, valió la pena la espera?
Les gustó el encuentro de Percy con Caos?
Creen que hay alguna historia de trasfondo en esa relación?
Qué piensan de la aparición de Minerva?
Les gustó la actitud de celos que muestra Percy para con Thalia?
Y las relaciones con las demás?
El castigo de Atlas?
La salvación de Zoe?
Por favor, déjenme sus comentarios y críticas, ya que con ellos podré mejorar de a poco.
Hasta la próxima!
