Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe toda reproducción parcial o total de la misma.

NOTA: El siguiente es un regalo que prometí a mis lectoras. Es un outtake de un personaje que aún no conocen y que podría aclarar, confirmar o mandar a suelo algunas de sus teorías. Espero les guste.


Outtake Bree: El temor de volver

Canción recomendada para el capítulo: Ghosts that we knew – Mumford & Sons.

"El odio es el amor sin los datos suficientes."

Richard Bach

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Vancouver, Canadá.

Mes de mayo del tiempo actual...

Con la mirada perdida en uno de los enormes ventanales del lujoso restaurante donde se encontraba, una hermosa mujer jugueteaba de manera melancólica con su alianza de matrimonio mientras esperaba a su acompañante de aquella noche. El hombre quién no tardó en sentarse junto a ella le sonrió, dejando su teléfono celular sobre la mesa.

– Está bien, acabo de llamar y está todo en orden – susurró el hombre antes de darle un beso a la mujer. Ella le contestó con una tímida sonrisa y dejó de jugar con su alianza –. He ordenado un aperitivo para empezar, ¿te parece bien? – la mujer asintió despacio y dejó su mirada nuevamente fijarse en la ventana, donde las luces de la hermosa ciudad en la que ahora vivía la encandilaban y enamoraban cada día un poco más.

– ¿Estás seguro que…? – susurró ella un momento después cuando él tomó su mano y la apretó, trayéndola así de regreso a la realidad. Asintió en confirmación a la pregunta que ella no terminó de formular y le sonrió.

– La bebé está bien – le respondió en voz baja su esposo, y con que aquella noche celebraba su tercer aniversario de bodas, su tercer año de felicidad junto con el hombre que cada mañana le arrancaba una sonrisa, el hombre que le había permitido el milagro de ser mamá de una preciosa bebé a la que por primera vez en nueve meses tuvo que dejar sola con una niñera.

– Es la primera vez que...– dijo ella con voz tímida.

– Está sola, lo sé. Para mí tampoco fue fácil dejarla – la interrumpió él para luego acariciar su mejilla. Ella lo miró dubitativa y él le sonrió para infundirle confianza –. La niñera me acaba de decir que la bebé ya está dormida. Todo está bien, preciosa – le dijo de manera animada antes de apretar su mano una vez más –. ¡Vamos, regálame una sonrisa! ¡Enamórame esta noche una vez más! – pidió él. Ella le sonrió con timidez.

– No puedo evitar estar preocupada – dijo ella agachando un poco su cabeza. Su esposo con ternura levantó su mentón y le habló.

– Amor, la bebé no se despertará hasta...– ella miró a su esposo con sus ojos negros llenos de dudas para luego negar levemente.

– No es solo por eso que estoy nerviosa esta noche. Tengo miedo de lo que puede pasar la semana entrante – confesó ella. Su esposo volvió a acariciar su mejilla mientras chasqueaba su lengua en signo de reprobación.

– Bree – el hombre llamó a su esposa por su nombre –. La bebé está bien. No ha presentado síntomas de nada. Es solo un chequeo de control.

– Diego – le llamó con su voz casi quebrada –. ¿Qué pasa si la bebe es igual a mí? ¿Qué pasa si ella nació al igual que yo? – preguntó ella al tiempo que enormes lágrimas bañaban sus mejillas. Su esposo acarició sus manos y negó.

– Bree, no puedes obsesionarte con eso, no voy a permitir que te obsesiones con eso. Nuestra hija está bien, cariño, tú mismo lo has comprobado. Reacciona a sonidos con rapidez, sonríe cuando escucha tu voz y se calma cuando yo la arrullo. ¿Qué más quieres, Bree? ¿Qué más necesitas?

– Que el médico lo confirme. Eso es lo que necesito, Diego – pidió ella en un susurro –. Que el doctor diga que nuestra hija no es sorda como yo.

– Bree, tú no eres sorda – le recordó su esposo. Ella sonrió triste y negó con su cabeza.

– ¿Qué pasa si yo me quito esto? – dijo mientras se llevaba su mano a la parte posterior de su cabeza y tocaba la parte externa de su implante –. Yo nací sorda, Diego, Bree Higginbotham nació sorda. El hecho que éste implante me ayude a escuchar no significa que aquello cambie mi diagnostico. Soy sorda…– finalizó con un toque de tristeza en su voz.

– Bree – intercedió Diego mientras tomaba la mano de su mujer y acariciaba el dorso de la misma –. No debes ser tan dura contigo mismo, preciosa.

– La vida fue dura conmigo primero, Diego. Me dio una sordera, hace poco se llevó a mi padre, y mi madre, ella simplemente…– se quejó amargamente Bree para luego quedarse en silencio por un par de segundos. Su esposo la miró con cariño, ella solo negó y susurró –. No puedo tapar el sol con un dedo. Mi vida está llena de golpes, uno tras otro.

– Pero no ha sido tan mala como crees, Bree – analizó él –. La vida te quitó muchas cosas, pero también te dio otras. Te regaló un hombre que te ama y te dio una hija que te adora – replicó Diego. Bree asintió triste para luego acariciar la mejilla de su esposo.

– Lo sé, amor, lo sé. Ustedes son todo para mí, mi alegría, mi mundo, mi familia... Mi única familia.

– Bree, sabes que no es así – le dijo su esposo –. Sabes que en Estados Unidos, en tu país, hay alguien muy importante para ti.

– Tú sabes que ella no existe para mí. No entiendo por qué intentas recordármela. Ella no significa nada ahora, jamás ha significado algo en mi vida – masculló molesta.

– Bree, no puedes ser tan dura con ella. No sabes como la ha pasado todos estos años sin ti.

– ¿Cómo la ha pasado? Pfff…– Rió de manera triste mientras negaba con la cabeza –. ¿Qué cómo la ha pasado? Tuvo que haberla pasado muy bien, Diego. ¿No te das cuenta que se libró de una terrible carga? Me imagino que rehízo su vida con otra persona y quizás tiene una hermosa familia.

– Eso no lo sabes, Bree. ¿Qué pasa si ella no logró superar lo que pasó hace tantos años, no superó lo que tu padre le hizo?

– Diego – intentó disuadirlo –. No quiero hablar de eso. Estamos de aniversario, y si hemos venido aquí es para pasarla bien. No necesito atormentarme con eso, suficiente estrés tengo con la audiometría de nuestra hija como para añadir un problema más. Necesito paz y lo que menos quiero ahora es recordar a esa señora.

– Bree, esa señora es tu madre – le recordó él –. Piénsalo por un momento, amor. ¿Qué tal si ella ha vivido una triste vida todo este tiempo? ¿Qué tal si jamás superó tu ausencia?

– Lo dudo, Diego – dijo ella mientras sonreía cortésmente a la joven camarera que llegaba con el plato de aperitivos ordenados por Diego. La mujer se disculpó y se alejó enseguida.

– ¿Cómo puedes estar tan segura de eso, Bree? – le preguntó Diego. Ella solo se encogió de hombros.

– Creo que es fácil de adivinar, Diego. Si en realidad me hubiese extrañado como dices, me hubiese buscado, ¿no lo crees así? – preguntó ella alzando una ceja y mirando fijamente a su esposo.

– ¿Y qué pasa si al final ella sí te buscó? ¿Qué pasa si aún ella te sigue buscando? – preguntó él. Ella negó al tiempo que su ceño se fruncía.

– Diego, por favor. Deja las cosas así. No entiendo tu insistencia de hablar sobre ella esta noche. Ella murió para mí. ¿Por qué te empeñas en tocar este tema? – Bree negó triste, visiblemente afectada por el tema que por años evadió tocar.

– Insisto porque no me gusta ver cómo te haces daño tú misma con esto. Insisto porque eres madre ahora, Bree. Insisto porque puedes ponerte en su lugar un segundo. ¿Qué pasa si te alejan de tu hija de un momento para otro? ¿No te volverías loca y la buscarías por todo el planeta de ser necesario? – Bree asintió despacio mientras una traicionera lágrima escapaba de su mejilla.

– Ella me abandonó – susurró. Su esposo limpió su mejilla con dulzura y negó.

– Sabes que no es así, preciosa. Ella no te abandonó, tu padre te alejó de ella, a ella no le quedó otra opción que dejarte ir de su lado.

– Ella pudo haber luchado, Diego. Pudo haberlo hecho – masculló Bree al tiempo que inútilmente intentaba pinchar con el tenedor un pequeño camarón del plato de aperitivos.

– ¿Y cómo lo iba a hacer? – le dijo él quitándole el tenedor de la mano y captando de nuevo la atención de su esposa –. Ella no tenía los medios y su única familia la abandonó. Tu padre tenía todo para ganar, tenía a la ley y al dinero de su parte. Tu madre no podía hacer nada…

– En ese tiempo – le corrigió ella –. En ese tiempo ella no podía hacer nada, pero las cosas pudieron cambiar luego. Quizás un par de años después debió haber intentar recuperarme, Diego. Pudo haberme buscado, pero no lo hizo – finalizó en tono amargo.

– ¿Buscarte? ¿Encontrarte? – preguntó con una risita irónica él, provocando que ella hiciera un mohín de disgusto –. ¿Cómo lo iba a hacer, Bree? Tu padre estuvo jugando al gato y al ratón por muchos años. Te sacó de Washington, se llevó a Chicago, Denver, San Francisco, Salt Lake City, Ohio, Toronto hasta que se quedaron aquí en Vancouver. ¡Es imposible seguir un rastro de esa manera! Incluso ahora sería difícil encontrarte, usas mi apellido, ahora eres Bree Tanner. Buscarte sería como buscar una aguja en un pajar.

– Aun así, tuvo que haberlo intentado, Diego – se quejó ella un rato después.

– ¿Cómo sabes que no lo hizo? – inquirió él. Ella solo suspiró triste.

– ¿Por qué haces esto, Diego? ¿Por qué tantas preguntas ahora? – le dijo ella mirándolo a los ojos. Él solo le sonrió levemente.

– Porque más que preguntas, es hora de conseguir respuestas, Bree – los ojos de la mujer se abrieron completamente y su corazón empezó a latir con velocidad. Diego tomó las manos de su esposa y apretándolas con fuerza le habló –. Sí, cariño, creo que es hora de volver. Por tu tranquilidad, por la mía, por la de nuestra bebé. Por la tranquilidad de nuestra familia en general, es hora que regreses a Estados Unidos y lo averigües.

El cuerpo de Bree empezó a temblar con fuerza al escuchar las palabras de su esposo. Negó vehemente con la cabeza mientras se distanciaba un poco de su esposo. ¿Volver? ¿A casa? ¿Volver a ella?

– Estás loco – susurró bajito Bree. Diego negó con un serio semblante en su rostro para luego tocar su hombro con cuidado. Ella se sobresaltó y de inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas al ver que su esposo hablaba en serio, muy en serio. Ella negó con fuerza y se aferró a la camisa de Diego para suplicarle en voz baja –. No quiero volver, Diego, no me obligues a hacerlo, mi amor por favor. No me hagas volver…

– Bree, tu medico lo advirtió. Hace unas pocas semanas hablé con tu terapeuta y él me lo recordó – le dijo Diego en tono suave –. Para sanar tus heridas es bueno que te enfrentes al pasado, aunque sea por una única vez.

– Yo no necesito el pasado, Diego. Tú eres mi presente, mi bebé es mi futuro. No necesito volver atrás. No necesito regresar ese lugar.

– Bree, no es la primera vez que lo hablamos. Ese lugar es tu casa, en ese lugar te espera tu madre – le dijo él mientras limpiaba las lágrimas que en abundancia rodaban por la mejilla de su amor. Ella sollozó con fuerza y se abalanzó al pecho de su esposo.

– No quiero volver Diego, no me hagas volver allí – suplicó ella. Diego acarició su mejilla y le sonrió.

– No irás sola, iremos los tres juntos – le afirmó él. Ella solo negó antes hundirse nuevamente en el pecho de Diego y soltar un nuevo sollozo.

– No quiero volver, no sería capaz de soportar un nuevo rechazo, mucho peor de mi madre – confesó ella su peor miedo, el del rechazo, el miedo con el que había vivido toda su vida desde que nació en el mundo del silencio.

– Bree, ella no te rechazó, entiéndelo, por favor – le pidió Diego, repitiéndole en voz baja lo que el médico le pidió que le dijera en momentos como éste "Tu madre te quiere, ella no te abandonó, ella no te rechazó, solo tuvo que dejarte ir"

– Tengo miedo de volver, Diego – susurró ella una vez que se calmó –. ¿Qué pasa si regreso y ella no me quiere de vuelta, en su casa, en su vida? – preguntó ella con temor.

– Ella te querrá de vuelta mi amor, en su casa, en su vida y para siempre – le afirmó él mientras la aferraba a su pecho con fuerza –. Yo sé que muy en lo profundo de tu corazón, tú también la quieres de vuelta en tu vida. A veces hablas en sueños y la llamas – ella abrió los ojos asustada por la confesión de su esposo y lo miró fijamente –. Sé que anhelas verla, Bree. Y por sobre todas las cosas, sé que mueres por escuchar por primera vez su voz.

– Diego, mi madre… la extraño – soltó ella un nuevo sollozo, esta vez más fuerte que los anteriores. Su esposo sonrió al ver que al fin tantos meses de terapia estaban valiendo la pena. Ella apretó sus puños, arrugando su camisa por lo que él la apretó con más fuerza para infundirle valor.

– Lo sé, mi amor, sé que la extrañas – Bree miró a su esposo y grandes lágrimas brotaron de sus ojos antes de sollozar con tristeza nuevamente, él volvió a sonreír –. Eso… déjalo salir mi preciosa. Deja salir todo lo que hay allí dentro. Todo lo que te hace daño. Llora, llora que tu esposo está aquí, para cuidarte y protegerte.

Por minutos eternos, los jóvenes esposos permanecieron abrazados, ella llorando y él consolándola, recordándole la promesa que hace tres años le hiciera en un altar: Amarla en la alegría, y también en las tristezas.

Con el paso de los minutos, poco a poco los sollozos se fueron calmando, dejando una triste joven atrás para darle paso a una esperanzada mujer que miró a su esposo para hablarle en tono suave.

– Ha pasado tanto tiempo – le susurró –. ¿Cómo crees que esté ella? ¿Será feliz?

– No sé si lo sea ahora, pero lo que si sé es que será muy feliz cuando te vuelva a ver – Bree sonrió entonces ante un conmovedor escenario que en su mente se proyectó.

Un reencuentro con su madre después de 25 años de no verla o saber de ella. Tocar con sus manos su rostro, escuchar lo que ella imaginaba podría ser su dulce voz y a la que, por primera vez escucharía, gracias al implante que le fue colocado cuando detectaron en su adolescencia, el maravilloso acontecimiento que le permitiría escuchar.

– Porque necesito más respuestas que preguntas. Es hora de volver – susurró ella antes de hundir su cabeza en el pecho de su esposo y acurrucarse mientras escuchaba el rítmico sonido del corazón de Diego. Sonrió levemente al pensar que con su regreso, podría escuchar un corazón que ella en silencio siempre sintió cerca. Su esposo besó el tope de su cabeza y con una pequeña seña despachó a la camarera que venía por el pedido del plato fuerte de los esposos Tanner – Higginbotham. La joven se retiró dándoles privacidad a los clientes, que bajo una tenue luz permanecieron abrazados.

Pero el íntimo momento que ellos habían compartido, que bien podría haber pasado desapercibido por el resto de personas que esa noche allí se encontraban, no fue así. La conmovedora escena fue presenciada, en su totalidad, por un misterioso hombre que a lo lejos y en las sombras, sonreía satisfecho.

Hizo unas pequeñas anotaciones en su agenda raída y algo mojada por la lluvia que una noche lo cogió desprevenido en su tarea investigativa. Al terminar sus notas, dio un trago a su vaso de vino tinto y miró su reloj mientras negaba con una risa al recordar las palabras de su cliente: "No importa la hora, solo llámeme cuando la encuentre".

Decepcionado por la incumplida oferta de su cliente de contestar sin importar la hora, se conformó en dejar un buzón de voz, no sin antes sonreír satisfecho después de haber culminado tantos meses de ardua búsqueda. En cuanto el pitido de alarma se escuchó, Sam Ulley, detective de profesión, dejó su mensaje:

– Señora, la he encontrado. Encontré al fin a su hija...


¡Chan… chan…!

Vaya, vaya… Bree Tanner, un personaje extra en esta historia. ¿Cuántas tenían razón sobre ella? La cosa se pone interesante sobre la posibilidad que a Bree comparta el mismo destino de Isabella. ¿Podrían ser igual? ¿Qué pasará en su regreso a casa?

Muchísimas gracias a todas mis niñas. Esta historia ha llegado a sus 3000 rws y no existe manera posible en la que yo pueda agradecer tanto cariño, asi que lo único que se me ocurre es agradecerles con mis letras, mi tiempo e imaginación. Espero hayan disfrutado del regalo y nos veremos el próximo domingo, con la continuación de la historia del amor en silencio…

Hasta eso… ¿Me cuentan que les pareció este outtake?