Epílogo

El día de la boda llegó bien rápido, realmente todo estuvo listo para los dos meses que siguieron a la pedida de manos. De forma discreta, Emma se había encargado de ver diferentes salones para el banquete, servicios de catering, floristas, pastores que aceptaban unir a parejas homosexuales, y junto con Regina lo habían dispuesto todo a la mayor celeridad. Solo faltaba la tienda para comprar sus vestidos de novia y la música.

La ceremonia estaba prevista para el 24 de febrero, día en que se conocieron. La semana anterior a la boda cada una enterró su "vida de soltera" con sus amigas, amigos en el caso de Emma.

Mary, Belle, Carmen y Kathryn, amiga de la infancia de Regina, se habían encargado de organizar la despedida de la morena, mientras que Ruby, David, Graham y Charlie se ocupaban de la de Emma.

August había aceptado amablemente ocuparse de Henry y Grabriella, y Grace estaba contenta de que su tío tomara esa decisión porque cuanto más veía a Henry, más feliz se ponía.

Las chicas habían decidido llevar a Regina a un restaurante tipo buffet para una buena comida entre amigas antes de ir a un club de moda para soltarse la melena en la pista de danza. Regina, poco acostumbrada a eso, al principio se había sentido incómoda por encontrarse en un sitio como ese donde todas las miradas se posaban sobre ella y sus amigas. Felizmente, las chicas habían logrado convencerla para que se olvidara y se divirtiera. Así que con buen ánimo se soltó en la pista rodeada de sus amigas.

Emma, por su parte, tuvo derecho a una buena comida en casa de David con sus amigos antes de ir a un pub habitual. Emma ya no se acordaba de la última vez que había pasado una buena noche rodeada de sus amigos.

Al final de la noche, se había acordado que todos se encontrarían en el club donde las chicas estaban y, hay que decirlo, ya un poco ebrias, a excepción de Mary y David que conducían, y por tanto no bebieron sino una copa al comienzo de la noche.

En cuanto Emma llegó al club, buscó a su compañera y a sus amigas, y se sorprendió al verla mover las caderas en medio de la pista de baile. Queriendo sorprenderla, se acercó por la espalda de la morena, señalando a sus amigas que se callaran, después se pegó a la morena por detrás. Poso sus manos en las caderas de Regina y esta, a pesar de su nivel de alcohol más alto que a lo que estaba habituada, puso sus manos sobre las suyas para retirarlas antes de darse la vuelta, la mirada enfurecida que helaría a cualquiera. Pero cuando vio que se trataba de su prometida quien la miraba con una sonrisa en el rostro, suspiró de alivio antes de besarla apasionadamente.

«Estoy contenta de ver que no dejarías que nadie se te acercara…» dijo Emma riendo ligeramente.

«¡Evidentemente! Yo solo soy tuya…» respondió ella suavemente al oído de la rubia, para estar segura de que Emma la escuchara a pesar del ruido que cubría la sala entera, y eso dio ganas a Emma de arrastrarla a la casa para pasar una tórrida noche.

Regina le agarró el rostro entre sus manos antes de besarla y Emma respondió inmediatamente, después Regina se dio la vuelta para seguir bailando pegada a Emma.

Kathryn y Ruby fueron las más sorprendidas ante el espectáculo que se desarrollaba antes sus ojos. Nunca se hubiera imaginado ver a Regina en tal situación. ¡Bailando pegada y es más, con una mujer! Pero no estaban impresionadas, todo lo contrario, estaban felices por ella.


Ya era el día señalado y la víspera de la boda Emma la había pasado en casa de David y Mary ya que estos se habían ido a vivir juntos.

«Venga, marmota, arriba» dijo David sacudiendo amablemente el hombro de Emma mientras esta seguía durmiendo apaciblemente.

«Mmmm…» gruñó mientras movía su brazo para hacerle comprender que la dejara dormir.

«¿Debo recordarte que te casas hoy?»

Ante esas sabias palabras, Emma abrió instantáneamente los ojos.

«¡Mierda!» exclamó sentándose «¿Qué hora es?»

«Relájate…Son solo las ocho. Aún tienes cuatro horas para prepararte, ¿es suficiente no?»

«¡Sí! ¡Joder, menos mal que me has despertado!»

«Me lo pediste ayer por la noche, recuérdalo…»

«¡Ah, claro! Bueno, venga, ¡tengo que espabilarme!»

Se puso de pie y se fue directamente a darse una ducha para despertarse antes de que Ruby llegara para recogerla e ir a la peluquería.

Por su lado, Regina acababa de despertarse de buen humor porque su hijo había ido a buscarla para un abrazo matutino y para decirle que era el gran día.

Entonces, se levantó, se puso la bata de seda encima de su pijama y bajó a preparar el desayuno a su hijo y sobre todo su café.

Algunos minutos más tarde, Carmen y Charlie, junto con su hija, bajaban también, pero Charlie no tardó en marcharse para dirigirse a casa de David para ayudar a Emma a prepararse. Y cuando ella estaba franqueando la puerta de entrada, Belle, Kathryn y Mary llegaban para ayudar a Regina, aunque esta había insistido en que podía apañárselas sola.

«¡Buenos días, chicas, nos vemos más tarde!» dijo Charlie dirigiéndose a su coche.

La mañana, entonces, fue dedicada a las futuras esposas, para que fueran las más hermosas de ese día.

Alrededor del mediodía, los amigos más íntimos y conocidos de Emma y Regina esperaban pacientemente en las sillas blancas que flanqueaban el pasillo central por donde las dos mujeres iban a hacer su entrada.

Habían decidido unirse en el jardín posterior de la Iglesia municipal, donde el sol, en ese día, había decidido presentarse a la cita, aunque hacía algo de viento, pero en esa estación era algo de lo más normal.

Ruby, Kathryn y Mary, las tres vestidas con un sencillo traje de color lavanda, avanzaban en fila india, con un ramo de flores en las manos, por la alfombra roja sobre las que se veían diseminados pétalos de rosas blancas y rojas, para acabar en el lado derecho del altar, bajo las sonrisas de los invitados, mientras que en el otro lado, Graham esperaba derecho como un palo, en su traje de tres piezas que le daban un toque chic y que hacía olvidar que era un poli.

Después llegó Henry, todo orgulloso en su pequeño traje blanco y negro, llevando un cojín blanco donde se encontraban las alianzas. Vio a Grace, sentada al lado de Gaby, y ella le dirigió una sonrisa que a su vez le hizo sonreír a él.

Charlie, como fotógrafa en sus ratos libres, se encargaría de las fotos de ese día. Estaba sacando a su compañera y a Gaby, la pequeña sentada en las piernas de su madre en primera fila, cuando una suave música se escuchó señalando que Emma hacía su entrada.

Emma llevaba un largo vestido tipo corpiño, blanco con reflejos en marfil, con una cola de medio metro que arrastraba tras ella. Era sencillo, sin fantasías, pero le sentaba de maravilla. Estaba hecho en su mayoría de satén y sus cabellos estaban peinados en un moño perfectamente realizado. Su maquillaje no era recargado, pero resaltaba sus hermosos ojos esmeraldas.

Del brazo de David, su testigo, que también se había puesto para la ocasión un traje negro con una camisa blanca, cuya corbata iba a juego con el vestido de Mary, avanzaban por el pasillo, y los invitados se habían levantado para recibirla. Una vez frente al altar, David abrazó a la rubia, y le susurró un "Te quiero, hermanita, sé feliz" antes de separarse, depositarle un beso en su frente, y ponerse al lado de Graham en el lado de los invitados.

Emma resopló profundamente, mientras lanzaba una mirada a Carmen que le guiñó el ojo con complicidad, y en ese momento hizo su entrada Regina, y a Emma se le cortó la respiración.

La bella morena avanzaba, al lado de August, que se había sentido honrado cuando ella le pidió ser su padrino, con un ramo de lirios en sus manos. Y esta cuando vio la mirada cargada de amor que le dedicaba Emma, se sonrojó mientras sus ojos nunca habían visto algo tan bello.

Emma no se lo creía, Regina estaba incluso más bella de lo que se hubiera podido imaginar. Llevaba un vestido blanco brillante, que caía suavemente de sus hombros, dejando ver un ligero escote, y que descendía, dejando ver una cola algo más larga que la de ella, sus dos buenos metros. Tampoco le faltaba una diadema en su cabeza, que soportaba un peinado perfecto, y Emma se creía delante de una reina. Su maquillaje resaltaba perfectamente su mirada chocolate, un collar de oro blanco, el que Emma le había regalado en San Valentín, alrededor del cuello y unos pequeños pendientes, discretos. En suma, estaba perfecta.

No apartaron los ojos una de la otra, sonriéndose amorosamente mientras Regina y August se acercaban cada vez más al altar. Solo un paso más y estarían lado a lado. Regina pasó su ramo a Mary, que avanzó para recogerlo, después August tomó las manos de Regina, besó cortésmente una de ellas, después se eclipsó para dejar que Emma tendiera una mano hacia la morena, y las dos pudieran, finalmente, mirar al pastor que les sonreía.

«Bien, amigos míos, les ruego que tomen asiento» dijo el hombre alzando sus palmas para invitar a los invitados a sentarse, mientras Emma deslizaba un "Estás magnifica, mi amor" al oído de la morena haciendo que esta sonriera mucho más.

Durante varios minutos, el pastor habló de amor y de compromiso, las palabras claves para un amor sincero y sagrado. Henry no se estaba quieto en su sitio, impaciente por interpretar su papel de portador de las alianzas.

«Bien. Ahora vamos a proceder al intercambio de votos. Henry» dijo el pastor «¿podrías traer las alianzas, por favor?»

Este casi saltó de la silla y corrió hacia las dos mujeres.

«Bien, Emma, su turno»

La rubia cogió una de las alianzas, y miró a la morena a los ojos.

«Mi amor, si supieras cómo había esperado ese día…Ese día en que finalmente encontraría a la persona adecuada con quien estuviera segura de pasar el resto de mi vida. Ese día en que supiera en que al minuto de verla, mi corazón lo sabría. Y hoy, hace un año de aquello, mis ojos se posaron en ti. Tú, la mujer que me hace sonreír y reír a cada instante, cuya mirada me enamora un poco más cada día, aquella que, lo sé, es la mujer de mi vida. Supe que eras esa persona, aquella por la que movería cielo y tierra si me lo pidieras…Te amo, y hoy me conviertes en la mujer más feliz del mundo, y será hasta el fin de los tiempos. Te amo, hoy, mañana, y te prometo amarte hasta el fin de nuestros días. Te mimaré, te apoyaré, te cuidaré, haré de todo para tu felicidad, y la de nuestra familia…» terminó guiñándole un ojo a Henry antes de volver a centrar su atención en su prometida que había dejado que las lágrimas aparecieran.

Ella le puso la alianza en el anular izquierdo, uniéndose con el anillo de compromiso que le había regalado dos meses antes, y le sonrió. Conteniendo ella también sus lágrimas.

«Regina…» dijo suavemente el pastor mientras Henry tendía el cojín hacia su madre para que esta cogiera la segunda alianza.

«Emma, mi amor. Si supieras desde hace cuánto que también yo te esperaba. No sabía qué significaba realmente la palabra "amor" antes de conocerte. En el momento en que mis ojos se posaron en ti la primera vez que nos vimos, sentí ese bienestar, ese calor envolver mi corazón. Eres la que esperaba, la que se llevaría mis penas, borraría mi pasado, haría que olvidara mis viejos demonios, y esclarecería mi futuro. Me bastó mirarte, hundir mis ojos en los tuyos, y entonces lo supe. Sé que nunca más podré amar a alguien como te amo a ti. Eres la que ilumina mis días, me subes la moral simplemente con escucharte reír, me colmas de felicidad al verte sonreír. Te amo, porque tú eres tú. Honesta, divertida, protectora, atenta, me aportas esa felicidad que pensé nunca conocer. Eres la que amo y amaré por el resto de mis días. No quiero pasar un solo día sin decírtelo, una sola noche sin dormirme en tu abrazo, una sola mañana sin despertarme a tu lado para hacerme sonreír. Eres mi felicidad, mi sol, y mientras estés a mi lado, sé que nada me podrá pasar. Pues sé que estarás ahí, y que juntas podemos afrontarlo todo. Nosotras dos, nuestra familia, es lo más querido que tengo y no lo cambiaría por nada del mundo»

Las lágrimas amenazaban por deslizarse por las mejillas de las dos, mientras Ruby, Mary y Carmen no habían podido retener las suyas. Regina pasaba la alianza de oro blanco por el dedo de la rubia.

«Bien, ahora que vuestros votos han sido intercambiados, os declaro, en virtud de los poderes que me han sido conferidos por el Estado de California, unidas por los lazos sagrados del matrimonio. Podéis besaros» dijo mientras las dos mujeres se sonreían amorosamente antes de acercar sus labios en un beso casto, pero tierno.

Los invitados aplaudieron. Henry, Gaby y Grace lanzaban "hurras" mientras que las recién casadas se separaban sonriendo, Regina tomó su ramo en una mano antes de darle la otra a Emma y caminar por segunda vez por la alfombra, amparadas por los aplausos de sus invitados.

«¡Vivan las novias!» podían escuchar mientras seguían sonriéndose la una a la otra.

Alcanzaron la limusina que las esperaba para conducirlas al sitio del banquete y esperaron, pacientemente, a que todos los invitados estuvieran en sus coches para arrancar.

En el camino, los clacsons no dejaban de escucharse. La limusina encabezaba la comitiva, y las dos recién casadas se concedieron un momento para ellas mientras saboreaban una copa de champán.

«Por nosotras, mi amor…» susurró Regina

«Por nosotras, señora Swan…» respondió la rubia haciéndolas sonreír antes de brindar, beber un sorbo y finalmente besarse tiernamente «¿Sabes que estás más hermosa que nunca con ese vestido?»

«Bien, señora Mills, puedo decir exactamente lo mismo de usted…» respondió Regina riendo ligeramente, antes de unir de nuevo sus labios.

Diez minutos más tarde, habían llegado al sitio del banquete. Esperaron unos minutos a que todos los invitados aparcasen sus coches y entraran en la sala para ellas salir de la limusina y unirse a los demás.

«¿Lista?» dijo Emma a su mujer mientras le ofrecía su brazo como apoyo

«Lista» respondió ella asintiendo con la cabeza.

Entraron en la sala y fueron recibidas por sus amigos que las aplaudían de nuevo gritando "¡Felicidades a las recién casadas!"

Henry corrió hacia ellas para abrazarlas, después alzó la cabeza hacia Emma.

«Está bien, ¿ahora puedo llamarte madrastra?» preguntó él con una sonrisa que provocó que Regina estalla en risas.

«Hablaremos de eso más tarde, pequeño bribón…» susurró Emma despeinando los cabellos del muchacho.

Los invitados, por turno, avanzaron para felicitar a las dos jóvenes mientras que los camareros pasaban entre los invitados ofreciéndoles una copa de champán o jugo de frutas.

Durante más de una hora, Emma y Regina, que no se separaban, agradecieron a sus invitados su presencia en ese día tan especial. Entonces el DJ anunció que el buffet estaría listo en un momento, y que podían ocupar las sillas que les habían sido asignadas.

Emma y Regina, en la mesa principal, estaban sentadas junto a David y Mary, por parte de Emma, y por parte de Regina, junto a Kathryn y August.

La fiesta estaba en pleno apogeo, la comida era una delicia, los invitados charlaban entre ellos, reían animadamente y disfrutaban del momento.

David, como padrino que era, se puso de pie e hizo tintinear su copa con un cuchillo, reclamando así la atención de todos. Una vez que el silencio se hizo en la sala, y que todos los ojos estaba puestos en él, carraspeó.

«Bien…hola a todos. Quería hacer un brindis por las jóvenes y magníficas mujeres aquí presentes» anunció él inclinándose ligeramente hacia las esposas que le sonreían amablemente «Conozco a Emma desde hace varios años y puedo afirmaros que nunca la había visto tan radiante antes de que ella y la Alcaldesa se conocieran!»

Los invitados dejaron escapar un "ohhh" antes de que él continuase.

«En serio, los que la conocen de verdad sabrán que lo digo sinceramente. Emma es cabezota, cuadriculada…»

«¡Hey…!» dijo Emma golpeándole el brazo haciendo que los invitados rieran

«¡Violenta a veces! Pero es una chica de oro. ¡Qué digo! ¡Una mujer de oro! Y estoy mucho más que feliz de que hoy finalmente haya encontrado la felicidad. Así que Regina, te agradezco por esa felicidad que le das cada día y todos mis deseos de dicha a las dos. ¡Salud!»

«¡Salud!» gritó la sala mientras David le daba un beso a sus dos amigas.

«Bien, voy a aprovechar el momento yo también…» se lanzó a su vez Kathryn poniéndose en pie «Yo conozco a Regina desde hace varios años, realmente nos conocimos cuando éramos niñas y Regina es una de mis más queridas amigas, a la que considero como a una hermana…y que, yo lo sé, no ha tenido una vida fácil. Pero desde que Emma comparte su vida, nunca la había visto tan feliz y relajada. Es una mujer fuerte, ambiciosa y respetuosa. Emma, tienes entre las manos una piedra preciosa, cuídala bien, aunque ahora sé que es lo que llevas haciendo desde que os conocisteis, así que os deseo toda la felicidad del mundo…»

Regina sentía lágrimas en sus ojos y se levantó para abrazar a su amiga mientras David lanzaba un nuevo "¡Salud!" que fue devuelto por el resto de los invitados.

Cuando la comida hubo acabado, y Regina y Emma habían vuelto a conversar con sus invitados, esta vez por separado, el DJ tomó de nuevo la palabra.

«Damas y caballeros, por favor aplaudan a Emma y Regina para invitarlas a que vengan al centro de la pista para su primer baile como casadas…»

Los invitados así lo hicieron mientras Emma y Regina caminaban hacia el centro de la pista para darse las manos y comenzar a bailar.

La canción "At least" de Etta James sonó por los altavoces colocados a los lados de la sala, Emma tenía una mano en la espalda de la morena, elevando ligeramente la cola para facilitar el baile, mientras que Regina tenía una mano tras la nuca de la rubia, y la otra sobre su hombro, donde reposaba sobre la suya la otra mano de Emma. Sus miradas hundidas, la una en la otra, no pronunciaron ninguna palabra. El simple contacto visual bastaba para expresarse su mutuo amor.

Los invitados, alrededor de ellas, las miraban tiernamente, y cuando la canción terminó, y dejó paso a la siguiente, es decir "Something Stupid" de Nancy y Frank Sinatra, Emma no pudo sino reír al escuchar la canción, mientras la gente comenzaba a bailar a su alrededor.

«¿Por qué ríes?» le preguntó su mujer

«¿Recuerdas la primera vez que la escuchamos juntas?»

Regina abrió su boca recordando y enrojeció cuando la rubia se acercó a su oído.

«Eso me recuerda que esta noche no va a ser nada tranquila…» susurró con voz ronca antes de separarse para hacerle un guiño, mientras las mejillas de la morena se enrojecían más.

«Eso espero…» dijo ella haciendo que la rubia estalla en risas.

Se besaron amorosamente antes de que, por el rabillo del ojo, Emma viera a su hijastro bailar tímida y torpemente con Grace.

«Hey, mira…» dijo señalando con el mentón a los dos niños.

Regina giró ligeramente su cabeza y quedó sorprendida al ver a su pequeño bailando a algunos metros de ellas.

«Mi hijo crece muy rápido…» susurró con un soniquete desesperado.

«Es normal, mi amor…además, alégrate, aún son muy jóvenes…imagina dentro de algunos años»

«No digas eso…aún tiene todo el tiempo por delante»

«Estoy bromeando, va…pero admite que son adorables los dos»

«Mi hijo siempre es adorable»

Emma rio mucho más antes de que Regina perdiera su expresión seria y también se echara a reír.

Una nueva canción comenzó, un poco más movida que las anteriores, y David y Henry llegaron a la altura de las recién casadas.

«Señoras…» dijo el rubio «¿Podemos cambiar de pareja para un baile?»

Las dos mujeres asintieron sonriendo divertidas mientras Henry tendía su mano a su madre y David su brazo a Emma.

«Entonces, hermanita, ¿feliz?»

«No puedes saber hasta qué punto…»

«En todo caso, yo lo estoy por ti…te lo mereces, Emma»

«Gracias…» susurró ella antes de abrazar a su amigo y seguir bailando.


Al principio de la noche, alrededor de las siete de la tarde, los invitados se despidieron de las dos mujeres que ya se habían cambiado. Decidieron ponerse un vestido que marcaba sus curvas, rojo para Emma, negro para Regina, antes de abandonar la sala y volver a su limusina que las llevaría al aeropuerto para salir hacia su luna de miel.

«Pórtate bien con Mary y David, eh…cuento contigo, cariño»

«¡Prometido, mamá! ¡Diviértanse!» dijo él abrazándola.

«¡Aprovechad bien esos 10 días de amor!» dijo Carmen antes de tomar a Emma en sus brazos.

«¡No te preocupes por eso, estaba previsto!»

Se despidieron una última vez de sus amigos antes de hacerles una señal con la mano a sus invitados que les deseaban un buen viaje, y finalmente subieron en la limusina.

Una media hora más tarde, volaban hacia un destino de ensueño, Cabo San Lucas, en México.

El vuelo duró varias horas, pero como el jet era para ellas solas, se acostaron en los sillones y cayeron dormidas casi al instante. Cansadas por el día que acababan de vivir.

Cuando el aparato aterrizó, Emma y Regina ya estaban despiertas desde hacía unos minutos, le dieron las gracias al piloto que se despidió de ellas antes de que estas bajaran del avión, y se dirigieran a un coche cuyo chofer las esperaba y dos agentes del aeropuerto se encargaban de meter su equipaje en el maletero.

«Señoritas…» dijo educadamente en español el conductor mientras les abría la puerta para que pudieran entrar.

«¡Gracias!» dijeron a la vez.

El chofer cerró la puerta una vez que las dos mujeres estuvieron dentro, después se colocó tras el volante.

Unos diez minutos más tarde, el chofer detuvo el vehículo ante la entrada principal del hotel de cinco estrellas que ellas habían reservado y un hombre acudió a abrirles la puerta mientras otro se encargaba de las maletas.

Se adentraron en el hotel y fueron recibidas por un hombre en uniforme.

«Buenas tardes, señoras, y bienvenida al Capella Pedregal»

«Gracias…» dijeron ellas

«La suite nupcial las espera, síganme, os lo ruego»

Ellas siguieron a ese hombre que parecía ser el recepcionista del hotel, y ellas a su vez eran seguidas por el hombre que llevaba sus maletas, después tomaron el ascensor.

Una vez llegaron a la cuarta planta, avanzaron hasta una doble puerta y el recepcionista introdujo una tarjeta magnética en la cerradura, haciendo que la puerta se abriera. Dejó que el joven entrara con las maletas antes de girarse hacia las esposas.

«Señoras, esta es la suite nupcial, ¿quieren una visita?»

«No, muy amable, no será necesario…» dijo Emma algo precipitadamente, haciendo que su mujer girara, curiosa, el rostro.

«Muy bien, en ese caso, esta es la segunda llave de la habitación y si necesitan lo que sea, tecleen el uno en el teléfono»

«Perfecto, gracias…» respondió Emma cogiendo la tarjeta entre sus dedos.

Él se despidió con un asentimiento de cabeza y se marchó en compañía del otro hombre que acababa de salir de la habitación.

Cuando Emma se aseguró de que estaban ya en el ascensor, y Regina retiraba la tarjeta magnética que aún seguía en la cerradura, Emma la tomo en sus brazos, provocando un ligero grito de sorpresa a su mujer.

«Emma, ¿qué haces?» dijo ella pasando sus brazos por el cuello de la rubia.

«¡Vaya pregunta! Cojo a mi mujer para pasar el umbral» dijo ella con una sonrisa mientras entraban en la estancia.

«¿Sabes que es una tradición para hacer con el umbral de la casa, verdad?»

«¡Bueno, cuando volvamos lo volveré a hacer!» dijo ella dejándola delicadamente antes de que la morena la besara apasionadamente «¿Tienes hambre, sed, quieres algo?» preguntó mientras la manos de la morena se deslizaban por su espalda para bajar la cremallera de su vestido.

«Sí. A ti. Ahora. En esa cama» dijo ella con voz autoritaria que estremeció a la rubia.

Con sus ropas ya retiradas, no dejaron de besarse. Emma se despegó de los labios de Regina para lanzarse febrilmente a su cuello mientras desabrochaba el sujetador.

Regina, por su parte, inclinó la cabeza hacia un lado, retrocedió hasta la cama, mientras hundía sus manos en la cabellera dorada de su mujer. Se acostó sin tardar, arrastrando a la rubia con ella, y esta aprovechó para sacarle su sujetador y hacer lo mismo con el suyo.

Sus cuerpos se fusionaban, el contacto de un torso contra le otro les provocaban gemidos, sus manos recorriendo el cuerpo de la otra.

Las manos de Regina se pararon en el suave pecho de Emma, comenzando entonces un masaje muy sensual que aumentaba considerablemente su excitación, mientras que la ex guardaespaldas había retomado sus febriles besos en el cuello, la clavícula antes de descender hacia el seno de Regina.

«Oh, mi amor…ya estás lista, por lo que veo…» dijo ella mirando los endurecidos pezones de la morena.

Enseguida posó su mirada en la de la morena, que se pellizcaba sus labios impacientemente, mientras que su lengua comenzaba a lamer un primer pezón, excitando aún más a Regina.

«Emma…» susurró cerrando los ojos, deleitándose con el contacto de la boca de Emma sobre su piel.

Esta cambió de pecho mientras las manos de la morena se perdían por su espalda, arañándola con cuidado, señal de que su placer se multiplicaba y Emma lo sabía.

Se entretuvo unos minutos en ese pecho antes de descender más al sur, dejando que su lengua se deslizara por el abdomen de la morena, para después dejar un tierno beso sobre las braguitas de encaje negro, a juego con el sujetador que ya se había perdido por la habitación, después tomó la pieza de lencería delicadamente entre sus dedos para hacerla deslizar a lo largo de sus muslos, de las rodillas, los gemelos y finalmente los tobillos de la morena, todo sin desviar su mirada de los ojos negros de deseo que enarbolaba la morena. Emma respiró fatigosamente, su lujuria tomaba las riendas.

Subió, poco a poco, hacia la entre pierna de la morena, besando un muslo mientras acariciaba el otro con una de sus manos, y la otra subía hacia el abdomen de la morena, donde esta entrelazó sus dedos con los de ella, acercando la mano de su amante a su pecho mientras que los labios de Emma se posaban sobre su intimidad.

Besándola, en primer lugar, su lengua tomó pronto el relevo mientras Regina ya no contaba las veces en que sus gemidos habían escapado de su boca. Emma succionaba el clítoris de su amada durante algunos segundos antes de que su lengua comenzara a acariciar los labios íntimos de la morena, ya bastante húmedos, y meterse entre ellos, para el gran placer de su mujer.

«Sí…» susurró Regina cerrando los ojos

No había duda alguna, Emma sabía qué hacer con su lengua.

Las manos de Regina se unieron a las de Emma sobre su pecho con el fin de hacer crecer su placer, y no pasó mucho tiempo para que la morena alcanzara el séptimo cielo.

Regina se estremecía entera, su vello erizado, le costaba recobrar su respiración. Emma subió y se acostó a su lado, mientras seguía besando su clavícula, y la mano que tenía sobre su pecho partía a la búsqueda de su intimidad.

Regina la imitó, y sintió la mano de la morena deslizarse entre sus muslos, mientras sus labios se unían una vez más.

Se acariciaban mutuamente y entonces sus dedos penetraron la intimidad de la otra a la vez.

Juntas gimieron de nuevo, sus lenguas se buscaban sensualmente mientras los dedos ejercían un movimiento de vaivén en la intimida de su compañera.

Su respiración se hacía lenta, sus pechos subían y bajaban simultáneamente y sus miradas se cruzaban cada cierto tiempo.

Sintiendo que el orgasmo se acercaba, cada una acentuó el ritmo, más lánguido, más fuerte, más profundo aún…

Emma miró a la morena, la rubia temblaba mientras el placer se apoderaba de ella. Entreabrió la boca y la morena clavó su mirada y en un esfuerzo común alcanzaron el Nirvana.

Emma se derrumbó sobre su esposa, depositando su mejilla sobre el hombro de la morena, cada una tomándose su tiempo para recobrar su respiración.

«Te amo…» susurró Regina una vez que hubo encontrado un ritmo normal de respiración mientras pasaba una mano por la cabeza rubia de Emma.

«Yo también te amo…» dijo ella incorporándose para sellar sus labios «Te amo tanto…»

Se besaron de nuevo antes de retomar ese primer acto de amor como recién casadas.

Durante esa luna de miel, pasaron el tiempo en la playa, en la piscina o en el jacuzzi del hotel, en el restaurante, teniendo noticias regulares de Henry y la mayoría del tiempo, solas en su habitación, y más en concreto, en la cama.

Su última noche fue bastante agitada. Y mientras recuperan la respiración, y el sol se alzaba, Emma se echó a reír ligeramente.

«¿Qué?» preguntó la morena sonriendo

«Creo que hemos batido nuestro propio record» dijo la rubia riendo más, seguida por su mujer.

«¡Creo incluso que lo hemos pasado con creces!» subrayó la morena.

Se besaron con fogosidad antes de desaparecer en el cuarto de baño para darse una ducha bien merecida, pero no muy serena sin embargo.

Cuando llegaron a San Francisco, a comienzos de la tarde, Henry aún estaba en el colegio, así que aún tenían algo de tiempo para disfrutar la una de la otra.

«Eh, eh, eh…¿a dónde vas así?» dijo la rubia agarrando a la morena.

«Hmmm, voy a entrar en casa»

«Así no…»

Y sin decir nada más, Emma la cogió por segunda vez en sus brazos cuando la puerta de entrada estuvo entre abierta.

«No lo había olvidado, ¿sabes?» dijo ella mientras la morena le sonreía y avanzaban hacia el interior de la mansión.

«Mi valeroso caballero…» murmuró Regina contra los labios de su mujer.

«A vuestro servicio, mi Reina…» respondió Emma antes de dejar a la morena en el suelo «Entonces, señora Swan…ya que aún tenemos tiempo…¿qué diría si le dijera que me muero de ganas de tomar una baño en su compañía?»

«¡Mmmmm, diría que sería un gran placer!»

Emma cerró la puerta con una mano, mientras Regina le cogía la otra y la arrastraba al piso de arriba.


«¡Mamá, Emma!» gritó el muchacho cuando vio que las dos mujeres lo esperaban al lado de otros padres.

Corrió hacia ellas para abrazarlas y las dos mujeres le devolvieron el abrazo.

«Entonces, crápula, ¿cómo estás?»

«¡Bien! ¡Super bien, incluso! ¡Os he echado mucho de menos!»

«¡También te hemos echado de menos, cariño!» afirmó su madre pasando una tierna mano por su mejilla.

«¿Vuestras vacaciones han ido bien?» preguntó él retrocediendo

«Bien, como ves, hemos tomado color» dijo la rubia mostrando sus brazos ligeramente bronceados.

«¡Hey, chicas!» escucharon a lo lejos mientras Mary se acercaba a ellos.

«¡Hola, Mary!» dijo a la vez la pequeña familia

«¿Cómo estáis?»

«¡Muy bien! Hemos disfrutado mucho»

«¡Qué contenta estoy de volver a veros!»

«Nosotras también…¿Henry se ha portado bien?»

«Un verdadero ángel…no cambia…» aseguró la morena guiñándole un ojo cómplice al pequeño.

«Bien…estoy orgullosa de ti, cariño»

«¿Cómo está David?» preguntó la rubia con una sonrisa

«Bien, todavía le queda una hora en el trabajo, acumuló tres noches la semana pasada, pero parece que no le ha afectado en nada…»

«Es normal…cuando estábamos en Irak, había veces que acumulábamos veinte horas a la semana…al principio era cansado, pero a la larga te acostumbras…no te preocupes»

«De acuerdo…» respondió ella, un poco más tranquila.

«¿Queréis recoger las cosas de Henry?»

«Sí, más tarde me pasaré a cogerlas» dijo la rubia

«Si queréis, venid a comer esta noche a casa»

«¡Te admito que no voy a decir que no! No tengo ganas de preparar nada…» admitió la Alcaldesa haciendo reír a los otros tres.

«En ese caso, hecho. A las siete, ¿os parece bien?»

«¡Perfecto!» dijeron alegremente

«Muy bien, hasta luego entonces» dijo ella alejándose.

La velada transcurrió maravillosamente bien. Durante la cena, Mary y David anunciaron que la morena estaba embarazada de algo más de cuatro semanas, pero que al no estar segura, esperaban la confirmación del análisis de sangre antes de anunciarlo.

Las dos jóvenes y Henry estaban felices al escuchar esa buena noticia, pero se sorprendieron cuando David y Mary les pidieron que aceptaran ser las madrinas de su futuro hijo. Con lágrimas en los ojos aceptaron con alegría antes de tomar a la pareja en sus brazos.


Tres años más tarde, mientras Regina trabajaba en el expediente relacionado con la renovación del museo de la ciudad, se sobresaltó al ver a una mujer aparecer precipitadamente en su despacho, casi rompiendo la puerta a su paso.

«Mi amor, pero ¿qué ocurre?» preguntó ella poniéndose de pie mientras la rubia se acercaba y le cogía el rostro entre sus manos para besarla apasionadamente.

«He recibido la llamada hace 15 minutos…»

«La llamada…» dijo ella antes de darse cuenta de qué llamada hablaba su mujer «¿LA llamada?»

«¡Sí!»

«¿Lo hemos logrado?»

«¡Sí! Mi amor, vamos a tener un bebé…» dijo ella cogiendo una mano de la morena para ponerla sobre su abdomen.

Desde hacía casi un año, Emma y Regina había planeado en serio tener un hijo juntas, y Regina le había propuesto a Emma que fuera ella la que lo llevara para que pudiera conocer también las alegrías de la maternidad.

Así que habían ido a visitar un centro de inseminación artificial, habían ojeado unos cien expedientes antes de dar con el donante que mejor se ajustaba a sus criterios.

Habían elegido a un hombre de origen latino, como Regina, ingeniero, guapo, deportista, alto y musculoso en su justa medida y en perfecto estado de salud.

Diez meses más tarde, se habían dirigido de nuevo al centro donde Emma fue puesta a cargo de un médico para efectuar la inseminación, Regina a su lado. Dos semanas más tarde, Emma, que seguía el tratamiento al pie de la letra, tuvo que hacerse un análisis de sangre para ver si había funcionado y serían informadas la semana siguiente.

He ahí lo que explicaba la impaciencia de Emma por ir corriendo a ver a su mujer al trabajo.

«Perdóname mi amor por haber entrado de esa manera…pero ¡tenía que decírtelo!»

«Estás completamente perdonada…Oh, mi amor, ¡vamos a tener un bebé!»

Se echaron a llorar de alegría ante la idea de que dentro de unos meses su familia se agrandaría, y se besaron llenas de felicidad.

Después Regina retrocedió para inclinarse sobre el vientre de su mujer.

«Estamos ansiosas de que estés aquí, mi bebé…» dijo ella antes de depositar un beso en el abdomen de la rubia.

«¿Sabes que en este periodo todavía no puede escucharte?» dijo Emma arqueando una ceja.

«¡Sí, gracias! Te recuerdo que he estado embarazada antes que tú» dijo ella golpeándole suavemente el hombro.

«Tranquila, Madame…no se le pega a una mujer embarazada…»

«Como si te hubiese dolido…y además aún el niño no siente nada…» dijo ella entrando en el juego de su mujer.

Se echaron de nuevo a reír, mientras Ruby entraba en el despacho.

«¿Todo bien por aquí?» preguntó ella con la sonrisa en los labios.

«¡Perfectamente!»

Ellas se miraron con complicidad, sellando su acuerdo de que en primer lugar querían anunciarle la noticia a Henry antes que a cualquier otro.

Esa misma noche esperaron a que el chico terminara sus deberes para anunciarle la noticia.

«Henry, cariño, ven dos minutos a sentarte con nosotras…» dijo su madre mientras ella y Emma estaban sentadas en el sofá, sus manos unidas sobre sus muslos.

«¿Sí?» dijo él sentándose frente a ellas.

«Tú madre y yo tenemos algo importante que decirte»

«Bueno, cariño…sabes que a Emma y a mí nos gustaría agrandar la familia, ¿verdad?»

«Sí, yo también lo quiero…» dijo él frunciendo el ceño, sin comprender a dónde querían ir a parar

«Pues bien, que sepas que de aquí a unos meses serás un hermano mayor» dijo su madre con una sonrisa antes de intercambiar una mirada llena de felicidad con su esposa.

«¿De verdad?» preguntó con la boca abierta

«Sí…estoy embarazada, chico…» dijo Emma girando su rostro hacia el niño.

«Ohhhhhhhhhhh, geniallllllllllllll» dijo mientras se levantaba para abrazar a las dos mujeres.

Esa misma noche decidieron celebrar la noticia yendo a cenar a su restaurante favorito.


Ocho meses más tarde Emma sufría de terribles dolores de espalda. Había dejado de trabajar dos semanas antes y Regina había tomado la decisión de llevarse su trabajo a casa para cuidar de su mujer si se presentaba esa necesidad.

Su embarazo no había sido muy fácil, tuvo diabetes y aunque su ginecólogo había intentado tranquilizarla diciéndole que era frecuente durante el embarazo de ciertas mujeres y que solo era temporal, nada podía compensar su falta de azúcar. Terminar los helados con Henry cuando paseaban por el parque. Terminar rápidamente esos paseos cuando su espalda le dolía atrozmente. Sus ardores de estómago ya no pararon desde los cinco meses de gestación, el bebé, pues aún no conocía el sexo de la criatura, ya que quería mantener la sorpresa hasta el día del parto, era, sin duda alguna para Emma, un o una futuro/a luchador/a ya que no dejaba de darle patadas, sobre todo por la noche, cuando por fin lograba quedarse dormida. ¡Y para coronarlo todo, había engordado más de 13 kilos! Al verse enorme, le había costado aceptar la caricias de su compañera últimamente. Aunque esta le había afirmado repetidamente que para ella seguía siendo la más hermosa.

«Tenemos que pensar en serio en algunos nombres…» dijo Emma mientras su cabeza reposaba en los muslos de la morena, y esta le acariciaba tiernamente los cabellos.

«Si es un niño tengo algunos nombres en mente. Pero si es una niña, solo tengo uno»

«¿Ah, sí? ¿Cuáles?»

«Bien, para un niño había pensado en Louis, es muy francés lo sé, pero adoro ese nombre, o Lucas…también me gusta Enzo…para honrar sus orígenes latinos. ¿Y tú?»

«Enzo me gusta mucho…en fin me gustan los otros dos también, pero como dices, ese hace recordar sus origines latinos y la idea me gusta…Yo para una niño había pensado en Stefan»

«También es bonito…» dijo ella con una sonrisa que su mujer le devolvió

«¿Y para una niña?»

«Bueno, solo hay uno que me gusta de verdad…»

«¿Ah? ¿Cuál?»

«Annabeth…»

«Annabeth como…»

«Tu madre, sí…Henry lleva el nombre de mi padre, porque quería honrarlo de esa manera, así que encuentro normal que nuestra hija lleve el de su abuela…»

Emma comenzó a llorar mientras Regina le sonreía amorosamente mientras acariciaba su mejilla.

«¿Sabes? Yo también lo había pensado…porque es el único nombre que querría ponerle a nuestra hija si teníamos una…pero no me atrevía a decírtelo…»

«¿Por qué?»

«Bueno…no quería que te sintieras obligada a aceptarlo…»

«En absoluto, mi amor…al contrario»

«Entonces, ¿Annabeth si es niña?»

«¿Y Enzo si es niño?»

«¡Hecho, mi amor!» dijo ella y la morena se inclinó para unir sus labios.

«Ah, necesitamos un padrino y una madrina también…Al principio había pensado en Kathryn para madrina, pero ya lo es de Henry…»

«Yo había pensado en Carmen…»

«¿De verdad?» preguntó incorporándose haciendo reír a la morena

«Sí…Es como una hermana para ti. Por eso yo elegí a Kathryn, porque la considero también como una hermana. ¿No quieres que elijamos a Carmen? Porque tú sabes, yo la adoro, nuestras dos familias se entienden de maravilla y los niños se ponen super contentos cada vez que se ven»

«¡Por supuesto que sí! Entonces, Carmen, ¿y el padrino?»

«¡Vaya pregunta! ¡David, por supuesto!»

«¿Por qué "vaya pregunta"? Podrías haber querido elegir a August»

«Aunque August es un gran amigo desde hace varios años, David así como Mary, Carmen, Charlie y los niños forman parte de nuestra familia…él ha estado ahí para nosotras siempre que lo hemos necesitado y además es adorable con los niños. Es lógico que sea el padrino, ¿no lo crees?»

«Regina Mills-Swan, jamás dejarás de hacerme feliz…» dijo ella besándola a su vez.


Y las cuatro últimas semanas de embarazo pasaron, hasta que llegó el día en que Regina llevó a Emma al hospital, en plena noche con Henry medio dormido en el asiento de atrás del coche, mientras Emma ya había roto aguas.

Al llegar al hospital, Regina se detuvo delante de la entrada de urgencias llamando por un médico y una silla de ruedas para facilitar el viaje de Emma hasta la sala de parto.

«Una silla de ruedas, ¿de verdad? Gina…sabes que no me gustan esas cosas…»

«Lo sé, mi amor, pero es por tu bien, vuelvo enseguida, voy a aparcar correctamente el coche, ¡espérame, eh!»

«¡No te preocupes por eso! ¡No pienso estar en esta mierda yo sola! ¡Tú querías un bebé, así que más te vale asumirlo hasta el final!» gritó la rubia mientras una enfermera la llevaba al interior, y una contracción se hizo sentir en el bajo vientre.

Cinco minutos más tarde, Regina y Henry encontraron a la rubia en una habitación temporal esperando a que la trasladasen a la sala de parto.

«El cuello solo ha dilatado cinco centímetros, es demasiado poco» comentó un médico a Regina mientras esta sostenía la mano de su esposa, su hijo durmiendo en el sillón de la esquina de la habitación «Si desea la epidural, me lo tiene que decir ahora. Después, será demasiado tarde»

«Mi amor…¿duele mucho la epidural?»

«No sabría decirte, yo me negué a ponérmela…Pero hubo un momento en que lo lamenté»

«Ok, en ese caso…venga, haga lo que sea necesario…»

«Muy bien, voy a trasladarla a la sala de parto. Evidentemente su esposa puede seguirnos, pero el niño tiene que quedarse aquí»

«Hmmm…» dijo Regina vacilante «¿Sería posible que una enfermera se asegure de que no se mueve de ahí si llegara a despertarse y que lo mantuviera al corriente?»

«Sí, por supuesto, voy a prevenirlas, nos vemos en unos minutos»

«Muy bien…» dijo Regina antes de dirigir su mirada a la rubia «Todo irá bien, mi amor, todo saldrá bien…» dijo ella antes de depositar un tierno beso en la frente de su mujer.

Tres minutos más tarde, Emma, acompañada por Regina y dos enfermeras, llegó a la famosa sala de parto. Al minuto siguiente le pidieron que se pusiera de lado para inyectarle la anestesia que atenuaría sus dolores durante el alumbramiento.

Regina se había puesto una ropa adecuada y estéril que le había sido dada por una enfermera antes de hacerla entra en la sala. Emma también tuvo que cambiarse de ropa, y estaba vestida solo con un camisón de hospital.

Emma, cuyas contracciones se volvían cada más más intensas a cada minuto que pasaba, agarraba firmemente las manos de Regina entre las suyas mientras le administraban el sedativo en la columna vertebral.

«Ayyyy…» gritó mientras Regina sentía una pena enorme al verla en tal estado.

«Valor, mi amor, valor…»

Después, durante más de una hora, esperaron a que el parto comenzara de verdad. La epidural había hecho su efecto al cabo de un cuarto de hora después de haber sido inyectada y Emma se sintió algo más aliviada. Todo dependía de las contracciones.

«Ahhhhhhhhhhhhh» gritó cuando el ginecólogo le pidió que empujara

«¡Sople…empuje! ¡Venga, un pequeño esfuerzo!»

«Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh»

«Ya está…» dijo agarrando al bebé en sus brazos antes de darle una nalgada para provocar el llanto y así hacer que respirara por sí mismo.

Emma inclinó su cabeza hacia atrás, mientras Regina le besaba las manos mientras la miraba antes de girar su rostro hacia el médico que, con el bebé enrollado en una gruesa tela, avanzaba hacia ellas.

«¡Felicidades, señoras…tenéis una magnifica niña en perfecto estado de salud!»

«¿Una niña?» dijo Emma con voz apenas audible mientras alzaba la cabeza

«Sí…» dijo él sonriendo antes de colocar delicadamente a la pequeña en los brazos de la rubia.

«Oh…» dijo Emma, una sonrisa iluminando su rostro, y alzando después su mirada hacia su mujer «Tenemos una niña…» dijo con lágrimas en los ojos

«Sí…nuestra pequeña Annabeth. Bienvenida, pequeña» dijo Regina agarrando la pequeña manita de su hija entre sus dedos.

«Es tan bonita…»

«Se te parece…es tan perfecta como tú» murmuró la morena mirando de nuevo a su mujer antes de darle un tierno beso.

«Señoras….» dijo una enfermera acercándose a ella «disculpen, tengo que llevarme a su hija unos minutos para lavarla, se la traigo en cuanto haya terminado. ¿Qué nombre han elegido?»

«Annabeth…» respondieron sus madres a la vez.

«Es un nombre muy bonito…» dijo ella mientras Emma le pasaba temerosamente la niña a la enfermera

«No se preocupe, no le pasará nada. Y mientras esperan a que se la traiga, un compañero la va a trasladar a una habitación individual como lo habían pedido»

Cuando Emma ya no sintió a su hija en sus brazos, instintivamente sintió una ausencia y cuando miró a su compañera, esta inmediatamente lo comprendió.

«Es extraño al principio…pero tranquilízate, no le pasará nada»

«De acuerdo…»

«¿Quieres algo de beber?»

«Agua, gracias»

«De acuerdo, ahora te la traigo, voy aprovechar para recoger de camino a Henry…» dijo ella con una expresión divertida en su rostro antes de besar a su mujer una vez más.

«Gracias…»

«Hasta ahora» dijo la morena guiñándole un ojo antes de dejar la sala.

Algunos minutos más tarde, Regina y Henry entraron en la sala justo a tiempo para ver a la enfermera volver con su hija en los brazos.

«¿Quién va a tomar el relevo?» preguntó ella sonriente

«Regina, cógela tú. Aún no lo has tenido…»

«Oh, heu…¡será un placer!»

Regina avanzó hacia la enfermera y tomó delicadamente a su hija en sus brazos.

«Hey…hola de nuevo…» dijo ella con una dulce voz «Ven, te voy a presentar a alguien»

Caminó hacia la cama de Emma donde Henry se había sentado para darle un abrazo a la rubia.

«Henry, esta es tu herma pequeña Annabeth»

«Annabeth Swan-Mills» continuó Emma intercambiando una mirada cómplice con la morena

«Ella es tan pequeña…» dijo Henry en voz baja

«Sí…»

«Hola Annabeth, yo soy Henry, tu hermano mayor»

Las dos madres sonreían de felicidad, pero el pequeño frunció el ceño.

«¿Por qué no me mira?»

«Los recién nacidos tienen los ojos cerrados al principio, cariño…»

«Pero, quería ver sus ojos…»

«Son azules…» afirmó su madre

«¿Cómo lo sabes? ¿Los has visto?»

«No, lo sé porque en general los bebés nacen con los ojos azules»

«Ahhh…¿Puedo cogerla?»

«Henry, eres aún muy pequeño»

«Mamá, por favor, solo dos minutos, y ¡tú la sostienes conmigo!»

Emma y Regina intercambiaron una nueva mirada antes de que la rubia le guiñara un ojo.

«Vale, muy bien, ve a sentarte en el sillón» cedió su madre

«Yessss…» dijo él colocándose en el gran asiento

«Pon cuidado, de acuerdo, pon tus brazos como yo, ¿ves cómo lo hago?»

«¡Sí!»

«Despacio…»

Emma sonrió ante esa escena tan enternecedora y dejó caer una lágrima.

Algunos minutos más tarde, Annabeth volvió a los brazos de la rubia mientras que Regina hacía varias llamadas para anunciar la buena noticia. Había comenzado con Carmen y Charlie, afirmando estas que estarían ahí a media tarde, después llegó el turno de David y Mary, querían haber ido inmediatamente, pero Regina los disuadió amablemente explicándoles que Emma necesitaba reposo. Después hizo lo mismo con el resto de sus amigos más próximos.

Cuando Henry acababa de quedarse dormido de nuevo, una enfermera entró en la habitación para advertirles a las dos mujeres que era hora de alimentar a su hija. Emma miró entonces a su mujer con una expresión de incredulidad, lo que hizo reír a la morena.

«Con el pecho, mi amor…al menos tienes que intentarlo»

«No estoy segura de estar hecha para esto…»

«Claro que sí…ya verás»

Regina bajó el camisón de su compañera y la ayudó a colocar a su hija cómodamente.

Al cabo de unos segundos, Emma, que tenía la boca de su pequeña fija en su pezón, sintió un vivo dolor en la zona.

«Lo sé, por momentos tira, sobre todo al principio»

«Podrías haberlo dicho» le dijo la rubia con la voz cascada, conteniéndose para no gemir de dolor

«Confieso que ni lo pensé…Perdóname»

Durante unos diez minutos, la pequeña amamantó y luego soltó el pecho de su madre dejando claro que ya tenía suficiente.

«Bien, ahora, hay que hacer que eructe, ¿sabes cómo hacerlo?»

«Sí, lo hacía con Gaby»

«Bien, en ese caso, te dejo que lo hagas, voy un momento al baño…»

«¿Qué? ¡No me dejes…Gina!» exclamó en voz baja

«Tranquilízate, no pasará nada, vuelvo en 20 segundos»

La morena desapareció en la estancia de al lado, regresando uno segundos más tarde después de haberse lavado las manos.

«¿Quieres que la coja? Pareces cansada, mi amor…»

«Tú también…Ponla en la cuna y ven a echarte a mi lado»

«De acuerdo…» respondió ella con una sonrisa.

La morena cogió a la pequeña en sus brazos, la dejó en la cuna como le había dicho la rubia y se reunió con su mujer.

Ella se colocó a las espaldas de su amada, apoyó una mano sobre su vientre y le depositó un beso en su sien.

«Te amo, Gina…»

«Yo también te amo, mucho más todavía»

FIN