El niño que ayer dejaste solo a su merced ya hoy es un hombre con cicatrices, y sin fe tengo algo que proteger, algo que me hace feliz lucharé hasta la muerte, no perderé contra ti.
—Aplazarlo —dijo Aidan sin mirarlo.
— ¿Y para cuándo? Estamos retenidos aquí en Brasil. No tenemos fecha de salida y…
—Yo estoy retenido; todos ustedes pueden ir adelantando lo necesario…
—No te dejaré aquí a merced de la gente. Ahora que todo el mundo sabe que eres de la realeza… —No es realeza, es nobleza… —lo interrumpió Aidan, pero Joe siguió como si nada.
—Están enloquecidos contigo. ¿Desde cuándo las mujeres son tan agresivas? ¿Y qué es eso de decirte Mi Lord? ¿Tengo que decirte yo también así?
—Claro que no.
—Entiendo perfectamente por qué te lo tuviste callado tanto tiempo. Esta clase de atención es… tan desagradable. Por eso te digo. Cancelemos México.
—Han estado esperando por meses —dijo Aidan poniéndose en pie—. Sé que muchos hacen esfuerzo por comprar una de las boletas, y se han vendido todas, y hasta revendido. No voy a cancelarles; sería una falta de respeto.
—Pero y entonces…
—Sólo aplázalo. Tengo confianza en Dobson, no sólo conseguirá tener mis documentos a tiempo, sino que cuidará de mí tan bien como lo ha hecho hasta ahora—. Joe lo miró en silencio. ¿Por qué tenía que ser tan considerado? Otro un poco más caprichoso habría puesto su seguridad primero. Pero bueno, ese otro hacía mucho que habría usado su título para ganar mucha más popularidad, y no tendría esta clase de problemas—. ¿Una semana será suficiente?
—Cuatro días. —Espero que tus seguidores mexicanos comprendan el retraso, aunque si se les explica que la opción era cancelar, seguro que te besarán los pies—. Aidan no agregó nada a ese comentario, y Joe lo dejó solo. Tenía una expresión taciturna, y no era para menos. Aidan cerró sus ojos.
Había hablado con Linda hacía pocos minutos, y tal como lo había sospechado, todos, Terry, Robert, y hasta Candy, la habían llamado para preguntarle si ella sabía algo de lo que se andaba diciendo.
Ella, bendita fuera, les había contestado con evasivas.
—En cuanto tengas tiempo —le había pedido ella—, habla con ellos. Se merecen una explicación, y la mente es tan rápida, que enseguida llegamos a las peores conclusiones. Aidan…
—Lo sé. Tan pronto salga de México iré a verlos.
— ¿Por qué no los llamas? Esto es importante, Aidan.
—Por eso mismo; mis hermanos no se contentarán con una explicación por teléfono, ni un mensaje de texto. Esto tengo que discutirlo personalmente con ellos… e intuyo que me tomará algo más que un momento para hacer que me entiendan.
—Espero que sepas lo que estás haciendo—. Aidan había sonreído con tristeza. Seguro que ellos también esperaban que les diera explicaciones, hasta que pidiera perdón. Y sí que debía hacerlo, pero eso debía hacerse bien, personalmente. Y presentía que, después de eso, no tendría ánimos para cantar.
Ellos desatenderían sus explicaciones y rechazarían su arrepentimiento, estaba casi seguro.
Gerard había jugado muy bien su ficha en este tablero de ajedrez; separándolo de sus hermanos, lo hacía vulnerable, y le infligía una herida muy dolorosa.
Se puso en pie y caminó por la sala del hotel donde había estado estos días, atrapado, encerrado, y lo peor, sin su guitarra. Había conseguido un nuevo teléfono, y al menos, podía llamar a Linda y hablar con ella, aunque nada reemplazaba el tenerla a su lado. Se cruzó de brazos y se recostó en el marco de una ventana mirando hacia el exterior.
Aquí no había estaciones, y había un sol radiante, y desde el piso en el que estaba podía admirarse la playa a lo lejos.
Lo que tanto había temido, había ocurrido al fin. Su peor miedo hecho realidad. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo les explicaba que, de verdad, de verdad, lo sentía? ¿De qué manera podría empezar a pedir perdón? Terry y Robert no eran tontos, ya debían haber sacado todas las conclusiones, y comprendido que había sido por él que Ellynor y Richat murieran. Si se negaban a volverle a ver la cara por el resto de sus vidas, él no podría reprochárselos.
—Vaya —dijo Roxanne mirando a Linda de arriba abajo. Linda se detuvo abruptamente, pues estuvo a punto de tropezar con ella.
Había salido a su encuentro saliendo prácticamente de la nada para decir sólo esa palabra, pero sólo Roxanne podía ponerle tanto veneno, y tanto encono, que parecía más bien una amenaza de muerte. Linda la miró fijamente, sin arredrarse. Nunca le había dado miedo Roxanne, ni siquiera cuando comprendió que había sido ella la causante del malestar de su piel. En aquel tiempo, lo primero que había sentido era rencor, y ya luego, al comprender lo vacía que debía estar una persona para llegar a hacer algo así, lo que sintió fue lástima.
—Vaya —repitió Linda poniéndose una mano en la cintura y sonriendo—. Parece que al fin tienes el privilegio de compartir pasarela conmigo —Roxanne apretó los dientes por la insinuación, y avanzó un paso en actitud belicosa, pero Linda no dio ni un paso atrás, ni cambió su pose, ni dejó de sonreír.
— ¿Qué tratas de decir?
— ¿Necesitas que te lo explique? —respondió Linda.
—Te crees que lo tienes todo. ¿No te das cuenta que puedes perderlo en cualquier momento?
— ¿Perder qué, Roxanne? ¿De qué exactamente estás hablando?
—Linda, ya vamos a empezar —dijo alguien, llamándola, e impidiendo que Roxanne diera su contestación. Linda, como si ella no fuera nadie, siguió su camino esquivándola y llegó a la plataforma de ensayos.
Miró a la distancia a Erin con una pregunta en los ojos, y ésta le contestó con un asentimiento de cabeza. A Erin le tocaría andar con una maleta encima todo el tiempo, pero era por seguridad; No se iba a arriesgar a que esa desquiciada volviera a ponerle nada nocivo a sus cosas. Además, Erin había conseguido una mujer guardaespaldas llamada Odette, y que la acompañaría hasta en el baño. Linda había considerado aquello una exageración, pero en opinión de Erin, cualquier precaución era poca con Roxanne. El evento se llevó a cabo sin mayores contratiempos. Linda, quien abrió el desfile junto a otra modelo de origen belga, y con la que se llevaba bastante bien, recibió mucha de la atención de la prensa al finalizar.
Pero tenía la mente en otro lado; seguía preocupada por Aidan, así que luego de las entrevistas de rigor, no se quedó para la celebración, sino que buscó a Erin para volver al hotel, y mientras echaban a andar, tomó su teléfono para llamarlo.
Llegaron hasta el parqueadero del lugar donde se había llevado a cabo el desfile buscando el auto en el que se habían estado desplazando estos días, y allí la alcanzó Roxanne. Linda cortó la llamada al verla y se detuvo; junto a ella, Erin y Odette también miraron a Roxanne con animosidad. Pero Roxanne no les prestó atención. — ¿Hablabas con él? —preguntó, y Linda la miró fingiendo confusión—. ¿Es verdad que va a ser un conde? ¿Que es de la realeza?
— ¿Para eso me seguiste hasta aquí? ¿Para preguntar cosas que no te conciernen?
—Es verdad, o no.
—Y si así fuera, ¿qué? ¿Es más apetecible para ti por eso?
— ¿Por qué siempre te tienes que quedar con lo mejor? Me has quitado todo, Linda.
— ¿Yo te he quitado todo a ti?
—Todo lo que quiero, siempre me lo arrebatas, me quitas importantes contratos, me quitas publicidad, ¡me quitaste a Aidan!
—Aidan nunca fue tuyo, ¡ni siquiera te conoce! Y cómo te atreves a acusarme de quitarte todo, ¡si fuiste tú la que me quitó cosas a mí! Llegaste a mi casa con tu madre y la invadiste, me quitaste a mi padre, me quitaste mi rostro por un buen tiempo, porque no creas que no sé que fuiste tú quien le puso una sustancia tóxica a mis cremas provocando que me diera acné por años y años!
— ¡Y en vez de quedarte en el hueco donde estabas, lo que hiciste fue salir a seguir arruinando mi vida!
— ¡Así que lo admites! —exclamó Linda, al tiempo que Erin dejaba salir una exclamación de asombro—. Sabes que podría acusarte a ti y a tu madre de eso, ¿verdad?
—No me importa lo que hagas, ¡te odio! —gritó Roxanne—. ¡Te odio, y no descansaré hasta arruinarte!
— ¡Y yo no te lo permitiré! —gritó ahora Linda—. Ya sé la clase de persona que eres y hasta dónde eres capaz de llegar, y si te atreves a…
—vino de repente, y Odette no pudo hacer nada para impedirlo a pesar de que casi estaba en medio. Roxanne había levantado la mano y le había dado un bofetón.
Le pegó tan duro, que Linda prácticamente cayó encima de Erin, que aguantó su peso y la ayudó a ponerse en pie. Cuando Linda levantó la vista, su guardaespaldas tenía sometida a Roxanne, que seguía gritando.
— ¡Oh, Dios mío! —exclamó Erin mirándola, y Linda se llevó la mano a la cara—. ¡Te hirió! —exclamó su representante—. Revísale las manos, Odette, tenía algo y la hirió con eso—. Linda se tocó la mejilla donde Roxanne le había golpeado y se miró luego los dedos, que estaban humedecidos. Ella le había aruñado el rostro con su anillo, que había girado a propósito para hacerle daño.
— ¡Te demandaré, maldita! —exclamó Erin mirando a Roxanne con odio—. Este será el fin de tu carrera, ¡acabaremos contigo!
—Ya déjala.
—Que se entere que con nosotras no se juega.
—Está enloquecida, ni siquiera te escucha —dijo Linda mirando a Roxanne, que se revolvía como una serpiente tratando de zafarse de la llave de Odette a la vez que seguía lanzando maldiciones. Afortunadamente, ésta última era bastante fuerte, y muy bien entrenada. El personal de seguridad del edificio llegó, y les preguntaron si quería poner algún denuncio en contra de Roxanne. Linda, cansada en más de un sentido, y recibiendo tratamiento de primeros auxilios, dijo que no.
—Esto no dejará cicatriz —dijo el hombre que le ponía el algodón sobre el rasguño—. Puedes estar tranquila.
—Gracias. —No deberías dejar las cosas así —le advirtió Erin—. Demándala. Si te hubiese marcado la cara de verdad…
—No tiene caso, Erin —dijo Linda.
—Al menos, para que consigas una orden de alejamiento.
—Por un rasguño no te lo dan. Y somos hermanastras, dirán que fue una simple riña de familia.
— ¡Diablos!
—Vámonos de aquí —Erin, a regañadientes, hizo caso. Mañana volverían a Milán, donde les esperaba más trabajo. Linda tendría que cubrirse ese rasguño con varias capas de maquillaje hasta que sanara.
Aidan terminó el único concierto en el país mexicano, y enseguida tomó vuelo para Chicago. Habían pasado tres días desde que había salido al mundo la noticia de su origen, iba tres días tarde, pero no había podido ir antes; los documentos habían salido justo a tiempo para tomar el vuelo a Ciudad de México, y ni siquiera se había quedado a dormir en la ciudad, sino que de inmediato salió del estadio Foro Sol hacia el aeropuerto.
El avión privado había tenido el tiempo suficiente para ser abastecido y revisado. A la mañana siguiente, luego de haber dormido sólo unas horas en el avión,
Aidan llegó a las oficinas de White Industries. De inmediato hubo un revuelo en recepción. Se anunció y pidió hablar con los hermanos GradChester y tres mujeres se ofrecieron a acompañarlo, y una vez arriba, otras tres le ofrecieron té, café, agua fría, etc. Los GradChester estaban en una reunión ahora, le dijeron. Debía esperar.
Él se sentó en un mueble cercano a las oficinas principales. Cada vez se aglomeraba más gente, y algunos incluso empezaron a pedirle autógrafos y selfies.
Dos horas después, por fin, alguien le pidió que siguiera a la sala de juntas. Allí encontró a Terry y a Robert, éste último sentado en la cabecera de la mesa, con el cabello recogido, y mirándolo muy serio.
En cambio, Terry estaba de pie, recostado a uno de los muros y con sus brazos cruzados. Ambos mostraban una actitud distante y cerrada, y el corazón empezó a palpitarle fuertemente.
—Vengo a…
—Viniste, al menos —lo interrumpió Terry mirándolo con ceño, y Aidan tragó saliva—. ¿Qué te tomó tanto tiempo? Oh, claro, la aristocracia no se junta con plebeyos, ni da explicaciones—. Aidan lo miró en silencio por un par de segundos, pero luego tomó aire y contestó.
—Tuve… varios contratiempos.
— ¿Contratiempos que te impidieron llamarnos? ¿No tienes un avión privado? ¿No podías venir, aunque casi te lo rogamos?
—No, no podía, se contestó Aidan. Y lo había hecho en cuanto había podido. El tiempo en México había equivalido al tiempo que habría requerido reabastecer el avión luego de un viaje tan largo.
Aunque hubiese querido, no habría podido llegar antes. Pero no podía ponerse a explicar todo eso ahora. Había sido una trampa para poner más distancia entre él y sus hermanos, y había funcionado.
—Lo siento.
— ¿Qué sientes exactamente? ¿Habernos mentido? ¿Habernos engañado? ¿Habernos visto la cara de estúpidos todos estos años?
—No. Yo no…
—Cuando te volvimos a ver, en ese concierto, hace ya casi diez años, te dijimos todo… Te contamos todo lo que estábamos haciendo, porque creímos que aún eras nuestro hermano—. Aidan levantó la vista de nuevo para mirarlos. — Sigo siendo su hermano.
—No para mí —dijo Terry, y Robert lo miró.
—Deja que el chico se explique. —
Y tú, deja de tratarlo como si aún tuviera cinco años. Deja de darle beneficios por haber llevado durante un tiempo el apellido GrandChester. Nos mintió, nos engañó. Y probablemente, también nos usó.
— ¡No! jamás…
— ¿Y entonces por qué nunca nos dijiste la verdad? Sabiendo lo que sabías, ¿por qué no nos dijiste? ¡Maldita sea, Aidan, eres de lo peor! —Aidan cerró sus ojos, y de ellos corrieron dos lágrimas, que llegaron hasta sus labios. Robert se puso en pie y caminó hasta llegar a él.
— ¿A qué viniste aquí? —le preguntó, y Aidan lo miró.
—A… pedirles perdón —Robert elevó sus cejas animándolo a continuar—. Lo siento, de verdad.
— ¿Perdón por qué?
—Por… ser quien soy. Por… No haber podido decirlo antes; no haber sido capaz. Siento tanto…
—Muy tarde para decir eso.
—Terry, déjalo hablar —volvió a decir Robert con un tono de voz más alto esta vez.
—No sé si quiera escucharlo.
—Entonces sal de la maldita sala.
—Se tardó tres días en venir aquí. Lo llamamos desesperadamente todo este tiempo, ¡pero su displicencia sólo nos confirma que valemos una mierda para él!
— ¡No es cierto! Son mis hermanos, lo único real que he tenido en mi vida.
—Y si es así, ¡por qué nos mentiste por tanto tiempo!
—Pensé que… al saberlo, me odiarían.
—Pues sí, te odiamos.
—TG…
—Yo lo estoy odiando.
—No es cierto. Estás molesto, pero no lo odias.
— ¡Pudimos haber atrapado a ese maldito hace años! Si él nos hubiera contado, lo habríamos encerrado, lo habríamos…
— ¡No habrían podido hacer nada! Yo mismo no he podido contra él, ustedes jamás…
— ¡No te compares con nosotros!
—Sé de lo que ese hombre es capaz, sé cómo juega. Aunque lo acusemos, aunque tengamos las mil pruebas, tiene el poder suficiente para evadir la justicia indefinidamente. Nada de lo que podamos hacer…
—Y entonces, decidiste por tu cuenta, dejas las cosas así. ¿Te das cuenta de que es como si lo hubieses estado protegiendo? Qué, ¿le tomaste cariño a tu verdadero padre, tanto que se te olvidó nuestra madre? ¡Se te olvidó que fue la mujer que te salvó de la misma mierda, y al final, terminó dando la vida por protegerte!
— ¿Crees que no lo sé? —gritó al fin Aidan, mirándolo con dolor—. ¿Crees que esa verdad no me ha atormentado desde que me enteré' Dios mío, ¡he deseado morirme! ¡He vivido un infierno! Saber que fue por mí… ¡No he podido soportarlo! —el par de hermanos se quedó en silencio mientras Aidan hablaba entre sollozos que salían desde el fondo de su corazón—. Ellynor fue mi madre —volvió a hablar Aidan—, siempre lo ha sido y siempre lo será. La amé con todo mi corazón, y no la traicioné, sólo los protegí a ustedes.
—Ya somos lo suficientemente grandes como para protegernos a nosotros mismos, ¿no te has dado cuenta? ¿Quién te crees que somos?
— ¡Nadie! —gritó Aidan—. Delante de un monstruo como él, nadie. ¿Me entienden? Y nunca les dije porque… Temía que me odiaran por ser la causa de la muerte de sus padres, si ni yo mismo puedo perdonármelo, supe que ustedes jamás lo conseguirían, y los perdería… Y si aun pasando por alto eso, les hubiese dicho, ustedes lo habrían encarado, poniéndose en la línea de fuego, y si algo les pasaba, entonces…
—Pues yo habría preferido morir, que ser traicionado por mi propio hermano —dijo Terry, y el corazón de Aidan se terminó de romper.
—Dios, no…
—Ah, espera —se corrigió Terry con rencor—. Que no eres mi hermano. Eres adoptado.
— ¡Terry, calla! —gritó Robert mirando a su hermano con furia, y Aidan, ante esas palabras, no pudo más que cerrar sus ojos, doblar su espalda, y guardar silencio. Robert lo miró, sabiendo que estaba llorando, en silencio; sabiendo que se esforzaba sobremanera para no soltar un grito.
—Se ve todo muy mal desde aquí, Aidan —dijo con voz calma—. Si te hubieses explicado antes, si nos hubieses hablado con la verdad… no importa cuándo, no importa si en cuanto te encontramos, o la última noche que estuviste en nuestra casa…
—Lo siento…
—Sentirlo no arregla las cosas. No basta con arrepentirse.
—Lo sé —sollozó Aidan—. Pero aun ahora, por saberlo, están en peligro.
—Cuidaremos nuestras espaldas.
— ¿Crees que puedes contra él? —preguntó Aidan enderezándose de nuevo y mirándolo a los ojos—. ¿Acaso quién crees que sacó la noticia de que soy quien soy al mundo? No teme que ustedes sepan que es el culpable, porque sabe que nada lo puede tocar, nada lo puede herir. Cuando les digo que es un monstruo…
—Como sea —lo interrumpió Robert—, él mató a nuestros padres, y hemos prometido sobre sus tumbas que no dejaríamos las cosas así.
—No, por favor… Mamá no habría querido que…
—No te atrevas a mencionarla con esa boca sucia que tienes —lo atajó Terry, y Aidan apretó sus dientes.
—Ella no habría querido que perdieran sus vidas por vengar su muerte.
— ¿Y qué puedes saber tú de lo que quería o no mamá? Apenas si la conociste.
— ¡No por eso la amo menos!
— ¡Ya basta! —exclamó Robert elevando sus manos. Volvió a mirar a Aidan y respiró hondo antes de seguir
—Prometimos que los vengaríamos —dijo—, para eso hemos vivido.
—No vale la pena, Rob. Piensa en Alice, el bebé… Tú, Terry, piensa en Candy… —Terry ni siquiera lo miró, y Aidan dejó caer sus hombros—. Se los ruego. Deténganse. Esto es demasiado peligroso. Son gente sin escrúpulos…
—Gracias por la advertencia —dijo Robert—, pero ya no hay nada que puedas hacer que nos disuada.
—No, en verdad… —Terry dio la vuelta y salió de la sala, y Aidan miró la puerta tras la cual había desaparecido sintiendo que le daban un duro golpe en el centro del pecho—. Lo hice por protegerlos —insistió—. A ese hombre no le cuesta nada dar la orden y hacer que ustedes desaparezcan. Ya me lo advirtió, cuando se dio cuenta de que seguía en contacto con ustedes, mencionó a Alice y a Candy. Los ha tenido siempre en la mira, ha hecho de todo por saber sus pasos.
—Si nos tiene vigilados, es porque podemos hacerle daño.
—Es sólo porque es un sádico, y los ha usado para hacer de mí lo que…
—Haremos que ese sádico caiga. Con o sin tu ayuda.
—No, Dios… Comprendo que me odien… comprendo que no quieran saber nada de mí… Pero Robert…
—No te odiamos —dijo Robert con voz tranquila—. Pero es difícil confiar en una persona que nos tuvo engañados por tanto tiempo. Todas las veces que pudiste decirnos la verdad acerca de quién eras… y te callaste. ¿Qué podemos concluir, Aidan? —Robert respiró ruidosamente, y se alejó también dando unos pasos—. Debes volver a tus asuntos. Comprenderás si ya nunca más te llamamos para comentarte cómo va nuestra investigación, ni para hacerte encargos… que nunca eran exitosos, ahora que lo analizo. Fuiste una traba para nosotros, y todo para, según tú, protegernos.
—Es la verdad… Lo juro por…
—Ya no sirve de nada la verdad… Es demasiado tarde—. Robert salió de la sala dejándolo solo, y Aidan, viéndose allí, no pudo más que cerrar sus ojos y volver a llorar. Como un niño, como el niño abandonado que fue una vez. Como cuando murió Ellynor y se quedó tan solo, tan… sin ella. Y ahora dolía mil veces más, porque acababa de perder lo único que le había quedado de aquella época.
Continuará...
