La carraca fue quemada y todos los ocupantes de La estrella de la mañana contemplaron el espectáculo de las llamas mientras se alejaban. Después fueron a adecentar su aspecto para las celebraciones de esa noche, un funeral y una fiesta. Casi todos estaban sucios de sangre y mugre y querían estar presentables.
Los cuerpos de los defensores habían sido lavados y vestidos y yacían sobre la cubierta en diversos estados de daño, aunque el maestre había hecho cuanto había podido para que no se viesen demasiado los estragos de la batalla. La oscuridad contribuía a encubrir los terribles tajos de espada y los agujeros de flecha.
Sansa y Leena querían estar presentes con los demás, a pesar de que sus hombres les advirtieron que no sería un espectáculo agradable.
"Vi morir a mi padre, Tyrion. Casi me violaron en la revuelta donde la gente se rebeló contra Joffrey," enumeró Sansa, decidida. "¿Crees que me van a impresionar unos cuantos hombres muertos?"
Tyrion le sonrió con admiración. "Has cambiado, Sansa."
"He tenido que hacerlo," dijo ella con dureza. "No pienso ser una víctima nunca más."
Él le apretó la mano. "No sé qué eres más, si loba o leona," bromeó.
"Puede que las dos cosas," espetó ella, desafiante.
"Me gustas cuando te pones fiera," le insinuó Tyrion, con su sonrisa lasciva.
"Entonces en lo sucesivo voy a gustarte más." Él enarcó una ceja, divertido.
Subieron al exterior y se congregaron alrededor de los cuerpos. No había sacerdotes que oficiaran la ceremonia, así que el capitán pronunció un discurso y todos escucharon en respetuoso silencio. Gilean los encomendó a sus dioses, fueran los que fuesen. Uno por uno, todos los habitantes del barco les dedicaron un último adiós y los cuerpos recibieron su sepultura bajo las aguas.
La cena se sirvió en las mesas de los marineros y se sacaron los barriles de cerveza. El capitán permitía que esa noche cada cual bebiera lo que se le antojara, siempre y cuando no causara disturbios.
La algarabía y las risas llenaban el estrecho espacio, hasta que la cena concluyó y salieron a continuar celebrando bajo las estrellas. Hacía una noche hermosa y despejada de luna creciente. Se arrebujaban en las capas pues el viento era cortante.
Alguien se puso a tocar una canción y pronto fue secundado y acompañado por coros desafinados. La cubierta se llenó de danzarines con más o menos habilidad. Sansa se quedó sentada junto a su esposo, comprensiva. A él no le gustaba bailar.
"Ve si quieres, Sansa. Cualquiera de ellos estará encantado de bailar contigo," la animó. "Pregúntale a Jorah o a quien quieras."
"Pero, Tyrion...," objetó ella.
"No te preocupes. No me importa, de verdad. Sé que te encanta bailar y no quiero que te prives por mí."
Ella le dio un beso y se levantó.
"Gracias, mi amor. La verdad es que necesito estirar las piernas y moverme." Se alejó y comentó algo a Jorah. Éste asintió, sorprendido, y miró en dirección a Tyrion, que le dedicó un gesto de confirmación.
Los dos se unieron a los bailarines. Pod y Leena también danzaban y reían a carcajadas.
Se respiraba felicidad y camaradería. Y auténtica libertad.
Tyrion se preguntó si volverían a ser tan libres una vez que pisaran tierra firme.
De madrugada, cansados pero contentos, fueron regresando a sus camarotes. Los que estaban demasiado borrachos fueron cargados a hombros, pues con el frío que hacía no se les debía dejar dormir al raso, a riesgo de pescar una pulmonía o alguna otra fiebre.
Tyrion y Sansa se prepararon para acostarse y se arroparon bajo las mantas.
"Los Stark siempre tenéis razón al final," comentó Tyrion. "Siempre habéis sido unos aguafiestas," bromeó, pinchándola. "Aunque no tiene mucho mérito acertar con lo obvio. El invierno siempre llega."
"No hay que olvidarse nunca del invierno. Ni cuando se está en lo más cálido del verano," sermoneó ella.
"Lo que yo te decía. Aguafiestas." Sansa le tiró del pelo.
"Tú tendrías que pasarte la vida rugiendo, según vuestro lema, ¿no? A estas alturas ya estaría sorda."
"¿Quién te ha dicho que no lo hago? Pero soy listo y no voy anunciándome desde lejos. Mi rugido es más sutil."
"Ya veo. Muy sutil." Ella le tocó el miembro endurecido. "Ahora mismo una parte de ti está rugiendo, esposo mío."
A él se le secó la garganta y notó el flujo del deseo circular por su sangre. "Chica lista. ¿Quieres oír mi auténtico rugido?," preguntó con la voz ronca y tomando la mano de ella para que lo masajeara. Ella liberó su miembro.
"Quiero oírte rugir mi nombre," dijo, descendiendo sobre él.
Tyrion olvidó de golpe todos los sucesos del día y se olvidó hasta de su propio nombre.
"Ha sido un día extraño, ¿verdad?," comentó Sansa, apoyada sobre el hombro de su esposo.
"Extraño y a la vez hermoso. Han pasado muchas cosas. Y seguimos vivos."
Ella acarició su pecho, distraída.
"¿Sabes qué pensaba cuando estaba encerrada con Leena en el camarote, sin saber qué ocurría fuera, y temiendo lo que pudiera pasarte? Que si no eras tú el que entraba por esa puerta, no lucharía por mi vida," admitió, con los ojos brillantes.
Él la abrazó con fuerza.
"Sansa, no. No digas eso. Ni lo pienses siquiera. Tienes que vivir. Tienes que luchar por tu vida, esté yo o no. Tienes que prometerme que harás lo que sea para salir adelante, siempre." En su voz había tanta emoción contenida que las lágrimas de ella se desbordaron de sus ojos.
"Lo haré, si tú me prometes lo mismo."
Él vaciló, pero finalmente asintió. "Te lo prometo. Y ahora hazlo tú también."
"Te lo prometo, Tyrion," dijo ella, hundiendo el rostro en su pecho.
"Pero estamos juntos y saldremos adelante juntos. Eso es todo lo que importa ahora, ¿de acuerdo?"
"De acuerdo."
Tyrion la besó en la frente y entre el cabello y se deslizaron en las nieblas del sueño.
