CEDER O CAER—

Por Zury Himura

Corrección por Menelwen


Disclaimer: los personajes no me pertenecen. La historia sí.


ALBA

FROZEN FEATHERS

Capítulo 26

Esa noche pareció ser la única manta que los cubría solo ellos dos. Cobijándolos con su frialdad y uniéndolos en un vínculo del cual ambos, en algún punto, habían querido escapar. La llama en sus ojos se asemejó al brillo de las estrellas y sus cabellos a las ráfagas invernales que estaban por venir. Los astros en el cielo fueron los únicos que se unieron a las luces de su alrededor para alumbrarles el camino. Uno que ambos dejarían de caminar juntos. En una misma oscuridad.

Uno que se dividía en ese preciso momento. Que orillaba a dos soledades distintas que tal vez el tiempo nunca saciaría y que nunca sanaría… que nunca volvería a unir. Una que probablemente y pronto sería extinguida con la calidez de la sonrisa esbozada por su dueña… y la suya, que simplemente se quedaría petrificada en el hielo de su alma tal como lo había dicho. Con un frío maldito que ella le sugirió tener y con el cual moriría. Con el que se terminaría ahogando a consciencia. Sin nada de lo que podía escapar, de lo que necesitaba enfrentar y tragarse como el pan de cada día.

Por causas de la vida… por «mierdaz» del destino.

Ignoró a las miles de personas postradas, raspándose las rodillas, torturándose las palmas con las piedrillas de la tierra y aguantando la helada noche. Todo por venerar a un rey que contemplaban y obedecían como si fuera la única forma de sobrevivir. Tantas personas y familias comunes y corrientes, pero importantes, a quienes en el proceso de cumplir con las exigencias de su destino, protegió y cumplió para que tuvieran una buena vida. Entregándoles la suya. Los que ahora desaparecían con la sola imagen de esa mujer. Obstinada, rebelde e impulsiva. Una joven que nunca pensó respetar. Ya fuera por su pasado o presente. Por lo que era y sería.

Por ser una reina…

Aquel gesto prepotente en su cara se enfatizó al verla retroceder débilmente, soltando al niño que se había aferrado a sus manos y al que le había dolido ser abandonado de una forma tan abrupta. Tan súbita y apática, acción que no reconoció. Como si su cara fuera lo último que quería ver. Una reacción a algo imperdonable y que en verdad le había dolido, pero había esperado. Inquieta, enloquecida y arrebatada, simplemente se alejó pero se detuvo en seguida, plantada esperando algo más. Tal vez por él.

Por primera vez en ese día, el rey tragó con dificultad, dándose cuenta de una sensación filosa clavándosele en medio de su pecho hasta subir a su seca garganta. Llevándolo a preguntarse si necesitaba hidratarse más con las medicinas que había tomado para suprimir esa devoción y las voces de la espada, que desde hace días lo llamaban. Esa oscuridad que lo gobernaba y exigía su veneración a la amargura de siempre.

Sí, las medicinas…

Con fuerza en sus puños apretó los paquetes de hierbas y polvo, soltándolos en el piso de su balcón antes de dar la media vuelta. Despidiéndose de aquella imagen que estaba a punto de desaparecer con las gotas del tiempo, minutos que se la arrebatarían de las manos para cumplirse la infinidad de horas de su futuro incierto. Pero continuaba en calma, ya no había razón por aguardar por ella, para caminar de puntillas en su reino y creerse la estúpida ilusión que vivió a su lado.

Ahora que ella se iba, cuando al fin se largaba de su vida… sería el mismo de antes. Lleno de pecados que lo abrazaban hasta sumergirse en el mundo al que pertenecía y del cual Kaoru lo había sacado. Sin suscitarlo, resistiendo y hasta odiándolo, vio un lado suyo despertar, existir cuando nunca lo creyó posible, cambiándolo, lo poco que no se apreció. Abandonaría toda esa fanfarronería y se convertiría en un mejor rey. Aunque dimitiera el lado humano que ella llamó la luz, desdeñándolo por conocerlo y por lo que tuvo que entregar. Se enfocaría solo en su vida y en cuidar lo poco que le faltaba para cumplir con la profecía.

Así como su madre,

Sería él el protector… y no ella.

La mujer morena, tras él, empuñó su vestido al ver a la reina esperando frente al público sin desviarles la mirada. Era hora de actuar, cuando el rey siguió caminando e ignorándola a un lado, solo para alejarse de la filosa mirada índigo de su amante, de la única que creía su familia, su mujer. Lo persiguió y contempló, su rostro pensativo, su flequillo cubriendo las flamas de sus ojos que se intensificaron solo para esa otra mujer de allá abajo. Fulgor vigorizante que ella conoció en su juventud, con motivos de venganza.

Sin embargo, ese momento difería a aquella vez; todo lo que hizo en ese balcón por Kaoru… lo envidió, aunque para otros fuera un rechazo en voz alta… ella veía con claridad. Pues venía, como una vieja amiga a recuperar aquello que le costó salvar en el pasado. Al verdadero hombre que nadie vio y al que tenía derecho.

Lo que le pertenecía a ella, y no a ese intento de reina que les contemplaba en la base de las escaleras de su vehículo sin hacer nada. Sin esforzarse a quedarse a su lado, sin luchar.

—Rey… —titubeó insegura. Después de lo que atestiguó estaba insegura si era lo que él necesitaba en ese momento. Pero su dolor porque esa mirada fuera para la otra mujer alentó sus ansias por hacerse notar.

Su mano perdió la fuerza que sostenía los residuos de la última dosis que Megumi le había dejado del medicamento para dormir, cuando fue llamado. Esa voz se asemejaba a la escuchada hacia algunas horas. Se semejaba a la que creyó conocer y que sin ninguna obstrucción de una máscara confirmaba que era familiar.

Anticipando lo que encontrará, y en contracción de lo que pensó que algún día sentirían, una furia llena de receló se manifestó con tan solo meditar las razones del por qué escuchaba esa voz a esas alturas del juego. Su desaparición y retorno a su vida.

Tokio sonrió cuando obtuvo su atención. Sus manos se extendieron, dándole la bienvenida y esperando sentirlo en sus brazos por primera vez. Para satisfacer su cuerpo que esperó por muchos años, casi desde el mismo tiempo cuando lo conoció. Estaba exaltada y le agradaba lo que veía; su rostro era más apuesto y lo mismo opinaba de su cuerpo. Aunque se mantenía simple en su vestuario el toque sensual que poesía con naturalidad era lo que exaltaba a su realeza. Era alguien tan deseable justo como en su juventud o adolescencia. Sin embargo, lo que más le intrigaba, aquello que anhelaba más que su propio ser era esa mirada que lo distinguió de sus recuerdos.

La que fue solo para esa reina…

Una apasionada, soberbia y llena de exclusividad que le dedicó. La que fue correspondida hasta que ella apareció. Esa mujer que fue famosa por enfrentarse al rey Oscuro y que se mantuvo observando en silencio cuando se acercó al rey durante su amenaza. Estudiando lo que jamás podría volver a hacer después del acuerdo que Himura expuso. Atestiguaría el motivo por el que ahora sería ella la que la envidiaría.

Quería eso de él…

Pues aunque se tratase de su despedida, se dio cuenta de esa intensidad en el aire a pesar de la distancia entre ambos. Creando una tensión, que odiaba llamarla sexual, una sensación indescriptible que solo entre esos dos individuos se entendió. Una línea, un lazo o una cadena que los ataba del cuello aunque se alejaran. Dándole una la visión que no creía que hubiese sido ignorada por algunos. Sino que era envidiada por los demás hambrientos de un sentimiento así. Odiado por ella y ambicionado en sueños.

¿Acaso era una de esas relaciones asquerosas que eran únicas? ¿Cursilerías y hostigamientos mutuos? No… él no era así. Se trataba de algo más, más intenso que los rayos del sol en verano, más que sentir un hielo en carne viva o de entregarse a la locura del alcohol.

Esos dos tenían caracteres fuertes, desarrollados en diferentes ambientes pero que extrañamente concordaban para amarrarse de por vida. Porque aunque no existiera físicamente, eran claras las cadenas los unían, dejando siempre una esperanza… la puerta abierta que empeñaban en cerrar. Una invitación a una llama que jamás se extinguiría ni con viento ni marea… solo se avivaría en sus manos, en sus ojos y sus almas.

Cada vez que estaban juntos.

Se preguntó si era lo suficientemente fuerte como para cortar esos lazos. Pues esa relación o lo que esos dos tenían era algo grande, tan épico, para ella, que incluso le causaba temor. No sabía cuánto tiempo le llevaría pero que la hacía desesperarse incluso cuando había pasado tan solo un corto momento. Por eso se atrevió a romper el contacto con Yahiko y apresurarse hasta él. No solo para presentársele, sino también para aparecer ante ella. Para que esa reina, temiera a sus pies, ahora que no podía acercarse sin ser devastada por la mano de lo que estaba por ser suyo.

El amor que ella misma amo.

Porque a su parecer, durante toda esa farsa y teatro para alejar a la reina Celeste de sus dominios, el rey intimó con ella con tan solo mirarla. Con tan solo su gesto la tomó y fue tomado; por eso nadie más les importó.

Era probable que ambos ni siquiera se hubiesen dado cuenta, pero en la forma en la que se miraban parecía que sus colores se movían en una danza de cortejo y coqueteo. Como si el cielo de la noche y el sol del día se dedicaran a hacer el amor, en frente de todos. Una unión perpetua de cuerpos y una subliminal de sus espíritus que se llevó a cabo incluso sobre sus cabezas. En el cielo y entre el aire que todos ellos respiraban. Era el rey atado a su meñique. Era la reina atada a su pie.

Quiso hacer de esa mirada suya. Tenerla solo un segundo cuando se diera cuenta que estaba ahí. Prácticamente volvía de la muerte solo por él. Para su rey.

Confundido, tocó su frente y masajeó los parpados de sus ojos, mas de su lugar no se movió—. Malditas e inservibles medicinas de Megumi —blasfemó y las culpó por lo que sacudía de su mano libre. Despreciando, lo que sospechó, eran sus efectos secundarios que lo estaban haciendo alucinar.

—No soy ninguna aparición, si eso es lo que piensas. —Sigilosa, se aseguró de que la reina siguiera pendiente de las acciones del rey al mostrarse preocupada por su salud. Aprovechando su consternación de ella y la distracción de él, se juró hacerlo suyo, adelantándose hasta encontrar un camino y un hueco en sus brazos. Parándose de puntillas con los pies descalzos para aferrarse a su nuca y provocar un beso que le agitó la respiración—. Soy real, soy tuya, mi rey.

Kaoru desvió su mirada incrédula hacia Seta y del pequeño, indignado, hasta su carroza. Se estaba perdiendo en un remolino de inseguridades y rencor. Sus celos, furia y reproche apuñalaron su corazón hasta causarle una pena que jamás experimentó. Un hoyo negro en el que la arrojaban para que gritara al no poder detenerse en la caída. Dolorosa y real que aplastaba su cuerpo contra los filos del sentimiento de la traición.

Menosprecio el picor en sus ojos, el ardor en su garganta y el estremecimiento de sus labios y cuerpo. Y, disputó por el poder en su alma que se desmoronaba para mantenerla en pie. Teñido intacto de su egoísmo y posesividad de un hombre que jamás dio señales de ser suyo y al que le perteneció. El que la había hecho mujer, dedicándose a destrozarla por los últimos meses para concluir todo con broche de oro.

Se condenó por su ingenuidad y esperanzas vacías que nunca vivieron para ver la luz que se prometió ver en el futuro. Por caer y entregarle en una promesa todo lo que era, dependiendo sentimentalmente de un maldito al que amo… de ese bastardo que adoró como a nada en el mundo. El que seguramente la había utilizado y corría cuando Tokio volvía.

Evidentemente no era casualidad.

Se retiró, jurándose que lo olvidaría y suprimiría sus heridas para que dejara de doler. Así como tanto le había pedido que lo hiciera en el pasado con otros asuntos. Levantaría el rostro con una sonrisa fingida tal como él, aunque la lastimara por dentro. Ahí, en ese sitio frente suyo, realizaba una nueva promesa, a excepción que esta vez sería a sí misma. Enfrentaría todo obstáculo sin perder la compostura, imitándolo, fingiendo la realeza que no poseía, el poder que anhelaba y la autoridad que le envidió. Hoy dejaba de ser su fantasma, de ser su Kaoru...y sería simplemente para sí. Dueña de su propia persona y la que al fin cumpliría con todas sus peticiones de odio.

Pues, estaba matando lo único que pensó defender, lo que amó como nunca y lo que le hizo ponerse de pie. Lo único que deseó que fuese para siempre a pesar de la negación y la distancia. Su luz.

Antes de que volteara para burlarse de ella, mostrándole con ese beso sus verdaderas razones para alejarla, subió a su carroza apretando el diamante que le había dado, despidiéndose del niño mientras escondía su rostro. Y así, con el peso de su corazón partía, sin importarle la presencia de la segunda persona que aguardaba dentro de su vehículo.

Difiriendo de sus planes, él la sujetó de la garganta para alejarla, cayendo en los brazos de su hermano Yahiko. Sorprendida en el piso, observó su reacción y mirando de reojo al lugar donde esa 'reina' había estado esperando y, donde ya no estaba. Tal vez estaba en su búsqueda queriendo pedir explicaciones de algo que posiblemente la muy inocente ignoraba.

Pero nada podía hacer, el rey jamás le rendiría cuentas, ni le revelaría el amor que tanto anhelaba. Dejaría que pensara lo que fuera lo cual solo apoyaría su decisión de dejarla ir. Y, ella ganaría. Lo deseaba, único ser que podía elevar a una simple bastarda hasta el nivel de una reina con el simple toque de sus labios. De sus manos o con tan solo dedicarle 'esa' mirada.

—¿Qué demonios crees que haces? —blasfemó furioso amenazándola con una simple ojeada mientras sostenía la katana debajo de su yukata y ordenándole a Yahiko alejarse para que otro guardia la sujetara y fuera arrastrada tras él—, en estos momentos no sé quién mierda eres…

—Tokio… ¡Soy tu Tokio! —gritó desesperada, no estaba sucediendo lo que creyó que pasaría. Seguro se trataba de un error ya que el rey que conocía jamás la agrediría.

—Huh… —Limpió sus labios con el dorso de su mano cubierta con su yukata, dándole igual los gestos de Yahiko—. Seas la misma Tokio, una cualquiera, o incluso una de las mujeres que elija… tienes prohibido tocarme. Eso, si quieres conservar tu vida.

Misao se retractó temerosa, cuando Battousai la señaló entre la multitud, para ser ella la que se encargara de ayudar al otro guardia a llevar a esa Tokio a la torre de interrogatorios.

—¡No puedes hacer esto! —gritó el joven que por bastante tiempo le había servido. Esa era su hermana, la que había creído muerta y que por fin recuperaba.

Si había ido con Kenshin, si lo respetaba era con la idea de lo que su padre le dijo. El asesino de su hermana era otro, una persona cercana que trabajaba en su corte. Por eso juró ser su sombra, su confidente y amigo. Todo, con el propósito de vengar a lo único que llamó familia. A la mujer que le había dejado cuando recientemente comenzaba a conocer la felicidad de serse cobijado con los brazos de familiares. Y en él, en Kenshin, había visto las similitudes de sus vidas. Un hermano que no lo veía como tal pero que era su ejemplo a seguir.

Ambos fueron alejados de sus familiares a muy temprana edad, volviéndose el motivo por que anhelaba parecérsele. Para que en el futuro, cuando por fin fuera momento de aplastar a su asesino lo haría sin ningún cargo de conciencia.

Sin embargo, no podía elegirlo simplemente tras encontrar a aquello que pensó muerto por tantos años. Por lo que sufrió y que lo había convertido en soldado en vez de científico. No se la daría, no la cedería a sus malos tratos sin antes luchar por ella. Matarlo... Incluso si era necesario.

—¡Ella es mi hermana! —Así como le había servido por Tokio, de la misma forma era capaz de enfrentarlo por ella.

El rey despidió a Misao y a los guardias que llevaban a la mujer. Quería interrogarla y esa era uno de los asuntos de los que se encargaría personalmente. Pero primero debía encargarse del joven. Podía muy bien ver esa flama de furia encendida en sus ojos, recargándose de ira y odio hacia él. Lo leyó en el puño de sus manos, en la tensión restringida de su cuerpo, la presión en sus labios y las ansias de desenvainar a sus espaldas con tal de quitarlo de su camino. Creyendo ingenuamente que con eso la salvaría de morir de nuevo.

—Yahiko, Yahiko. —Su katana dio un giro en el aire antes de aterrizar en la vaina de su espada con maestría, y, luego de que los demás los dejaran solos—. ¿Qué? ¿Acaso no te enseñé bien? ¡Qué decepción! Esa mujer que está ahí no es tu hermana.

—¡Ella es Tokio, la reconozco! —No era un idiota.

—No me refiero a eso. —Acomodó su yukata caminando lentamente para que el niño le alcanzara. Sino podía hacerle ver a Yahiko lo que quería decir entonces le era inservible. Y, aunque no lo 'extrañaría', se afligiría de perder a un elemento tan valioso—. Sé que esa es Tokio, no seas iluso.

—¡¿Entonces?! ¡¿Por qué reaccionas así?! —¿Por qué la tratas así? Quiso decirle. Estaba exaltado, su orgullo le dolía al saber que su hermana era desvalorada por aquel maldito que siempre pensó era la segunda persona que en realidad la apreciaba—. Deberías de estar… no sé contento, ¡asustado o algo!

Battousai se quedó callado un momento. Si se ponía a reconsiderar lo que sentía al verla terminaría peor. Estaba confundido, un poco sorprendido pero con más preguntas que el mismo sentimiento. Ni siquiera la impresión de verla ahí de pie, sentirla e incluso tocarla, eran más fuertes que las dudas y desconfianza que se construían a cada segundo; por el mismo hecho por el que debería estar feliz.

Tenerla con vida era un motivo por el que debían festejar, bueno al menos su familia. No obstante, también era razón por el que debían dudarle. De todo lo que siempre dijo e incluso por estar ahí. De todos los días, tuvo que ser ese.

Aunque la imagen de Kaoru vino a su mente y lo hizo detenerse a considerar lo que vio, ya no era asunto que le importaba. Por el momento, solo se repetía que no sería cegado por el cariño de un viejo amigo muerto y que aparecía después de tantos años esperando tener una celebración por ello con brazos abiertos. Sin ninguna explicación o esfuerzo de contactarlos por ese tiempo perdido.

Confusión disfrazada de alegría. Ciertamente eso leía en los ojos del joven, aunque se empeñara en fingir lo contrario.

Por su parte, las primeras cosas que obtendría serian solo preguntas. Ni un abrazo que representara su consideración o la culpabilidad por no tenerla, como con la que había vivido todos esos años al pensarla muerta. Al imaginarse responsable de su pérdida al haber entrado en su vida. Él, junto con su reino, en lo que le respectaba, eran los culpables del sufrimiento de una familia entera que resultaban solo una bola de mentirosos.

No podía mostrarle todo lo que sentía en ese instante, ni aunque quisiera. Era incapaz de hacerlo, por su forma de ser, por sus experiencias y por orgullo. Aunque también ameritaba a las hierbas medicinales de Megumi, responsables de mantenerlo en calma y tranquilo. Pues posiblemente después de ese beso habría ordenado que Kaoru volviera a ser encerrada en cualquier parte de su castillo, a pesar de que ahora fingiera que le daba igual.

Eso era mera basura. Después de lo que se había atrevido a sacrificar.

—Porque ella es una mentirosa…

II

Sus dedos se aferraron a la pluma, estabilizándose para no manchar la moción de sus escritos. Había arrancado y guardado las hojas de su libreta de sus intentos fallidos en un costalito de terciopelo que Seta le había regalado de despedida. Pero esta vez había avanzado más de lo que en las últimas veces. Llevaba dos hojas y estaba conforme con la fluidez y trazos que las adornaban. Sobre todo son su promesa, con sus palabras.

—¿Y qué tanto escribes? —preguntó su acompañante sacando de su bolso de mano un par de guantes color rojo que combinaban con su maquillaje de labios.

A pesar del cuarto intento de establecer una plática, Kaoru no dijo nada. Se dedicó a seguir rallando esa libreta como si en ella estuviera anotando las cosas que se había memorizado y que si paraba seguramente olvidaría.

—Bien, no me digas. —Recelosa, Megumi siguió estudiando una flor que el chofer le había traído en la primera de sus paradas—. Quién quiere ser amiga de una chiquilla inmadura y tonta.

—O de una bruja —contraatacó la reina, resoplando con una risa mientras seguía escribiendo.

Bien, la mujercita la había puesto en su lugar recordándole algo de su pasado que seguramente ni conocía.

—Aprendiste bien de él, huh, —evidenció con una sonrisa, logrando que la reina dejara su pluma en el estuche y la libreta en su regazo.

—No sé por qué has venido conmigo y no me importa. Solo quédate callada.

Dramatizando su reacción, la doctora se echó para atrás tocándose la frente y el pecho. Simulando el horror de escuchar a una reina referirse en un tono despectivo. Aunque la niña le caía bien, si era honesta.

—El rey me dio la libertad porque me ama —bromeó deseando provocarla para que se dignara a hablar con ella. Estaban a mitad de camino de las tierras de Hiko y ya habían pasado algunas horas bastante aburridas.

Sí claro. Como si ese tonto le diera la libertad a alguien así de fácil… se dijo mentalmente, pero en seguida se retractó, volviendo a pensar en su propia condición. ¿Que no era a ella a quien la habían alejado con mentiras sobre una estúpida profecía? ¿Que no era a ella la que habían utilizado para sustituir el lugar de Tokio? En su mente…

—Te haré dos preguntas y contestaré a dos que me hagas… —propuso Megumi dejando las florecillas a un lado para desinfectarse las manos con un poco de líquidos que traía en su maletín.

A este punto Kaoru alejo su libreta y la miró directamente a los ojos.

—¿Por qué tu señor te envió conmigo? Lo que quiero decir es que: ¿por qué de todas las carrozas escogió la mía? —Quiso saber. Desde hacía horas moría por preguntarle y saciar su curiosidad con tal de llevar a su mente lejos de ese mal recuerdo. Lejos de Tokio en los brazos del rey.

—Bueno, porque sabe que eres una inútil que seguramente —pausó cuando la flor de su planta cayó al suelo y la reina la recogió.

Al aceptarla miró profundamente a sus ojos, los que nunca había estudiado con cuidado. Los que algún día acusó como unos felices y risueños, libres del sufrimiento. Llenos de insolencia de una niña caprichosa y desconsiderada que no apreciaba lo que se le daba, junto a Misao. En cambio, desde abajo, en la posición en la que estaba le parecían llenos de tristeza y sufrimiento. La verdadera reina Celeste, la verdadera mujer.

Ese paisaje la hizo reconsiderar su actitud, sus palabras y hasta lo que tenía en mente hacer con ella. Esta mujer no era la presuntuosa y tonta que había pensado. Sino era una joven herida y que luchaba cada día por ser una mujer digna de respeto, por superar sus miedos y dar en el clavo con algo que estaba supuesta a hacer, llenando las expectativas de todos a pesar de su juventud. Una mujer igual o mejor que ella. Guardando heridas que nadie conocía.

Nerviosa carraspeó, aclarándose la garganta, fingiendo que había algo que le incomodaba y se corrigió—. De alguna manera él piensa que soy Dios, solo por saber lo que sé.

—Disculpa, pero no te entiendo… —¿Cómo que un dios? ¿Qué clase de loca se creía tan buena suficiente como para pararse al nivel de una divinidad?

—Quiero decir que —Cogió su cabello atándolo en una coleta y luego lo tejió, disimulando su ansiedad—… él piensa que conmigo tendrás la vida asegurada. Ya sabes, sé de medicina y esas cosas, así que —titubeó. Era grande lo que estaba diciendo—. Me ordenó venir contigo y protegerte siempre.

Soltó el poco aire que quedaba en sus pulmones y volvió a respirar con lentitud, sintiendo un dolor en el pecho y la contracción en su estómago. Como se atrevía esa mujer... O, si era verdad lo que decía, ¡¿entonces quién se creía él?!

—Él… yo, —Kaoru sacudió su cabeza mirando hacia afuera de la ventana. Se sentía decepcionada, pero estaba luchando por volver a su corazón una barrera de acero. Ya se había cansado de siempre sufrir por un amor maldito—. Ah, no tienes que hacer nada por mí. Cuando lleguemos a las tierras del señor Hiko, puedes irte a donde plazcas y rehacer tu vida. Tal vez puedas…

—Tu pregunta… —La mujer mayor desestimó sus sugerencias. No eran sus deseos, ni siquiera las tomaba como órdenes o una oportunidad. Ella solo obedecía a un rey al que siempre, a pesar de ser libre, siempre serviría. Contrastando con el mismo concepto.

El frío viento sopló alcanzando a mover algunos cabellos de su fleco. Sufriendo de escalofríos, cogió una de las cobijas que Hiko les había dado avisándole de las frescas condiciones a las que se enfrentarían, y habló intuyendo que se metía en terrenos serios.

—Cuando era pequeña, mi madre me dijo que a la antigua reina Oscura le llamaban bruja Oscura —Kaoru sopló sobre sus manos y las talló para calentarlas—. El mismo sobrenombre con el que te llaman. Así que dime, ¿quién eres?

Ah, la mujercita si era inteligente. Prestaba atención a sus alrededores y entonces trataba de armar las piezas. Debía darle merito por su astucia.

—Hace años, el rey me salvó de un incendio en el cual perdí a mis familiares más cercanos. Todos, en el reino, piensan que me salvó de personajes que vendían esclavos. Pero…

Suspiró dejando su asiento para pasarse al de Kaoru, alzando una de las esquinas de la gruesa cobija para acorrucarse con ella.

—Ahora que sé que sabes sobre las espadas te diré —resumió su plática dejando de lado la mirada inaudita de Kaoru al recargarse sobre su hombro—. Mi familia fue capturada por los monjes del monasterio del sur, estos fueron los que su unieron con los de las montañas para crear las espadas blancas.

—¿Por qué fueron capturados? —Su piel se le había erizado. Kaoru presentía que algo malo estaba por venir.

La joven se movió en el asiento, subiendo sus pies contra la pared, para estar más cómoda y recostarse en el regazo de la reina.

—Éramos una familia de herejes. Ellos practicaban con la magia e invocaban a varias criaturas de varias leyendas. Aunque siempre tratábamos de hacer el bien. Bueno, al menos yo. Cuando fuimos capturados, pensando que de todas maneras moriríamos, en ese entonces escuchamos varias discusiones sobre ciertas espadas santas y su ubicación. El elegido y el protector, incluso sobre el espíritu que 'bendijo' las armas y su verdadera identidad.

Pausó recordando con dolor la agonía que habían sufrido en esos días. Comiendo apenas un pedazo de pan con un vaso de agua. Esa, era su merienda, en su vida diaria.

—Hubo un testigo que dijo que este demonio bajó un día de los cielos, en los tiempos de Shaku, a tocar las espadas. Pero nadie le creyó, ni los sacerdotes, por el nivel de su ebriedad. Como miembro de un clan de brujos te puedo decir que este ser es un demonio una potestad que consigo trae legiones. Una que según las leyendas viene a gobernar a la humanidad y, que para salir a este mundo necesita de «sacrificios». De ciertos requisitos que antes no se sabían con exactitud.

La de labios rojos prosiguió.

—No sé mucho sobre lo que tiene que ver con las espadas. Para esto tendrías que hablar con el rey, quien es el elegido para empuñarlas, al igual que su madre. Por mi parte, cuando ese monasterio se incendió porque 'ciertas' personas lo provocaron, un monje me dejó escapar. Pidiéndome ir hacia el rey para contarle sobre la identidad del espíritu y todo lo que habían trabajado junto a nosotros.

Kaoru sonrió y acuario la mejilla de la otra mujer, compadeciéndose al ver una lágrima derramándose de su ojo y desaparecer en la cobija oscura que la cubría.

—Estaba a punto de irme. No iría hacia él, sino a rehacer una vida lejos. Sin magia ni mierda como esa, pues todo lo que sabía superaba mis expectativas. Eso ya no era divertido. Se hablaba de vida o muerte y una maldición. Pero no me dio tiempo. Durante el incendio, como un fénix que se eleva de las llamas, el hombre al que amas apareció. Tan majestuoso, tan imponente que incluso las propias llamas parecían temerle. Entonces, me tomó de la mano, y me dio una vida que nunca imagine.

Respiró profundo, limpiando su nariz con un pañuelo.

—Le prometí lealtad y darle todo lo que era de mi pertenencia. Mis conocimientos, mi alma y cuerpo.

Kaoru cerró los ojos regulando su respiración agitada. No quería escuchar eso en esos momentos. ¡Estaba rodeada de las aventuras del rey!

—Aunque nunca me tomó físicamente —sonrió al escuchar a la reina soltar una respiración más pasiva—, le juré que siempre seria su bruja, su médica o herbaria. Lo que él quisiera seria, a base de agradecimiento. Incluso trabajaría con él y con Seta en la segunda profecía de Nori Arai, la antigua reina, cuando el protector apareciera y las espadas fueran recuperadas; pero como vez nada de eso ocurrió porque ahora yo estoy aquí.

Así que era esa era su verdadera historia. Era interesante sin duda, no obstante, lo que le llamaba más la atención era el nombre que siempre le ponía la piel de gallina: Nori Arai.

Pues por alguna razón, las dos veces que había escuchado su nombre había imaginado a una mujer totalmente diferente. Distinguida fuerte y poderosa, pero no en el sentido de sus riquezas, sino su carácter. Tal vez un personaje que era intrigante, incluso tanto como el mismo rey Oscuro.

—Gracias por contarme eso, aunque sé que es muy personal. —Sus dedos dejaron de acariciarla y se alejaran incrédulamente al darse cuenta que era la primera vez que tenía ese tipo de acercamiento con otra mujer.

Pues en su niñez tuvo solo una compañera de juegos, mas nunca una amiga. Nadie a quien contarle sus penas o preguntarle sobre la moda, contar chistes o cortar flores. Hablar sobre sabores de dulces o cualquier tontería. Nunca hubo alguien a quien acariciar, abrazar y decirle que todo estaría bien. Siempre había estado sola, quizá tan sola como Megumi Takani.

Insegura por sus propias acciones, alejó su mano y se dedicó a mirar el cielo—. Puedes hacerme tus dos preguntas.

—Bien, esperaba eso. —La joven se irguió con una sonrisa mientras secaba sus lágrimas, las que habían resultado ser más de lo que imagino ver—. Dime, ¿ahora qué haremos con Tokio en el castillo?

¿Cómo que qué haremos? Se preguntó mentalmente sin controlar los gestos en su cara.

—¿Fiesta? —Kaoru utilizó sarcasmo despreciando el trato que había hecho con esa señorita.

—Ah, y ya habías subido de rango ante mis ojos. Eres demasiado conformista.

—No haré nada —confesó la reina palpando la madera de la ventana con sus dedos para ocultar que ese tema la sacaba de quicio—. Tu rey es un asunto que debe dejar de interesarme.

La doctora rio, tapándose la boca para oprimir el sonido. Esa joven era tan tontita que aceptó que el estar lejos del castillo posiblemente era lo mejor para ella.

—Pero te interesa —La miró divertida. Pero para su sorpresa no hubo ningún gesto en el rostro de la muchacha. Ahí, se dio cuenta que algo andaba mal con ella.

Lucía despreocupada, un poco pensativa pero no desgarrada como ella lo estaría. No era la mujer sufrida por amor. Ni siquiera había enojo en su mirada, solo esas viejas heridas que pudo ver hacia algún rato. Posiblemente en realidad no amaba al rey como todo el reino habían creído. Y, en realidad no era quienes todos pensaron. Pero, tal vez…

—Tu siguiente pregunta —le recordó, con voz seca. Ya tenía un poco de sueño y ese día había sido uno tan largo que su cuerpo comenzaba a reclamarle no haber dormido la noche anterior.

—¿Qué tanto escribes en esa libreta?

La reina Celeste se recostó en el marco de la ventana y cerró sus ojos.

—Cosas…

El gesto en el rostro de la mujer mayor obviamente mostraba su desagrado con la respuesta. Ese no había sido el trato.

—Es obvio, así que dime qué clase de cosas escribes ahí.

—No. Tú me preguntaste ya y te contesté. Según tu acuerdo nunca dijiste que debíamos entrar en detalles así que, con permiso, pero yo me voy a dormir.

¡Tonta! Se creía muy lista. Ah, pero no la dejaría en paz, si tenía que hacerlo insistiría hasta saberlo. Había algo en su comportamiento que no le agradaba.

—¿Escuchaste ese sonido? —Kaoru se irguió nuevamente prestando atención a su alrededor. Pues el que la carroza parara ante el ruido de una flauta no le parecía tan normal a esas horas de la noche.

—Sí… —Megumi se enderezó y volvió a su asiento abriendo con cuidado una de sus cortinas—. Antorchas —susurró al verlas a una distancia prudente. Esas personas se dirigían hacia ellas.

Kaoru también hizo lo mismo, botando las cobijas a un lado para esconderse dentro del carruaje. Confirmando lo que su compañera había dicho, apagó la vela que había estado prendida de su lado y se hincó para ver mejor mientras alzaba la tapa de su asiento. Esa congregación de hombres era muy grande y parecía peligrosa; sobre todo cuando le había pedido a Hiko un rato a solas y marchar por caminos separados.

—Diablos… —masculló buscando la pequeña espada plateada que ese hombre extraño que encabezaba el grupo de hombres le dio.

—¿Qué haces, reina? —Megumi la detuvo tomando su mano. De antemano el rey le había advertido lo lunática que estaba, pero no al grado de entregar su vida. A menos de que…—. No… —susurró incrédula. A menos de que eso fuera lo que buscaba.

—Debemos salir de aquí —Kaoru le arrojó una manta negra encima, justo como la de ella—. O terminaremos muertas o involucradas en cosas de tu rey.

III

Ya estaba desesperado, ese sujeto encapuchado se estaba tardado para darles órdenes a los hombres que le había prestado. Si no se apuraban Hiko los alcanzaría al oír el ruido corrompiendo el silencio del bosque. Y entonces ellos si serían hombres muertos.

Ensimismado con sus propios planes se adelantó al ver a una figura cubierta de negro salir por la ventana y tirar a un lado a los jinetes que habían muerto a causa de las flechas. Valientemente esa figura había cogido las riendas de los caballos para ordenarles partir con prisa. Eso era un reto, una invitación para jugar a cazar el enemigo. Así que la tomaría.

—Iré por ellas —sugirió alzando su mano para ordenarles a todos sus hombres.

—Las quiero con vida y sin ningún rasguño —le recordó el hombre dejándole todo en sus manos mientras que se subía a su caballo y los seguía de lejos.

Takeda sonrió y se echó a andar junto a sus soldados.

La persecución había durado bastantes minutos, atravesó del bosque y entre sus sombras. La neblina se iba espesando haciéndoles más difícil ver el camino enfrente. Harto de esa caza sin sentido ordenó a sus guardias acercarse más, lanzándoles flechas de fuego para desviarlas.

El hombre cubierto de negro que se suponía estaba liderando a esos hombres vio todo de lejos, abriendo y descartando algunas de sus vendas de su cara pálida para ver con claridad todo lo que pasaba.

—Diablos —murmuró observando como la carroza empezaba a incendiarse gradualmente y como el jinete perdía el control al acercarse a un barranco—. Esto me trae viejos recuerdos. —Se apresuró, golpeando a su caballo para apresurar el paso e impedir que el inútil de Takeda terminara de echar a perder sus planes—. Un bosque, flechas encendidas, una carroza, yo y… una reina muriendo calcinada. Ah, pero que casualidades de la vida.

Sin tiempo que perder volvió a ocultar su rostro antes de entrar en las tinieblas de ese bosque, llegando en el mismo momento en el que la carroza caía por el acantilado. Bajó de su caballo en seguida asomándose junto a los demás soldados para observar cómo un cuerpo salía del vehículo arrastrada por los restos de la carroza y la segunda persona abordo.

—Ah, tal vez eran un señuelo —se justificó Takeda limpiando el sudor en su frente y secretamente esperando que lo fuera para no perder la vida.

—No lo era, idiota —El hombre vestido completamente de negro gruñó, perdiendo la compostura por primera vez. Lo sujetó del cuello sin importarle la amenaza de espadas de los demás hombres contra su espalda. Estaba furioso. Si Kaoru moría nada de lo que había hecho valdría la pena hasta el momento. Nada, ¡ni siquiera su miserable vida!—. Si ambas mueren no me importara mancharme las manos con sangre por primera vez en mi vida. Te despellejaré y utilizaré tu horrible piel para cobijar a mis perros…

—Iré a buscarlas. —Se disculpó zafándose con miedo a que sus amenazas se hicieran realidad. Pero en el fondo no creyó cumplir con su promesa, esa barranca se veía profunda y no saldría con vida, no después de enfrentarlas incluso a punta de espadas antes de la caída.

IV

Sus ojos recorrieron la silueta de esa mujer en paños menores. Desde sus labios jadeantes hasta la punta de sus dedos. Su piel bronceada y muslos firmes fueron lo primero que llamó su atención. Las pocas cicatrices en su cuerpo y la apariencia de sus manos. Su cabello no tan maltratado y largo y la textura de su piel.

La habían atado de un madero en medio de esa habitación fría. Sus manos elevadas al cielo mientras el resto de su cuerpo colgaba por su peso, obligándola a arrodillarse en el piso por el cansancio. Sus labios estaban secos y su cuerpo olía al cuero de los guantes que la habían interrogado.

Pensativo, se cruzó de piernas sosteniendo su cabeza con el soporte de sus dedos. Aunque estaba ansioso de saber más sobre lo que había estado haciendo todos esos años, su mente estaba en otro asunto que supuestamente debía tener poca importancia para él.

—Entonces, según tú, huiste después de que alguien te ayudó a salir de tu tumba, huh —repitió el rey bostezando en el proceso. Por más que quería creerle a la que alguna vez vio como la inocente Tokio, las palabras que ella le había dicho antes de que supieran su identidad rebotaban en su mente una y otra vez haciéndolo detestar a esa versión que tenía enfrente.

—Ya te dije —resopló la mujer con cansancio. Era obvio que ya no era la misma niña de antes ni él el muchacho que creyó en ella. Ahora era más frío y hasta cruel. Alguien al que no sabía si volvería a ganarse—. Cuando desperté use la pequeña daga que Yahiko me obsequió en uno de mis cumpleaños. Me imagino que la metió ahí como forma de recuerdo o no sé.

Agachó el rostro y añadió:

—Grité e hice mucho ruido, cuando me cansé, un hombre fue en mi ayuda —pausó ladeando su cabeza mientras sollozaba—. Tenía miedo, miedo de la mujer que me había amenazado y después asesinado. Ella me dijo cosas terribles, incluso antes de que me hiriera me amenazó diciendo que mataría a Yahiko y a mis padres.

Él se bofó. Eso se oía tan simple… que simplemente sentía que había algo más detrás de todo eso.

—El resto lo sabemos, Misao intentó matarte y tu huiste. Pero… —Battousai se puso de pie cogiéndola de la barbilla para que le mirara—… lo que no tiene sentido es que no me buscaste todo este tiempo, Tokio. Verás… tus explicaciones me parecen más que excusas baratas para ocultar otros motivos.

Indignada ella negó con fiereza. Estaba dudando de todo lo que ella había vivido e incluso de lo que sentía por él.

—Como querías que viniera a ti si tú… ¡nunca me correspondiste! —gritó mostrándole el dolor que le habían ocasionado sus reclamos—. Sabías que te amaba incluso que estaba dispuesta a ser tu elegida para la profecía entregándote mi vida. ¡No! Te di mi vida cuando Misao la tomó. Porque era gente de tu reino, era tu responsabilidad.

Y así siempre lo había pensado. Serio, se alejó de ella sintiendo cada reproche suyo. Ella, la primera mujer que había 'muerto' a causa suya. Se había sentido mal todo ese tiempo por lo que había ocurrido que en ese momento recordó la promesa que les había hecho a sus padres y lo que debía hacer ahora que la tenía ahí.

—Está bien, Tokio —Alzó su mano restándole importancia mientras se volvía a sentar—. Te fuiste con el protector, ¿cómo lo conociste?

—Fue… fue por mera casualidad —tartamudeó moviendo sus muñecas dentro del agarre cuando le empezaron a cosquillear—. Un día en el sector donde vivía escuché un rumor sobre ti, sobre una recompensa y sobre un hombre que la daría si llevaban algo de información.

Claro, y lo había traicionado. Sonrió Battousai. Esa Tokio sí que era más interesante que la anterior.

—Fui y le dije que yo era tu elegida. No quería que te hicieran daño —confesó cerrando sus ojos—. Así que me entregué y les dije una que otra cosa para saber exactamente qué era lo que planeaban contra ti. Antes de ganarme su confianza pasé pruebas… que incluso terminaron con mi dignidad.

—Ah, pobrecita —ironizó con un gesto solidario para luego sonreír con malicia—. Y todo por mí…

Ese era un bastardo. ¡No era el mismo que había conocido! Sin embargo, su interés no menguó con esta nueva apatía suya. Era un reto que le agradaba.

—Sí, lo hice por ti… por mi familia y por mi propia vida —Tokio alzó el rostro para mirarlo a los ojos, rogándole que le creyera—. Tú me lo debes, todo lo que hice y lo que me hicieron. ¡Date cuenta que me alejaron de todo lo que amaba! Tú, Yahiko y mis padres. Ese día cuando ese puñal atravesó mi costado acabo con la vida que amaba.

Battousai se alejó desenvainando su espada para cortar las sogas y llamando a Yahiko quien había entrado con apuro al cuarto guardando la piedra Le'Seleore, en forma de corazón que había estado tallando.

—Ahí está tu hermana. —Se la ofreció con una palmada en la espalda—. No tengo más uso para ella. Bien puedes renunciar y largarte con ella de mi reino o quedarte a trabajar y mantenerla al margen hasta que tus padres aparezcan para llevársela.

—Gracias —Yahiko se deshizo del agarre. En su mente no tenía que agradecerle, estaba furioso con su actitud y no concordaba con sus acciones. Sin embargo, había algo en las palabras del rey que muy en el fondo le parecía correcto.

—Pero, Himura —le rogó Tokio, cayendo en los brazos de su hermano—. Tú, eras mi amigo… mi confidente y lo que más amé —La chica ignoró la sorpresa en el rostro de quien la sostenía. Pues para ella solo estaba el rey y ella—. No quiero perder nada de eso, lo… quisiera de vuelta.

Battousai la miró de reojo un poco sorprendido por lo que sus palabras habían causado en su interior. No se trataba de lo mismo que sentía cuando Kaoru le hablaba o le miraba, sino algo distinto, que lo conmocionaba escucharlo de alguien que no fuera la reina. Alguien que en su pasado había tenido un significado.

—No hago promesas. —Le dio la espalda llamando a Yahiko—. Tampoco te daré lo que nunca tuviste. Pero si quieres tratar —La volvió a ver con una sonrisa burlona—… eres bienvenida.

Yahiko se adelantó para impedirle el paso a su rey. Estaba confundido y no entendía el mensaje entre líneas que le había dado a su hermana. Pues, con él, nunca nada era tan fácil. Nunca.

—Antes de que empieces con tus dramas —el rey lo empujó pasándole de lado—. Dime lo que viniste a decirme cuando entraste con tanta prisa.

Sí, era verdad. Lo había olvidado por completo con la imagen de su hermana lastimada en el suelo. Y, cuando lo dijera, seguro sería colgada del árbol más cercano.

—La reina, se trata de ella.

—Ya, bueno —El rey le prestó poco interés al desamarrarse los protectores de muñecas que había usado en el interrogatorio—, ya que insistes te diré. Tengo mis motivos para tener cerca a Tokio pero no tiene que ver nada con Kaoru.

—No, no —Yahiko se atrevió a detenerlo antes de que acabara de quitarse los protectores de piel—. No creo que te quieras quitar eso antes de que te diga lo siguiente.

Ah, esto ya no le gustaba nada.

—Entonces, termina de decirlo. Pensé que harías más dramas con lo de tu hermana que con esto. Y, deja de mostrar esa piedra Le'Seleore si no quieres que tu novia se dé cuenta.

El joven asintió—Tsubame me acaba de informar que él, el protector, quiere a Kaoru. Irá tras ella ahora que la has dejado libre. Ellos… —Tragó en seco el joven, amarrando de nuevo el segundo protector del rey—. Saben lo que significa en la profecía sin tener las escrituras de la reina de Luz y la usarán contra ti. «Dejarla ir, rey Oscuro… al menos a estas alturas del juego, fue demasiado tarde» Eso fue lo que dijo enfrente de Tsubame. Creo que ya saben que mi prometida es una de tus informantes.

Sin ninguna otra palabra, el rey salió enfurecido, corriendo hacia la ventana más cercana, a pesar de estar en el tercer piso, saltó de ahí. Usando las decoraciones de esa torre para llegar más rápido a la caballería para desaparecer al cruzar los guardias de la entrada.

—¡Mierda… mierda, Kaoru!

VII

Kaoru abrazó el cuerpo tembloroso de Megumi y la atrajo para darle calor. A pesar de que sus propias extremidades también le dolían prefirió resguardar a la única persona que seguramente las mantendría con vida a las dos.

Limpió la sangre de su labio y luego de su ceja rota con un pañuelo húmedo, el que mojó con un poco de agua del manantial que había encontrado en esa pequeña cueva. Sus manos tambaleaban y tampoco podía controlar su movimiento, pero era Megumi la que le importaba más. Ella había sufrido peores heridas de las espadas de esos hombres en su intento de huir.

Los habían subestimado por tratarse de la oscuridad en ese bosque. Por ser un puñado de hombres mientras ellas supuestamente contaban con la agilidad femenina. Pero nunca pensó que contarían con dardos paralizantes. O que serían atacadas con flechas pequeñas, cuyo propósito era solamente herir y no matar.

Arrastró su pierna sin movilidad y siguió aplastando con una piedra las hierbas que la otra mujer le había indicado para curar la parálisis. Al terminar con esa porción se la colocó a la joven terminando con todas las pomadas para sellar sus heridas y luego descansó.

Ese tal Kanryu Takeda era el bastardo que las había herido en mayoría por causa de ese otro hombre encapuchado que le ordenaba. Con suerte, había salido libradas de ellos tras caer en un barranco al fondo del bosque frondoso. Donde les perdieron la pista dándoles una oportunidad para esconderse por esa noche.

Mañana sería otro día, y se juró salir de ahí con vida, para salvar a la otra mujer.

Limpiando su rostro, omitiendo el ardor de sus cortadas, comenzó a escribir en su libreta. Como mera distracción para no quedarse dormida, al menos en lo que Megumi recuperaba la conciencia. Ella la protegería, costara lo que costara.

VIII

—Kaoru… Kaoru…

Pudo distinguir una voz suave pero varonil a distancia. Dentro de sus sueños, mientras más se concentraba en lo que está viviendo, más veces oía el llamado de su nombre. Insistiendo y tratando de sacarla de esa versión alterna de su realidad.

Aunque era hora de despertar y su yo dentro de esa fantasía lo sabía, quiso quedarse más tiempo ahí. Donde la paz y la tranquilidad acaparaban y apaciguaban ese torbellino dentro de su corazón. Su mente volaba, así como su imaginación y tiempo con ese niño que desde el principio había aparecido.

Era imposible identificar con exactitud de quién se trataba, pero al juzgar por su corto cabello rojo, imaginó que era la versión infantil del rey la que su mente había creado. En ese sueño, era difícil entablar una conversación, solo jugaban y corrían en un campo lleno de flores blancas y otras rosas. Los cielos eran tan claros y azules y el intenso verde del pasto acompañaba al escenario para volverlo una tarde de primavera.

Eran estos aspectos o, incluso cuando ella se acercaba para hablarle, los que le hacían imposible no contagiarse de risas que ni siquiera ella entendía. Parecía disfrutar de su compañía y esa quietud durante ese encuentro fue la razón principal por la que no quiso despertar.

No obstante, ese ansioso llamado desde su otro mundo se hacía presente una y otra vez, reclamando su alma y atención para salir y renunciar a su paz. Poco a poco los colores se iban borrando y el niño se levantaba de su regazo tras un descanso. Una vez de pie le mostró el diamante en bruto, el que en la realidad el rey le dio al dejarla libre. Entonces, la señaló al sello del reino Oscuro con el dibujo de dos katanas, y después a él. Como si esto tuviera un significado, o como si en sus sueños tratara de decirle algo importante.

Sin entenderlo del todo, lo sujetó de la mano para no dejarlo correr como el infante lo tenía planeado. Extrañamente sentía dolor de verlo partir, no quería que se fuera. Quería abrazarlo tal y como ahora el niño se aferraba a ella. Pero entonces, el pequeño posó un beso en su frente, despidiéndose con un gesto amable de su mano… y una sonrisa.

—Kaoru… Kaoru…

Se revolvió en el pasto donde ya estaba recostada, abriendo lentamente los ojos al sentir unos brazos a su alrededor. Pestañeó varias veces encontrándose en el regazo de un hombre, y, al ver las mangas de un kimono azul oscuro se abrazó a este utilizando la poca energía que poseía. Pues, estaba mal herida.

Durante el gesto, sonrió, aunque fue apenas visible. Sentía que en cualquier momento se desmayaría o pasaría mejor vida. Pero no sería así, él había venido por ella. Tal y como siempre lo hacía.

No podía estar más feliz que incluso no le importó que Megumi no estuviera ahí, o la ubicación de su libreta que había dejado botada al quedarse dormida. Solo le interesaba esa presencia su lado, confortándola en medio de su dolor.

—Te encontré —Ante estas palabras Kaoru puso más atención y aflojó el agarre—. Incluso antes de que el propio rey Oscuro lo hiciera.

Su corazón palpitó con miedo obligándola a retroceder con intención de alejarse y huir. Recordaba esa voz y sabía que no era algo bueno.

—No te asustes, Kaoru —rio el de la capucha negra acariciando su mejilla herida y borrando una línea seca de sangre con su saliva—. Disculpa los modales de mis hombres. Kanryu debía traerte ante mí y no hacerte esto… pero juzgando tu condición y la suya es obvio que le diste pelea.

Ojeó rápidamente a los lados. Ya no estaban en la cueva y Megumi tampoco estaba. Necesitaba escapar para ir hacia ella, donde seguramente seguía tirada y en pésimas condiciones.

—Parece que te extraviaste en el bosque pues te encontré aquí tirada e inconsciente —La cogió de los brazos y luego de la cintura para arrastrarla a su lado.

No podía moverse, todas sus extremidades estaban...

—Sí, veras —volvió a hablar sujeto con el rostro vendado aferrándose más a su cintura para que no resbalara—. El rey está en camino no tardará en llegar por aquí, así que tuve que 'tranquilizarte' para apresurar el paso.

—¿Qué quieres? —Musitó ella con debilidad. No podía defenderse, pero tampoco sería muñeca de nadie. Si tan solo pudiera alcanzar el bolsillo de su vestido donde guardó el resto del polvo medicinal... Entonces, podría usarlo. Al menos, cuando su mano recuperara movilidad.

—A ti claro está. ¿Pero sabes? —Titubeó un poco volteando a mirarla—. Yo sí quiero una relación sincera contigo y no como el rey. Así que te diré un secreto… la razón por la que él te ha dado tu libertad y el motivo por el que viene de nuevo en tu búsqueda. Aunque te digo directamente que es para decirte que cogerá nuevamente el reino que supuestamente te devolvió.

Ya lo sabía. No necesitaba que nadie más le restregara a la cara lo de Tokio. Mucho menos un desconocido.

—Solo suéltame —insistió suavemente parpadeando para mantenerse lucida.

—La legítima reina de luz ha aparecido y por ende necesita regresarle a ella su reino.

Kaoru lo miró escéptica. Seguro el idiota tenía a la persona equivocada y por eso hablaba de cosas sin sentido—. Mi reino también es conocido como el de luz, y yo soy la reina Celeste, soy lo mismo…

—Ay, pobrecita ¡¿ese Himura malvado siguió ocultándotelo?! —Fingió indignación tocándose el pecho—. En ese caso escucha: uno, el reino de Luz originalmente es de ese muchacho estúpido que se cree el rey todo poderoso. Sí, tu padre hurtó y robó todo del reino Oscuro para alterar la historia y al huérfano nunca le importó. Pues el símbolo de la familia es lo que más le duele a ese bastardo pelirrojo. Ah, y dos… ¡me equivoque! Lo hice a propósito, para explicarte lo de los reinos, pero en realidad quise decir que tú y yo, Kaoru, somos iguales. En este juego llamado profecía hay dos reyes y dos reinas. Y tú en sí eres una pieza muy peculiar que está destinada a moverse contra la reina Celeste.

—Pero yo…

—No, preciosa. Tú… no eres la verdadera reina Celeste.

Continuará….


Notas de autor: Gracias a todos los comentarios y favoritos. También a las personas que amablemente se han acercado a mí para pedir adelantos y dedicar trabajos. De verdad es todo un honor. Muchas gracias. También a mi beta que corrige mi orto y a Edi.

Hoy introduje un término que anteriormente no usé porque tiene su historia. Es la palabra Le'Seleore. Esta palabra será usada para nombrar a los diamantes y la llave, después en uno de los capítulos que viene tendrá su explicación por obvias razones. Pero, es un honor decir que he llegado a esto con el permiso de mi mejor amiga. Cuyo nombre ha sido modificado y será usado para estas piedras, creo que la primera que apareció fue en las manos del rey Oscuro en los caps pasados, pero como ya dije no la nombra de esa manera porque él tiene sus razones. Sin embargo, hay varias pistas de lo que significa.

Así que gracias de nuevo a mi amiga quien me ha permitido hacerla parte de esta historia original 'Hail to the King' y Ceder o Caer (adaptación). Gracias y te aprecio tanto, como una hermana.