Infinitas gracias por la paciencia.


XXVI


Día 67. 07:23 am.

–Señorita Quinn, el desayuno está listo.

–Ya bajo, Julia.

Terminó de arreglarse frente al espejo sorprendiéndose de lo elegante que podía llegar a ser solo con vestir unos pantalones de jeans ajustados, una blusa suelta y sus infaltables zapatos de tacón. Quitó a Olaf de su cama y lo dejó en un lugar seguro. Una vez que el muñeco de nieve quedó a resguardo en la mesa de luz, le dejó un beso en la cabeza junto con «Que tengas buen dia, hijo» y abandonó la habitación con una sonrisa. Ni siquiera cruzarse con Shelby borró tal cosa. Más bien todo lo contrario. Se acercó a la mujer y, después de más de dos semanas sin hablar poco y nada, le dejó una caricia en el hombro y también un beso en la mejilla.

–Buenos días, familia –canturreó acercándose a su padre a quien le regaló un beso en la cabeza. Luego fue el turno de su madre a quien le rodeó el cuello con los brazos llenándole la mejilla de besos. –Buenos días, mamá.

–Veo que mi pequeña Quinnie está de mejor humor –comentó Judy con una sonrisa maternal en los labios. – ¿Quieres compartir con tus padres lo que te está pasando?

–Es obvio, Judy –intervino Russel apartando la mirada del periódico para dedicarle a su esposa una sonrisa de suficiencia. Como si el supiera algo que la mujer no. –Tyler Collins, ¿Te suena?

–Oh, Dios, no –resopló absteniéndose de golpear la cabeza contra la mesa. –No de nuevo con eso, papá.

Su padre había estado desde el viernes hablando del nuevo traductor de la empresa, señalando lo excelente profesional que era –basándose en las cartas de recomendación que había recibido– y llenándose la boca diciendo que no estaría mal que formara parte de su entorno íntimo. Quinn puso los ojos en blancos en cuanto se dio cuenta del mensaje detrás de esas palabras. Si no fuera porque era consciente de lo que su padre intentaba hacer, se hubiese molestado pero el hecho de que el patriarca de la casa quisiera emparejarla con un desconocido que parecía ser un genio en su profesión, le hizo sonreír. Aunque por otro lado estaba algo nerviosa al darse cuenta que el tema de su situación sentimental saldría a la luz, sobre todo frente a sus padres.

–Veo que eres como una adolescente a la que le cuesta ver la realidad, papá, pero como soy buena hija te lo dejaré en claro una vez más –soltó con una sonrisa completamente irónica y falsa. –Entre Collins y yo no hay, ni va a haber, absolutamente nada. Solamente somos compañeros de trabajo e incluso ese título es palabra mayor para definir nuestra inexistente relación, ¿Entiendes? Así que te pediría, nuevamente, que dejaras de buscarme pareja.

–Pasa que si no lo hago yo, tú no lo harás –replicó Russel ganándose una mirada asesina por parte de su esposa. Obviamente decidió ignorar tal cosa. –Tienes más de treinta años, Quinnie. No querrás quedarte para vestir santos toda tu vida, ¿O sí?

–Y tú no querrás jubilarte sin uno de tus testículos, ¿O si, Russel? –intervino Judy con voz áspera. No le pasó desapercibido a Quinn que su padre borrara inmediatamente la sonrisa que tenía en sus labios. –Si Quinn dice que no quiere nada con ese joven, no deberías insistir al respecto. Somos Fabray, no Clarington o Weston, ¿Está claro? Fa-bray –terminó separando el apellido para darle más énfasis a sus palabras. –No vamos manejando la vida de nuestros hijos a nuestro antojo o para beneficio propio.

–Lo sé. Lo siento, cariño –se disculpó Russel tomando la mano de su mujer por encima de la mesa.

Siempre había sido así. Su padre podía ser intimidante con quien quisiera menos con Judy Fabray. Quinn no sabía qué era lo que tenía su madre que siempre hacía a su padre volver sobre sus pasos y disculparse por haber metido la pata. A veces sin haberlo hecho. Sea lo que fuera, o Russel estaba muy enamorado de su esposa y por eso hacía todo lo que le ordenaba solo para verla sonreír de nuevo, o en el fondo realmente era un miedoso que le temía a su esposa y por eso bajaba la mirada cuando Judy lo regañaba.

–Por cierto, y hablando de Weston,… –agregó su madre llamando la atención de toda la mesa. Quinn estuvo a punto de atragantarse con la tostada que estaba comiendo en ese momento. –Me cruce con Diane el otro dia y me dijo que Rachel era una mala imagen para esta familia y que era una mala influencia para ti.

–Las cirugías le dan una mala imagen a ella y, en una oferta 2x1, también son una mala influencia –gruñó. Como siempre que un tema desagradable se presentaba frente a ella. –No le hagas caso, mamá. Rachel no es nada de lo que esa vieja de mier… Lo que esa mujer dice.

–Eso ya lo sé. Lo que me intriga es saber por qué habla de esa forma respecto a Rachel.

Rogaba internamente que su madre no le preguntara si ella sabía la razón por la cual la mamá de Brody detestaba a la morena. No quería romper la confianza que Rachel había depositado en ella. Más de lo que ya la había roto. Así que prefirió guardar silencio y beber su café. Pero le bastó escuchar el chasqueo de una lengua para saber que eso no sería suficiente respuesta para su madre. Así que terminó rodando los ojos mientras dejaba su taza de café en la mesa.

–La vieja momia odia a Rachel porque su niño maravilla salió con ella –indicó sin ánimos de entrar en más detalles. –La relación no fue bien y terminó todo mal. En defensa de Rachel, y no es que necesite una pero por las dudas, Brody fue un completo idiota con ella y también poco hombre.

–Espero que tú no seas igual a él –comentó su madre con una sonrisa que no supo descifrar junto con un guiño de ojos. –Me desilusionaría mucho saber que todos estos años de crianza en vez de dar frutos buenos dieron mercancía podrida. Y con respeto a los Weston… Al padre le faltan pelotas, a la madre le sobran cirugías y el hijo merece que le abran la cabeza solo para comprobar si tiene cerebro o no. Ese chico puede ser atractivo y, ¿Te acuerdas cuando pensamos que sería el chico ideal para nuestra Quinnie, Rus? Pero de inteligente no tiene nada.

No quería sonar exagerada al mejor estilo Santana Lopez pero el hecho de saber que sus padres quieran, o habían querido, emparejarla a Brody Weston le provocó un mareo y ganas de vomitar. No conocía ese detalle ni tampoco se lo había planteado. Había crecido en ese mundo superficial como para saber que si alguien se acercaba a ella era por interés. Así que prefería mantener a todos esos falsos lejos de ella. Y Brody Weston entraba en esa lista.

–También mencionó algo de un golpe en la nariz –agregó su madre con una ceja en alto. –Pero asumo que no sabes nada sobre eso, ¿O sí?

–Hmm… No –negó mirando a cualquier lado menos hacia Judy. –Brody Weston tiene una larga fila de personas que quieren golpearlo. Ya sea por acostarse con mujeres ajenas o simplemente por ser un idiota. Así que, tratar de resolver el misterio de quien lo golpeó en la nariz es como tratar de odiar a Tony Stark, mamá. No se puede.

Quizás podía llegar a entender por qué su padre se volvía un cachorrito abandonado. Judy tenía una mirada penetrante de tal manera que le hacía sentir que estaba frente a Medusa y, al mismo tiempo, también frente a la mujer más perceptiva e inteligente del planeta. No había engaño posible frente a Judy, iba un paso por delante de todos los miembros de su familia y si dejaba que alguno avanzara por encima de ella, era porque lo permitía. Seguramente si estaba a un paso de ganar, lo dejaría saborear la victoria solo para terminar devolviéndolo al punto de partida de una patada en el culo.

Así que cuando su madre soltó un «Pensé que tu fuerte eran las bofetadas, no las trompadas», supo que Judy había descubierto su secreto y que si preguntaba era solo para ver si le mentía o si le decía la verdad. No confirmó ni desmintió tal cosa, simplemente se levantó de la mesa junto con «Debo pasar a buscar a Beth» antes de acercarse a su madre para regalarle un nuevo beso en la mejilla.

–No te lo mereces por querer involucrarme con cuanto tipo se te cruza pero como soy buena hija te lo daré igual –afirmó dándole un beso en la cabeza a su padre que levantó una ceja. El parecido con Beth cuando hacía eso era escalofriante. Esperaba que ella no se viera igual a su padre cuando hacía lo mismo. –Ya sé que solo te importa mi felicidad, papá, y créeme que a mí también. Así que deja que yo la busque por mérito propio y si me equivoco en mi elección podrás decirme un «Te lo dije». ¿No te parece más agradable decirlo que tener que escucharlo?

–Eres tan embaucadora como tu madre –fue la respuesta de Russel poniendo los ojos en blanco. Frente a él, Quinn y Judy intercambiaron una mirada orgullosa. –Hermosas y perfectas pero embaucadoras.

Abandonó el comedor con una sonrisa divertida dejando a sus padres un poco de intimidad. Al pie de las escaleras estaba Shelby, seguramente esperándola. No borró su sonrisa pero si la disminuyó. Hacía tres semana que no habían hablado más allá de un «Buenos días» o un «¿Cómo te encuentras hoy?» y, si bien una parte de ella quería estar lejos de la mujer, había otra que le recordaba que por catorce años fue quien le ayudó con Beth y quien tuvo que aguantar su personalidad. Quizás, era hora de empezar a dejar todo atrás y avanzar empezando de cero.

–Buenos días, Shelby –saludó con educación.

–Buenos días, señorita Quinn.

–Pasare por Beth al departamento de Puckerman –indicó sin mirar a la mujer frente a ella. –Tenemos que hacer algunas cosas juntas pero creo que me vendría bien, ya sabes, un poco de ayuda. Beth y yo nunca nos ponemos de acuerdo en cuanto a nuestros gustos se refiere pero… Bueno, tú siempre has sido neutral y el punto medio entre las dos. Así que, no sé… quizás te gustaría venir con nosotras y ayudarnos a elegir.

Ver la sonrisa sincera de Shelby, junto con algunas lágrimas que habían aparecido en sus ojos, le hizo saber que había hecho bien en incluir a la mujer en sus planes. A lo mejor también necesitaba acercarse a ella y no sabía cómo hacerlo sin parecer entrometida. Tenía en claro que ahora no solo era Shelby Corcoran, la niñera de Beth, sino que también era Shelby Corcoran, la madre de Rachel.

El viaje en su Mercedes fue el momento más incómodo que tuvo que soportar en su vida. Pero no sabía cómo iniciar una conversación con la mujer que iba a su lado. No después de saber quién era en realidad.

–Ok, esto no tiene porqué ser incómodo – rompió el silencio Shelby. Quizás además de madre de Rachel, también ostentaba el título de «lectora de mentes». –Ya sé que ahora hay historia entre las dos, más de la que ya había antes, pero ser la madre de Rachel no tiene por qué ser algo que nos separe a ambas. Éramos cercanas antes, no veo porque ahora tiene que cambiar eso.

–Supongo que… Supongo que tienes razón –murmuró sin desviar la vista del camino.

Aunque le costara admitir, Shelby estaba en lo correcto. Antes de ser madre de Rachel, era la niñera de su hija, su amiga de alguna forma, su confidente, su apoyo. No había razón para cambiar esa relación ahora. Además no podía vivir enojada con la mujer solo porque ella no supo manejarse con la situación, y si llevaba sus planes a cabo necesitaría mucha ayuda. Especialmente con planes que incluían a Beth.

–Cinco dólares a que todavía siguen durmiendo –apostó una vez que estuvo frente a la puerta del departamento de Puckerman. –Seguramente tuvieron noche de videojuegos.

–Hmm… que sean diez –redobló Shelby con una sonrisa de superioridad. –Y me inclino más por noche de series. Algún policial. Las viejas temporadas de CSI, ¿Quizás? ¿Rizzoli & Isles?

–Ya veremos –afirmó con los ojos entrecerrados.

Antes de que pudiera agregar algo más, la puerta del departamento se abrió dejando al descubierto a un Puckerman con los ojos cerrados –bostezo incluido– y una Beth sobre la espalda de su padre con su cabellera rubia hecha un desastre. Entró al hogar de su amigo regalándole un beso en la cabeza a ambos mientras que Shelby detrás de ella murmuró un «Iré a preparar el desayuno».

–Beth, a la ducha –ordenó quitando a su hija de la espalda de Puckerman. –Y sin gruñir. Yo no los mandé a que se desvelaran.

–Ya tengo decidido lo que quiero ser cuando sea grande… ¡Detective! –exclamó la adolescente siendo empujada por Quinn que puso los ojos en blanco.

– ¿Qué paso con ser corredora de autos? –preguntó con un deje de ironía.

–Eso fue hace siglos, mamá. Te quedaste en la prehistoria.

–Fue hace tres meses, Beth –replicó. –Por suerte, aun tienes tiempo de saber que profesión es la adecuada para ti. Lo que ahora debe ocupar tu mente es darte una necesaria ducha porque, y no te ofendas, apestas a queso derretido y palomitas de maíz con un poco de helado y al perfume mata mosquitos de tu padre. Hazle un favor a la nariz de tu madre y ve a bañarte. Sé buena hija, ¿Si?

–Lo que ordene, Su Majestad –soltó Beth con una leve reverencia irónica.

Esperó a que su hija entrara en el baño para dejar escapar una risa por lo bajo seguido de un «Definitivamente es hija tuya» dirigido a Puckerman que gruñó. Obviamente, y como no podía ser de otra forma, el abogado se ganó un manotazo en la frente junto con un regaño por haber permitido que Beth se desvelara en vez de dormir las ocho horas necesarias de descanso.

–No fue mi culpa –se defendió Puckerman aceptando la taza de café que Shelby le ofreció. –Gracias, Shelby. No es mi culpa si heredó tu personalidad mandona o la intimidante de tu padre. Esa jovencita sí que da miedo cuando clava sus ojos azules en ti. Además es mi hija, mi única hija. Si no la malcrió a ella, ¿A quién sino?

–Oh, es toda una nenita de papi –se burló Quinn guiñándole un ojo a Shelby que apretó los labios para no reír. –Que no te escuche decirlo porque empezara con su discurso de «Soy una joven adulta y ustedes unos padres que se niegan a ver la realidad». Y su defensa sobre los Derechos del Niño no es algo que haya heredado de mí. Entre tú y yo, ¿Quién es el abogado? Por cierto, ya no le hables de tus casos pasados como si se tratara de la Guerra Civil o la Revolución Industrial porque, lamento desestimar tu «gran trabajo», no son tal cosa. Eres un brillante abogado pero nuestra hija no necesita escuchar una y otra vez la historia de cómo ganaste la tenencia del loro de la señora Graham.

– ¡Fue el primer caso que gané!

–Y no es el último, ni el único –replicó poniendo los ojos en blanco.

–No se sorprendan si la niña Beth opta por Psicología cuando sea grande –intervino Shelby mirándolos alternativamente con seriedad.

No entendió mucho ese comentario por parte de la niñera de su hija pero tampoco le importó tal cosa. Se había acostumbrado al humor de Shelby, sobre todo cuando ella y Puckerman eran principales protagonistas de eso. Beth volvió junto a ellos, quince minutos después –«Todo un record», pensó – y desayunó en completo silencio. Una vez que estuvieron listas, abandonaron el departamento de Puckerman y se encaminaron hacia los destinos marcados en su mapa.

Ponerse de acuerdo con su hija le costaba demasiado, sobre todo si ella decía «Me gusta este. Es pequeño pero… familiar» y la adolescente replicaba con un «Es una caja de fósforos, mamá. Y de familiar no tiene nada». Por suerte, Shelby estaba presente entre las dos soltando frases como «Deberían verlo desde diferentes ángulos» o «Ya encontraran algo que deje conforme a las dos».

–El segundo que vimos me gustó –comentó Beth mirando por la ventanilla del Mercedes.

–Sí, pero se nos iba del presupuesto –señaló Quinn deteniendo el auto. –Necesitamos uno acorde a las dos y también acorde a mi bolsillo. ¿Crees que con este nos pondremos de acuerdo?

–No lo sé. El lugar es bueno, parece tranquilo y está en el mismo barrio donde está la pizzería del tío Jake.

–Lo primordial es tu estómago, ¿No? –preguntó con una ceja en alto mirando hacia el frente. – ¿Entramos?

Beth asintió antes de enredar su brazo con el de Shelby y seguir a su madre. Dentro del edificio las esperaba una mujer bajita –«mide menos que Rachel», pensó una sonrisa burlona–, cercana a los treinta años, sin rastro de diversión en su rostro y una mirada de la que parecía ser mejor huir.

–Buenos días –saludó la mujer con voz monótona. –Soy Mia Hart y seré su agente inmobiliario. Esta propiedad en la que estamos posee nueve habitaciones. Salón, cocina, seis dormitorios con sus respectivos baños, y por último, una habitación extra que funciona como despacho.

–No creo que queramos tantas habitaciones, ¿O sí, Beth? –preguntó buscando a su hija con la mirada sin tener suerte. – ¿Beth?

–Aquí estoy –respondió la adolescente desde el piso de arriba. «¿En qué momento desapareció de al lado mío?», se preguntó mentalmente. –Debes venir, mami. Necesito mostrarte algo.

Subió al piso de arriba seguida de cerca por la agente inmobiliaria, aunque esta se quedó varios pasos más atrás respondiendo una llamada de teléfono. Apenas puso un pie en el piso donde estaba su hija, supo que algo había pasado. Beth la esperaba al final del pasillo con una sonrisa de oreja a oreja que se contagió en ella.

–Mira, aquí podría estar mi habitación –indicó la adolescente, señalando la habitación que estaba a su derecha. –Y aquí la tuya. Hay dos habitaciones más en el piso de abajo que podríamos convertir en una gran biblioteca. Podríamos armar una sala de juego en cualquiera de las otras y acondicionar una para cuando venga Joey de visita. Y las que sobran las dejamos para nuestros invitados. Ya sabes… papá, la tía San, mis amigas… Rachel.

«No te sonrojes» se ordenó mentalmente. «No te sonrojes. Shelby está cerca. No te sonrojes»

–Beth… –advirtió fingiendo que examinaba una de las paredes del departamento. – ¿Tú qué opinas, Shelby? ¿Te gusta este lugar?

Desviar la conversación siempre había sido algo que se le daba bastante bien. Desviar la conversación hacia otro lugar evitaba que tuvieran que hablar de Rachel. No porque la morena fuera un tema tabú, sino porque aún no se sentía preparada para hablar con Shelby de la joven. Así que lo mejor que podía hacer era hablar de otra cosa, y en ese momento hablar de su posible nuevo hogar parecía la mejor de las opciones.

Siempre había sentido la necesidad y el deseo de tener un lugar propio, un sitio al que llamar «Hogar». Vivir en casa de sus padres cuando Beth era una niña pequeña estaba bien pero ahora que su hija estaba creciendo debía darle un espacio propio. Algo que la adolescente pudiera decir «Es mío». Y ella también quería tener su propio espacio personal. En la mansión había desde empleados domésticos, pasando por el jardinero y el chofer, terminando en sus padres. Muchas personas que en lugar de hacerle sentir conforme con eso, le hacían sentir solitaria.

Como una habitación repleta de ruido que te hace anhelar el silencio absoluto.

Así que la idea de irse a vivir en un espacio propio no le pareció tan descabellada cuando acudió una vez más a su mente. Esta vez no le pidió a Tina que organizara la búsqueda de departamentos como había hecho cuando solicitó una niñera, sino que decidió encargarse ella misma del asunto. Ella y Beth. A lo largo de esos días, ya no regresaba a la financiera después del almuerzo. En lugar de eso, esperaba a que su hija saliera de sus clases y juntas buscaban su próxima vivienda. Obviamente, con muchos «De ninguna manera», algunos «Posibles pero no» y finalmente, muy pocos «Me gusta. Podría ser», no lograban ponerse de acuerdo con ninguno de los departamentos visitados.

Una parte de ella, y tenía que admitirlo, estaba aterrada frente a la posibilidad de mudarse de la mansión. Había vivido toda su vida allí, así que dejarlo atrás le hacía sentir que estaba a punto de saltar de un precipicio sin saber si el paracaídas funcionaria o no. Era plenamente consciente de que no habría vuelta atrás una vez que tomara la decisión pero necesitaba hacer tal cosa. No iba a ser fácil, estaba acostumbrada a despertar y ver a sus padres en el desayuno. Si se mudaba solamente vería a sus padres muchas menos horas de lo estipulado. Todo un cambio. Y todo cambio es aterrador.

–Me gusta este lugar, mamá –habló Beth interrumpiendo sus pensamientos. –Creo que es perfecto para nosotras y ya puedo visualizar cada uno de los detalles, cada mueble, cada aroma. No sé tú, pero a mí me encanta, ¿Qué dices? ¿Sí o no?

Debía analizar los pros y los contras antes de tomar una decisión. Contra: si decía que «Si» sería real la opción de mudarse. Real y aterradora. Pro: la casa de sus padres quedaba a tan solo media hora de allí en auto. Llegada fácil. Contra: dado que el departamento quedaba cerca de la pizzería de Jake, la dieta de Beth se basaría solamente en pizzas. Pro: si venía muy cansada del trabajo, no había necesidad de cocinar. Contra: el colegio de Beth quedaba a treinta minutos y el tráfico parecía ser pesado. Pro: no estaba mal empezar a plantearse andar en bicicleta por las mañanas. Contra: Bushwick quedaba de cuarenta minutos a una hora en auto. Más lejos que la casa de sus padres. Pro: tenía la excusa perfecta para que Rachel se quedara a dormir en su casa sin quedar demasiado obvia.

–Hmm… creo que si –respondió al darse cuenta que tenía una larga lista de pros y contras. –Creo que este podría ser nuestro nuevo hogar.

De haber sabido que su hija iba a abrazarla y a llenarla de besos de la forma en que lo hizo, habría propuesto mucho antes irse a vivir a otro lado. Notaba la felicidad que Beth estaba sintiendo en ese momento y ella también se contagió de esa sensación. Shelby, frente a las dos, las miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Con un movimiento de cabeza le indicó a la mujer que podía acercase a ellas y en cuanto Shelby la abrazó, olvidó el porqué estaba molesta con la mujer. Fue como volver a sus años de universidad en los cuales la antigua niñera de Beth se quedaba a hacerle compañía dándole ánimos en silencio cuando debía estudiar para un examen complicado y se estresaba porque no lograba concentrarse.

Una vez más Shelby le estaba demostrando que, a pesar de ahora tener el título de «madre de Rachel», para ella siempre sería su sostén en las decisiones importantes de su vida.

–Nos quedaremos con este lugar –le comunicó a la agente inmobiliaria que ni siquiera sonrió.

«Amargada» pensó.

–Perfecto. Mañana por la mañana puede pasar por mi oficina a firmar el contrato –fue lo único que dijo la mujer bajita. Por suerte Beth llamó nuevamente su atención.

–Quiero mudarme cuanto antes aquí. Deberíamos ir a comprar los muebles

–Wow… Despacio, Rayo McQueen –se burló Quinn abrazando a su hija por los hombros. –Vamos de a poco, ¿Ok?

–Ok –murmuró Beth con una sonrisa emocionada en los labios.


Día 70. 11:48 am.

–¿Por qué no me sorprende que lo primero que armes sea la cama, Puckerman? –preguntó bajando las escaleras. –Santana, cuidado con esa muñeca. Recuerda lo que dijo el doctor.

Con los ojos cerrados se tiró en el sofá que estuvo más cercano a ella. Decorar su nuevo departamento era un completo caos. Sobre todo si se tenía como ayudante a Puckerman que lo único que hacía era abrir y cerrar el refrigerador como si el aparato fuera a llenarse en un abrir y cerrar por obra de magia. Santana por otro lado también había ido a ayudarla y, como últimamente sucedía, donde iba Santana, iba Brittany. Lo que por un lado era genial tener un poco de ayuda. Siempre y cuando no intentaran llevar cosas juntas bajo la excusa de «San no puede hacer fuerza con la muñeca y yo le presto una de mis manos», lo que siempre termina con algún objeto roto y la paciencia de Quinn disminuyendo considerablemente.

Aun no planeaba mudarse definitivamente al departamento, primero quería decorarlo y al mismo tiempo ir despacio separándose de sus padres para que la despedida final no fuera un golpe duro para ambas partes. Aunque secretamente estaba completamente segura que a ella le costaría más que a sus padres la «emancipación» de su pequeña hijita. ¿Por qué no pudo ser ella la mayor de las hermanas y la más independiente emocionalmente? Seguramente Frannie no habría tenido ese problema si estaba en su lugar.

Aunque sus padres no habían puesto trabas a su decisión, podía descubrir a veces a su madre mirándola con cierta melancolía y emoción que le hacía creer que se largaría a llorar de un momento al otro. O quizás era ella la que se lanzaría a llorar de un momento a otro. No entendía por qué estaban tan emocional últimamente. Quizás porque iba a ser la primera vez que se separaría de sus padres permanentemente.

–Cuando se habla de mudanza, por lo general lo asocio a pañuelo en la cabeza y maquillaje corrido. Jamás pensé que ambas cosas se verían, en vez de desastrosas o vergonzosas, completamente perfectas en una persona –comentó alguien entrando al departamento. Le bastó una media sonrisa de esa persona para que sus mejillas comenzaran a arder y su estúpido corazón latiera sin control alguno. –Hola.

Abrió y cerró la boca sin saber exactamente qué decir, o sin saber por qué de su boca no salía sonido alguno si había dado la orden mental de que eso pasara. Supo en ese entonces que, sin importar que fuera una mujer adulta, siempre se sentiría como una adolescente en presencia de Rachel.

No habían hablado mucho a lo largo de esos días. No hubo más palabras después de la charla en el departamento de la morena. No había necesidad de más palabras. Ambas habían sido completamente honestas con la otra, así que –por lo menos ella– no necesitaba nada más que eso. Había sido completamente sincera cuando le dijo a la morena que si no podía tenerla como su pareja por lo menos se conformaba con tenerla en su vida sin importar en calidad de qué.

Le complació notar cierto nerviosismo en Rachel, que aún no se había movido de la puerta. Fue entonces cuando recordó las palabras de la morena, por lo que terminó dándose vuelta en el lugar dándole la espalda porque no quería que la viera con el maquillaje corrido y su cabellera hecha un desastre. ¿Qué pasaba si desenamoraba de ella por culpa de eso? ¿O si Rachel comenzaba a verla como una vagabunda? Se vio tentada de correr hacia el baño, pero recordó que se había olvidado donde quedaba y que había miles de cajas en su camino que le impedía salir corriendo sin romperse el tobillo en el proceso.

–Estás perfecta así –escuchó decir a espaldas de ella. Respiró profundo antes de darse la vuelta en el lugar encontrandose con la mirada y sonrisa tímida de Rachel. –Hola de nuevo, Quinn. No deberías dejar la puerta abierta por más que estén en plan mudanza. Podría entrar cualquiera.

– ¿Q-que haces aquí? –preguntó ignorando las últimas palabras de la morena.

–Puedo irme si quieres –bromeó Rachel con una media sonrisa y su dedo pulgar señalando hacia la salida.

Como siempre que estaba enfrente de Rachel –y más ahora que estaba teniendo abstinencia de la morena–, su mente dejaba de procesar las órdenes dadas y terminaba haciendo con su cuerpo lo que quisiera. Y esta vez no fue la excepción. Así que, no le sorprendió para nada que su mano saliera disparada en busca de la de Rachel y, una vez que la encontró, tirara de ella haciéndola chocar contra su cuerpo. No quería mirar los labios de la joven porque si no su autocontrol se iría por la cañería pero se olvidó del factor principal de su atracción. El otro factor principal: los ojos indescriptibles de Rachel.

–Me encanta la forma en que me miras –susurró tragando saliva y su corazón latiendo más desbocado que antes.

– ¿Cómo…? ¿Cómo te miro? –quiso saber la ex niñera. Podía sentir la respiración agitada de la morena chocando en su pecho y también sintió las manos de ésta anclándose en su cintura apretando la blusa en sus puños como si no quisiera dejarla ir, o tuviera miedo que lo hiciera. – ¿De qué…? ¿De qué forma te miro?

–Como si fuera lo único maravilloso en esta habitación –respondió pegando su frente a la de Rachel que cerró los ojos. Sobre todo cuando la mano de la rubia se perdió en su nuca y la otra en su cuello dibujando círculos con su pulgar. –No puedo aguantarlo. Esto está matándome. Te veo y lo único que quiero es besarte, abrazarte, tirarme en cualquier sofá contigo y que el tiempo corra a nuestro alrededor. Y ni siquiera eso me importaría porque te tendría conmigo –tragó saliva antes de continuar: –Te tendría así, como estás ahora. Dime que te sientes igual que yo. Porque si no es así necesito que me lo digas para empezar a decirle a mi corazón que desearte y quererte es una mala costumbre que tiene que dejar.

–De ser así tú tendrías que decirle a todo mi yo completo que deje de pensarte entonces –señaló Rachel temblando. –Cuanto más lo intento, más fracaso. Y cuanto más fracaso, más lo intento. Es como un maldito circulo vicioso que gira entorno a ti. Y debería odiarme por eso, y odiarte a ti, pero no lo logro –se separó unos centímetros de Quinn para poder mirarla a los ojos. –No logro odiarte lo suficiente como para que mi mente considere necesario dejar de pensarte. Eres una maldita odiosa, arrogante, malhumorada y perra, y aun así estoy loca por ti.

–Yo también estoy loca por ti –susurró con una sonrisa oculta. –Creo que ambas caímos en este juego, y quiero creer que ninguna quiere salir. Al menos yo no quiero hacerlo y espero que tú tampoco porque, en caso de perder, me dolerá más lo que algo llegó a dolerme jamás.

–Ahora estoy en dilema –gruñó Rachel por lo bajo llamando la atención de la rubia que la miró con los ojos entrecerrados. –No sé si es tu vida pasada fuiste una reina dictadora o una poetisa rompecorazones.

–Hmm… creo que más bien fui una buscadora de gnomos –se burló antes de morderse el labio.

Era morderse los suyos para vencer la tentación, o morder los de Rachel y arruinar el avance que estaban teniendo. Prefirió vencer la tentación. Después de todo, si las cosas iban bien, se cansaría de morder los labios de la morena en un futuro que esperaba, fuera bastante cercano. Como había notado que el momento entre ellas ya había pasado se fue separando de Rachel lentamente, más que nada para que la joven no pensara que la rechazaba. Aun así, porque no podía con su incontrolable necesidad, se acercó a la mejilla de la morena y le dejó un beso muy cerca de la comisura de los labios.

Si iban a jugar, con gusto enseñaría sus cartas.

– ¿Te quedas a ayudar o viniste por algo en particular? –preguntó una vez que estuvo a una distancia considerable de Rachel. Aunque sus manos estaban entrelazadas. –¿Necesitas algo? Sabes que puedes pedirme lo que quieras, Rachel.

–Hmm… Yo…

– ¡Rach! –gritó Beth bajando las escaleras. Antes de que alguna de las dos pudiera decir o hacer algo, la adolescente se lanzó a los brazos de la morena. –¿Qué haces aquí? Pensé que nos veríamos esta noche en la pizzería del tío Jake.

«¿Desde cuándo hacen planes juntas?» se preguntó mentalmente. «Y Beth ni siquiera me pide permiso y Rachel ni siquiera me invita»

–Sí, lo sé, Beth. Eso sigue en pie –aseguró la morena tomando la mano de la adolescente que sonrió. –Necesitaba hablar con tu madre por eso vine. Fui hasta la mansión y tu abuela me dijo que estaban por aquí. Me… Me dio la dirección. Espero que no te moleste –terminó diciendo mirando a Quinn.

– ¿Por qué habría de molestarme? De cualquier forma ibas a tenerla –respondió con una media sonrisa. –Aunque me hubiera gustado a mí darte la dirección de mi nueva casa.

–Tranquila, mamá, que no faltara oportunidad para que puedas darle a Rachel…

– ¡Beth!

–Todo lo que tengas y quieras darle –terminó diciendo la adolescente con esa sonrisa traviesa heredada de su padre. – ¡Dios! Que mal pensada eres.

–No soy mal pensada, hija de Puckerman –aclaró clavando sus ojos en los de Beth. –Simplemente te conozco. Soy tu madre. Yo te parí.

–En todo caso, me diste a luz o me trajiste al mundo porque parir paren los animales –replicó la adolescente antes de girarse hacia Rachel que no ocultaba para nada su sonrisa divertida. – ¿Ves? Y luego alardea de ser inteligente.

–Me voy a seguir con esto antes de que mi hija me haga bullying –murmuró poniendo los ojos en blanco. Una vez que estuvo a punto de subir las escaleras, y lejos de Rachel y su hija, agregó: –Convéncela de que se quede a almorzar con nosotras, Beth.

Con un movimiento de cejas se perdió en el piso de arriba sin llegar a saber la respuesta de Rachel. Casi que deseó no haber subido cuando encontró a Santana con Brittany besuqueándose en una de las habitaciones.

–Nada de sexo en el suelo ni contra las paredes o contra la puerta –soltó con una mano en el picaporte y expresión cansada en su rostro. –Tampoco quiero que Brittany o, peor aún, tú, Santana, termine con el culo pegado en la ventana porque están teniendo sexo en una de las de las habitaciones de mi nuevo hogar. No quiero ninguno de sus cuerpos desnudo tocando los muebles, o…

– ¿Qué muebles, Fabray? –interrumpió la latina separándose de Brittany. –Solamente hay una mesa de luz vieja y rota, y la sola imagen de eso me la baja completamente, así que… Ven, Britt. Cerca de aquí hay un hotel. Vamos.

Mantuvo la puerta abierta de la habitación con una sonrisa arrogante que sabía que molestaría a su mejor amiga. No lo hacía porque fuera mala, sino porque no quería que nadie «bautizara» las habitaciones de su departamento. Si alguien debía hacer eso, seria ella. Aunque lo veía un poco lejano a eso. No parecía que Rachel fuera a ceder muy pronto, así que... Sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento de su mente –y también las interminables piernas de Rachel que habían aparecido de la nada– antes de seguir a su mejor amiga y su chica.

– ¿Puedo saber qué es lo que están haciendo? –preguntó con confusión cuando llegó al piso de abajo encontrandose con Puckerman, Beth y Rachel tirados en el suelo mirando al techo.

–Shh… Silencio –gruñó su hija palmeando el lado libre que quedaba entre ella y la morena. –Ven aquí. Recuéstate con nosotros y dinos la figura ves en el techo.

–¿Hay una mancha de humedad en mi techo? –se escandalizó acercándose hacia donde estaban los demás. Ignoró el «Muévete» que soltó Puckerman cuando obstaculizó la vista de todos con su cabeza.

–Primero, no es solo tu techo –enfatizó Beth. –Es nuestro techo porque, por si no lo has notado, soy tu hija y no un hámster te compras para no estar sola en tu primer departamento, mamá. Y segundo, no hay ninguna mancha en nuestro techo –volvió a enfatizar. –Simplemente estamos apelando a nuestro lado artístico e imaginando que imagen podríamos plasmar en ese techo.

No tenía bien en claro el propósito de todo eso pero aun así se recostó en el suelo haciéndole caso a su hija. Cabe mencionar que se sintió algo tonta cuando su brazo rozó el de Rachel y cerró los ojos con ganas de eternizar ese momento.

–Es un techo demasiado blanco –comentó Puckerman moviendo la cabeza. –Debe, tiene y merece ser pintado. Yo digo que deberíamos dibujarle algo como un tiburón comiendo personas en la playa.

–Joey vendrá a visitarnos, papá. No quiero que el niño gatee bajo un techo que se come personas –replicó Beth. –Creo que una imagen tipo hippie ira bien. O la parte de alguna canción cualquiera.

–Ed Sheeran no estará inmortalizado en mi techo. Desde ya te lo digo –advirtió al notar las intenciones de su hija. –Si vamos a pintar ese techo tiene que ser lo que nos represente. Ahora silencio, necesito concentrarme.

Se tomó su tiempo en absoluto silencio. Por mucho que lo mirase desde varios ángulos diferentes –golpeando varias veces su cabeza con la de Rachel o Beth–, no lograba encontrar una buena imagen que pudiera plasmar. Quizás porque no lograba concentrarse realmente teniendo a Rachel al lado con su perfume «hipnotiza rubias hermosas» colándose en su nariz. O a lo mejor porque no era buena en todo eso del «Arte». Sea cual fuera la razón, su mente parecía estar muy lejos de encontrar una idea épica y digna de plasmar en el techo.

–Creo que deberían pintar el cielo en un dia de verano –sugirió Rachel en susurros llamando completamente la atención de Quinn que la miró. La morena le sonrió antes de agregar: –Ya sabes… algo que te haga sentir libre pero al mismo tiempo en casa. El cielo en verano me hace sentir así. Cuando era más pequeña y vivía todavía en Lima con mis padres, si tenía un dia malo recostarme en el patio de la casa mirando al cielo con las nubes pasando lentamente siempre ayudaba. Me permitía concentrarme y perderme en esa imagen y no en lo que realmente me molestaba.

No supo si Rachel no se dio cuenta –o quizás si lo hizo pero prefirió ignorarla– pero el escucharla hablar de esa forma hizo que se olvidara completamente del techo y se enfocara solamente en el rostro de la morena. Giró la cabeza y allí se quedó, en esa posición mientras Rachel le contaba las razones de porqué el cielo de verano parecía ser una imagen digna de ser plasmada. Por cierto, ¿Beth y Puckerman donde estaban? ¿En qué momento se fueron y las dejaron solas?

–He pensado en nosotras –susurró la morena después de un largo rato en silencio. No iba a confesarlo pero su corazón se detuvo en cuanto escucho eso. Por el tono de voz de Rachel no parecía algo bueno. –Te extraño muchísimo y creo que eso lo sabes…

–Pero… –interrumpió en el mismo tono de voz completamente bajo mientras que se obligaba a sí misma no exteriorizar el repentino dolor que comenzaba a instalarse en su interior. –Siempre hay un pero.

–Pero… – continuó la morena girándose en el lugar para quedar de costado mirándola los ojos. –Antes de ser completamente tuya, más de lo que ya me siento, o de darme a conocer enteramente por ti, necesito hacer algunas cosas primero. Necesito saber algunos «¿Por qué?» porque siento que de esa forma podré sacarme esos asuntos de encima y llegado el momento, solamente me enfocaré en ti. En ti, en mi… En nosotras.

– ¿Hay un «nosotras»? –preguntó con un nudo en la garganta.

–Hmm… yo quiero que haya un «nosotras». ¿Tú también lo quieres?

No respondió con palabras. Le hizo una seña a la morena con la cabeza y una vez que Rachel entendió lo que le quiso decir –quizás debería preguntarle como hace para ser buena descifrando señales físicas–, pasó su brazo por debajo del cuello de la morena permitiéndole a la joven que recostara su cabeza en su pecho.

–Me encantas y eso no se va de un dia para el otro. Es algo… profundo lo que me haces sentir –murmuró con algo de torpeza. –Lo que te dije en tu departamento fue completamente sincero. Tu ritmo, tus reglas, tus decisiones. No voy a cambiar de opinión. Y si me quieres a tu lado cuando te «saques de encima» esos asuntos, con gusto allí estaré… apoyándote porque es lo que quiero y deseo hacer el resto de mi vida.

–Me alegra escuchar eso porque ya sé que asunto quiero sacar de mi sistema primero –comentó Rachel levantando la cabeza. –Necesito hacerlo para avanzar y no quedarme estancada en ese recuerdo, preguntándome una y mil veces qué fue lo que hice mal. Por eso vine. Quería pedirte que me acompañaras a un lugar.

Ya no se preguntaba si había o no alguna posibilidad para ellas. Era obvio que había chance de que volverían a estar juntas. Extrañamente no le importaba cuanto tiempo tuviera que esperar. Había sido egoísta muchas veces pensando en ella misma y sentía que era momento de pensar en alguien más. Obviamente, ese «alguien» tenía nombre y apellido, así que ayudar a Rachel era lo primordial –junto con todo el asunto de la mudanza– en su lista de cosas por hacer. Por otro lado que la morena le dijera que la necesitaba a su lado en el camino hacia adelante que pensaba llevar a cabo, la llevó a experimentar una sensación de felicidad jamás sentida antes.

Rachel quería a avanzar. Y quería que ella formara parte de ese viaje.

– ¿A dónde quieres ir? –preguntó después de haberle dado un impulsivo beso a la morena en la nariz.

–A Bay Terrace.


Próxima actualización: Miércoles 25 de Noviembre.

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