I belong to you
Capítulo Veintiséis
Hacía mucho tiempo que no esperaba la llamada de sus hijos, habían dejado de contactarla desde hacía meses, quizás envenenados por su padre, quizás enojados por las acciones que cometía. Haydeé no estaba segura, pero tampoco le importaba y fingía ignorar el inmóvil teléfono olímpicamente mientras hacía zapping en el televisor. Todos los programas tenían un tema navideño, ¿cómo no esperarlo? Era víspera, como bien sabía y la estaba pasando sola. Se acomodó mejor entre las mantas que había estado usando para cubrirse mientras pasaba esa solitaria Navidad y su mente divagó hacia Johan, quien en esos momentos era, como ella lo denominaba, lo único que le quedaba. Si antes había sido distante con ella, ahora lo estaba mucho más y la mujer fingía no saber la causa, repitiéndose una y otra vez la letanía que la salvaba de caer en un profundo abismo de depresión. Qué podía compartir, que no importaba, no importaba mientras estuviera con ella, mientras no estuviera sola en ese frío apartamento...
Quizás lo supo desde siempre, quizás simplemente había sido un capricho... Pero, ¿cómo hace una persona cuando le quitan su capricho? ¿A qué se debe recurrir? ¿Chantaje emocional? ¿Chantaje económico? La primera opción estaba descartada, la había usado tanto que el muchacho se sabía perfectamente sus trucos y los rebatía hábilmente; en cuanto a la segunda, podría ser una opción, pero considerando la dignidad que éste tenía no era un punto fuerte en el cual apoyarse. No podía retenerlo, si seguía allí con ella era por alguna razón desconocida (lástima, quizás), no podía retenerlo y sin embargo, tampoco quería quedarse sola.
Se detuvo a mirar sus manos llenas de pequeñas arrugas y también el reflejo que le devolvían los cristales de las ventanas frente al televisor. Sentía que aún podía querer a alguien, que aún podía ser necesitada por alguien, como cuando sus hijos corrían por toda la sala en navidad esperando la cena y ella les dejaba la cuchara del postre para que la degustaran; como cuando su esposo le pedía algún consejo sobre sus negociaciones a pesar de no saber nada del tema; quería saber que era útil y de importancia para alguien, pero Johan en vez de dejarle saber cuánto la necesitaba, se empeñaba en hacerle ver que era todo lo contrario y que la persona que él quería ver día a día estaba fuera de ese apartamento. ¿Y a ella qué le quedaba? ¿Qué podía ser peor?
Casi como una respuesta a la pregunta que la atormentaba todas las noches antes de caer rendida de sueño, la puerta del apartamento se abrió bruscamente y por ella entró Johan, con el rostro encendido, no supo si por el frío o por el enojo, pasó como bólido por la sala sin siquiera mirarla y se dirigió a su habitación donde lo oyó revolviendo cajones y aventando cosas a diestra y siniestra, logrando que su ya de por sí angustiado corazón se oprimiera más.
Asustada y dejando caer las mantas que la cubrían se levantó y avanzó rápidamente hacia donde provenían los ruidos, sólo para que al llegar el alma se le cayera a los pies. Johan empacaba sus cosas a una velocidad de vértigo, una tras otra, las prendas iban cayendo dentro de una pequeña y desacomodada maleta, la misma con la que se había mudado la primera vez y junto a ese revoltijo de prendas había además plumas, lápices y hojas, puestos de cualquier manera, como si de pronto ya no importara si se rompían o no.
—¿Johan? —su voz sonó más fuerte de lo usual en la habitación, pues tenía tanto miedo que casi consiguió gritar en el intento. El eco de la televisión en la sala de estar fue su única respuesta y avanzó tambaleándose hasta el centro de la habitación, tratando de intuir qué demonios había sucedido—. ¿Estás bien? ¿Johan? ¿Ha pasado algo?
Ninguna de las preguntas tenía respuesta, parecía como si estuviera hablando con la pared. Pero si no hacía algo él se marcharía, tenía todas las intenciones y los planes extra en su mente para detenerlo ya se habían agotado. Trató de rebobinar las últimas semanas desde su negativa a dormir con ella, ignorando los impulsos dolorosos en su pecho que le indicaban que Johan veía a alguien. ¿Quizás esa era la razón? El hombre le había avisado que quizás no volvería por una noche o dos, pero si su razonamiento era correcto algo había salido mal con Juudai. Porque no era tonta, sabía que se trataba de Juudai.
—¿Ha-has peleado con Juudai? —el tornado que había estado azotando la habitación se detuvo en un instante y el europeo se le quedó viendo con miedo en los ojos. La mención de ese nombre evocaba algún tipo de recuerdo que le dolía y que le asustaba, pero como siempre, ella estaba a ciegas en ese tema.
—Me voy, Haydée —musitó con repentina calma el muchacho, con la expresión en blanco, como si fuera la sombra o el títere del hombre encolerizado de momentos atrás.
—¿Por qué? ¿Te ha faltado algo? —Haydée alzó los brazos hacia él, casi pensando que podría detenerlo de esa manera.
Si Johan tenía una razón no quiso compartirla con ella, en su lugar logró murmurar:
—Lo siento, sonará cruel de mi parte pero... Estas últimas semanas, quizás desde siempre... Te he visto más como una madre que como otra cosa, eso no cambiará —podía decirlo con seguridad, era la única certeza de su vida en esos momentos—. No es cuestión de que me falte algo o no, es que no puedo continuar aquí. Sólo viviendo a expensas de la gente, sin siquiera hacer algo productivo de mí mismo... —negó con la cabeza como si el pensamiento lo avergonzara y terminó de cerrar la maleta, que se echó a la espalda no sin cierta dificultad.
—Te dije que a mi no me importa, ¡no me importa!
—¡Tú lo que quieres es no quedarte sola! —no quería desatar su ira reprimida con ella, pero si seguía obligándolo a quedarse no respondía de sí mismo en esos momentos—. Haydée, te agradezco que hayas sido comprensiva conmigo a tu manera, pero créeme cuando te digo que esto no es real, ni de mi parte ni de la tuya. ¿Por qué no buscas a tus hijos? Yo no tengo nada que hacer aquí ya.
La mujer nisiquiera logró articular un adiós ni cualquier otra palabra antes de que la puerta principal se cerrara con un golpe seco. Él tenía razón en muchas cosas, probablemente en todas, pero ella no quería admitirlo, no en esos momentos, no ese día en particular. Y sin importarle siquiera que la televisión estuviera encendida y que el frío se colara por la ventana abierta, se acostó en posición fetal sobre la cama que alguna vez había pertenecido a sus hijos y luego a Johan.
Nunca sabría qué razonamiento había llevado a Johan a terminar con todo aquello, nunca sabría más de él. Y eso era lo mejor. Porque siempre supo que era un capricho y que se podía superar.
.
Si bien Juudai había estado pletórico de ganas de buscar a Johan nada más éste salió de la habitación tras su estupidez, el miedo lo seguía inmovilizando y con la excusa de las fiestas navideñas y de año nuevo no consintió en movilizarse hasta que éstas hubieran acabado, siempre alegando que bien podría estar con André pasándolo en familia (cosa poco probable), pues las demás alternativas sólo lo hacían temblar más y el reencuentro también, dichas alternativas incluían a varias mujeres entre ellas Haydée, no es que no se lo mereciera, pero no quería ni pensarlo. Que por su culpa Johan hubiera vuelto a lo que era antes... Era una idea demasiado horrible, inconcebible, destructiva.
Así pues, la mañana de Navidad la pasó con Fubuki, Asuka y algunos compañeros de la Universidad en un pequeño café cercano, mientras trataba de ignorar las miradas inquisidoras de todos y por supuesto, las murmuraciones de rigor, era casi un alivio saber que pronto no volvería a oírlos, tan pronto como encontrara a Johan y se fueran a Japón. En cuanto a su amiga y hermano, estaban preocupados por su salud mental y le habían asegurado que se quedarían con él y le ayudarían todo lo humanamente posible, aunque eso sí, limitados por las fechas en los boletos de regreso a Japón, que marcaban el primero de enero como fecha máxima; cosa que lo aliviaba en grado sumo, pues confiaba en que para antes de esa fecha todo se habría solucionado.
—No te preocupes, Juudai, se solucionará —afirmó Fubuki, afinando las cuerdas de su guitarra con entusiasmo y cuidado a la vez—. Esta vez la armaste grande, pero has salido de peores, sobretodo cuando antes fuiste novio de Asuka —la mujer alzó una ceja y su hermano guardó silencio al instante, tal era el poder de una mirada furibunda por su parte. Juudai rió sin muchas ganas. Les había explicado a ambos lo que había sucedido, quizás no completamente y con todos los detalles sobre su miedo y demás, pero tenían la idea y a su vez, la opinión de que había sido bastante idiota de su parte.
—Mas importante, ¿cuándo regresarás a Japón? Si las cosas no se solucionan... No te olvides que debes de regresar para el siguiente semestre —Asuka le dio un trago a su café caliente e hizo una pequeña mueca, aunque no estuvo seguro si porque se quemó o porque su hermano le hacía gestos a una chica a pocas mesas de distancia—. No puedes descuidar tus estudios por esto Juudai y mucho menos cuando tú mismo lo has causado. ¿No crees que lo vienes mereciendo? Es lo mismo que sucedió con nosotros —Fubuki pasó saliva y se las arregló para alejarse de ahí a toda velocidad, ahora que llegaba la hora de las verdades incómodas entre parejas prefería estar muy lejos—, no dices nada y uno sólo puede suponer.
—Corta el rollo —dijo cansinamente el castaño, dejando caer su cabeza sobre sus brazos cruzados sobre la mesa, era lo que menos le faltaba—. Lo sé, estoy consciente de mis errores. Tuve miedo de pertenecer y más estrictamente hablando, de lo que ser homosexual implica. Tuve miedo por los estúpidos conceptos que me inculcaron sobre que estaba mal y todo eso, debí hablarlo, no pensar que se solucionaría, pero ¿qué reprochas ahora? —se encogió de hombros y soltó un bostezo—. Ya lo hablaré con calma con él después.
Asuka se tragó las palabras que quería decir y frunció los labios. Si es que él quiere hablar contigo.
—Aún tengo el boleto de Jim por si quieres marcharte, vence el mismo día en que los nuestros —no estaba segura, pero debía ofrecerle una posibilidad, no para huir, pero sí para olvidar—. Y quedan tres días.
El chico fingió ignorarla olímpicamente. El tiempo se agotaba, de eso estaba seguro al oír cada tic tac del reloj, pero no conseguía hallar valor ni debajo de la cama, a pesar de que en varias ocasiones se había sorprendido ensayando las palabras que diría y el momento justo para hacerlo. Debía apresurarse, pues si todo salía como planeaba, tendrían poco tiempo para prepararse para ir a Japón. Tenía que apresurarse, tenía que...
—Buscaré a Johan mañana —le anunció de pronto al aire con un renovado ímpetu en la voz. No sería fácil ni esperaba que lo fuera, pero no quería que sucediera lo mismo que con Asuka, quien seguramente tenía guardados muchos más reproches de los que había expresado y todo debido a su falta de comunicación.
—Así se habla —asintió Fubuki, tras regresar a la mesa con la impresión de una mano en su mejilla izquierda.
.
Johan no tenía ningún lugar al cual ir y por descontado había desechado a su tío, si no le había ayudado antes, mucho menos lo iba a hacer en esos momentos. Así pues, regresó al único lugar que siempre le había pertenecido y del que seguía convenciéndose nunca debió de salir. La pequeña casa en los barrios más alejados del bosque de Bologne, la pequeña casa de paredes color claro rodeada de peligros y la cual contenía toda su escencia familiar. Llevaba ahí ya varios días e incluso pasó la Navidad dentro, sin siquiera pensar en contactar a nadie. Estaba demasiado sumido en sus propias ideas, en sus propios deseos y problemas, que poco le importó el no comer pavo ni tener compañía. Una peligrosa idea surgía en su mente como veneno líquido y se instalaba hasta en los rincones más profundos de su ser y cuanto más lo pensaba, más tenía todo sentido. Juudai, su vida, su rechazo. Si lo atribuía todo a esa idea... Entonces todo tenía sentido y también todo podía solucionarse.
Aquella mañana, siendo el 30 de Diciembre, tras levantarse, ducharse y desayunar, comenzó a guardar todas sus pertenencias en grandes maletas que habían pertenecido a sus padres, desde libros de texto viejos e inservibles, hasta la ropa que no se había llevado a casa de Haydée. Plumas, bocetos, revistas de arte, incluso hasta los dibujos pegados en la pared escrupulosamente, desfilaron hasta perderse en las profundidades de las maletas y balijas, cualquier persona que se asomara por la ventana en esos momentos podría haber jurado que el muchacho se estaba mudando, pero nadie intuía el verdadero motivo detrás de todo ello.
Era más de medio día cuando tuvo la mitad de sus cosas guardadas cuidosamente y se dedicó a contar el dinero que había ahorrado por años y que por fin le serviría para un propósito que él no consideraba como egoísta sino más bien productivo. Tenía la suficiente cantidad como para cumplir varios de sus objetivos, pero a la larga sabía que debía de trabajar nuevamente. No es que le importara, si todo salía bien hasta iría corriendo al trabajo. Pero en esos momentos todos eran sueños y esperanzas que debía salir a cumplir. Luego se encargaría del resto, lo vendería quizás, no lo necesitaba más, no le era útil más que como valor sentimental.
Cuando el reloj de pared de la habitación indicó que eran las seis en punto, el muchacho detuvo su tarea, dándose cuenta de que aún le faltaba la mitad de ella y decidiendo dejarla para el día siguiente, tenía hasta el primero de enero después de todo, no había prisa. Se sentó en el sillón desde donde alguna vez vio a Juudai dormir plácidamente y recordó el boceto perdido que había hecho esa vez. Entonces su mente viajó aún más atrás, a recuerdos de sus padres y de cosas que había perdido y deseaba tener de nuevo. Qué ironía que fuera de esa manera, que pronto no volvería a ver nada de eso, solamente através de sus párpados en forma de recuerdos. Pero así lo había elegido y no todo estaba perdido.
Descansó su cabeza sobre el sillón y cerró los ojos, disfrutando de uno de esos pocos momentos de paz, pero éste se vio interrumpido por el sonido de la puerta siendo aporreada. Genial, alguna visita inesperada, esperaba que no fuera Haydée.
—Ya voy —su voz retumbó por la habitación, sonaba cansina y apagada, lo que reforzó los sonidos en la puerta, como si alguien quisiera tirarla—. Ya voy, maldición.
Sus maldiciones se multiplicaron por tres una vez abrió la puerta y vio a Juudai frente a él, cubierto de pies a cabeza con un abrigo negro y calentándose las manos a base de su aliento. Tenía la cara roja por el frío y rehuía un poco su mirada, mientras que detrás de él, Fubuki le daba ánimos y una chica que reconoció como Asuka le daba un golpecito al otro. Sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. ¿Asuka...? ¿Juudai...?
—Johan, ¿puedo pasar? —considerando que la última vez que se habían visto Juudai había sido terriblemente descortés, por no decir estúpido, ese día trató de permanecer humilde y en sus ojos se entrevía el arrepentimiento.
El europeo no se apartó, seguía en estado de shock y no quería que viera el equipaje que había estado haciendo.
—¿Qué sucede? —Juudai se acobardó muchísimo cuando vio que en primera no lo llamaba por su nombre y que además tampoco lo había dejado pasar. Asuka se dio cuenta de que las cosas no estaban yendo bien y le dio un codazo a Fubuki para que ambos se alejaran lo suficiente como para no oír cosas desagradables, seguramente Juudai no querría que lo vieran y si ellos estuvieran en la misma situación tampoco.
—Johan, lo siento, ha sido culpa mía, yo... —subió sus ojos hasta encontrar los del otro y luego los desvió rápidamente, seguía siendo tan terco y miedoso, Asuka tenía razón, lo tenía bien merecido por ese carácter que tenía, pero ése era el momento de hablar, no había más tiempo, no podía detenerse ni aunque el miedo le cerrara la garganta y su orgullo el pensamiento—. Johan regresamos a Japón pasado mañana. ¿Vendrías conmigo...?
Nada, jamás, habría preparado a Juudai para la respuesta que iba a recibir, tan inesperada como una tormenta en medio del desierto.
—No.
Quizás lo tenía más que merecido.
Fin del Capítulo.
Notas de la Autora: Ahora sí que debería de conseguirme dos buenos guardaespaldas x'D. ¿Se lo esperaban? ¿No? ¡Seguro que no! Ya puedo ver sus caras de OMFG Quiero matarte! x'DDD. Hay faltas que ni un perdón pueden remediar (y aquí explicaría mi pensamiento sobre eso pero no es el tema x'DDD), veamos qué sucederá, no quiero dar pistas, últimamente no quiero porque eso arruinaría las sorpresas~ que por cierto si mis cálculos no me fallan (y aun no escribo el cap climax/conclusivo/etc, lo escribo este miércoles), le quedan dos o tres capítulos a esto~ Ahora, ¿por qué Johan está empacando? ¿Y qué pasó con Haydée? ¿Y ahora que va a hacer Juudai-sama con ese NO por respuesta? ¿Lo hará entender a golpes x'DDD? Ok, no~ lo sabrán la próxima semana, of course. Lástima que éste sea un mal regalo navideño, me siento algo culpable x'DDD. Pero es inevitable, la historia es así y así seguirá. Pásenla bien en Navidad, coman demasiado o0o, sean felices, no me odien y esperense a lo que viene :333. Espero de verdad que no quieran asesinarme x'DDD no en vísperas de Navidad ;-;!
Arriba los nuevos caps de Más que palabras y Amor: virtud? por si quieren leerlos o algo x'3.
Muchos saludos, gracias por leer y comentar :33.
Ja ne!
