«Las mujeres japonesas solteras decentes no cohabitan con sus parejas.» Esa fue una enseñanza que quedó grabada en la mente de Kyoko―más que enseñanza, un prejuicio―, desde la más tierna edad.
Ella, no era su novia, no, claro que no, pensaba en que algún día sería su esposa ―o al menos en esa época lo creía así―, pero no. Definitivamente no era su novia, sólo era su amiga de la infancia que se escapó con él para ayudarlo a cumplir su sueño de ser un gran cantante. Así que no había nada de inmoral o indecente en compartir piso con él. Así era como Mogami Kyoko, joven japonesa de quince años, se intentaba justificar a sí misma por compartir un LDK en Tokyo con su amor Fuwa Sho, en ese tiempo.
«Una muchacha japonesa que se respeta no puede hacer eso, eso solo lo hacen los amantes, los novios o los matrimonios.» Pensarlo le sube los colores a la cara y recordar las palabras de esa mujer que dejaron huella en su ―a veces exagerada― moralidad, le hacen hoy, tener sentimientos ambivalentes. Porque en el fondo esa persona quería que fuera la futura esposa perfecta para su nada perfecto hijo.
Al menos eso lo reconoce ahora, a regañadientes.
Dos años después, Mogami Kyoko, joven japonesa de diecisiete años, se justifica a sí misma por compartir un LDK en Tokyo con su nuevo amor Tsuruga Ren.
Ella no es su novia, no, claro que no, ni siquiera sueña con ser su esposa ―aunque muy en lo profundo de su interior sí que lo hace ―, pero no, no es su novia, es su hermana. En realidad, tampoco son hermanos, sólo están interpretando un par de hermanos incestuosos, muy peligrosos, eso sí que es verdad. Y como todo este embrollo es actuación no hay nada de inmoral o indecente en compartir piso con él.
Aunque lo haya visto desnudo, no una sino varias veces, aunque hayan dormido en la misma cama, aunque lo haya marcado y casi desnudado. Aunque nunca haya hecho nada de lo anterior con el bastardo número uno en el tiempo en que vivió con él, «no, no hay nada de indecente, picante o inmoral.» ― se autoconvence.
Y es que Mogami Kyoko ha cohabitado con los dos hombres de los que se ha enamorado.
Sin embargo, los hábitos son una cosa difícil de cambiar. Y ahí está ella, mirándose en el espejo de su cuarto, regañándose a sí misma, diciendo:
―Kyoko, has perdido tu pureza.― mientras intenta, fracasando rotundamente, desterrar los recuerdos de su "convivencia" con Tsuruga Ren.
