Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo dejé fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.


···+···

—2—


«El amor les brinda a los demás el poder para destruirte»

Stephenie Meyer


Decoy-Paramore

Love can kill you-Bt

Too much love will kill you-Queen- *Edward*


Edward pasó los siguientes tres meses saliendo a escondidas con Brigitt, estudiando a medias y pensando en todo lo que sus padres le ocultaban.

Con ninguno de ellos pudo volver a cruzar palabra, su madre siempre estaba chillando en un rincón o de mal humor y su padre lucía algo desesperado por su mujer. Edward no se había dado por vencido, lo iba a dejar pasar un tiempo hasta que un día, mientras esperaba en el salón de las Callaghway, escuchó sollozos provenientes de la cocina.

Alarmado, y pensando que era Brigitt trotó hasta allí y lo que encontró fue la silueta de Rebecca recostada contra una encimera mientras se limpiaba las lágrimas oscuras por el excesivo maquillaje que se deslizaba fuera de sus ojos.

—¿Edward?—ella susurró escondiendo su rostro entre sus manos, como si tuviera vergüenza de mostrarse—Oh, Dios. Lo siento, no quería que me vieras así. Perdona que no te haya dicho antes, Brigitt fue a pasar unos días con una tía lejana que a veces requiere de nuestros cuidados. Estaba haciendo té para conversar. Me encargó que te lo dijera.

El pelirrojo frunció el ceño pero asintió. Su teléfono celular no había sonado en todo el día, ni un mensaje ni una llamada. Ella se había ido sin avisar.

—Está bien, yo…—¿Cómo le decía que no quería quedarse más en esa casa, que su mirada le daba escalofríos cada vez que lo atravesaba?

—Puedes irte ya, querido—La mujer sollozó tratando de fingir una magnífica escena de destrucción mientras se ponía en pie adolorida y caminaba hasta el salón—anda, te acompaño hasta la puerta.

Sus piernas flaquearon justo al llegar al sofá principal y sus dedos huesudos se agarraron del lomo antes de dejarse caer llorando como si ella misma se hubiera muerto y su cadáver fuera lo que andaba en pie.

—Perdona—hipó entre chillidos—, vete ya y disculpa esto.

—No, no—el corazón bondadoso de Edward salió a relucir tal y como la Callaghway mayor lo había pensado en el momento exacto. Éste se deslizó a su lado y con algo de asco le tomó la mano para tratar de reconfortarla—, no sería de caballeros dejarla sola en este estado.

—Es solo que…son muchas cosas—balbuceó Rebecca gimiendo falsamente de dolor— y tus padres me han prohibido contarte algo. No… puedo…

El interés de Edward explotó en sus ojos en aquel instante y el asco que pudo haber sentido se marchó de golpe. Quería tener esa conversación.

—Me encantaría ser su apoyo—murmuró él inteligentemente—, no importa lo que ha prometido a mis padres, creo que tiene derecho a desahogarse y hablar con un amigo.

—¡Oh, querido! ¿De verdad eres mi amigo?

El animal hambriento dentro de Becca deslizaba sus garras y las abría una y otra vez, en sus labios una mueca asquerosa se dibujaba pero era de pura felicidad al saber su cometido tan cerca. Un par más de pasos y casi llegaba al fin del plan, Edward era casi suyo y el sabor de su sangre, de la pertenencia de un alma y corazón limpios ya le manchaba la lengua y las fauces de rojo.

—Siempre será un honor ayudar a cualquier dama—Edward II utilizó las frases de su padrino para hablar con esa mujer, todo con tal de poder entender que ocurría en su familia y las Callaghway.

—Ha sido todo tan difícil desde que padre se fue—murmuró Rebecca a modo de inicio, estirando sus—desde ya—pálidos labios mientras el labial formaba muecas fruncidas alrededor de ellos. Las lágrimas no se habían secado, pero ahora la voz, a pesar de ser trémula y obviamente falsa, tenía un matiz determinado.—Brigitt era una niña y yo otra, apenas y sabía cómo criarla y mantener la empresa a salvo, muchas veces caí embaucada, enamorada de uno u otro hombre que me prometían ayuda, pero nada se llegaba a concretar. Ellos tomaban lo que podían del imperio de mi difunto padre y luego se marchaban sin mirar atrás.

—Me había dicho usted que nunca tuvo pretendientes, que nunca quiso casarse—Edward recalcó haciendo memoria de la noche en que conoció a las hermanas.

—No eran cosas que pudiera ventilar así como así. Tus padres me conocían, pero yo aún no sabía cuán fuerte podrías juzgarme, así que mantuve mi boca cerrada. Ahora es diferente, eres amigo de la familia y te lo puedo contar—la mujer le regaló una sonrisa adolorida antes de continuar.

—Finalmente, estos últimos meses el dinero me ha hecho falta en la empresa, y todo ha sido por causa de un barrabás que se ha llevado hasta el último centavo de la nómina de los empleados por casi un año. Mis empresas no están en la quiebra, pero mucho me temo que no tendré quién maneje el capital restante. Cada hombre que confío en el puesto resulta siendo un desastre y todo el emporio se resumirá en cenizas sino consigo alguien digno del empleo. Estoy destruyendo el futuro de Brigitt.—Ahí, por primera vez el corazón de Edward latió apresurado en el centro de su pecho, abofeteándolo tan fuerte por el miedo a que su muñeca se viera asestada por necesidades tan banales pero brutales como las financieras.

Rebecca soltó un par más de confesiones acerca de malos manejos de dinero, pero lo que más utilizó fue a Brigitt y lo mucho que ella necesitaba un hombre en su vida, alguien que le pusiera límites y se encargara de llenar su mundo de todas las cosas a las que siempre había estado acostumbrada.

Edward II se sintió débil al imaginarse a su dulce mujercita pasando el dolor que la mujer mayor sentía.

Solo quería proteger a Brigitt sobre todas las cosas, de todos los males y de cada persona que quisiera hacerle daño. Y, aun desafiando los deseos de Becca, él sabía que no hacía falta un hombre en la vida de las Callaghway, porque en el centro de su alma Edward siempre supo, desde el momento en que las vio que su destino iba a estar ligado al de ellas irremediablemente. No necesitaban a otro, solo él podía remediar todo lo que estaba pasando en sus finanzas, según Rebecca eran solo cosas de números que él repararía en cinco segundos.

Amaba a Brigitt más allá de los límites de la cordura, jamás la dejaría a merced de otro. Y si tenía que soportar a la tediosa mujer que lloraba contra su hombro, lo haría por ella.

—Puedo ayudarla—Edward soltó a bocajarro cuando la mujer se había levantado para preparar algo de té—, sé de finanzas, deje que repare sus cifras rojas y las empresas estarán bien.

—Querido—susurró Rebecca acariciándole la mano—, me encantaría recibir tu ayuda, pero creo que deberías concentrar más tus energías en sacar adelante el que será tu propio emporio.

El cerebro de Edward despertó de una sofocación causada por las imágenes mentales de Brigitt en necesidad al escuchar la última frase. Tenía que saber que pasaba con sus propias empresas.

—No puedo ayudar cuando no me quieren allí—él se encogió de hombros. —¿Y qué puedo hacer? Ninguno de mis padres quiere hablar conmigo.

—Tus padres tienen sus propios líos, no saben cómo decirte a ti que la mayoría de las empresas se ha ido a quiebre.

El corazón de Edward se detuvo al escucharla.

No era cosa de enfermedades, de muerte ni vida. Era simple y puto dinero y cualquiera podía recuperarlo. Él podía, cada día aprendía de su padre nuevos trucos y los sumaba a los aprendidos con su padrino los últimos meses antes y después de salir del internado.

—¿Dinero? ¿Ambas familias estamos sufriendo por dinero?—Apenas y se lo podía creer. Su madre y esta mujer había hecho un show de los grandes por simple pasta verde.

—No puedo hablarte de algo que no me concierne—El monstruo dentro de Becca se retiró, sus dedos volvieron engarfiados hacia el centro de su pecho donde siempre conseguía adormilarse hasta tener al bondadoso Edward cerca. La respuesta de este a la verdad que ella había tenido que revelar había sido inesperada y lo había sorprendido. ¿Tan poca importancia le daba ese hombre al dinero?—, pero tus padres seguro pueden hacerlo.

Ella fingió limpiarse las lágrimas una última vez antes de terminarse el traguito de té restante en la taza de porcelana y ponerse en pie.

—Ha sido todo muy intenso—la mujer mayor murmuró sonriéndole tan suave y adoloridamente como podía—, pero creo que es hora de descansar. Ha sido muy bueno hablar con un amigo.

Edward II tenía una mueca en sus labios mientras asentía a forma de despedida y para cuando salió de aquella casa las manos aún le sujetaban la cabeza tratando de pensar. ¿Todo era por dinero?

¿Y por qué sus padres no habían hablado antes con él sí solo eran finanzas? A él le importaba en lo más mínimo quedarse en la calle o dormir bajo un puente mientras los tuviera a ambos y a Brigitt.

¿Por qué no solucionaban todo con una sociedad mutua donde ocuparan el esfuerzo y liderazgo de los unos y el capital de los otros?

Los pensamientos no se fueron de su cabeza esa noche ni las siguientes durante todo el mes que vino. Brigitt seguía tensa, su madre lloraba y su padre se negaba a hablar con él acerca de la puta herencia, las empresas y los bloques de construcción. Fueron los treinta días más largos de sus 19 años de vida hasta que se vio obligado a hacer cosas que jamás habría pensado.

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—Entiende, querida—la voz amargada de Rebecca acariciaba las paredes rosa del estudio exclusivo de Elizabeth mientras ésta se convulsionaba del llanto en uno de los sillones de cuero marrón—, es la única salida después del paso que tu marido dará.

—No te atrevas…. A no…nombrarlo—la pelirroja hipó levantándose de golpe para empujar a la mujer unos años menores a ella—, Edward I siempre ha sido tan perfecto conmigo.

—Es lo que sigue. Edward tiene que vernos a las tres completamente desprotegidas si queremos que tome medidas. Es un hombre inteligente, pero su corazón débil siempre lo traicionará por las mujeres. Tu marido es la única opción que nos queda.

—¡Ni siquiera sabes lo que me estás pidiendo!—Elizabeth clavó sus uñas rojas en el pecho de la mujer empujándola lo más fuerte que sus brazos se lo permitieron— Tú estás sola, ¡Maldita bruja frígida! No sabes lo que un hombre hace en tu vida. ¡No sabes lo que Edward I significa en mi vida! Lo amo ¡Este es nuestro sueño! ¿Cómo esperas que lo cumpla sin él? No puedo… ¡Este no era el plan!—La pelirroja se paseó por el salón respirando agitadamente mientras los sollozos seguían saliendo de su boca. La idea nauseabunda que Rebecca le proponía no tenía ni pies ni cabeza, iba a destrozar lo que ella quería. ¿De qué servía tener una aliada tan fuerte como Becca si para conseguir lo que quería tenía que quemar una parte de ella misma?

—No puedo…—volvió a susurrar mientras las lágrimas le nublaban la vista.

—Pues vamos a tener que hacerlo después de esta noche. —La mujer le palmeó el hombre a la señora Masen lentamente antes de tomar su bolsa verde y acomodarse los rizos cortos sobre el abrigo—Pero no te preocupes, no has de hacerlo sola. Te enseñaré como se hace. Brigitt y yo tenemos experiencia en esto.

Después de esas palabras, la Callaghway mayor abandonó la mansión Masen y Elizabeth se quedó sobre la fría alfombra, quebrada a más no poder mientras el dolor se proyectaba con las imágenes de lo que pronto tendría que hacer.

Era como si la cordura hubiera vuelto a su cuerpo, mente y corazón y de repente la barbarie de todos sus actos se reflejaban mientras la agonía le hacía convulsionar. Todos los momentos cuerdos y hermosos que había vivido con Edward su esposo antes de ser encerrada en ese horrible hospital de locos por Esme y Carlisle regresaron a su memoria. La forma en que ambos, de adolescentes se habían enamorado y la pasión los había consumido hasta puras cenizas, la forma en que Edward I hasta ahora la besaba dejándola hecha polvo, sus sonrisas quebradas, sus mechones blancos entremezclados con el cabello entre rojo y amarillo que tanto amaba. El plan que ambos habían trazado juntos, la forma en que se había embarazado siguiendo todo un programa totalmente diseñado para que su hijo fuera tan perfecto como el padre, aunque tuviera menor valor.

¿Cómo podía renunciar a todo? ¿Cómo dejar atrás al hombre que tanto amaba y seguir en pie, fingiendo que nada había pasado?

Si de algo estaba segura Elizabeth mientras chillaba como un animal herido sobre el salón rosa, era de que amaba a Edward I como si él fuera su propia alma. Jamás lo podría dejar de amar, aun cuando el mundo explotara o su plan fallara. Es más, ella estaba a punto de renunciar. No valía nada tenerlo todo cuando no podía tener al amor de su vida a su lado.

Lloró toda la mañana y tarde hasta que su amor la encontró hecha polvo, con los ojos hinchados y el cuerpo temblando, susurrando su nombre. Lloró pensando en lo enferma que estaba, porque la idea de renunciar al plan, mientras Edward le limpiaba las lágrimas y la bañaba, se desvanecía de su cabeza. Lo amaba tanto.

Y mientras lloraba, aun cuando era de noche y un brebaje caliente le cubría los labios, deseó que fuera Becca la que sufriera así.

Que fuera su marido, su corazón el que tuviera que morir. Que fuera la vida de su hijo la que tendría que ser destruida. Que fuera ella la que se quebrara en más piezas con cada lágrima.

Solo quiso que Rebecca Callaghway llorara en vez de ella.

Porque Elizabeth no iba a renunciar.

Edward I se levantó inquieto después de pasar toda la noche en vela, cuidando los sueños de su mujer. Ella solo había llorado así después de ser ingresada al maldito hospital psiquiátrico. Nada jamás tenía la fuerza de sacudir la tierra tan fuerte para ella.

Sin embargo, mientras él le besaba como saludo de buenos días, Elizabeth le aseguró que todo estaba bien, que siguiera con el plan y él, dudoso por ver dolor en los ojos de su amor, se retiró de la habitación y caminó al estudio al que Edward siempre acudía en busca de respuestas. Había pasado ya un mes y ahora él podía darle toda la información que el animalejo quisiera, las fechas estaban dadas.

Edward I se dejó caer en su sillón favorito y abrió uno de sus puros antes de colárselo entre los labios. Elizabeth jamás lloraba, de hecho estas últimas fechas ella estaba más que exultante por lo bien que el plan funcionaba, dentro de unos meses, ella siempre decía, se librarían del animalejo después de haber conseguido lo que más deseaban. Entonces ¿Por qué la presión de su pecho le indicaba que algo andaba mal? Edward Masen padre se dijo a sí mismo que los malos presentimientos eran todos una mierda. Nadie merecía saber que alguna pendejada iba a pasar en sus vidas, o pasaba o no, pero no se encendían alarmas si no era de adrede.

Se pasó las manos por el cuello y finalmente soltó un suspiro al ver al que llevaría su sangre colándose por la puerta del estudio en silencio. Como si pudiera engañar a alguien. Ellos, padres verdaderos o no, amándolo o no como los Cullen, siempre podrían anticipar sus movimientos.

—Animalejo.

—Papá.—La voz del hijo sonó algo afectada.—No pensaba encontrarte aquí.

—Has estado aquí cada noche, buscando cifras entre mis papeles. ¿Qué es lo que quieres saber? No me gusta cuando la gente husmea y mete sus narices en mis asuntos.

—Hablé con Rebecca Callaghway hace casi un mes—Edward II soltó después de un rato. Él quería ser tan frontal como su padre lo había sido hace unos segundos, aunque le tomara esfuerzo.—Tiene problemas manejando su capital, estaba muy afectada ante la idea de perderlo todo.

—Entonces, si querías ver sus cifras, podrías haber metido tu nariz en su estudio. No tengo números de esas empresas—atacó el padre soltando el humo de su última calada.

—Me confesó que nosotros también tenemos problemas de quiebre.

Tenía que seguir el plan, Edward I pensó mientras veía al chico desesperado pasarse la mano entre los cabellos para despeinarlos más que acomodarlos, tenía que decirle exactamente lo que debía oír. No importaba que fuera sangre de su sangre, Elizabeth y él se habían jurado el uno al otro jamás pensar al animalejo como su hijo. Eso solo afectaría sus planes.

—No es tu asunto.

—Es más que mi asunto—él replicó—, es mi patrimonio ¿No es así? Todos están preocupados por el dinero arruinando nuestras vidas. Bueno, si es mi patrimonio y puedo hacer algo para salvarlo, no dudes que lo haré.

—Eres solo un niño, no entiendes que no puedes salvar a toda una empresa con tus matemáticas inteligentes de bachiller. —Edward I soltó una risotada de burla al mirar los ojos del animalejo abrirse con dolor—La realidad es diferente, y no importa si eres un genio financiero, lo único que salvaría a nuestras empresas es capital y eso es algo que ni tus pendejas neuronas tienen.

—Quiero ver las cifras—el hijo pidió extendiendo su mano—, solo quiero saber. Si no consigo una solución prometo dejar todo esto atrás, no husmearé más. Pero creo que ya casi he encontrado la solución.

Tu madre y Rebecca te la han sugerido, Edward I quiso gritarle al ver la mueca de satisfacción en la cara del chico.

El padre le dio al hijo las cifras falsas que se había encargado de preparar, diez libros enteros de números y finanzas sin sentido fueron leídos por Edward en físico y en un archivo en la computadora. Edward I había dado todo de sí convirtiéndose en un contable excelente para eliminar toda huella de falsedad de esos informes.

La cara del hijo se llenó de preocupación tal como los padres lo habían querido y casi dos horas después de pura charla técnica, Edward II se encontraba asfixiándose al ver la ruina que su padre había planeado en papel y archivos digitales. Edward I por su parte, quería reír al ver el rostro del hombre en que el su víctima se estaba convirtiendo.

No tenían mucho tiempo, se confesó a sí mismo, la bondad y la inocencia no durarían por siempre en el que había de llamarse su hijo y si no tomaban ambas pronto el hijo sería inservible para sus planes.

—Es ridículo. Apenas puedo creer que esto haya pasado con las empresas. La maquinaria, las ventas de los bloques de construcción, las nóminas de empleados, todo está funcionando a la perfección. ¿Dónde está perdiéndose el dinero?

—Hace unos años confié en un equipo gerencial y contable para que tomaran las riendas del emporio Masen. Tu madre estaba en aquel hospital de locos que los malditos Cullen escogieron para ella, yo apenas podía vivir, no tenía sentido seguir adelante sin ella,—y la verdad empezó a filtrarse entre tanto teatro que el padre había montado al hablar de su mujer—todos nuestros planes se habían quebrado, y no me importaba el dinero, ni las empresas ni nada. Yo la quería de vuelta y me la llevé a Europa para tratar de limpiar la locura y el dolor que esa maldita familia le había infringido. No quisimos dejarte, y sé que nunca hablamos de esto contigo porque ni siquiera vale la pena recordarlo, pero nos fuimos porque sin tu madre esta familia no podía mantenerse en pie. Tenía que recuperarla y ver si ella aún quería seguir adelante con nuestros planes contigo.

Si Edward II hubiera sabido cuáles eran esos planes, seguro el corazón no se le habría oprimido dentro del pecho al escuchar la confesión de su padre biológico.

—¿Por qué los Cullen obligaron a mamá a estar en ese hospital?—La pregunta no pudo ser contenida por el hijo, que no pensaba en otra cosa que conseguir las verdades a todas las dudas en su cabeza.

—Carlisle robó todas mis ideas cuando estábamos en la universidad, ha sido mi ingenio el que fundó esa compañía suya. Y su mujercita no fue mejor, siempre me quiso a mí, quería todo lo que Elizabeth tenía, así que juntos utilizaron un falso médico de alcantarilla para "demostrar" que tu madre sufría de alteraciones psicológicas y se quedaron contigo.—El hombre mayor se encogió de hombros y encendió otro puro.— Yo solo la seguí, habría seguido a tu madre hasta el fin del mundo si fuera preciso. Aún lo hago.

Edward hijo abrió la boca para hablar, quería negar porque nada de lo que su padre había dicho sonaba lógico, sin embargo, al sentir la emoción en sus palabras en aquel juramento de amor a su madre, supo que Edward I no podría mentir tanto.

—En fin—el hombre mayor volvió a hablar—, cuando tu madre y yo regresamos las compañías regresaron a mis manos y el desfalque ya estaba hecho. Todo está perfecto, va sobre ruedas con el dinero que le he inyectado a través de unas acciones que compré y vendí mientras tu madre se recuperaba. Pero el desfalque de esos desgraciados en los que confié en mi momento de mayor debilidad siempre va a seguir allí, y ahora que la competencia está más dura, éste se ha hecho más presente. Las ganancias cubren la nómina de los empleados este año, y luego nos quedamos en la calle.

A la cabeza de Edward hijo regresaron todos los pensamientos que había tenido cuatro semanas atrás. La idea de una comunidad que apoyara ambas compañías podría mantenerlas a flote durante el tiempo necesario para establecerlas.

—Creo que tengo la solución—repitió dejando caer el informe que había estado tratando de leer—, las compañías Callaghway tienen todo de lo que nosotros carecemos y viceversa. Podemos hacer que ambas funcionen y salgan a flote.—Tomó un respiro antes de soltar su propia sentencia de muerte—Una sociedad es lo que necesitamos.

Edward I se regocijó al comprender lo rápido que la mente del animalejo trabajaba. La soluciónla había planteado por sí mismo, ahora solo quedaba dejar que su mente se relajara.

—Ve a dormir, niño—el padre ordenó levantándose del sillón— luego hablaremos.

—Pero papá…

—Duerme. Es mucha la información que tienes que digerir, hombre. Mañana hablamos.

—Entiendes que es la única respuesta ¿No es así? —El hijo preguntó desesperado.

—Una sociedad es lo que tendremos—le prometió el mayor con una sonrisa de satisfacción en los labios mientras le palmeaba la espalda al salir y cerrar el estudio.

Ambos caminaron a sus respectivos dormitorios y la noche los cubrió lentamente. El sueño había devorado las preguntas de Edward II y el miedo, las lágrimas y la agonía de Elizabeth se habían empujado por sí mismas en el pecho de Edward I a quién el sueño no quiso visitarlo, ni se dio por enterado de su necesidad.

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—Todo va a estar bien, querida—Rebecca le acariciaba el tembloroso brazo a Elizabeth mientras está jugueteaba con el gatillo que reposaba en el bolsillo de su largo chaquetón beige de piel. Las lágrimas le habían borrado cada gota de maquillaje que había fingido ponerse en la mañana.—Piensa que es por el sueño de ambos, porque siempre lo quisieron así y ésta es la única manera.

—Aléjate—la pelirroja ordenó con voz ronca mientras la otra mano enguantada tomaba el bolso blanco de la mesilla de café en el salón principal. Enfundada en un dulce vestido negro que contrastaba con su piel de porcelana, tacones del mismo color de diez centímetros y los rizos rojos recogidos en un elegante moño alto, Elizabeth estaba lista para cumplir con el plan que casi 20 años atrás se había trazado. Las perlas en su cuello opacaban aún más su imagen mientras el dolor le había temblar el pecho.

—Vámonos ya, entonces.

Ambas mujeres salieron cubiertas por chaquetones largos mientras la lluvia torrencial golpeaba los ventanales de la mansión. Un paraguas oscuro fue extendido sobre sus cabezas e impidió que las gotas empaparan la visión maravillosa de dos mujeres mayores que se deslizaban a cumplir la última parte del pacto que ambas habían hecho aun cuando niñas.

Un auto Mercedes como los que Edward I tanto amaba las llevó al teatro donde él mismo las esperaba. La lluvia no cesaba, los truenos y rayos reventaban la ciudad mientras lágrimas ya casi de sangre cubrían las mejillas de Elizabeth. Su piel casi tenía una marca indeleble por el recorrido que las gotas saladas siempre realizaban.

Al llegar, ambas caminaron a pasos lentos en dirección al palco exclusivo que los Masen tenían. Edward I esperaría allí por su esposa, para relajarla y darle un par de segundos lejos del animalejo que tanto corrompía su tranquilidad.

En la puerta abierta, donde una cortina burgundy las separaba del patriarca Masen, Elizabeth regresó sus verdes ojos a los oscuros de la otra mujer con odio, rabia y también determinación.

—Quiero hacerlo sola.

—Querida—Rebecca intentó protestar—, es algo muy difícil para ti. No podrás ocultar el arma.

—Quédate afuera—rugió la pelirroja mientras un sollozo silencioso le sacudía el pecho—te daré el arma y te vas. Después que lo oigas, solo déjanos en paz.

La mayor de las Callaghway pensó en negarse, pero no pudo al ver el alma solitaria y rabiosa dentro de los ojos de la mujer Masen. Asintió y camino varios pasos lejos de la cortina como si ahora fuera un vigilante.

Elizabeth Masen tomó un respiro antes de entrar.

Cuando su cabeza se asomó lo que encontró fue a su marido, plácido y riéndose al escuchar la obra mientras una soprano bastante rellena gritaba a voces y entre hermosas notas que se había enamorado del cerdo.

Ambos ojos se encontraron, verdes y brillantes por última vez. El conocimiento golpeó a Elizabeth cuando ésta se acercó hasta su marido y posó sus labios sobre los de él. Este era el último beso, el último aliento. Su última risa.

¿Cómo iba a vivir sin él?

—Amor mío—ella sollozó engarfiando sus manos alrededor de la chaqueta de él.

—Elizabeth—Edward I suspiró complacido mientras devolvía el beso y la sentaba en su regazo.—Te extrañé.

—Oh, Dios—ella no pudo contenerlo más, las lágrimas volvieron de nuevo quemándole la piel mientras una mano libre sacaba el arma del bolsillo del chaquetón.— Sabes que te amo más que a mi vida propia. No habría valido la pena vivirla si no fuera por ti. Eres lo único que siempre tuve en mi mente.

Los ojos verdes, casi gemelos a los de ella se abrieron ante la vista del arma. La idea de perder al otro golpeó a Edward I casi noqueándolo de dolor mientras sus brazos se apretaron alrededor de su mujer tan fuerte como pudieron.

—Elizabeth… Amor mío…

—Siempre te voy a amar, tu siempre fuiste mis sueños—ella con manos temblorosas ensambló el arma contra el pecho de él y la cargó juntando su frente con la de él—. Me enseñaste como cumplirlos, Edward y siempre te amaré por eso. Este es mi sueño, mi amor, deja que lo tenga.

El dedo índice de Elizabeth Masen jaló el gatillo y un sonido imperceptible, casi como el de un obturador llenó el palco. El silenciador había funcionado.

—Te amo, amor mío.—Ella susurró antes de lanzar el arma a las avariciosas manos del monstruo de Rebecca que sonreía de placer al sentir al chico casi en la punta de los dedos.

La mujer desapareció como llegó, pero Elizabeth no pudo moverse de allí, cargó su frente con la de él y lo besó como cuando habían sido niños, adolescentes de quince años que devoraban al otro mientras el aguijón agónico del dolor la atravesaba de pies a cabeza.

—Tu sangre es mi sangre—una mano agarró los mechones cobrizos de cabello y la otra se bañó en la sangre silenciosa que rodaba por la camisa—siempre, amor mío. Siempre.

Las lágrimas se filtraron de los ojos de ambos. Ella sentía como el amor de su vida moría entre sus dedos y él veía el ideal de su mujer destruirse a pedazos segundos antes de morir.

—Ahora tienes tu sueño—Edward I jadeó con su último aliento mientras la vida abandonaba por siempre su cuerpo.

La conmoción de la muerte de Edward I Masen en condiciones extrañas sacudió a toda la ciudad y aún más a los cercanos. Solo se había encontrado a su mujer sobre él, llorando como una Magdalena y vociferando que lo amaba sobre todas las cosas. Nadie sabía que ella misma lo había matado, no había arma y Elizabeth Masen declaró que el disparo había llegado desde lejos, que ella apenas había notado la sangre fuera de su cuerpo antes de gritar por ayuda y aunque la policía y todos los estudios mostraban que la bala había sido de impacto cercano, ella se negó a autopsias o estudios. Prácticamente hurtó el cuerpo de su marido para que nadie lo tocara.

Edward hijo, ahora el único existente, no supo cómo tomar la noticia.

No había conocido a su padre el tiempo suficiente como para profesarle un amor pasional, pero le dolía haber recuperado una parte de su vida y que se hubiese marchado así de rápido. Soltó un par de lágrimas antes de volverle la espalda al cajón en donde su padre reposaba y en el funeral repasó todas las habilidades que había aprendido de él, que no eran más que financieras.

Su madre estaba hecha un desastre. No podía ni pensar, las palabras no salían de su boca. Así que al hijo le tocó todo el trabajo, la organización y la despedida de un hombre que apenas había sacudido a toda la sociedad de una manera impresionante al regresar desde las cenizas con su mujer.

Dos días después la casa de los Masen aún estaba hundida en un sopor agonizante en el que casi se podía respirar el dolor por la pérdida. Brigitt apenas había hablado con Edward a pesar de que él la había buscado como refugio por el cúmulo de sensaciones desconocidas que sentía, la culpa por no llorar la muerte de su padre biológico como debería y la sensación de soledad que había barrido su alma lo empujaban al entender por primera vez en los casi dos años junto a sus padres, que no había conexión entre ambas partes más que los lazos de sangre.

Fue mientras Edward suspiraba al ver las flores oscuras en los bordes de la ventana del estudio que era ahora solo de él, que la realidad golpeó la somnolencia del hijo.

—Disculpe—una Matilda encorvada con los mechones oscuros recogidos detrás de la frente lo saludó nerviosamente—, un hombre lo está buscando, joven Edward. Ha insistido en verlo a pesar de la advertencia de su madre y no he podido hacer más que mantenerlo en el salón.

Elizabeth había salido, estos últimos días no podía ni respirar el aire de las habitaciones ni de su dormitorio. Tan terriblemente como era, el olor y los recuerdos, el perfume del amor compartido con Edward I la perseguían como fantasmas de la verdad en vez de la conciencia que se había extinguido por completo en ella.

—¿Lo conoces?

—Era amigo de su padre, que en paz descanse—susurró la niña asintiendo débilmente con la cabeza—, de hecho fue uno de los hombres que manejó todo antes de que ustedes tres regresaran, señor.

Todo está perfecto, va sobre ruedas con el dinero que le he inyectado a través de unas acciones que compré y vendí mientras tu madre se recuperaba. Pero el desfalque de esos desgraciados en los que confié en mi momento de mayor debilidad siempre va a seguir allí, y ahora que la competencia está más dura, éste se ha hecho más presente. Las ganancias cubren la nómina de los empleados este año, y luego nos quedamos en la calle.

Las palabras de Edward I se colaron en la cabeza del hijo. La preocupación más grande del padre que tan solo había sido discutida tres días atrás se veía como un holocausto a punto de explotar sin él.

—Hazlo pasar.

Diez minutos después de una ardua discusión, Edward II sin saber cómo, ni con qué autoridad había despedido al hombre que se había acercado a la casa con la mejor intención del mundo, solo tratando de demostrarle que la empresa estaba en buenas condiciones y que él y el equipo que antes había cuidado del emporio estaban dispuestos a seguir extendiendo los límites de las compañías. Edward había insultado, declarado de mentiroso al hombre creyendo ciegamente en las últimas palabras que había escuchado de su padre y que se repetían una y otra vez sin césar, como si fueran brutales "Te amo" que los padres debieran profesar a los hijos.

Ahora estaba solo y a la cabeza de las empresas de la familia. Podía hacerlo, pero iba a necesitar tanta ayuda…

—Edward.

Su madre estaba de pie en el umbral.

Vestida con un largo batón negro, caminaba descalza hasta él mientras los rizos pelirrojos bamboleaban de un lado al otro al ritmo de su paso. Tenía los ojos tristes, opacos y sin brillo, pero la furia y la determinación resaltaban en su mirada cuando la conectó con las suya.

—Mamá ¿Estás bien?

—Esas empresas y todos los bloques de construcción fueron el sueño de tu padre—ella comenzó con voz ronca por las lágrimas secas que le habían quemado la piel— y he visto salir de aquí al hombre que las destruyó cuando yo no estuve para apoyar a Edward I en sus cometidos. Sin embargo él siempre me apoyó en los míos—ella sollozó lentamente. — ¿Has tomado sus servicios como ayuda? ¡No aceptaré que abandones el esfuerzo de años de tu padre en manos de estúpidos!

—No, mamá. —Edward trató de deslizar sus manos por los hombros de ella para calmarla—. No acepté a nada ni a nadie, lo mandé al infierno. Cálmate.

Elizabeth respiró tratando de sentir la misma satisfacción que siempre la llenaba cuando su plan se llevaba a cabo como ella deseaba, sin embargo, no hubo ninguna sensación capaz de anular a la agonía latente por la pérdida del único amor que su alma había conocido.

—Quiero que te hagas cargo de las empresas tú—ella le empujó el pecho con una mano para tomar distancia y aguantar las lágrimas brutales que de nuevo le golpeaban el rostro—, no quiero a nadie más. Sé que tu padre te dijo lo del quiebre, así que repáralo. Has que las empresas de tu padre funcionen, Edward. Te lo ordeno.

Y sin más dejó el estudio.

No quería que el objeto de sus planes la viera llorar y quebrarse por Edward I, simplemente no podía dejar que viera el destello de debilidad que ahora la envolvía. Ya no era la mujer dolida y vengativa que lo había sacado del feliz lugar de los Cullen, era ahora una víctima más de todo lo que no había podido controlar.

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Los siguientes tres meses Edward trató de estudiar sus materias y cubrir las horas de trabajo en la empresa. Su cumpleaños 20 llegó y nadie siquiera lo notó. Brigitt no lo sabía, y cada día estaba un poco más distante, apenas se veían para tocarse y marcar la posesión del uno sobre el otro. Edward sabía que no eran la pareja con más comunicación del mundo, pero de todas maneras siempre se habían sonreído y el tiempo que compartían con o sin palabras era mucho más valioso que el sexo. Su madre no pidió hacer un gran pastel como Esme lo habría hecho. Cuando Elizabeth le dedicaba miradas era solo para reafirmar la orden que le había dado en el estudio, o para pedirle que llegara a cierta hora cuando había una reunión. La tristeza no se había ido de sus ojos, el dolor y la furia seguían allí pero la llama de la determinación poco a poco se iba apagando.

Fueron sus amigos del internado y los Cullen quieren llamaron todo el día a su viejo teléfono celular, dejando mensajes de voz o solo textos en vista de que él no contestaba. Sus deseos eran siempre los mejores, había emoticones graciosos por parte de Alice, insultos cariñosos con firma Rosalie, una fuerte y consistente voz con acento sureño en un mensaje de voz de Jasper y voces raras llamándolo Eddie de Emmett. Incluso Bree, la hija mayor de los Cullen había llamado, mocosa y llorona como siempre a decirle que lo extrañaba mucho, que no podía seguir con Evan sin que él la defendiera. La voz chillona del Cullen menor había cerrado el mensaje de voz con un "Deja en paz a Edward, él no nos quiere más."

Sus padrinos habían enviado una caja blanca con un lazo azul de seda que cubría a un dulce pañuelo empapado del perfume de hogar que los Cullen emanaban. Una tarjeta pequeña acompañaba el presente.

Siempre vamos a amarte, aún cuando no creas que seamos tus padres.

Te deseamos lo mejor.

Feliz cumpleaños, bebé.

Esme y Carlisle

La letra "E" de la última palabra estaba algo arruinada, como si la tinta hubiera sido afectada por agua. O por una lágrima.

La tentación lo golpeó al ver el cariño que sus padrinos, que toda la familia que había dejado atrás le profesaba. Sin embargo, decidió olvidarse de aquellas banalidades y dedicar todo su esfuerzo a manejar el quiebre, pero era innegable que el capital era indispensable. Si no conseguía dinero pronto, iba a perderlo todo según las cifras que su padre había dejado.

Fue una noche, casi dos semanas después de su cumpleaños que consiguió invitar a Brigitt a cenar a un restaurante en los límites de la ciudad. Quería que ella tuviera lo mejor, cualquier cosa para subirle el ánimo y eliminar su tensión.

—Te ves hermosa—él susurró mientras caminaban hasta llegar a la mesa. Él llevaba el maldito traje que usaba por la oficina mientras que ella vestía como todos los días de su vida, unos shorts cortos de tela, una blusa llena de tachas y brillos y altos tacones rojos. Estaba preciosa, pero la mueca en sus labios arruinaba la escena de perfecta muñeca.

—Gracias.

Se sentaron y ordenaron en silencio. La comida llegó pronto y la tensión los invadió mientras los restos de la entrada eran retirados.

—¿Estás bien?

—¿No debería preguntarte esto yo? —Ella se mofó—, tu padre ha muerto. Eres tu él que no está bien.

Edward no supo que decir después del crudo comentario. Cerró la boca y solo la volvió a abrir cuando llegó el plato fuerte.

—Esto no está bien—murmuró mientras ella jugaba con los fideos en su plato—, no me hablas, no me dices lo que está mal ¿Qué está mal? Por favor, dime que hice mal…

—No es tu culpa, solo son cosas de mi familia—susurró Brigitt mientras mentalmente se preparaba para echar la mentira al fuego del horno.

—¿Qué cosas, amor? —Edward deslizó sus dedos entre los de ella hasta que los encontró entrelazados. Estaba ansioso por escuchar lo que fuera que la atormentaba.

—Rebecca no puede conseguir alguien que maneje la empresa, y si sigue creyendo en charlatanes nos quedaremos en la calle. Ella… ella me dijo que ya había hablado contigo acerca de esto. Lo siento mucho—susurró clavando sus grandes ojos azules en los de él—, no he querido que lo sepas. Estoy muy avergonzada.

Así que era eso. Solo estaba avergonzada.

Una risotada brotó de Edward y lo tuvo de pie en un segundo, abrazando fuertemente a la niña que ahora se aferraba a él como si fuera la única chispa de alegría de su vida. Secretamente, Brigitt siempre disfrutaba tener a Edward porque era lo más cálido que jamás la había cobijado.

Se rieron juntos, entre tanta mentira y falsedad y terminaron de cenar. Luego él la llevó a comprar helados y a una montaña rusa donde ella gritó como loca y los dedos de sus pies se congelaron por el frío viento. Y finalmente, cuando llegaron a su casa, él la besó como no la había besado en meses, apretando ambos cuerpos solo para sentir calidez, harto del sexo frío que había llenado su relación durante más de tres meses.

—Te amo—él susurró besándole la frente como si ella fuera algo sagrado—y no temas ni te avergüences. Tengo la solución, amor. Todo va a estar bien.

Cuando Brigitt llegó a su dormitorio, suspiraba como niña tonta, enamorada por un hombre que daría la vida por ella, sin embargo, despertó del ensueño al segundo después del suspiro de amor, convulsionando al sentir que había caído ante su calidez como nunca antes lo había hecho.

No iba a poder tenerlo.

La idea de Rebecca estirando sus manos para recibir el regalo del amor de Edward la golpeó brutalmente, y la rabia de las memorias invadió su corazón al recordar todas las veces que sus logros habían sido arrebatados por su hermana. Al pensar en todos los hombres que le hubiesen comprado el cielo, y que en cambio habían sido conducidos hasta la locura para luego convertirse en cenizas después de su hermana se aprovechara de ellos.

Rabia contra Edward también se construyó, porque él había conseguido enamorarla. La había quebrado en más pedazos de los que ella podría contar en un futuro, porque todas sus fuerzas serían eliminadas al entregarlo a Becca.

El maldito la había roto y Rebecca lo obtendría, le robaría a él como había robado tantas cosas de su vida.

Mientras las lágrimas llenaban sus ojos, un plan se formó entre el dolor, la rabia y el deseo de venganza.

Estaba cansada de ser vendida al mejor postor, cansada de siempre jugar con los corazones de los demás para terminar como la muñeca rota que finalizaba con las manos vacías.

El plan—su plan—brilló ante sus ojos como el filo de la espalda más poderosa brilla ante la mirada de un caballero necesitado de un arma. Y ella podía no ser un héroe o un caballero medieval, pero necesitaba una defensa, un ataque, un arma y la sed de venganza.

Iba a darle a Rebecca lo que tanto quería, decidió mientras sus manos empuñaban las sábanas entre sollozos. Le iba a dar a Edward, y luego se lo quitaría para siempre.

Dejaría a su hermana sin nada y cobraría lo que ahora era suyo por derecho.


Dulces y adorables agradecimientos a: monikcullen009, Cullen Vigo, beakis, jupy, silviafarro, marah2221, Penny love Edward, saku12, Paola, Denisse-Pattinson-Cullen, VIVIORDC's, kimjim, Mary28Cullen, janalez. A laurita, por los PM y a Nela, que no sé si siga leyendo la historia, se le ha olvidado toda. U_u


Hola!

He vuelto a tiempo, espero que les guste la segunda parte y me cuenten que les ha parecido. Este capítulo no tiene beta porque la chica que me asignaron en FFAD se demoró mucho y no quería ser incumplida de nuevo. Gracias a las que comentaron y también a las que leyeron, aún me disculpo por mi tardanza anterior.

Estoy en Twitter como arrobaCherryValh, y de verdad si tienen algo que preguntar lo pueden hacer por ahí. Respondo más rápido.

¿Podrían pasarse por este link? 10sombrasrojaspuntblogspotpu ntocom Es original, es mío y tengo más de 15 capítulos escritos, pero no lo he subido. Me he apasionado un tanto.

Espero que tengan una linda semana santa, y si viajan que la pasen súper bien.

Review=Preview

Besos

Valhe