Disclaimer:
Ni Naruto ni sus personajes me pertenecen. Son obra de Masashi Kishimoto.
Sin embargo, ésta historia es de mi autoría por lo que queda prohibido el plagio o distribución sin mi consentimiento.
XXVI
Añoranza
Sarada se había vuelto muy observadora. Siempre se encontraba analizando cada detalle de su entorno con dedicación e, incluso, cierto recelo, intentando en todo momento entender las razones detrás de cada evento, de cada acción y de cada palabra dicha o callada, con la esperanza de poder comprender a su propia familia y, a la vez, buscar a alguien con quien empatizar, pues creía ser la única que sufría por un padre ausente, incrementando con ello la sensación de soledad que frecuentemente le azotaba.
Fue al cabo de algunos meses luego de haber ingresado a la academia que su atención había sido acaparada por Boruto, a quien conocía desde que tenía memoria, puesto que el niño era hijo del mejor amigo de sus padres, o al menos eso era lo que su propia madre le había dicho un sinfín de veces, cada una de ellas con excesiva alegría y seguridad. El rubio era un niño muy ruidoso y lleno de energía, siempre estaba haciendo travesuras y, a pesar de ello, nunca borraba su gran sonrisa, seguramente debido a la felicidad, suponía ella, que traía consigo el tener una familia como la de él. Sin embargo, eso cambió no mucho después de que el séptimo Hokage hubiese tomado el cargo, cuando las obligaciones habían sobrepasado al adulto, forzándolo a reducir aún más el tiempo con su familia, produciendo, a su vez, cambios en el pequeño Uzumaki, quien se había vuelto un tanto antipático y problemático, mas era evidente que aquello lo realizaba con el fin de exigir la atención de la que gozaba antes de que su padre hubiese sido arrebatado de su familia por semejante responsabilidad.
Sí, en un inicio, había sentido una envidia infinita y un anhelo reprimido al ver a los Uzumaki tan contentos y tan unidos. No pasaba desapercibo que el –en aquel entonces– aspirante a Hokage se desvivía por sus hijos. Le veía jugar y reír, con su esposa Hinata siempre cuidándoles y procurando que no se hiciesen daño. En definitiva, un cuadro completamente ajeno a su propia realidad que no hacía más que producirle una profunda desdicha.
Sin lugar a dudas, ella quería experimentar eso. El poder caminar por la calle, de la mano de papá y mamá. El poder ver a aquel hombre, del que tantas historias había escuchado, en la entrada de la escuela, esperando por ella para llevarla a casa. El poder dormir con ambos luego de que una pesadilla le despertase a media noche. El poder abrazarlo y decirle cuánto lo necesita. Y, sobre todo, el poder escuchar de sus labios que las quiere y que nunca las abandonaría.
Mas no tardó en darse cuenta de que no importaba cuánto lo desease, todo indicaba que tales sueños jamás se llevarían a cabo. Y, aunque comenzaba a resignarse a aquello, el dolor no lograba disminuir.
Así pues, había sido precisamente en Boruto en quien había encontrado, al fin, alguien que, tal vez, podría compartir un poco su dolor. Si bien, el rubio había estado toda su vida con su padre, gracias a su proclamación como el nuevo líder de la aldea se convertido gradualmente en una figura ausente para su propia familia. En definitiva, no le agradaba que alguien más sufriese por una pena similar a la suya, a sabiendas de cuán difícil podía ser la situación, pero debía admitir que le reconfortaba un poco no ser la única atravesando una etapa como aquella. Así pues, con tales pensamientos en mente, comenzó a ser más consciente del travieso ojiazul, habiendo ocasiones en las que le seguía, atenta a sus desplantes infantiles, gusto que no compartía y que, sin embargo, le intrigaba.
No obstante, a pesar del amargo consuelo de saber que no era la única que sufría a causa de la falta de una figura paterna, su situación seguía siendo por demás diferente, puesto que Boruto conocía a su padre, había vivido con él desde siempre y conservaba recuerdos de buenos tiempos a su lado, algunos de los cuales ella misma había sido testigo, por lo que, en el caso del Uzumaki, su sentir se había tornado en reproche y recelo ante lo que le había sido arrebatado, mientras que, en el caso de Sarada, ella no tenía con qué compararlo, dado que no conservaba ni tenía idea alguna de cómo sería su propio padre.
Sin poder evitarlo, volvió a preguntarse a sí misma sobre él, imaginándolo e idealizándolo, mas a sabiendas de que no podría encontrar las respuestas sin ayuda, pronto se encontró interrogando de nueva cuenta a su madre, sin poder disimular un deje de tristeza en su rostro y en su tono de voz. La mera pregunta había producido una especie de indignación en el rostro de la adulta, quien de inmediato le había asegurado con excesivo fervor que su padre las quería y que era esa la razón que le obligaba a permanecer lejos. Y, pese a lo simple que aquella afirmación podría parecer, Sarada no lograba entender qué podría ser más importante que su propia familia. No obstante, no tenía razones para dudar de ella, quien siempre le había demostrado un amor incondicional y desmesurado. Así pues, una vez estuvo un poco más repuesta luego de que su madre le hubo abrazado –como siempre– con más fuerza de la necesaria, cambió de tema, adentrándose en el terreno sentimental –que únicamente le concernía al par de adultos–, ¡pero es que ella tenía curiosidad!, quería saber si su padre era afectuoso, si era capaz de demostrar sus sentimientos como su madre… tal y como ella lo había imaginado en tantas ocasiones. Decidida, preguntó inocentemente a la pelirrosa si había besado a su padre. "Algo mejor que un beso", le había contestado con cierto bochorno y, al querer saber a qué se refería, obtuvo sólo una promesa y un pequeño toque sobre su frente que le había dejado desconcertada y, a su vez, había logrado que una calidez se instalara en su pecho. Cada vez que recordaba aquel extraño gesto, no podía evitar llevar su mano hacia su frente, ahí donde su madre había posado sus dedos. Raro. Muy raro.
Conforme fue creciendo, sus cuestionamientos no hicieron más que incrementar. Aún ponía excesiva atención a todo su alrededor, anhelando poder entender por sí misma todo lo que no le podía preguntar a su madre por falta de valor. Una de sus observaciones le llevaron a concluir, por ejemplo, que sus compañeros de clase poseían un increíble parecido con sus padres, algo demasiado obvio pero que, lejos de hacerla sentir bien, le hacían dudar de su propio origen. Era del conocimiento de toda la aldea el, ella creía, nulo parecido físico que conservaba con su progenitora, quien resaltaba tanto en color de cabello como de ojos –increíblemente, ambos naturales–, ¡y ni hablar de su personalidad tan explosiva y alegre! En verdad no se parecía a ella. Sin embargo, la misma adulta le había dicho que aquello se debía a la fuerza de los genes de su padre, con quien tenía mucho más parecido y, nuevamente, prometió que entendería una vez se reencontrase con él.
Cada vez le mencionaban a su padre, una mezcla peculiar se producía dentro de sí misma. Desde luego, había emoción y alegría, después de todo era papá, el sujeto más increíble en el mundo y, a pesar de ello, también había un sentimiento que, conforme el tiempo avanzaba, crecía y se extendía, intoxicándola con la amargura que le cobijaba cada vez que escuchaba sobre él, pues le hablaban de alguien de quien no poseía recuerdo alguno y, a decir verdad, comenzaba a dudar que pudiese ser capaz de volver a verlo.
Aunado a ello, su madre se mostraba dudosa cuando le preguntaba sobre su nacimiento, ¿es que acaso no le podía contar alguna historia como las que ya le había relatado con anterioridad? Le parecía natural que cualquier persona quisiese saber sobre su propia vida, conocerse e imaginar todos aquellos relatos que, al final del día, le ayudarían a aferrarse a la idea de una familia. Ella sólo quería saber más sobre sus padres para así poder visualizarlos como la familia que fue y no pudo seguir siendo, quería seguir creyendo en ellos. Pero Sakura se había mostrado reacia a soltar información, como si ella misma no contase con ella –lo cual era absurdo per se– mas aquello no la desalentó y continuó indagando, hasta que, al crecer, pudo percatarse de la desolación que se asomaba en el rostro de su madre, como si el tema fuese difícil o doloroso para ella, pero ¿por qué?
Y entre más vueltas le daba al asunto menos lograba comprender. Al final, era su propia pena la que crecía más.
En un afán por indagar más, intentó investigar por su propia cuenta con resultados por demás desastrosos, pues nadie sabía responder ni siquiera las más básicas cuestiones. En sus rostros lucía siempre la duda. Ni tía Ino, ni tía Shizune, ni siquiera el séptimo tenían idea, era como si su origen fuese ajeno a Konoha. Como si… no, claro que no, jamás dudaría de su madre, ella había sido la única que había estado con ella. Eran un equipo, el mejor de todos.
No obstante, no era la única que tenía dudas sobre la verdad detrás de la familia Uchiha. En una ocasión, teniendo cerca de seis años, ¿o serían, tal vez, siete?, no recordaba bien, pero lo que sí se le había quedado grabado, fue que, aquella vez, mientras esperaba a su madre en la entrada de la academia, no pudo evitar escuchar a un par de mujeres hablar.
–Ahí está Sarada –el par había intentado bajar el tono de voz, mas aquello había sido en vano, ya que la pelinegra les escuchaba con claridad, y la mención de su nombre no había hecho más que lograr que obtuvieran por completo su atención.
Pasó discretamente su mirada hacia ellas, divisando a una rubia y a una castaña, dudaba que fueran de mayor edad que su propia madre. Llevó sus ojos hacia sus pies en un intento por disimular, aún concentrada en escuchar cualquier cosa que las aldeanas tuvieran que decir sobre ella.
–¿Quién? –había preguntado la castaña, su rostro evidenciaba confusión.
–¡Serás tonta! –reprendió su acompañante–, ¡Sarada Uchiha! –dijo alzando un poco la voz. Pronto la comprensión alcanzó el rostro de la otra aldeana.
–¡Ah!, ¿te refieres a la hija de Sakura y Sasuke Uchiha? –preguntó. Sarada les veía por el rabillo del ojo, aún más intrigada luego de la mención de sus padres. La otra mujer asintió con ganas– Se ve tan sola –comentó la castaña al fin, ocasionando que la sonrisa se extendiera en el rostro de la rubia.
–Bueno, Sakura es madre soltera, no me extraña que la niña esté sola –comentó mordaz. Sarada frunció el ceño ante tan extraño título.
–¡Estás de broma! –chilló incrédula–, ¿acaso le pasó algo a Sasuke? –inquirió con preocupación, ocasionando también intranquilidad en la pequeña espía. La otra mujer se encogió de hombros.
–Nadie sabe nada de él desde hace años, y nadie lo menciona –explicó–. No me extrañaría que haya decidido huir de sus responsabilidades. Nunca fue muy adepto a la aldea ni a Sakura, ¿quién creería que de la noche a la mañana decidiría sentar cabeza nada más y nada menos que con su fan número uno?, ¡por favor! –sin lugar a dudas, la rubia destilaba veneno. Sarada no pudo evitar sentirse mal, como si la idea que tuviese de sus padres estuviese completamente errada.
–Pero tuvieron a la niña –replicó con compasión–. Y él estuvo un tiempo en la aldea con ellas. Lucía contento… –dudó– o eso creo.
–¡Para nada! –negó la otra al instante– Seguro fue un accidente y él intentó hacer algo, pero no tardó en darse cuenta de que no podía y prefirió dejarlas –agregó con emoción. Notándose a leguas cómo disfrutaba lanzar ese tipo de comentarios.
La castaña vio por largo rato a Sarada, quien había decidido mirar hacia otro lado, pretendiendo que su atención estaba en la calle frente a ella, mas las palabras ya habían calado hondo en su pecho.
–Con que madre soltera, ¿eh? –dijo la castaña. Una lastimera expresión estaba en su rostro– Debe ser difícil hacer todo sola, después de todo, tampoco ha abandonado el hospital, sé que está a la cabeza de éste –añadió con sincero pesar. Su acompañante chasqueó la lengua, como si su objetivo no fuese que empatizaran con Sakura o con su familia.
–Ella se lo buscó –dijo simplemente.
–¡Sarada! –escucharon el llamado de la pelirrosa a unos metros. Lucía sonriente, con una afable expresión en su rostro.
La aludida respingó en su lugar, mientras que las aldeanas bajaron aún más la voz, impidiendo que la pequeña pudiese seguir escuchando. No obstante, Sarada ya había escuchado suficiente, así que, sin más, tomó de inmediato su bolso y corrió hacia su madre, brindándole la mano para comenzar a caminar de regreso a casa.
¿Madre soltera?, ¿accidente?, ¿abandono?, no podía alejar esas palabras de su mente. La pelirrosa lucia siempre radiante, contenta, y lo que las mujeres habían dicho sonaba fatal, ¿sería capaz su propia madre de mentirle y de fingir con tal de evitarle el dolor de la realidad?, si aquello era lo que ocurría en verdad, entonces no lo estaba haciendo muy bien. Con aquello en mente y curiosa, como siempre, no pudo evitar preguntar esa misma noche, mientras cenaban juntas.
–¿Eres madre soltera? –lanzó de repente. Nunca tenía tacto.
Sakura se sorprendió por tal cuestionamiento.
–¿A qué viene esa pregunta? –quiso saber. Nuevamente la evasión, notó Sarada con pesar.
–Escuché a dos señoras diciendo algo así –respondió–, ¿qué es una madre soltera? –insistió. Un suspiro salió de entre los labios de la pelirrosa.
–No soy madre soltera, Sarada –dijo serenamente–. Tal vez tenga semejanzas con ello, pero no es mi… nuestra –se corrigió–, situación –al notar el rostro aún confuso de su pequeña, optó por continuar–. Verás… hay ocasiones en las que una mamá debe educar y cuidar a su hijo sola, sin contar con el apoyo del padre –explicó vagamente.
–¿Cómo tú?
–No es así –negó de inmediato–… al menos no del todo –añadió dubitativa–. Nuestro caso es muy peculiar, hija. Papá no está aquí por una razón muy importante, pero él te quiere más que a nada en el mundo. Sería incapaz de abandonarnos, y te aseguro que siempre está pensando en ti.
–¿Entonces por qué no viene? –las lágrimas se acumularon en los ojos azabaches en un santiamén.
–Sarada… –nuevamente había hecho sentir mal a su madre.
La pelinegra había cerrado los ojos, reprimiendo sin éxito las lágrimas que ya habían comenzado a salir. No le gustaba llorar, porque cuando aquello sucedía, su madre se entristecía también. No pasaron más de dos segundos cuando fue estrechada con fuerza entre los brazos de la otra Uchiha, haciendo que, finalmente, rompiera en un llanto incontrolable.
–Te amamos más que a nada ni a nadie, Sarada –le escuchó decir. Su voz sonaba tranquila, mas aun así logró percibir tristeza en ella–. No dejes que lo que los demás digan te afecte, porque ellos no son parte de nuestra familia. Ellos no tienen idea de nada. Cree en lo que te digo, hija, jamás te mentiría –dijo al fin, habiendo logrado calmar a la pequeña.
Sakura logró sentir a su hija removerse un poco bajo su abrazo, para luego respirar profundamente un par de veces, desvaneciendo el hipo que su propio llanto había causado. Una vez estuvo tranquila, soltó un suspiro. La pelirrosa frotó su espalda, brindándole un poco más de confort antes de alejarse, no sin antes limpiar las lágrimas en las mejillas de la pequeña.
–Ahora, termina tus vegetales –pidió con una sonrisa enternecedora. Sarada hizo un puchero al ver los tomates, pero asintió.
–¡Mamá! –llamó repentinamente luego de un breve momento en silencio. La emoción se notaba claramente en su expresión y en su llamado, el cambio en su tono de voz fue inesperado–, ¿puedo ayudarte a preparar la comida la próxima vez? –pidió.
Sarada había estado pensando los minutos previos en la expresión de su madre, convenciéndose y decidiéndose a relegar sus propios pensamientos, los más tristes y desdichados, a un rincón de su mente, a sabiendas de que para ella era muy difícil estar sin un padre, pero suponía que no era la única que lo estaba pasando mal y, ya que eran sólo ellas dos –por el momento– pondría todo de su parte por ayudar. Se prometió no causar más problemas.
Contenta y extrañada, Sakura accedió. En un inicio únicamente le permitía lavar los vegetales y cortarlos, siempre bajo su supervisión, para asegurarse de que no se hiciera daño, mas no pasó mucho tiempo cuando la misma Sarada comenzó a cocinar platillos sencillos por sí misma. Incluso había ocasiones en las que le sorprendía con el desayuno en la cama, consciente de lo exhausta que se encontraba la médico luego de extenuantes jornadas en el hospital. Sí, su padre no estaba ahí para ayudarle, pero eso no significaba que su madre tuviera que hacer todo sola. Sin lugar a dudas, valoraba todo lo que la Uchiha hacía por ella en un intento por proporcionarle una buena vida y llenar el vacío que la ausencia del azabache había dejado.
Y con aquella aceptación y, hasta cierto punto, resignación en mente, se forjó una nueva rutina en la vida del par de Uchihas, en la que ambas contribuían tanto como fuese posible, apoyándose la una a la otra.
Sakura, por otro lado, continuaba mencionando al pelinegro en cada oportunidad, con la esperanza de que Sarada no le olvidase ni guardase ningún tipo de sentimiento negativo hacia él, mas aquella tarea se tornaba sumamente difícil al saberse imposibilitada de otorgar un genuino consuelo ante la falta de Sasuke ni un reemplazo ante su figura. Jamás podría llenar aquel vacío para su hija, así como nadie podría llenarlo para sí misma.
–¡Sarada! –llamó Sakura al llegar a casa algunos días después. La pelinegra se extrañó por el tono de su madre, luciendo alegre, genuinamente alegre.
–¿Qué sucede, mamá? –inquirió asomándose, un delantal colgada desde su cuello, y en su mano sostenía un cucharón.
–¿Estás cocinando otra vez? –preguntó la médico, decepcionada un poco de sí misma por no ser capaz de hacer tales actividades sin depender de su hija– Lo lamento, Sarada. No deberías de estar ayudando con esas tareas –añadió. La aludida negó con una agradable sonrisa.
–No pasa nada, me gusta cocinar –se encogió de hombros–, ¿por qué estabas tan contenta? –preguntó curiosa. Notó cómo su madre recuperaba la alegría al instante.
–Hoy recibí una carta de tu padre –informó. El brillo en los ojos verdes era sinigual. La sorpresa alcanzó el rostro de la menor, y un sutil sonrojo se asomó en sus mejillas.
De inmediato, Sarada llevó el dorso de su mano hacia sus ojos, limpiando cualquier rastro de lágrima que se asomase.
–¿Y qué dice?
–Dice que está bien –comentó con una sonrisa. Inconscientemente, Sakura llevó sus manos a su pecho, un sonrojo no planeado había aparecido también, no obstante, Sarada lo notó–. Su misión sigue avanzando, aunque no con el progreso que nos gustaría –añadió con pesar.
–¿Puedo verla? –preguntó con ilusión. Sakura asintió, mas pronto dudó.
–Pero, hay una condición, hija –advirtió–. No tenemos permitido conservarla, debemos destruirla –informó. Ya anticipaba la reacción de la niña.
–¡No puede ser! –se lamentó. Bajó el rostro hacia un costado, mordiendo su labio inferior. Al cabo de unos segundos, levantó la mirada, ya más repuesta– Está bien –dijo al fin extendiendo la mano–. ¿Puedo verla? –preguntó, recobrando un poco de la ilusión que tenía.
Sakura asintió y tomó la carta de un bolso de su pantalón, estaba doblada y lucía muy cuidada.
–Te advierto que tu padre no es muy expresivo –comentó con un poco de bochorno.
Sarada tomó el papel y lo desdobló con cuidado, notando la caligrafía tan bien cuidada. Los trazos lucían toscos y elegantes. Se ruborizó un poco ante el análisis que estaba llevando acabo. Procedió a leer el contenido. Las frases lucían faltas de calidez, incluso insípidas. Para ella parecía más como un reporte de misión que como una carta dirigida a quienes se quiere. No obstante, al final de ésta había una frase que resonó en su mente y que se quedaría grabada por bastante tiempo: "Gracias y perdón por todo. Las veré cuando regrese". Había algo en aquella línea que le hacía sentir un vuelco dentro de sí, como si aquellas palabras tuviesen un significado más profundo del que aparentaba.
Aquella simple frase le hacía creer que en verdad su padre lamentaba estar separado de ellas.
–¿Por qué papá casi no escribe? –rezongó la pelinegra con tristeza.
–Es complicado. Su misión le impide muchas cosas, Sarada –contestó Sakura. La niña sabía que, sin importar cuánto preguntase, jamás obtendría detalles. Suspiró–¿Tenemos que destruirla ya? –preguntó finalmente, aún con pesar. Las lágrimas nuevamente comenzaron a formarse en sus orbes, por lo que parpadeó un par de veces, mas no tardó en extrañarse porque su vista había comenzado a nublarse. Sin importar cuánto parpadease, lo que veía no dejaba de lucir borroso.
Pronto se retiró los anteojos y comenzó a frotar sus ojos, con un poco de desesperación.
–¿Sucede algo, hija? –preguntó Sakura con preocupación. Mas la aludida no respondió, sino que continuó con su tarea– Déjame verte –pidió mientras retiraba las manos de la pelinegra–. Abre los ojos.
Una vez Sarada levantó los párpados, ésta notó tan bien como la imagen le permitía, el cómo su madre había fruncido el ceño. Sintió sus dedos fríos palpar alrededor con sumo cuidado.
–Voy a hacer una rápida examinación –informó–, no te va a doler, pero permanece quieta –pidió. La pelinegra asintió y Sakura procedió con lo dicho–. Listo –avisó al cabo de un momento–, ¿cómo te sientes? –la preocupación era notoria en su tono de voz.
–Mejor –dijo para alivio de su madre–, ¿sucede algo? –preguntó temerosa de la respuesta. La pelirrosa negó.
–Todo está en orden, parece que tus ojos podrían darte algunos problemas, pero no es nada para preocuparse… –dudó antes de proseguir–. Sarada, quisiera contarte algo –dijo al fin, segura de que era un tema que tendría que tocar tarde o temprano.
La pelinegra, intrigada, accedió. Sakura comenzó a hablarle con cautela sobre el Sharingan y los cambios que podrían presentarse en ella una vez la técnica despertase, mas decidió omitir detalles escabrosos, considerando que la edad de Sarada no era apropiada aún para enterarse de tales cosas. Ella cuidaría su infancia tanto como le fuese posible.
–¿Tú también tienes el Sharingan, mamá? –preguntó una vez la pelirrosa hubo terminado de hablar. La vio negar.
–Soy Uchiha por matrimonio, cielo, pero soy Haruno de nacimiento.
–¿Y tú tienes alguna técnica como esa? –preguntó emocionada. Sus padres eran, sin lugar a dudas, increíbles. Vio a su madre sorprenderse por esa pregunta, meditando por un breve momento su respuesta.
–Podría decirse –dijo al fin–. No es una técnica que pase de generación en generación en mi familia, pero es algo que logré dominar con mucho trabajo y esfuerzo –añadió, orgullosa de sí misma.
–¿Y qué es? –Sakura señaló su frente.
–Dominio excelso de chakra –su sonrisa se amplió–. Es muy útil para combate y para el trabajo médico –añadió. El rostro de su hija se iluminó.
–¡Eres genial! –chilló Sarada con suma emoción.
–Y tú serás aún mejor –aseguró Sakura besando la frente de la niña–. Bien, a comer –dijo poniéndose de pie.
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NA: Dun dun duuuuuuuun, he aquí un nuevo capítulo, no muy largo, pero suficiente (¿?).
Antes se seguir adelante, quisiera mandar un abrazo muy fuerte a toda la gente que lee desde México y Guatemala (si hay alguno), espero, de todo corazón, que se encuentren muy bien. Soy mexicana, pero por cuestiones profesionales llevo un par de años fuera de mi país, y no tienen idea de cómo se me encogió el corazón al ver las noticias sobre el sismo de hace poco más de una semana, despertar y leer esas noticias, ver la devastación y destrucción en los lugares más desatendidos me produjo tanto coraje como tristeza. Espero que el gobierno finalmente ayude a la gente con el proceso que debe estar sucediendo en éste momento. Han habido muchas muestras de solidaridad, incluso donde estoy se han llevado a cabo colectas para ayudar a quienes más lo necesiten allá. ¡FUERZA, MÉXICO!
Pasando al tema del fanfic, quisiera que se prepararan mentalmente, porque el próximo capítulo será el último :-) aún no lo he escrito, pero estoy segura que no pretendo alargarlo más de lo necesario. Tampoco les puedo dar una fecha, posiblemente me tome hasta un mes (tengo una entrega importante qué hacer y pretendo ir a la universidad en fines de semana :-( )
Hablando ahora sobre Boruto, amé el gaiden, la pelea de Sakura, la expresión tan solemne de Sasuke al ya estar en casa, wow, en verdad, amé todo eso, tanto que he repetido ese último capítulo bastantes veces jaja, no me harta. Al fin le darán a Sarada el protagonismo que merece.
¡Casi lo olvido! GRACIAS como siempre, por sus reviews, follows y favourites, en verdad, aprecio mucho que sigan apoyando ésta historia, llenan mis días de alegría :-D
Respuesta a Guests: (Ya contesté los reviews a los usuarios registrados durante la semana pasada)
Vbalor: No te preocupes :-) Entiendo a la perfección que hay prioridades y pues, el deber llama. :-) He intentado entender y "maquillar" esas situaciones tan inhumanas (desde mi punto de vista) que está sufriendo esa familia, no creo que haya en realidad alguna razón o justificación a la ausencia de comunicación de tal grado, pero bueno... de algún modo en el gaiden ya sanaron esas heridas, así que fingiré demencia :-P Oh, sí, Sakura es hermosa, la han intentaado cortejar en otras ocasiones, así que, ¿por qué no ahora?, tal vez luce emocionalmente vulnerable a los ojos de algunos :-P quién sabe... te mando un fuerte abrazo, y espero tengas una excelente semana :-)
Aura117: ¡Hola de nuevo!, En ésta ocasión te dejo la respuesta a ambos comentarios en éste capítulo :-) Espero que la universidad te esté tratando bien, aunque me imagino que consumirá bastante tiempo, mente y energía XD, pero valdrá la pena :-) Me alegra que las cartas te hayan gustado, sentí que podía ser extraño meter ese tipo de narración, pero quise expermentar, así que en verdad me regocija saber que el sentido del mismo se haya entendido :D, quisiera saber también cómo se comunicaron, espero más relleno al respecto. Seguro Sakura y Sasuke no se quedan sin más hijos por falta de intentos jaja, me gustaría ver que expandan su familia, espero el nuevo mangaka lo haga realidad. Concuerdo contigo, Ishida no le gana a Sasuke B-) jaja, me da curiosidad si expresaría sus celos o cualquier emoción, porque seguro lo siente, ¿no? Jajaja, meras conjeturas pero la imaginación está bien xD Espero éste capítulo te haya gustado y que tengas una muy buena semana.
Ahora sí, a comer mole...
-Jazmadi
