Soledad


Una de las razones por las cuales Jōnouchi odiaba la soledad, era por su similitud con la muerte. No le temía a la Emperatriz de los Vivos como tal, pues tenía en posesión la certeza de que era un mal insalvable: la única manera de ponerse a salvo consistía en no estar vivo. Porque para morir solo se necesitaba estar vivo. Así de simple.

Lo que sí contristaba el alma del rubio, sin embargo, era lo habido después de la muerte y que a su vez era la esencia misma de la soledad: la nada.