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Declaimer: Los personajes pertenecen a las grandiosas Stephanie Meyer y L.J. Smith. Solo la trama es mía.

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~Después de ti hay mucho~

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_-26-_

Por siempre inmortal

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El cielo se encontraba nublado mientras Elijah y Niklaus luchaban con las espadas. Elijah era el segundo de los hermanos siguiendo a Finn, el primogénito y tenía una técnica excelente pero Niklaus, uno de los hermanos más jóvenes era suspicaz. Varias personas del pueblo se detenían y miraban la incesante pelea mientras que Klaus le cortaba parte del cinturón a Elijah.

Eso ha estado bien, Niklaus ―elogió Elijah a la vez que blandía su espada hacia su hermano y éste lo esquivaba. Varias muchachas que se encontraban en el círculo que observaban a los dos hermanos suspiraron. Klaus, rubio de ojos celestes al igual que su hermana Rebekah, era extremadamente guapo; no había doncella que no suspirara cuando lo escuchaba decir alguna frase pícara y galante. Y Elijah, con su porte elegante y el rostro oscuro y cincelado bellamente, no podía pasar desapercibido.

Rebekah llegó al lugar con su mejor amiga y observó a sus dos hermanos más queridos. Siempre le divertía verlos luchar ya que sabía que nunca se harían daño mutuamente. El simple pensamiento era algo ilógico.

Mira ―exclamó Klaus sin aliento mientras las pesadas espadas chocaban―, Rebekah ha venido a ver tu derrota.

Ni en tus sueños, querido hermano ―exclamó Elijah. Él había sido el único que había heredado los rasgos y cabello de su padre.

Continuaron con su juguetona pelea a la vez que Mikael y Esther se acercaban al lugar caminando y observando la escena si ser todavía vistos. El hombre con la vista clavada en Klaus; el hijo que nunca le había gustado, la manzana podrida del cajón. Vio cómo su hijo hacía caer a Elijah.

Tranquilízate, Mikael. Él no lo hace con malas intenciones ―murmuró Esther, conocedora de la mirada de su marido.

Ese es exactamente el problema ―murmuró su esposo y caminó hacia donde segundos antes sus hijos habían estado entreteniendo al público luchando. Tomó la espada de Elijah. Las personas que los rodeaban, sabedoras de lo que vendría, se dispersaron y desaparecieron. El padre atacó al hijo rubio, quien blandió asustado la espada que tenía la mano para que su padre no lo dañara. Pronto se encontró en el suelo con la espada del padre cerca de su rostro―. Eres demasiado impulsivo, hijo mío. Aún ignoro cómo es que sigues con vida.

Klaus respiraba entrecortadamente mientras su padre hablaba y el aire se escapó de sus pulmones cuando la espada descansó rápidamente a un lado de él. Su padre se levantó y caminó hacia adentro de la casa con expresión aún pétrea.

Los rostros de Elijah, Klaus y Rebekah aún se encontraban pálidos y no movían ningún músculo. Mikael era su padre, sí, pero los asustaba y en especial a Klaus. El muchacho no podía hacer nada por agradar a su padre y ya se había resignado a ello.

Nik ―Rebekah iba a arrodillarse ante él pero Klaus la detuvo.

Por favor, hermanos. Quiero estar solo ―murmuró. La humillación había sido mucha. Como siempre.

Pero… ―comenzó a protestar ella.

Beckah ―Elijah tomó la mano de la muchacha y la jaló para llevársela con él hacia la casa. Ella era una mujer, por lo tanto no entendía lo que era ser humillado por su propio padre enfrente de todos. Ambos hermanos se fueron y lo dejaron solo.

Klaus se sentó sobre la húmeda tierra y apoyó los brazos en sus piernas reprimiendo las lágrimas. No, no iba a llorar. Se había acostumbrado al carácter de su padre para con él. Levantó la cabeza y vio una sombra que cruzaba por los bosques que se encontraban alrededor de las casas. Se levantó y empezó a caminar en dirección de la sombra mientras se adentraba en el bosque. Siguió el suave ruido de los pasos y pronto vislumbró la silueta femenina. Se apresuró pero la perdió al llegar a un arroyo.

Suspiró.

Se arrodilló y puso las manos en la fría agua cuando dos pequeñas y suaves manos en comparación con las suyas le cubrieron los ojos.

¿Quién soy?

Klaus dejó de respirar. Podía sentir el delicado cuerpo femenino presionando contra su espalda y el largo y suave cabello le hacía cosquillas en la parte posterior del cuello. Decidió jugar un poquito con ella.

Mmm. ¿Quién será? tal vez… ¿Adelina? No, ella tiene las manos más suaves… ¿Christine? No, no lo creo porque ella ―las manos que le cubrían los ojos desaparecieron y luego él recibió un golpe suave en la parte inferior de la cabeza, el cual lo hizo reír―... o puede ser la hermosa y dulce Emmeline ―musitó volviéndose hacia atrás y arriba hacia el rostro de la muchacha.

Emmeline llevaba un vestido largo y verde del color oscuro del terciopelo. El cabello largo y castaño se encontraba trenzado en una intrínseca trenza que le llegaba hasta más allá de la cintura. Su mirada achocolatada lo observaba con interés. Ella soltó una risita y sacudió la cabeza, sentándose a su lado. Luego la sonrisa disminuyó drásticamente y él solo encontró ternura en sus ojos.

Tendría que despellejarte vivo por eso ―dijo ella, fingiendo enojo―. ¿Te encuentras bien, Nik?

Él sonrió tristemente.

Sí. Ya no me afecta tanto.

Pues a mí sí ―respondió ella mientras le acariciaba suavemente el brazo. El solo contacto de su mano, aunque fuera sobre la tela de la ropa, hacía que los bellos de su piel se erizaran.

¿Viste lo que sucedió?

Ella asintió con la cabeza y él alejó su mirada de ella, avergonzado. Sintió la suavidad de su delicada mano en su barbilla y ella lo obligó a mirar su serio y bello rostro en forma de corazón.

Nunca, y escúchame bien Niklaus, nunca te avergüences de ello. Tú no tienes la culpa de que tu padre no sepa valorarte y comportarse contigo.

Ese es el problema, Emm ―él le acarició la mejilla, regocijándose porque ella le tuviera la suficiente confianza para permitirle esos roces―. Él solo es así conmigo y con nadie más.

Emmeline lo miró con tristeza.

Pero tus hermanos y tu madre te aman, Nik. Y yo… tú… siempre me tendrás a tu lado.

Klaus sonrió ante su vacilación. Él también la amaba y se aseguraría de estar junto con ella hasta que la muerte los separase.

Klaus se recostó contra el tronco de un árbol y Emmeline se recostó sobre él,su espalda contra su pecho mientras el bosque oscurecía. Era el único momento en el que podían estar así, juntos. Los demás habitantes hablarían de mal grado si los vieran en aquella posición, solos y sin nadie que los vigilase. Klaus quería pedir su mano pero le daba miedo… ¡maldita sea, le daba miedo! Mikael quería tanto a Emmeline como si fuera su propia hija. Quizás hasta más que a Rebekah. Y si a él no lo soporta ni lo quería aún siendo su hijo, ¿cómo haría para que lo ayudase a obtener la mano de Emmeline? El padre del joven interesado era el que debía pedir la mano de la novia.

Klaus recordó la primera vez que había visto a Emmeline. O Emm, como él la llamaba. Había estado peleando con su hermano juguetonamente cuando Elijah lo había derribado y él había escuchado una risilla femenina detrás de él. Se había levantado y mirado en su dirección cuando ella le sonrió. Él se quedó prendado de su sonrisa pero luego la madre de la muchacha la había llamado para que entrase a la casa. Ella era especial y Klaus lo supo desde el primer momento en que sus ojos se habían encontrado. Y eso lo decía sin contar el hecho de que Emmeline era una bruja.

¿Nik? ―preguntó ella. Sus manos se encontraban unidas, los dedos entrelazados. El lugar se había tornado oscuro y silencioso; incluso se podía escuchar el murmullo de las personas que había del otro lado.

¿Si?

Debemos irnos. Hoy es noche de luna llena.

Él rápidamente se puso en pie y la ayudó a hacer lo mismo.

Claro ―la tomó de la mano y caminaron hasta el linde del bosque. El fuego iluminaba al lugar y a las casas―. Vete tú primero y yo esperaré a que entres para hacer el camino hacia mi casa.

Está bien ―ella sonrió dulcemente. Le dio un beso en la mejilla con sus labios llenos y dulces que se prolongó por unos cuantos segundos. Segundos que para Klaus no fueron suficientes. Ella se fue, sonrojada.

Él esperó entre las sombras como había prometido y luego se fue hacia su hogar. Debía ser silencioso porque Henry y él esa noche irían a ver a los lobos transformarse y tenían que estar preparados. Sería toda una experiencia.

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~oOo~

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El día estaba nublado.

Parecía que todos los días eran nublados en aquellos tiempos, pensaba Rebekah mientras caminaba desde la casa de Emmeline hacia su hogar. La madre de Emmeline, Faith, se encontraba muy enferma. Todas y cada una de las brujas del pueblo intentaban ayudarla como podían.

Para distraerse la muchacha de cabellos caoba había estado enseñándole a Rebekah cómo se hacía un hechizo de rastreo; en ese caso habían usado una camisa de Niklaus y habían descubierto que él se encontraba en el río, con seguridad bañándose. Una camisa que Rebekah olvidó por "accidente" en la casa de la otra joven. La rubia sabía lo que la morena sentía por su querido hermano y lo que él sentía por ella, también. Suspiró con pesadez, haciendo que las dos muchachas que pasaban por su lado hacia la dirección contraria la mirasen de reojo.

El problema era que Rebekah también sabía de los sentimientos de Mikael hacia Emmeline; no es que fuera nada romántico ―al principio eso la había aterrado, puestos que temía por su madre pero se dio cuenta de que Mikael no la quería de esa forma―, sino simplemente paternal. Y eso complicaba las cosas para Emmeline y Niklaus. ¿Cómo podría su hermano ser merecedor de Emmeline ante los ojos de su padre? ¿cómo serlo cuando Mikael lo despreciaba tan abiertamente? El padre de Emmeline había muerto antes de que ella naciera en otro pueblo distinto al que ellos se encontraban; nadie lo había conocido. Luego su madre había decidido cambiar su hogar por el pequeño y tosco vecindario en el que ellos habitaban. Mikael quería a Emmeline como si fuera su propia hija, tanto que a veces Rebekah había sentido unos celos casi mayores a su amistad con la muchacha pero luego, cuando un día su padre humilló a NiKlaus públicamente ―como hacía la mayoría de las veces― se dio cuenta de que prefería que su amor paterno favoreciera a Emmeline porque ella no tenía nada que envidiar de aquello. Pero aun así Rebekah quería que su hermano fuera feliz, tan feliz como no lo era en aquellos momentos.

Una felicidad que su hermano Elijah tampoco podía alcanzar, pensó mientras lo veía a la distancia conversando con Tatia Petrova. Rebekah apretó los labios. Tatia jamás seria lo suficientemente buena para su hermano. No importaba el hecho de que la muchacha ya tuviera un hijo de otro hombre que era desconocido. Sino que no hacía nada para remediar ello. Ella flirteaba con todos los hombres del vecindario pero Elijah parecía no poder ver aquello.

Cuando Rebekah entró a la casa se detuvo abruptamente al oír las voces de su madre, su padre y la bruja más sabia y poderosa del pueblo.

¿Por qué no, Ayanna? ―preguntaba Mikael. Su voz era dura y cargada de persuasión―. No podemos seguir viviendo de esta manera; los hombres-lobo son más fuertes, más rápidos y poderosos que nosotros…

Lo que pides es imposible, Mikael ―lo interrumpió Ayanna―. Sería muy arriesgado y un desequilibrio para la naturaleza. Es imposible lo que estás pidiendo. No lo haré. Nadie lo hará.

Rebekah miró a hurtadillas, temerosa de que la vieran u oyeran pero su padre estaba de espaldas a ella y tenía la mirada clavada en su madre, quien miraba hacia el suelo con expresión ausente. Si estaba considerando o no la petición de su padre, Rebekah no podía saberlo. No tenía que seguir escuchando para saber de qué hablaban.

Aún le dolía la muerte de Henry, su hermano menor, pero estaba segura que su dolor no era nada comparado con el de su hermano Nik, como ella le llamaba cariñosamente. Suya había sido la idea de ir a ver a los hombres-lobo en la cúspide de su luna llena y la culpa no dejaba de hacer mella en él. Sólo en las ocasiones en las que Emmeline se acercaba a unos cuantos pasos de él, ella lo escuchaba respirar profundamente, como si quisiera que la culpa y el dolor se fueran en ese suspiro.

Rebekah se pegó a la pared al ver a Ayanna encaminarse hacia la salida del lugar. Contuvo el aliento mientras la bruja pasaba a su lado sin darse cuenta de su presencia. O sin darle importancia a ésta. Rebekah respiró profundamente y salió, también.

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~oOo~

Padre ha estado comportándose raramente estos últimos días ―comentó Elijah con la voz jadeante mientras Klaus embestía contra él con espada en mano. Vio la filosa arma de su entonces enemigo dirigirse hacia su cuello así que se echó hacia atrás instintivamente y siguieron con la amistosa lucha.

Me imagino por qué ―aventuró Klaus y las espadas cayeron a los lados de sus cuerpos al recordar ese por qué.

El pasado día fuimos Bekah y yo a ver a Emmeline. Su madre ha empeorado; las brujas dicen que no aguantará mucho tiempo más ―comentó Elijah a su hermano en voz baja.

Klaus suspiró y llevó la mano hacia sus ojos, frotándolos con el dorso. Pareciera que la muerte rondaba a las personas cercanas.

Emmeline.

¿Cómo ha estado ella? ―preguntó, su voz igual de baja que la de su hermano.

Elijah frunció el seño y se dio la vuelta encaminándose hacia la dirección de la casa.

No sé por qué no has ido a verla, hermano ―al fin respondió―. Te necesita; ya no le queda mucho tiempo de vida a su madre. Pronto nos necesitará a todos.

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Al otro día, Faith había amanecido muerta. Los tres hermanos oyeron el rumor cuando acompañaron a Rebekah a recoger flores por el traicionero bosque y rápidamente se encaminaron hacia el hogar de su querida amiga.

Varias personas se congregaban a las afueras de la pequeña casita. Los hermanos corrieron la cortina de la puerta y entraron. Hombres y mujeres se encontraban de pie en el pequeño espacio. Buscaron con la mirada hasta que encontraron un grupo de personas reunidas alrededor de algo, diciendo palabras de respeto y aliento. Klaus se apresuró hacia allí seguido de sus hermanos.

El gentío se apartó para darles paso y descubrieron a una Emmeline con los ojos irritados por las lágrimas. Su cabello caoba se encontraba despeinado y sus ropas, arrugadas. Su joven rostro surcado por el dolor. Klaus quiso abrazarla, besarla y decirle que todo estaría bien, que él la protegería de todo y de todos. Pero no pudo más que quedarse allí, de pie junto a Elijah mientras Rebekah la abrazaba y le decía que todo estaría bien. Emmeline asentía distraídamente y Elijah depositó su gran y alentadora mano en el hombro. De repente sus ojos se alzaron, alertas, y su mirada se detuvo en Klaus. Abrió los suaves y dulces labios pero las palabras no salieron. El sonido no se hizo presente. Luego, sus mirada volvió al suelo de tierra.

Emmeline no sabía que sentir. El dolor la había cubierto con su negro manto. Y Klaus se encontraba allí, de pié sin tocarla, sin abrazarla, sin decirle nada. Y el dolor se redobló. ¿Por qué? ¿por qué él no había hecho nada por ella? ¿por qué no la había pedido en matrimonio? ¿acaso no la amaba lo suficiente?

¿Dónde se encuentra… tu madre, Emm? ―la melodiosa y tranquila voz de Rebekah la sacó de su miseria. Le llevó unos interminables segundos el levantar la cabeza y señalar el lugar donde el cuerpo de su madre yacía sin vida. Su amiga suspiró y se levantó de su lado sin soltarle la mano que tenía en la suya.

Cuando Rebekah levantó la mirada del dolor encarnado en persona que era su amiga, su mirada vagó por el gentío hasta que sus ojos se posaron en la puerta cubierta por una cortina que daba entrada a la habitación que había pertenecido a la madre de Emmeline. Sus ojos se agrandaron cuando su padre, Mikael, salió del interior furtivamente con lágrimas contenidas en los ojos y tras echar un vistazo a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo hubiera visto, se escabulló hacia el exterior.

¿Había sido un sueño o su padre había estado allí? Rebekah no había tenido idea de que su padre y la madre de su amiga hubieran sido amigos. Nunca los había visto más que intercambiar sendos saludos. Con la respiración agitada miró a sus hermanos para cerciorarse de que ninguno hubiera visto nada y luego se acercó al lugar dónde su padre había estado.

Traspasó las cortinas.

Faith se encontraba en su lecho, vestida seguramente con el mejor de sus vestidos, y sus manos unidas sobre su vientre. Si no hubiera sido por la inmovilidad de su pecho, Rebekah habría creído que se encontraba durmiendo. Sus cabellos eran del mismo color que los de su hija con la diferencia de que eran completamente lacios. Sus enormes ojos marrones estaban cerrados y su expresión era serena. Su cuerpo menudo y delicado se encontraba rodeado de velas que las brujas habían encendido en un ritual funerario para las almas nobles y buenas.

Bekah no aguantó la apacible vista y salió fuera de la habitación. Seguramente al atardecer enterrarían el cuerpo antes de que empezara a heder.

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~oOo~

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Elijah se acomodó las ropas y miró a su alrededor. El aire se encontraba cargado de cierta energía porque cada vez que se movía, él podía sentir que su piel se erizaba. Suspiró. Había sido un largo día y llevaban a la casa una gran presa que habían cazado.

Esther y Rebekah lo cocinaron hasta que estuvo crujiente y sabroso.

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Emmeline extrañaba a su hermana mayor pero no podía hacer nada para encontrarla. Úrsula se había casado hacía años cuando él había llegado al pueblo de negocios con otra familia. Lo había conocido y se había enamorado de él en tan solo un instante. Y él se había quedado prendado de su belleza, también. A diferencia de Emmeline, Úrsula había nacido rubia y de ojos grises, con una constitución delicada y atractiva. Los novios permanecieron en el lugar hasta que se casaron. Luego, ambos se fueron al pueblo de su marido y Faith y su otra hija jamás volvieron a saber de ella. Emmeline sólo esperaba que fuera feliz estuviera donde estuviera.

Desde la muerte de su madre, Emmeline pasaba sus días con sus amigos luego de pasar las noches sola en su casa. El dolor iba disminuyendo pero no se iría totalmente, ella lo sabía.

Sorprendentemente, esa noche Mikael fue en busca de Emmeline a su hogar para llevarla a cenar con su familia. Y Emmeline aceptó.

Mikael se sentó en la punta de la mesa y Esther en la otra, Finn, Elijah y Rebekah en el lado derecho de Mikael y Kol, Emmeline y Klaus en el izquierdo. El cordero asado se encontraba en el centro de la mesa mientras el padre, como de costumbre, repartía las piezas de carne a cada miembro de su familia. Luego le hizo un gesto con la cabeza a Esther y ella se levantó para luego aparecer desde la otra habitación con una bandeja repleta copas. La depositó sobre la mesa mientras los jóvenes se tensaban a consecuencia de lo extraño de la situación. Mikael ordenó a cada uno a tomar una de las copas de la bandeja y como de costumbre los seis jóvenes obedecieron, extrañados. Elijah dio el primer sorbo a su copa y retuvo el vino en la boca, degustándolo. Era más dulce de lo normal pero se amoldaba al paladar con suavidad, observó. Al ver su gesto, los demás lo imitaron; Klaus con el seño fruncido. Ninguno notó cuando su padre se levantó ni cuando sacó silenciosamente la filosa espada de la funda que se encontraba atada a su cintura, ni cuando se posicionó detrás de Emmeline, quien había dejado la copa suavemente sobre la mesa de madera.

Las luces de las velas se reflejaron peligrosamente sobre la hoja de la espada, mientras Mikael la empuñaba hacia atrás y luego la balanceaba hacia adelante, atravesando la piel, la carne, el hueso y el corazón.

Emmeline abrió los labios en un grito inarticulado al sentir una súbita ola de frío sobre su pecho. A lo lejos, escuchó un grito femenino, seguramente de su amiga.

Klaus se apresuró a tomar en sus brazos el cuerpo de Emmeline cuando éste cayó de costado hacia el suelo. Su expresión era de horror al ver la roja sangre que salía del delicado cuerpo de la joven y manchaba su bonito vestido azul. El horror se transformó en furia y un rugido humano retumbó en su pecho. Pero al alzar la mirada lo único que vio fue la espada de su padre ir directa hacía su corazón, también. Cayó sobre Emmeline, aún protegiendo con su cuerpo al de ella. A través del dolor y la furia que invadía su mente, él tuvo sólo un pensamiento que lo alegró. Iba a morir junto a Emmeline. Acomodó su cabeza en el cuello de la joven y se dejó vencer por la oscuridad.

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No era dolor.

Era una molestia tan leve que no llegaba a convertirse en dolor lo que había en su pecho. Sintió algo sobre ella. Algo cálido. Tomó aire lentamente y lo soltó de la misma manera.

Abrió los ojos con lentitud.

Una mata de cabello rubio ocupaba la mitad de su visión. Klaus. Se quedó quieta por un momento, sintiéndolo sobre ella y saboreando ese sublime momento a pesar de la molestia de su pecho. Luego buscó algo a su alrededor; no sabía qué pero tenía que buscar algo. Sus ojos encontraron la luz de las velas y éstas le hirieron los ojos. Gimió y volvió a cerrarlos.

¿Emmeline? ―la voz sonó en su oído. Quienquiera que le estaba hablando se había acuclillado hacia ella―. Ten, bebe esto. Calmará el dolor.

El líquido fue puesto cerca de su nariz. No lo veía pero podía olerlo. Y el aroma era exquisito. Se retorció hasta llegar a él y comenzó a beber y chupar eso que prometía calmar su dolor. El peso de Klaus dejó de aplastarla cuando se lo quitaron de encima.

Eso es ―murmuró la voz de Mikael―. No te detengas, hija.

Y ella recordó. Recordó el frío y los gritos. ¿Qué había sucedido? Hizo un gran esfuerzo para dejar de beber aquel dulce néctar y levantó la mirada con los ojos entrecerrados con miedo a que la luz vuelva a herirlos.

No sucedió.

Mikael estaba acuclillado hacia ella; los ojos brillantes. Frunció el seño e hizo vagar a su mirada perdida hasta que encontró a Rebekah arrodillada a unos metros de ella con los ojos abiertos con incredulidad. Su boca estaba manchada de un líquido rojo. ¿Acaso era eso… sangre? Como si le estuviera respondiendo a su pregunta, la mirada de Bekah se quedó prendada de algo que estaba cerca de Emmeline; la muchacha siguió su mirada y descubrió a una muchacha joven arrodillada junto con Mikael. Emmeline conocía a la muchacha, era Tatia Petrova, su vecina. Sus cabellos castaños estaban en un moño y su mirada estaba perdida. Su brazo estaba extendido hacia adelante y un gran corte había en él. La sangre se derramaba a los lados. Con dedos temblorosos, Emmeline se tocó la barbilla y luego los miró. El líquido rojo se deslizó sobre sus dedos.

Escuchó un quejido provenir desde la otra punta del lugar pero su mente no registró nada más. Había bebido sangre. ¿Por qué había bebido sangre? se convirtió en una réplica de la posición de Rebekah, arrodillada sobre el suelo con los ojos desorbitados.

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Era desesperante.

Rebekah quería su antigua vida otra vez. No era que hubiera pasado mucho tiempo como para perderla, sino que todo en ella había cambiado excepto algunos sentimientos. Sus amigos ya no le hablaban, de hecho, se alejaban el triple de pasos que le había tomado a ella acercarse. Las puertas de sus hogares se habían cerrado para su familia y lo que era peor que todo lo anterior era que las brujas que antes habían sido como maestras para ella y Emmeline ahora les daban la espalda.

¿Por qué? ¿por qué sus padres tuvieron que hacer aquello? ¿por qué tuvieron que convertirlos en aquellos… seres?

Porque ninguno sabía qué eran. La fuerza había incrementado cien veces, la rapidez aumentado al igual que la persuasión y la resistencia. Pero no eran hombres-lobo. Tampoco brujos. Entonces, ¿qué eran?

Pero ya era tarde, no podría tener su vida de vuelta aunque ella tanto lo deseara.

Ya se le había sido tomada.

Observó al gran roble blanco que su madre había utilizado para realizar el hechizo de transformación arder ante sus ojos. Sólo su familia y Emmeline estaban allí, observando la escena. La mayoría de las personas se habían encerrado en sus casas, temerosas de estar a solas con ellos en la noche. Temerosas de lo que podían llegar a hacerles. Su padre, Mikael, había hablado y dicho que no eran peligrosos, que sólo se protegían. Pero no importó mucho porque el rumor se había esparcido como la hiedra venenosa, sembrándose en las mentes de los humanos. Habían visto a Klaus y Elijah alimentarse y no tardaron en saber que toda su familia era igual que ellos. Bebían sangre de humanos. Eso también había aumentado con el cambio; el apetito, la sed. Era casi irresistible el olor a sangre fresca, más aún si venía de jóvenes fuertes y doncellas.

Vio como Klaus y Elijah echaban más leña encendida al roble. No podían hacer más que eso, su padre lo dijo. Rebekah y Emmeline habían ido a buscar flores en compañía de Elijah y Klaus. Se habían detenido junto al gran roble blanco y, mientras Bekah había comenzado la selección de las flores, Emmeline había apoyado una mano en el roble y luego había lanzado una exclamación de dolor, apartando las manos que habían comenzado a quemarse. Elijah lo había tocado, también, para cerciorarse y le había sucedido lo mismo.

Cuando los jóvenes fueron a su madre con sus dudas, Ayanna había explicado que el árbol que les había dado su nueva forma de vida, también poseía el poder de quitárselas. Mikael no había dudado en ponerse en acción antes que sus enemigos lo hicieran.

Pero había otra cosa que le preocupaba a Rebekah; Emmeline, y por consiguiente, Niklaus.

Emmeline se había encerrado en sí misma, no hablaba si alguien no lo hacía antes y cuando contestaba sólo lo hacía con monosílabos. Ella sabía que Emmeline se sentía desdichada. Su amiga había abrazada la magia que había corrido por sus venas con más amor que Rebekah y ahora eso mismo que había amado la atacaba por no pertenecer más a la raza de los humanos. Con la muerte de su madre y con aquello, su miseria se había duplicado. Pero, ¿por qué Mikael había convertido también a Emmeline en lo que ellos fueran? Rebekah podía entender la terquedad de su padre en querer hacer a la familia más fuerte pero Emmeline no era de la familia. Pudo haberlo sido algún día pero por alguna extraña razón, Rebekah ya no creía que aquello fuera posible. Por el otro lado, sabía que quizás nunca sabría porque su padre había sumado a Emmeline en sus planes familiares. Pero tenía que intentarlo.

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~oOo~

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¡Déjenme ir! ―el rugido de NiKlaus se escuchó en todo el bosque.

¿Cómo podían las cosas haber cambiado tanto en tan poco tiempo?

La noche anterior había sido tan… maravillosa. Mágica. Había experimentado aquello por lo que siempre, sin motivo aparente, le había atraído. Se había convertido en un lobo. Aun era un poco difícil de creer. Pero había sido tan liberador… y ahora su madre había puesto un hechizo en él para que no se moviera mientras ella realizaba un ritual de magia. Aunque lo que más le dolía era que Emmeline, su adorada Emmeline, se encontraba ayudándola en aquel acto horrendo.

¿Qué tenía de malo ser un hombre-lobo? para él era lo mejor que le había sucedido en la vida. La luna llena de la anterior noche había sido magnífica, cargada de tanto poder que casi se había mareado de no haber estado muy alerta debido al dolor de la transformación. Aunque había otra cosa que ocupaba su mente; su madre no era una mujer-lobo, de hecho, era una bruja. A él no lo habían mordido para que se transformase en un hombre-lobo, entonces solo quedaba una opción: Mikael no era su verdadero padre. El éxtasis de aquel pensamiento casi lo tumba de espaldas de no ser por el hechizo que su madre había puesto en él.

Emmeline pasó a su lado llevando un cuenco de hiervas frescas. La actitud de la muchacha para con él había cambiado hacía ya días pero Niklaus jamás hubiera imaginado que lo odiase de aquella manera.

¿Por qué están haciéndome esto, Emmeline? ―le preguntó él con dolor cuando ella pasó por enfrente de él. Emmeline levantó la vista con los ojos inundados en lágrimas.

Porque es por tu propio bien, Nik ―respondió con la voz estrangulada. Levantó una mano y le rozó la mejilla suavemente con los dedos―. No puedes ser ambas cosas. Va en contra de la naturaleza.

Se alejó sorbiendo por la nariz y, a pesar del amor que Niklaus sentía por ella, también experimentó una sensación de odio. Le estaban quitando una parte de él.

Miró a su madre, quien estaba acuclillada sobre una hoguera. Podía escucharla murmurar palabras en otra lengua. También pudo ver a otra muchacha sentada junto a ella; se encontraba arrodillada a su lado. Tenía el cabello marrón ondulado y la tez aceitunada y suave. Tatia Petrova. Parecía en trance. El viento se levantó mientras en el cielo se vislumbraban algunas luces, el comienzo de una tormenta. Esther abrió sus brazos mirando hacia el cielo y elevando la voz. Una vez que terminó, levantó el cuenco donde había una especie de agua, sólo que expedía un olor raro. Un olor que hizo que a Klaus se le erizaran los vellos de la nuca. Intentó moverse, correr, pero fue inútil. Se encontraba inmóvil sin siquiera sentir su cuerpo.

¿Dónde estaban sus hermanos para ayudarlo?

Esther le dio a beber el líquido a la muchacha, murmurando palabras de aliento y tocándole suavemente el cabello. Una vez que se lo terminó, Esther la puso de pie y la llevó cerca de Klaus, no sin antes levantar un puñal que había estado reposando en el suelo. Se detuvo frente a él con la muchacha en brazos y a ésta le pasó la punta del afilado puñal por la garganta. Gotas de sangre empezaron a descender lentamente por la suave piel. Esther cerró los ojos y murmuró unas cuantas palabras más. Cuando los volvió a abrir Klaus pudo volver a sentir su cuerpo, que se estaba despertando. Pronto el olor a sangre inundó su olfato, haciéndole agua la boca.

Era irresistible. Su mente se nubló y sólo se dejó actuar. Corrió a velocidad inhumana y atacó el delicado cuello, bebiendo y bebiendo y bebiendo…

Cuando la sangre se acabó dejó caer el cuerpo sobre el suelo.

Se sintió sulfuroso y miró a su madre con ojos horrorizados al entender lo que había hecho. Esther se puso de pie.

Está hecho ―dijo en voz alta y clara mientras un relámpago cruzaba el oscuro cielo al mismo tiempo que Klaus gritaba de dolor. Sintió su cuerpo arder; un ardor doloroso. Y luego ya no sintió nada. Su parte animal se había ido.

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No podía perdonar, la traición era demasiada.

Apretó el puñal de la daga en su mano hasta que los nudillos se pusieron rígidos y blancos. No le dolió. Lo que le dolía era el corazón, pero, ¿qué corazón? Si Emmeline se lo había arrancado.

Respiró profundamente.

Con su madre el problema ya había sido resuelto, él mismo lo había hecho y ella había cesado de existir. Mikael se había ido a tomar venganza contra el verdadero padre de Klaus y a éste último le daba lo mismo si lo mataba o no. Muriera quien muriera, pensó mientras se encaminaba hacia donde sabía que Emmeline estaría, él no perdería nada pero si Mikael sobrevivía… Klaus iba a tener que hacerse cargo de él también.

Encontró a Emmeline en el arroyo, donde él supuso que ella estaría.

Lo siento mucho, Nik ―susurró ella, de espaldas a él. Klaus se acercó a pequeñas zancadas. Era el momento.

No puedo perdonarte, mi amor ―escuchó la brusca inhalación y apretó los labios―. Tú, de todos ellos, me has traicionado.

Tenía que hacerlo ―sollozó ella.

¿Por qué? ¿Debido a ese bendito balance de la naturaleza? ―ironizó. La furia haciendo mella en él. Ella no respondió pero se tensó cuando él la abrazó por detrás―. Has elegido a tus principios, Emm ―no pretendía lastimarla pero las palabras salían de su boca sin pedir permiso.

Ella tomó aire.

Podemos perder todo, Nick ―suspiró ella―. Pero lo último que perdemos son nuestros principios. Son todo lo que siempre nos quedan.

Klaus movió su boca hasta llegar a su oído mientras que lágrimas salían de sus ojos, mojando el femenino hombro.

Pudiste tenerme a mí. Pudiste elegirme a mí ―él inhaló y besó su suave cuello―. Pude haberte hecho tan feliz…

Emmeline rompió en sollozos.

Lo siento tanto, Nik. Pero no debo amarte.

Shh ―murmuró él―. Pero lo haces. Y yo también, Emmeline ―levantó la daga y se la clavó en el corazón. Por segunda vez sus labios se abrieron en un grito inarticulado pero ella no hizo nada para detenerlo. Quizás eso fue lo que hirió mucho más a Niklaus.

Tomó en brazos el cuerpo ahora sin vida de su amada inmortal y comenzó a caminar lentamente con la luna de testigo.

Te amo, Emmeline. Y siempre te amaré, amor mío…


[N. de A]: he aquí resuelto el misterio de Emmeline.

Muchas gracias a: DsdVzla xD, vanne, Lyz, Bella-swan11, Fabiola, Cullen-21-gladys, Amanda-Cullen-Salvatore, chovitap, M y a los dos Guests por sus reviews en el capítulo anterior.

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