CAPITULO 24
—Mmmm —suspiró Candy con satisfacción.
Había tenido un sueño maravilloso en el que Albert la despertaba haciéndole el amor. Nebulosamente, Candy fue penetrada, en el mismo momento en que lo hacía él, por la súbita revelación de que aquello no era ningún sueño. Jadeó mientras, todavía pegados el uno al otro como dos cucharas, él se deslizaba dentro de ella desde atrás.
—Oh, Dios —boqueó mientras Albert incrementaba el ritmo de sus movimientos.
Más profundos, más rápidos, más enérgicos. Se sumergió en ella, rodeándola apretadamente con los brazos, y le mordisqueó la piel en la base del cuello. Cuando Albert hizo rodar sus pezones entre los dedos, Candy se arqueó contra él para recibir cada una de sus embestidas hasta que ambos llegaron al clímax en la más perfecta de las armonías.
—Candy, amor mío —susurró él.
Cuando, un rato después, partió en busca del desayuno porque había decidido servirla en la cama, Candy volvió a recostarse con una boba sonrisita de felicidad estampada en la cara.
La vida era tan maravillosa.
Silbando una alegre tonada, Albert mantuvo en equilibrio sobre su brazo una bandeja llena de arenques ahumados, gruesas salchichas, lonchas de tocino bien frito, gachas y melocotones mientras se las veía con la puerta. Todo había sido preparado personalmente por Paunal, todo había sido catado por Robert. A pesar del hecho de que la amenaza todavía quedaba a una cierta distancia en el futuro, Albert no iba a correr ninguna clase de riesgos con su esposa.
—El sustento ha llegado, amor, y vas a necesitarlo —anunció al tiempo que empujaba la puerta.
Las cortinas de terciopelo volvían a estar atadas, revelando un enredo de cobertores y sábanas de lino, pero la cama se hallaba vacía. Albert paseó la mirada por la habitación, perplejo. Había estado fuera media hora escasa, el tiempo de recoger la comida. ¿Adónde había ido Candy? ¿Una rápida visita al excusado, quizá? Albert ya tenía planeada una mañana deliciosa: un desayuno tranquilo y sin prisas, un baño igualmente carente de prisas para su esposa, que tenía que estar un poco dolorida de tanto jugar en la cama. Hacer más el amor sólo si ella se sentía capaz, y si no, él le masajearía la piel con aceites aromáticos y cuidaría cariñosamente de sus delicados miembros.
Un gélido presentimiento le besó la columna mientras contemplaba la cama vacía. Dejando la bandeja encima de una mesa junto a la puerta, atravesó rápidamente el tocador y entró en la Cámara Plateada.
Candy no estaba allí.
Albert giró sobre los talones y volvió a su cámara. Sólo entonces vio el pergamino que había encima de la mesa al lado del fuego. Sus manos temblaron cuando lo cogió y se puso a leerlo.
«Si valoras en algo su vida, ve al claro que hay junto al pequeño lago. Solo, o la muchacha morirá.»
—¡No! —rugió Albert, estrujando el pergamino en el puño.
«Es demasiado pronto», protestó su mente. ¡Se suponía que no debían encantarlo hasta dentro de dos semanas! ¡Ni siquiera había dado instrucciones a los guardias de triplicar las rondas y recorrer los campos!
«Por Amergin —murmuró con voz ronca—, de algún modo hemos cambiado las cosas.»
Al evitar la muerte de Anthony, tenían que haber alterado el curso que seguirían los acontecimientos posteriores. Su mente empezó a funcionar a toda velocidad. ¿Quién estaba detrás de todo aquello? Albert no le veía ningún sentido. ¿Y para qué podía querer el enemigo a Candy?
«Para llegar hasta mí», masculló sombríamente.
Esta vez no lo habían drogado. En lugar de eso, y como Candy se encontraba allí, la habían utilizado como cebo.
Se calzó frenéticamente las botas, cogió sus bandas de cuero y se las puso. En la Gran Sala, deslizó una hoja tras otra en las ranuras mientras corría hacia la guarnición.
«¿Solo? Ni lo sueñes —pensó—. Yo iré allí solo, mientras mis hombres se les acercan por detrás y aniquilan hasta al último de esos bastardos que se han llevado a mi mujer.»
Agazapada detrás del gran roble, Sarah contemplaba cómo los gitanos se disponían a obrar el hechizo que ella les había encargado. Habían pintado un gran círculo escarlata en el suelo. Runas que Sarah no reconoció marcaban el perímetro: oscura magia gitana, pensó con un estremecimiento.
En cuanto Neal partió hacia el castillo por la mañana, Sarah se apresuró a salir de la cabaña y fue sigilosamente a través del bosque. Estaba determinada a ver con sus propios ojos cómo se llevaba a cabo la acción. Sólo entonces creería que su hijo estaba a salvo.
Entornó los ojos y contempló a su enemiga; la prometida de Albert, que había sido hecha cautiva en su cama, de eso estaba completamente segura, porque la muchacha sólo llevaba un delgado camisón. El laird no tardaría en llegar y entonces los gitanos lo encantarían y se lo llevarían bien lejos de allí para que fuese enterrado, y las preocupaciones de Sarah habrían terminado. Los gitanos habían exigido una cantidad extra de monedas para encantar también a la mujer, con lo que habían obligado a Sarah robar de la caja donde Neal guardaba el dinero para sus obras de caridad. Pero ninguna transgresión era demasiado grande con tal de salvar a su hijo.
A unos metros de allí, Neal observaba a su madre con el corazón encogido por la preocupación. Sarah no había dejado de empeorar durante los últimos días, mirándolo todo con unos ojos que brillaban demasiado al tiempo que sus estados de ánimo se volvían crecientemente erráticos. No le quitaba la vista de encima a Neal, como si esperase que un rayo pudiera fulminarlo en cualquier momento. Él había hecho cuanto estaba en sus manos para aliviar sus temores de que Albert MacAndrew pudiera hacerle daño, pero no había servido de nada. Su madre no paraba de imaginar cosas cada vez más terribles.
Murmuró una plegaria de agradecimiento a Dios por haberlo guiado hasta allí. Neal había despertado con un terrible presentimiento, y en vez de ponerse en camino hacia el castillo sin más dilación, se había quedado detrás de la cabaña. Como era de esperar, unos instantes después su madre —despeinada, a medio vestir y con los ojos llenos de una nerviosa agitación— había salido de la cabaña envolviéndose en su capa.
Cuando la vio partir a toda prisa, Neal la siguió desde una prudente distancia. Su madre llegó al confín del bosque, donde éste terminaba en un claro de forma circular junto a la orilla del pequeño lago. Neal la observó con una profunda inquietud. ¿Qué estaba haciendo su madre? ¿Qué tendría que ver ella con los asuntos de los gitanos y qué eran aquellos extraños dibujos que habían sido trazados encima del suelo?
Recorrió el claro con la mirada y se quedó atónito cuando un pequeño grupo de gitanos se puso en movimiento y uno de ellos se separó de los demás, cargado con una mujer atada que llevó hacia el círculo escarlata. Era la joven de rubios cabellos a la que Neal había visto últimamente en el castillo. Cuando el gitano miró por un instante en su dirección, Neal retrocedió hacia la espesura para buscar refugio en las sombras del bosque.
¿Qué ominosos acontecimientos iban a tener lugar allí? ¿Qué hacía su madre acechando en aquel claro, y por qué estaba atada una mujer del castillo? ¿A qué cosas terribles se había dejado arrastrar Sarah?
Mientras se alisaba la ropa, Neal se recordó a sí mismo que era un hombre de Dios, y que como tal tenía el deber de actuar en Su nombre a pesar de su pequeña estatura y su tranquila naturaleza. No sabía qué era lo que iba a ocurrir allí, pero estaba claro que no traería consigo ningún bien. Neal tenía la responsabilidad de detener aquella maquinación antes de que alguien saliera perjudicado. Se dispuso a salir de su observatorio escondido, pero apenas acababa de incorporarse cuando Albert MacAndrew, montando un negro corcel que piafaba ruidosamente, irrumpió en el claro. El laird saltó de la grupa de su caballo y, desenvainando su espada, fue hacia el gitano que llevaba a la joven.
—Suéltala —rugió Albert salvajemente con una voz que sonaba como mil voces.
Sus ojos celestes ardían con un resplandor incandescente. Neal comprendió que aquélla no era ninguna voz normal, sino una voz de poder.
Volvió a esconderse y parpadeó.
El gitano que cargaba con la joven de rubios cabellos la dejó caer como si quemara y retrocedió hacia el lago. La joven rodó sobre el suelo lleno de piedras, deteniéndose a unos cuantos metros de donde estaba Neal.
Y entonces fue cuando el infierno abrió sus puertas.
Sarah dejó escapar un gemido que parecía no iba a terminar nunca cuando el caos hizo erupción dentro del claro. Se secó en la falda las palmas pegajosas por el sudor y contempló con horror cómo guardias a caballo surgían del bosque.
Los gitanos, viéndose atrapados entre el lago a sus espaldas y los guardias que venían hacia ellos desde todas las direcciones, echaron mano a sus armas.
¡Mal, mal, todo estaba saliendo mal!
Sarah salió cautelosamente del refugio que le ofrecía el bosque y, sin que llegara a ser vista por nadie entre el tumulto, fue hacia el carro que habían traído para llevarse de allí el cuerpo dormido del laird.
Los gitanos estaban apuntando sus ballestas.
Los guardias estaban alzando sus escudos y blandiendo espadas.
Iban a morir hombres y correría la sangre, pensó Sarah mientras agradecía que Neal se encontrara a salvo en el castillo trabajando en su capilla. Tal vez en lugar de ser encantado, Albert MacAndrew encontraría la muerte en la batalla. No por la mano de Sarah. Tal vez.
Pero la posibilidad de que eso ocurriera acaso fuera demasiado pequeña para que pudiese garantizar la seguridad de su hijo.
Sarah le había prometido a Neal que no les haría ningún daño a los MacAndrew, y ella era una mujer de palabra. Si un hijo no podía confiar en la palabra de su madre, ¿en qué iba a poder confiar entonces?
Había planeado cuidadosamente el encantamiento de tal manera que ni un solo pelo de la cabeza del laird sufriera el menor daño. Pero ahora todos sus cautelosos planes habían empezado a torcerse. No le quedaba más remedio que probar con otra opción para salvar a su hijo. Si no podía quitar de en medio a Albert MacAndrew antes de que se casara con su dama… Bueno, ella no había hecho ninguna promesa acerca de esa dama. Y por el momento aquella dama había quedado olvidada mientras la batalla rugía alrededor de su cuerpo atado.
Tendida en el suelo como estaba, podía ser pisoteada por los caballos o no serlo. Podía ser alcanzada por una flecha perdida o no serlo.
Sarah no estaba dispuesta a correr más riesgos. Si Albert sobrevivía a la batalla, Sarah debía asegurarse de que no hubiera ninguna mujer para casarse con él.
Entornando los ojos, observó cómo la joven se debatía con sus ataduras y empezaba a arrastrarse lentamente hacia el carro.
Sarah cogió con manos temblorosas una ballesta firmemente tensada y, recurriendo a todas las fuerzas de que disponía, apuntó a la joven con ella.
Los ojos de Neal se desorbitaron de horror. ¡Su madre, su propia madre, iba a asesinar! ¡No matarás!
—¡No! —rugió, saltando de entre la espesura.
Sarah lo oyó y dio un respingo. Su mano resbaló sobre la cuerda de la ballesta.
—¡No! ¡Madre! —Lanzado a una frenética carrera, Neal se catapultó a través del aire para escudar a la joven atada y tropezó, aterrizando de lado encima de ella—. Noooooo…
Su grito terminó abruptamente cuando una flecha se clavó en su pecho.
Sarah se quedó paralizada. Su mundo se volvió extrañamente inmóvil. El tumulto en el claro se alejó y pasó a volverse borroso, como si Sarah estuviera de pie en el túnel de un sueño, ella en un extremo y su hijo agonizante en el otro. Con un sollozo ahogado atrapado en la garganta, sintió que le fallaban las rodillas y se desplomó.
Su visión volvió a cernirse sobre ella, esta vez completa, y Sarah vio al fin el rostro de la cuarta persona. La persona que ella había creído que no significaba nada porque no había sido capaz de verla con claridad.
Ella era la mujer que mataría a su hijo. Nunca había sido la muchacha. Aunque, indirectamente y en cierto modo, sí que lo había sido. Porque si la muchacha no hubiera ido allí, Sarah no habría planeado hacer cautivo al laird, y si ella no hubiera puesto en movimiento semejantes planes, entonces nunca habría disparado un dardo de ballesta a su querido hijo.
Neal debía de haber dicho más de un millar de veces que se haría la voluntad del Señor.
Pero, confiando más en sus visiones que en Dios, Sarah había intentado cambiar lo que pensaba haber visto y había terminado siendo la causa de ese mismo acontecimiento que tan desesperadamente trataba de evitar.
Le pareció oír el último hálito de la agonía de su hijo por encima del estrépito de la batalla.
Sin ser consciente de la contienda que se libraba a su alrededor, las flechas que volaban por los aires y las espadas que se agitaban, Sarah se arrastró hasta su hijo y tiró de él hasta dejarlo encima de su regazo.
—Ay, mocito mío —canturreó mientras le alisaba los cabellos y le acariciaba la cara—. Neal, mi bebé, mi muchacho.
Candy trató de incorporarse tan pronto como dejó de estar atrapada por el cuerpo del hombre. Un sollozo se le escapó de los labios cuando entrevio la flecha que sobresalía de su pecho ensangrentado.
Candy nunca había visto morir a nadie a causa de un disparo. Era horrible, mucho peor de lo que lo hacían parecer las películas. Trató de alejarse de allí, pero tenía las muñecas inmovilizadas a la espalda y los tobillos apretadamente atados. Arrastrarse torpemente sobre el trasero sólo permitía un avance muy lento. Cuando un caballo relinchó y se encabritó detrás de ella, cuando oyó el siseo sobrecogedor de una hoja que hendía el aire, Candy decidió que moverse tal vez no fuera el curso de acción más sensato.
Sólo habían transcurrido unos minutos desde que Albert se había ido cuando los gitanos entraron en la cámara y se la llevaron cautiva. La habían dominado con una humillante facilidad.
Candy no lo había visto venir, pero de algún modo, al evitar la muerte de Anthony, ellos dos habían cambiado las cosas. Los planes se habían acelerado, y en vez de un mensaje en el que se pedía a Albert que fuese allí si quería llegar a saber cuál era el nombre del hombre que había matado a su hermano, la habían utilizado a ella como señuelo. Contempló a la llorosa mujert cuyas manos deformadas por la edad revoloteaban frenéticamente sobre las mejillas y la frente del hombre. Mientras lo miraba, Candy vio subir y bajar su pecho, para luego no volver a elevarse.
—He sido yo durante todo el tiempo —gimoteó Sarah—. Fue mi visión la que hizo esto. ¡Nunca debería haber hecho un trato con los gitanos!
—¿Tú lo organizaste todo para encantar a Albert? —jadeó Candy. ¿Aquella mujer de cabellos adornados con algunas canas, manos artríticas y ojos legañosos era su enemigo desconocido?—. ¿Tú eres la que estaba detrás de todo esto?
Pero la anciana no le contestó y se limitó a mirar a Candy con aborrecimiento y locura en su mirada.
—¡Candy! —rugió Albert—. ¡Aléjate de Sarah!
Candy volvió la cabeza y lo vio correr hacia ella con una expresión de horror en el rostro.
—¡Arrástrate, aléjate de ahí! —rugió él nuevamente mientras esquivaba flechas y mandobles.
—No te acerques —gritó Candy—. ¡Protégete!
Albert nunca conseguiría abrirse paso a través de tantas armas.
Pero él no se mantuvo alejado sino que siguió corriendo, sin prestar ninguna atención al peligro.
Albert ya se encontraba a una docena escasa de metros de ella cuando una flecha se clavó en su pecho, impulsándolo hacia atrás. Mientras él se desplomaba sobre la espalda, de pronto Candy se encontró…
… Encima de la roca plana, tomando el sol, en las estribaciones de las colinas que se alzaban por encima del lago Ness.
—¡Nooooooo! —gritó—. ¡Albert!
Continuara...? ゚リᄁ?
La liberación del poder del átomo lo ha cambiado todo excepto nuestra manera de pensar… La solución a este problema se encuentra en el corazón de la humanidad. Si lo hubiese sabido, me habría hecho relojero.
ALBERT E INSTEIN
El corazón tiene sus razones, acerca de las cuales la razón no sabe nada.
BLAISE P ASCAL
