Capítulo 26: Asesinato.

Tarde del jueves, 11 de agosto de 2005

Al principio de la tarde, Ginny caminaba, pensativa, hacia la puerta de entrada. Acababa de sonar el timbre y, aunque ese día esperaban invitados, era demasiado pronto para que nadie llegase aún. Por eso ella no podía evitar preguntarse si la inesperada visita estaría relacionada de algún modo con la extraña actitud que había mostrado Harry después de comer. El joven se había apresurado a encerrarse en su despacho, mostrándose taciturno, mientras todos le observaban con actitud alerta, aunque nadie había hecho el menor comentario al respecto.

La pelirroja desechó sus dudas, convencida de que muy pronto estas serían resueltas, y se apresuró a abrir la puerta. Se llevó una grata sorpresa al comprobar quién estaba esperando ante ella.

- Charlie, qué alegría… - besó al auror en la mejilla, siendo cálidamente correspondida.

- Me alegro de verte, Ginny. ¿Harry está en casa? Esta mañana me ha enviado una lechuza pidiéndome que viniese urgentemente a hablar con él.

- Sí, sí, pasa… Le avisaré de que has llegado. No me había dicho que ibas a venir.

Mientras Charlie Smiles esperaba en el recibidor, ella caminó hacia el despacho de su marido e hizo sonar sus nudillos contra la puerta cerrada.

- Amor, tienes visita.

- Entra un momento, Ginny, por favor.

Ella hizo lo que le pedía, extrañada.

Encontró a Harry de pie, frente a la puerta, esperando con semblante serio a que ella la cerrase. Una vez ambos estuvieron libres de miradas curiosas, él la abrazó con cariño, besándola muy tiernamente. La chica se dejó arropar, encantada.

- Es Smiles, ¿verdad? – preguntó él, de forma retórica.

- Sí, amor – ella lo besó, mimosa.

- Bien. Ginny, mientras él y yo estemos reunidos, necesito que impidas que cualquier persona entre en este despacho. Preferiría no tener que ejecutar un hechizo que lo selle, esta tarde me siento algo cansado.

- ¿Cansado? – Se alarmó - ¡Pasas demasiado tiempo en Hogwarts, Harry! ¡Deberías cuidarte más, ahora que todavía no han comenzado las clases!

- Ya hablaremos sobre ese tema, princesa. ¿Harás lo que te pido? – invadió el alma de ella con sus profundos ojos azules, enamorado.

- Claro, mi vida. Nadie os molestará, te lo prometo. Pero, ¿qué sucede? ¿Hay algún problema, Harry?

- No. Tan sólo quiero tratar con él un asunto de trabajo un tanto embarazoso, que le concierne de forma directa. Quiero asegurarme de que nadie nos escuche, pues eso le dejaría en una posición bastante incómoda, que intento evitar.

- ¿Charlie está metido en algún lío? ¿Ha cometido algún error? – preguntó, preocupada.

- Algo parecido. Te ruego que no preguntes más, al menos por ahora.

- Pero, ¿porqué no es Kingsley quien vaya a reprenderle, sino tú? – lo miró de forma suspicaz.

- Porque Kingsley no está al tanto de lo sucedido y, si puedo evitarlo, jamás nadie lo estará.

- Oh, pretendes ayudarle – afirmó, creyendo comprender.

- Ajá.

La chica lo besó con énfasis, orgullosa de él.

- Nadie os molestará. Yo me encargo de eso – le aseguró, decidida.

- Gracias, princesa – la besó en el cuello suavemente, mientras susurraba a su oído – Feliz cumpleaños.

- ¡Harry! ¡Me has felicitado más de veinte veces hoy! – rió ella, divertida.

- Y todavía queda medio día más para hacerlo, amor mío. Y parte de la noche – volvió a susurrar, con picardía.

- ¿Sabes que me vuelves loca? – se estremeció de placer.

- Perfecto, eso pretendo – dijo él con arrogancia, estrechándola más fuertemente.

- ¡Me voy, porque si no, atente a las consecuencias, Potter! – desabrochó varios botones de la camisa de él para acariciar con deseo su pecho desnudo. De pronto, retiró sus manos rápidamente y lo miró con la pasión encendida en sus ojos color chocolate, le dio la espalda, y abandonó el despacho con paso decidido.

Él rió, satisfecho.

Pocos minutos después, Charlie y él se hallaban a solas, sentados frente a frente en la sala.

- ¡Cuánto tiempo sin vernos! – dijo el auror, de forma jovial, tratando de iniciar una conversación.

- Nuestro distanciamiento no ha sido casual, Charlie – afirmó el otro, serio como una estatua – Esta noche vamos a celebrar aquí el cumpleaños de Ginny. Vendrán todos nuestros amigos, incluida Carol, a quien sé que estás bastante unido últimamente. Tú me aseguraste ser mi amigo, y yo te creí, y te sigo creyendo. Por eso quiero que asistas también, con una única condición: que abandones todo trato con los mortífagos para siempre – soltó como si de una bomba se tratase.

Smiles palideció, el color de su semblante en nada difería al de un cadáver. Sintió todos sus miembros agarrotados, y su garganta seca y rasposa, cual estropajo. La más amplia desolación se reflejó en sus ojos, que ahora miraban a Harry, sin ver más allá de su propia culpa.

- Lo sabías…

Harry asintió, sin dejarse conmover.

- ¿Desde cuándo? – apenas susurró.

- Jueves, tres de junio de dos mil cinco: nueve de la noche. Lugar: Taberna del Errante.

- Dios mío, esa fue la primera vez…- se cubrió el rostro con ambas manos – No pretendía dañarte, Harry. Les seguí el juego pensando que pronto podría deshacerme de ellos, que si espiaba tus movimientos durante unos días acabarían dejándome en paz, como me habían prometido. ¡Maldita puta! ¿Por qué tuve que involucrarme con ella? – se lamentó.

- No oses hablar mal de ella en mi presencia – amenazó – Tú menos que nadie tienes derecho a hacerlo. Y mucho menos estando muerta. – sus ojos destilaban furia contenida.

El otro se derrumbó, abatido.

- Cómo no, eso también lo sabías… Si se hubiese hecho público mi desliz con Cho Chang, mis padres jamás lo habrían comprendido: provengo de una familia extremadamente conservadora, que gastó el poco dinero que tenía en enviarme a Londres para que hiciese realidad mi sueño de ser auror. No podía defraudarlos, y a ti tampoco. Tú también me habrías juzgado, ya que no podías verla ni en pintura – intentó justificarse.

- ¿Ese es el concepto de amistad que tienes? ¿Ese es el tipo de confianza que depositas en tus amigos? ¿Crees que yo no sé lo que es cometer un error? – Lo miró, apenado – Lo que jamás entenderé, es que dos personas mueran en una isla a miles de kilómetros de aquí, por el simple hecho de que tú fueses a los mortífagos con el chisme de que yo, mi familia y mis amigos íbamos a pasar unas vacaciones allí.

- ¿Dos personas? – abrió los ojos, casi desorbitados - ¿Qué personas? ¡Yo no sé nada sobre eso!

- Los dos sirvientes de la mansión donde nos hospedamos, Charlie. Leman y Horts los asesinaron como un modo macabro de advertencia contra mí. Hacía poco tiempo que yo sospechaba de ti y por eso mismo no te invité a que vinieses, pero aquel día no me hizo falta investigar sobre quién había delatado nuestro paradero. Sabía que Carol te lo había confesado de forma casual, extrañándose de que tú no nos acompañases, os escuché cuando lo hizo. Al resto tan sólo le dije que me marchaba de vacaciones, pero no a dónde.

- Oh, Merlín…

- Si te he permitido hasta ahora que te relacionases con ellos, ha sido únicamente para darte la oportunidad de que tú mismo me lo confesases. Pero no lo has hecho, y ya no queda tiempo para seguir jugando al gato y al ratón. Te doy una última oportunidad: abandónalos, Charlie. Yo te protegeré, a ti y a toda tu familia, si es necesario. Pero déjalos, hazlo por Carol, al menos, ella cree en ti y no merece que la traiciones de este modo. Y yo no voy a dejar que lo sigas haciendo.

Harry notó con esperanza cómo, por un momento, Smiles dudó. Pero inmediatamente después el miedo atenazó al hombre por completo, pudo más que sus deseos, que su propia conciencia, y la decisión que tomó lo alejó de su amigo para siempre.

- Estoy metido hasta el cuello en todo esto, Harry. Ellos no permitirán que me largue con vida, eso te lo aseguro, y no voy a poner en peligro la seguridad de mi familia para intentar conseguirlo. Gracias por tu franqueza, por la oportunidad que me has brindado. Gracias por haberme ofrecido tu amistad de forma desinteresada, por haberme hecho sentir alguien a tu lado, alguien que pudo haber valido la pena. Pero esta lucha he de acabarla a mi manera.

- No tienes porqué hacerlo. Conseguiré que Kingsley esconda a tu familia, y a ti mismo, tan bien que nadie podrá hallaros jamás, si vosotros no lo deseáis. Ambos le explicaremos a Carol las circunstancias que te llevaron a unirte a los mortífagos y ella se podrá marchar también contigo, si así lo desea – argumentó, decidido – Además, pienso acabar con ellos pronto. De un modo u otro, te prometo que no te volverán a molestar.

- Creo firmemente en tus intenciones, Harry, pero no puedo abandonarme en tus manos, ya no, he llegado demasiado lejos. Yo solo me metí en esto y únicamente yo debo salir de ello. No podré volver a mirarme al espejo si no lo hago.

- No seas, tonto, Charlie, por favor, déjame ayudarte.

- Sabes bien que no podrás. Mientras tú planeas mi escondite y el de toda mi familia, los mortífagos pueden eliminarnos a todos, en un abrir y cerrar de ojos. No puedo arriesgarme, Harry, no puedo hacerlo.

- Esta misma noche puedo teneros a todos bien lejos de aquí, sin dejar rastro – le aseguró.

- No, Harry, no voy a seguir huyendo de mí mismo. Ahora puedo respirar más tranquilo, pensando que ninguna de mis acciones, pasadas o futuras, podrán dañarte, ya que tú estás prevenido frente a ellas. No imaginas cuánto dolor me ha causado pensar que te estaba traicionando. Hace mucho que debí haber confiado en ti, pero ahora ya no es momento de hacerlo, no para mí.

- Piensa bien lo que vas a hacer, por favor, piénsalo.

- Ya lo he hecho. Al igual que tú has elegido tu propio camino, yo he elegido el mío, con menor acierto, pero así ha sido. Ahora debo recorrerlo hasta el final.

- Bien. Entonces, solo te advierto que no vuelvas a interferir en la vida de Carol, o te pararé los pies. Que tengas suerte, Charlie. Tan sólo espero no encontrarte un día en el bando contrario, porque sabes perfectamente que no podré permitirme el lujo de mostrar piedad – le ofreció la mano, que el otro estrechó con emoción.

- No lo harás – por un momento dudó – Hay alguien más que te está traicionando – dijo por fin.

- No, no lo está haciendo, jamás lo ha hecho – le aseguró el otro, totalmente convencido.

En aquel momento Smiles comprendió realmente que siempre existió otra salida, y su culpabilidad se agudizó.

Ambos se miraron con tristeza, y Smiles se marchó de la casa, en profundo silencio.

&&&&&&&

Un par de horas después, Harry y Draco conversaban en el hogar de los Potter, reunidos a puerta cerrada en el mismo despacho donde Charlie había confesado toda su verdad. Aquella noche, una gran cena en honor de Ginny se celebraría en la casa, con motivo de su vigésimo cuarto cumpleaños, que congregaría a todos los amigos de la pareja, y los mantendría bien ocupados a todos hasta muy entrada la noche; así que los dos hombres habían decidido solucionar varios temas urgentes antes de que el primer invitado llegase y ambos debiesen unirse a la fiesta también. Llevaban más de una hora de trabajo, por lo que se habían tomado un descanso para compartir una copa del mejor whisky de fuego, que Harry conservaba para ocasiones especiales.

- ¿Tú, bebiendo? – Draco lo miró con burla.

- No pienso emborracharme y hacer el ridículo si eso es lo que esperas – le devolvió una cruel sonrisa. – Es cierto que hace años que no había probado el alcohol, pero hoy deseaba compartir este momento contigo – se sinceró, ya de forma seria, clavando sus ojos en los de su amigo.

- ¿Por qué? – fue la sencilla pero certera pregunta.

Harry observó al rubio con naturalidad, mostrando una sonrisa cómplice.

- Yo tengo mis secretos, y tú los tuyos.

- ¿Qué secretos? ¿Acaso algo concerniente a mi vida es un secreto para ti? – preguntó, con una mueca sarcástica.

- ¿Y acaso algo concerniente a la mía lo es para ti? – lo observó del mismo modo.

Draco se levantó del sillón donde había permanecido sentado cómodamente, dio la espalda a Harry, caminando hacia la puerta, y quedó parado frente a ella; se mesó el cabello con nerviosismo, para luego regresar frente a su amigo con pasos rápidos, y encarar su mirada.

- ¡Maldita sea! ¡Harry! ¡No vas a morir! – le gritó, desesperado.

El otro, por un momento, lo miró con ojos como platos, totalmente sorprendido.

- Dime, ¿qué puede impedirlo ya? – respondió el joven, recuperando su semblante sereno.

- ¡Un demonio si lo sé! ¡Pero eso no va a suceder! ¡Así que no te comportes como si fuera a pasar! ¡Nos estás haciendo sufrir a todos con esa actitud!

- ¿Y qué actitud quieres que muestre? – Comenzó a gritar él también, molesto por el tono que empleaba su amigo - ¡Siento, segundo a segundo, cómo mis fuerzas se agotan! ¡Cómo me convierto en una sombra de lo que fui! ¡Cómo, dentro de nada, seré tan sólo un recuerdo! ¡Dime! ¿Qué debo hacer? ¿Quedarme sentado esperando que suceda? ¿Con todos los asuntos que tengo pendientes por resolver antes de dejaros? ¡El único consuelo que me queda es saber que puedo hacer algo para que seáis felices!

- ¿Ser felices, dices? – Lo fulminó con la mirada - ¡Escúchame, gilipollas! ¡Aunque los mortífagos destruyan Hogwarts, se carguen todo lo que conocemos y amamos! ¡Aunque asesinen, roben, extorsionen! ¡Aunque nos esclavicen a todos y cada uno de los magos que nos oponemos a su dominio! ¡Si tú sigues con nosotros, a nuestro lado, todos los que te queremos seremos felices! ¡Infinitamente más felices que si nos consigues un futuro idílico y luego nos abandonas! ¡Nosotros lucharemos por todos! ¡Por ti incluido! ¡Pero tu trabajo ahora es lograr recuperarte de esa maldita enfermedad! ¡Esa es tu responsabilidad! ¡Ninguna otra! – pateó el sillón con vehemencia.

- ¡Tú no entiendes nada! – se puso de pie rápidamente, tomó por un brazo el sillón donde había permanecido sentado hasta el momento, y lo lanzó contra la pared, cada vez más furioso. Después encaró a su amigo de forma amenazadora - ¡Yo he nacido con una forma de ser! ¡Soy incapaz de permitir que otros luchen por mí! ¡No sé hacer otra cosa! ¡Ni deseo hacerla! ¡Ese es mi destino! ¡Ya lo era incluso antes de que yo fuese consciente de ello! ¡Tú lo sabes mejor que nadie! ¡Luchar por todo lo que amo da sentido a mi vida! ¡No podría vivir si no lo hiciese! ¡He vivido luchando y moriré luchando! ¡Hasta mi último aliento! ¡Y nadie me lo impedirá!

- ¡Eres tú quien no entiende nada! – le reprochó, sin dejarse amedrentar - ¡Eres tú el que está ciego! ¡Nada nos importa si no podemos compartirlo contigo! ¿Eres tan tonto como pareces, que no eres capaz de comprender algo tan sencillo?

Los dos jóvenes quedaron frente a frente, a escasos centímetros el uno del otro, mirándose con ira, ambos apunto de explotar. Finalmente, Harry dio un fuerte puñetazo en la mesa del despacho, que esparció varios documentos por el suelo.

- Haré lo que tenga que hacer – dejó bien claro - ¿Piensas ayudarme?

- Vete a la mierda – respondió el otro, lleno de cólera y frustración. Y salió del despacho como el rayo.

Al salir, el rubio casi derribó a Ginny y a Nadia, que se habían agolpado tras la puerta, alertadas por los fuertes gritos de los chicos y el golpear de muebles contra el suelo. Él casi no tuvo tiempo de detener su impetuosa marcha, pero consiguió por muy poco que ambas no cayesen. La culpabilidad se añadió a todos los sentimientos que en aquel momento lo atormentaban.

- Lo siento – se disculpó, evitando su mirada, y continuó su camino sin mirar atrás.

- ¡Draco! ¿Qué ha pasado? ¡Draco! – lo llamó Ginny, sin obtener reacción alguna por parte del chico.

Nadia y ella se miraron, preocupadas, y decidieron entrar al despacho de Harry para ver si tenían más suerte con él. El hombre yacía de pie, con la cabeza baja y ambas manos apoyadas sobre los costados de la mesa. Un tornado parecía haber arrasado parte del despacho: muebles derribados, papeles alfombrándolo todo… sintieron que algo muy grave había sucedido allí. Las dos sabían que él había notado perfectamente su presencia, a pesar de no haber hecho ningún movimiento por demostrarlo.

- Harry, ¿qué ha pasado? – le preguntó Ginny, acercándose a él y acariciándole el cabello con ternura.

Él se tomó su tiempo para responder, y cuando la chica creía que iba a ser ignorada también por completo, Harry la abrazó suavemente, y suspiró.

- Nada, amor. Ha sido tan sólo una diferencia de opiniones. Nada más.

- ¿Una diferencia de opiniones, con los gritos que dabais? ¡Si habéis montado todo este desastre ha sido por no golpearos el uno al otro! ¿Acaso crees que soy tonta? – se indignó.

- Ambas sabéis cómo somos. Los dos tenemos un carácter muy fuerte, y la conversación se nos ha ido de las manos. En serio, no es nada importante – la estrechó cariñosamente, intentando ofrecerle una sonrisa serena.

- No vas a contarnos sobre qué estabais hablando, ¿verdad? – preguntó Nadia, dando por sabida la respuesta.

- No – él sonrió de nuevo con gesto cansado - ¿Pero qué tal si os acompaño al comedor? ¿No estabais jugando con los niños?

- Harry… - insistió Ginny, no queriendo dar por zanjado el asunto con tanta facilidad.

- Por favor… - le rogó él, con semblante agotado.

Ellas asintieron, preocupadas por su salud, y a sabiendas de que no obtendrían más información por mucho que presionasen al uno o al otro.

- Perfecto. Me uniré a vosotras hasta que lleguen los demás. A todos nos hará bien relajarnos un rato.

Los tres salieron del despacho y alcanzaron a los pequeños, que jugaban vigilados por Doby, y Harry se unió a su juego tranquilamente, como si nada hubiese sucedido. Nadia miró a Ginny disimuladamente y esta negó con la cabeza, rendida.

&&&&&&&

Aquella noche todo el mundo se deshacía en bromas, chistes y risas, forzadas, en su mayoría. Ninguno de los allí reunidos tenía la menor gana de fiesta, y mucho menos Ginny, la que se suponía era el alma de la celebración, y si todo aquel teatro había sido montado, era tan sólo para aparentar normalidad ante Harry, para animarle y relajarle, nada más. Draco y Harry no se dirigían la palabra, fingiendo prestar atención a cualquier conversación que les mantuviese bien al margen el uno del otro. Los demás eran conscientes de este hecho, y se interrogaban unos a otros con la mirada, pero ninguno de ellos supo dar razón exacta del porqué aquello estaba sucediendo; finalmente, todos decidieron fingir que no se habían dado cuenta.

- Como no podía ser de otro modo, estás bellísima en el día de tu cumpleaños – Samuel piropeó a Ginny, con una sonrisa amable.

- ¿Pero qué dices? – Se burló George - ¡La enana empieza a estar fondona!

- ¡Nuestro pequeño sobrino la está poniendo como una vaca! ¡Seguro que se atiborra de dulces! ¡Que si se me antoja esto, que si lo otro…! – Fred la imitó con descaro - ¿Qué dices tú, cuñadito? – preguntó a Harry, con una amplia sonrisa.

Ginny miró a sus hermanos de forma amenazadora.

- Digo que, sea como sea, para mí ella siempre será la mujer más bella de este mundo – respondió Harry, abrazando a Ginny y dándole un dulce beso en la mejilla.

- ¡Tú no cuentas, calzonazos! – dijeron los gemelos al unísono.

- ¡Ni este tampoco! – George dio un codazo a su hermano Ron, que casi se atragantó con la bebida - ¡En vuestras casas mandan ellas!

- Y si así fuera, ¿qué tiene de malo? – Hermione se encaró con el chico, cruzada de brazos.

Las demás clavaron sus ojos en él, a la espera de una buena respuesta. Pero él prefirió no contestar, así que les ofreció una amplia sonrisa, nada más.

- Tengo por hijos a una pareja de payasos – rezongó Molly, aparentando fastidio, pero divertida.

- Vamos, mamá, hace mucho que lo sabes – dijo Fred con alegría – Sortilegios Weasley: animamos fiestas, bodas y todo tipo de eventos. Presupuesto sin compromiso.

Todos rieron la gracia.

- La verdad es que todas las mujeres reunidas hoy aquí son a cual más bella – afirmó Arthur de forma salomónica.

Ellas le sonrieron con cariño, encantadas.

Inesperadamente, Harry sintió un tirón de la manga de su camisa. A su lado estaban Bonnie y Rose, cogidas de la mano, esperando con cara angelical a que él les prestase atención. Nadie se había dado cuenta de su presencia hasta el momento.

- ¡Pequeñas traviesas! – Cogió a cada una con un brazo y las sentó en sus rodillas - ¿Qué hacéis aquí? ¡Deberíais estar dormidas! – besó sus dulces caritas, con adoración.

- No podemos dormir, papi – se quejó Bonnie. Rose se refregaba los ojos con ambas manitas.

- ¿Cómo es eso? ¿Dobbie no os ha leído un cuento?

- Sí, papi, pero habla raro, y nos aburre. Queremos que tú nos lo cuentes.

- ¿Así que esas tenemos, eh? – Sonrió – Está bien, ahora mismo, vosotras y yo nos iremos a la camita, os acostaréis como niñas buenas, y os contaré un cuento muuuuuuy especial.

Se levantó con ellas en brazos.

- Yo las acompañaré, tú descansa – se ofreció Ginny, solícita.

- Ah, no. Lo siento, princesa, pero estas reinas me lo han pedido a mí – le guiñó un ojo pícaramente– pasad a la sala de estar a tomar café, chicos. En cuanto se duerman, estaré con vosotros.

Y se marchó con ellas, abrazadas bien fuerte a él, y encantadas por el paseo.

- No puedo dejar de maravillarme por la dulzura con que Harry trata a sus hijos y sobrinos – dijo Dudley, asombrado.

Los demás le sonrieron, comprensivos.

- No lo hubiera imaginado formando una familia tan especial. La última vez que nos vimos, los dos éramos casi unos niños, todavía.

- Bueno, parece ser que ahora tú formas parte de ella, también – le hizo notar Samuel.

El chico se sonrojó al caer en la cuenta de ello.

- Carol, ¿cómo es que Charlie no ha venido? – Ginny preguntó a la chica – Esta tarde él ha estado aquí, y Harry me ha dicho que lo ha invitado también.

- ¿Charlie ha estado aquí? – se sorprendió la otra – Qué raro… He hablado con él esta mañana y me ha dicho que pasaría dos días fuera en una misión muy importante…

Smith la observó con mal disimulado disgusto.

- No sé qué decirte. Igual él y Harry han estado concretando detalles sobre esa misión y luego se ha marchado a cumplirla – intentó tranquilizarla – No olvidemos que Harry todavía influye de forma decisiva en el Departamento de Aurores.

- Claro, eso debe ser – asintió, intentando convencerse.

Pero aquella explicación no satisfizo a ninguno de los presentes, aunque se abstuvieron de conjeturar nada al respecto, pues no deseaban causar ningún daño a la chica.

De pronto, un sonoro impacto en uno de los cristales de las ventanas consiguió que todos desviasen su atención hacia ellas. Inmediatamente, Arthur, el más cercano al lugar donde se había escuchado el ruido, se levantó y corrió hacia una ventana: algo se movía al otro lado. La abrió con cuidado, intentando no asustar al animal que aguardaba en el exterior, mas este ni se inmutó: estaba demasiado acostumbrado a su trabajo. Era una nívea lechuza mensajera quien observaba al hombre con ojos curiosos, portando una carta enrollada y atada a una de sus fuertes patas. El nocturno animal sorteó al hombre de un ágil salto, y se apresuró a entrar en el cuarto con descarada actitud. Revoloteó con desvergüenza sobre todos ellos, al parecer insatisfecho, para finalmente dejar caer su mensaje en el regazo de Ginny. Sobrevoló la mesa todavía durante unos segundos más, y luego marcharse raudo, mientras ululaba de forma rimbombante.

Cuando la sorpresa que todos habían sentido dejó paso a la curiosidad, observaron a Ginny, expectantes, y está cogió el blanquecino sobre, escrito con una fina y cuidada caligrafía, y leyó en voz alta:

- "Para Harry James Potter, director de Hogwarts, del Jefe del Cuartel General de Auroes, Kingsley Shacklebolt. ¡URGENTE!"

- Voy en busca de Harry – se apresuró a decir Nadia, intuyendo que la carta debía ser abierta y leída con la mayor rapidez.

El corazón de Ginny dio un vuelco: estaba segura de que aquella nota iba a cambiar sus vidas para siempre, no sabía cómo, pero lo intuía. Los demás no dejaban de observarla, inquietos y preocupados.

El nerviosismo se había adueñado de todos cuando Harry regresó al comedor y tomó la nota con urgencia de manos de Ginny. La abrió intentando no romper el contenido del sobre, aunque sin mucho miramiento, y por fin se hizo con un pequeño pergamino, que contenía unas pocas líneas escritas con la misma caligrafía que había sido usada en el sobre. Los ojos del director de Hogwarts se pasearon por ellas con premura y su semblante fue palideciendo a medida que iba asimilando su contenido.

- ¿Qué pasa, Harry? – la voz de Draco planeó sobre los presentes como una sombra.

El moreno levantó lentamente los ojos de la nota y los fijó en él: la dureza y la determinación se habían adueñado de ellos.

- El Primer Ministro muggle ha sido asesinado.

Nadie fue capaz de pronunciar palabra: habían quedado paralizados.

- Al parecer, los mortífagos se han aliado con una facción radical de muggles y juntos han tomado la sede del Gobierno. Kingsley nos pide refugio en Hogwarts para el resto del Gobierno muggle y todas sus familias. También para el Wizengamot y el Ministro de Magia: el Ministerio de Magia está sitiado.

- Merlín nos asista… - rogó Arthur, horrorizado.

Los demás observaban a Harry, incapaces de asimilar lo que este acababa de contarles.

- Escuchadme. Las nuevas casas para los profesores de Hogwarts están ya terminadas y listas para ser ocupadas en cualquier momento. Quiero que todos vayáis a vuestros hogares, cojáis lo estrictamente imprescindible y regreséis aquí lo antes posible. Neville os conducirá a Hogwarts y os acomodará.

- ¿Y tú qué vas a hacer? – le preguntó Ginny, nerviosa.

- Arthur, Remus, Draco y yo nos vamos al Ministerio de Magia. Kingsley nos ha emplazado allí. Draco y él tomarán el mando de los aurores y harán frente a los mortífagos: Kingsley en el Ministerio y Draco en Hogwarts. Yo lideraré grupo de refugiados, y junto con Arthur y Remus, los conduciremos al Colegio.

- ¡Yo también voy! – se apresuró Ron a afirmar.

- De eso, nada. Dudley y tú vais a ir a Hogwarts. Muerto el Primer Ministro muggle, no quiero que vuestras vidas estén en peligro ni siquiera un minuto. Vosotros dos seguís representando el pensamiento de mucha gente, que se sentirá totalmente perdida si os sucede algún percance. Así que ahora, más que nunca, os quiero a salvo y unidos en contra de la violencia que han desatado los mortífagos y sus aliados.

- Harry, no, por favor. Tú debes venir a Hogwarts también – le rogó Samuel.

Neville apoyó a su amigo con la mirada.

- Ni una palabra más – le ordenó, con enfado – De ninguno de vosotros. Nos veremos en Hogwarts lo antes posible. Neville, en mi ausencia, levanta todas las defensas del Colegio, tal y como os mostré a Draco y a ti.

- No te preocupes, yo me ocuparé. Pero Harry, por favor, cuídate.

Él asintió. Se acercó a Ginny y, tomándola por la cintura, la besó suavemente, mirándola a los ojos con ternura.

- No temas, volveré para protegeros – le juró.

- No te vayas, Harry, te lo ruego – intentó retenerlo por una mano, suplicante.

Pero él no le respondió. Con su otra mano, tomó entre las suyas la de su mujer y la apretó con fuerza durante un segundo. Después, se deshizo de la presión de ella y, dándole la espalda, caminó hasta sus tres compañeros, quienes ya se habían reunido, pendientes de sus órdenes.

- ¿Preparados?

- Preparados, Harry – afirmó Draco, decidido.

El moreno apretó el hombro de su amigo, con una sonrisa agradecida. Los cuatro hombres caminaron hacia la chimenea, y haciendo valer la red flu, desaparecieron hacia el Ministerio. Los demás observaron cómo se marchaban, con el corazón en un puño. Ginny comenzó a llorar.

- Por favor, necesito que intentéis serenaros – les rogó Neville – Vamos a usar la red flu hasta Hogsmeade, y allí tenemos esperando varios carruajes que nos transportarán inmediatamente hasta el Colegio. Lo importante ahora es atrincherarnos allí, así que id a vuestras casas y regresad aquí lo antes posible, únicamente con lo estrictamente imprescindible, en máximo quince o veinte minutos. Quiero que nos transportemos todos juntos. La red flu puede ser tomada por los mortífagos en cualquier momento, así que cuanto menos tiempo la usemos, mejor. Mientras tanto, los niños se quedarán aquí, a cargo de Ron y mío. Samuel, por favor, acompaña a Carol; Tonks, tú acompaña a Molly, Luna y Hermione. Y Fred y George, haced lo mismo con vuestras novias. No deshagáis estos grupos pase lo que pase. Si antes de que volváis aquí la cosa se pone mal para nosotros, Dudley, Ginny, Nadia, Ron y yo huiremos con los pequeños al Colegio, sin esperaros. Entonces tendréis que llegar allí por otros medios. Creo que ahora mismo, la prioridad es proteger a los niños a toda costa. No hay tiempo para despedidas. ¡Marchaos! ¡Ya!

A pesar de sus últimas palabras, todos se abrazaron, temerosos de no volverse a reencontrar en esta vida, y cada cual se apresuró a cumplir su cometido.

&&&&&&&

Los cuatro amigos fueron los últimos en poder utilizar los accesos al Ministerio de Magia que ofrecía la red flu. Nada más penetrar Harry en el protegido recinto, quien se había retrasado con respecto a sus tres compañeros, Kingsley se vio obligado a ordenar la inutilización de dicha red, ya que los mortífagos habían descubierto cómo usarla en su propio beneficio. Varios de estos habían profanado el edificio subterráneo a través de algunos de sus accesos, y las escaramuzas se sucedían a lo largo de todos los pisos. El despacho del Ministro de Magia estaba atestado de gente, una gran parte a la que Harry conocía perfectamente, pero otra a la que no había visto jamás. Supuso que esta última era la formada por los miembros del Gobierno muggle y sus familias. Aquí y allá, se escuchaba el llanto de niños aterrados.

- Este es Harry Potter, el director de Hogwarts, el Colegio de Magia y Hechicería, donde vamos a proceder a trasladarlos a todos ustedes para intentar garantizar su seguridad – comenzó Kingsley, dirigiéndose principalmente a los muggles allí reunidos. – Como bien saben, ha estallado la guerra – se oyeron gritos de dolor; todos eran conscientes de la situación que estaban atravesando, pero hasta el momento ninguno de ellos se había atrevido a definirla en voz alta con semejante claridad – No una guerra entre magos y no magos – continuó con voz firme – sino una guerra entre la libertad y la esclavitud, entre la cordura y la locura, entre el bien y el mal en estado puro. Así que ruego a todos ustedes que olviden sus orígenes y su procedencia, y pongan sus vidas en manos de este hombre pues, si todavía existe alguien capaz de intentar proteger sus vidas y conseguirlo, ese es él. Ahora ruego nos disculpen unos minutos. En breve Harry les dará instrucciones para que se pongan en marcha hacia Hogwarts.

Los cinco hombres salieron al pasillo.

- ¿Por qué todavía me sorprendo con la nula autoridad del Ministro de Magia? – sonrió Harry con sarcasmo. Kingsley le devolvió una mirada significativa - Vamos a usar el autobús noctámbulo – anunció luego con aplomo – Eliminada la red flu, no existe otra manera rápida y efectiva de trasladarlos a todos ellos a Hogsmeade en el menor tiempo posible.

- Yo también lo había pensado así – afirmó Kingsley – Lo que no sé es cómo vamos a hacerlo.

- ¿Pero cómo conseguiremos que el autobús llegue hasta aquí? ¿Y que luego todos suban a él sin que los mortífagos se nos echen encima como chacales? – objetó Draco.

- Porque Kingsley y tú vais a montar una buena distracción aquí dentro – todos lo miraron, incrédulos – Sí, vamos a permitir que penetren aquí. Tan sólo de ese modo lograremos que despejen el exterior. ¡Me importa una mierda que profanen todos los secretos del Ministerio si con ello consigo salvar todas las vidas posibles! ¡Además, las filtraciones están a la orden del día en el Ministerio! ¡Siempre lo han estado! ¡Lo que hay que impedir es que se lleven esos secretos, no que sepan que existen! ¡Eso hace ya mucho que lo han hecho! – Se exaltó, perdiendo los nervios por las miradas de reproche que estaba recibiendo - ¡Y estaréis vosotros para conseguirlo! – fulminó a Kingsley y Draco con la mirada.

Los demás bajaron la vista, avergonzados.

- Bien, Harry, pero, ¿cómo haremos para que el autobús llegue hasta aquí? ¿Y quién lo conducirá después? Recuerda que no podemos confiar en Ernie Prank, y muchísimo menos en Stan Shunpike, por mucho que se demostrara la inocencia de ambos tras la Segunda Guerra – objetó Arthur.

- A Shunpike no lo necesitamos para nada en este caso, no creo que queráis cobrar el viaje – les sonrió, intentando poner paz – y Ernie será sustituido por mí. Yo conduciré el autobús. De camino hacia aquí, le he avisado de que trajese el autobús hasta el Ministerio en "misión especial", previendo los problemas que tendríamos para escapar. Por eso he llegado unos minutos después que vosotros. Lo que no le he dicho, es que esa misión no la llevará acabo él.

- ¡Condenado chiquillo! – Se asombró Kingsley – ¿Pero tú conduces?

- Menos aviones, lo que me pongas por delante. Todavía no he tenido tiempo para aprender a pilotarlos.

- ¿Se puede saber qué hiciste durante los ocho años en que estuviste desaparecido? – no pudo evitar preguntarle Remus, totalmente alucinado.

- Todo lo posible y lo imposible para intentar olvidar a Ginny. Y al final servirá para algo. No es momento para entretenernos, Ernie llegará en breves minutos. Así que ayudadme a guiar a los refugiados hacia la salida. Cuando yo os avise, restableced los accesos a la red flu. Que parezca que ha sido un error. No quiero crear suspicacias. Dejadles entrar, que no encuentren demasiadas trabas en hacerlo, que penetren en lo más profundo del edificio: cuanto más, mejor. Arthur, combatirá a mi lado a los mortífagos que encontremos en nuestro camino hacia el autobús. Y Remus se convertirá en la sombra del Ministro de Magia para protegerlo. Tampoco estaría de más que los magos del Wizengamot nos echen una mano en esto. Ahora les explicaré brevemente lo que necesito de ellos – ambos asintieron, de acuerdo – Y tú, Draco, en cuanto seas consciente de que nosotros hemos partido, quiero que te traslades a Hogsmeade lo antes posible, acompañado de tantos aurores como Kingsley pueda prescindir aquí – sonrió a este con sarcasmo, a sabiendas de que todos ellos eran necesarios en el Ministerio – Nos apañaremos con los que puedan venir, no te preocupes.

Seguidamente, ofreció a Draco el calcetín desgastado que habían usado días antes para acudir al rescate de Dudley.

- Hasta pronto – se despidió del rubio y de Kingsley.

- Hasta pronto – respondió este último, sin ser capaz de ocultar su emoción – Suerte, muchacho.

- Recuerda: he aprendido del mejor – le palmeó la espalda cariñosamente.

- Tú y yo tenemos una cuenta pendiente – Draco le apuntó con un dedo, a modo de advertencia.

- No lo olvidaré.

Los dos chicos se abrazaron.

Después, todos ellos regresaron al cuarto, dispuestos a cumplir con su misión a toda costa.


Comentarios de la autora:

Aquí me tenéis de nuevo, con un capítulo que, definitivamente, comienza a precipitar la historia hacia el final. ¿Qué puedo deciros sobre él? Que mi escena preferida es la pelea entre Draco y Harry. Adoro a esos dos, y como amigos, todavía más, y estoy disfrutando infinitamente escribiendo sobre su amistad. Y que mi corazón sufre por Harry, cada día más. Me habría gustado tener más tiempo para corregir los errores del capítulo y hacerlo mejor, pero estos días me he liado con otros asuntos y temo que, si no lo publico hoy, ya no podré hacerlo hasta no sé cuándo. Así que he decidido colgarlo tal y como está, y ya tendré tiempo para corregirlo algún día, jeje. Espero que no os decepcione.

Por favor, dejadme vuestras opiniones, sean las que sean. Me hará muy feliz.

Un saludo.

Rose.