Hola~~
Ay, señor, que solo quedan tres capítulos y estoy con un ataque de nervios horrible.
En serio, me da mucha pena :(
Voy a aprovechar para daros, como siempre, las gracias por los reviews, creo que no os podéis hacer una idea de lo que significan para mí. De verdad. ¡Muchísisisisisisisisisisimas gracias! Sois un completo amor :)
No tengo mucho que decir sobre este capítulo. Salvo que votéis en la encuesta si no lo habéis hecho (Está en mi perfil y hay que estar loggeado para poder votar), para ver qué historia queréis que comience tras finalizar esta.
Espero que os guste el capítulo.
Un besito muy grande.
Ciao~~
Capítulo 26
—Eli, porque te hayas metido en la cama y fijas estar dormida, no vas a librarte de nuestra charla —comentó una vez se había quedado tan solo con la camisola para dormir, acercándose hacia la cama. Se sentó en el hueco libre y rozó el brazo al descubierto de la castaña—. Vamos.
—Estoy dormida.
—Si lo estuvieras no me contestarías —esbozó una sonrisa al tiempo que acariciaba, sobre las sábanas, la silueta femenina.
—¡Basta! —exclamó sentándose, haciendo que Gilbert dejara de tocarla.
—Dime porqué te casaste conmigo.
—Eres un idiota, ¿lo sabías?
—Eso no responde nada.
—¡Eso lo responde todo! —respondió antes de taparse la cabeza con la almohada.
Gilbert se tumbó junto a ella, pasando un brazo alrededor de su cintura y pegó su rostro a la nuca de la castaña. Su respiración y aliento erizaban el vello de su piel.
—Eli —llamó con suavidad, tranquilo. Pegó su cuerpo al de ella, siento como se tensaba. Al parecer, no cambiaría nunca—, ¿te casaste estando enamorada de mí, sí o no?
Estuvo tentada de contarle todo, de lo que había descubierto en el viaje, de aquello mismo que su corazón sabía desde el principio y que ella misma se había esforzado en negar. De todo aquello que sentía y que no quería, a la vez, sentir por saber a la perfección que no sería correspondida. ¿Le decía que no estaba segura de su decisión? ¿Qué tenía miedo de que todos los sentimientos que experimentaran llegaran a sobrepasarla?
Tragó saliva y apretó con fuerza los ojos, intentando serenarse y esperando, de alguna forma, que Gilbert no se diera cuenta de la turbación y confusión en la que se encontraba.
—Eli —volvió a llamarla, acariciando uno de los mechones de cabello que sobresalían de debajo de la almohada.
—Tengo miedo —susurró.
Gilbert parpadeó varias veces, sorprendido y confuso. Apartó la almohada del rostro de Elizabetha y la miró a los ojos, los mismos que mantenía cerrados gracias a los párpados, fuertemente apretados y arrugados.
—¿Por qué?
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó, girando la cabeza y abriendo los ojos. Gilbert la miraba desde arriba, como si fuera superior.
—¿Por qué tienes miedo? —aclaró. Sabía que ella le había entendido a la perfección pero, dado que estaba algo ida, no le importaba el tener que repetir las cosas o cambiar el modo de formularlas.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Elizabetha y tembló en el borde de su barbilla, aprovechando la gravedad y la posición de la castaña, sentada en la cama tras escuchar las palabras del albino.
—Porque no quiero amarte —dijo, con un jadeo entrecortado. Sentía temblar todo su cuerpo ante la confesión que había escapado de sus labios sin permiso. Dejó escapar un suspiro doloroso—. Sé que si lo hago estaría totalmente a tu merced y eso no es lo que quiero. Me harás pedazos. Y no permitiré que eso suceda, Gilbert.
Le pasó una mano por la mejilla, apartando con suavidad con uno de sus dedos el surco húmedo de la lágrima. Acercó su rostro al de ella, dejando las puntas de sus narices rozándose, entremezclando sus alientos. Ninguno de los dos se permitió el bajar la mirada; se observaron fijamente como si fuera alguna especie de reto.
—¿Por qué piensas que sucederá eso?
Elizabetha miró hacia arriba al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Dejó escapar una risa redentora. Ya le daba todo igual, le diría lo que realmente pensaba y sentía.
—Tú mismo me lo dijiste. No podré darte amor —repitió sus palabras, las mismas que se clavaban como puñales ardientes en su corazón cada vez que las escuchaba. Esa era una herida que jamás sanaría, lo sabía—. ¿Lo entiendes ahora?
Gilbert no dijo absolutamente nada; dejó que siguiera hablando hasta que se quedara totalmente a gusto.
—Me destrozaste con esa única frase al saber que jamás lo alcanzaría. Y aún así, como soy estúpida, acepté entrar en este matrimonio pensando que podría cumplir mi palabra y no enamorarme y… —se llevó las manos a la boca, horrorizada de lo que acababa de decir.
—¿Entonces estás enamorada de mí? —preguntó.
Elizabetha movió los ojos, con rapidez, mirando hacia cualquier punto que no fuera el rostro de Gilbert. Los brazos de él, cálidos y fuertes, se deslizaron alrededor de ella, y una mano se coló por debajo de su melena para rodearle la nuca. La castaña se encogió ligeramente, sabiendo perfectamente lo que vendría a continuación.
—No juegues conmigo —suplicó, mirándole fijamente a los ojos.
El mero hecho de escuchar su tono de voz tan suave, suplicante, tembloroso, hizo que se estremeciera. Y, añadiéndole el olor de su cuerpo y el tenerla tan cerca, con todo lo que le gustaría comunicarle… Espera, ¿de verdad había algo que quería comunicarle? Entrecerró los ojos ante aquella pregunta. No. No había nada, o eso creía.
La miró nuevamente a los ojos verdes, los cuales brillaban por emociones reprimidas. Necesitaba poseerla en ese mismo instante. Quería demostrarle que podía confiar en él, que él la protegería y que no pensaba hacerle ningún daño.
Acercó sus labios al oído de ella y le susurró algo en alemán, palabras guturales dichas en voz baja que ella no entendió por estar más pendiente de no sucumbir entre sus brazos y entregarse nuevamente, como la tonta enamorada que era.
—¿Q-qué es lo que has dicho? —preguntó, tartamudeando ligeramente al principio, logrando que las palabras salieran como un pequeño hilo de voz agudo.
Gilbert acarició con sus labios la mejilla de Elizabetha, al tiempo que se recreaba en la suavidad de su piel antes de volver a quedar frente a ella y a escasos centímetros de sus labios.
—Que no has contestado a mi pregunta, Eli —esbozó una sonrisa ante la pequeña chispa de furia que apareció en sus iris verdes.
Elizabetha arqueó la espalda para alejarse de él, pero Gilbert era muchísimo más fuerte, y no estaba dispuesto a dejarla escapar, no ahora. Necesitaba una respuesta a su pregunta, la necesitaba ahora.
—Por favor, Eli…
—Sí —musitó.
—No te he escuchado.
—Te quiero —respondió mirándole fijamente a los ojos, dejando escapar un suspiro aliviado al soltar aquellas palabras—. Pero…
Él la hizo callar con un suave murmullo y le apartó las manos, comenzando a besarle la garganta, allí donde el encaje del camisón se encontraba con su piel. Besos delicados como caricias le aceleraron la respiración e hicieron que los latidos de su corazón aumentaran como si fuera a estallar en cualquier momento.
Un pequeño susurro de placer llegó hasta lo oídos de Gilbert, quien sonrió y le apartó el cabello del rostro. Elizabetha pronunció su nombre mientras cerraba los ojos y dejaba que él depositara pequeños besos por su cuerpo. Dejó que la tumbara suavemente sobre el colchón, sin dejar de pasar sus manos por encima del camisón.
Gilbert se movió sobre ella, sus anchos hombros estaban iluminados por un resplandor plateado proveniente de uno de los rayos de la luna.
Le hablaba en susurros, a veces en alemán y otras veces en inglés, siendo la lengua que Elizabetha había estado hablando durante su tiempo en Londres. Hasta se atrevió con alguna palabra en húngaro, lo cual hizo que la castaña soltara alguna carcajada por su mala pronunciación.
—¿Qué? —preguntó, separando sus labios de los de ella y mirándola curioso, alzando una ceja.
—¿Nunca te han dicho que eres horrible con los idiomas?
—¿Yo? —se hizo el ofendido—. Pero si soy la persona más asombrosa del mundo. No hay nada que se me resista y mucho menos los idiomas.
Elizabetha le apartó y le miró fijamente.
—Has dicho szere en vez de szeret.
—¿Y?
—¡Pues que me has llamado papel en vez de amor! —exclamó antes de volver a romper en risas. Debía reconocer que lo había intentado pero, no por ello dejaba de ser hilarante.
Gilbert volvió a acercarse y la besó en los labios, tironeando levemente de su labio inferior al separarse. Esbozó una sonrisa de satisfacción cuando comprobó como Elizabetha se recolocaba bajo él, quejándose facialmente por tener que romper el beso.
—¿Y qué más da cómo lo diga si tú me has entendido a la perfección?
Sus mejillas se sonrojaron hasta que volvieron a besarse. Continuó hablándole evitando, ahora sí, el húngaro, no fuera meter la pata; haciendo que las palabras se derramaran sobre su cuerpo.
Le fue subiendo el camisón muy despacio, disfrutando de la piel blanquecina que quedaba al descubierto, en una celebración hecha de besos y suaves mordiscos por cada centímetro de piel revelada. Gilbert le quitó totalmente el camisón por la cabeza, y Elizabetha, ahora completamente desnuda, se estiró mirándole fijamente. Se mordió con nerviosismo el labio al tiempo que contemplaba cómo sonreía.
¿Qué más le daba que Gilbert no la quisiera? Podía imaginarse que así lo hacía, que sus caricias o sus besos estaban siendo totalmente sinceros. Que en cada mirada que le dedicara, le otorgara un pedacito de su corazón. Podría vivir una vida feliz, una que fuera mentira, un autoengaño, pero feliz en la ignorancia. No encontraba otro modo de vivir aquella vida en la que ella misma se había metido, al menos, las últimas decisiones.
Alzó ambas manos y le quitó la camisola por la cabeza, dejándole en el mismo estado que ella, desprotegido. Elizabetha bajó las manos para apretarle los músculos de la espalda cuando sintió sus labios de nuevo sobre su cuello y se encontró nuevamente con la textura familiar de sus cicatrices.
—Eli… —musitó, con voz ronca—. Te deseo…
Elizabetha rodeó a Gilbert con sus extremidades para poder sentirlo lo más cerca posible de ella. Se besaron ardientemente, y sus cuerpos rodaron sobre la cama fundidos en un estrecho abrazo, siempre con cuidado de no caer por los bordes del estrecho lecho. Gilbert soltó un gemido al sentir la caricia de las manos de Elizabetha, la delicada flexión de sus dedos alrededor de su carne endurecida. Cerró con fuerza los ojos, al tiempo que se mordía la lengua para no gritar.
—A-ahora —susurró con voz apremiante, ignorando las órdenes de su razón, y siguiendo los designios de su cuerpo—. Por favor, Gilbert…
Gilbert se incorporó para entrar en ella despacio, con delicadeza, hasta que la escuchó gritar de satisfacción. El éxtasis al que ambos habían llegado con escasas diferencias de tiempo, fue desapareciendo completamente, dejando sus cuerpos unidos en aquel abrazo tenue. Elizabetha giró ligeramente la cabeza y buscó el rostro de Gilbert en la penumbra; podía ver sus ojos brillar, el contorno de su rostro…
El agotamiento físico les había dejado exhaustos, sumiéndose en un sueño profundo hasta que unos ruidos hicieron que Elizabetha se despertara en plena oscuridad.
Las pocas velas que había habido prendidas hacía unas horas, ahora estaban consumidas, con la llama apagada por la cera líquida que se acumulaba en ellas. Abrió con dificultad los ojos, como si no quisiera despertar de aquel sueño. Sintió los brazos de Gilbert alrededor suyo, abrazándola. No se había movido ni un ápice salvo para tenderse a su lado y no aplastarla con su peso.
Sonrió levemente, contemplando con mayor detalle su rostro. Y rememoró aquella noche, antes de la boda de Andrei, cuando encontró a Gilbert tirado en el suelo de la biblioteca, completamente borracho y tuvo que llevarlo a su cama; contemplándole mientras dormía y experimentando un sentimiento de ternura al verle dormir.
Las primeras luces del alba tiñeron el cielo de tintes dorados y rosados, iluminando las nubes que se habían estado formando durante la noche. Elizabetha intentó deshacerse del abrazo de Gilbert al tiempo que salía de la cama y cubría su cuerpo con el camisón. Buscó a tientas la jarra de agua y se aseó rápidamente. Habría deseado con todas sus fuerzas el poder darse un baño, pero despertar ahora a los posaderos, le parecía una total falta de respeto.
Se vistió con el vestido de viaje y, tras arreglarse el cabello en un moño bajo y suelto, salió de la habitación sin hacer el más mínimo ruido. Caminó por los pasillos, todos en la posada dormían, se podía adivinar por los ronquidos que llegaban hasta sus oídos.
Soltó una pequeña risa al descifrar el pensamiento que acudió a su mente. Daba gracias de que Gilbert no roncaba, o no podría evitar echárselo en cara. Bajó las escaleras y salió de la posada. El viento fresco de la mañana le dio en toda la cara, terminando de despejarla aún cuando toda ella tuvo que lavarse con el agua fría de la jarra, la misma que había llegado caliente a su dormitorio. Masculló en voz baja al tiempo que se rodeaba a sí misma con los brazos; frotó las mangas del vestido con las manos en un intento de darse calor y se recriminó el no haber cogido la capa o una manta para cubrirse ligeramente. Eso la próxima vez no le ocurriría.
Se decidió a dar un paseo alrededor de la posada; le vendría bien para aclarar las ideas. Sabía que lo necesitaba. Sus pasos la llevaron hasta la zona trasera del edificio, donde se encontraban las cuadras con los caballos.
El olor a estiércol y paja se mezclaba con el aroma de los caballos, algunos de los cuales soltaban pequeños relinchos. Entró dentro y observó, no sin cierto asombro, como varias cabezas se giraban y la observaban, en completo silencio, como si estuvieran evaluando a la persona recién ingresada en el habitáculo.
—Hola pequeño —murmuró con suavidad acercándose a uno de los caballos que los había estado acompañando durante todo el viaje.
Desde luego, se merecía una medalla por tener que soportar todo el peso del carruaje. Acarició el morro con delicadeza y lentitud con las yemas de los dedos y sonrió. Aquello le relajaba más de lo que hubiera podido imaginar.
—¿Has dormido bien? —preguntó. No necesitaba una respuesta, tan solo, necesitaba hablar con alguien, aunque fuera de un tema tan trivial como ese. O con un ser incapaz de contestarle. Aunque sabía que los caballos, como el resto de animales, podían entenderla de alguna manera. No eran tan tontos como les gustaba a los hombres señalar.
Un chasqueo resonó a su espalda y el caballo comenzó a ponerse nervioso.
—¿Qué ocurre? —preguntó, al tiempo que se giraba, achicando ligeramente los ojos y contemplando los cubículos que antes quedaban a su espalda.
No había nadie detrás de ella. Seguramente hubiera sido tan solo uno de los cascos aplastando una de las ramitas de heno, que había crujido por el peso ejercido. Sacudió la cabeza antes de volverse hacia el caballo, descartando las locas ideas que acudían a su mente, nuevamente con una dulce sonrisa en los labios.
Abrió la boca para decir algo más pero un fuerte dolor acudió a su cabeza al tiempo que notaba como la vista se le iba nublando y oscureciendo, se llevó una mano a la misma antes de derrumbarse en el suelo.
Sentía los ojos pesados, no tenía ganas de continuar despierta mucho más. Desde el suelo, solo pudo vislumbrar una figura, masculina, vestida completamente de negro.
—Buenas noches, asesina —le escuchó decir antes de rendirse totalmente al sueño.
