Capítulo 26:

Estuvo hospitalizado casi tres meses. Durante todos y cada uno de los días, que estuvo en el hospital y desde el mismo momento, en que le llevaron a una habitación, estuvo acompañado. Su madre, su hija, Kate y hasta Alexander establecieron un turno y nunca lo dejaron solo.

Al principio él hablaba poco, casi nada. Se sentía fatal y le dolían hasta las pestañas. Le tomó asco a la comida del hospital, no la podía soportar y dejó de comer, por eso con permiso de los médicos, cada día le llevaban comida de la calle o de casa. Intentaban llevarle sus platos preferidos. Así que con esfuerzo, y un poco agobiado por no poder hacerlo él mismo de momento, tenía que dejar que le dieran de comer.

Los médicos estaban optimistas, no había daños cerebrales y las fracturas iban soldando bastante bien. El único problema se presentaba en la pierna derecha. Probablemente deberían volver a operarle.

Los chicos seguían investigando el caso, estaban seguros que entre lo ocurrido en Miami y en Nueva York había relación. El FBI decidió hacerse cargo, aunque solicitó la colaboración de los departamentos de policía de las dos ciudades, para que les tuvieran informados de todo.

Esposito, Ryan y otros compañeros seguían con la investigación. Kate seguía de baja laboral, a veces pensaba que le hubiera apetecido colaborar con ellos, pero como lo que de verdad quería era estar al lado de Rick, se conformaba con que sus amigos la tuvieran al tanto de cómo marchaba todo.

De momento la situación estaba relativamente tranquila. Hasta que por su página Web y por su canal de TV supieron que el predicador Morgan dejaba la ciudad para ir a "evangelizar" a Washington. Dieron aviso al FBI y estos le dijeron que ya los tenían vigilados, tanto a Morgan como a sus secuaces inmediatos.

Al cabo de unos días el FBI los avisó de que por fin habían podido detener al predicador Nathaniel Morgan y a su círculo de elegidos. El predicador intentó excusar su proceder y se presentó con los mejores abogados. Lo que no llegó a saber es que un agente del FBI se infiltró en la secta haciéndose pasar por un rico y depravado empresario, que describió a Morgan como un loco iluminado que creía estar en posesión de la verdad, que gracias a su verborrea se había hecho de un nutrido grupo de seguidores que lo mantenían con sus donativos, y que estaba totalmente ignorantes de las verdaderas intenciones del predicador. Solo su grupo de elegidos conocía el verdadero trasfondo de aquello. Convenciéndoles con su facilidad de palabra de que lo que hacían era una forma de purificarse con la sangre y la fuerza de inocentes jovencitas, Morgan se rodeó de "honrados" padres de familia, en su mayoría adinerados empresarios, que convencidos por sus palabras, daban rienda suelta a sus bajos instintos ya que eran unos pederastas como el mismo Morgan que disfrutaban abusando de chicas jóvenes y en cierto modo intentaban convencerse a sí mismos de que lo que hacían no era una auténtica perversión.

El FBI consiguió atraparlo con las manos en la masa, salvando la vida de una chica de quince años que iba a ser la próxima víctima. Morgan quiso defenderse, pero sus elegidos, que eran todos unos cobardes lo delataron y lo acusaron del asesinato de todas las jóvenes. Algunos de ellos se declararon culpables, otros negaron los hechos, pero se contrastaron las muestra de semen con el ADN de los sospechosos y se verificó que todos y cada uno de ellos, habían abusado sexualmente de las adolescentes por lo que tendrían su castigo.

Decidieron deshacerse de las chicas en el parque para desviar la atención de ellos, y que creyeran, como así ocurrió, que había un psicópata en la ciudad.

El predicador televisivo más famoso de los últimos tiempos fue acusado de todos los asesinatos, además de la violación de las chicas.

El FBI también detuvo a Nicholas Banks en el aeropuerto tratando de salir del país. Este, cuando se vio detenido, acusó al predicador y a todos los demás empresarios entre ellos Holmes y Trumanti, los dos a los que acusó la chica que habló con Kate. A Banks incluso se le escapó la predilección que siempre sintió por Nathalie y que él fue el primero en abusar de ella.

La noticia se dio a conocer y fue un auténtico escándalo, del que se habló en todos los medios de comunicación durante semanas.


Poco a poco Rick, empezó a tener movilidad en los brazos y pudo empezar a valerse por sí mismo en algunas cosas.

Le retiraron el gran vendaje de la cabeza, para curarle la herida. Una vez hecho le colocaron uno más pequeño.

A pesar de que a Kate le impresionó verlo sin la gran venda y casi sin pelo, ya que este empezaba a crecerle después de que tuvieran que afeitarle la cabeza, se mostraba más animada y alegre a medida que mejoraba, al contrario que él que cada vez estaba más harto de tener que permanecer tanto tiempo sentado.

Martha que lo conocía muy bien, lo notaba intranquilo y malhumorado, por lo que advirtió a Alexis, a Kate y a Alexander, que le tuvieran paciencia y no le hicieran caso.

Richard siempre ha sido un culo de mal asiento – puntualizó Martha – estar tanto tiempo inmóvil le va a agriar el carácter, así que tendremos que hacer oídos sordos cuando empiece a decir pamplinas y no hacerle mucho caso.

-¿No hay nada que lo mantenga un rato tranquilo? – preguntó Alexander interesado.

-Los únicos ratos que pasaba y pasa quieto es cuando tiene un libro entre las manos, pero por ahora no puede leer – dijo su madre.

-Pues le leeremos nosotros – afirmó Alexis.

Y eso hacían, le llevaron libros que le leían por turnos, así como un DVD y sus películas favoritas. Un día que Alexander se encargaba de estar con él, este apareció con un ajedrez.

-¿Sabes jugar? – le preguntó.

-Conozco las reglas, pero no juego mucho – respondió – cuando lo hago es contra Alexis y siempre me gana. Es muy buena, deberías jugar con ella.

-Hoy quiero jugar contigo.

-Mira, muchas gracias de verdad, pero el ajedrez no se me da bien, no tengo paciencia.

-De eso se trata – argumentó Alexander – te queda una larga temporada de hospital, así que te convendría ejercitar la paciencia.

Castle lo miró hosco.

-¿Sabes?, lo que siempre eché de menos es tenerte cerca para que me enseñaras a jugar al béisbol.

-Todavía estoy a tiempo de enseñarte a jugar al béisbol – le respondió con tristeza – pero para eso tienes que recuperarte, y para recuperarte tienes que tener paciencia, así que de momento empezaremos por el ajedrez.

-Lo siento – dijo Rick arrepentido ya de cómo le había echado en cara a Alexander algo de lo que no era culpable – tú no tienes la culpa ni de no estar en mi vida ni de este maldito accidente. Adelante dispón las fichas.

Preparó el tablero y empezaron a jugar. Efectivamente Richard no tenía paciencia, y movía las fichas sin pensar en las jugadas. Alexander más de una vez le hacía reflexionar después de un movimiento.

-¿Estás seguro de que esa es la mejor opción? – le preguntó más de una vez, mientras le ponía la ficha como estaba antes – mira bien y piensa, no actúes a lo loco.

Y poco a poco, Rick fue capaz de jugar partidas sin perder a los pocos minutos, y fue conociendo a su padre con más profundidad.

A pesar del esfuerzo de su familia, por tenerlo entretenido y de su padre en particular por ejercitarle la paciencia, esta empezaba agotársele. No soportaba que tuvieran que estar allí cuidando de él y que no pudieran seguir haciendo su vida, y no soportaba pensar en lo que él imaginaba que sería su futuro con Kate. Es por eso que un día que ella llegó para estar con él, le dijo muy serio:

-Tenemos que hablar.

-Tú dirás – respondió ella preocupada pues llevaba unos días que lo notaba más raro que de costumbre.

-Deberíamos dejar de vernos – dijo serio.

-¿No quieres que venga más? – preguntó sorprendida.

-No, creo que es mejor que lo dejemos.

Ella se estaba imaginando que esto iba a pasar, pues llevaba días diciéndole que tenía que seguir haciendo su vida, que no tenía por qué pasar tanto tiempo en el hospital…

-¿Me estas dejando Richard Castle? – preguntó seria.

-Si, ya no quiero seguir contigo – le dijo desviando la mirada.

-Pero es que yo si quiero seguir contigo – dijo ella dándole un beso en los labios – incluso iba a hacerte una proposición.

-¿Una proposición? – preguntó sin poder evitar la curiosidad – ¿Qué tipo de proposición? Si es deshonesta me temo que por ahora no voy a poder complacerte.

Kate se sacó una cajita del bolsillo y se la entregó a Castle, diciéndole:

-No me pongo de rodillas, porque desde la cama no me verías bien, pero imagínate que lo estoy – y a continuación al ver que él se había quedado con la caja en la mano, mirándola, le dijo – ahora tienes que abrir la cajita.

Castle la abrió y sacó un bonito y elegante anillo de oro blanco. Era un aro muy fino y elegante.

-¿Y esto? – preguntó asombrado.

-Richard Alexander Rodgers, ¿quieres casarte conmigo? – preguntó Kate seria – acuérdate que se supone que estoy de rodillas – le recordó.

-Katherine Becket, ¿me estás pidiendo matrimonio?

-Si, ¿Qué me contestas?

-Acabo de dejarte y tú ¿me pides matrimonio?

-Bueno, no tenía ni idea de que ibas a dejarme, pero aun así sigo estando interesada en casarme contigo.

-No puedo casarme contigo Kate – dijo con tristeza.

-¿Por qué no? – preguntó ella – tú me quieres, eso lo sé, y yo te quiero, no veo porque no podemos casarnos.

-Ni siquiera puedo andar, ¿Cómo voy a casarme contigo?

-Lo de que no puedas andar es circunstancial, y no tenemos que hacerlo mañana, esperaremos a que te recuperes, así nos dará tiempo a prepararlo todo.

-En la comisaría ni siquiera saben que estamos juntos, y ¿quieres que nos casemos?

-Ya todos saben que estamos juntos, así que eso no es problema.

-¿Y desde cuando lo saben que yo no me he enterado? – preguntó interesado.

-Desgraciadamente no podías enterarte – dijo ella con tristeza – ¡Ay Rick!, me he arrepentido durante días de no haberle dicho a todos que estábamos juntos.

-Sí, pero ¿cuándo se lo dijiste a los demás? – preguntó curioso – me hubiera gustado verlo.

-Bueno – dijo ella triste – primero grité como una loca que te quería y no soportaría que te murieras, cuando te vi en el suelo en medio de un charco de sangre, luego le dije al capitán que vivía en tu casa cuando me quiso poner protección y por último se lo confesé a los chicos. Esposito estaba que se moría de la curiosidad.

-¡Vaya! – exclamó – eso sí que me hubiera gustado verlo.

-Rick, no me has contestado todavía, ¿es que no quieres casarte conmigo? – preguntó afligida.

-Kate – le dijo serio – te quiero más que a mi propia vida.

-Eso ya lo sé, me lo has demostrado de mil maneras distintas – interrumpió ella – has estado a punto de morir por mí.

-Moriría por ti – siguió – pero no puedo casarme contigo, no puedo condenarte a cargar con un invalido toda tu vida.

-Richard Castle, no seas testarudo, no vas a ser un invalido siempre, te vas a curar, solo tienes que tener paciencia.

-Ni siquiera sé si voy a poder volver a hacerte el amor – dijo con tristeza.

-Hay muchas formas de amarse, ya nos apañaríamos. Te quiero, y te quiero tal y como eres. Ahora estas así y no voy a dejarte por eso.

-Kate …

-Rick – le interrumpió de nuevo – dime mirándome a los ojos que no me quieres y te juro que por más que me duela separarme de ti, no volverás a verme en tu vida – y mientras hablaba no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas – Si fuera yo quien estuviese en esa cama sin poder andar, ¿me dejarías Rick?, me abandonarías por no poder andar.

-Claro que no, yo nunca te dejaría.

-Pues ahora me estas dejando, ¿en qué quedamos?

-Te quiero tanto Kate, que me duele.

-No me has contestado, ¿sigues pensando en dejarme?

-No – dijo triste – vas a tener que seguir aguantándome.

-Será un placer tener que aguantarte, además tienes que cumplir una promesa que me hiciste.

-¿Cuál promesa?

-Me prometiste que me enseñarías a bailar salsa.

-No sé cuándo podré cumplírtela.

-Estoy segura que más pronto de lo que crees.

Se miraron a los ojos. Él le cogió la mano y se la beso.

-Siento haberme portado como un imbécil, pero me desespera estar aquí sin poder moverme, y veros a las tres teniendo que cuidarme…

-Claro, como siempre eres tú el que nos cuida a nosotras, ahora te fastidia que sea al contrario.

-Si – dijo él de pronto – quiero casarme contigo – y estiró el dedo para que ella le pusiera el anillo. Y… si te pones de rodillas justo ahí – dijo señalando el suelo, con mirada pícara – podría verte perfectamente desde la cama.

Ella le puso el anillo y le dio un beso en los labios, luego se apartó e hincó una rodilla en el suelo.

-Esto ya no vale, porque me has dicho que si, pero aprovéchate Richard Castle, así podrás contarles a todos que me arrodillé para pedirte matrimonio.

Y solemnemente le volvió a hacer la petición.

-Richard Alexander Rodgers, ¿quieres casarte conmigo?

-Por supuesto que quiero y ven aquí inspectora a demostrarme lo que me quieres.

Ella no se hizo de rogar, se levantó y acercándose a la cama se sentó a su lado empezando a besarlo con todo el amor que sentía por él.


Dos meses después del accidente, Rick ya se encontraba bastante mejor. Las fracturas habían soldado muy bien y después de tener que volver a operarle la pierna derecha ya solo le quedaba terminar de recuperarse de esta. El médico le había dicho que una vez que le quitaran la férula que le inmovilizaba la pierna desde el tobillo hasta la ingle, podría irse a casa, aunque tendría que seguir con la rehabilitación durante bastante tiempo hasta estar recuperado del todo.

Kate había vuelto al trabajo, esa tarde lo acompañaba su madre, que esperaba a que llegara ella de la comisaría para marcharse al teatro. Esta llegó acompañada de Esposito y Ryan. Kate se sentó en el brazo de la butaca que él ocupaba y lo saludó con un beso en los labios. Martha se despidió de su hijo con un beso.

-Te dejo en buenas manos, hijo.

-¡Hola chicos! – saludó Castle.

-¿Qué hay tío? – preguntó Esposito.

-¿Cómo sigues hermano? – le preguntó Ryan.

-Bueno, aquí estamos… ¿Qué os trae por aquí?

-Pues que queríamos verte, además te traigo esto – le dijo Ryan entregándole un sobre dirigido a Richard Castle y familia.

-¿Y esto? – preguntó.

-¡Ábrelo!

Eso hizo, abrió el sobre y sacó una invitación para la boda de Ryan.

-¡Vaya!, muchas gracias, pero no sé si voy a poder ir.

-¿Cómo que no vas a poder venir? – preguntó Ryan – todavía queda un mes. Además tú y Javier vais a ser mis padrinos, no me puedes fallar.

-Sí. Pero no sé si podré andar de aquí a un mes – aclaró él.

-Claro que podrás andar – dijo Esposito muy seguro – y si no, vienes en silla de ruedas, y si no, yo te llevo a cuestas si hace falta.

-Gracias hombre – dijo Castle con una sonrisa – creo que con la silla de ruedas será suficiente, aunque no me haga mucha ilusión ir así.

-¡Qué más dará como vayas! – intervino Kate que lo tenía cogido de la mano – lo bueno es que vas poder venir, sea como sea.

-Y lo malo es que no voy a poder llevarte del brazo ni sacarte a bailar.

-Pues no se baila y punto – determinó ella.

-Si tío, ya te moveremos para que bailes – le dijo Esposito – y también tienes que venir a elegir el traje del novio y de los padrinos.

-¿No podéis ir solitos? – bromeó Castle – ¿no os fiáis de vuestro gusto?

-No del de este – dijo Esposito dándole un cosqui a Ryan – ir vestido con un smoking elegido por Kevin Ryan puede llegar a convertirse en una experiencia humillante.

-¿Humillante? – preguntó Castle – ¿Qué sabréis de eso?, chicos humillante es que una enfermera con edad suficiente para ser tu abuela, te la meta en una botella para que orines.

-¡Buaaagg! – dijeron con cara de asco.

-Claro que no sé si es peor – siguió Rick – que la enfermera tenga edad para ser tu hija.

-¡Anda y no te quejes más! – se rió Kate – que en el fondo te encanta tener a tanta gente pendiente de ti.

-Por cierto – preguntó Esposito – ¿y ese anillo Castle?, te has casado y no nos has dicho nada.

-Chicos, ¿no os habíais enterado que a Castle le han pedido matrimonio? – intervino Kate.

-¿Sí?, ¿y quién va a ser la afortunada que se va a convertir en tu tercera esposa? – le preguntó Ryan con sorna.

-Pues yo, por supuesto – dijo Kate tajante – ¿Qué pensabais?

-Nada, nada, jefa – rió Esposito – que nos alegramos mucho por los dos, ¿verdad? – preguntándole a Ryan.

Estuvieron bastante rato conversando, hasta que empezó a hacerse tarde. Entró una enfermera de mediana edad, que les dijo que debían salir ya, que al enfermo iban a asearlo y a ayudarlo a acostarse.

-Esta debe ser la abuela – comentó Ryan bajito, aunque no lo suficiente para que la enfermera no se enterara.

-¿Decía usted algo, joven? – preguntó la enfermera ceñuda.

-No, nada, que ya nos vamos – y dirigiéndose a Castle – ya nos vemos tío, hasta pronto.

-Hasta otro día – añadió Esposito.

-Los acompaño abajo y ahora subo para quedarme contigo – le dijo Kate dándole un beso.

CONTINUARÁ…