Azraelth, es todo parte del Show. Sin drama no hay tensión. Y este es el drama definitivo *Risas maléficas enlatadas* ¡Gracias, Franchiulla, lo había olvidado! *Le dispara al apuntador entre las cejas* Sweet... *Le da una bolsa de papel* Relax... todo en esta vida tiene solución... o no. Tamy... no esperes mucho que te quedas sin incógnitas XD
Regina
Podría sentir la rabia, si mi corazón aún estuviese en mi pecho. Sin embargo, cuanto podía aspirar a sentir era el recuerdo de ese sentimiento, y un vacío que lo sobrepasaba todo. Pero así estaba mejor. El fuego de la venganza podría consumir hasta el último rastro de mi cordura y terminaría haciendo una estupidez. Y por eso, en lugar de atacar yo sola, tenía la intención de acercarme a aquella mansión y pedirle ayuda a Anzu. Habíamos resuelto juntas la situación con Ingrid, y suponía que era mi mejor baza para cometer mi venganza.
O al menos, esos eran mis planes porque, en mitad de la noche, un resplandor inundó mi habitación. Una puerta blanca apareció, frente a mi cama, como invitándome. De ella salía un resplandor blanquecino, y se escuchaban risas. La risa de Zelena. Debería haber pensado con más claridad aquello que hice. Pero simplemente me adentré a través de la puerta. En cuanto lo hice, la puerta desapareció tras de mí, y me encontré en una sala circular.
El suelo estaba teñido de blanco, con grabados de extraños motivos... y no parecía haber ningún lugar por el que salir. Alrededor, todo era oscuridad, insondable... y una caída que no parecía tener final. Tenía que haber seguido mi instinto, en lugar de dejarme llevar por mis deseos de venganza. Ahora estaba allí, con mi pijama de seda, y sin saber cómo saber. Menuda forma más horrible de morir.
_ Te dije que vendría...
Habían surgido de entre la oscuridad. La que había hablado, era una mujer que, al principio, pensé que era la misma que había asesinado a Emma. Pero no. Los guantes que llevaba eran morados, y su voz era bien distinta. Se me hacía familiar por algún motivo.
Anzu
Mi sexto sentido estaba alerta. Por eso estaba fuera, en el bosque. Sabía que se acercaba el momento en que tendría que alzarme contra aquel escuadrón de encapuchados. Y eso suponía una cosa. Suponía que tendría que vérmelas con uno de ellos rápidamente. Y eso hacía, esperar a uno de ellos. Apoyada en un árbol, dejando pasar el tiempo. No sabía exactamente qué tenía que ver aquello conmigo, pero desde que había llegado a la ciudad sabía que algo se fraguaba además de los planes de Ingrid. Algo que había ocurrido entre las sombras, aprovechándose del revuelo de la reina de las nieves.
Y mis conclusiones no eran equivocadas pues, cuando empezaba a aburrirme, y a sentir que el aburrimiento me haría quedarme dormida a pesar de que nunca necesitaría dormir realmente, apareció entre la maleza. Una mujer encapuchada. No se trataba de Ira ni de Envidia. A aquella mujer no la había visto antes. Se plantó delante de mí y sonrió. Pude distinguirlo a pesar de la capucha.
_ ¿Cómo prefieres la venganza, Anzu?_ Me preguntó._ ¿Prefieres saber quién va a matarte o que quede con el nombre de Avaricia? Soy generosa y lo dejo a tu elección.
_ No me gustan las máscaras si quieres saber mi opinión._ Dije, desafiante, mientras me llevaba la mano a la espalda y desenfundaba mi espada. Estaba preparada._ Así que muéstrame tu cara.
En ese momento, toda la gabardina empezó a arder, convirtiéndose en una visión aterradora, envuelto en fuego verde mientras la verdadera identidad salía a flote. Y lo confieso, no pude evitar mostrar mi sorpresa... porque estaba segura de que a Maléfica ya la había asesinado. El bastón hizo acto de presencia. Lo confieso, los cuernos resultaba imponentes. De hecho, para mí, la bruja resultaba ser mucho más impresionante en esa forma que como dragón.
Regina
Había caído de lleno en la trampa, pero si ambas mujeres creían que iba a dar mi brazo a torcer sin luchar, estaban muy equivocadas. Y un ejército de monos alados no iba a ser lo que acabase conmigo. Al contrario, todas aquellas figuras, consumidas por las llamas, terminaron convertidas en ríos de tinta que se escurrieron por los bordes de aquella estancia sin fin. Zelena empezaba a sudar. Y cuando parecía que iba a echarse atrás, Lujuria la empujó, poniéndola cara a cara contra mí.
_ No tengo tiempo para ti._ Dije, sin perder la calma._ He venido a buscar a Gula...
_ Para llegar a Gula tendrías que pasar por encima de mí._ Dijo, en tono de burla.
_ Hagámoslo a tu modo, entonces._ Dije.
Alcé las manos, y generé dos esferas de fuego. Disparé, y por un momento parecía que había fallado, pues quedaron por encima de Zelena. Las esferas estallaron y una lluvia de llamas cayó sobre la sorprendida bruja, que no pudo reaccionar a tiempo. El fuego la consumió durante unos segundos, hasta que finalmente consiguió apagarlo. Sin embargo, aquel no era mi plan.
La señalé, con el dedo índice, formando una pequeña burbuja. Un chorro de agua a presión la golpeó en los hombros... en el pecho... en el torso, provocando que la desgastada piel se separara, y más tarde, al acertar en el estómago, generando un agujero similar al de un balazo. Zelena se desplomó, y vi como su piel cambiaba del verde al negro... para terminar finalmente formando una horrenda mancha de tinta en el suelo... que acabó por disolverse al igual que las demás.
Al momento siguiente, la habitación creó unas paredes. Paredes de fuego que lo envolvieron todo. Lujuria se puso delante de mí. y se quitó la gabardina. Aquello debería sorprenderme, pero no lo hizo. Quizá me ofendiese un poco, pero en el fondo no me sorprendía encontrarme a mí misma cuando se suponía que era una banda de villanos. Quizá me hubiese sorprendido antes de saber que estaban hechas de tinta. Pero ahora veía claro que se trataba de simples imitaciones.
_ Bueno... Supongo que ahora podremos comprobar qué Regina es mejor... ¿No crees?_ Preguntó, lanzando una manzana al aire, que acabó consumida por las llamas.
Bella
Avaricia se había ido. Me había quedado sola en aquella jaula repulsiva, en una esquina. Estaba llorando, aún sorprendida de que me quedasen lágrimas. No había para mí ninguna esperanza, ninguna posibilidad de escape. Y, sin embargo, me negaba a rendirme y que me viesen hacerlo. Por eso cuando escuché pasos, me contuve y me limpié el rostro. Se trataba de Ira. Miró en derredor, como buscando a alguien más. ¿Qué hacía allí? Normalmente sólo Avaricia se quedaba para vigilarme a excepción de los momentos en los que se celebraban las reuniones.
Se acercó a la jaula y la miré durante unos segundos. ¿Acaso iba a matarme de una vez por todas? Vi como se acercaba a la jaula y la abría de par en par. La volví a mirar a los ojos. Eran unos profundos ojos azules que ocultaban mucho pesar.
_ Márchate._ Me dijo._ Deprisa... antes de que Avaricia vuelva.
Anzu
Fuego y furia. Maléfica estaba poseída por una rabia increíble. A mi alrededor, el fuego verde había dominado al bosque, y el alambre de espino nos rodeaba. Había que confesar que esa trampa mortal estaba funcionando de forma correcta. Mi única debilidad rodeada de pilares de dolor que resultaba imposible trepar. El fuego. El día que muriese tenía que hacerlo envuelta en llamas.
Pero sin embargo no sentía miedo. Porque mientras mantuviese la distancia adecuada no tenía nada que temer. Mi espada danzaba, entrechocando con el bastón. Había una furia realmente marcada en la que me atacaba con el bastón. Y esa furia, la estaba haciendo perder, porque había malgastado su magia en crear aquel ambiente sofocante y destruirme sin tener que mover un dedo.
Y entonces, en el fragor de la batalla, el bastón se partió en dos, y lancé una patada al estómago, provocando que la bruja se cayese al suelo. Maléfica trató de levantarse, pero se encontró con mi hoja sobre su cuello. Y, para mi sorpresa, sonrió.
_ Él tenía razón sobre ti._ Dijo, clavando sus ojos en los míos._ Soberbia dijo que ninguna de nosotras tenía un corazón tan oscuro como el tuyo. Entonces me reí... pero ahora veo a lo que se refiere. Ocultas toda tu malvada bajo un muro de heroísmo... pero en el fondo... estás disfrutando con la idea de matarme a sangre fría.
_ ¿Qué puede saber Soberbia sobre mí?_ Pregunté, apretando ligeramente con la espada.
_ Oh... Eso es lo divertido... no debería saber nada... pero sin embargo, lo sabe._ Dijo, sin dejar de sonreír._ A fin de cuentas... no sales en el libro.
_ ¿Qué libro?_ Pregunté, aunque imaginaba la respuesta.
_ El suyo, querida. El libro que escribió... el libro del que todos formamos parte. Él dice que tú eres más perversa que todas sus villanas. Parece que no se equivocaba.
Maléfica hizo un rápido gesto, tomando mi espada por la hoja y atravesándose el pecho con ella. Y, ante mis ojos, se convirtió en un montón de tinta. La Tinta se escurrió por la hoja y llegó al suelo, diluyéndose sobre la tierra. El escritor... mi rival... era el escritor. Aquel pensamiento hizo que, por primera vez en mucho tiempo, sintiese pánico.
Regina
Sonreí, observando como aquella mujer se desplomaba. Las copias siempre serían copias. Nunca llegarían a mi altura. Lujuria se desplomó, presa de sus propias llamas, y trató de levantarse, pero sin encontrar las fuerzas para hacerlo. Su fuego, en apariencia tan temible, había caído junto con ella. Y esta vez, a diferencia de Zelena, no pensaba ayudarla a tener una muerte rápida.
_ ¿Estás satisfecha ahora? ¿Qué sentías? ¿Acaso deseabas llevar mi vida en mi lugar? ¿Por qué has permitido que muera mi amor verdadero?_ Pregunté, cerrando los puños._ ¿Por qué hacerlo, si dices ser yo?
_ ¡Para poder existir!_ Exclamó. Consiguiendo quedar sentada sobre el suelo, con bastantes dificultad._ No somos más que proyecciones. El escritor nos crea, y sólo existimos mientras él lo crea necesario. La traición... supone volver a ser tinta.
En ese momento, como demostrando su teoría, lanzó un grito horrible y estalló, formando un cúmulo de tinta que se escurrió en todas direcciones. Apareció otra puerta ante mí. El único camino posible. Suspiré largamente y crucé la puerta. Me encontré en otra habitación similar, aunque esta al menos parecía tener paredes. Los motivos de la sala era tonos rojizos que se sobreponían al habitual blanco. Lo que hacía que no dejase de destacar aquella mujer con vestida de negro... barajando unas cartas. ¡Gula!
La asesina de mi amada. El fuego ya serpenteaba en mis manos. Pero Gula solamente mostró una señal de haberse dado cuenta de mi presencia cuando alzó la vista. Sus manos seguían barajando las cartas. Me pareció intuir una sonrisa en aquellos labios bajo la capucha. La ataqué, sin más preámbulos, simplemente lanzando una bola de fuego en su contra.
Pero ella, alzando la mano, hizo que las cartas se colocasen como escudo y, para mi sorpresa, las cartas rechazaron mi ataque y lo devolvieron contra mí, golpeándome en el hombro. Apagué mi pijama con las manos, y vi como la mujer alzaba una vez más las cartas y escogía una. Una carta en blanco. La lanzó en mi dirección. La carta se puso de frente a mí, y amplió su tamaño hasta volverse colosal. Noté una poderosa corriente que me arrastraba hacia la carta, y aunque intenté darme marcha atrás y volverme por donde había venido... la Carta se acercó cada vez más, y noté como mis manos se quedaban pegadas a la carta como si estuviese hecha de pegamento.
Pero no acabó allí, porque sentía como algo tiraba de mí, haciendo que mis miembros y finalmente mi cabeza entrasen en la carta, como si se tratase de otro portal que, efectivamente, me absorbió. Y cuando pude volver a ver a mi alrededor, me hallé en medio de un laberinto formando por setos. Escuchaba pasos. Notaba una sensación de pánico impropia de mí, como si aquel lugar, además de oscuro y tétrico, hubiese provocado un embrujo de terror sobre mi persona.
Traté de usar mi magia, pero no sirvió de ninguna de las maneras, y cuando vi a un soldado armado con una lanza, lo único que pude hacer fue correr en dirección contraria. No tenía mi magia y no estaba armada, decididamente, tendría que pensar algún plan.
Gula
Recogí la carta del suelo, una vez que hubo recuperado su tamaño normal. Y la observé. La reina de picas... bastante apropiado, a decir verdad. Me quedé observando la carta con una sonrisa en los labios. Una menos. Ahora sólo tenía que preocuparme por Anzu. Añadí la carta al montón y seguí barajando, mientras esperaba pacientemente. Yo no tenía ninguna prisa.
