Final del fic. Gracias por las lecturas y comentarios.
CAPÍTULO XXVI, LUZ
Epílogo.
No importaba si pasaba con él cada hora del día, jamás podría mirar sus ojitos cafés sin suspirar posteriormente. Era pequeño, había sobrevivido con valentía, pero a la vez, era frágil, y ella lo alejaba de los peligros. Cuando dormía y cerraba esas castañas dulces, se acurrucaba en sus brazos deseando que el mundo no le hiciera daño, solo parecía pensar en el cariño, y en jugar el nuevo día. Y ella se lo entregaba, lo mecía en sus brazos para que soñara con las estrellas del firmamento azul, o con las nubes esponjosas, con el sol radiante, o con su sonrisa, la que nunca se iba a apagar para él, sin importar lo temible que fuera la adversidad.
A veces, después de alimentarlo, pensaba que sería de él si no lo hubiese encontrado llorando en ese momento. Allí, gritando en los brazos de su verdadera madre, suplicando comida, leche, auxilio, menos ruido, calma..., suplicando por sobrevivir.
El tentáculo oscuro lo alcanzó y comenzó a tornarlo en un ser gris, cuyo Cosmos se empezaría a alimentar de la noche, el fuego y la sangre. Pero ella lo impidió, logró hacerla sin importar si su vida se iba en ello. Lo encerró en una esfera celestial, y le entregó su luz. Si no hubiera estado allí para el pobre huérfano..., si no lo hubiera protegido...
...Estaría como la otra niña.
No pudo salvarla, mientras rescataba al pequeño, perdió de vista un instante a la chiquitita de piel nívea que se había llenado de su luz, pero que ahora estaba en las garras de Mars.
"Una niña que ha heredado el Cosmos de Athena" fueron las palabras del dios de la guerra. Era claro que no la mataría, sus planes eran otros, si no, la habría asesinado allí mismo. Esperaría a que llegara a una edad madura para usarla como tenía pensado usar a Saori.
Faltaba mucho para eso. Tenían tiempo para planear su rescate.
Por ahora, haría todo lo posible por entregarle su luz a ese niño. En cada mimo, en cada caricia, cada vez que lo alimentaba, cada vez que lo mecía, cada vez que le cantaba una nana, le entregaba alguna chispa, grande o pequeña, no importaba. Lo único fundamental era que tuviera luz, que supiera en su piel, su mente, su espíritu, sus ojitos que la miraban con alegría, afecto y ternura, que jamás le faltaría nada. Las estrellas siempre brillarían para él, y le deparaban un futuro prometedor. Y ella, la diosa de la sabiduría, le daría los primeros pasos para ese destino luminoso.
Lo llamó Kouga. Y justo en ese momento comenzaba a dar sus primeros pasos, habían transcurrido unos meses después de la sangrienta batalla en Roma. Aún no decía palabras, aunque tenía mucho tiempo para eso.
Jamás pensó que ella, Saori Kido, nieta del multimillonario más acaudalado de Japón, tendría un bebé propio a la vez que ejercía como la diosa protectora de la Tierra. Le parecía hasta gracioso.
—No..., no soy su madre, eso sería faltar el respeto a la mujer que dio la vida por él con tanto valor y esperanza. Sin embargo, haré todo lo posible por cuidarlo como si lo fuera. Todo lo posible, y también lo imposible —se dijo mientras lo soltaba, sostenido de un pilar, y se alejaba unos pasos. Se sentó en la fría piedra del Templo y esperó.
—Uhh... —gimió el pequeño Kouga, a punto de llorar al verse alejado de su maternal guardiana. Lo más importante para él.
—Ven, Kouga —lo incitó ella con una sonrisa cálida. Algún día, tendría que moverse con sus propios pies, llegar a lo más alto con su esfuerzo, y desde allí, entregar su luz al planeta.
El Santuario. Lugar de refugio para aquellos que después de un arduo entrenamiento, desafíos, y la superación de adversidades y límites humanos, tienen el derecho y honor de llamarse a sí mismo Santos. El corazón del refugio era una gigantesca montaña que se subía a través de un sendero, el cual daba vueltas alrededor hasta legar a la cima después de una subida difícil. No solo por el camino en sí, o la altura, sino por sus guardianes.
Los doce Santos Dorados, que protegían los Doce Templos del Zodiaco, eran los hombres más poderosos que había sobre la Tierra, y eran los principales encargados de velar por la seguridad de su diosa. Cada uno vivía en uno de los Templos, desde Aries a Piscis, y luego, estaba la Cámara del Sumo Sacerdote y el Templo de Athena donde descansaba el monumento que se convertía en su Cloth al contacto con sangre divina.
Y aún así, mientras Kouga titubeaba si podía despegarse del pilar, Saori suspiró un poco afligida.
—Doce guardianes para el Santuario..., y aún así, tan vacío...
La noche era calma, nadie hacía ningún ruido. Desde allí arriba, a los pies de la estatua, la mujer y el infante podían parecer los únicos que residían en el corazón del Santuario en ese momento.
Kiki estaba en Jamir, estudiando las nuevas Cloths que habían nacido del choque de su Cosmos con el del cometa negro. Le comentó que ahora las cajas serían inútiles, ya que se guardarían en pequeñas joyas conectadas con un extraño poder planetario.
Mykene, Fudo y Ionia..., ellos tres habían tomado ya su decisión, y ella se los permitió. No podía dudar ahora.
Y el caballo celestial, el arquero luminoso..., ¿Estaría guardando el noveno Templo del Centauro? ¿Haría la ronda nocturna? ¿Daría instrucciones a los soldados? ¿Quizás visitaría la preciada tumba de...?
No. Si hubiese deseado, lo habría rastreado de inmediato, pero quería darle libertad. Había luchado tanto por ella, que a veces, aunque él se lo reprochara y lo negara, sabía que se merecía un descanso.
Además, la noche estaba tan tranquila, las estrellas parecían llenas de vida, iluminadas en la bóveda negra y azul que se extendía sobre los hombres, tal como el día en que el Santo Dorado lo levantó en sus hombros para que admirara la constelación de Pegaso. Nada parecía perturbar el cálido abrazo de la brisa nocturna, el ruido de los grillos era la única melodía en el teatro apagado del refugio sagrado, y las luciérnagas eran pequeñas velas que iluminaban los primeros pasos de su bebé. Nada podría pasarle esa noche.
Kouga se decidió, dio unos pasos, se tambaleó, pero trató de mantener el equilibrio. Soltó una risita, caminó otra vez, y poco antes de llegar ante Saori, cayó de rodillas. Y lloró.
El instinto hizo a Saori hacer el además de levantarse y socorrerlo, pero lo repensó. Confiaba en él, en su luz, en su esfuerzo por sobrevivir. Y cuando ella se permitió su sonrisa, ya sabía que él lo lograría.
Kouga se enjuagó las lágrimas, hizo un corto puchero, se sentó, reunió sus fuerzas, y volvió a levantarse. Tal como el hombre que daba la vida diariamente por ella, ponerse en pie e intentar tantas veces sea necesario, sin importar el problema que haya enfrente. Y en ese momento, cuando Kouga logró llegar a su falda, feliz por otra victoria contra la adversidad de la vida, Saori se dio cuenta que ella también tendría desafíos en su camino. Uno acababa de presentarse en el Santuario, con un temblor, un murmullo siniestro, acompañado del cambio en el color del cielo. Se tornó rojo como la sangre.
Una voz imponente, violenta, guerrera, feroz, se hizo eco en la cima del Santuario. Lo reconoció perfectamente.
—Athena, he venido por ti.
Tomó en brazos velozmente a Kouga, se puso en pie, y miró a las estrellas, las cuales se habían apagado como si alguien no las quisiese de testigos. Solo una siguió resplandeciendo. El astro rojo se acercó como un bólido, se hizo enorme ante las esmeraldas de Saori, y dejó salir rayos oscuros, idénticos a los que habían puesto en riesgo la vida de Kouga, quien volvió a llorar. Se volteó para evitar que lo golpearan otra vez, y ocurrió lo inevitable.
Oyó su propio grito, sintió un feroz dolor en el lado derecho del cuerpo sobre el que había caído, y el brazo izquierdo le ardía. Cuando lo vio, notó que en vez de piel, había una mancha negra y azul, cubierta de estrellas, desde el hombro hasta su codo, como si le hubiesen implantado un trozo del universo. Intentó encender su Cosmos por instinto, y sufrió las consecuencias al instante. Le dolía, la agotaba, la asesinaba lentamente...
Un nuevo ataque se hizo paso, como un tanque que se enfila entre los soldados enemigos, arrollándolos sin dificultad. Era un cometa rojo y sombrío, el que se convertía en el próximo intento de matar a la diosa. Pero ella no podía soltar a Kouga para defenderse, la única opción evidente era esperar que al menos él sobreviviera.
Sin embargo, después de pestañear, se encontró con un escenario distinto. Había luz, un fulgor impresionante que salía desde las alas de ese hombre. Su hombre más leal y valiente que aún llevaba el trozo de tela en el cuello. Las alas doradas, extendidas y rígidas como si desafiaran al enemigo a un combate que lo ponía en riesgo, había anulado el golpe de su oponente con un simple puñetazo. No importaba. Siempre había esperanza.
—Gracias, Seiya —le dijo Athena desde el fondo de su corazón. Él se limitó a asentir con la cabeza.
—Digno de un Santo Dorado, jajaja —rió Mars, de pie repentinamente frente a ellos, cubierto su pecho manchado de sombras por una capa roja, y una llama ardiendo sobre su cabeza —Esperaba que vinieses..., Seiya de Pegaso.
—Yo también —ni siquiera se inmutó cuando Mars lo llamó por su antiguo nombre para insultarlo.
—Pa... —fue la sílaba que se escapó de los labios de Kouga, instantes antes que Seiya de Sagitario, un Santo Dorado, se enfrascara en una lucha intensa con Mars, el dios de la Guerra y el Fuego.
Destellos rojos y fulgores dorados danzaban ante la estatua de la diosa, manifestados como puñetazos, patadas, fintas, embates, todo a una velocidad que los ojos humanos de Saori apenas podían distinguir.
—¿Eso es todo? Con ese Cosmos no podrías ni siquiera tocar mi Galaxy —bufó Mars, sujetando por el puño a Sagitario. Estalló otro ataque, y el brazo de la Cloth dorada voló en pedazos.
Y aún así, al igual que el pequeño Kouga que aprendía a caminar...
—¡No importa, detendré tu poder, como sea!
—Eso es Seiya, ¡Eleva más tu Cosmos! —lo incitó el dios.
Seiya volvió a ponerse de escudo ante el nuevo impacto carmesí, sus alas evitaron que chocara con Saori y el bebé.
—¡ESTRELLA ROJA DE GUNGNIR!
—¡METEOROS DE PEGASO!
Igual que la vez anterior, ambos ataques chocaron creando una fuerza tan impresionante que acunaron a Kouga en la inconsciencia.
Iban a explotar si esto continuaba, se podían llevar el Santuario con ellos, las estrellas fugaces de Seiya estaban impactando en el pecho infectado de Mars, y las sombras salían desesperadas, pidiendo quizás un nuevo huésped.
—¡No desapareceré tan fácilmente! —aulló Mars, elevando su Cosmos. Puso sus ojos rojos en Saori, y disparó a la vez que Seiya hacía lo imposible por detener las manchas que cruzaban entre las luciérnagas, y evitar la explosión inminente que acechaba al Santuario.
—¡Saori! —oyó el grito de Shun. Su más gentil compañero, al que tanto quería como diosa y humana, apareció para protegerla a ella y al bebé como una coraza humana, poniendo los brazos en cruz, y recibiendo una horrenda mancha en el brazo, como la de ella.
Vio a Shiryu, Hyoga e Ikki en el Templo también. El Fénix desviaba osadamente los ataques con sus alas y el Cisne recibió un trozo de universo para reemplazar su cadera y parte de la pierna izquierda.
Saori vio que Seiya era capturado por los tentáculos que salían del vientre del dios de la guerra, el dragón saltó para salvarlo, pero demasiado cerca, y sufrió horrendas manchas en gran parte del cuerpo.
La situación no se veía bien. Y aún así, a pesar del temor, la desesperación, el riesgo de Kouga, los rasguños que se hizo en las rodillas al caerse... nada importaba si seguía habiendo luz.
Nada importaba si Saori veía al hombre de alas doradas absorber la noche, y despertar el sol de su armadura, para traer un futuro luminoso a los niños como Kouga.
Solo había que tener esperanza en Seiya. En Shun, en Shiryu..., esperanza en los Santos de Athena. Esperanza en la humanidad y su luz interna.
