Disclaimer: Ya lo dije, lo repito por las dudas: mis derechos sobre Glee son proporcionales a mis habilidades vocales. Me han querido echar de mi propio cumpleaños por cantar, así que sacad vuestras propias conclusiones.
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Damage Points
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Capítulo XXV:
«Amar es observar las mismas montañas desde ángulos diferentes». Paulo Coelho.
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Blaine apoyó el teléfono móvil sobre su escritorio, con una media sonrisa sobre sus labios. Tenía que estudiar para su examen de francés y no podía pasar los apuntes sin distraerse con idioteces mínimas. El teléfono apoyado cerca de él había sido una tentación imposible, por lo que no había podido resistirse a enviar uno de esos mensajes cursis que jamás había sentido la necesidad, pero que, en algún punto, siempre había deseado enviar. Lo que había sucedido a la cocina con Kurt le había hecho entrar en razón. Él tenía necesidades, sí, y aquella tarde había tenido que huir y pedir por todos los dioses que la vergonzosa erección que portaba desapareciera. Sabía que el muchacho era lo suficientemente inocente como para no entender por completo lo que provocaba en él. Pero, aunque fuesen fugaces los momentos en los que Kurt se relajaba y simplemente se dejaba llevar, estaba seguro que podía vivir de ellos hasta que consiguiera que el castaño confiara en él lo suficiente como para permitir algo más que besos desordenados y manos ansiosas. Estaba sorprendido por su propio pensamiento y la forma de tomarse las cosas con tal… calma, pero realmente era como se sentía. Las prioridades para él comenzaban a cambiar, y sus propias acciones eran la prueba más evidente de ello.
Su pequeño momento para soñar despierto fue interrumpido por Hey, Mickey sonando con fuerza. Dando un bote en su puesto y llevándose una mano al pecho, el joven Anderson dio una cansada mirada a su teléfono, antes de cogerlo y responder.
—Cuando quieras matarme, recuerda que prefiero morir con algo más clásico. The Beatles o The Police estarían bien.
Wes ni siquiera rió al otro lado de la línea. Inmediatamente después que Blaine terminara de hablar, soltó:
—Fiesta.
El moreno tuvo que tomarse unos momentos para analizar lo que su amigo quería decir.
—¿Qué? —soltó aún así.
—Necesitamos celebrar, ya te lo había dicho —replicó su amigo—. Al menos un par de bebidas. Podemos ir a un bar o algo el fin de semana. ¡Iremos a Nueva York, tío! Nueva-York.
El moreno frunció el ceño, echándose hacia atrás en la silla y masajeando sus sienes con la mano izquierda. Le costaba pensar que el «señor fiesta» al otro lado de la línea era el mismo que manejaba el consejo estudiantil y que poseía, no sólo uno de los mejores promedios de Dalton, sino una fachada de madurez que compraba a todos los adultos. A veces quería creer que Wes tenía un hermano gemelo, y que a él siempre le tocaba interactuar con el malvado.
—No tenemos la edad para beber, tú sabes.
—Y existen las identificaciones falsas, tú sabes.
Blaine rodó los ojos, sabiendo perfectamente que aquella era una batalla perdida. Como siempre, Wesley Montgomery conseguiría doblegar su voluntad —ya fuese por las buenas o por las malas—. Era preferible ahorrarse toda a parte en la que él se resistía.
—Tú te encargas, mente criminal —comentó—. Yo tengo un examen de francés del que hacerme cargo.
—D'accord, mon ami.
—Au revoir, fou.
Con una sonrisa sobre sus labios, el moreno dejó su teléfono nuevamente sobre el escritorio. Realmente no podía molestarse con Wes ni con nada en el mundo. En su interior sentía esa alegría irracional que sabía perfectamente de dónde provenía. No quería pensar mucho en ello, ya que analizarlo demasiado significaba llegar a temas que prefería evitar por el momento, pero no podía retener todas las imágenes de los últimos días cuando su mente se desconectaba un poco de la realidad.
Ese día había sido… atípico. Blaine era bastante consciente de la inocencia de Kurt, pero haberlo visto allí, respondiendo a sus besos, a sus caricias… Simplemente era demasiado. Sabía que tenía que refrenar aquellos pensamientos y, especialmente, aquellas situaciones antes de hacer algo que pudiera perjudicar la relación entre ambos, pero no podía evitarlo. Cada vez que veía al muchacho frente a él, simplemente había comenzado a notar el deseo bullendo dentro de él. Casi por arte de magia, se había vuelto poco a poco demasiado consciente de él. Las piernas largas, siempre enfundadas en pantalones que las deliñaban perfectamente, la figura fina, la piel delicada… Blaine era un caballero —aunque muchos no lo supieran, esa era su verdadera naturaleza—, pero también era un adolescente. Sus hormonas no podían evitar que a veces dejara de pensar con su mente y permitiera que su cuerpo se encargara de ello. Además, la abstinencia nunca le había sentado bien desde que se había acostumbrado a sus encuentros con Jeremiah. Era complicado, pero cierto.
El curso de sus pensamientos le recordó, con una sonrisa, que debía llamar al rubio. Sabía que estaría feliz por él. Su relación siempre había sido algo así como una amistad con derecho a roce. El joven siempre había sido un apoyo para Blaine, un punto de descubrimiento para él mismo. Había sido el primero al que había besado y con quien había tenido sexo, más como curiosidad que otra cosa, por lo que siempre tendría un lugar especial en su mente y en su corazón. Sin embargo, entendía la diferencia recién en aquel momento. Él y Kurt eran cosas totalmente distintas, y aquel pensamiento, si bien le daba un poco de miedo, lo reconfortaba. Con el rubio todo había surgido como un juego experimental, como un secreto que ambos podían confiarse. El camino había sido simple, y los dos se habían lanzado a él con la seguridad de quien conoce el principio y el final del mismo. Con Kurt… todo era tan nuevo, tan irreal y delicado, que Blaine tenía miedo de arruinarlo. Con él, el joven Anderon se encontraba caminando por un sendero a oscuras, confiando tan sólo en la mano pálida que sostenía la suya y que lo guiaba a ciegas, deseando que ambos llegaran a destino. Todo era nuevo y no sabían que podría aguardarlos al final del camino, pero las promesas eran tan grandes y ambiciosas, que la espera y la delicadeza valían la pena.
Blaine quería hacer las cosas bien con alguien por primera vez en su vida. Incluso cuando el comienzo de la relación no había sido el mejor, el moreno quería compensarlo. Si tenían que esconderse, si tenían que tomarse todo lentamente, se aseguraría de hacer todo a la perfección. Quería que Kurt quisiera quedarse a su lado. Quería que Kurt… lo quisiera.
Con aquellos pensamientos, Blaine acomodó la cabeza sobre su escritorio, y fue sólo cuestión del tiempo para que el sueño lo arrastrara a la inconsciencia. Fue así como se despertó al día siguiente, con un dolor de cuello mortal, un brazo acalambrado por dormir sobre él y el cabello hecho un auténtico desastre. La única solución que encontró fue darse una ducha caliente y rezar que los dolores pasaran, repitiendo el vocabulario de su examen de francés mientras lavaba su cabello.
«¿Qué tal el examen?».
El mensaje en la hora del almuerzo lo sorprendió gratamente. En vez de dirigirse directamente al comedor, como tenía planeado, viró y se perdió por los corredores de Dalton, tecleando ávidamente.
«Bien. ¿Tú?, ¿has dormido bien? ¿La escuela bien?».
La respuesta volvió pronto, haciéndolo sonreír.
«Sí, papá. Me alegro por ti, de cualquier modo».
Tecleando un veloz agradecimiento y asegurándole que se verían luego, Blaine retomó su camino para ir a almorzar, sintiendo el cansancio sobre sus pasos. Realmente no podía esperar a que aquellas semanas que quedaban pasaran rápido y la Navidad llegara. Blaine contuvo una sonrisa. Amaba la Navidad, las fiestas de fin de año y todas las celebraciones de aquel estilo. Realmente no podía esperar.
—No te tenía realmente como el tipo de persona loca por la Navidad —comentó Kurt un día, ayudándolo a decorar lo que quedaba de la casa.
Estaban ya a 15 de diciembre, a sólo una semana de terminar las clases y sumergirse de lleno en el receso de las fiestas. Blaine se había encargado de armar el árbol por su cuenta, y Kurt le estaba dando una mano con los adornos para el resto de las habitaciones. Quería darle la sorpresa a su madre, como todos los años, para que encontrara la casa decorada. Aunque Blaine pecaba de holgazán la mayor parte del tiempo, las fiestas sacaban a relucir lo mejor y lo peor de él. Cuando se trataba de la Navidad, puntualmente, se volvía un manojo de entusiasmo y energía. Podía decir, por su rostro, que el castaño se encontraba más que sorprendido con aquel pequeño descubrimiento. Había perdido una buena cantidad de tiempo mostrándole los adornos que tenían desde que Blaine era un crío, y que todos los años, hasta antes de mudarse, elegían en un pequeño local en Delaware que él adoraba.
—Lo soy —reconoció Blaine, encogiéndose de hombros, mientras cogía algunas guirnaldas de una caja de cartón junto a la chimenea—. Las grandes comidas, los adornos, los detalles, los villancicos, las películas…
Kurt rodó los ojos, aunque había una enorme sonrisa sobre sus labios.
—Lo mejor de la Navidad.
Blaine se acercó y le pasó una guirnalda por sobre los hombros, dándole una sonrisita cómplice.
—Lo mejor de la Navidad —coincidió.
La fiesta de los Warblers se había postergado por culpa de los exámenes de fin de semestre. Todo el grupo se encontraba estudiando como loco, por lo que habían decidido celebrar el viernes 23, cuando las clases por fin terminarían y tendrían tiempo para divertirse sin presiones. Blaine mismo reconocía que se encontraba un poco agobiado y, si bien se sentía feliz de poder ver a Kurt durante toda la semana, gracias al trabajo, habían perdido un poco el tiempo para tontear regularmente. Si no estaba en la librería de Dalton o en la casa de alguno de los muchachos de su grupo, Blaine tenía que quedarse encerrado en su habitación y no podía más que tomar el té con el castaño o conversar un rato cuando hacía una pausa de sus horas de práctica. El joven de Lima le había confesado que la exigencia en el McKinley no era tanta y que tenía todo controlado pero, aún así, Kurt también andaba de aquí para allá con sus libros y apuntes. Todo fuera por tres semanas de paz.
El viernes 23, efectivamente, Blaine se encontraba con la sonrisa más grande y brillante que pudiera existir, al igual que el resto de sus compañeros —o, por lo menos, gran parte de ellos. Puntualmente, esos que habían aprobado todos sus exámenes—. Él y David se encontraban camino a la sala de los Warblers, tan sólo para encontrarse con Wes en la puerta, completamente solo. Era increíblemente temprano, pero habían decidido pasar la reunión para la mañana, ya que todos estaban ya con meros exámenes en los primeros períodos.
—Hoy no habrá coro —explicó—. Me ha llegado la noticia que las Nacionales se adelantarán para Marzo, pero he dejado a todos irse a descansar para la fiesta de esta noche —sonrió—. Nos lo merecemos, ¿cierto?
Blaine frunció el ceño.
—¿Quién eres y qué has hecho con mi amigo?
El joven asiático no se preocupó en ocultar su alegría pareciendo ofendido.
—Quiero ir hasta el McKinley a visitar a Santana.
—Eso explica todo —comentó David con una sonrisa—. Yo debo dejaros, muchachos. Aprovecharé el tiempo perdido con mi chica.
—Ya, ya, no queremos más información de la que podamos soportar, Dave —apuntó Blaine con una mueca, mientras los tres dejaban la sala y se dirigían hacia el aparcamiento de la escuela.
El moreno se fue y, después que Wesley se lo pidiera, Blaine accedió a acompañarlo hasta Lima. No era que tuviera algo mejor que hacer en su casa, de cualquier modo, y la posibilidad de ver a Kurt le resultaba atractiva. Aquella tarde no estaría en su casa —algo sobre su madre y una reunión con clientes le habían facilitado un día libre—, luego no lo veía por tres semanas y la perspectiva lo deprimía un poco. Esperaba que pudieran encontrar alguna excusa para verse durante las vacaciones. Realmente, después de todo aquel tiempo, que Kurt no estuviera alrededor le resultaría extraño.
—Les dije sobre la fiesta de esta noche —comentó Wes mientras Blaine aparcaba el jeep en McKinley. Podía sentir el corazón latiendo rápidamente dentro de su pecho, lleno de ansiedad—. Santana me dijo que ya se ha calmado el ambiente después de las Regionales.
—Bien —comentó el moreno, apenas escuchándolo.
Los dos jóvenes de Dalton tuvieron la suerte de encontrar los corredores vacíos. El coro, si los cálculos no les fallaban, debía haber empezado hacía diez minutos. Con Wes adelante, los muchachos hicieron su camino hasta la sala. El joven fue quien alegremente la encontró, según él, siguiendo las instrucciones que su novia le había dado. Hallando las puertas abiertas, se toparon con un grupo de muchachos que conversaban mientras el profesor intentaba hablar con ellos.
—¡Espías! —gritó Rachel Berry, que fue la primera que reparó de su presencia.
—No seas idiota, ellos ya nos ganaron —cortó Santana, saltando alegremente de su asiento para recibir a su novio. Luego le dio una filosa mirada a Blaine, que pronto apartó la vista.
Cuando el moreno encontró el par de ojos claros que había estado buscando, no pudo hacer más que sonreír suavemente. La ansiedad dentro de su pequeño cuerpo comenzaba a amenazar con ponerlo a botar de un momento para el otro.
El profesor los felicitó por su victoria y les aseguró que era un honor tenerlos allí. Pronto pasó a contarles que la asignación de la fecha —ni Blaine ni Wes entendían muy bien de qué iba aquello— estaba relacionada con la Navidad, pero no con las canciones navideñas propiamente dichas. El tal William Schuester, aparentemente, quería que los muchachos dieran las gracias por las cosas buenas de aquel año, cantando lo que sintieran.
Santana se acercó a ellos, después que hubiesen sido invitados a sentarse con los demás.
—Según el señor Schue, la Navidad es una época para agradecer lo que tenemos. Para mí eso es Acción de Gracias y Navidad es para recibir regalos, pero… en fin —comentó Santana, con su usual despreocupación y un ligero encogimiento de hombros, alejándose luego hasta el centro del salón—. Tomaré la oportunidad —y con un guiño en dirección a Wesley, hizo un gesto a la banda para comenzar.
La morena hizo una fantástica versión de A Song for You, en el estilo de Amy Winehouse. Blaine ocasionalmente echó miradas a su lado, viendo la sonrisa enamorada en el rostro de su amigo. Estaba realmente perdido. El mero gesto sobre su rostro decía tantas cosas, que era imposible no notar el cariño que sentía por aquella muchacha. Era increíble cuán diferente se veía cuando la latina estaba cerca.
—Estábamos solos, y yo estaba cantando esta canción para ti.
Santana terminó la presentación y todos los muchachos aplaudieron. La morena se sentó junto a su novio, pidiéndole a Blaine que se pasara a la silla de al lado. El moreno le dio una mirada suspicaz a Sebastian, sentado a su lado y separándolo de Kurt. El hecho que el joven de la enorme sonrisa estuviera en el medio parecía ser una expresión que funcionaba en más de un nivel para Blaine.
—Muchas gracias, Santana —comentó el profesor con una sonrisa—. ¿Quién será el siguiente?
Hubo un pequeño silencio hasta que Rachel se puso de pie, siendo arrastrada nuevamente a su asiento por la morena que había cantado en las Regionales.
—Oh, no, no, no, Berry —dijo—. Tú ya has cantado esta semana.
—Tú también —replicó la muchacha—, y nadie quiere hacerlo.
Kurt, poniéndose de pie, pareció tomar a todos por sorpresa, incluso al mismo Blaine, que siguió la delgada figura del castaño mientras bajaba hasta el centro del salón.
—Yo quiero cantar —dijo, dando luego un profundo suspiro antes de continuar—: Quiero agradecer por todas las… pequeñas cosas imperfectas que tenemos con nosotros. Por esas cosas que simplemente…están. Y hacen que el día a día sea mejor, sólo por estar ahí. —Carraspeó suavemente—. Como el coro.
Un silencio en señal de aprobación pareció ser lo único que el muchacho necesitaba para hablar con la banda y tomar su puesto frente a sus compañeros. Blaine sintió la anticipación llenándolo, sabiendo que aquellas palabras iban dirigidas a él y lo que ellos tenían. No eran perfectos, pero se hacían bien mutuamente. Él lo sabía mejor que nadie, incluso cuando le había tomado tanto tiempo darse cuenta.
Una melodía rítmica llenó el salón, siendo pronto sucedida por un rasgueo de guitarra, y el muchacho comenzó a balancearse suavemente en su lugar, dando ocasionales palmaditas secas contra sus piernas.
—Mi té se ha enfriado, me pregunto por qué me levanté de la cama solo. Las nubes de lluvia de la mañana en mi ventana son todo lo que puedo ver; e, incluso si pudiera ver más, todo sería gris. Pero tu foto en mi pared me recuerda que no es tan malo, no es tan malo.
Blaine estaba seguro que podría escuchar la voz de Kurt cientos de veces y jamás se cansaría de ella. El joven de Dalton se encontraba maravillado por los significados y matices que podía encontrar en cada una de sus palabras, por todas esas cosas que realmente nunca habían tenido significado para él… antes de Kurt. Parecía como si, de repente, pudiera observar todo con nuevos ojos. Era una sensación abrumadora, pero increíble.
—He tomado demasiado la noche anterior, hay cuentas para pagar; mi cabeza sólo siente dolor. Perdí el autobús y será un infierno hoy; estoy tarde para el trabajo otra vez. E incluso si estuviese ahí, todos supondrán que quizás no dure ni un día. Y entonces tú me llamas y no es tan malo, no es tan malo…
El delgado muchacho dio una mirada general a la audiencia, sus ojos encontrando los de Blaine por unos instantes. El moreno sintió como su estómago se encogía mientras el estribillo comenzaba. Era una versión hermosa de una canción más que oportuna. Él… Él era hermoso.
—Y quiero agradecerte, por darme el mejor día de mi vida. Oh, sólo estar contigo —Kurt hizo una pausa, una pequeña sonrisa extendiéndose sobre su rostro pálido— es tener el mejor día de mi vida.
Blaine se encontró a sí mismo sintiendo deseos de unirse a la canción, incluso cuando no estaba seguro de conocer bien la letra. Cada palabra que salía de los labios del castaño era tan delicada, tan cierta y tan sentida, que el joven Anderson… simplemente no podía poner en palabras sus emociones. Kurt había aceptado su relación con todas las cosas malas, con todo su pasado y el daño que este había causado. Los dos eran individuos rotos y asustados, y aún así diferentes, que habían encontrado un punto medio en el que podían ser felices y estar en paz. Blaine no podía dejar de preguntarse cómo había sido tan ciego cuando había tenido a una persona tan imperfectamente perfecta frente a él todo el tiempo. Una persona que, con sólo estar ahí, había sabido transformar un día común en uno increíblemente bueno.
—Empujo la puerta, por fin estoy en casa y estoy todo empapado. Entonces me alcanzas una toalla, y todo lo que puedo ver eres tú. E incluso si mi casa se cae ahora, no tendría ni la más mínima idea, porque tú estás cerca de mí —una mirada dulce se pinto sobre el pálido rostro del muchacho, antes de entrar al estribillo con fuerza—. Y quiero agradecerte, por darme el mejor día de mi vida. Oh, sólo estar contigo es tener… el mejor día de mi vida.
Ninguno parecía demasiado entendido sobre el asunto particular sobre el que Kurt estaba cantando, pero todos disfrutaban de la canción entre miradas cómplices, brazos entrelazados o pequeños apretones de mano con sus compañeros. Blaine, sin embargo, comprendía perfectamente. Y sintió, como una realización en medio de la nada, que la sonrisa sobre su rostro era exactamente la que había visto sobre el de Wesley minutos antes.
Quizás el también estaba perdido.
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N/A: ¡Hola, hola! Aquí me tienen desde la costa, afortunadamente sabiendo que tendré señal ocasionalmente —el viento en la costa argentina hace desastres con la conexión—, con otra dosis de azúcar jajaja. Yo he tenido mi buena dosis de Patch Cipriano y me he puesto a escribir como loca, así que me pareció buena idea venirme para aquí y subir un capítulo mientras espero por la comida. Intentaré responder los reviews —por lo menos, antes que el asado diga lo contrario—, pero si no termino hoy, será en estos días. Mil millones de gracias por toda la buena onda, el apoyo y los buenos deseos para las vacaciones que venía deseando desde hace tiempo. Viviré a lo hippie un par de días, así que seré todo paz y amor por aquí, por lo menos hasta nuevo aviso.
Las canciones que cantan son A Song for You de Amy Winehouse y Thank You, de Dido. La realidad era que tenía ganas de Kurt cantara Just Like Heaven —una de mis canciones románticas favoritas por excelencia—, pero esta última saltó en mi reproductor y... bueno, simplemente me pareció perfecta. Las dos están en la playlist, ya agregadas.
Gracias, gracias a todas por el apoyo con esta historia :) Seguiré escribiendo desde aquí y actualizaré cuando pueda. Acabo de cambiar el rating a M, pero las cosas irán calentándose de a poco. Estoy escribiendo algunas escenillas, y esperaré por ver que les parecen antes de proseguir con ello. Espero que el viento se detenga y podamos leernos más seguido, o que a mí se me quite la flojera y me digne a ir a un bar con una buena red de wifi :)
Besitos para todas. Que tengan un buen finde.
MrsV.
